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Arquitectura, arte o la
ciencia de proyectar y construir edificios perdurables. Sigue
determinadas reglas, con objeto de crear obras adecuadas a su
propósito, agradables a la vista y capaces de provocar un placer
estético. El tratadista romano Vitrubio fijó en el siglo I a.C. las
tres condiciones básicas de la arquitectura: Firmitas, utilitas,
venustas (resistencia, funcionalidad y belleza).
La arquitectura se ha materializado según diferentes estilos a lo
largo de la historia: gótico, barroco y neoclásico, entre otros.
También se puede clasificar de acuerdo a un estilo más o menos
homogéneo, asociado a una cultura o periodo histórico determinado:
arquitectura griega, romana, egipcia. El estilo arquitectónico
refleja unos determinados valores o necesidades sociales,
independientemente de la obra que se construya (casas, fábricas,
hoteles, aeropuertos o iglesias). En cualquier caso, la arquitectura
no depende sólo del gusto o de los cánones estéticos, sino que tiene
en cuenta una serie de cuestiones prácticas, estrechamente
relacionadas entre sí: la elección de los materiales y su puesta en
obra, la disposición estructural de las cargas y el precepto
fundamental del uso al que esté destinado el edificio.
La arquitectura vernácula, de la que
no trata este artículo, se caracteriza por no seguir ningún estilo
específico, ni estar proyectada por un especialista, sino que se
construye directamente por los artesanos y normalmente utiliza los
materiales disponibles en la zona.
Materiales de construcción
Construcción
Cuando los materiales se disponen en
vertical y todas las cargas trabajan a compresión, la estructura es
bastante estable, como en el caso de los muros. El mayor problema
aparece al cubrir un espacio creado entre dos muros. Las dos
soluciones básicas son el sistema adintelado (compuesto por
columnas, pilares y dinteles o vigas) y el sistema abovedado (a base
de pilares, muros, arcos y bóvedas o sus derivadas, las cúpulas). En
el sistema adintelado, los dinteles o las vigas se colocan en
horizontal, apoyados sobre pilares y columnas; a su vez, encima de
las vigas descansan otras estructuras (cubiertas y forjados, entre
otras) que reciben al tejado o sirven de base para el suelo del piso
siguiente. En el sistema abovedado, por el contrario, los elementos
estructurales son curvos en lugar de rectos. El muro se abre
mediante arcadas, formadas por hileras de arcos sobre pilares o
columnas; para la cubierta se emplea la bóveda de cañón, que se
genera por la proyección horizontal de un arco; y si es necesario
cubrir grandes espacios de simetría central se utiliza la cúpula
semiesférica o de media naranja, creada a partir de la rotación de
un arco sobre su centro.
El sistema adintelado se puede llevar
a cabo con numerosos materiales, pero las piezas horizontales han de
trabajar a flexión, es decir, deben absorber esfuerzos de compresión
en la parte superior y de tracción en la inferior. Las vigas, por
tanto, suelen ser de madera, hierro u hormigón armado. Los
materiales pétreos (naturales o artificiales) son poco apropiados,
puesto que resisten mal las tensiones de tracción; para utilizarlos
como elementos horizontales han de tener un canto y un peso mucho
mayores. En los arcos y bóvedas, sin embargo, todos los elementos
trabajan a compresión, de modo que siguiendo este sistema se pueden
cubrir grandes espacios con piedra, ladrillo, argamasa u hormigón.
Las bóvedas, en cualquier caso, generan una serie de tensiones
laterales que deben ser contrarrestadas con estribos o
contrafuertes.
Otros elementos importantes en los
sistemas de cubiertas son las estructuras (de madera u otros
materiales), que sirven para salvar mayores luces estructurales con
un peso mucho menor que el de una viga convencional. Las estructuras
pueden ser de madera (llamadas también cuchillos), o de acero (en
forma de perfiles abiertos o tubos), que se conocen con el nombre de
cerchas. Pueden tomar cualquier forma, ya que se basan en la
subdivisión de la estructura en triángulos. Esta figura elemental,
compuesta por la unión de tres segmentos unidos por sus extremos,
puede extenderse hasta el infinito por el principio de la
triangulación. Para fabricarla, basta con atar mediante una viga
riostra otras dos vigas dispuestas en ángulo. Cada uno de estos
triángulos está sometido a sus propios esfuerzos de tracción y
compresión. En el siglo XVIII, los matemáticos aprendieron a aplicar
sus conocimientos al estudio de las estructuras, haciendo posible
calcular las tensiones exactas que se producen en cualquier
situación. Así se inició el desarrollo de las armaduras espaciales,
que pueden ser simples cerchas planas o complejos entramados
reticulares tridimensionales.
Durante el siglo XIX, la ingeniería
acomete una gran cantidad de obras de gran tamaño, como puentes,
diques y túneles. Para ello se hace imprescindible un avance
científico en la edificación, como el cálculo de estructuras o la
resistencia de materiales. En la actualidad se pueden cubrir
espacios mediante estructuras colgantes que trabajan a tracción (al
contrario de las bóvedas, donde todos los elementos trabajan a
compresión), o con estructuras neumáticas, cuyas superficies se
sustentan por medio de aire a presión. Los cálculos se hacen
particularmente complejos cuando se trata de estructuras elevadas,
debido a que la presión del viento o el riesgo de movimientos
sísmicos pasan a ser factores más importantes que la propia
gravedad.
La arquitectura también debe ocuparse
del equipamiento interno de los edificios y sus instalaciones. En
las últimas décadas se han inventado complejos sistemas de
acondicionamiento, instalaciones eléctricas y sanitarias, prevención
de incendios, iluminación artificial, elementos de circulación (como
pasillos, escaleras mecánicas o ascensores hidráulicos). Desde hace
poco tiempo se puede utilizar la informática para controlar todos
estos sistemas, dando lugar a lo que se conoce como edificio
inteligente. Todo esto ha supuesto un incremento de las expectativas
de bienestar, pero también de los costes de la construcción.
A través de la historia se reconocen
una serie de leitmotiv que han generado diferentes tipologías
constructivas. Así, las obras más conmovedoras de la arquitectura
—templos, iglesias, catedrales y mezquitas— nacen de motivaciones
religiosas, y sirven para crear un lugar propicio al diálogo con
Dios, o bien para adoctrinar a los fieles, o para que éstos celebren
sus rituales sagrados. Otro de los móviles ha sido el sentimiento de
seguridad: las estructuras más duraderas se construían como
elementos defensivos, como las murallas o los castillos.
Uno de los motivos que más ha
impulsado a la arquitectura a lo largo de la historia ha sido el
deseo de ostentación: edificios que sean el orgullo de un pueblo,
que reflejen el estatus personal o colectivo, o palacios para reyes
y emperadores, construidos como símbolos de su poder. En general,
las clases privilegiadas siempre han sido mecenas de arquitectos,
artistas o artesanos, y sus encargos se han convertido, a veces, en
el mejor legado artístico de su época. En la actualidad, su labor la
desempeñan las grandes multinacionales, los gobiernos y las
universidades, que llevan a cabo su función de una forma menos
personalista.
La complejidad de la vida moderna ha provocado la
proliferación de tipologías constructivas. En nuestros días, la
arquitectura occidental está especialmente dedicada al diseño de
viviendas colectivas, edificios de oficinas, centros comerciales,
supermercados, escuelas, universidades, hospitales, aeropuertos,
hoteles y complejos turísticos. En cualquier caso, el proyecto de un
edificio nunca se realiza de forma aislada, sino prestando especial
atención a sus interacciones con el entorno. Tanto los arquitectos
como sus clientes están concienciados de este problema y se sirven
del urbanismo para evitar impactos negativos sobre las zonas
antiguas de las ciudades.
Historia de la arquitectura
Los orígenes de la arquitectura se pierden
junto con los del ser humano y sólo se conocen por las escasas
huellas que resisten el paso del tiempo. Sin embargo, es
indudable que en la prehistoria el hombre empleó las artes
constructivas no sólo con fines funcionales, sino también
simbólicos. Prueba de ello son los numerosos restos de
monumentos funerarios, cavernas artificiales o recintos
conmemorativos. Utilizando de nuevo el paralelismo con la
historia de la humanidad, se podría considerar que la historia
de la arquitectura se remonta a los restos conservados del
lenguaje arquitectónico, es decir, compositivo. Así, se puede
datar su inicio asociado al desarrollo de las primeras ciudades
mesopotámicas.
Para comprender mejor el curso histórico de la
arquitectura se ha dividido su estudio en tres grandes áreas
cuya evolución ha sido relativamente independiente. Se trata de
la arquitectura oriental, la americana prehispánica y la
occidental. Al margen de este estudio se queda la arquitectura
vernácula, que a menudo ha sido una fuente donde ha bebido la
arquitectura culta, pero cuyo desarrollo histórico es bastante
restringido.
Arquitectura oriental
El concepto de arquitectura oriental es
confuso y típicamente occidental. Sin embargo, resulta bastante
apropiado para englobar la arquitectura de una enorme zona
geográfica que comprende la India, Indochina, Indonesia, China y
Japón. Durante mucho tiempo, las religiones y culturas de esta
parte del mundo se interrelacionan fuertemente, y con ellas van
evolucionando las arquitecturas que les son propias. Este
periodo concluye con la colonización occidental (incluso en
Japón, donde la colonización fue tan sólo cultural),
coincidiendo con la Revolución Industrial.
India y el Sureste asiático
El material constructivo típico de la
arquitectura primitiva de la India es la piedra, labrada
profusamente de acuerdo con la imaginería tradicional hindú.
Esta característica, unida a la ausencia casi total de espacios
estructurados, lleva a considerar estas obras como piezas
escultóricas antes que arquitectónicas.
India
El monumento más emblemático de la
arquitectura india es la stupa. Se trata de un gran edificio de
tradición budista, en forma de túmulo semiesférico. La más
célebre es la de Sanchi, cerca de Bhopal (en la parte central de
la India), cuya construcción se llevó a cabo entre los siglos
III a.C. y I d.C.
Durante el periodo primitivo, la construcción
de templos y monasterios se limitaba a la excavación de
santuarios en el interior de los acantilados. Las cuevas de
Ellora y Ajanta (al noroeste de Bombay) son una serie de
cavernas artificiales talladas en la roca durante siglos. Al
evolucionar la construcción de templos, la excavación se
sustituyó por otros métodos más convencionales de construcción
pétrea. Sin embargo, continuó el predominio de las masas
escultóricas frente a los espacios arquitectónicos.
Los templos hindúes se encuentran por toda la
India, especialmente en el sur y el este, donde el poder de los
caudillos mogoles fue menor. El jainismo es un culto aún
bastante extendido y tiene su propia tradición en la
construcción de templos, que sigue en vigor. VéaseArte y
arquitectura de la India.
Sureste asiático
En esta zona el templo budista se llama wat.
El más conocido es el de Angkor Wat, en el centro de Camboya,
construido a principios del siglo XII (época en la que ya
reinaba la actual dinastía Khmer). Se trata de un conjunto
arquitectónico de piedra tallada con profusión, que alcanza una
altura de 61 m y cuyo acceso está precedido por un puente
ceremonial de 183 m que cruza el foso circundante.
Las tradiciones arquitectónicas budistas, que
a menudo tienen origen en China, son muy evidentes en Myanmar
(antes Birmania), Tailandia, Malasia, Java y Sri Lanka (antes
Ceilán). Los templos y santuarios del palacio real de Bangkok
tienen menos de doscientos años, lo que testifica la vitalidad
cultural de esta arquitectura hace poco más de un siglo.
China y Japón
Entre las culturas japonesa y china se
aprecian elementos comunes; sin embargo, sus características
generales son bastante diferentes. Concretamente la arquitectura
de China es muy diferente de la de Japón, tanto en la forma como
en el espíritu que la alimenta.
Arquitectura de China
La inmutable estructura jerárquica de la
familia extensa, sacralizada en toda China, y su espíritu de
veneración hacia los antepasados, se refleja en la forma
estricta de la casa familiar. Ésta se construye sobre una planta
rectangular, con una disposición axial siguiendo un eje
norte-sur. La entrada se efectúa a través de un patio tapiado
situado en el extremo sur, mientras que los elementos de
vivienda se disponen simétricamente a ambos lados del eje. Esta
estructura se repite en numerosas tipologías residenciales de
mayor envergadura, como monasterios, mansiones, palacios e
incluso ciudades enteras.
La ciudad de Pekín se expandió durante siglos
bajo el dominio de diferentes dinastías. Su trazado lo componen
dos rectángulos contiguos: la ciudad interior y la nueva ciudad
exterior, cada una de ellas con una extensión de varios
kilómetros cuadrados. Dentro de la ciudad interior se halla la
ciudad imperial, que a su vez contiene a la Ciudad Prohibida,
antigua residencia de la corte imperial. Todas las partes de la
ciudad están ordenadas simétricamente a lo largo de una avenida
que sigue la dirección norte-sur. Es la apoteosis, a gran
escala, de la casa familiar china.
Los materiales constructivos más utilizados en
China y Japón son la piedra, el ladrillo, la madera y los
elementos cerámicos. Las formas características de la
arquitectura de ambos imperios provienen de las estructuras de
madera. En China, los pilares sostienen una techumbre de madera,
una especie de pirámide invertida formada por capas de vigas
(tirantes) arriostradas por correas y pilares intermedios.
