200508 -
Sebastián Vázquez Montoto -
La bulimia y la anorexia son, entre otros, trastornos
de la alimentación que han cobrado un marcado interés en nuestra sociedad en
los últimos años, a pesar de ser enfermedades de larga data, y que se
reactivan, especialmente, cuando empieza a asomar el verano y es hora de
ponerse los trajes de baño.
Primero consideremos que existe un trastorno en la
alimentación cuando una persona coloca a la comida como centro de su vida
toda.
La persona que padece algún trastorno en su
alimentación como la bulimia o la anorexia, basa en la comida -un particular
significante al que la persona enferma otorga un significado específico de
acuerdo a diversos factores psicológicos y evolutivos- todos los
pensamientos y actos que forman parte de su cotidianeidad, sintiéndose
hiperdependientes de esa idea, que a modo de parásito, parece “atacar”
hostilmente en cada momento y situación.
La comida se convierte, entonces, en el eje a partir
del cual gira la vida y el mundo de relación de la persona enferma.
Es así como la comida es el motivo por el cual se
concurre o no a una fiesta, se visita a los amigos evitando las horas de las
comidas, se deja de salir a comer en restaurantes que cocinan determinado
tipo de comida (que engordan), se ingiere una manzana o un yogurt solamente
en todo el día, y otras que hacen de la comida un cruel titiritero de la
vida de aquellos que padecen esta enfermedad.
Anorexia etimológicamente significa “hambre de
nada”, es decir, que la persona anoréxica tiene hambre como requerimiento
puramente fisiológico, pero no “desea” comer, no tiene apetito.
La manifestación de esta enfermedad se ve en la
“rebeldía de no comer”, que representa un llamado de atención para los
padres y amigos de la persona enferma, no así para la propia persona, dado
que no tiene conciencia de la enfermedad y cree estar alimentándose
normalmente o en exceso; es como una señal expresando que existe algo que no
está funcionando del todo bien.
Así encontramos a las personas enfermas, cuyo
porcentaje más alto es de mujeres -a pesar que la enfermedad sigue avanzando
en el terreno de los varones- con un peso muy bajo, a veces hasta en un 85 %
por debajo del peso deseable, índice del “terror” que sienten de engordar y
convertirse en obesas.
Entre algunos de los síntomas que generalmente
encontramos en la anorexia (digo generalmente porque ninguna anorexia es
igual a otra) están la pérdida del tejido adiposo (abdómenes hundidos,
brazos y piernas esqueléticas), amenorrea (pérdida y desorden de los ciclos
menstruales), bradicardia (disminución del ritmo cardíaco), poliuria (exceso
de orina por la cantidad de líquidos ingeridos, como té, caldo, etc.),
hipercolesterolemia (nivel de colesterol muy alto: 280 - 300), insuficiencia
cardíaca y descenso del nivel de potasio que provoca una descompensación
electrolítica, y comúnmente esta es la causa de muerte en la anorexia a
través del paro cardíaco.
Bulimia etimológicamente significa “hambre
voraz”, es decir, a diferencia de la anoréxica, la persona bulímica tiene
“deseo” de comer.
La comida le provoca una excitación previa que lleva a
la elección de los alimentos a ingerir, que siempre son ricos en calorías y
pobres en proteínas, y luego se registran los “atracones”, episodios
recurrentes de ingestas rápidas y compulsivas, en grandes cantidades o
vividos como si fueran grandes cantidades, con una marcada pérdida del
control y realizadas en momentos de soledad.
La soledad es la mejor aliada de la bulimia, o quizás
la peor de las enemigas, pues es estando en soledad (tienen vergüenza de
comer en público) cuando la persona se da los atracones a los que les siguen
la toma de conciencia de la acción cometida y el cruel sentimiento de culpa,
de fracaso y de angustia, que carcome a la persona y la obliga a “vaciarse”,
por decirlo de alguna manera, de esa culpa.
Aquí se dan los métodos purgativos, que varían según la
persona, para pseudoaliviar la angustia y la culpa, para “vaciarse”: los
vómitos (provocados después de cada ingesta y luego automáticos) y la
utilización de laxantes, diuréticos y enemas, estos últimos utilizados en
exceso y a veces simultáneamente.
Otros signos de la enfermedad son la mencionada
amenorrea -índice de cualquier desorden orgánico-, el signo de Russell
(callosidades en los nudillos de los dedos, por provocarse el vómito),
pérdida del esmalte dental, piel amarillenta y trastornos a nivel del
esófago y del tracto digestivo por la acción de los ácidos gástricos que
concentra el vómito.
La soledad es fundamental para el desarrollo de esta
operación, dado que la aparición de un tercero cualquiera interrumpe
inmediatamente el atracón o el vómito.
El problema mayor, y el que implica también mayor
riesgo, es la práctica simultánea de varias técnicas purgativas, muchas
veces combinadas con excesiva actividad física como la gimnasia, que implica
también un medio de purga muy frecuente que es inadvertido, ya que actúa
silenciosamente; estas purgas provocan una eliminación importante de sales
en el vómito, en la orina y en las heces.
La mortalidad es del 20% y se da por inanición y por la
citada descompensación electrolítica (descenso del nivel del potasio), que
provoca un paro cardíaco.
