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Discurso del
Presidente Néstor Kirchner al asumir la presidencia de la República
Argentina
25/05/2003
Señores
jefes de Estado, su Alteza Real, señores jefes de Gobierno, señores
representantes de gobiernos extranjeros, invitados especiales, que nos
honran con su presencia en este lugar, señores miembros del Congreso
reunido en Asamblea, ciudadanas y ciudadanos presentes, querido pueblo
argentino:
En este acto, que en los términos del artículo 93 de la Constitución de
la Nación tiene por finalidad la toma de posesión del cargo de
Presidente de la Nación Argentina, para el que he sido electo, creo que
es necesario poder compartir con ustedes algunas reflexiones, expresando
los objetivos de gobierno y los ejes directrices de gestión, para que el
conjunto de la sociedad argentina sepa hacia dónde vamos, y cada uno
pueda a su vez aportar su colaboración para la obtención de los fines
que los argentinos deberemos imponernos por encima de cualquier divisa
partidaria.
Es que nos planteamos construir prácticas colectivas de cooperación que
superen los discursos individuales de oposición. En los países
civilizados con democracias de fuerte intensidad, los adversarios discuten
y disienten cooperando. Por eso los convocamos a inventar el futuro.
Venimos desde el Sur del mundo y queremos fijar, junto a todos los
argentinos, prioridades nacionales y construir políticas de Estado a
largo plazo, para de esa manera crear futuro y generar tranquilidad.
Sabemos adónde vamos y sabemos adónde no queremos ir o volver.
El 27 de abril las ciudadanas y los ciudadanos de nuestra Patria, en
ejercicio de la soberanía popular, se decidieron por el avance decidido
hacia lo nuevo. Dar vuelta una página de la historia no ha sido mérito
de uno o varios dirigentes. Ha sido, ante todo, una decisión consciente y
colectiva de la ciudadanía argentina.
El pueblo ha marcado una fuerte opción por el futuro y el cambio. En el
nivel de participación de aquella jornada se advierte que, pensando
diferente y respetando las diversidades, la inmensa y absoluta mayoría de
los argentinos queremos lo mismo aunque pensemos distinto.
No es necesario hacer un detallado repaso de nuestros males para saber que
nuestro pasado está pleno de fracasos, dolores, enfrentamientos, energías
malgastadas en luchas estériles, al punto de enfrentar seriamente a los
dirigentes con sus representados. Al punto de enfrentar seriamente a los
argentinos entre sí.
En esas condiciones debe quedarnos absolutamente claro que en la República
Argentina, para poder tener futuro y no repetir nuestro pasado,
necesitamos enfrentar con plenitud el desafío del cambio.
Por mandato popular, por comprensión histórica y por decisión política
ésta es la oportunidad de la transformación, del cambio cultural y moral
que demanda la hora. Cambio es el nombre del futuro.
No debemos ni podemos conformarnos los argentinos con haber elegido un
nuevo gobierno. No debe la dirigencia política agotar su programa en la
obtención de un triunfo electoral. Sino que por el contrario, de lo que
se trata es de cambiar los paradigmas desde los que se analiza el éxito o
el fracaso de una dirigencia y de un país.
A comienzos de los ochenta se puso el acento en el mantenimiento de las
reglas de la democracia y los objetivos planteados no iban más allá del
aseguramiento de la subordinación real de las fuerzas armadas al poder
político. La medida del éxito de aquella etapa histórica no exigía ir
más allá de la preservación del estado de derecho, la continuidad de
las autoridades elegidas por el pueblo. Así se destacaba como avance
significativo y prueba de mayor eficacia, la simple alternancia de
distintos partidos en el poder.
En la década de los noventa, la exigencia sumó la necesidad de la
obtención de avances en materia económica, en particular en materia de
control de la inflación.
La medida del éxito de esa política la daban las ganancias de los grupos
más concentrados de la economía, la ausencia de corridas bursátiles y
la magnitud de las inversiones especulativas, sin que importaran la
consolidación de la pobreza y la condena a millones de argentinos a la
exclusión social, la fragmentación nacional y el enorme e interminable
endeudamiento externo.
Así, en una práctica que no debe repetirse, era muy difícil distinguir
la solución pragmática de la cirugía sin anestesia.
Se intentó reducir la política a la sola obtención de resultados
electorales; el gobierno, a la mera administración de las decisiones de
los núcleos de poder económico con amplio eco mediático, al punto que
algunas fuerzas políticas en 1999 se plantearon el cambio en términos de
una gestión más prolija pero siempre en sintonía con aquellos mismos
intereses.
El resultado no podía ser otro que el incremento del desprestigio de la
política y el derrumbe del país.
En este nuevo milenio, superando el pasado, el éxito de las políticas
deberá medirse bajo otros parámetros, en orden a nuevos paradigmas.
Debe juzgárselas desde su acercamiento a la finalidad de concretar el
bien común, sumando al funcionamiento pleno del estado de derecho y la
vigencia de una efectiva democracia, la correcta gestión del gobierno y
el efectivo ejercicio del poder político nacional en cumplimiento de
transparentes y racionales reglas, imponiendo la capacidad reguladora del
Estado ejercida por sus organismos de contralor y aplicación.
El cambio implica medir el éxito o el fracaso de la dirigencia desde otra
perspectiva. Discursos, diagnósticos sobre las crisis, no bastarán ni
serán suficientes. Se analizarán conductas y los resultados de las
acciones. El éxito se medirá desde la capacidad y la decisión y la
eficacia para encarar los cambios.
Concluye en la Argentina una forma de hacer política y un modo de
gestionar el Estado. Colapsó el ciclo de anuncios grandilocuentes,
grandes planes seguidos de la frustración por la ausencia de resultados y
su consecuencia, la desilusión constante, la desesperanza permanente. En
esta nueva lógica, que no sólo es funcional sino también conceptual, la
gestión se construye día a día, en el trabajo diario, en la acción
cotidiana, que nos permitirán ir mensurando los niveles de avance. Un
gobierno no debe distinguirse por los discursos de sus funcionarios, sino
por las acciones de sus equipos.
Deben encararse los cambios con decisión y coraje, avanzando sin pausas,
pero sin depositar la confianza en jugadas mágicas o salvadoras, ni en
genialidades aisladas. Se trata de cambiar, no de destruir. Se trata de
sumar cambios, no de dividir. Cambiar importa aprovechar las diversidades
sin anularlas. Se necesitará mucho trabajo y esfuerzo plural, diverso y
transversal a los alineamientos partidarios.
