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130206 -
Marcelo Resende y Maria Luisa Mendonça
En varios
países, las políticas de ajuste estructural defendidas por el Banco
Mundial han estimulado la privatización de tierras públicas y
comunitarias, además de la privatización de las aguas y las selvas.
Muchas investigaciones independientes indican que los proyectos del
Banco Mundial no han sido exitosos, presentando problemas
económicos, sociales y ambientales. Sin embargo, permanecen como
parte estratégica de un proyecto que busca garantizar las bases para
la expansión del neoliberalismo.
En el medio rural, los principales programas del Banco incluyen las
siguientes etapas:
Catastro y georreferenciamiento de los inmuebles rurales
Privatización de tierras públicas y comunitarias
Titulación de posesiones
Mercantilización de la reforma agraria
Mercado de tierras
Integración de los campesinos al agronegocio
De acuerdo con esta concepción, el Estado se desentiende de su
obligación de promover la desconcentración agraria a través de la
distribución de la tierra. Al contrario de ello, estimula el control
del territorio agrario por parte de grandes empresas.
Imponiendo y supervisando las políticas de desarrollo de los países
periféricos, el Banco Mundial les obliga a comprometer sus
presupuestos con proyectos que benefician a las grandes
corporaciones. El resultado de esta intervención se refleja en el
contingente estimado de 4.8 mil millones de personas, en su mayoría
desempleados, subempleados o en el sector informal.
La llamada “reforma agraria de mercado” – denominación criticada por
los movimientos sociales, por considerar que tal modelo no hace
justicia al término “reforma agraria” – tiene como base el fomento
de la venta de tierras por parte de los latifundistas a los
trabajadores con poca o sin tierra.
El proyecto del Banco Mundial se contrapone a las propuestas y
luchas históricas de los movimientos sociales rurales por una
reforma agraria amplia y profunda. Muchos trabajadores rurales,
deseando realizar su sueño de acceso a la tierra para trabajar, se
comprometen con préstamos con tasas de interés de mercado,
estimulados por promesas de una vida mejor. Contrario a ello, ocurre
un proceso de endeudamiento que somete a los campesinos a la
desilusión y expulsión de las tierras adquiridas.
Por otro
lado, esa política genera mayor concentración de tierra y beneficia a
los grandes propietarios que venden sus peores áreas a precios inflados,
en efectivo. Además, las experiencias muestran que los programas de
“reforma agraria de mercado” estimulan practicas de corrupción y
clientelismo, pues colocan el control del proceso en manos de las elites
rurales.
En Brasil, esos programas van en sentido contrario al precepto legal que
determina la desapropiación como el principal instrumento de obtención
de tierras improductivas. La constitución brasileña establece que las
tierras agrícolas deben cumplir su función social, o sea, deben producir
alimentos y respetar las leyes ambientales y de trabajo. En caso de que
esto no sea así, el gobierno debe expropiar esas áreas para fines de
reforma agraria y asentamiento de familias sin tierra.
Al sustituir la expropiación debido a intereses sociales por la compra y
venta de tierras, el estado deja de cumplir su obligación
constitucional. De esa forma, no hay penalización al latifundio, sino su
valoración pues son los hacendados los que pueden decidir vender o no
sus tierras. Una expansión del mercado de tierras acaba en muchos casos
provocando un encarecimiento de los precios y, consecuentemente,
beneficiando a los grandes latifundistas.
Desde 1997, durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, estos
programas han alcanzado a 70.000 familias y utilizado cerca de 500
millones de dólares.
De acuerdo con los estudios realizados por académicos y organizaciones
sociales, estos programas presentaron los siguientes problemas:
1. Aumento del valor de la tierra y pago al contado, como forma de
premiar el latifundio (la existencia del un Fondo de Tierras inflacionó
el mercado).
2. Inviabilidad económica, imposibilidad de pago de los préstamos y
endeudamiento de los trabajadores rurales. Las áreas adquiridas, muchas
de mala calidad, no reunieron las condiciones de permitir la generación
de renta suficiente para el pago de la deuda.