Éstos, a su vez, sujetan las correas y cabios sobre los que
descansa la pesada cubierta de tejas. Los aleros se extienden en
voladizo más allá de las líneas de columnas, sobre unas
complicadas ménsulas. El arquetipo resultante es un edificio de
planta rectangular, normalmente de una sola altura, rematado por
una empinada cubierta. VéaseArte y arquitectura de China.
Arquitectura japonesa
La evolución de la casa japonesa es muy
distinta de la china. Mientras la última se ocupaba de expresar
el orden social, la casa del Japón se empeñó en crear un diálogo
poético con la naturaleza, estableciendo relaciones diversas con
la tierra, el agua, las piedras o los árboles. Esta convivencia
es evidente en el palacio de Katsura (primera mitad del siglo
XVII), proyectado y construido por un maestro de la ceremonia
del té. Los edificios que lo componen parecen desperdigados de
forma aleatoria, pero en realidad siguen una cuidadosa secuencia
de vistas e integración en el paisaje.
Japón perfeccionó sus estructuras de madera
desde la antigüedad. El santuario de Ise, situado en la costa,
al suroeste de Tokio, se erigió en el siglo V o VI, y se
reconstruye meticulosamente cada 20 años. El edificio principal
está situado en el interior de un recinto rectangular que acoge
las estancias auxiliares. Se puede decir que es una joya
construida en madera, elevada sobre postes hincados en el suelo,
y coronada por una gran techumbre de paja. La estructura de la
cubierta carece de tirantes y correas, de modo que el caballete
descansa sobre una viga o cumbrera que a su vez sostienen dos
enormes pilares situados en el centro de los hastiales. Los
cabios se ensamblan por encima de la cumbrera, de tal modo que
no producen esfuerzos hacia el exterior. Este monumento, pequeño
pero de elegantes proporciones, es un excelente ejemplo de la
sutileza del arte japonés. VéaseArte y arquitectura de
Japón.
Arquitectura precolombina
El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón
pisaba las tierras de América y se iniciaba así una política de
conquistas que destruyó gran cantidad de culturas autóctonas.
Todas estas culturas —colonizadas por España, Portugal e
Inglaterra, principalmente— se conocen con el nombre de
precolombinas, y se puede decir que desaparecieron casi
totalmente bajo el poder de los imperios europeos. Las dos
grandes áreas donde se desarrollaron las culturas más fértiles
de América fueron Mesoamérica —México, Honduras, Guatemala,
Belice y El Salvador— y el centro de los Andes —Perú, Bolivia y
Ecuador. Por otra parte, las tribus nómadas del norte de América
no llegaron a realizar construcciones permanentes, aunque
algunas civilizaciones más cercanas a los focos culturales
mesoamericanos, como los indios mokis o pueblo de Sonora,
Arizona y Nuevo México, construyeron con piedra y adobe. Estos
pueblos indígenas americanos iniciaron su declive hacia el año
1300 pero aún se conservan restos de sus arquitecturas rupestres
y de algunos poblados.
Arquitectura mesoamericana
Las dos tipologías más relevantes de la
arquitectura desarrollada por las distintas civilizaciones
mesoamericanas fueron la pirámide y el juego de pelota. La
pirámide americana es diferente de la egipcia no sólo por su
forma —escalonada y truncada en su parte superior—, sino también
por su función, que es la de acoger un santuario o templo en la
meseta más elevada. Una práctica habitual era levantar las
pirámides por capas, de forma que se construía un edificio nuevo
rodeando al antiguo cada 52 años, que era el ciclo establecido
para la renovación del mundo. El juego de pelota, que no era un
deporte sino un espectáculo ritual, solía estar relacionado con
las pirámides y consistía en un espacio amurallado de planta en
doble T.
La cultura maya se extendía desde la península
de Yucatán hasta Belice, Honduras y Guatemala, y su periodo de
mayor esplendor tuvo lugar entre los siglos IV y XI. Una de las
primeras grandes ciudades mayas es la de Tikal (Guatemala), de
la que se conserva un enorme recinto sagrado (siglos III-VIII)
con numerosas pirámides. Sobre las plataformas de estas
pirámides se elevan los templos o santuarios, con un espacio
interior cubierto por una falsa bóveda típica de la arquitectura
de esta civilización. Otro de los centros florecientes en la
época clásica fue Copán (Honduras), un centro de estudios
astronómicos donde se conserva la monumental Escalera de los
jeroglíficos (siglos VII-VIII), así como uno de los juegos de
pelota más hermosos de la civilización maya. El Palenque
(llamado así por los españoles por ser un recinto amurallado)
fue el centro de esta cultura en México y su edificio más
emblemático es el templo de las Inscripciones (siglos VII-VIII),
situado sobre una pirámide que, en este caso, contiene una
cámara sepulcral. Ya en el primer milenio de la era cristiana,
el guerrero Kukulcán fundó la ciudad de Chichén Itzá sobre la
llanura de Yucatán. La arquitectura de esta ciudad tiene una
enorme influencia de la zona que está al norte de la capital
mexicana, como muestran el templo de los Guerreros (siglos XI-XII)
y la pirámide del Castillo (siglos XI-XII), que siguen los
modelos toltecas de la ciudad de Tula. Otros edificios
emblemáticos de Chichén Itzá son el Caracol (un observatorio
astronómico al que se accede a través de una escalera de
caracol) y el famoso Juego de Pelota, flanqueado por unos muros
monumentales que están ricamente esculpidos. También en la
península de Yucatán se encuentra Uxmal, cuyo hermoso palacio
del Gobernador (siglos X-XI), erigido sobre una meseta
artificial, muestra la maestría compositiva que se alcanzó en la
etapa final del arte clásico maya. VéaseArte y
arquitectura mayas.
La llamada cultura de La Venta (800-400 a.C.),
probablemente relacionada con el pueblo olmeca, parece haber
sido una de las primeras y también la más influyente de todo el
continente americano. Su efecto se aprecia en las edificaciones
de Monte Albán (siglos VI-IX), una acrópolis zapoteca sobre la
ciudad de Oaxaca, o en el palacio de las Columnas (siglo XV) de
Mitla, también en Oaxaca, con sus espectaculares muros
recubiertos de mosaicos. Otra de las civilizaciones
mesoamericanas interesantes es la de El Tajín, que ha legado su
Gran Pirámide (siglo VII) de nichos tallados sobre las paredes
verticales. Sin embargo, la gran cultura clásica del centro de
México fue Teotihuacán, situada sobre la llanura noroeste de
México-Tenochitlán. Su obra más fabulosa es la gran pirámide del
Sol (siglo II a.C.), un edificio de 72 m de altura y 240 metros
cuadrados de extensión, cuyo conjunto completan la pirámide de
la Luna y un área en terraplenes conocida como La Ciudadela.
Hacia el siglo IX, la cultura teotihuacana sucumbió al empuje
del pueblo tolteca que introdujo el culto a la serpiente
emplumada Quetzalcóatl, una imagen que representan a menudo en
los bajorrelieves de sus templos. La capital tolteca era Tula,
donde se conserva la pirámide del templo de la Estrella de la
Mañana (c. 900), construida en cinco niveles de 2 m de altura.
Un centro que ejemplifica la transición de la época clásica a la
tolteca es Xochicalco (casa de las flores), en el actual estado
de Morelos, México; su magnífico templo de Quetzalcóatl está
adornado con bajorrelieves y glifos. Por su parte, Tula fue
destruida en el siglo XII por los chichimecas, que heredaron las
tradiciones artísticas teotihuacanas y toltecas, y construyeron
la pirámide de Tenayuca (siglos XIV-XV) en cinco capas
superpuestas correspondientes a los ciclos de 52 años. La
arquitectura de los chichimecas puede dar una idea de la que
produjeron los aztecas, que fundaron la Gran Tenochitlán en
1325. En las excavaciones del templo Mayor, en pleno centro de
la ciudad de México, se ha descubierto una interesante
infraestructura que permitió levantar el centro ceremonial y
político más importante de Mesoamérica en medio de un lago.
VéaseArte y arquitectura de Teotihuacán; Arte olmeca.
Arquitectura centroandina
A mediados del siglo XIV el Imperio inca
consiguió dominar al resto de las culturas andinas, entre las
que destacaron las de Chavín, Mochica, Paracas, Nazca, Chimú,
Huari y Tiahuanaco.
Entre las mejores obras realizadas por
culturas preincaicas destacan el templo escalonado de Chavín de
Huantar, donde se aprecian afinidades con la cultura de La
Venta, en México; la Huaca del Sol en Moche, una pirámide
escalonada de ladrillos secados al sol; la Puerta del Sol
(c. 500) en Tiahuanaco, una puerta monolítica situada en un
lugar sagrado similar al de Chavín de Huantar; la Huaca del
Dragón (siglos XIV-XV) en Chan Chan (capital chimú cercana a la
actual Trujillo), construida en adobe como la mayoría de la
arquitectura de la zona costera, y las chulpas, unas pequeñas
torres funerarias de base circular que aparecen en la cuenca del
lago Titicaca.
Los incas se establecieron en Cuzco hacia el
año 1200 y desde allí comenzaron su expansión comenzando por los
quechuas. Su arquitectura enlaza con las tradiciones de Chavín y
Tiahuanaco, como muestran las construcciones halladas en la
fortaleza de Machu Picchu, situada a una altura de 2.400 m bajo
las faldas del Urubamba. Una de las características más
originales de la primitiva arquitectura inca es el ensamblaje a
hueso de piedras ciclópeas, especialmente para la erección de
murallas como en Sacsayhuamán (siglo XIII), la fortaleza de
Cuzco o en los seis monolitos graníticos que cierran el templo
de los Muertos de Ollantaytambo (c. 1400), sobre el valle del
Urubamba. La evolución del Imperio supuso el perfeccionamiento
en el tallado de la piedra, como se aprecia en las
construcciones del Monte Dorado o Choquequilla (siglo XV), en el
valle cercano a Cuzco de Huaracondo. VéaseArte y
arquitectura precolombinas; Arte inca.
Arquitectura occidental
La cultura que hoy conocemos como occidental
tuvo su origen en una serie de pueblos de la zona oriental del
mar Mediterráneo, que, con el devenir de la historia, fueron
ampliando su influencia hasta abarcar toda la costa de este mar.
Más tarde fueron los grandes imperios, como el romano o el
macedónico, los encargados de extender su dominio por el mundo
conocido. La invasión de los pueblos bárbaros no hizo sino
afianzar la cultura heredada, que a partir de entonces se conoce
como clásica, y se convierte en un canon o modelo a seguir. Los
imperios coloniales han ido imponiendo sus criterios al resto de
los pueblos hasta nuestros días; en la actualidad, la cultura
occidental se extiende por todo el planeta, aunque en cada zona
haya un cierto grado de mestizaje con las culturas autóctonas.
En la evolución del mundo occidental hay una
gran cantidad de caminos paralelos en distintas zonas
geográficas. Durante la edad media, tres imperios desarrollan
simultáneamente lo que podríamos conocer como cultura clásica:
el bizantino en el Mediterráneo oriental, el islámico (con
diferentes centros de poder en Asia, África y el sur de Europa)
y el carolingio en el centro de Europa. Por otra parte, dos de
las religiones más extendidas del mundo comparten su pertenencia
a esta cultura genérica: el cristianismo y el islam. Ambas
tienen un origen común en la religión judía y comparten la
necesidad de apostolado, lo cual ha favorecido su expansión
colonial.
Mesopotamia
Esta región, que coincide en su mayor parte
con el actual Irak, estaba comprendida entre los ríos Tigris y
Éufrates. La ciudad asiria de Jorsabad, construida con ladrillos
y adobe durante el reinado de Sargón II (722-705 a.C.), se
descubrió en 1842, y gracias a las excavaciones realizadas desde
entonces se conoce la mayor parte de su planta. Este
descubrimiento supuso una base sólida para el estudio de la
arquitectura de Mesopotamia porque las antiguas ciudades de
Babilonia y Ur no se excavaron hasta finales del siglo XIX.
En la antigua arquitectura persa se observa la
influencia de los griegos, con quienes los persas mantuvieron
una serie de enfrentamientos (las Guerras Médicas) en el siglo V
a.C. De esta época se ha conservado el gran recinto real de
Persépolis (518-460 a.C.), construido por Darío el Grande, y un
gran número de tumbas excavadas en la roca, todas al norte de
Shiraz, en el actual Irán.
Egipto
La cultura urbana también fue próspera desde
los primeros tiempos del antiguo Egipto. La estabilidad política
de este gran Estado se instauró por medio de una oligarquía
defensora de las tradiciones. Sólo así, en un sistema político
donde el poder se concentraba en torno al faraón y sus sumos
sacerdotes, y en una región rica en materiales pétreos (granito,
piedras areniscas y calizas), pudo llevarse a cabo la
construcción de los monumentos más impresionantes del mundo
antiguo.