Hay que reconciliar a la política, a las instituciones y al gobierno, con
la sociedad.
Por eso nadie piense que las cosas cambiarán de un día para el otro y sólo
porque se declame. Un cambio que pueda consolidarse necesitará de la
sumatoria de hechos cotidianos que en su persistencia derroten cualquier
inmovilismo y un compromiso activo de la sociedad en ese cambio. Ningún
dirigente, ningún gobernante, por más capaz que sea puede cambiar las
cosas si no hay una ciudadanía dispuesta a participar activamente en ese
cambio.
Desarmados de egoísmos individuales o sectoriales, las conciencias y los
actos deben encontrarse en el amplio espacio común de un proyecto
nacional que nos contenga. Un espacio donde desde muchas ideas pueda
contribuirse a una finalidad común.
En nuestro proyecto ubicamos en un lugar central la idea de reconstruir un
capitalismo nacional que genere las alternativas que permitan reinstalar
la movilidad social ascendente. No se trata de cerrarse al mundo. No es un
problema de nacionalismo ultramontano, sino de inteligencia, observación
y compromiso con la Nación. Basta ver cómo los países más
desarrollados protegen a sus productores, a sus industrias y a sus
trabajadores.
Se trata, entonces, de hacer nacer una Argentina con progreso social,
donde los hijos puedan aspirar a vivir mejor que sus padres sobre la base
de su esfuerzo, capacidad y trabajo.
Para eso es preciso promover políticas activas que permitan el desarrollo
y el crecimiento económico del país, la generación de nuevos puestos de
trabajo y una mejor y más justa distribución del ingreso. Como se
comprenderá el Estado cobra en eso un papel principal, es que la
presencia o la ausencia del Estado constituye toda una actitud política.
Por supuesto, no se trata de poner en marcha una vez mas movimientos
pendulares que vayan desde un Estado omnipresente y aplastante de la
actividad privada, a un Estado desertor y ausente, para retornar
continuamente de extremo a extremo, en lo que parece ser una auténtica
manía nacional que nos impide encontrar los justos, sensatos y necesarios
equilibrios.
Se trata de tener lo necesario para nuestro desarrollo, en una reingeniería
que nos permita contar con un Estado inteligente.
Queremos recuperar los valores de la solidaridad y la justicia social que
nos permitan cambiar nuestra realidad actual para avanzar hacia la
construcción de una sociedad más equilibrada, más madura y más justa.
Sabemos que el mercado organiza económicamente pero no articula
socialmente, debemos hacer que el Estado ponga igualdad allí donde el
mercado excluye y abandona.
Es el Estado el que debe actuar como el gran reparador de las
desigualdades sociales en un trabajo permanente de inclusión y creando
oportunidades a partir del fortalecimiento de la posibilidad de acceso a
la educación, la salud, y la vivienda, promoviendo el progreso social
basado en el esfuerzo y el trabajo de cada uno.
Es el Estado el que
debe viabilizar los derechos constitucionales, protegiendo a los sectores
más vulnerables de la sociedad, es decir, los trabajadores, los
jubilados, los pensionados, los usuarios y los consumidores.
Actuaremos como lo que fuimos y seguiremos siendo siempre: hombres y
mujeres comunes que quieren estar a la altura de las circunstancias
asumiendo con dedicación las grandes responsabilidades que en
representación del pueblo se nos confieren. Estamos dispuestos a
encarar junto a la sociedad todas las reformas necesarias y para ello
también utilizaremos los instrumentos que la Constitución y las leyes
contemplan para construir y expresar la voluntad popular. Vamos a
apoyarnos en la Constitución para construir una nueva legitimidad de las
leyes, que vaya más allá de la prepotencia del más fuerte. Un Estado no
puede tener legitimidad si su pueblo no ratifica el fundamento primario de
sus gobernantes. De la misma manera que luchamos contra la pobreza económica
tendremos una conducta sin dobleces para impedir la pobreza cívica. Sólo
cuando el gobierno se desentiende del pueblo es que toda la sociedad
empobrece, no sólo económicamente sino moral y culturalmente.
Somos conscientes de que ninguna de esas reformas será productiva y
duradera si no creamos las condiciones para generar un incremento de la
calidad institucional.
La calidad institucional supone el pleno apego a las normas, en una
Argentina que por momentos aparece ante el mundo como un lugar donde la
violación de las leyes no tiene castigo legal ni social. A la Constitución
hay que leerla completa. La seguridad jurídica debe ser para todos, no sólo
para los que tienen poder o dinero.
No habrá cambio confiable si permitimos la subsistencia de ámbitos de
impunidad. Una garantía de que la lucha contra la corrupción y la
impunidad será implacable, fortalecerá las instituciones sobre la base
de eliminar toda posible sospecha sobre ellas. Rechazamos de plano la
identificación entre gobernabilidad e impunidad que algunos pretenden.
Gobernabilidad no es ni puede ser sinónimo de impunidad. Gobernabilidad
no es ni puede ser sinónimo de acuerdos oscuros, manipulación política
de las instituciones o pactos espurios a espaldas de la sociedad.
Este combate es una tarea conjunta del Poder Ejecutivo, el Congreso y el
Poder Judicial, pero también de la sociedad porque no podemos ignorar que
es de esa misma sociedad de donde provienen los hombres y mujeres que
integran las instituciones públicas y privadas.
Cambio responsable, calidad institucional, fortalecimiento del rol de las
instituciones con apego a la Constitución y a la ley y fuerte lucha
contra la impunidad y la corrupción deben presidir no sólo los actos del
gobierno que comenzaremos sino toda la vida institucional y social de la
República.
Queremos ser la generación de argentinos que reinstale la movilidad
social ascendente, pero que también promueva el cambio cultural y moral
que implica el respeto a las normas y a las leyes.
En este marco conceptual queremos expresar los ejes directrices en materia
de relaciones internacionales, manejo de la economía, los procesos de la
salud, la educación, la contención social a desocupados y familias en
riesgo y los problemas que plantean la seguridad y la justicia en una
sociedad democrática.
Profundizar la contención social a las familias en riesgo, garantizando
subsidios al desempleo y asistencia alimentaria. Consolidando una
verdadera red federal de políticas sociales integrales para que quienes
se encuentran por debajo de la línea de pobreza puedan tener acceso a la
educación, la salud pública y la vivienda.
Reinstalar la movilidad social ascendente que caracterizó a la República
Argentina requiere comprender que los problemas de la pobreza no se
solucionan desde las políticas sociales sino desde las políticas económicas.
