Periodismo Para Pensar


Publicaciones
Sombras de Vietnam
Estados Unidos en Irak

. Informe sobre EE.UU.
.
Irak: Crimen y Petróleo

. Comunicación Social
. Derechos Humanos


Estados Unidos perdió más soldados en Irak que en los primeros años de Vietnam - Perdedores, o El padecimiento del invasor Juan Gelman - ¿Desde cuando "árabe" es una mala palabra? Robert Fisk - El Castigo de Bush Pedro Miguel - El mensaje del nuevo baño de sangre en Bagdad Robert Fisk - Soñando con la guerra Gore Vidal -

Estados Unidos en Irak
. Sombras de Vietnam Carlos Fuentes
La Nación 28/09/03

En un lúcido y duro ensayo sobre la posguerra iraquí, el intelectual mexicano sostiene que el presidente Bush está perdiendo la paz tras haber ganado en el campo de batalla: hoy -afirma- nada anuncia la proximidad de la democracia, sino más bien la de una guerra civil.

Como era previsible, Bush ganó la guerra en Irak. Como era igualmente previsible, Bush está perdiendo la paz en Irak. La ciega voluntad bélica del presidente, un hombre de escasas luces y maniqueas certezas, azuzado por su consejo de neoconservadores (muchos de ellos trotskistas juveniles) y por el afiebrado secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, primó sobre políticas más cautelosas propuestas por el Departamento de Estado y la propia CIA. El resultado está a la vista. La guerra de Troya (¡oh Giraudoux!) tuvo lugar. Pero a ella le sucedió la victoria de Pirro.

Ha caído un detestable tirano, Saddam Hussein, niño mimado de Reagan y Rumsfeld en los años ochenta. Pero la razón del ataque a Irak no era derrumbar a Hussein. Era despojarlo de sus armas de destrucción masiva (ADM). Estas no aparecen por ningún lado. A cinco meses de la conquista de la Mesopotamia, el pretexto para la guerra se vuelve, más que pretexto, mentira. Bush y sus cohortes engañaron a la opinión mundial. Sólo que ésta no se dejó engañar y rechazó, masivamente, la aventura del petropoder Bush-Cheney en Irak. Ganada la guerra, vemos día a día cómo se pierde la paz. Bush no previó que el derrumbe de Saddam iría acompañado por la pérdida de toda semblanza de orden y legalidad. Las fallas de inteligencia han sido escandalosas (tan escandalosas como la falla para detectar e impedir el ataque del 11 de septiembre que una funcionaria secundaria de la CIA anunció a la Casa Blanca en agosto del 2001. Bush estaba de vacaciones en su rancho).

Disfrazado de Snoopy, Bush proclamó desde un portaaviones el 1° de mayo que la operación militar en Irak había concluido. Menos de cinco meses más tarde, uno o dos soldados norteamericanos mueren diariamente en Irak. Más militares USA han muerto en el período de la posguerra que durante la guerra misma. Los féretros empiezan a regresar a los hogares de California, Missouri, Maryland y ya sabemos lo que esto significó para Lyndon B. Johnson cuando se empantanó en Vietnam. Bush tiene que pensar en su reelección dentro de un año. Su fracaso en Irak, a medida que se acentúa, vulnerará a un presidente que muchos norteamericanos, pasada la euforia de la victoria, comienzan a ver bajo la luz de su endeble y debatida elección sin mandato de la mayoría de los electores. Un presidente, en rigor, ilegítimo.

Irak se hunde en el caos. Era previsible que la caída del régimen de Saddam resucitara la pugna secular entres sunitas, chiítas y kurdos. La ausencia de orden es escandalosa. Thomas Friedman, del New York Times, da cuenta de los ciudadanos comunes y corrientes que se lanzan a dirigir el tráfico en Bagdad, dada la ausencia de una mínima fuerza policial. Las tropas norteamericanas están, mayoritariamente, atrincheradas en sus cuarteles. (Ciento cuarenta y ocho mil tropas USA se hallan en Irak). Los servicios de salud y agua potable no existen. La inseguridad personal y económica crece día a día. No hay seguridad. No hay autoridad. Victoria pírrica: Bush jamás previó el colapso del orden interno, ni cómo remediarlo. Nada anuncia la llegada de la democracia. Todo pronostica la inminencia de la guerra civil.

Desbandado el ejército iraquí, los Estados Unidos ahora reclutan a los espías de Saddam para su servicio. Pero como dice Joseph Sommers, presidente de Harvard: "Jamás en la historia nadie ha lavado un coche alquilado". Entretanto -otra imprevisión-, los gastos de la ocupación aumentan día a día. Reconstruir la red eléctrica va a requerir una inversión de trece mil millones de dólares en cuatro años. El mismo tiempo y dieciséis mil millones de dólares más costará restaurar los servicios de agua. En cuanto a la ocupación militar, su costo es imprevisible salvo en un capítulo: aumentará, más allá de las capacidades del presupuesto norteamericano.

De allí que Bush, con gran cinismo y sin ninguna contrición, apele ahora a la ayuda internacional para un Irak destruido sólo por Bush. Las advertencias y los votos de México, Chile, Francia, Alemania y Rusia no fueron escuchados y, a veces, fueron satanizados. ¿Con qué cara pide ahora Bush ayuda para legalizar una aventura bélica que prosperó seguida de una aventura política que fracasó, llevándose entre las patas toda semblanza de juridicidad internacional? Irak fue la bandera misma de la política unilateral de Bush. ¿Se trata ahora de regresar al orden multilateral que mantuvo la paz durante los pasados cincuenta años? Así, de buena fe, pueden considerarlo algunos miembros del Consejo de Seguridad, pero a condición de que sean las Naciones Unidas, y no los Estados Unidos, quienes conduzcan el proceso de reconstrucción iraquí.