La obsesión de los gobernantes egipcios era
edificar su propia tumba, más espléndida que la de su
predecesor. Antes de la IV Dinastía (que comienza c. 2680 a.C.),
los enterramientos de los reyes de Egipto se distinguían por
medio de una mastaba, una construcción maciza de ladrillo, de
planta rectangular con los muros en talud. Ésta evolucionó hacia
la pirámide escalonada y más tarde hasta la definitiva pirámide
de caras planas. Las pirámides mayores y mejor conservadas están
en el conjunto de Gizeh, cerca de El Cairo; entre ellas destacan
la de Keops (construida c. 2570 a.C.) y la de Kefrén
(c. 2530 a.C.). Estos inmensos monumentos son la muestra del
enorme poder que los faraones ejercían sobre sus súbditos, así
como de la fascinación de los arquitectos egipcios por las
formas geométricas. Por otra parte, el mismo gusto por la
perfección de la forma abstracta reaparece frecuentemente a
través de la historia.
Los egipcios edificaron templos no como lugar
de oración, sino para exhibir los ritos que cumplían los que
ocupaban el poder y excluir al resto de los mortales. Para ello
construyeron los templos dentro de recintos amurallados, con
grandes vestíbulos repletos de columnas (salas hipóstilas) que
convierten el espacio exterior en interior, dado que a cierta
distancia sólo se puede ver una masa cerrada de piedra. Una
sucesión lineal de espacios conducía hasta los recintos más
sagrados. Así nació el concepto de eje, que en los templos
egipcios se extendía hacia el exterior a través de avenidas de
esfinges, dispuestas para acrecentar el espectáculo procesional
de los participantes. En estas construcciones se inicia el
empleo monumental del sistema adintelado, con gruesas columnas
muy próximas entre sí, sosteniendo pesados dinteles.
Los templos mejor conocidos de Egipto están en
la zona del Nilo medio, cerca de la antigua capital, Tebas. Aquí
se encuentran los templos de Luxor, Karnak y Dayr al-Bahari
(siglos XV-XII a.C.), y Edfú (siglo III a.C.). VéaseArte
y arquitectura de Egipto; Templo.
Arquitectura creto-micénica
La arquitectura que se desarrolló en el
territorio continental de la antigua Grecia y en las islas del
mar Egeo pertenece a una serie de culturas griegas, que
precedieron a la llegada (c. 1000 a.C.) de los pueblos jónicos y
dóricos. La cultura minoica floreció en la isla de Creta (entre
los años 3000-1200 a.C.); su principal legado es el palacio
laberíntico de Minos en Cnosos, cerca de la actual Iraklion. En
el Peloponeso, cerca de Argos, están los palacios-fortaleza de
Micenas y Tirinto, y en Asia Menor la ciudad de Troya —excavada
en su totalidad por el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann en
el último cuarto del siglo XIX. Micenas y Tirinto se consideran
dos importantes muestras de la civilización aquea, referente de
los poemas épicos de Homero, La Odisea y La Iliada.
VéaseCivilización del Egeo.
Arquitectura griega
La tipología del templo griego se compone de
un santuario y el perímetro de columnas que lo rodean y
articulan el espacio exterior. En este sentido es el modelo
opuesto del templo egipcio, cuyas columnas están dispuestas
dentro de un recinto amurallado. La originalidad de esta
tipología reside en que, quizás por primera vez en la historia,
se da prioridad al aspecto externo de un edificio que contiene
un espacio sagrado. La arquitectura griega no abruma al
observador con una excesiva monumentalidad y rara vez está
dispuesta simétricamente a lo largo de un eje, sino que busca
las relaciones espaciales sutiles, desde diferentes puntos de
vista. Los templos griegos, que siguen aproximadamente el mismo
plan, tienen tamaños muy diversos: desde el pequeño templo de
Atenea Niké (427-424 a.C.) en la Acrópolis de Atenas, de
aproximadamente 6 × 9 m, hasta el gigantesco templo de Zeus u
Olimpeión (c. 500 a.C.) en Agrigento (Magna Grecia, actual
Sicilia), que ocupa más de una hectárea.
El modelo primitivo de templo se fue
modificando a lo largo de los siglos. La preocupación por el
aspecto exterior y sus relaciones con el espacio circundante
llevó a los arquitectos griegos a una carrera hacia la
perfección. Fruto de este empeño son los órdenes
arquitectónicos, que consisten en una serie de reglas sobre la
proporción y la articulación de las partes del edificio,
especialmente de las columnas. Hoy día se siguen llamando de
igual forma, e incluso se siguen utilizando como modelos
canónicos. En ellos se regula la disposición del estilobato o
plinto, la basa, el fuste, capitel, arquitrabe, friso, cornisa y
frontón, cada uno de los cuales ejerce o simboliza alguna
función estructural.
Órdenes griegos
Dos de los tres órdenes griegos se extendieron
más o menos simultáneamente. El orden dórico era predominante en
el Ática y en la Magna Grecia. Es el más sobrio de todos los
órdenes clásicos, pues sus columnas carecen de basa, y todos sus
elementos decorativos representan alguna función estructural.
Una de las obras maestras de la arquitectura de todos los
tiempos está compuesta según el orden dórico; se trata del
Partenón (448-432 a.C.), situado en la parte central de la
Acrópolis de Atenas.
El orden jónico se originó en las ciudades del
mar Egeo y Asia Menor, más influidas por el arte egipcio y
oriental. La columna jónica se caracteriza porque el capitel
está adornado por dos volutas en sus extremos, el fuste es más
estilizado y con estrías más suaves que las del orden dórico, y
se apoya sobre una basa compuesta por partes cóncavas y
convexas. Se han conservado pocos ejemplos de la época arcaica,
pero entre ellos destacan el Erecteion (comenzado en el año
421 a.C.) y los Propileos (comenzados en el 437 a.C.), ambos en
la Acrópolis de Atenas.
El orden corintio es un invento ateniense,
probablemente del siglo V a.C., pero su uso se generalizó más
tarde. Su característica fundamental son los capiteles decorados
con hojas de acanto; además, su fuste es aún más delgado que el
jónico. Tiene la ventaja frente a éste de no tener ninguna
dirección principal, lo cual facilita su disposición en las
esquinas.
El final de las Guerras Médicas (466 a.C.)
supuso la reconstrucción de numerosas ciudades griegas que
habían sido arrasadas por los persas. Se abría así la
posibilidad de investigar nuevas formas de planeamiento
urbanístico, una nueva ciencia cuya figura principal es Hipodamo
de Mileto, autor de los nuevos planos de Mileto (Asia Menor) y
El Pireo (el puerto de Atenas), entre otras ciudades. Su
principal aporte es el trazado en parrilla, también llamado
hipodámico en su honor; igualmente, se le atribuye la idea de
que el plano de la ciudad ha de simbolizar el orden social, con
un centro representativo donde situar los edificios más
señalados, en relación con los espacios públicos abiertos. El
ágora griega (plaza pública, o lugar de reunión de los
ciudadanos) podía incluir un templo, una especie de ayuntamiento
o cámara de representantes (bouleuterion), un teatro,
gimnasios y otros edificios de carácter público; en ocasiones
quedaba contenida en un recinto de columnas. En la arquitectura
doméstica, el megaron micénico (una especie de vestíbulo
central) evolucionó hasta convertirse en una casa familiar donde
las habitaciones tenían su acceso a través de un pequeño patio
llamado atrio. Esta disposición se extendió por Italia, España y
el norte de África, donde derivó hacia distintas tipologías de
vivienda mediterránea. VéaseArte y arquitectura de
Grecia; Vivienda (arquitectura).
Arquitectura romana
La arquitectura romana tomó el relevo de la
griega, pero sus resultados fueron muy distintos. En primer
lugar, contrariamente al débil concepto de nación que generaban
las alianzas entre ciudades-estado griegas, Roma llegó a ser un
imperio poderoso y bien organizado, que colonizó con su
política, su lengua y su arte todo el mundo mediterráneo,
llegando por el noroeste hasta las islas Británicas y por el
sureste hasta la península de Arabia. Los romanos llevaron a
cabo grandes obras de ingeniería como calzadas, canales, puentes
y acueductos. Sus avances en el arte de la edificación fueron
incontables y en sus obras utilizaron toda clase de materiales
constructivos como ladrillos, argamasa, piedra, mármoles y
mosaicos.
El uso del arco y la bóveda introdujo en el
vocabulario clásico las formas curvilíneas; los muros curvos
producían un espacio semicircular, llamado exedra o ábside,
ideal para concluir un eje. Los elementos cilíndricos y
esféricos llegaron a ser característicos de la arquitectura
romana, adecuados para cubrir los inmensos espacios propios de
la escala imperial.
La cúpula
La bóveda de cañón presenta una sección
semicircular y se caracteriza porque sólo puede cubrir una luz
limitada, debido a los enormes empujes laterales que ejerce.
Para solucionar esto, los romanos inventaron dos sistemas
alternativos; el primero es la cúpula, que se puede considerar
como una bóveda de desarrollo circular, mucho más estable que
las bóvedas de cañón, pero también limitada por los empujes
laterales que ejerce sobre la estructura portante y por su
propio peso, que tiende a romperla por la parte central, en la
zona conocida como los riñones. A pesar de ello, los
romanos consiguieron construir cúpulas enormes, como la del
Panteón de Roma, un edificio de planta circular construido en la
época del emperador Adriano, en cuyo interior se puede inscribir
una esfera de 43 m. Su arquitecto, Apolodoro de Damasco, cubrió
el espacio con una enorme cúpula masiva compuesta por anillos de
materiales más ligeros a medida que se asciende, y abrió en el
centro un óculo de 9 m de diámetro que desempeña la función de
anillo de compresión. Esta gigantesca estructura se apoya sobre
un muro perimetral de 6 m de ancho, horadado de tal forma que la
estructura portante la componen realmente ocho enormes machones.
En cualquier caso, el mayor problema de las cúpulas es que
contienen un espacio único y no se pueden combinar fácilmente
entre sí para cubrir un espacio articulado.
La bóveda de arista
La segunda gran invención romana es la bóveda
de arista, formada por la intersección de dos bóvedas de cañón
idénticas. Las líneas que configuran esta intersección son dos
medias elipses, que unen los vértices opuestos del cuadrado de
la planta. Gracias a las direcciones ortogonales de curvatura se
produce un efecto estructural, basado en que cada una de las
bóvedas de cañón contrarresta el empuje de la otra. Además, la
bóveda de arista presenta otras ventajas, como es que se puede
apoyar sobre cuatro pilares (dispuestos de tal forma que
absorban los empujes de la bóveda, que les llegan a 45º),
dejando cuatro caras libres para emplazar vanos o para seguir
añadiendo espacios abovedados.
En las grandes termas y basílicas romanas,
estas últimas dedicadas a la administración de justicia, la
sucesión de crujías cuadradas cubiertas por bóvedas de aristas
proporcionaba enormes salas, iluminadas por claraboyas situadas
en lo alto de los muros laterales, bajo las bóvedas.
Nuevas tipologías arquitectónicas
Los romanos también inventaron nuevas
tipologías arquitectónicas, entre las que destacan el arco
triunfal, el anfiteatro y el circo. Además, continuaron la
evolución de los modelos tradicionales griegos como el estadio,
el templo o el teatro. En cuanto a la vivienda, desarrollaron
tres modalidades: la insulae o casa de vecinos, propia de las
grandes ciudades como Roma (que llegó a tener una población de
1,5 millones de habitantes), la domus o vivienda
unifamiliar y la villa o casa de campo de las clases más
acomodadas. La casa romana es una transformación de la griega y
su característica fundamental es que se cierra totalmente al
exterior para abrirse a un atrio descubierto, en torno al cual
se organizan las habitaciones. Un gran número de excelentes
ejemplos de casas y villas romanas se han conservado en Pompeya
y Herculano, las dos grandes ciudades que quedaron sepultadas
por la erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era.
El gusto romano por los grandes planes
urbanísticos se pone de manifiesto en la ciudad de Roma, donde
cada emperador enriquecía o construía un nuevo foro con su
basílica, templo y demás elementos. El foro, cuyos ejemplos
arcaicos se limitaban a una sucesión caótica de edificios y
monumentos, llegó a alcanzar un orden y una complejidad únicos
en el foro de Trajano, dispuesto a lo largo de un eje que
incluso contenía, adosado a uno de sus laterales, el mercado de
la ciudad. Uno de los complejos palaciegos más impresionantes es
el de Villa Adriana en Tívoli (entre los años 118-134 a.C.), que
se extiende a lo largo de un enorme territorio jalonado por
estadios, teatros, termas, ninfeos, peristilos y estanques.
Los órdenes griegos (dórico, jónico y
corintio) fueron utilizados por los romanos, que además
añadieron otros dos: el toscano, de aspecto más austero que el
dórico por la ausencia de estrías en sus columnas; y el
compuesto, cuyos capiteles se caracterizan por mezclar las hojas
de acanto con los adornos de volutas en sus extremos. Los
romanos usaron los órdenes con más frivolidad que los griegos, a
menudo como pura decoración para los interiores, y olvidando el
sentido y la sutileza del sistema adintelado. Pero también
completaron la sintaxis de los órdenes, utilizando columnas
adosadas a los muros, combinándolas con arcos y pilastras, entre
otros ejemplos. Una de las combinaciones más características es
la del Coliseo de Roma, donde se fijaron para la posteridad las
reglas de uso de columnas, pilastras, arcos y dinteles
conjuntamente.