Sabemos que hay que corregir errores y mejorar métodos en la forma de
asignación de la ayuda social. Pero es imprescindible advertir que la
tragedia cívica del clientelismo político no es producto de la
asistencia social como gestión del Estado, sino de la desocupación como
consecuencia de un modelo económico. En nuestro país la aparición de la
figura del cliente político es coetánea con la del desocupado
Mientras en la República Argentina hubo trabajo, nadie fue rehén de un
dirigente partidario.
Al drama de la desaparición del trabajo y el esfuerzo como el gran
articulador social, se sumó el derrumbe de la educación argentina.
No hay un factor mayor de cohesión y desarrollo humano que promueva más
la inclusión que el aseguramiento de las condiciones para el acceso a la
educación, formidable herramienta que construye identidad nacional y
unidad cultural, presupuestos básicos de cualquier país que quiera ser
Nación.
Una sociedad como la que queremos promover debe basarse en el conocimiento
y en el acceso de todos a ese conocimiento. La situación de la educación
argentina revela dos datos vinculados a su problema central, que es la
calidad de la enseñanza. Por un lado, una creciente anarquía educativa,
y por el otro, la crisis de los sistemas de formación docente. Ambos
afectan severamente la igualdad educativa. El último sistema nacional de
formación docente fue el de nuestras viejas y queridas maestras normales.
Criticado por enciclopedista, memorista y repetitivo, pero nuestra
generación fue la última formada en esa escuela pública y la calidad de
la educación era superior a la que hoy tenemos.
Aquel viejo sistema no fue suplantado por otro. Por si esto fuera poco, se
le agregó con muy buena intención, pero con resultado dudoso, lo que
quiso ser la federalización de la educación. Se trató de lograr autonomía,
objetivo con el que estamos de acuerdo, pero se terminó en un grado
cierto de anarquía en los contenidos curriculares y en los sistemas
funcionales. La igualdad educativa es, para nosotros, un principio
irrenunciable, no sólo como actitud ética sino esencialmente como
responsabilidad institucional. Debemos garantizar que un chico del Norte
argentino tenga la misma calidad educativa que un alumno de la Capital
Federal.
Es correcto que las provincias dirijan y administren el sistema de
prestación del servicio educativo, pero el Estado nacional debe recuperar
su rol en materia de planificación y contenidos de la educación y
sistemas de formación y evaluación docente. Garantizar la igualdad
educativa de norte a sur es aportar a la formación de una verdadera
conciencia e identidad nacional.
En el campo de la salud, el Estado asumirá un rol articulador y regulador
de la salud pública integral sumando los esfuerzos de los subsectores públicos
provinciales y nacionales, privados y de obras sociales, orientado a
consolidar las acciones que posibiliten generar accesibilidad a las
prestaciones médicas y a
los medicamentos para toda la población.
La ley de prescripción por el nombre genérico de los medicamentos
recientemente reglamentada será aplicada con todo vigor y el Programa
Remediar, de gratuita distribución de medicamentos ambulatorios,
continuará.
Es objetivo de gobierno concretar un Sistema Nacional de Salud, que se
consolidará en una red en la que el hospital público será un eje
referencial, con los demás centros de salud, públicos o privados, para
ser pilares estratégicos de la atención primaria de salud, integrándose
con las políticas de contención social para avanzar en la tarea de
prevención.
El objetivo de dar salud a los argentinos impone que se asuman políticas
de Estado que sean impermeables a las presiones interesadas, por poderosas
que sean, provengan de donde provengan.
Entre los fundamentales e insustituibles roles del Estado ubicamos los de
ejercer el monopolio de la fuerza y combatir cualquier forma de impunidad
del delito, para lograr seguridad ciudadana y justicia en una sociedad
democrática en la que se respeten los derechos humanos.
El cumplimiento estricto de la ley que exigiremos en todos los ámbitos
debe tener presente las circunstancias sociales y económicas que han
llevado al incremento de los delitos en función directa del crecimiento
de la exclusión, la marginalidad y la crisis que recorren todos los peldaños
de la sociedad.
Pero también hay que comprender que, como sociedad, hace tiempo que
carecemos de un sistema de premios y castigos. En lo penal, en lo
impositivo, en lo económico, en lo político, y hasta en lo verbal, hay
impunidad en la Argentina. En nuestro país, cumplir la ley no tiene
premio ni reconocimiento social.
En materia de seguridad no debe descargarse sólo sobre la policía la
responsabilidad de la detección de las situaciones de riesgo que sirven
de base al desarrollo de la delincuencia. Son el Estado y la sociedad en
su conjunto los que deben actuar participativa y coordinadamente para la
prevención, detección, represión y castigo de la actividad ilegal.
Una sociedad con elevados índices de desigualdad, empobrecimiento,
desintegración familiar, falta de fe y horizontes para la juventud, con
impunidad e irresponsabilidad, siempre será escenario de altos niveles de
inseguridad y violencia.
Una sociedad dedicada a la producción y
proveedora de empleos dignos para todos resultará un indispensable apoyo
para el combate contra el delito.
Para comprender la problemática de la seguridad y encontrar soluciones no
sólo se debe leer el Código Penal, hay que leer también la Constitución
Nacional en sus artículos 14 y 14 bis, cuando establecen como derechos de
todos los habitantes de la Nación el derecho al trabajo, a la retribución
justa, a las condiciones dignas y equitativas de labor, a las jubilaciones
y pensiones móviles, al seguro social obligatorio, a la compensación
económica familiar y al acceso a una vivienda digna, entre otros.
El Estado debe ser esclavo de la ley para enfrentar el delito, pero no
puede aceptar extorsiones de nadie, ni de quienes aprovechan una posición
de fuerza en cualquiera de los poderes del Estado o en la economía, ni de
quienes usan la necesidad de los pobres para fines partidistas.
La paz social, el respeto a la ley, a la defensa de la vida y la dignidad
son derechos inalienables de todos los argentinos.
El delito es delito, sea de guante blanco, sea de naturaleza común, sea
de mafias organizadas.
Gobernabilidad es garantizar la prestación de un servicio de justicia próximo
al ciudadano, con estándares de rendimiento, de eficiencia y de equidad
que garanticen una real seguridad jurídica para todos los habitantes,
cualquiera que sea su estatus económico o social
En el plano de la economía es donde más se necesita que el Estado se
reconcilie con la sociedad. No puede ser una carga que termine agobiando a
todas las actividades, ni igualándolas hacia abajo con políticas de
ajuste permanente a los que menos tienen.