El delegado alterno de Francia en el Consejo, Michel Duclos, lo ha explicado de manera tan clara que requiere una cita textual: "Francia está convencida de que la transición política tendrá más probabilidades de éxito si la conducen los propios iraquíes, con la ayuda, no de las fuerzas de ocupación, sino de la comunidad internacional en su conjunto, encabezada por las Naciones Unidas...". La reconstrucción, añade, "sólo será posible si las autoridades de la coalición admiten que no pueden tener éxito por sí solas".

Es este mundo de "naciones iguales y soberanas" evocado por el gobierno francés el único que puede reconstruir Irak, siempre y cuando la llamada "coalición" (coalición de un solo miembro) "admita que no puede, por sí sola, tener éxito". Añado a estas palabras las del brillante Ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Dominique de Villepin: "Si sistemáticamente la fuerza se impone al derecho, si la opinión de los pueblos no es tomada en cuenta, entonces los factores de desorden saldrán fortalecidos".

Puedo imaginar que estos razonamientos encuentren eco en algunos sectores del Departamento de Estado pero no en las impregnables mentalidades del vicepresidente Cheney, del secretario Rumsfeld y de la cábala neoconservadora. Para ellos, hay un interés desnudo. Las terribles e inexistentes armas de Saddam fueron el pretexto inicial. Construir la democracia en Irak, el segundo. El tercero y auténtico ya salió a relucir. En la pugna por controlar las reservas petrolíferas de Irak -las segundas del mundo- han ganado las licitaciones Halliburton y su subsidiaria Kellog Brown and Root. Son estas compañías estrechamente ligadas al vicepresidente Cheney, ejecutivo durante años de Haliburton, las que tan favorecidas salen en esta Petroguerra. ¿Son estos mercaderes de la muerte quienes ahora solicitan cooperación para salir del berenjenal en que se metieron? ¿Se justifica un gasto de decenas de miles de millones de dólares para respaldar una acción unilateral que el mundo rechazó? Porque Bush se enfrenta con el dilema de enviar más fuerzas norteamericanas a Irak o contar con más fuerzas extranjeras. Y éstas, en la visión de poder de la Casa Blanca, de ninguna manera podrían ser fuerzas al mando de la ONU o de potencia alguna que no sean los Estados Unidos.

Crece la queja de las tropas norteamericanas en Irak. Ya pasan de doscientos los soldados caídos después de la ilusa promesa de Bush el 1° de mayo. "¿Cuál es la política en Irak?", pregunta el senador Edward M. Kennedy, y añade: "La gente quiere saber hasta cuándo sus hijos serán blancos de ataque dentro de Irak". Sí, sombras de Vietnam en año electoral. °Pobre Bush! Ni se hallaron los ADM, ni hay paz en Irak, ni su reelección está asegurada.

Y sin embargo, a partir de este desastre, es más urgente que nunca plantearse la necesidad de reconstruir un orden internacional fundado en el derecho. Felipe González lo ha definido perfectamente: "Aspiramos a un orden internacional construido entre todos, a una gobernanza de la globalización que no venga de la hegemonía sin complejos que nos ofrecen los ideólogos de la Casa Blanca" (El País, 3 de mayo).

El forcejeo diplomático apenas se inicia. Veremos qué concesiones a Bush siente Koffi Annan que son indispensables y qué concesiones hace la cábala neoconservadora a Colin Powell. Pero la pregunta mayor está allí, en el centro: mundo unilateral o mundo multilateral. Mundo unipolar o mundo bipolar. No multipolar, aberración física, sino bipolar en beneficio, aunque Bush jamás lo entienda, en favor del ejercicio moderado y provechoso del poder norteamericano. Así lo entendió Bill Clinton. Ojalá así lo entendiera un sucesor demócrata del malhadado Bush en la Casa Blanca dentro de año y medio


EE.UU. perdió más soldados en Irak que en los primeros años de Vietnam Argenpress 090304

Los norteamericanos se enteraron que su país ha perdido en pocos meses más soldados en Irak que en los primeros años de Vietnam. Todo hace pensar que los iraquíes dejaron entrar a los invasores para combatirlos mediante la guerra de guerrillas

La cantidad de estadounidenses muertos en la actual campaña en Irak ha sobrepasado la de los caídos en los tres primeros años de la guerra de Vietnam, un conflicto que dejó una profunda huella en la política de Estados Unidos.

Un análisis de Reuters de las estadísticas del Departamento de Defensa estadounidense mostró que la guerra de Vietnam, que según el ejército comenzó oficialmente el 11 de diciembre de 1961, causó la muerte de 392 estadounidenses desde 1962 a 1964, cuando Estados Unidos tenía en Indochina a más de 17.000 soldados.

En comparación, una bomba que estalló en la carretera matando a un soldado en Bagdad el miércoles elevó a 397 la cantidad de estadounidenses muertos en Irak, de una fuerza total de 130.000 efectivos, la misma cantidad que había en Vietnam en octubre de 1965.

La cifra de bajas en Irak aparentemente sobrepasó la registrada en Vietnam el pasado domingo, cuando un soldado estadounidense muerto en un ataque con granada propulsada por cohete en el sur de Bagdad se convirtió en la víctima estadounidense 393 del conflicto, desde que el 20 de marzo comenzó la Operación Libertad para Irak.