Arquitectura paleocristiana
En el año 313 el emperador romano Constantino
I el Grande promulga el Edicto de Milán, por el cual se
establece en todo el Imperio la libertad religiosa y se inicia
un proceso que culminará con la declaración del cristianismo
como religión oficial. Hasta este momento, el Imperio romano
había reprimido, en ocasiones con gran dureza, esta religión de
origen oriental que rechazaba el culto al emperador y a los
dioses clásicos, y se iba extendiendo paulatinamente por todos
los rincones del mundo romanizado.
La arquitectura cristiana de los primeros
tiempos se limita a las viviendas privadas de grandes
dimensiones que acogían las reuniones de los fieles, casi
siempre escondidas de la mirada pública, como la que se ha
descubierto en Dura-Europos (siglo III), que ya presenta una
serie de espacios jerarquizados de acuerdo con su uso
ceremonial. Sin embargo, este tipo de arquitectura no podía
satisfacer las necesidades simbólicas de la Iglesia, que a
partir del Edicto de Milán sale de las sombras y adopta en sus
templos una tipología romana: la basílica. Este edificio se
compone de un número impar de naves longitudinales (3 o 5),
separadas por filas de columnas, y la nave central es
notablemente más ancha y alta. La diferencia de alturas entre
las crujías permite abrir ventanas en la parte superior de los
muros, llamadas claraboyas. Al final de la nave se dispone el
altar, rodeado de un gran ábside o exedra (también heredado del
modelo romano), en donde el sacerdote oficia la ceremonia. Una
de las pocas características que difieren del modelo romano es
la sustitución de la bóveda (que no se volvió a emplear hasta
aproximadamente el año 1000) por una cubierta de madera a dos
aguas, más ligera y por tanto con menores exigencias
estructurales. El espacio de la basílica resultaba perfecto por
su carácter direccional, jerárquico y claramente articulado, con
la ventaja adicional de no haber sido utilizado por ningún otro
culto religioso. En Roma aún se conservan algunas de estas
iglesias que evocan el espíritu de la arquitectura
paleocristiana: son las de Santa María la Mayor (422-430), de
tres naves separadas por columnas jónicas que sostienen un
arquitrabe recto, y Santa Sabina (422-432), cuyas columnas
corintias sostienen una sucesión de arcos de medio punto
peraltados.
Arquitectura bizantina
En el año 330 el emperador Constantino I el
Grande funda la ciudad de Constantinopla (actual Estambul),
donde traslada la corte imperial, iniciando así una ruptura en
el seno del Imperio romano. A la muerte del emperador Teodosio
—que en el año 391 había declarado al cristianismo religión
oficial—, el Imperio se divide definitivamente en dos partes, el
Imperio de Occidente y el Imperio de Oriente, que será conocido
como Bizancio.
La arquitectura bizantina tomó como modelo la
iglesia de planta central (o cruz griega), en la cual el espacio
se organiza en torno a una cúpula central. Uno de los grandes
avances de la composición espacial bizantina consistió en cubrir
mediante una cúpula semiesférica (o de media naranja) un espacio
de planta cuadrada, consiguiendo así la posibilidad de articular
una sucesión de crujías cubiertas con cúpulas. Para ello se
intercalan entre los apoyos y la cubierta cuatro triángulos
curvos llamados pechinas; estas pechinas parten de los vértices
de cuadrado y se unen en la parte superior formando un anillo
sobre el que descansa la cúpula. Geométricamente se pueden
definir como fragmentos triangulares de una esfera de diámetro
igual a la diagonal del cuadrado de la planta y que pasa por los
cuatro vértices de éste. Entre los ejemplos más notables de
cúpulas sobre pechinas destaca la de la basílica de Santa Sofía
en Constantinopla (532-537), construida durante el mandato del
emperador Justiniano I. En este periodo se construyeron los
ejemplos más relevantes de arquitectura bizantina, tanto en
Constantinopla como en la ciudad italiana de Ravena, que después
de pertenecer a los ostrogodos fue reconquistada por Bizancio.
La iglesia de San Sergio y San Baco (527) en Constantinopla y la
de San Vital (526-547) en Ravena reproducen el mismo modelo de
planta octogonal cubierta por una cúpula y rodeada por una nave
circundante. Entretanto, otras dos importantes iglesias de
Ravena, San Apolinar Nuevo (c. 520) y San Apolinar in Classe
(c. 530-549) mantienen la tipología basilical de origen
paleocristiano.
La iglesia de Santa Sofía (o de la Santa
Sabiduría), concebida por los arquitectos Antemio de Tralles e
Isidoro de Mileto, consta de una gran cúpula central que se
extiende por el eje longitudinal siguiendo las dos exedras de
los ábsides, cada una de ellas abierta a otras tres exedras
menores. De este modo se consigue que los empujes de la bóveda
se trasmitan, en dirección longitudinal, a las bóvedas de horno
que cubren las exedras, hasta llegar debilitados a los
contrafuertes exteriores. El conjunto configura un espacio oval
de 31 por 80 m, en el que la cubierta central se impone sobre el
resto de superficies esféricas, y al que llega luz difusa a
través de un anillo de pequeños orificios situados en la base de
la cúpula.
El arte figurativo bizantino desarrolló un
estilo característico; su aplicación a la arquitectura se
concreta en los mosaicos, grandes composiciones murales
ejecutadas a partir de pequeñas piezas de mármol de colores o
pasta vidriada (llamadas teselas). Ésta es una técnica heredada
directamente de los mosaicos romanos, con la peculiaridad de que
en Roma se utilizaba únicamente en espacios domésticos.
Las iglesias bizantinas siguieron
posteriormente el modelo de Santa Sofía a pequeña escala, con
una cúpula central que descarga sobre ábsides y otras
superficies abovedadas dispuestas a su alrededor. Estas iglesias
proliferaron a lo largo del vasto Imperio bizantino —Grecia, los
Balcanes, Asia Menor y parte del norte de África y de Italia—, e
influyeron en numerosos proyectos del mundo cristiano
occidental. Los modelos más tardíos tienden a minimizar el
modelo original, con cúpulas cada vez menores que enfatizan el
espacio vertical. En la catedral de San Basilio en Moscú
(1500-1560), así como en otras iglesias ortodoxas rusas, la
cúpula bizantina se convierte en una cúpula bulbiforme, una
forma decorativa que por otra parte no se manifiesta en el
espacio interior. VéaseArte y arquitectura bizantinas.
Arquitectura prerrománica
Una serie de pueblos bárbaros del norte de
Europa fueron poco a poco penetrando en el mundo romanizado,
hasta que invadieron la totalidad del Imperio de Occidente. Sin
embargo, estos pueblos adoptaron la cultura romana y se
convirtieron a la fe cristiana. A partir de entonces se inicia
un proceso de unificación de los reinos europeos que culminará
Carlomagno (742-814), en un intento de restauración del Imperio
romano bajo el signo de la cruz. En la península Ibérica, sin
embargo, el reino visigodo se desmoronó un siglo antes, y fue
invadido por el islam, quedando tan sólo unos pequeños reinos
cristianos al norte.
La arquitectura carolingia, como corresponde a
este espíritu ‘renacentista’, siguió muchos de los modelos
tardorromanos, bien en las iglesias que siguen modelos
basilicales paleocristianos, como Saint Denis o Fulda (siglo
VIII), bien en el propio palacio de Carlomagno en Aquisgrán,
cuya Capilla Palatina (consagrada el año 805) recuerda a la
basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. Por otra parte,
aparecen ya una serie de variedades ligadas a las tradiciones
locales que predicen la evolución hacia el pleno románico, como
los muros o las torres de Céntula (790-799) o del proyecto de
San Gall (c. 820), hallado en un antiguo pergamino.
La arquitectura visigoda, en contraste con la
situación occidental de la península Ibérica, recibió una gran
influencia bizantina, marcada por el apoyo político que el
Imperio oriental concedió al reino hispánico. Las dos
características más originales son el empleo de bóvedas pétreas
y arcos de herradura, estos últimos heredados posteriormente por
la arquitectura califal cordobesa. Entre las pocas iglesias
conservadas destacan por su originalidad espacial San Pedro de
la Nave (680-711) y San Juan de Baños (661) que, a pesar de su
antigüedad, anticipan gran parte de la arquitectura de siglos
posteriores. La arquitectura asturiana (o ramirense, en honor
del rey Ramiro I) se desarrolló en un pequeño reino cristiano al
norte de la península Ibérica, en la actual España, uno de los
escasos focos de resistencia contra la invasión musulmana. Sus
espacios cubiertos por bóvedas y articulados mediante arcos
fajones, producen una original sensación de verticalidad. Éstos
y otros elementos, como los contrafuertes exteriores y los arcos
peraltados, la convierten en precursora de la arquitectura
románica del resto de Europa. Entre los edificios más destacados
se encuentran el salón del reino del palacio del Naranco
(842-850), más tarde consagrado como Santa María del Naranco, y
la iglesia de San Miguel de Lillo (842-850), también junto a la
ciudad de Oviedo. Otra de las arquitecturas peculiares que se
desarrolló durante este periodo en España es la arquitectura
mozárabe. Los pueblos mozárabes estaban integrados por fieles
cristianos que permanecieron en territorio musulmán. Su
arquitectura, por tanto, recoge elementos de la arquitectura
cristiana (visigoda y también europea) y de la arquitectura
islámica (especialmente de la cordobesa); un ejemplo asombroso
de esta confluencia cultural es la pequeña ermita de San
Baudelio de Berlanga (siglo XI), un templo cristiano de planta
centralizada, cuya tribuna descansa sobre una miniatura de la
mezquita de Córdoba. Otro de los ejemplos destacados es la
iglesia de San Miguel de Escalada (consagrada en 913), cristiana
en su articulación espacial e islámica en sus elementos
estilísticos. VéaseArte y arquitectura prerrománicas;
Arte y arquitectura hispanomusulmanas.
Arquitectura románica
Durante la edad media la Iglesia fue la
depositaria de toda la sabiduría occidental. La orden
benedictina ya estaba bien organizada en tiempos de Carlomagno,
y su influencia se extendió por toda Europa con el transcurso de
los siglos. Los arquitectos de la alta edad media fueron monjes,
puesto que los monasterios, además de preservar la salud
espiritual, eran los centros de producción de la filosofía y las
ciencias. La planta basilical de los primeros tiempos se
modificó de acuerdo con las necesidades litúrgicas de la misa,
en la que un miembro del clero situado en el altar dirige la
oración de los fieles y oficia los ritos religiosos. El símbolo
de la cruz se añadió a la planta de los templos mediante la
ubicación de un transepto, o nave perpendicular, en la zona
próxima al ábside. De esta forma se creaba la distinción entre
las naves, reservadas a los fieles, y el presbiterio, espacio
posterior al transepto o crucero que contenía el recinto de los
monjes (el coro) y el altar mayor, que debe ser el punto de
atención más importante del templo. Para resaltarlo aún más,
este altar mayor se enmarcaba en el ábside, una prolongación de
la nave central de forma poligonal o semicircular, que en
ocasiones estaba rodeado por la girola o deambulatorio,
dispuesto como continuación de las naves laterales. En el templo
también debía haber otros altares, necesarios para la
celebración de las misas diarias de los monjes, situados dentro
de pequeños absidiolos adosados al transepto y al deambulatorio.
A los pies de la nave, precediendo la entrada al templo,
aparecía el nártex, una antecámara o pórtico para recibir a los
peregrinos y que no debían traspasar los catecúmenos.
Aunque muchas iglesias francesas cubren
algunas de sus naves mediante bóvedas de cañón —Saint Savin
(nave 1095-1115), Saint Sernin de Toulouse (c. 1080-1120) o
Sainte Foy de Conques (comenzada en 1050)—, Saint Philibert de
Tournus (950-1120) ya dispone de todo un catálogo de arcos de
refuerzo, arcos torales, bóvedas de medio cañón y bóvedas de
medio cañón transversales que apean los esfuerzos de la gran
bóveda de cañón situada sobre la nave central, con ventanas de
claraboya bajo su línea de impostas, en la parte alta de los
muros. Como resultado de esta evolución se impuso el uso de
bóvedas de arista, que permiten situar fácilmente un claristorio
en la parte alta de los muros, que constituye una especie de
coronación lumínica a lo largo de la nave central, como en la
catedral de Worms (siglo XI), en Alemania, o en la Madeleine de
Vézelay (1104), en Francia. Los arcos de medio punto que
configuran una bóveda de aristas se apoyan sobre una planta
cuadrada: de este modo, el espacio queda dividido por una fila
de crujías o fragmentos cuadrados. Para mantener la misma
segmentación en las naves laterales, de menor altura y anchura,
se duplicaba en ellas el número de bóvedas.