3. Adquisición de tierras sin registro e improductivas, por lo tanto
aptas para el programa de reforma agraria.
4. La compra de la tierra se hace por medio de asociaciones de
trabajadores, sin autonomía a la hora de la elección de las áreas.
Dichas asociaciones son, muchas veces, organizadas por los mismos
latifundistas y políticos locales.
5. Condiciones precarias de supervivencia y abandono de áreas. En vez de
aliviar la pobreza, la situación financiera de los participantes del
programa se agravó.
6. Denuncias de corrupción involucrando a administraciones municipales,
políticos y sindicatos, que habrían sido favorecidos en las
transacciones de compra y venta de tierras.
7. Destrucción ambiental: en muchos proyectos, se ha constatado la
explotación de recursos naturales, la producción de carbón como medio de
supervivencia y la explotación de reservas forestales, como las de
carnaúba en el Nordeste.
Con el inicio del gobierno Lula, el conjunto de los actores sociales del
campo depositaron sus esperanzas en la reversión de este proceso. La
expectativa era que la reforma agraria estaría en el centro de la agenda
política, como una forma importante de generación de empleos, de
garantía de la soberanía alimentaria y como base de un nuevo modelo de
desarrollo.
Al contrario de eso, asistimos a la continuidad de las políticas del
Banco Mundial para el medio rural. En noviembre de 2003, el Ministerio
de Desarrollo Agrario anunció la continuación del programa de Crédito
Agrario de Combate a la Pobreza Rural, con la meta de alcanzar a 130.000
familias.
Otra política del Banco Mundial en Brasil, que apunta a facilitar la
implementación del “mercado de tierras”, es el registro y
georreferenciamiento del territorio nacional, con la regularización de
2,2 millones de inmuebles rurales y la titulación de 500.000 “posseiros”
(ocupantes sin ducumentación legal). Este programa acaba con el concepto
de tierras públicas y comunitarias y puede contribuir al aumento de la
concentración de la propiedad de la tierra. La venta de áreas tituladas
puede beneficiar a latifundistas y a los llamados “grileiros”
(individuos que se apoderan de tierra ajena mediante falsificación de
escrituras de propiedad), además de fortalecer a los gobiernos de los
estados en la concesión de tierras públicas y devueltas a madereros y
grandes empresas agrícolas. En la región amazónica y del cerrado ya se
verifica la expansión del monocultivo de soja, que puede ser facilitado
por la privatización de las áreas georreferenciadas. El proyecto permite
también que el Banco Mundial tenga acceso a datos estratégicos sobre el
tejido agrario brasileño.
En diferentes países, las políticas de ajuste estructural defendidas por
el Banco Mundial han estimulado la privatización de tierras indígenas,
de afro descendientes y de otras comunidades rurales, además de la
privatización del agua y de las selvas, aumentado las desigualdades
sociales. La creación de mercados de tierras se plantea en este contexto
más amplio.
El caso de Colombia es ejemplar. En 1950, el Banco Mundial recomendaba
la migración incentivada de los campesinos y la formación de un sector
agropecuario concentrado en la expansión del rebaño bovino para
abastecer al mercado norteamericano de proteína animal. El principal
obstáculo al crecimiento del país, de acuerdo con el Banco, era el
número excesivo de campesinos, y sugería dos formas de resolver la
situación: atraer a los campesinos a las ciudades o expulsarlos mediante
un “shock”. Según el economista Héctor Mondragón, “no hay desplazados en
Colombia porque hay guerra, sino que hay guerra para que haya
desplazados”.
Con el fracaso de las políticas de mercado de tierras, en el 2002, el
Banco Mundial inició el programa de “Asociaciones Productivas” en
Colombia, con el objetivo de subordinar a los campesinos a las grandes
corporaciones. El programa convertía a los campesinos en “socios” de los
grandes propietarios, proporcionando mano de obra para las empresas
transnacionales y eliminando las obligaciones laborales.