El gobierno ha rechazado comparaciones entre Irak y Vietnam, conflicto que traumatizó a los estadounidenses hace una generación con una triste procesión de bolsas con cadáveres e imágenes televisivas de la sombría crueldad de la guerra.

Recientes encuestas de opinión muestran que el apoyo público para el presidente ha caído en la medida en que se acercan las elecciones del 2004, en parte debido a la preocupación del público por el mortífero ciclo de ataques guerrilleros y atentados suicidas en Irak.

Potencia combativa de EE.UU.

A pesar de que la participación estadounidense en Vietnam se incrementó gradualmente tras la derrota francesa en Dien Bien Phu en 1954, hay poco consenso sobre cuándo comenzó la guerra en el sureste de Asia.

Algunos sostienen que la guerra comenzó a fines de la década de 1950. Otros dicen que comenzó el 5 de agosto de 1964, cuando Lyndon Johnson anunció bombardeos contra Vietnam del Norte, en represalia por un ataque de torpedo contra un destructor estadounidense en el Golfo de Tonkin.

Sin embargo, la fecha de inicio de la Guerra de Vietnam ha sido establecida por el Centro de Historia Militar del ejército como el 11 de diciembre de 1961, cuando dos compañías consistentes en 32 aviones y 400 soldados llegaron al país, dijo un especialista de asuntos públicos del ejército.

'Fue la primera gran agrupación de fuerza combativa estadounidense en Vietnam', explicó el historiador del ejército Joe Webb.

Las bajas de Vietnam, que eran de 25 muertes entre 1956 y 1962, ascendieron a 53 en 1962, a 123 en 1963, a 216 en 1964, de acuerdo con estadísticas del Pentágono.

En 1965, después de que el Congreso aprobó la Resolución del Golfo de Tonkin, Washington comenzó la escalada masiva en su participación en la guerra. Con la llegada de gran cantidad de soldados, las víctimas en Vietnam se dispararon a 1.926 en 1965 y a 16.869 en 1968, año de la Ofensiva Tet. Más de 58.000 efectivos estadounidenses murieron en la guerra de Vietnam, que concluyó a mediados de la década del 70.

En su análisis, Reuters incluyó muertes de efectivos militares tanto dentro como fuera del campo de batalla, en la Operación Libertad para Irak, para compararlas con las estadísticas de la guerra de Vietnam, en las que no hubo distinción entre bajas por accidentes y por ataques. El jueves, las muertes en combate estadounidenses sumaban 270 para Irak


El castigo de Bush
Pedro Miguel La Jornada México, 28/10/2003
pmiguel@ciberoamerica.com

La popularidad de George Walker Bush va en caída libre y ha pasado de 80 por ciento, en mayo, cuando proclamó el fin de la guerra contra Irak, a 56 la semana pasada. Tal vez sufra un nuevo resbalón cuando la opinión pública estadunidense caiga en la cuenta de lo que significa la serenata mortífera con misiles tierra-tierra que la resistencia iraquí ofreció, la madrugada del domingo, al subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, quien se paseaba por Bagdad con la arrogancia equívoca de los vencedores. El ataque, en el que murió el soldado estadunidense número 109 desde que "terminó la guerra", es una prueba de que el largo conflicto armado entre la presidencia de Estados Unidos y el pueblo de Irak, que en enero próximo cumplirá 13 años, está muy lejos de haber terminado. De hecho, el actual presidente de la máxima superpotencia planetaria no sólo mintió sobre el fin de la confrontación, sino que se adjudicó, en falso, su comienzo.

Esa guerra la inició Bush padre en enero de 1991 y, aunque cesó formalmente con el alto el fuego del 3 de marzo de ese año, prosiguió, con bajo perfil, a lo largo del gobierno de Bill Clinton, y fue heredada, intacta, por Bush junior, quien la derivó a una nueva masacre de iraquíes y al derrocamiento de Saddam Hussein. Pero ni el colapso político-militar del gastado dictador ni la ocupación de Irak se han traducido en el fin de la guerra; simplemente, ésta ha dejado de ser un juego electrónico entre radares iraquíes y aviones estadunidenses, y se ha convertido en un matadero que ha diversificado sus insumos: ya no son sólo iraquíes, sino también estadunidenses.

Alguna conciencia de eso se percibe ya entre los ciudadanos comunes, como se vio en la manifestación del sábado en Washington, a la que acudieron familiares de los caídos a decir a su presidente que nadie le dio nunca la atribución de jugar con la vida de los muchachos.

Ojalá que esa lucidez se extienda y se multiplique, y fructifique en un descenso de la imagen presidencial que tenga como consecuencia, a su vez, la derrota de George W. Bush en las elecciones presidenciales del año entrante. Un fracaso semejante implicaría un revés para la asociación mafiosa y genocida entre halcones militares y corporaciones empresariales y para las corrientes conservadoras que orientan los medios, los programas escolares, las mentes y hasta los genitales de los estadunidenses. La negativa ciudadana a concederle a Bush un segundo mandato -si es que las instituciones la respetaran- se traduciría también en un mundo más seguro, más apegado a la legalidad y menos violento; en un descalabro para los criminales que gobiernan en Israel; en el aislamiento de gerifaltes de gobierno como Aznar, Blair y Berlusconi, si es que siguen políticamente vivos para entonces; en una brusca reducción del alimento ideológico de los terroristas fundamentalistas, y hasta en un debilitamiento de reliquias dictatoriales como Fidel Castro, sempiternamente alimentado en su discurso apocalíptico por la hostilidad de Washington.