El monasterio de Cluny, en Borgoña, fue el
centro de la reforma monástica del siglo X que alentó la
evolución al románico. Tal es así que este arte se llama en
ocasiones cluniacense. En el siglo XII la mayor iglesia abacial
de Europa era Cluny III (1088-1121), destruida en la Revolución
Francesa, pero restituida sobre el papel a partir de dibujos y
restos conservados. Era una inmensa iglesia de cinco naves y dos
transeptos, de casi 200 m de longitud y 15 capillas o absidiolos
adosadas a los transeptos y al deambulatorio. Una bóveda de
cañón apuntada cubría su nave central, que ya contaba con otros
elementos característicos de la arquitectura gótica, como el
triforio ciego o el piso de ventanales altos. Sus trazas
ejercieron una notable influencia en la construcción de templos
románicos y góticos, no sólo en Borgoña, sino también en el
resto de Europa.
Los caminos de peregrinación generaron un
enorme flujo ideológico a través de la Europa medieval. El más
importante para Francia y España fue el Camino de Santiago, que
conducía a los peregrinos de toda Europa hasta los restos del
apóstol Santiago hallados en la ciudad gallega de Santiago de
Compostela. A lo largo de este camino se fueron construyendo
toda una serie de iglesias de peregrinación, que culminaban en
la catedral de Santiago de Compostela (c. 1075-1128), obra
románica de influencia francesa. El templo consta de tres naves,
la central de ellas cubierta por una enorme bóveda de cañón, y a
sus pies se abre el Pórtico de la Gloria, al parecer ideado por
el maestro Mateo, que supone una pieza clave de la escultura
románica europea. En general, en el área española del Camino de
Santiago se desarrolló una forma autóctona de arquitectura
románica, con influencias orientales que en unas ocasiones
derivan del contacto con los reinos musulmanes y en otras de la
antigua tradición bizantina trasmitida por los visigodos. Entre
los templos destacan las colegiatas de Toro (1160-1240) y San
Isidoro de León (1054-1057), panteón de los reyes de Castilla;
las iglesias de San Martín de Frómista (c. 1066), con su
peculiar cimborrio octogonal sobre el crucero, y Torres del Río
(siglo XII), de planta centralizada; y las catedrales de Jaca
(c. 1063), Salamanca (siglo XII) y Zamora (1151-1202), cuyo
cimborrio está rematado por una cúpula gallonada de origen
bizantino. También se construyeron numerosos monasterios que
acogían a los peregrinos jacobeos, como el de la orden
benedictina en Silos, con su incomparable claustro románico del
siglo XI, o el derruido de San Juan de Duero (siglo XII) en la
ciudad de Soria, con sus arquerías árabes. VéaseRománico.
Arquitectura gótica
Al comienzo del siglo XII el lenguaje
arquitectónico románico va a ser sustituido por el gótico.
Aunque el cambio responde a la reforma en el seno de la Iglesia
cristiana, caracterizada por el racionalismo de los teólogos
tomistas, también coincide con una serie de avances técnicos en
la edificación. El proceso de construcción de una bóveda
requiere en primer lugar la colocación de una estructura de
madera (llamada cimbra) que sostiene el conjunto hasta que la
curva se cierra, todos los elementos están ligados y se ha
secado el mortero de las juntas. La cimbra de las bóvedas de
arista convencionales tiene que ser de una sola pieza para cada
crujía, y por tanto se requiere un complicado andamiaje que la
haga descansar sobre el suelo. Hacia el año 1100 los
constructores de la catedral de Durham, al norte de Inglaterra,
y puede que simultáneamente los de San Ambrosio en Milán,
inventaron un nuevo método: en primer lugar se construyen los
arcos perpiaños y los dos arcos cruzados (llamados nervios)
sobre el cuadrado de la crujía de una bóveda de arista,
utilizando una cimbra ligera que se puede sujetar a los cuatro
pilares de la base; después se rellena el resto de la bóveda
mediante un material de relleno conocido con el nombre de
plementería, que se puede apoyar sobre cuatro cimbras ligeras e
independientes. El resultado es un nuevo tipo de bóveda llamada
de crucería o de plementos, que aporta una serie de ventajas
evidentes: el conjunto de la bóveda pesa muchos menos, puesto
que los plementos no ejercen casi ninguna función estructural y
por tanto pueden ser mucho más ligeros, mientras que las
auténticas líneas de tensión se refuerzan mediante los nervios
cruceros. Todos estos factores permiten elevar la altura de las
naves y ensanchar sus luces estructurales.
Otra novedad que ya presentaban algunos
edificios románicos es la de los arcos y bóvedas ojivales. La
principal ventaja es de tipo compositivo. Las bóvedas de
diferentes curvaturas pueden cubrir crujías rectangulares e
incluso trapezoidales, de modo que las divisiones de la nave
central pueden corresponderse con las de las naves laterales, y
las bóvedas pueden seguir utilizándose en el deambulatorio y en
el ábside sin ninguna interrupción. Además, las naves con
claristorio (es decir, con un anillo de ventanas de claraboya)
pueden elevarse hasta la altura máxima de las bóvedas. Pronto
estas claraboyas se convierten en grandes ventanales llamados
vidrieras, estructuradas mediante tracerías y compuestas por
piezas de vidrio coloreado. El espacio de la iglesia adquiere
así una nueva luminosidad, que se ha convertido en una de las
características más propias de la arquitectura gótica.
Gracias a todos estos avances técnicos los
maestros constructores pudieron construir estructuras más
esbeltas, altas y ligeras. Pero de cualquier forma las bóvedas
ejercen una serie de empujes transversales que no pueden
contener unos pilares excesivamente altos, de modo que se hacía
necesario encontrar una solución constructiva que apeara estos
empujes hacia el exterior. Esta solución la constituye el
sistema de arbotante y estribo, equivalente a los antiguos
contrafuertes adosados al muro, que tendrían que haber alcanzado
proporciones gigantescas para aguantar los nuevos esfuerzos
laterales. El arbotante es un segmento de arco que transmite en
diagonal, lejos del pilar de apoyo, las tensiones que ejerce la
bóveda, mientras que el estribo es un sólido pilar que actúa
como un contrafuerte aislado, recibiendo el empuje del arbotante
y descargándolo definitivamente en el suelo.
La nueva arquitectura evolucionó rápidamente
en la Île-de-France. El origen se sitúa en la abadía de Saint
Denis (1140-1144), panteón de los reyes de Francia situado cerca
de París. Los obispos de las ciudades más prósperas, que
competían por la destreza de sus artesanos y arquitectos, se
lanzaron a la carrera de la construcción de catedrales,
rivalizando en esplendor y en prestigio. Los mejores ejemplos se
concentran en este área de Francia en torno a París, y entre
ellas destacan, con sus fechas de inicio: Laón (1160), París
(1163), Chartres (1194), Bourges (1195), Reims (1211), Amiens
(1220) y Beauvais (1225). Otros países europeos se lanzaron a
esta carrera, especialmente los de mayor influencia francesa
como Inglaterra, donde se inició la construcción de las
catedrales de Lincoln (1192) o Salisbury (1220); y España, donde
se inician las obras de las catedrales de León (c. 1255), Burgos
(1222) y Toledo (c. 1226). El derrumbamiento del coro de la
catedral de Beauvais en 1284 indicó que se había alcanzado el
límite estructural. La anchura de las naves principales de estas
catedrales oscila entre 9 y 15 m, pero hay que tener en cuenta
que el coro de la catedral de Beauvais se reconstruyó con una
altura de 47 metros.
Aunque la mejor arquitectura gótica fue
religiosa, también se construyeron magníficos edificios civiles
y militares. Uno de los más impresionantes es el Krak de los
Caballeros (1131) en Jordania, una fortaleza construida por la
Orden de los Caballeros Hospitalarios en la época de las
cruzadas. La arquitectura militar fue una respuesta defensiva
contra los avances en la tecnología militar; en todo caso, una
de las estrategias más importantes seguía siendo resistir un
asedio. Muchas ciudades se resguardaban dentro de una muralla
fortificada y así se han conservado hasta nuestros días recintos
como el de la ciudad de Ávila, en España, Aigues-Mortes y
Carcasona en Francia, Chester en Inglaterra o Visby en Suecia.
Este periodo histórico coincide con un
espectacular auge de la población urbana a causa del desarrollo
tecnológico y de la concentración de poder en torno a la nobleza
y a la realeza, así como por la aparición de nuevas clases
sociales agrupadas en torno a los gremios de artesanos y de una
incipiente burguesía de nuevos oficios como banqueros y
comerciantes. Las ciudades crecieron sin la planificación
teórica de la era romana ni de la posterior renacentista. En el
norte de Europa, donde la madera se conseguía fácilmente hasta
la Revolución Industrial, las ciudades se construyeron con este
material que permitía bajos costes y rapidez en la ejecución.
Las naves de los monasterios, las lonjas y otras construcciones
civiles se cubrían en ocasiones mediante grandes estructuras de
madera. En Escandinavia se construyeron las iglesias con
mástiles, realizadas enteramente en madera. En los Alpes se
levantaron ciudades enteras entrecruzando vigas de sección
rectangular. En numerosas regiones floreció la construcción en
ladrillo, como en Lombardía, el norte de Alemania, Holanda,
Dinamarca y España, donde numerosos alarifes musulmanes
permanecieron en el territorio reconquistado por los reinos
cristianos, dando lugar a la que se conoce como arquitectura
mudéjar. Estos constructores trasmitieron a la arquitectura
cristiana toda la sabiduría árabe en materia de construcción de
ladrillo, con toda su variedad de arcos y los característicos
aparejos empleados para componer muros ornamentales. VéaseArte
y arquitectura góticas.
Arquitectura islámica
El profeta Mahoma creó la religión musulmana,
hacia el año 622 (fecha de la Hégira), en la ciudad árabe de
Medina. La mezquita es el edificio más significativo de la
arquitectura islámica y su función no responde a rituales
complejos (como el templo cristiano) sino tan sólo a acoger un
espacio para la oración. El clima del desierto, donde surgió la
religión musulmana, hace necesaria la protección del sol, del
viento y de la arena, de modo que los primeros modelos
consistían en un simple recinto rectangular porticado con un
patio en su centro. La parte fundamental de la mezquita la
constituye la quibla, que es el muro del perímetro orientado
hacia La Meca, donde deben dirigir la oración los fieles. En el
centro de la quibla se sitúa el mihrab, un nicho u hornacina que
sirve para distinguir el muro de la quibla. En ocasiones también
se disponía, a la derecha del mihrab, un mimbar o púlpito desde
el que el imán (o cualquier otro tipo de jefe religioso o
político) organiza la oración y arenga a los participantes. Los
elementos estructurales fueron diferentes a lo largo de la
historia, pero siempre con el predominio de la utilización del
arco como elemento sustentante. Las cubiertas, sin embargo,
pueden ser planas, de madera a dos aguas, bóvedas o cúpulas. Una
característica común es la ausencia de vanos en los muros
perimetrales, lo que consolida el espacio de la mezquita como un
espacio interior, indicado para el rezo, cuya única luz procede
del patio o de alguna abertura en la cubierta que produce una
débil incursión de luz cenital. El conjunto de la mezquita se
completa con una torre llamada alminar o minarete, desde la que
se llama cinco veces diarias a la oración de los fieles. El
modelo general subsiste hoy día, aunque tan sólo se puede
considerar como tipología a efectos de uso, puesto que numerosas
iglesias cristianas (como la de Santa Sofía en Constantinopla o
Estambul) han pasado a ser mezquitas sin demasiadas
transformaciones.
La fe islámica prohibe las representaciones de
personas y animales. Para sustituirlas, la arquitectura islámica
ha generado a lo largo de su historia una decoración
característica, empleando profusamente motivos vegetales
(arabescos), geométricos y la propia caligrafía árabe. Los
materiales que se han utilizado para decorar los paramentos han
sido variados: azulejos, cerámicas, mosaicos, madera tallada,
marquetería, mármoles, piedras areniscas, estucos o mármoles con
incrustaciones de gemas. VéaseArte y arquitectura
islámicas.
Arquitectura islámica occidental
La dinastía Omeya, con centro en el califato
de Damasco, inicia su poder en el año 661 y dirige la expansión
del islam hasta el año 850. De esta época son la mezquita de la
Roca (c. 691) en Jerusalén, y la mezquita mayor de Damasco
(705), organizada como una basílica de tres naves, pero con la
orientación transversal, y flanqueada por el sahn o patio de
abluciones. Este edificio ha servido de modelo para la mayoría
de las mezquitas occidentales hasta nuestros días. Con la caída
de los Omeyas de Damasco, los Fatimíes tomaron el poder en el
norte de África, donde construyeron siguiendo la tradición siria
las impresionantes mezquitas de Sidi Ocba en Kairuan (836-866),
en la actual Tunicia, e Ibn Tulun (siglo IX) en El Cairo.