El objetivo básico de la política económica será el de asegurar un
crecimiento estable, que permita una expansión de la actividad y del
empleo constante, sin las muy fuertes y bruscas oscilaciones de los últimos
años.
El resultado debe ser la duplicación de la riqueza cada quince años, y
una distribución tal que asegure una mejor distribución del ingreso y,
muy especialmente, que fortalezca nuestra clase media y que saque de la
pobreza extrema a todos los compatriotas.
Para alcanzar tales objetivos respetaremos principios fundamentales que
ayuden a consolidar lo alcanzado y permitan los avances necesarios.
La sabia regla de no gastar más de lo que entra debe observarse. El
equilibrio fiscal debe cuidarse. Eso implica más y mejor recaudación y
eficiencia y cuidado en el gasto. El equilibrio de las cuentas públicas,
tanto de la Nación como de las provincias, es fundamental.
El país no puede continuar cubriendo déficit por la vía del
endeudamiento permanente ni puede recurrir a la emisión de moneda sin
control, haciendo correr riesgos inflacionarios que siempre terminan
afectando a los sectores de menores ingresos.
Ese equilibrio fiscal tan importante deberá asentarse sobre dos pilares:
gasto controlado y eficiente e impuestos que premien la inversión y la
creación de empleo y que recaigan allí donde hay real capacidad
contributiva.
Mantenimiento del equilibrio fiscal y trajes a rayas para los grandes
evasores, en la seguridad de que si imponemos correctamente a los
poderosos el resto del país se disciplinará.
Terminaremos con la Argentina donde el hilo se corta por lo más delgado y
en eso actuaremos con energía, porque no es posible una economía sin
esfuerzo y no alcanzará para ayudar a los desprotegidos si no hay
cumplimiento impositivo. Quien no cumple sus obligaciones impositivas le
resta posibilidades de ascenso social a los demás. La evasión es la
contracara de la solidaridad social que exigiremos.
Debemos asegurar la existencia de un país normal, sin sobresaltos, con el
sector público y el sector privado cada uno en sus respectivos roles. Hay
que dotar a la República Argentina de buena administración,
gobernabilidad, estabilidad con inclusión y progreso social, y
competitividad.
Con equilibrio fiscal, la ausencia de rigidez cambiaria, el mantenimiento
de un sistema de flotación con política macroeconómica de largo plazo
determinada en función del ciclo de crecimiento, el mantenimiento del
superávit primario y la continuidad del superávit comercial externo, nos
harán crecer en función directa de la recuperación del consumo, de la
inversión y de las exportaciones.
Sabemos que la capacidad de ahorro local y, por ende, el financiamiento
local, es central en todo proceso de crecimiento sostenido. Ello requiere
estabilidad de precios, entidades financieras sólidas y volcadas a
prestar al sector privado -personas y empresas-, con eficiencia operativa
y tasas razonables.
El desarrollo del mercado de capitales con nuevos instrumentos, con
transparencia, con seguridad, es fundamental para recuperar la capacidad de
ahorro y para alejarnos definitivamente de las crisis financieras internas
que en los últimos 20 años han golpeado fuertemente y por tres veces a
los ahorristas y depositantes.
Los fondos externos deben ser complementarios a este desarrollo de los
mercados locales y su gran atractivo está ligado a que sean fondos de
inversión extranjera directa -inversión productiva-, que no sólo
aportan recursos sino también traen aparejado progresos en la tecnología
de procesos y productos.
Nuestro país debe estar abierto al mundo, pero abierto al mundo de una
manera realista, dispuesto a competir en el marco de políticas de
preferencia regional -fundamentalmente a través del MERCOSUR-, y de políticas
cambiarias flexibles acorde a nuestras productividades relativas y a las
circunstancias del contexto internacional.
El crecimiento requerirá de una demanda creciente que aliente las
inversiones, tanto para atender el mercado interno como a las
exportaciones.
A contrario del modelo de ajuste permanente, el consumo interno estará en
el centro de nuestra estrategia de expansión.
Precisamente para cumplir con esta idea de consumo en permanente expansión,
la capacidad de compra de nuestra población deberá crecer
progresivamente por efecto de salarios, por el número de personas
trabajando y por el número de horas trabajadas.
Esas tres variables juntas definen la masa de recursos que irán al
consumo y al ahorro local y su evolución no puede ser fruto de una fantasía
o de puro voluntarismo.
En nuestro proyecto nacional trabajaremos de la única manera seria que es
crear un círculo virtuoso donde la masa de recursos crece -crece si la
producción crece- y la producción aumenta si también lo hace la masa de
recursos.
Avanzaremos simultáneamente en forma cuidadosa y progresiva creando las
condiciones para producir más y distribuir lo que efectivamente se
produzca.
Nuestras mejores posibilidades se ubican en torno al avance de la calidad
institucional en el marco de una economía seria y creíble.
Trabajando en torno a estos principios, sin espectacularidades ni
brusquedad en el cambio, seriamente, paso a paso, como cualquier país
normal del mundo, podremos cumplir con los objetivos y cumplir hacia
adentro y hacia fuera con nuestras obligaciones y compromisos.
Acortando los plazos, el Estado se incorporará urgentemente como sujeto
económico activo, apuntando a la terminación de las obras públicas
inconclusas, la generación de trabajo genuino y la fuerte inversión en
nuevas obras.
No se tratará de obras faraónicas, apuntaremos más a cubrir las
necesidades de vivienda y de infraestructura en sectores críticos de la
economía para mejorar la calidad de vida y a perfilar un país mas
competitivo, distribuyendo la inversión con criterio federal y
desarrollando nuestro perfil productivo.
Tenemos que volver a planificar y ejecutar obra pública en la Argentina,
para desmentir con hechos el discurso único del neoliberalismo que las
estigmatizó como gasto público improductivo. No estamos inventando nada
nuevo, los Estados Unidos en la década del treinta superaron la crisis
económico financiera más profunda del siglo de esa manera.
La construcción intensiva de viviendas, las obras de infraestructura vial
y ferroviaria, la mejor y moderna infraestructura hospitalaria, educativa
y de seguridad, perfilarán un país productivo en materia de industria
agroalimentaria, turismo, energía, minería, nuevas tecnologías,
transportes, y generará puestos de trabajo genuinos.
Produciremos cambios en el sistema impositivo para tornarlo progresivo, lo
que permitirá luego reducir alícuotas en función de la mejora en la
recaudación, ampliada como quedará la base imponible y eliminadas que
sean las exenciones no compatibles con la buena administración. Eso nos
dará solidez y solvencia fiscal.