Por otra parte, en el ámbito personal, sería lógico que la pérdida de la Presidencia le provocara a George Walker Bush un intenso y grave sufrimiento. Confieso abiertamente mi deseo de que el presidente de Estados Unidos sufra. Que sufra mucho, si es posible. No el sufrimiento discursivo, abstracto y muy posiblemente hipócrita por los caídos el 11 de septiembre de 2001, sino el dolor del fracaso personal, la zozobra del rechazo mayoritario, la desgarradora pérdida del protagonismo y los reflectores, el sofocante síndrome de abstinencia del poder.

No le deseo mal alguno por sus lastimosas limitaciones intelectuales, su patente carencia de cultura general o sus orígenes familiares en la mafia petrolera. A fin de cuentas, él no escogió esos defectos. Pero además de ser tonto, ignorante y apellidarse Bush, este hombre ha cometido faltas que caen plenamente en el terreno de su albedrío y que debieran, en consecuencia, ser punibles: es mentiroso, despiadado, corrupto, inescrupuloso, hipócrita, arrogante e indiferente ante el sufrimiento ajeno. El presidente de Estados Unidos tendría que pagar de alguna forma algunas de sus responsabilidades por las infames ejecuciones en Texas, cuando era gobernador; por la muerte de civiles y de soldados -locales y estadunidenses- en Afganistán e Irak y por la terrible devastación material en esos países; por las humillaciones a que se somete a los inmigrantes; por el desamparo de millones de estadunidenses ante el recorte de programas sociales, y por las fortunas mal habidas en la corrupción cupular de su gobierno.

Pero, si uno piensa con realismo, resulta desoladoramente improbable que un tribunal nacional o internacional juzgue por esos y otros crímenes al actual presidente de Estados Unidos. La perspectiva de lesionarlo o matarlo en un atentado terrorista pertenece más bien a las definiciones de lo que es correcto según la moral del propio Bush -muy semejante, por cierto, a las de Osama Bin Laden, Saddam Hussein o Ariel Sharon- y resulta, por ello, repudiable. Por eso, la única posibilidad real de castigo para el ocupante de la Casa Blanca es que la sociedad estadunidense le dé la espalda en las próximas elecciones y que ese acto ciudadano se traduzca en un sufrimiento intenso y duradero para George Walker Bush.

No soy el único en este planeta, me atrevo a suponer, que se lo desea con toda el alma


¿Desde cuándo "árabe" es una mala palabra?
Robert Fisk (The Independent) La Jornada 04/11/2003

¿Ahora "palestino" es una mala palabra? ¿O la mala palabra es "árabe"? Empecemos con el finado Edward Said, el brillante y apasionado académico palestino-estadunidense que escribió, entre muchos otros libros, Orientalismo, la obra señera que por primera vez exploró nuestras fantasías occidentales en torno de Medio Oriente. Después de su muerte, ocurrida el mes pasado a causa de la leucemia, Zev Chafets se mofó de él en el New York Daily News con las siguientes palabras: "Como episcopalista, es inelegible para las acostumbradas 72 vírgenes (del paraíso islámico), pero no me sorprendería que lo honraran con un par de mujeres con grado de doctora".

Según Chafets, quien (de acuerdo con el periódico) pasó 33 años "en la política, el gobierno y el periodismo" en Jerusalén, Orientalismo "descansa en una tesis simple: los occidentales son de manera inherente incapaces de juzgar con justicia, o siquiera de entender, el mundo árabe". Said "no hizo volar en pedazos a los marines en Líbano en 1983... y de seguro no voló un avión hacia el World Trade Center. Lo que hizo fue descomponer el radar intelectual de Estados Unidos".

Cuando leí este violento obituario, recordé haber oído antes el nombre de Chafets. Así pues, revolví mis archivos, y apareció en 1982, como ex director de la oficina de prensa del gobierno en Jerusalén. Acababa de publicar un libro en el que hacía la falsa aseveración de que los periodistas occidentales en Beirut -yo entre ellos- habían sido "aterrorizados" por bandas de palestinos. Incluso afirmó que mi viejo amigo Sean Toolan, quien fue asesinado por un marido celoso con cuya esposa tenía un amorío, fue víctima de palestinos disgustados por un programa de la televisión estadunidense sobre la Organización para la Liberación de Palestina.

Entonces entendí. Uno puede patear a un erudito fallecido si resulta ser palestino, o patear a un periodista muerto si uno desea acusar de su muerte a los palestinos.

Ahora, sin embargo, las mismas fantasías enfermas ganan terreno en Australia, donde supuestos amigos de Israel realizan un esfuerzo deliberado por impedir que nada menos que la intelectual palestina Hanan Ashrawi reciba esta semana el Premio Sydney de la Paz. Un escritor judío residente en esa ciudad la ha defendido con valentía, entre otras cosas porque cabilderos pro israelíes australianos parecen haber citado de manera intencionalmente errónea una entrevista que Ashrawi me concedió hace dos años, distorsionando sus palabras para dar a entender que ella está en favor de los ataques suicidas.

Ashrawi no favorece esas acciones perversas, y ha hablado sin temor en contra de ellas. Pero ya la Universidad de Sydney ha retirado el uso de su Gran Salón para la ceremonia de entrega del premio, y la alcaldesa de la ciudad, Lucy Turnbull, ha deslindado a la ciudad, que es una de las patrocinadoras.