En el año 755 desembarca en la península
Ibérica —el extremo occidental del islam— el único príncipe
Omeya que se salva de la matanza Abasí y, a partir de este
momento, se inicia una recuperación de esta dinastía en torno al
reino de al-Andalus y a la ciudad de Córdoba. La obra más
emblemática de este periodo es la mezquita de Córdoba (780-990),
iniciada en tiempos de Abd al-Rahman I y ampliada sucesivamente
por sus herederos. Se trata de una enorme mezquita (2,4 ha de
superficie) que sigue el modelo de la de Damasco, con la
particularidad de que las naves se orientan longitudinalmente
hacia el muro de la quibla. Además, se introduce el arco de
herradura (tomado de los modelos visigodos), que se decora con
franjas rojas características del arte cordobés. Otra de las
construcciones de este periodo es el colosal palacio de Medinat
al-Zahara (comenzado en 936), casi una ciudad construida para la
corte por el primer califa Abd al-Rahman III. El califato de
Córdoba sucumbió ante el empuje de los pueblos bereberes del
norte de África y de los reinos cristianos del norte de la
península, que coincidieron con su desintegración interna. Sin
embargo, casi todo el sur de España continuó bajo el dominio
musulmán hasta finales del siglo XV. En Sevilla se conservan
restos de la antigua mezquita almohade (convertida en catedral)
y sobre todo su alminar, la Giralda (1184-1195), construido en
ladrillo sobre planta cuadrada y rematado como campanario
cristiano en 1560. El último reino musulmán sobre la península
Ibérica fue el de Granada, vasallo de la corona castellana y
gobernado por la dinastía Nazarí. La Alhambra de Granada
(1334-1391), fortaleza y residencia real, es el palacio islámico
mejor conservado de toda la edad media. Su arquitectura
compartimentada, así como las sutiles relaciones que se
establecen con el paisaje circundante y los jardines y estanques
interiores, la convierten en uno de los ejemplos más
conmovedores de la arquitectura residencial de todos los
tiempos. VéaseArte y arquitectura hispanomusulmanas.
Arquitectura islámica oriental
Hacia la mitad del siglo VIII se funda el
califato de Bagdad, en el actual Irak. La mezquita más antigua
de esta época es la de Samarra, construida en ladrillo, de la
que se conserva el minarete cónico con una rampa en caracol
exterior, que recuerda los zigurats de la antigua Mesopotamia.
Siglos más tarde, en 1453, el Imperio de los turcos otomanos
toma Constantinopla, convertida a partir de entonces en la
ciudad de Estambul. El sultán Solimán el Magnífico, mecenas de
las artes, toma para su arquitectura el modelo bizantino de
Santa Sofía y encarga a su arquitecto Sinan la construcción de
la mezquita de Solimán (comenzada en 1550) en Estambul y la de
Selimiya (comenzada en 1569) en Edirne.
El actual Irán fue centro de otro Imperio
musulmán, el de Persia. La capital se sitúa en Ispahan; su
arquitectura se caracteriza por las grandes mezquitas de iwanes,
como la gran mezquita de Saba (siglo XVI) o la de Masjid-i-Shah
(comenzada en 1612), construida por el sha Abbas I el Grande.
Otra de las zonas que quedó bajo el dominio islámico es el
subcontinente indio, bajo la influencia persa de las dinastías
mogoles. El monumento más característico de esta tradición es el
Taj Mahal (1632-1648) en Agra, un mausoleo de mármol blanco
cubierto por una cúpula bulbiforme de origen bizantino. Este
periodo también nos ha legado un impresionante catálogo de
fortalezas, entre las que destacan el Fuerte Rojo en Delhi y
Fatehpur Sikri en Agra. VéaseArte y arquitectura de la
India.
Arquitectura renacentista
En Europa occidental, una revolución cultural
llamada el renacimiento trajo una nueva era, no sólo en
filosofía y literatura, sino también en las artes plásticas. En
arquitectura se rescataron los principios y estilos de la
arquitectura clásica, que permanecen hasta nuestros días. Este
movimiento se inició en Italia hacia el 1400 y se expandió al
resto de Europa a lo largo de siglo y medio.
Arquitectura renacentista en Italia
Las familias que gobernaban las ciudades
rivales del norte de Italia durante el siglo XV —los Medici en
Florencia o los Sforza en Milán— se convirtieron en mecenas de
las artes gracias a su saludable economía, fruto de un
desarrollado comercio. Las clases ociosas comenzaron a sentir un
interés académico por la olvidada cultura latina —su literatura,
su arte y su arquitectura, cuyas ruinas permanecían por toda
Italia.
A principios del siglo XV aún se estaba
construyendo la catedral de Florencia. Se habían levantado los
pilares que debían sustentar una cúpula casi tan grande como la
del Panteón de Roma. La propuesta que finalmente se llevó a cabo
fue la de Filippo Brunelleschi, que había estudiado las
soluciones constructivas romanas. La cúpula que proyectó y
construyó (1420-1436), y que aún hoy se yergue sobre la
catedral, es de planta octogonal y se deriva de las cúpulas
romanas, pero incorpora numerosas innovaciones: se sustenta
mediante una doble estructura, interior y exterior, conectadas
por nervios o costillas; es apuntada, por lo que alcanza una
altura mayor sobre la misma base, y, finalmente, se corona
mediante una linterna. El tambor, horadado por ojos de buey
(ventanas circulares), se construyó sin necesidad de
contrafuertes, gracias a la inclusión en su base de un anillo de
compresión, compuesto por grandes bloques de piedra unidos por
grapas de hierro y atados por una gruesa cadena. Hay otros dos
anillos de compresión dentro de la doble estructura de la
cúpula. Esta obra se puede considerar como la transición entre
el gótico y el renacimiento. Brunelleschi proyectó más tarde la
capilla Pazzi (comenzada hacia 1441), también en Florencia, que
ya es un claro ejemplo de los nuevos principios de proporción y
composición.
Ya en los últimos tiempos de la arquitectura
gótica había aparecido una nueva tipología arquitectónica dentro
de la ciudad: el palacio, residencia de las familias notables de
la nueva sociedad urbana. El palacio solía ser un edificio de
varias alturas cuyas habitaciones estaban dispuestas en torno a
un cortile o patio interior. El arquitecto florentino Leon
Battista Alberti incorporó tres órdenes clásicos a la fachada
del palacio Rucellai, más de lo que se había logrado en el
Coliseo de Roma, con la diferencia de que aquí el arquitecto
utilizó pilastras en lugar de columnas adosadas. El resultado se
asemeja a un grabado sobre el muro, que queda así articulado de
forma racional siguiendo el ritmo de las ventanas. En 1485
Alberti publicó el primer tratado de arquitectura del periodo
renacentista, basado en el clásico de Vitrubio (que se conservó
sin dibujos), y que más tarde tuvo una gran influencia en la
arquitectura clasicista.
En el siglo XVI Roma sustituyó a las ciudades
del norte de Italia como centro de la nueva arquitectura. El
arquitecto milanés Donato Bramante ejerció en la Ciudad Santa
desde 1499. Su templete de San Pietro in Montorio (situado en el
patio del Colegio Español) es uno de los primeros ejemplos de
arquitectura renacentista en Roma, y sus elegantes proporciones
sientan las bases de la evolución arquitectónica posterior.
La construcción de la nueva basílica de San
Pedro en el Vaticano se convirtió en el empeño más ambicioso del
siglo XVI. En el primer proyecto de Bramante (1503-1506) se
dejaba atrás el concepto medieval de basílica longitudinal y se
optaba por una planta de cruz griega de brazos iguales cubierta
por una cúpula central (un esquema similar, a gran escala, al de
la iglesia de Santa Maria della Consolazione, en Todi). Los
papas que sucedieron a Julio II, sin embargo, encargaron la obra
a otros arquitectos, primero a Miguel Ángel —que llegó a
construir los ábsides posteriores y la cúpula sobre una planta
centralizada similar a la bramantina— y posteriormente a Carlo
Maderno —que acabó imponiendo la planta basilical de cruz latina
al prolongar la nave delantera. La cúpula nervada y terminada en
una linterna que realizó Miguel Ángel es una evolución lógica de
la cúpula de Brunelleschi en Florencia, con diferencias formales
en planta (circular en vez de octogonal) y sección (oval en
lugar de apuntada). Los proyectos de San Pedro se convirtieron
rápidamente en modelos clásicos, repetidos en infinidad de
lugares (un ejemplo es el Capitolio de Estados Unidos,
construido según el proyecto para la basílica vaticana de
Giuliano da Sangallo).
Hacia la mitad del siglo XVI, una serie de
arquitectos de la talla de Miguel Ángel, Baldassare Peruzzi,
Giulio Romano y Iacopo da Vignola comienzan a usar los órdenes
clásicos de una forma insólita, saltándose deliberadamente las
normas establecidas en el inicio del renacimiento para conseguir
efectos dramáticos. Así, los arcos, las columnas y los
entablamentos se manipulan estableciendo nuevos ritmos,
asimetrías y cambios espectaculares de escala (el orden gigante
introducido por Miguel Ángel) o de proporciones. Este fenómeno
se conoce con el nombre genérico de manierismo y entre los
ejemplos más destacables se encuentra el palacio del Té
(1526-1534) de Giulio Romano, en Mantua.
El arquitecto Andrea Palladio desarrolló su
labor en el área del Véneto, especialmente en torno a las
ciudades de Vicenza y Verona. Aunque estuvo en contacto con los
arquitectos romanos, no siguió completamente la corriente
manierista. En sus villas, construidas para la oligarquía local,
experimentó con numerosas variaciones propias de las normas
clásicas: ejes monumentales definidos desde el entorno, entradas
únicas, habitaciones interiores jerarquizadas en torno a una
sala principal, espacios servidores dispuestos en alas
simétricas y, sobre todo, un sentido riguroso y sutil de la
proporción. Sus investigaciones se recogen en su tratado Los
cuatro libros de la arquitectura (1570), en el que se
establecen, por medio de planos y dibujos dimensionados, las
proporciones armónicas y sus reglas de composición. Este libro
sirvió como base para el movimiento neopalladiano de los países
anglosajones, cuyas máximas figuras fueron Inigo Jones en
Inglaterra y Thomas Jefferson en Virginia. Palladio también
proyectó otros edificios, como las iglesias de San Giorgio
Maggiore (1565) e Il Redentore (1577), ambas en Venecia, o los
palacios della Ragione (1549) y Chiericati (1551-1557), en
Vicenza.
Arquitectura renacentista del resto de
Europa
Hacia finales del siglo XV, el renacimiento se
había extendido por toda Europa occidental, con la excepción de
las islas Británicas. El rey de Francia, Francisco I, llamó a su
corte a numerosos artistas italianos (empezando por el genial
Leonardo da Vinci en 1516), que difundieron el nuevo arte y
educaron a numerosos artistas locales. Se cree que el primer
edificio renacentista de Francia, el château de Chambord
(1519-1547), construido por el rey en el valle del Loira, fue
obra del arquitecto italiano Domenico di Cortona. Aunque el
exterior es el de un castillo medieval, su interior es sin duda
una obra del nuevo estilo. Los arquitectos franceses Jacques
Androuet du Cerceau, el Viejo, y Philibert Delorme trabajaron en
el proyecto de Fontainebleau, y Delorme fue el arquitecto del
château d’Anet, donde Benvenuto Cellini colaboró como
escultor. En París, el palacio real del Louvre fue proyectado en
1546 por Pierre Lescot.
En la península Ibérica se da un caso similar
al del château de Chambord, en el castillo de La
Calahorra (c. 1509), un edificio gótico cuyo interior puede
considerarse plenamente renacentista. Sin embargo, en España se
dio la peculiaridad de que el estilo italiano se desarrolló
simultáneamente a un estilo autóctono llamado plateresco, más
ligado a la tradición gótica. Estas dos corrientes se funden
definitivamente gracias a la figura de arquitectos como Alonso
de Covarrubias, Diego de Siloé, Andrés de Vandelvira o Pedro
Machuca, cuyo palacio de Carlos V (1526) en la Alhambra de
Granada se puede considerar como el primer modelo clásico
español. Sin embargo, la obra más significativa de este siglo es
el colosal monasterio-palacio de El Escorial (1563-1584),
construido por orden del rey Felipe II en las proximidades de la
capital del reciente reino de España. En las trazas de esta obra
intervino en primer lugar el arquitecto Juan Bautista de Toledo,
formado en Roma (al parecer bajo las órdenes de Miguel Ángel), y
posteriormente Juan de Herrera, que consolida un estilo propio
de corte manierista, geométrico y desprovisto de ornamentación
(llamado en su honor herreriano) y que va a influir notablemente
en la arquitectura de los siglos posteriores en España y
Latinoamérica. VéaseArte y arquitectura renacentistas.
Arquitectura barroca
El proceso de experimentación sobre las normas
clásicas que se había iniciado con el manierismo desembocó en el
barroco. Así, si el manierismo seguía utilizando las
disposiciones espaciales clásicas (escasa articulación, formas
geométricas primarias), el barroco rompe también con estas
normas compositivas del renacimiento para obtener una
arquitectura explícitamente escenográfica. Para ello emplea los
elementos clásicos, pero los manipula de forma que resulten
ambiguos, matizándolos con un sabio manejo de la luz que añade
dramatismo a los espacios.