Forma parte de nuestra decisión cumplimentar con aquello que fue mandato
constitucional del '94 y que lamentablemente hasta hoy no se ha cumplido.
Darnos una nueva ley de coparticipación federal no sólo implica nueva
distribución y nuevas responsabilidades sino el diseño de un nuevo
modelo de país.
No se puede recurrir al ajuste ni incrementar el endeudamiento. No se
puede volver a pagar deuda a costa del hambre y la exclusión de los
argentinos generando más pobreza y aumentando la conflictividad social.
La inviabilidad de ese viejo modelo puede ser advertida hasta por los
propios acreedores, que tienen que entender que sólo podrán cobrar si a
la Argentina le va bien.
Este modelo de producción, trabajo y crecimiento sustentable y con reglas
claras, generará recursos fiscales, solvencia macroeconómica y
sustentabilidad fiscal creando las condiciones para generar nuevo y mayor
valor agregado. Tiene además que permitir negociar con racionalidad para
lograr una reducción de la deuda externa.
Este gobierno seguirá principios firmes de negociación con los tenedores
de deuda soberana en actual situación de default, de manera inmediata y
apuntando a tres objetivos: la reducción de los montos de deuda, la
reducción de las tasas de interés y la ampliación de los plazos de
madurez y vencimiento de los bonos.
Sabemos que nuestra deuda es un problema central. No se trata de no
cumplir, de no pagar. No somos el proyecto del default. Pero tampoco
podemos pagar a costa de que cada vez más argentinos vean postergados su
acceso a la vivienda digna, a un trabajo seguro, a la educación de sus
hijos, o a la salud.
Creciendo nuestra economía crecerá nuestra capacidad de pago.
En materia de defensa, actuaremos con un concepto integral de la defensa
nacional, integrando la contribución de la acción de nuestras fuerzas
armadas en pro del desarrollo, trabajando para su modernización e
impulsando la investigación científicotecnológica en coordinación con
otros organismos gubernamentales, para que, sin apartarse de su actividad
principal puedan contribuir al bienestar general de la población.
Queremos a nuestras fuerzas armadas altamente profesionalizadas,
prestigiadas por el cumplimiento del rol que la Constitución les confiere
y por sobre todas las cosas, comprometidas con el futuro y no con el
pasado.
Desde este proyecto nacional la República Argentina se integrará al
mundo dando pasos concretos hacia consensos políticos basados en el
fortalecimiento del derecho internacional, el respeto a nuestras
convicciones, la historia y las prioridades nacionales.
Partidarios en la política mundial de la multilateralidad como somos, no
debe esperarse de nosotros alineamientos automáticos sino relaciones
serias, maduras y racionales que respeten las dignidades que los países
tienen.
Nuestra prioridad en política exterior será la construcción de una América
Latina políticamente estable, próspera y unida con base en los ideales de
democracia y justicia social.
Venimos desde el Sur de la Patria, desde la tierra de la cultura malvinera
y de los hielos continentales, y sostendremos inclaudicablemente nuestro
reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas.
El MERCOSUR y la integración latinoamericana deben ser parte de un
verdadero proyecto político regional. Nuestra alianza estratégica con el
MERCOSUR, que debe profundizarse hacia otros aspectos institucionales que
deben acompañar la integración económica, y ampliarse abarcando a
nuevos miembros latinoamericanos, se ubicará entre los primeros puntos de
nuestra agenda regional.
Una relación seria, amplia y madura con los Estados Unidos de América y
los Estados que componen la Unión Europea es lo que debe esperarse de
nosotros. El estrechamiento de vínculos con otras naciones desarrolladas
y con grandes naciones en desarrollo del oriente lejano, y una participación
en pro de la paz y la obtención de consensos en ámbitos como la
Organización de las Naciones Unidas para que efectivamente se comprometa
con eficacia en la promoción del desarrollo social y económico ayudando al
combate contra la pobreza.
La lucha contra el terrorismo internacional que tan profundas y horribles
huellas ha dejado en la memoria del pueblo argentino, nos encontrará
dispuestos y atentos para lograr desterrarlo de entre los males que sufre
la humanidad.
La inserción comercial de la Argentina ocupa un lugar central en la
agenda de gobierno. Consolidar la política comercial como una política
de Estado permanente que trascienda la duración de los mandatos de
gobierno y cuente con la concurrencia del sector privado, de la comunidad
académica y de la sociedad civil en general, será un objetivo estratégico
de primer orden de esta administración.
Profundizar la estrategia de apertura de mercados, incrementar
sustancialmente nuestro intercambio con el resto del mundo. Diversificar
exportaciones hacia bienes con mayor valor agregado. Desconcentrar las
ventas por destino y multiplicar el número de exportadores de modo que
los beneficios del comercio exterior se derramen sobre todas las ramas
productivas.
La apertura masiva de nuevos mercados exige la negociación simultánea y
permanente en todos los foros de negociación que involucren a nuestro país.
Finalmente, no se trata de agotar en estas líneas la totalidad de los
cursos de acción que seguiremos. No creemos en los catálogos de buenas
intenciones. Queremos expresar el sentido y la dirección de las cosas que
haremos.
Se trata de abordar de una manera distinta los principales temas,
identificando adecuadamente los verdaderos problemas de la agenda social
con la finalidad de que el conjunto sepa cómo ayudar, cómo sumar, cómo
ayudar a corregir.
Pensando el mundo en argentino, desde un modelo propio, este proyecto
nacional que expresamos convoca a todos y a cada uno de los ciudadanos
argentinos, por encima y por fuera de los alineamientos partidarios, a
poner manos a la obra en este trabajo de refundar la Patria.
Sabemos que estamos ante un final de época. Atrás quedó el tiempo de
los líderes predestinados, los fundamentalistas, los mesiánicos. La
Argentina contemporánea se deberá reconocer y refundar en la integración
de equipos y grupos orgánicos, con capacidad para la convocatoria
transversal, el respeto por la diversidad y el cumplimiento de objetivos
comunes.
Tenemos testimonios de gestión y resultados. Somos parte de esta nueva
generación de argentinos que en forma abierta y convocante, y desde la
propuesta de un modelo argentino de producción, trabajo y crecimiento
sustentable llama al conjunto social para sumar, no para dividir. Para
avanzar y no para retroceder. En síntesis, para ayudarnos mutuamente a
construir una Argentina que nos contenga y nos exprese como ciudadanos.
