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130206 -
Francisco Molina -
El siglo XX
arrancó en América Latina con intensos movimientos sociales que
condujeron a superar, en cierta forma, algunas de las estructuras
obsoletas que las naciones constituidas en la centuria precedente
heredaron del sistema colonial impuesto por la metrópoli española.
El más importante de ellos fue la
revolución mexicana que destruyó muchas de las estructuras opresivas
bajo las que se encontraba la inmensa mayoría de la población. A lo
largo y ancho del extenso territorio de México, la guerra civil se
presentó como una fuerza de liberación que pretendía arrebatar las
tierras a los latifundistas para otorgárselas a los campesinos que
históricamente habían sido despojados. Las ideas del "caudillo del
sur", el general del Ejército Libertador del Sur,
Emiliano Zapata
Salazar, fueron adoptadas por casi todos los líderes que se
levantaron en armas contra la dictadura del general Porfirio Díaz,
primero, y contra la usurpación de otro general, Victoriano
Huerta, después.
La Constitución promulgada en 1917,
en la ciudad de Querétaro, contiene mucho de los elementos agrarios
incluidos en el famoso Plan de Ayala, decretado por los
zapatistas. La propuesta del reparto agrario fue considerada por los
detentadores del poder como algo descabellado, que supuestamente
conduciría al país a la debacle económica. Pero el país no sólo no
se deshizo sino que ascendió a estadios superiores en su estructura
productiva que alcanzó su cima con el proyecto de reforma agraria
impulsado por el general Lázaro Cárdenas del Río durante su
mandato entre 1934 y 1940.
El ejemplo del movimiento emancipador
cundió por toda América Latina y la noción de la Reforma Agraria fue
adoptada por los sectores sociales más avanzados que intentaban
llevar a sus propios países a modelos productivos más modernos. En
contrapartida, las clases poseedoras iniciaron una campaña de
satanización del reparto de la tierra, arguyendo que se trataba de
una intromisión del comunismo internacional que ponía en peligro la
"libertad" y la existencia de la propiedad privada.
El proyecto que en esencia se
presentaba como un paso adelante en el camino de la
industrialización, que en la visión de sus promotores constituía la
base para llevar a las naciones hacia la culminación del proceso de
desarrollo, fue llevado a cabo con muchos altibajos. Hubo casos en
los que los gobiernos impulsaron el reparto de la tierra como una
forma de contener las constantes protestas campesinas y en algunos
otros la reforma fue llevada hasta sus últimas consecuencias con el
consiguiente agudizamiento de las contradicciones sociales, tanto
internas como externas.
La Reforma Agraria se constituyó en un objetivo
fundamental para lograr la construcción de la utopía que llevaba en
su seno la liberación de amplios sectores sociales, como punto de
partida para sacar a los países latinoamericanos del atraso secular.
Y aún cuando las luchas revolucionarias y contra las intervenciones
de las potencias mundiales, especialmente de Estados Unidos, se
iniciaban con objetivos limitados, solamente tuvieron una fuerza
decisiva en el momento en que los dirigentes se dieron cuenta que la
disputa por el control de la tierra era fundamental para involucrar
a las masas campesinas.
Así sucedió con el movimiento desatado por el pequeño
Partido Comunista de El Salvador, en 1932, cuando la incorporación de
los campesinos sin tierra permitió armar una situación de inminente
insurrección que amenazó el poder de los latifundistas, que basaban su
poder en la dominación de las fuerzas armadas.
La batalla del "general de hombres
libres",
Augusto César Sandino, en Nicaragua, fue mantenida en un
nivel alto de confrontación en cuanto, junto a la lucha con el invasor
estadunidense, se levantó la bandera de la dignificación de los
campesinos por medio del reparto de la tierra.
Es desde el inicio de este siglo, que el
movimiento agrario adquiere una magnitud inusitada y el control de la
tierra productiva se fija en el horizonte como una de las condiciones
para mantener la búsqueda de la utopía, denominada como lucha de
liberación de los países latinoamericanos frente a la permanente
intromisión de los Estados Unidos en los asuntos internos de cada
nación.
En Bolivia, el presidente Víctor Paz
Estenssoro, tras el triunfo de una revolución civilista a principios
de los años 50's, impulsó una reforma agraria que tuvo como objetivo el
reducir las inquietudes de los campesinos que se habían sumado al
Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR).
Algo diferente fue la Reforma Agraria
impulsada por el presidente de Guatemala,
Jacobo Arbenz Guzmán,
en 1952, cuando la Revolución iniciada en octubre de 1944 llegaba a su
cumbre. Consciente de que cualquier nación latinoamericana solamente
podrá salir del atraso, si trastoca radicalmente las estructuras
agrarias, Arbenz emprendió no sólo el reparto de la tierra sino
que también creó condiciones para que los productores agrícolas tuvieran
acceso al crédito y a la tecnología.
