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Argentina en Crisis |
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Derechos
Humanos |
| Otros textos del autor: Recordar es Humano - ¿Quién Pone los Muertos? - Los Ninguneados - Cloníticos - Agudizando la vista |
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La
bruma matutina quería resistirse a la eliminación de las últimas
sombras de la noche, un pueblo de la provincia más importante del
país iniciaba, desperezándose, un día eleccionario; y dispuesto a
cumplir con la obligación cívica que me confirieron al presidir la
mesa, eché a rodar mi bicicleta hasta la escuela que ya era
custodiada por el ejército, como residencia de algo preciado.
Un
clima a decisión me penetró y un aire de responsabilidad cuestionó
mi aún insatisfecha e inconclusa elección.
Absorbido
por las tareas previas al comicio, continué dilatando lo que no
quería enfrentar: decidirme por quien votar.
Todo
estaba organizado, nada faltaba, más que aquel minuto que nos
separaba del inicio del comicio, que me acorralaba y que ya no podía
eludir.
Era
el primero que tenía que emitir el voto y sabía que las boletas de
los 20 candidatos me enfrentarían en soledad dentro de un cuarto
que olía a derrota.
Todo
el análisis realizado objetivamente, no sólo en la campaña
electoral -ese espacio dedicado al engaño y al facilísimo- sino en
un revisionismo histórico, que me llevaba a no poder elegir, porque
nadie me representaba.
Los
días fueron pasando y mientras intentaba hacer memoria, la mayoría
de la sociedad era seducida por promesas que ya no habían sido
cumplidas e indignado quería buscar una salida, buscar a alguien
que estuviese decidido a terminar con esta exclusión social, con
esta fragmentación entre los que pueden y los que se resignan, pero
sólo llegaba a la ingrata objetividad de saber que no tenía nada
para elegir, solo podía descartar.
El
tiempo pasó vertiginosamente y me encontré introduciendo mi voto
en la urna, pero mágicamente, breves instantes, fueron suficientes
para resumir todo lo evaluado; pero no desde la frialdad de un análisis
técnico, sino con la vivencia concreta de vivir con necesidades básicas
insatisfechas.
Cuánto
hubiese cambiado mi ánimo, mi búsqueda responsable, si una de
aquellas boletas llevará el nombre de "20 de diciembre".
Dónde ha quedado aquel porteñazo... en qué se diluyó la lucha de
un pueblo que se manifestó por un futuro distinto... dónde están
las asambleas barriales... cómo lograron los aparatos partidarios
ocultar el resurgimiento de la auténtica ciudadanía, que no sólo
otorgaba poder por el voto, sino que también lo quitaba con su
presencia...
Nadie
pudo organizar algo diferente, qué gran resignación, qué vana
elección, otra vez más de lo mismo...
Ya
se sabía que la disputa se daría entre tres candidatos, las
encuestas se encargaron de fijarlos a los lugares que, mediante
grandes desembolsos de dinero, se fueron instalando en la opinión
popular que antes de decidirse, eran impuestos por los medios de
comunicación y los aparatos partidarios.
Entre
un ex presidiario, un títere y un ajustador, ¿se resolvería la
problemática argentina?.
El
representante de lo espurio intentaba seducir, ocultando al
endeudado y vendido país que dejó, con los beneficios que obtuvo
la sociedad por la relación de paridad entre la moneda nacional y
el dólar: automóviles, electrodomésticos y toda la basura que le
sobraba a las maquinarias productivas orientales.
El
otro, que era usado para representar al que no podía gobernar,
sostenía una propuesta de continuidad de permanencia de
estabilidad, cuando ya se está en el fondo del abismo; que mostraba
su éxito como gobernador de una provincia donde la cantidad de
habitantes es igual a las ciudades secundarias de esta provincia.
El
tercero... un frustrado ministro de economía del régimen que había
echado el pueblo, que sólo duró un par de horas en el poder,
suficientes para ahorcar al pueblo con sus pretendidos y nefastos
ajustes. Un representante de la nunca dormida derecha argentina, del
conservadurismo y la oligarquía; propiciador del neoliberalismo
colonialista, codeado por más de un individuo del aparato represor
de la última dictadura militar.
¡Que
destino el nuestro! Qué distancia abismal separa al pueblo de los
políticos.... Sabemos lo que queremos, tenemos claro por donde se
sale, pero no tenemos quien nos interprete, quién sea portavoz de
nuestras necesidades.
Pareciera
que para pertenecer a los aparatos políticos habría que cumplir
con el pacto de alejamiento del pueblo.
Quería
que ingresaran en la urna los que mueren por desnutrición, los
desocupados, los
excluidos, los endeudados y la triste imposibilidad de la esperanza que
nos siguen quitando, la de ver un país justo.
Mi
voto descarte golpeó el fondo de la urna y con él se fue parte de
mi ciudadanía: voté, pero no elegí, no tuve posibilidades, al
menos las que yo quería.
Decenas
de sobres fueron tapando al mío que, perdido en el anonimato, fue
abierto al final del día, junto a los otros en un conteo obvio,
premeditado.
Nadie
obtuvo mayoría suficiente, hecho que ya nos comprometía para que
en 20 días, nuevamente diriman su respaldo aquellos dos que
lograron la paupérrima cantidad de votos.
Días
en que se tejerán las más incomprensibles alianzas y relaciones, a
fin de lograr el objetivo máximo, llegar al poder, negociando lo
que sea.
A
la hora de cerrado el comicio mi actividad había terminado, las
urnas apiladas esperaban ser llevadas al recuento final. Allí se
acumulaban los resultados que marcarían el destino de un país. Las
fui dejando atrás, mientras emprendía el regreso a mi hogar.
Ya
los medios informativos confirmaban los resultados; en pocos días
saludaría nuevamente a los mismos votantes, la segunda vuelta nos
convocaba y si la de hoy había sido
un descarte de candidatos, la próxima será para que no gane
el peor. Habrá que votar en contra de uno de los dos.
La
realidad sigue cuestionando la esperanza; el descreimiento y la apatía
carcomen los fervientes deseos de vivir en una sociedad, que otorgue
a un pueblo trabajador, el justo equilibrio entre lo que producen y
lo que reciben, entre los que demasiado poseen y los que demasiado
padecen.
En
la sociedad continúa latiendo la insatisfacción y la infelicidad
al ver la continuidad de un sistema agotado, productor de una
Argentina destrozada, de argentinos cansados de tanto luchar y
siempre estar peor.
En
un resto de corazón ferviente, se siguen escuchando las voces de
aquel diciembre porteño "que se vayan todos", valiosa y
fundamentada expresión popular en contra de todo el corporativismo
y la corrupción partidaria.
Vestigios
leales que no se resignan a pensar en un pueblo dormido, en un
pueblo que permita el menosprecio, que viva en la resignación, que
se piense incapaz de ser el que siente las bases de una auténtica
democracia, de que seamos NOSOTROS los verdaderos conductores de un
país que nos necesita, no solo para emitir un voto y darle poder a
otro, sino de votarnos y creer que la salida la tiene el pueblo, que
la esperanza está en cada uno de los que pusimos el voto en la
urna, no delegando, sino participando. * Eduardo Valli es Maestro y Periodista. Vive en Laprida, Buenos Aires, Argentina |
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