Convocamos al trabajo, al esfuerzo, a la creatividad, para que nos hagamos
cargo de nuestro futuro, para que concretemos los cambios necesarios para
forjar un país en serio, un país normal, con esperanza y con optimismo.
Formo parte de una generación diezmada. Castigada con dolorosas
ausencias. Me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y
convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa
Rosada. No creo en el axioma de que cuando se gobierna se cambia convicción
por pragmatismo. Eso constituye en verdad un ejercicio de hipocresía y
cinismo. Soñé toda mi vida que éste, nuestro país, se podía cambiar
para bien. Llegamos sin rencores pero con memoria. Memoria no sólo de los
errores y horrores del otro. Sino que también es memoria sobre nuestras
propias equivocaciones.
Memoria sin rencor que es aprendizaje político, balance histórico y
desafío actual de gestión.
Con la ayuda de Dios seguramente se podrá iniciar un nuevo tiempo, que
nos encuentre codo a codo en la lucha por lograr el progreso y la inclusión
social, poniéndole una bisagra a la historia
Con mis verdades relativas -en las que creo profundamente- pero que sé,
se deben integrar con las de ustedes para producir frutos genuinos, espero
la ayuda de vuestro aporte. No he pedido ni solicitaré cheques en blanco.
Vengo en cambio a proponerles un sueño. Reconstruir nuestra propia
identidad como pueblo y como Nación.
Vengo a proponerles un sueño, que es la construcción de la verdad y la
justicia.
Vengo a proponerles un sueño, el de volver a tener una Argentina con
todos y para todos.
Les vengo a proponer que recordemos los sueños de nuestros patriotas
fundadores y de nuestros abuelos inmigrantes y pioneros. De nuestra
generación, que puso todo y dejó todo, pensando en un país de iguales.
Porque yo sé y estoy convencido que en esta simbiosis histórica vamos a
encontrar el país que nos merecemos los argentinos.
Vengo a proponerles un sueño, quiero una Argentina unida. Quiero una
Argentina normal. Quiero que seamos un país serio. Pero además quiero
también un país más justo.
Anhelo que por este camino se levante a la faz de la tierra una nueva y
gloriosa Nación. La nuestra.
Muchas gracias. Viva la Patria
Quién
Quiere el acuerdo
Martín Granovsky
Fuente Página 12
21/07/2003
Carlos Menem usaba una táctica con los presidentes
norteamericanos en su primera reunión: no pedir nada. Se presentaba como
un alumno aplicado que aborrecía la mala conducta histórica de la
Argentina y solo ofrecía hacer los deberes. Prometía economía de
mercado, alineamiento militar y apertura comercial. A Fernando de la Rúa
la endeblez interna le jugó una mala pasada. La última reunión con
George Bush, en el 2000, estuvo marcada por la resistencia de las
provincias a respaldarlo en la negociación. Tanto miedo tenía De la Rúa
por los mercados que fue Bush, y no él, quien criticó a los bancos
norteamericanos. Cuando en su momento Página/12 contó ese detalle de la
reunión secreta, pudo palpar los nervios oficiales ante una revelación
que, sentían, los haría enemistar con el sector financiero.
Menem ofrecía capitalizar deuda –es decir, pagar el principal– y
buscaba el Plan Brady. De la Rúa quería un poco de aire. ¿Y Néstor
Kirchner? A diferencia de los anteriores, llegará el miércoles a
Washington habiendo roto con las relaciones carnales y las relaciones
intensas con los Estados Unidos. La Argentina abandonó ese modelo cuando
criticó a la Casa Blanca por la invasión de Irak. Kirchner tampoco
exhibirá una posición militarista sobre Colombia, como Menem cuando envió
aviones livianos para combatir el narcotráfico. Esa es la gran distinción
entre Kirchner, por un lado, y Menem y De la Rúa por otro. Pero la
negociación permanente por la deuda externa continúa. Esa es la relativa
familiaridad de la agenda común.
El problema es comprender el matiz exacto de la postura presidencial ante
la deuda.
Kirchner representa a un país que ya entró en default, y lo hizo sin
orden ni negociación. Volver atrás es, además de inútil, imposible. El
Gobierno parece estar disconforme con las tasas altas y la falta de crédito
internacional, pero no luce seguro de que con un acuerdo externo que suba
el nivel actual de pagos por la deuda, las condiciones generales de la
economía mejoren. Ahora es, en cierto modo, “vivir con lo nuestro”.
Con un acuerdo malo habría auxilio para la economía pero el costo de ese
auxilio sería, a la larga, peor que la enfermedad. Ni garantizaría el
crecimiento ni la justicia social.
Por eso Bush suena más apurado que Kirchner. Por eso, también, cuando el
Gobierno pide un acuerdo digno no está haciendo propaganda sino marcando
un objetivo concreto de negociación. Siempre la alternativa aceptable fue
un acuerdo mediocre, nunca el no acuerdo. Esta vez, en cambio, la variante
sería seguir sin acuerdo. Y la novedad es que se trata de una opción que
no espanta a Kirchner
Ofensiva
neoliberal contra el gobierno de Kirchner
Carlos Gabetta
Fuente: Fuente
Monde Diplomatique
14/07/2003
Desconcertada al principio ante la determinación del
presidente Néstor Kirchner en sus primeras medidas de gobierno, la
derecha neoliberal argentina ha iniciado una inescrupulosa y virulenta
campaña cuyo objetivo es dividir a la sociedad. Una trampa sin
perspectivas, en la que no obstante no deben caer los sectores democráticos
y progresistas.
Las primeras semanas de gestión del presidente argentino Néstor
Kirchner han estado signadas por una serie de iniciativas concretas que le
han valido los más altos índices de confianza y popularidad que se
recuerdan en democracia. Atrás quedaron las dudas motivadas por la
cobarde retirada en la segunda vuelta electoral de su rival, el ex
presidente Carlos Menem, que dejó a Kirchner en el más alto puesto del
país con el exiguo 22% de los sufragios obtenidos en la primera vuelta.
Todos los pronósticos indicaban que obtendría bastante más del 60% en
la segunda (eso motivó la retirada de Menem), pero lo cierto es que
cuando asumió sólo podía exhibir lo obtenido en la primera, cosa que la
derecha neoliberal no se privó de recordar (1).