Sólo para mostrar a los lectores lo que está detrás de estas acciones -aparte del hecho de que el marido de Turnbull, Malcolm, pretende obtener la candidatura a un escaño en el Parlamento-, veamos el siguiente diálogo entre Kathryn Greiner, ex presidenta de la Fundación Sydney para la Paz, y el profesor Stuart Rees, director de la misma:

KG: "Tengo que hablar con lógica. Es Hanan Ashrawi o la Fundación para la Paz. Esa es nuestra opción, Stuart. Tengo la clara impresión de que si insistes en tenerla aquí, ellos (sic) te destruirán. Rob Thomas, del City Group, está en problemas por apoyarnos. Y tú sabes que a Danny Gilbert (un abogado australiano) ya le han hecho advertencias."

SR. "Debes estar bromeando. Hemos hablado cien veces de esto. Hicimos amplias consultas. Estuvimos de acuerdo en que la decisión del jurado, que se tomó hace más de un año, fue unánime, y en que la apoyaríamos todos juntos."

KG: "No estás escuchando la lógica. El Commonwealth Bank... se muestra muy crítico. No podríamos acercarnos a pedirle apoyo financiero para el Premio de la Paz de las Escuelas. No nos darán apoyo. El sector empresarial cerrará filas. Están diciendo que somos parciales, que sólo hemos apoyado a Palestina."

Hay más de lo mismo, pero el profesor Rees se mantiene firme... por ahora. Igualmente firme se muestra el periodista australiano Antony Lowenstein, de la revista Zmag. Ashrawi, expresa, "ha resistido durante la mayor parte de su vida campañas de odio basadas en insultos y mentiras, de aquellos que tienen la intención de silenciar las voces palestinas..."

Pero ¿cuánto tiempo más durará esto? Ashrawi, según veo, es llamada ahora "una envejecida (sic) y estridente defensora del terror" por Mark Steyn, nada menos que en The Irish Times.

Y se está poniendo peor. La obra de Said está recibiendo ataques en el testimonio que presta ante el Congreso estadunidense el doctor Stanley Kurz, quien sostiene que la presencia de "teorías post coloniales" en círculos académicos ha producido profesores que se niegan a apoyar o enseñar a estudiantes interesados en pertenecer a agencias de inteligencia del gobierno. Por consiguiente, ahora el Congreso propone crear un "consejo de supervisión" -con miembros designados por Seguridad Interior, el Departamento de la Defensa y la Agencia de Seguridad Nacional- que asigne el financiamiento a departamentos universitarios de estudios sobre Medio Oriente a "estudiantes que se preparen para carreras en agencias de seguridad nacional, defensa e inteligencia..."

Como señala el profesor Michael Bednar, del departamento de historia de la Universidad de Texas en Austin: "me indigna y me aterra la posibilidad de que alguien en Seguridad Interior instruya a profesores universitarios sobre cuáles son los libros de texto 'patrióticos' que pueden usarse en clase".

¿Será éste el adiós a la obra de toda la vida de Edward Said? ¿Y el adiós a los premios de la paz para Hanan Ashrawi? ¿El adiós, de hecho, a los palestinos? Entonces sí que el radar se habrá descompuesto de veras


El mensaje del nuevo baño de sangre en Bagdad
Robert Fisk
(The Independent) La Jornada 28/10/03

Entender al cerebro. Eso es lo que hay que hacer en una guerra de guerrillas. Entender cómo trabaja, qué intenta hacer. ¿Ramadán? ¿Un ataque al cuartel de Estados Unidos en Bagdad y seis ataques suicidas, todos al principio del Ramadán? ¿Cuarenta y tres muertos y 200 heridos? ¿Dónde he escuchado antes esas estadísticas? ¿Y cómo pueden estar tan bien coordinadas las acciones, sin demasiada elaboración tal vez, pero calculadas hasta el último segundo?

¿Y por qué la Cruz Roja? Yo conocía ese edificio, admiré la forma en que la Cruz Roja Internacional se negó a asociarse con el ejército de ocupación, incluso al costo de la vida de sus miembros, porque los guardias que custodiaban su sede en Bagdad no llevaban armas.

He aquí la respuesta a la primera pregunta: Argelia. Después que el gobierno argelino prohibió en 1991 las elecciones democráticas que habrían llevado al poder al Frente de Salvación Islámico, la creciente revuelta musulmana se transformó en una sangrienta batalla entre el llamado Grupo Armado Islámico -muchos de cuyos adherentes habían aprendido el oficio de la guerra en Afganistán- y las brutales fuerzas armadas y policiacas del gobierno. A la vuelta de tres años, los "islamistas" -al parecer ayudados por oficiales de inteligencia- perpetraban matanzas contra los aldeanos de lo que se llamó el triángulo de Blida, que no era como el "triángulo sunita" del Irak actual, sino un territorio de tres esquinas alrededor de la muy islamista ciudad de Blida, en las afueras de Argel.

Y las peores atrocidades -decapitación de niños, violación y degollamiento de mujeres, matanza de policías- fueron cometidas al principio del Ramadán.

En el Ramadán -los periódicos gustan de llamarlo el "mes del ayuno sagrado", lo cual es correcto sólo hasta cierto punto-, las emociones musulmanas se intensifican: en esos días, los más santos, el hombre o la mujer musulmanes sienten que deben hacer algo importante para que Dios los escuche. No hay en el Corán nada que hable de violencia en el Ramadán o, para el caso, de ataques suicidas, de la misma forma en que tampoco hay nada en el Nuevo Testamento que apremie a los cristianos a cometer el genocidio o la limpieza étnica en los que se han vuelto expertos en los pasados 200 años; pero los sunitas wahabitas han combinado a menudo la guerra santa como el "mensaje", el dawa, durante el Ramadán.