Esta medida estalló cuando el gobierno
dispuso la expropiación de los terratenientes que mantenían inmensas
extensiones de terreno sin producir, porque de allí a afectar las
tierras de las compañías transnacionales no había más que un paso, que
se dio para encender la mecha de la contrarrevolución.
La natural identificación de intereses
entre latifundistas y compañías estadounidenses llevó a que estos
cerraran una alianza cuya máxima expresión fue la organización y el
financiamiento de fuerzas mercenarias para agredir a Guatemala.
En 1954, luego de dos años de intenso
reparto de tierras y de la intensa presión de Washington, un grupo de
vendepatrias encabezado por el coronel Carlos Castillo Armas hizo
su entrada triunfal en la capital guatemalteca del brazo de los
funcionarios de la Embajada de Estados Unidos.
El sueño campesino de poseer tierra para
hacerla producir fue derribado sin misericordia. Muchos proyectos ya
emprendidos por los arbencistas fueron disueltos, creando el
resentimiento social que estallaría a principios de los 60's con una
insurrección militar que a su vez se transformó en un movimiento
guerrillero, que en algunos momentos amenazó el poder de los
latifundistas.
Utopía y tierra estaban ligadas por
razones históricas, pero a partir del triunfo de la Revolución cubana,
en 1959, a la utopía de realizar transformaciones sociales de largo
alcance en América Latina, se sumaron elementos como las reformas
Urbana, Educativa y Sanitaria, y la readecuación de estructuras
productivas, especialmente agrícolas. La región se llenó de movimientos
guerrilleros en el que tan pronto se adoptaban las ideas de la
Revolución cubana como de dirigentes agrarios como
Zapata, del
vietnamita Ho Chi Min o del peruano Hugo Blanco.
En 1979, se consuma la victoria de la
Revolución Sandinista, que entre sus primeras medidas decidió confiscar
las tierras propiedad del dictador
Anastacio Somoza Debayle y sus socios. Miles de hectáreas
pasaron a manos de los campesinos, dando lugar al reinicio de la guerra,
como siempre azuzada por Washington, en la que los dirigentes
contrarrevolucionarios eran latifundistas afectados por la Reforma
Agraria.
Mención aparte merece la lucha
revolucionaria de los salvadoreños, debido a la pequeña extensión de su
territorio. No obstante, la idea de hacer algo en el campo para
favorecer a los campesinos siguió siendo una obsesión entre los líderes
del Frente
Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Tan es así que
luego de un golpe de Estado encabezado por un grupo de oficiales
jóvenes, el gobierno salvadoreño dio las pautas para iniciar un proceso
de reparto de tierras. Pero no sería hasta a inicios de los 80's que
luego de un complejo proceso de negociaciones políticas, en el que
Estados Unidos tuvo una influencia decisiva, un gobierno encabezado por
la Democracia Cristiana puso en práctica el proyecto de Reforma Agraria,
en la que los funcionarios de la estadounidense Agencia Internacional
para el Desarrollo (AID) jugaron destacados roles de dirección.
Con la caída del bloque socialista,
inspiración de los revolucionarios, la tendencia y los objetivos
cambiaron de forma radical. Las metas se tornaron más complejas,
mientras que los aspectos tan claros como el reparto de la tierra
pasaron a un segundo plano. Términos como democracia, justicia social e
igualdad política y social ocuparon los lugares preponderantes, dejando
a la zaga las ideas como las reformas Agraria, Urbana, Educativa y
Sanitaria.
Hoy en día es un poco difícil entender
qué es lo que buscan las organizaciones consideradas, todavía,
revolucionarias. A excepción del Frente Zapatista de Liberación Nacional
(FZLN) que se plantea, de manera concreta, la transformación jurídica
del status de los pueblos indígenas, es bastante arduo penetrar en la
mentalidad de los movimientos guerrilleros o de aquellos que ya dieron
el paso para insertarse dentro de las sociedades "legales".
La conformación teórica de un proyecto
utópico, entendido esto como algo posible y paradigmático, es una tarea
que está pendiente. Es además impostergable, porque solamente de esta
manera se podrá dar un paso hacia adelante en la búsqueda de la
auténtica convivencia pacífica y civilizada entre los diversos grupos
sociales. Si antes la ansiedad por la tierra llenaba todo el espectro
utópico de los movimientos considerados de vanguardia, en la actualidad
está claro que hay elementos mucho más complejos pero no por eso menos
importantes y decisivos.
Sólo en Brasil existe una organización,
el Movimiento de los Sin Tierra, que pugna por llevar a fondo una
Reforma Agraria. Con mucha inteligencia y con sentido político, han
venido orillando al gobierno a tomar medidas en esa dirección. Por lo
menos han tenido el éxito de que en amplios sectores de la población la
Reforma Agraria ya no sea considerada como algo subversivo y si en
cambio una necesidad inaplazable.
Francisco Molina es Periodista
guatemalteco.
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