Consciente de que en los primeros meses de mandato debía revalidar la
legitimidad que su despechado rival le negara y, sobre todo, de que la
crisis del país y el sulfuroso estado de ánimo de la sociedad no dejaban
margen para vacilaciones, Kirchner y su reducido equipo de hombres de
confianza (la mayoría viejos amigos de la militancia juvenil en los años
’70 y funcionarios de su provincia, Santa Cruz, devenidos experimentados
políticos), decidieron hacer de la necesidad virtud y se lanzaron a una
serie de operaciones quirúrgicas en las principales llagas de la
purulenta institucionalidad argentina: pase a retiro de lo que quedaba, en
la cabeza de las fuerzas armadas, de la generación de militares
comprometidos con violaciones a los derechos humanos durante la última
dictadura; intervención a la corrupta obra social de jubilados y
pensionados (PAMI) una megaempresa con un presupuesto superior a los 1.000
millones de dólares de la que depende la salud de centenares de miles de
viejecitos en todo el país; reestructuración de la también corrupta e
ineficaz Corte Suprema de justicia, una excrecencia del menemismo… y así
sucesivamente. En pocas semanas, Kirchner imprimió un ritmo de vértigo a
su actividad y no pasó un día sin que alguna medida o declaración suya
o de alguno de sus colaboradores no diese en el centro de la expectativas
de la mayoría de una sociedad harta de política-espectáculo, hipocresías
y descaro de parte de políticos y funcionarios.
El problema económico
Fuera del brulote de «La Nación», la derecha neoliberal argentina no
dio mayores señales de reaccionar en esas vertiginosas primeras semanas.
Al movilizarse espontáneamente hasta forzar la renuncia del estólido y
reaccionario presidente Fernando de la Rúa, en diciembre de 2001, la
sociedad había dado señales claras de que no estaba dispuesta a seguir
tolerando tanto las políticas económicas neoliberales como la «institucionalidad»
funcional a esas políticas: un Congreso incompetente y corrupto; una
Corte Suprema enfeudada al Poder Ejecutivo; una dirigencia política
devenida corporación de negocios delictivos… y así con todas y cada
una de las instituciones de la República, con muy raras excepciones. De
manera que las primeras medidas políticas de Kirchner –que además
encontraron un favorable eco en la prensa internacional- difícilmente podían
ser atacadas sin dar un paso en falso ante la sociedad.
Pero ahora se aproximan cruciales decisiones económicas ante las que la
derecha neoliberal no está dispuesta a quedarse de brazos cruzados:
renegociación de la deuda externa con el Fondo Monetario Internacional y
los acreedores privados (se estima que el 61% de la deuda externa privada
en bonos del Estado está en manos de especuladores argentinos);
renegociación de los en su mayoría espúreos contratos con las empresas
privatizadas (el gobierno ha solicitado el asesoramiento en el tema de la
prestigiosa Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales –FLACSO- que
viene monitoreando la dudosa legalidad de los contratos y todos los
incumplimientos de esas empresas); persecución de los grandes evasores
fiscales y reforma del sistema tributario y reestructuración del sistema
financiero, entre otras.
Esa es exactamente la línea de flotación de la derecha neoliberal; el
punto en el que un cambio radical desde el modelo rentístico-especulativo
(impuesto por la dictadura militar desde 1976 y llevado al paroxismo en
democracia por Carlos Menem y su organización político-delictiva), hacia
un modelo capitalista razonable y normal de producción acabaría con los
negocios de ese sector y, en algunos casos, lo pondría en graves
dificultades, ya que su propio endeudamiento suele ser importante: es el
caso del diario «La Nación», entre otros.
Es por eso que desde principios de julio la derecha neoliberal ha salido
de su aparente letargo para lanzarse a una inescrupulosa escalada de
calumnias y falsas verdades. Para citar sólo un ejemplo, ha literalmente
enloquecido con la propuesta del gobierno de nombrar al prestigioso
jurista Eugenio Zaffaroni en la Corte Suprema de Justicia, a pesar de que
el mismo gobierno ha decidido establecer un mecanismo democrático de
consulta a diversos sectores de la sociedad y de que Zaffaroni ha sido muy
crítico con el presidente Kirchner cuando éste gobernaba la provincia de
Santa Cruz. Pasando descaradamente por alto el frondoso e impecable
curriculum nacional e internacional de Zaffaroni y el incuestionable apoyo
de la mayor parte de los ciudadanos a su nombramiento, la derecha
neoliberal no vacila en apelar a los más bajos y reaccionarios argumentos
para atacarlo.
El objetivo de la campaña de la derecha neoliberal es claro: salir de su
aislamiento agrupando al conjunto de la derecha en un frente «antimarxista»,
como si el presidente Kirchner y su equipo, en lugar de adecentar y
modernizar al esperpéntico capitalismo argentino, se propusieran instalar
en el país la dictadura del proletariado. Se trata de una estrategia que
le dio resultado en otras oportunidades, pero que difícilmente cuaje en
estas circunstancias: la guerra fría acabó hace más de una década y
ese fantasma ya no asusta a nadie. Lo que sí está en cuestión, no sólo
en Argentina sino en el mundo entero, es el neoliberalismo y sus
consecuencias económicas, sociales y ambientales. Difícilmente los
golpeados productores agrarios e industriales argentinos, a pesar de que
están mayoritariamente agrupados en la derecha política, suscriban esta
vez un discurso y un programa que han llevado al país –y a ellos
mismos, en muchos casos- a la ruina.
Pero se trata de una trampa en la que, sobre todo, no deben caer el propio
gobierno y los sectores progresistas y democráticos de la sociedad
argentina. La derecha más recalcitrante siempre se ha valido de estos métodos,
pero antes contaba con sectores de la producción no afectados y, en última
instancia, con las fuerzas armadas para desplazar a gobiernos que no
respondían ciento por ciento a sus intereses. Ahora se encuentra aislada,
pero eso no quiere decir que haya perdido poder –sobre todo económico-
ni apoyos internacionales: no debe olvidarse que en el gobierno de los
Estados Unidos están George Bush Jr. y la derecha neoliberal
fundamentalista.
El principal objetivo de los demócratas y progresistas argentinos debe
ser profundizar el aislamiento de esa derecha neoliberal, ofreciendo al
actual gobierno un sólido apoyo crítico que no excluya la vigilancia
sobre sus acciones ni la actividad social en demanda de todos los derechos
largo tiempo violentados.