¿Y cuál es el mensaje? En Bagdad, el mensaje político de los dos días pasados es simple: decir a los iraquíes que los estadunidenses no pueden controlar a Irak; y algo quizá más importante: decir lo mismo a los estadunidenses. Y todavía más: decir a los iraquíes que no deben colaborar con los estadunidenses. ¿Quién quiere ser policía iraquí esta mañana?

El mensaje reconoció también las nuevas reglas de combate que ha establecido el invasor: matar a los líderes enemigos. Estados Unidos asesinó a los dos hijos de Saddam Hussein (y a su nieto). Alardea de haber liquidado a miembros de Al Qaeda en Afganistán y en Yemen, de la misma forma en que Israel caza palestinos de Hamas y Jihad Islámica. ¿Sería, pues, casualidad que el helicóptero Black Hawk derribado en Irak fuese atacado en Tikrit cuando Paul Wolfowitz acababa de pasar por esa ciudad? Y el asalto al hotel Rashid -versión mucho más eficaz del ataque con cohetes lanzado hace más de seis semanas- por poco mata a Wolfowitz. El funcionario estaba "en la habitación de al lado" de aquella en que se produjo una de las explosiones.

El arquitecto de toda la invasión angloestadunidense de Irak estuvo a punto de ser asesinado por los enemigos de Estados Unidos. ¿Sabían éstos en qué habitación dormía? Dado el número de iraquíes que prestan servicios en el hotel, es muy probable.

Y luego está la Cruz Roja, el último "interlocutor respetable" que les quedaba a los estadunidenses, la última organización humanitaria -después del doble ataque suicida a la ONU- que podría haber brindado cierta comunicación entre Washington y sus antagonistas. Ahora también ha sido devastada.

Puede que algunos de los enemigos de Estados Unidos provengan de otros países árabes -cierto, uno de los atacantes suicidas del lunes venía de Siria, y los musulmanes sunitas del norte de este país, en los alrededores de Alepo, se están volviendo mucho más estrictos en su observancia religiosa-, pero la mayor parte de la oposición militar a la presencia estadunidense proviene de sunitas iraquíes, no de "remanentes de Saddam", "desesperados" o "suicidas" (títulos con que Paul Bremer intenta cubrir la verdadera y creciente resistencia iraquí), sino de hombres que en muchos casos odiaban a Saddam.

Los enemigos de Estados Unidos en Irak no trabajan "para" Al Qaeda. No trabajan para el mullah Omar ni para Osama Bin Laden. Sin embargo, han aprendido su propia y singular versión de la historia: atacar a los enemigos en el mes sagrado del Ramadán. Aprender de la guerra en Argelia. Y de la guerra en Afganistán. Aprender las lecciones de la "guerra al terrorismo" lanzada por Washington. Ir a la yugular. "Agárrenlos a todos." Maten a los líderes. Están con nosotros o contra nosotros, colaboracionista o patriota
Ese fue el mensaje del baño de sangre de este lunes en Bagdad


Perdedores, o El padecimiento del invasor
Juan Gelman
Página 12 14/11/03

Los veteranos y los efectivos estadounidenses heridos, enfermos y/o discapacitados como consecuencia de la invasión y ocupación de Irak padecen un afán ahorrativo de la misma Casa Blanca que no escatima miles de millones de dólares para alimentar su sueño imperial y continuar su carrera armamentista. Se aducirá que ese afán es la herencia puritana de quienes colonizaron el país siglos ha. Sólo que éstos enfrentaban duras condiciones a partir de cero y hoy Estados Unidos –obvio– es la primera potencia del planeta.
Ron Paul, representante republicano por Texas, se escandalizó recientemente por la situación de los militares repatriados, heridos e internados en el Walter Reed de Washington: “Algunos convalecientes –escribió– fueron obligados a costear de su bolsillo las comidas del hospital. Otros que regresaban a casa con una licencia de dos semanas debieron pagar su transporte desde la costa este. Otros más tuvieron que comprar a sus expensas botas para el desierto, gafas de visión nocturna y otros aditamentos militares. Es chocante que nuestras tropas tengan que pagar por elementos básicos que se les deberían proporcionar con cargo al presupuesto de la defensa”. Dicho de otra manera: los soldados norteamericanos pagan para ser muertos y heridos en una guerra que nadie les consultó.
El número de heridos por accidente o por batalla contra la resistencia iraquí es cuidadosamente maquillado en los registros oficiales. Veterans for Common Sense reveló en su boletín del 11-8-03 (www.Veterans forCommonSense.org) que en uno solo de los hospitales alemanes –el de la ciudad bávara de Landstuhl– habían sido tratados hasta esa fecha más de 7000 efectivos yanquis transportados desde Irak. La experiencia militar indica que un 95 por ciento sale con vida de esa dura peripecia; si es así, habrían muerto 350 soldados que el cómputo oficial de bajas no toma en cuenta. La situación de los heridos trasladados a EE.UU. dista de ser brillante. Un cable de UPI del 17-10-03 relata que más de 600 heridos y enfermos, muchos de los cuales combatieron en Irak, se hacinan en la base militar Fort Steward esperando diagnósticos y tratamientos que tardan en llegar. Si llegan.
Viven en oscuras barracas de cemento, tienen que cruzar un arenal para ir al baño colectivo, deben pagar el papel higiénico que usan y la comida que consumen, algunos esperan meses antes de que un médico los vea y otros se resignan y renuncian al 80 por ciento de las prestaciones debidas con tal de volver a sus hogares. Son reservistas y miembros de la Guardia Nacional, en general menospreciados por los profesionales del ejército y, a la vez, los más proclives a convertirse en bajas por su escaso entrenamiento en una guerra de guerrillas donde la primera línea del frente se encuentra en todas partes. Eran hombres sanos cuando llegaron a Irak y ahora sufren extraños males pulmonares y cardíacos. Pero los jefes deciden que muchos casos se deben a “una condición previa” y esto elimina las primas y subsidios por enfermedad o discapacitación a los que tienen derecho por ley. Sólo cuando el tema afloró –tímidamente y hace poco– en los medios norteamericanos, el Pentágono envió más personal médico a Fort Stewart y el Senado pidió y obtuvo para los allí internados unos flacos 8,10 dólares diarios para comprar comida. El ahorro es el ahorro, sí señor.
Además irrita a jefes, oficiales y tropas un hecho inédito en la tradición bélica de EE.UU.: Bush hijo se disfraza de militar para cantar victorias que no son, pero nunca asiste al funeral de quienes regresan envueltos en la bandera estadounidense. Charles Sheenan-Miles, veterano de la primera guerra del Golfo y director ejecutivo del Instituto de Investigación de Políticas Nucleares, declaró al respecto que “es enorme el impacto de que el presidente no hable (de las bajas)... Hemos escuchado esa retórica constante de que apoyar a las tropas equivale a apoyar las políticas del presidente. Si uno está contra la guerra, está contra las tropas. Y éste es uno de los datos clave que muestran la mentira de todo eso. El presidente, el Pentágono y en menor medida el Congreso no han tenido el menor respeto por la gente que en su nombre va a la guerra”.
Más que irrespeto es deliberación: no hay que asociar a Bush hijo con los caídos. El Pentágono ha prohibido a los medios que se fotografíen los ataúdes que salen de Irak y también los que llegan a EE.UU. La Casa Blanca pretende que la ocupación progresa y entonces muertos no hay. Ese empeño ocultador ha cambiado el léxico militar: las llamadas “bolsas de cadáveres” durante Vietnam, o “bolsas de restos humanos” cuando Kosovo, ahora se denominan “tubos de traslado”. Semejante acto mágico no cambia su contenido y sólo los periódicos de provincia se ocupan de las pérdidas locales que la gran prensa nacional ignora. Bush es un ganador. El perdedor es nada