Es frecuente que el “llamado de atención” de las
personas bulímicas sea más peligroso que el de las anoréxicas (rebeldía de
no comer), ya que encuentran el intento de suicidio, sin conciencia de lo
que el suicido implica realmente, como el medio más eficaz para llamar la
atención y conseguir, sobretodo, la atención de sus padres. Esto revela el
conflicto psicológico profundo que se ubica en la base de estos cuadros.
Muchas veces un llamado de atención puede terminar con la vida de la persona
enferma, cuya desesperación alcanza el extremo.
Generalmente estos tipos de trastornos en la
alimentación, más allá de los síntomas que encierra cada uno en especial,
son acompañados, ambos, por un marcado aislamiento de la persona, excesivo
cansancio, sueño, irritabilidad, agresión (sobretodo hacia personas
conocidas y miembros de la familia), vergüenza, culpa y depresión,
registrándose un trastorno en la identidad a partir de la nominación de la
enfermedad: “Soy bulímica”.
Estas enfermedades no aparecen con frecuencia en estado
puro, es decir, no existe una anorexia pura o una bulimia pura. Una misma
persona puede registrar episodios tanto anoréxicos (restricción extrema a
ingerir alimentos), como bulímicos (atracones y purgas), instancia de la
enfermedad llamada bulimarexia, combinación de rasgos bulímicos y
anoréxicos en un mismo cuadro, que son los más comunes.
Es decir, por lo expuesto, que estas dos enfermedades,
de candente y lamentable actualidad, implican ir más allá de pensarlas como
de origen orgánico (aunque se está investigando al respecto),
introduciéndonos, así, en el terreno de lo psicológico, dado que tanto en la
bulimia como en la anorexia existe una distorsión de la imagen corporal, una
falla en la percepción -estas personas se ven gordas a pesar de no serlo, o
se ven aún más gordas si no son muy delgadas-; hay una discordancia entre el
cuerpo biológico y la representación mental del cuerpo, que en estas
personas enfermas impera: verse gordas, horrorizarse por la gordura.
En cuanto a los factores psicológicos causales, si bien
la bulimia y la anorexia no implican una determinada psicopatología de base,
ni son consideradas un tipo específico de psicopatología, considero que se
apoyan sobre personalidades a las que llamo a-dictivas, entendiendo
a como prefijo de negación y dictivas como lo dicho, lo puesto
en palabras; por lo tanto constituiría una enfermedad “de lo no dicho”, “de
lo no puesto en palabras”, personalidades que encuentran una gran dificultad
para registrar y comunicar sus estados emocionales y profundos, para poner
los sentimientos en palabras. Eso no dicho, no puesto en palabras, que
implica algo conflictivo para la persona, es puesto en el cuerpo, por lo que
puede concluirse que la bulimia y la anorexia encierran problemáticas
psicológicas profundas que hablan a través del cuerpo.
En cuanto a lo sociocultural y familiar son
enfermedades sostenidas, generalmente en forma inconsciente,
inadvertidamente, por la familia, y en forma no tan inconsciente por la
sociedad y los medios.
Con lo expresado no deseo que la responsabilidad de un
adolescente enfermo (digo adolescente porque son enfermedades que se dan
usualmente entre los 14 y los 20 años) recaiga sobre la publicidad y los
medios, que muestran modelos perfectos del hombre y la mujer, delgados y
bellos, o sobre la misma familia, pero lo cierto es que ambos núcleos
sustentan, por así decirlo, la evolución que realiza la enfermedad en un
adolescente en plena formación física y psíquica, y son a la vez quienes
pueden ir erradicando la enfermedad de quienes la padecen y de la sociedad
toda.
Es una enfermedad familiar que tiene como síntoma a uno
de sus miembros padeciendo bulimia o anorexia.
Se deben aceptar como enfermedades que se originan en
el seno mismo de la familia, y que pueden actuar como síntoma de conflictos
internos, personales y de tensiones en las interrelaciones
padres-hijos-hermanos.
Esta problemática bio-psico-social debe alertar a los
adultos en general y a los padres en especial acerca de los adolescentes
inmersos dentro de los pseudomodelos y valores vigentes en nuestra cultura
de hoy. Adultos y padres que muchas veces actúan ciegamente o simulan estar
ciegos ante situaciones dolorosas de este tipo, aun más cuando se trata de
padres con respecto a una hija o un hijo, una no aceptación de su padecer,
de su sufrimiento.
No hay que negar lo que sucede, hay que asumir la
situación, sentirse parte de ella y actuar en consecuencia.
Desde el rol de los padres, concretamente, se debe
contener a la persona enferma, comprenderla, dispensarle afecto y contención
intensiva, sabiendo que eso es lo que más necesita, lo que más necesita
cualquier persona para sentirse con ganas de vivir.
Compartir sus cosas, escucharla, acompañarla, e
intentar, junto con la ayuda profesional, que es fundamental en estos casos
(tratamiento interdisciplinario médico, nutricional, psicológico a nivel
individual y familiar), restablecer los lazos de la persona enferma con la
vida, con sus vínculos, mostrándole que hay otras cosas, otros intereses en
la vida, más allá de la figura y la comida, y que estos últimos son sólo una
mínima parte de un gran y maravilloso todo que es el ser
humano, al que hay que valorar, amar y defender.