1 El ideólogo del diario neoliberal «La Nación», José Claudio
Escribano, firmó un artículo en el que afirmaba que «la Argentina ha
resuelto darse gobierno por un año», luego de sugerir que «Washington»
no veía con buenos ojos a Kirchner. En un país que ha sufrido numerosos
golpes de Estado –todos apoyados más o menos abiertamente por la
derecha que representa «La Nación», publicar algo así es mucho más
que una reacción circunstancial: representa una declaración de guerra
formal. Ver José Claudio Escribano, «Treinta y seis horas de un carnaval
decadente», en «La Nación», Buenos Aires, 15-5-03
Kirchner limita su
facultad para designar nuevos jueces de la Corte
Fuente
Monde Diplomatique
19/06/2003
Modificó por decreto el mecanismo de selección,
que ahora incluye consultas con organizaciones no gubernamentales ante
cada vacante en el Máximo Tribunal. Advirtió que la medida es "un
primer paso irreversible para terminar con viejas prácticas".
El presidente Néstor Kirchner ratificó este mediodía en la Casa
Rosada que autolimitó por decreto su facultad de designar nuevos jueces
de la Corte Suprema, a través de un mecanismo de consulta con
organizaciones no gubernamentales que se activará ante cada vacante en el
Máximo Tribunal. "La Corte necesita ganarse la confianza de la
sociedad", justificó el santacruceño, y advirtió que la medida
significa "un primer paso irreversible".
"No nos interesa conformar una Corte adicta y no nos sirven las
viejas prácticas", enfatizó Kirchner en un discurso en el que se
mostró con buena parte del Gabinete. De este modo, el mandatario sigue
mostrándose como el impulsor de procesos de renovación en instituciones
con credibilidad ajada: las Fuerzas Armadas, la Policía Federal, la
conducción del PAMI, la Corte Suprema.
Para Kirchner, "la manera de ser fieles (con la sociedad) es
autolimitar la propia facultad constitucional" del Presidente de
enviar el pliego de un candidato a juez al Senado.
"No se trata de eludir la reponsabilidad de nombrar ante el
Senado", aclaró en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, sino de
"ser fieles a nuestras manera de pensar donde cambiar es
imprescindible".
El decreto presentado hoy, con el que el Presidente abre el juego del
consenso en las decisiones sobre la Corte, recoge iniciativas surgidas
durante el año pasado en el capítulo Justicia de la denominada Mesa de
Diálogo Argentino. La clave del cambio buscado está en una de las frases
que el santacruceño desgranó en la Casa de Gobierno: "Hay que
terminar con la práctica extendida de gobierno de turno, que para tener
gobernabilidad necesitan forjar tribunales adictos o caer en críticas
negociaciones"
Mientras tanto, la jugada de Kirchner continúa su marcha en el Congreso.
La Comisión de Juicio Político de la Cámara de Diputados, se reunió
esta mañana para analizar nuevos cargos contra el presidente de la Corte,
Julio Nazareno, y citarlo para que realice su descargo el próximo juevesDiscurso leído por el
Presidente Kirchner en el Congreso, el día 25 de Mayo del 2003, cuando
asumió la presidencia
Habrá cambios en la
forma de designar a los jueces de la Corte
Fuente:
La
Nación. Buenos Aires19/06/2003
El primer mandatario limitó la facultad
presidencial para nombrar a los ministros del máximo tribunal; es con el
fin de terminar con los "tribunales adictos", argumentó
El
presidente Néstor Kirchner anunció esta mañana su decisión de "autolimitar"
su facultad constitucional para designar a los jueces de la Corte Suprema
de Justicia, en lo que consideró "un paso más" en busca de "reconciliar a
la política, las instituciones y el gobierno con la sociedad", tal como lo
prometió al asumir
En el salón
Blanco de la Casa Rosada, y rodeado de todos sus ministros, el
vicepresidente y el jefe de gobierno porteño, el primer mandatario
ratificó que "no queremos una Corte adicta", y afirmó que cuando se
produzca una vacante en el máximo tribunal, el nombre de los postulantes
será publicado en diarios y en Internet, y se dará participación a una
gran variedad de organizaciones profesionales, sociales y políticas para
que estudien a fondo sus antecedentes
Asimismo, afirmó
que "la manera de ser fiel a la palabra" comprometida al asumir
la Presidencia, para dotar de la mayor transparencia posible al ejercicio
de su poder, será, dijo, "autolimitar la propia facultad
constitucional, siempre dentro de los parámetros mismos de la
Constitución", para la selección de los miembros de la Corte
Los detalles del decreto
Tras del
discurso, el Presidente difundió el decreto que establece los límites a
las atribuciones presidenciales para designar a los nuevos miembros de la
Corte, según el cual en un plazo máximo de 30 días después de que se
produzca una vacante, se tendrán que publicar "en el Boletín
Oficial, en dos diarios nacionales y en la página de Internet del
Ministerio de Justicia el nombre y antecedentes de las personas
propuestas"
Dispuso
que luego de quince días de publicadas las nóminas, tanto los ciudadanos
en general, como las organizaciones no gubernamentales, los colegios
profesionales, las entidades académicas y defensoras de derechos humanos,
entre otras, expondrán "por escrito y en modo fundado" sus observaciones
acerca de los candidatos
Luego, otros 15
días después de abiertas las observaciones, se elevarán los nombres
propuestos al Senado
El
Sr K dijo que Bush
se
comprometió a ayudar a la Argentina / Bush
invita al Sr K
"No habrá Relaciones Carnales con Estados
Unidos" Fuente:
Clarín Buenos Aires
Rafael
Bielsa, el ministro de Relaciones Exteriores de Néstor Kirchner
que asumirá este domingo,
dijo que durante la gestión presidencial del santacruceño "no
habrá relaciones carnales con Estados Unidos". Inclusive sostuvo
que su objetivo principal será fortalecer el bloque regional del
MERCOSUR.
"Seguro que no habrá más relaciones carnales en mi paso por la
Cancillería. Y me atrevo a decir que tampoco durante la presidencia de
Kirchner", expresó Bielsa, en declaraciones que publica hoy el
diario La Capital de Rosario.
El jurista, quien asumirá el cargo del próximo 25 de mayo, señaló su
postura frente a "plantear si ALCA o MERCOSUR es una trampa del
modelo cultural de los 90: Estados Unidos y las relaciones carnales o una
asociación con los que se nos parecen". "La secuencia es al
revés. Hay que fortalecer la unión con los que se nos parecen",
enfatizó.
No obstante, Bielsa agregó que concretar el fortalecimiento del bloque
regional "llevará un enorme esfuerzo, porque hace falta una gran
cantidad de cuadros técnicos de las respectivas cancillerías".
"Hay un destino pensado de México hacia abajo que implica una agenda
colectiva y, mediante ella, relacionarnos con Estados Unidos y otros
bloques continentales como la Unión Europea, India o China", dijo
Bielsa
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