Soñando con la guerra
Gore Vidal 220204

De todos los enemigos de las libertades públicas, la guerra es quizás el más temible, porque contiene y desarrolla el germen de todos los demás. Como padre de los ejércitos, la guerra fomenta deudas e impuestos, que son los instrumentos para someter a la mayoría a la dominación de unos pocos. En la guerra se amplía asimismo el poder discrecional del Ejecutivo (...) y todos los medios de seducir a las mentes se suman a las formas de sojuzgar la fuerza del pueblo.
Así nos prevenía James Madison en los albores de nuestra república.
Después del 11 de septiembre, gracias a la “dominación de unos cuantos”, el Congreso y los medios de comunicación guardan silencio mientras el Ejecutivo, por medio de la propaganda y de sondeos sesgados, seduce a la opinión pública, crea centros de poder hasta ahora impensables, e invita a la población a afiliarse al TIPS, un sistema civil de espionaje para denunciar a quienes despiertan sospechas o ponen objeciones a lo que el gobierno está haciendo en el país o en el extranjero.
Cualquier país sabe la manera de protegerse de los matones que nos dieron el 11 de septiembre, y la guerra no es una alternativa. Las guerras se hacen contra países, no contra grupos desarraigados. A esos se les pone precio por cabeza y se los captura. Italia lo hizo con la mafia siciliana, y nadie propuso que se bombardee Palermo. Pero la Junta Cheney-Bush quiso una guerra. Los medios de comunicación, nunca muy finos para los análisis, pierden cada vez más coherencia. En la CNN, hasta el impasible Jim Clancy empezó a hiperventilar cuando un académico indio trató de explicar que Irak fue en otro tiempo nuestro aliado y “amigo” en su guerra contra nuestro satánico enemigo Irán. “Nada de ese rollo conspirativo”, gruñó Clancy. Rollo conspirativo es un eufemismo de “verdad que no se puede decir”.
Mohammed Heikal, un brillante periodista y observador egipcio, que en su día fue ministro de Exteriores, declaró el 10 de octubre de 2001 al Guardian: “Bin Laden no tiene los recursos para una operación de esta envergadura. Cuando oigo a Bush hablar de Al-Qaida como si fuese la Alemania nazi o el Partido Comunista de la Unión Soviética, me río porque sé de qué se trata. Bin Laden ha estado años sometido a vigilancia: todas sus llamadas telefónicas eran escuchadas, y Al-Qaida ha estado infiltrada por los servicios estadounidense, paquistaní, saudí y egipcio. No habría podido mantener en secreto una operación que requería un grado semejante de complejidad y organización”. El antiguo presidente del servicio interior alemán de inteligencia, Eckehardt Werthebach, lo explica en detalle (4 de diciembre de 2001). El ataque del 11 de septiembre exigía “años de planificación”, mientras que la escala en que se produjo indica que fue producto de “acciones organizadas por un Estado”. Quizá, después de todo, Bush hijo tenía razón al llamarlo una guerra. Pero ¿qué Estado nos atacó?
Que los sospechosos formen fila. ¿Arabia Saudita? “No, no. Caramba, les estamos pagando 50 millones de dólares al año por entrenar al servicio de seguridad real en nuestro propio, aunque árido, sagrado suelo. Es cierto que hay en el reino muchos enemigos ricos e instruidos, pero...” ¿Egipto? Ni hablar. En bancarrota a pesar de la ayudita estadounidense. ¿Siria? No tiene fondos. ¿Irán? Demasiado orgullosa para ocuparse de un advenedizo como Estados Unidos. ¿Israel? Sharon es capaz de cualquier cosa, pero no estaba al mando cuando la operación dio comienzo con la infiltración de activistas “durmientes” en las cinco escuelas de vuelo estadounidenses, hace cinco o seis años. ¿Estados Unidos? Hay elementos del empresariado ansiosos de que se produzca “un ataque masivo externo” que nos permitiría declarar guerras cuando el presidente lo considerase oportuno y suspender las libertades civiles.
Bush padre y Bush hijo se están riendo ahora. ¿Por qué? Porque en aquel entonces el presidente era Clinton. Cuando Clinton es excluido de la lista de sospechosos, dice más enojado que triste: “Cuando dejamos la Casa Blanca teníamos un plan para una guerra sin cuartel contra Al-Qaida. Se lo entregamos a este gobierno y no hicieron nada. ¿Por qué?” Pasa de largo, mordiéndose el labio. Los Bush ya no se ríen.