En México, las políticas del Banco incentivaron la destrucción de los
ejidos – comunidades de reforma agraria, en las que no era permitida la
venta de la tierra y los campesinos mantenían los derechos adquiridos
desde la Revolución Mexicana de 1917. En 1991, el presidente Carlos
Salinas anunció la enmienda del Artículo 27 de la Constitución,
permitiendo la división de los ejidos en propiedades privadas. Esta
medida seguía la lógica del “mercado de tierras” y preparaba al país
para el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN - NAFTA).
En Guatemala, el mercado de tierras fue implementado en 1994, a través
de un Fondo de Tierras con financiamiento del Banco Mundial. El objetivo
era la privatización de las tierras públicas y la venta negociada de los
latifundios para evitar las ocupaciones y vaciar las demandas de los
movimientos sociales.
En India, en 1975, el Informe de Política de Reforma Agraria del Banco
Mundial indicaba a la articulación y el registro de tierras como los
principales problemas para el establecimiento de un próspero “mercado de
tierras”. Para ello, ofrecieron un “paquete” que incluía la titulación,
el relevamiento catastral y el registro para permitir las transacciones
de venta de tierras de los productores “menos eficientes” para los “más
eficientes”, que en la terminología del Banco Mundial significa “generar
lucros máximos”.
En Tailandia, el acceso seguro a la tierra fue el argumento para la
intervención del Banco Mundial en la política agraria. Sin embargo, una
evaluación interna hecha por el propio Banco confirma que la posesión de
la tierra en el país era “relativamente segura e igualitaria”, basada en
sólidas tradiciones sociales y culturales, y de esta forma no se
justificaba la prioridad de un proyecto de regularización de la
propiedad de la tierra.
En Sudáfrica, orientado por el Banco Mundial, el gobierno dio inicio a
un complejo paquete de medidas para la implementación del mercado de
tierras, apuntando a aumentar los niveles de producción y mejorar la
“confianza de los inversores”. Los programas del Banco se destinaron a
una elite de agricultores considerados “eficientes”, con mayor poder
adquisitivo. Esto eliminó la participación de los campesinos de baja
renta, que siguieron siendo dependientes de los salarios en las
haciendas y de relaciones sociales paternalistas. Este modelo impidió la
realización de una amplia reforma agraria que tuviera poder de
transformación social.
En Zimbabwe, entre 1980 y 1996, el gobierno les compraba tierras a los
blancos y se la distribuía a los negros, constituyendo asentamientos. El
Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) estimulaban a la
Unión de los Hacendados Blancos a no vender las tierras porque se
oponían a la constitución de asentamientos. En los años 90, el Banco
Mundial invirtió recursos para operar en el mercado de tierras, según el
modelo de producción individual de la agricultura familiar. Sin embargo,
la agencia decidió suspender esos recursos y, a partir de 1997, el
gobierno pasó a realizar la adquisición compulsiva de tierras, con
indemnización tan sólo de las mejoras.
La gran semejanza entre las fórmulas aplicadas por el Banco Mundial y
sus impactos negativos en diversos países generó un movimiento
internacional de oposición a la política de “reforma agraria de
mercado.” Muchas organizaciones sociales – como la Vía Campesina, la Red
de acción e Investigación sobre la Tierra (LRAN) - iniciaron un trabajo
de articulación, con el objetivo de sistematizar y divulgar tanto las
denuncias sobre los proyectos del Banco Mundial como las propuestas
construidas a través de las experiencias de trabajadores rurales.
Como podemos observar, los proyectos del Banco Mundial se contraponen a
las luchas históricas de los movimientos sociales. Es incomprensible que
la responsabilidad de la formulación de políticas para el campo,
incluyendo el uso y la ocupación del territorio, sea delegada a una
institución financiera internacional como el Banco Mundial. Es necesario
que cada país posea políticas públicas compatibles con la complejidad de
las demandas históricas, de las experiencias y de las formulaciones de
los movimientos sociales que luchan por la democratización de la tierra
y por la soberanía.
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