Arquitectura barroca en Italia
Las primeras muestras del barroco aparecen en
Italia, y su mejor representante es Gian Lorenzo Bernini, que
proyectó la Plaza de San Pedro en el Vaticano (comenzada en
1656). Gracias al complicado juego perspectivo de la doble
columnata (de planta oval abierta con dos brazos) la fachada
chata de Carlo Maderno para la basílica de San Pedro cobra un
nuevo vigor. Otra de sus mejores obras es la Escala Regia
(1663-1666), también en el Vaticano, donde consiguió construir
en un espacio reducido una de las escaleras más impresionantes
de la historia de la arquitectura. Casi contemporáneo de Bernini
es Francesco Borromini, entre cuyas obras destacan dos pequeñas
iglesias de Roma: San Carlo alle Quattro Fontane (1638-1661;
fachada terminada en 1667) se organiza en torno a una planta
elíptica, que refuerza el eje longitudinal, cubierta por una
cúpula de la misma forma sobre pechinas, y cuya fachada se curva
en una ligera ondulación; la planta de Sant’Ivo alla Sapienza
(comenzada en 1642) se origina por la intersección de dos
triángulos equiláteros, en cuyas esquinas aparecen tres nichos o
absidiolos cóncavos y otros tres chaflanes convexos
alternativamente. Estos muros curvos, delimitados por pilastras,
alcanzan el nivel de la cúpula y continúan la planta hexagonal
desde el suelo hasta la linterna.
Guarino Guarini trabajó en Turín pero,
curiosamente, en dos de sus obras más significativas recogió
algunos temas de tradición hispana. Así, la iglesia de San
Lorenzo (1668-1687) está cubierta por una peculiar cúpula de
ocho nervios cruzados, al estilo califal cordobés, que en sus
intersticios permiten el paso de la luz. La capilla de la Santa
Sindone (o del Santo Sudario, 1667-1694) está situada detrás del
altar mayor de la catedral de Turín, en lo alto de unas gradas,
en una disposición similar a la de los camarines de vírgenes
hispanas. A finales del siglo XVII y principios del XVIII
destacan las figuras de Carlo Fontana y Filippo Juvarra, entre
cuyas obras destacan los palacios Madama (1718-1721) y Stupinigi
(1719-1733), cerca de Turín, así como el proyecto del palacio
real de Madrid (1735), que más tarde modificó y construyó
Giovanni Battista Sachetti.
Arquitectura barroca en Francia
Uno de los mejores ejemplos de arquitectura
francesa religiosa del siglo XVII es la iglesia de San Luis de
los Inválidos (1676-1706) en París, proyectada por Jules
Hardouin-Mansart. El mejor arte barroco de este siglo (le
grand siècle), en cualquier caso, se produjo para la corte
de Luis XIV. El château de Vaux-le-Vicomte (1657-1661) es
el fruto de la colaboración entre el arquitecto Louis le Vau, el
pintor Charles Lebrun y el diseñador de jardines André Le Nôtre.
El rey Sol quedó tan impresionado por esta obra que encargó a
los mismos artistas la reconstrucción del palacio de Versalles,
a una escala que fuera representativa de su grandeza. El palacio
se convirtió en el centro del poder de este monarca absoluto y
se fue ampliando desde 1667 hasta 1710. Luis XIV también llamó a
Bernini para que proyectara una ampliación del palacio del
Louvre en París, aunque finalmente fue elegido el proyecto de
Claude Perrault, que entre 1667 y 1679 se hizo cargo de las
obras.
La muerte de Luis XIV en 1715 coincidió con
una serie de renovaciones en el mundo del arte que desembocaron
en lo que se conoce como estilo rococó. La máxima expresión de
la grandeur real es la Plaza de la Concordia (comenzada
en 1753) en París, proyectada por Jacques Ange Gabriel, así como
el gran eje y las plazas de Nancy (1751-1759), obra del
arquitecto Emmanuelle Héré de Corny. Gabriel también construyó
una pequeña obra de carácter más clasicista, el Petit Trianon
(1762-1764), donde ya se deja ver la evolución reformista pedida
por el abad Laugier.
Arquitectura barroca en el Reino Unido
A principios del siglo XVII, la arquitectura
de Gran Bretaña aún seguía los modelos góticos autóctonos. La
figura que va a introducir el estilo renacentista es Inigo Jones,
de influencia palladiana, entre cuyas obras merece especial
mención la Banqueting House (1619-1622) en Whitehall, Londres.
El incendio de Londres de 1666 hizo necesaria la reconstrucción
de la ciudad. Entre los arquitectos que llevaron a cabo esta
tarea destacó el polifacético Christopher Wren, cuya obra
maestra es la catedral de Saint Paul (1675-1710), inspirada en
los dibujos de Sangallo para la basílica de San Pedro. Aunque
esta obra se puede considerar barroca por algunos de sus
elementos, es clasicista en cuanto a su concepción espacial. Es
curioso cómo la llegada tardía de los modelos clásicos supuso,
al tiempo que una débil adscripción al barroco, el inicio
prematuro de lo que se conocerá como arquitectura neoclásica.
Wren proyectó numerosas iglesias por toda Inglaterra, en muchas
de las cuales introdujo el empleo del campanario de una sola
torre, de planta cuadrada y pronunciado chapitel, que más tarde
se convirtió en el arquetipo de la arquitectura religiosa del
Reino Unido y de sus colonias americanas.
Arquitectura barroca en Centroeuropa
En Austria y Baviera floreció especialmente el
estilo rococó. La abadía benedictina de Ottobeuren (1748-1772),
proyectada por Johann Michael Fischer (1692-1766), es tan sólo
una de las iglesias, monasterios y palacios llevados a cabo en
este periodo en el centro de Europa, entre los cuales también
destaca la iglesia de peregrinación de los Vierzehnheiligen
(1743-1772) cerca de Banz (Alemania), proyectada por Balthasar
Neumann, y el Amalienburg (1734-1739) en el parque del
Nymphenburg, cerca de Munich, del arquitecto bávaro nacido en
Flandes, François de Cuvilliés.
Arquitectura barroca en España y
Latinoamérica
La arquitectura religiosa en España y
Latinoamérica está enormemente influida por la Contrarreforma, y
especialmente por la nueva arquitectura de la orden jesuita,
cuyo modelo espacial es la iglesia del Gesù en Roma, de Vignola.
Una de las iglesias donde esta influencia es más palpable es la
Clerecía de Salamanca (1614-1617), obra de Juan Gómez de Mora,
que además de la iglesia viñolesca incorpora un patio de
tradición monástica. Pero sin duda la aportación más original
del barroco español es la acumulación decorativa en los retablos
y en algunos elementos murales, como en el hospicio de San
Fernando (1720) en Madrid, de Pedro de Ribera. El arquitecto
José Churriguera, y posteriormente sus hermanos Joaquín y
Alberto fijaron el llamado estilo churrigueresco, en el que el
barroco español da un paso más hasta llegar a la acumulación
tridimensional. Entre las obras de mayor envergadura destaca la
plaza Mayor de Salamanca (1728), de Alberto Churriguera, que
conserva el espacio porticado tradicional en este tipo de
espacios urbanos.
A mediados del siglo XVII la influencia
española, trasmitida en gran medida por las órdenes religiosas,
aparece en las construcciones de la América colonial. Los
edificios religiosos heredan las composiciones espaciales
jesuíticas, como la iglesia de la Compañía de Cuzco (1651-1668),
Perú, proyectada por Diego Martínez de Oviedo, cuyas torres
achatadas se imponen para evitar los desastres producidos por
los seísmos. También la tradición ornamental de la península se
va a dejar sentir a lo largo de toda Latinoamérica,
especialmente en el virreinato de Nueva España (hoy México),
donde se inicia una tradición propia que supera a la española en
complejidad y dramatismo. Algunos de los ejemplos más admirables
de lo que se llamó barroco exuberante son la capilla del Rosario
de la iglesia de Santo Domingo (terminada en 1690) en Puebla, o
las iglesias de Santa Prisca de Taxco (1748-1758) y la jesuítica
del convento de Tepotzotlán (1762, Estado de México), que parece
tener ciertas influencias hispano-musulmanas, como la cúpula
califal de la capilla de Loreto, o la decoración de azulejos en
el interior.
Urbanismo barroco
Una de las características de la arquitectura
barroca es la prolongación de los ejes de cada edificio
simbólico hasta alcanzar todo el ordenamiento de la ciudad, e
incluso, hasta modificar el territorio en que se enclava. La
plaza del Campidoglio o Capitolio (1538-1564) en Roma, diseñada
por Miguel Ángel, sirvió en lo sucesivo como modelo de plaza
urbana, mientras que la villa Farnese (comenzada en 1539) en
Caprarola, proyectada por Vignola, mostraba la tendencia
expansiva de los ejes monumentales, que se continúan a través de
los jardines. Las fachadas de las iglesias barrocas se
proyectaban en relación con la plaza a la que se abrían, aunque
no se correspondieran con el espacio interior. Estos principios
reguladores alcanzaron su máxima expresión en la construcción de
ciudades de nueva planta, tanto en Europa (caso de San
Petersburgo, donde el zar Pedro el Grande contó con la
colaboración de arquitectos italianos y franceses) como en el
Nuevo Mundo, donde se construyeron numerosos centros urbanos
como el de la ciudad de México, Santiago de Chile, o Antigua
(Guatemala), donde además se acomodaron elementos típicamente
españoles como las plazas mayores, que a menudo servían de foco
para el resto de las trazas urbanas.
Arquitectura neoclasicista
Coincidiendo con la efervescencia cultural de
la Francia prerrevolucionaria, una serie de teóricos, como el
abad jesuita Marc-Antoine Laugier (Essai sur l’architecture,
1753) preconizaron como reacción frente a los excesos del rococó
una vuelta a los modelos clásicos, más racionales y humanistas.
Por otra parte, gracias a los descubrimientos de la incipiente
arqueología, volvió a ponerse de manifiesto la excelencia de la
arquitectura griega y romana, que defendían los escritos y
grabados de Piranesi (defensor de los modelos romanos), o de
James Stuart y Nicholas Revett (defensores del dórico griego en
su libro The Antiquities of Athens, 1762).
En Inglaterra, la ausencia de barroco pleno
permitió a la arquitectura mantener ciertos tintes clasicistas
durante el siglo XVIII, como muestra el palacio de Blenheim
(1705), obra de John Vanbrugh. Sin embargo, las ideas
continentales cristalizaron rápidamente en las obras de
numerosos arquitectos ingleses, como Richard Burlington, William
Kent o John Wood, que retomaron con interés la obra de Palladio
y de su sucesor Inigo Jones. Más tarde, esta arquitectura
neopalladiana evolucionó hacia un estilo típicamente inglés
llamado estilo georgiano. En el declive del clasicismo aparece
en Londres la figura de John Soane, un arquitecto enormemente
imaginativo cuya obra fundamental, el Banco de Inglaterra
(1788-1808), se ha perdido casi por entero. El estilo neoclásico
se transmitió a las colonias norteamericanas, donde además se
hizo notar la influencia revolucionaria francesa. Entre las
figuras más destacadas están Samuel MacIntire (que
posteriormente desarrolló el estilo federal como expresión de la
independencia de Estados Unidos) y los neopalladianos Thomas
Jefferson y Benjamin Henry Latrobe.
Una de las primeras grandes obras
neoclasicistas francesas es la iglesia de Sainte Geneviève
(llamada también el Panteón, comenzada en 1757) en París, obra
de Jacques-Germain Soufflot, que combina la elegancia de los
órdenes griegos con la audacia constructiva de los edificios
góticos. En la época cercana a la Revolución aparecen en Francia
una serie de arquitectos neoclasicistas, como Claude-Nicolas
Ledoux y Etienne-Louis Boullée, conocidos como ‘los arquitectos
visionarios’, cuyos numerosos proyectos no ejecutados servirán
de germen para la arquitectura contemporánea. Su arquitectura es
moralizante, defensora de la abstracción más estricta, y se basa
en la combinación de elementos geométricos puros.
En España, el reinado de Carlos III trajo las
ideas de la Ilustración, y con ellas la arquitectura clasicista.
Entre los arquitectos más destacados de lo que se llamó en
España ‘la arquitectura de la razón’ cabe citar a Ventura
Rodríguez, autor de la fachada de la catedral de Pamplona
(1783), y a Juan de Villanueva, que además de utilizar con rigor
los lenguajes clásicos fue capaz de concebir una arquitectura
original, basada en la complejidad de los espacios, de la que su
mejor ejemplo es el Museo del Prado (1785) en Madrid. VéaseNeoclasicismo.
La arquitectura del hierro
La Revolución Industrial, que comienza en
Inglaterra hacia el año 1760, acarreó numerosos cambios en todas
las culturas del mundo. El incremento de la capacidad productiva
y la invención de nuevos procesos industriales trajeron consigo
la creación de nuevos materiales de construcción, como el hierro
colado, el acero laminado o el vidrio plano en grandes
dimensiones, y con ellos la posibilidad de construir nuevas
composiciones hasta entonces ni siquiera soñadas. Sin embargo,
los arquitectos siguieron utilizando los materiales
tradicionales durante mucho tiempo, mientras las academias de
las Bellas Artes consideraban “poco artísticas” las fantásticas
estructuras diseñadas por ingenieros a lo largo del siglo XIX.
El primer edificio construido enteramente con
hierro y vidrio fue el Crystal Palace (1850-1851; reconstruido
entre 1852 y 1854) en Londres, una gran nave preparada para
acoger la primera Exposición Universal, que fue proyectada por
Joseph Paxton, que había aprendido el empleo de estos materiales
en la construcción de invernaderos. Este edificio fue el
precursor de la arquitectura prefabricada, y con él se demostró
la posibilidad de hacer edificios bellos en hierro.