Pakistán interrumpe: “¡Fui yo! ¡Lo confieso! No pude contenerme. Soy un malhechor”. Es obvio que el culpable es Pakistán: en parte. Ahora debemos remontarnos a 1979, cuando se desencadenó “la más amplia operación encubierta en la historia de la CIA”, en respuesta a la invasión rusa de Afganistán. Ahmed Rashid, especialista en Asia central, escribió en Foreign Affairs de noviembre-diciembre de 1999: “Con el apoyo activo de la CIA y de los servicios paquistaníes que querían convertir la jihad afgana en una guerra global, librada por todos los estados musulmanes contra la Unión Soviética, unos 35 mil musulmanes radicalizados de 40 países se alistaron entre 1982 y 1992 (...) más de 100 mil musulmanes extremistas extranjeros sufrieron la influencia directa de la jihad afgana”.
La CIA entrenó y financió a estos combatientes. En marzo de 1985, el presidente Reagan promulgó la directiva 166 de Seguridad Nacional por la que se incrementaba la ayuda militar al tiempo que especialistas de la CIA se reunían con sus homólogos de los ISI cerca de Rawalpindi, Pakistán. La mejor crónica de este encuentro es la del Jane’s Defense Weekly (14 de septiembre de 2001): “La mayoría de los instructores pertenecía a los Servicios de Inteligencia Internos (ISI) de Pakistán, agencia que aprendió su oficio de los Boinas Verdes y la Armada en diversos centros de instrucción de Estados Unidos”. Esto explica por qué la administración se mostraba reacia a explicar la causa de que tantas personas que no califican tuvieran visa para visitar nuestras hospitalarias costas. En Pakistán, “la instrucción masiva de mujahidines afganos fue posteriormente dirigida por el ejército paquistaní bajo la supervisión de los servicios especiales de elite. En 1988, con conocimiento de Estados Unidos, Bin Laden creó Al-Qaida (La Base), conglomerado de células terroristas cuasi independientes, en unos 26 países como mínimo. Washington hizo la vista gorda”.
El 4 de septiembre de 2001, el Daily Telegraph de Londres informó de la llegada a Washington del director general de los ISI, el general Mahmoud Ahmed. El 10 de septiembre, el diario paquistaní The News señaló: “La semana de estancia en Washington del jefe de los ISI ha suscitado conjeturas sobre sus misteriosas reuniones en el Pentágono y el Consejo de Seguridad Nacional. Fuentes del Departamento de Estado afirman que realiza una visita de rutina para devolver la que el director de la CIA, Charles Tenet, hizo a Islamabad.” No se facilitaron más detalles. Pero el 8 de octubre Mahmoud fue destituido como jefe de los ISI y adelantó su jubilación. El Times de la India (8 de octubre de 2001) fue el primero en informar del motivo: “Fuentes locales de alto nivel confirmaron el martes que el general perdió su empleo debido a las ‘pruebas’ presentadas por la India que demuestran sus vínculos con uno de los pilotos suicidas que destruyeron el World Trade Center. Las autoridades estadounidenses solicitaron su destitución tras confirmarse el hecho de que el jeque Ahmad Uhmar, a instancias del general Mahmoud, giró desde Pakistán 100 mil dólares al secuestrador”.
Ahora sabemos que Mohammed Atta estaba al mando de los 19 hombres que secuestraron los cuatro aviones el 11 de septiembre de 2001. Murió en la colisión con la primera torre. ¿Ordenó el general Mahmoud, durante su visita a Washington, que se le enviara dinero, como afirma el Times de la India y ratifica el Wall Street Journal (10 de octubre de 2001)?
Esta es, sin duda, una de las preguntas que serán respondidas durante el futuro impeachment de George W. Bush, hijo. Esperemos que el jefe Cheney le haya explicado la conexión con Pakistán


Principal-|-Atajo |-Biografías | Glosarios | Temas Que Queman | Libros Gratis |
ADU: País  Por País | Publicaciones | Consulta a Avizora | Libro de Visitas |-Horóscopo |
Campos y Haciendas | Sugiera su Sitio


AVIZORA
TEL: +54 (3492) 434313 /+54 (3492) 452494 / +54 (3492) 421382 /
+54 (3492) 15 612463 ARGENTINA
Web master: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m. Avizora.com