Entre los escasos ejemplos de utilización del
hierro en la arquitectura del siglo XIX destaca un edificio de
Henry Labrouste, la biblioteca de Santa Genoveva (1843-1850) en
París, un edificio de estilo renacentista en su exterior pero
que en su interior dejaba ver la estructura metálica. Los
edificios de hierro más impresionantes del siglo se construyeron
para la Exposición Universal de París de 1889: la nave de
Maquinaria y la célebre torre (1887) del ingeniero Alexandre
Gustave Eiffel.
Eclecticismo
A comienzos del siglo XIX la arquitectura
occidental se debatía entre diferentes recuperaciones (revivals)
de los lenguajes históricos, en una especie de agonía que se
prolongó más de un siglo y que se conoce como historicismo o
eclecticismo. En el primer tercio de siglo se impuso, como
heredero directo del neoclasicismo, el llamado neogriego, entre
cuyas figuras cabe destacar al arquitecto prusiano Karl
Friedrich Schinkel, que en algunos aspectos se anticipó al
movimiento moderno.
En Francia se desarrolló un estilo llamado
imperio, dedicado al culto del emperador Napoleón Bonaparte,
cuya obra más emblemática es la iglesia de La Madelaine
(1807-1842), una copia en el centro de París del templo romano
de la Maison Carré de Nimes. En el último tercio del siglo,
coincidiendo con la época de Napoleón III (durante el Segundo
Imperio), se levantó el impresionante edificio de la Ópera de
París (1861-1875), obra neobarroca de Tony Garnier, y se
reconstruyó el centro de París, obra dirigida por el barón
Haussman siguiendo los principios urbanísticos de la época de
Luis XIV.
En Inglaterra se desarrolló una corriente
romántica que evolucionó hasta llegar al estilo neogótico, uno
de cuyos mejores ejemplos son los edificios del Parlamento
(comenzados en 1836) en Londres, construidas por los arquitectos
Charles Barry y A. W. N. Pugin, probablemente el mejor
representante de este estilo. Otro de los estilos medievalistas
que se desarrollaron durante el siglo XIX fue el neorrománico,
que influyó notablemente en la arquitectura del arquitecto
estadounidense Henry Hobson Richardson. Este arquitecto formado
en París fue el precursor de la arquitectura contemporánea
estadounidense, y entre sus obras más significativas se
encuentra la Trinity Church (1872-1877) en Boston.
Arquitectura modernista
A finales del siglo XIX un cierto número de
artistas tomó conciencia de la necesidad de una nueva
arquitectura, propia de su época y no heredada de los modelos
antiguos. Nace así un movimiento llamado en Alemania y Austria
Jugendstil, en Francia y Bélgica Art Nouveau, y en Cataluña
Modernisme. Entre las figuras más emblemáticas se encuentran
Victor Horta en Bruselas, Otto Wagner, Joseph Maria Olbrich y
Josef Hoffman en Viena (representantes del movimiento vienés
conocido como Sezession), y el escocés Charles Rennie Mackintosh,
que desarrolló un estilo propio con reminiscencias medievales,
uno de cuyos mejores ejemplos es la Glasgow School of Art
(1898-1899). Un caso aparte es el del catalán Antoni Gaudí, que
comenzó su carrera en las filas del neogótico pero más tarde
evolucionó por un camino personal, que le llevó a construir una
serie de obras, casi todas ellas en Barcelona, de una
originalidad inusitada. Entre éstas destacan la casa Milá
(1906-1910), un edificio de viviendas en chaflán cuya fachada de
piedra ondula entre las grandes ventanas, que predicen los pasos
del movimiento moderno, el inacabado templo expiatorio de la
Sagrada Familia (1883-1826), o el onírico Parc Güell
(1900-1914), donde al margen de una imaginación desbordante se
aprecia la maestría constructiva de este genial arquitecto.
El rascacielos
La disponibilidad de perfiles de acero en
grandes cantidades, y, sobre todo, la invención del ascensor
eléctrico, permitieron en las últimas décadas del siglo XIX la
construcción de edificios de gran altura, llamados rascacielos,
iniciando así una carrera que aún hoy parece no tener fin. El
arquitecto estadounidense Louis Sullivan fue el primero en dotar
de una tipología expresiva a los nuevos edificios comerciales
urbanos, como muestran el Wainwright Building (1890-1891) en
Saint Louis (Missouri), el Guaranty Building (1895) en Buffalo (New
York), y el Carson Pirie Scott Department Store (1899-1904) en
Chicago. Su carrera converge con la de los arquitectos de la
llamada Escuela de Chicago, cuya mayor aportación fue el
desarrollo de la tipología de rascacielos, donde consiguieron
una combinación perfecta entre la mampostería de piedra en la
fachada y la estructura interior de hierro. Gracias a este
sistema constructivo, en el que el esqueleto se levantaba
rápidamente y sobre él se disponía el cerramiento, se conseguían
resolver dos de los mayores problemas que planteaba la ciudad
moderna: la escasez de terreno y la escasez de tiempo.
Otro de los méritos de Sullivan consiste en
haber sido el maestro de Frank Lloyd Wright, uno de los mejores
arquitectos del siglo XX. VéaseArte y arquitectura de
Estados Unidos.
El hormigón armado
La atención de los arquitectos franceses de
principios del siglo XX se concentró en otro nuevo material
constructivo: el hormigón armado. Auguste Perret construyó
numerosas obras investigando sobre el lenguaje propio de este
material, entre las que destacan el edificio de viviendas de la
calle Franklin (1902-1903) y el Théâtre des Champs Elysées
(1911-1914), ambos en París. Tony Garnier proyectó, durante su
estancia en Roma, una ciudad entera construida en hormigón, que
apareció publicada en 1917 con el título de La cité
industrielle. En Viena, Adolf Loos publicó en 1908 su
artículo Ornamento y delito, mientras proyectaba y
construía una arquitectura extremadamente despojada. Peter
Behrens fue uno de los fundadores del Deutsche Werkbund
(Asociación para el Progreso de la Industria Alemana), y su
edificio para la fábrica de turbinas de la AEG (1908-1909) en
Berlín lo convirtió en el pionero alemán de la arquitectura
moderna.
El movimiento moderno
Uno de los principales catalizadores del
diseño y la arquitectura del movimiento moderno fue la Bauhaus.
Esta escuela de arte (Weimar, 1919-1925; Dessau, 1926-1933) aunó
las experiencias de arquitectos, artistas y diseñadores de
numerosos países, interesados en investigar sobre los principios
del arte moderno. El director de la primera etapa fue Walter
Gropius, que además proyectó los edificios de la nueva sede en
Dessau, y su sucesor fue Ludwig Mies van der Rohe. La nueva
arquitectura pudo demostrar sus virtudes en los Siedlungen
(edificios de viviendas de bajo coste) construidos en Berlín y
Frankfurt, mientras que la exposición de nuevas tipologías
residenciales en la Weissenhof Siedlung (1927) de Stuttgart
consiguió reunir la obra de Mies, Gropius, J. J. P. Oud y Le
Corbusier. Estas demostraciones insistían en el papel social de
la arquitectura del movimiento moderno, capaz de construir
viviendas dignas (el existenzminimun) y al mismo tiempo
baratas. Por otra parte, Mies Van der Rohe mostró las
capacidades expresivas de la nueva arquitectura en el pabellón
alemán de la Exposición Universal de Barcelona (1929), un
edificio sutil que explora las posibilidades de la planta libre,
construido con materiales nobles como travertino, mármol, ónice
y acero cromado. Gropius, su discípulo Marcel Breuer y Mies
tuvieron que huir de Alemania con la llegada del nazismo y se
exiliaron en Estados Unidos, donde los tres ejercieron una gran
influencia acrecentada por su labor docente.
Le Corbusier es sin duda el arquitecto más
influyente del siglo XX. Su extensa carrera comenzó con la
publicación de los primeros escritos, donde clamaba por una
estética similar a la de las máquinas y preconizaba la
sustitución de la ciudad tradicional por una nueva ciudad de
rascacielos dispuestos sobre enormes espacios arbolados. Su
Ville Savoie (1929-1930), en los alrededores de París, es uno de
los arquetipos de la arquitectura contemporánea. En ella se
combina la complejidad espacial, que juega con una sutil
ambigüedad entre el interior y el exterior, con los postulados
que defendió durante años: edificio sobre pilotis, jardín sobre
la terraza, planta libre, fachada independiente de la estructura
y amplios ventanales. Ya en la década de 1950 proyectó una nueva
ciudad como capital del estado indio del Punjab, llamada
Chandigarh, y proyectó los tres edificios más representativos
del Capitolio. En Francia construyó dos edificios religiosos
excepcionales: la iglesia de peregrinación de La Ronchamp
(1950-1955) y el monasterio dominico de La Tourette (1957-1961).
Después de la primera etapa, más racionalista, esta segunda
etapa conocida como brutalista se caracteriza por el uso del
hormigón de una forma más expresiva, así como por los efectos
dramáticos de luces y sombras.
Algunos ingenieros especialistas en el cálculo
de estructuras como Robert Maillart, Eugène Freyssinet, Eduardo
Torroja o Pier Luigi Nervi han construido a lo largo del siglo
XX algunos edificios especialmente imaginativos, que han servido
de inspiración a numerosos arquitectos como el estadounidense de
origen finés Eero Saarinen o el español afincado en México Félix
Candela.
El arquitecto finés Alvar Aalto trabajó
durante más de cuatro décadas, sin adherirse plenamente a la
arquitectura de corte industrial, pero logrando un lenguaje
propio que se añade al catálogo de la mejor arquitectura
moderna. Entre las aportaciones fundamentales de este arquitecto
nórdico se encuentran la sutileza en la composición espacial, el
manejo de la luz natural y su especial sentido para utilizar los
materiales, sacando el máximo partido a sus cualidades
expresivas. La arquitectura escandinava ha dado muestras de una
gran vitalidad a lo largo de este siglo, gracias a figuras como
el sueco Gunnar Asplund, o el danés Jørn Utzon, que proyectó la
espectacular Ópera de Sydney (1957-1973), en Australia.
En Estados Unidos la influencia de los
maestros europeos se dejó sentir claramente después de la II Guerra
Mundial, especialmente a través de la figura de Louis I. Kahn,
en cuyos edificios se puede sentir la monumentalidad de la Roma
antigua. Uno de los edificios emblemáticos de este arquitecto es
el Museo de Arte Kimbell (1972), en Fort Worth (Texas), donde
las bóvedas de cañón se abren por la clave hasta convertirse en
lucernarios cenitales.
La influencia de los maestros del movimiento
moderno se comenzó a sentir en España y en algunos países de
Latinoamérica hacia finales de la década de 1920, especialmente
en Brasil, donde la influencia de Le Corbusier es evidente sobre
Lucio Costa y Oscar Niemeyer, responsables de la construcción de
la ciudad de Brasilia siguiendo principios corbusierianos. La
generación de arquitectos racionalistas españoles, asociada en
torno al GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el
Progreso de la Arquitectura Contemporánea), tuvo que disolverse
al final de la Guerra Civil española (1936-1939), y mientras que
Josep Lluís Sert emigró a Estados Unidos para hacerse cargo de
la Facultad de Arquitectura de Harvard, otros arquitectos como
Félix Candela y Antonio Bonet emigraron a Latinoamérica, donde
se unieron a las corrientes modernas encabezadas por Juan
O’Gorman en México y Julio Vilamajó en Uruguay. VéaseArquitectura
contemporánea española; Arquitectura contemporánea mexicana.
El International Style
Los arquitectos alemanes que emigraron a
Estados Unidos con la llegada al poder del nazismo, iniciaron
allí una corriente más ligada a la tradición constructiva
estadounidense. Uno de sus discípulos, Philip Johnson, concretó
esta corriente definiéndola como International Style
(estilo internacional), en alusión a su falta de referentes
nacionales. Dentro de esta corriente se pueden incluir la
mayoría de la obras americanas de Mies Van der Rohe, como los
edificios de apartamentos de Lake Shore Drive (1951) en Chicago,
y el Seagram Building (1958) en Nueva York, este último en
colaboración con el propio Philip Johnson. Este estilo degeneró
en una arquitectura sin carácter, que se extendió rápidamente
por todo el mundo gracias a su inocuidad ideológica y a los
enormes beneficios económicos que podía generar a las empresas
constructoras.
Arquitectura posmoderna
Como reacción al International Style, y
de forma más genérica al movimiento moderno, apareció en la
década de 1960 un movimiento filosófico y artístico que se
conoce con el nombre genérico de posmodernismo. Entre las
tendencias que podemos encontrar en este movimiento se distingue
una de tipo clasicista, originada a partir de la publicación en
1966 del libro de Robert Venturi Complejidad y contradicción
en la arquitectura, en el cual defendía la vuelta a los
modelos de la arquitectura tradicional. También el camaleónico
Philip Johnson se adscribió a esta corriente, apoyándola desde
su puesto directivo en el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva
York). Otros arquitectos que han seguido los pasos de Venturi
son Michael Graves, Robert A. M. Stern, o el catalán Ricardo
Bofill.[1]
- Encarta
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