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0607 - BBC -
"La vida es más importante que la arquitectura",
suele decir el brasileño
Oscar Niemeyer, uno de los arquitectos más sobresalientes del
siglo XX. No sorprende, entonces, que su apego a este mundo le haya
convertido en un ser longevo: este año cumple
100 años.
Durante casi un siglo Niemeyer ha
sorprendido con sus edificios de concreto caracterizados por
curvas libres de soportes, estructuras dinámicas y livianas en
las que parece importar más la plasticidad que la función.
Fue, junto al urbanista Lucio
Costa, el arquitecto de Brasilia, la moderna ciudad inaugurada
en 1960. De él son el Congreso y los palacios Planalto (sede del
Poder Ejecutivo), Alvorada (residencia oficial del Presidente) e
Itamaraty (Cancillería), entre otras construcciones innovadoras.
Su primer proyecto fue, sin
embargo, una iglesia y un casino a orillas del Lago de Pampulha,
en Belo Horizonte. Las novedosas líneas de ese pequeño templo
dedicado a San Francisco le dio fama en todo el país. El casino
fue transformado luego en un museo de arte contemporáneo.
"Este proyecto tuvo mucho éxito
porque era distinto: una arquitectura más leve y suelta, cuya
forma intentaba sorprender. Fue muy importante ese primer
trabajo para mí"
El arquitecto de Brasilia tiene,
además, creaciones en el resto del mundo. Por ejemplo, trabajó
con
Le Corbusier en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York,
e ideó la Universidad de Constantino en Argelia y la sede de la
Editorial Mondadori en Italia.
Estas dos últimas obras fueron
realizadas durante su exilio en Europa, luego de dejar Brasil a
fines de la década de los años 60 por la presión de los
militares que habían tomado el poder. Volvió a su país a
mediados de los 80.
Niemeyer es hoy un arquitecto
consagrado en todo el mundo. Pero su camino no fue nada fácil:
"Al principio me criticaron mucho, decían que lo mío era
demasiado revolucionario; pero eso me impulsaba a hacer mi
trabajo con más empeño. Siempre he hecho lo que me ha gustado".
En su casa
Niemeyer nos recibió en su casa
en Río de Janeiro, ubicada en el último piso de un edificio de
diez plantas construido por él frente a la playa de Copacabana.
Desde los balcones curvos se obtiene una hermosa vista del mar y
los morros de la ciudad.
El interior del apartamento es
muy sencillo. Allí hay varios tableros, planos por doquier, un
escritorio flanqueado por una biblioteca, un living con una
comodísima silla para reposar diseñada por Niemeyer -nos dejó
probarla-, un sofá largo que bordea el ventanal cóncavo y una
simple mesa con sillas.
A menudo paredes en zig-zag donde
el arquitecto ha dibujado mujeres desnudas trazan la separación
entre un ámbito y otro. "Siempre me han atraído las curvas de
los morros, los ríos y los cuerpos femeninos", confiesa en la
intimidad de su casa en su ciudad natal.
Con 99 años, Niemeyer sigue
trabajando con la pasión de siempre, ayudado en su apartamento
por un grupo de arquitectos. "Actualmente tengo diversos
proyectos en Brasil, un museo en España y otro en Italia. Estoy
muy ocupado".
Siempre ha sido un idealista,
desde su paso por el Partido Comunista en su juventud hasta su
defensa actual de los pobres y del saber enciclopédico.
Dice que no es religioso, pero
que está abierto a todo.
"El papel del arquitecto es
luchar por un mundo mejor, donde se pueda hacer una arquitectura
que sirva a todos y no sólo a un grupo de hombres
privilegiados", asegura.
¿Pero, entonces, por qué él no ha
hecho nunca obras para los más necesitados? "La arquitectura
evolucionó a partir del progreso técnico. Pero en el aspecto
social es mala, porque nuestro trabajo es para los gobiernos y
los hombres ricos. El pobre no participa en nada", admite.
"La arquitectura está ligada al
régimen capitalista y eso va a continuar así, lo cual es
pésimo".
Brasilia "dividida"
Y lamenta, por ejemplo, que
Brasilia esté actualmente dividida entre pobres y ricos, y que
las favelas ocupen más lugar que la ciudad proyectada
originalmente.
"Construí Brasilia con tanto
empeño y entusiasmo. Era algo diferente; la arquitectura debe
crear sorpresa. Hay quienes dicen que, mirando hacia atrás,
volverían a hacer todo lo que hicieron. Yo creo que no, que cada
día es diferente".
Para él, las ciudades deben tener
una densidad demográfica limitada y a su alrededor debe haber
siempre un cinturón verde.
Cuando le preguntamos qué piensa
de la arquitectura actual, Niemeyer prefiere no opinar de
arquitectos en particular y, en cambio, dice que lo importante
es hacer lo que a uno le gusta y no lo que a los otros les
gustaría que uno hiciera.
"Una vez un arquitecto amigo mío
dijo algo bien cierto: que no hay arquitectura antigua y
moderna, sino arquitectura buena y mala", cuenta.
Le pedimos su opinión sobre
rascacielos como las Torres Petronas, que el argentino César
Pelli construyó en Kuala Lumpur, Malasia.
"Depende de cómo se hagan", advierte. "Un lugar
donde la arquitectura de altura está justificada es La Défense,
en París. Los edificios están separados por grandes espacios. La
relación de la arquitectura con el entorno fue muy bien pensada.
El resto de los rascacielos es una mierda".
Arquitectura audaz
Al crear, ¿qué importa más para este
arquitecto que se considera "como cualquier otro"? ¿La razón, la
intuición o la emoción?
"La invención, probar algo
diferente", afirma Niemeyer. "Cuando la arquitectura no busca esto,
queda reducida a una escala menor. Si quiere tener nivel de obra de
arte, debe ser audaz".
Y recuerda que el escritor y político
francés André Malraux dijo una vez que dentro de él tenía todo lo
que amó y le gustó en la vida y que recordaba eso siempre que
trabajaba. "¿Quién sabe? Quizás ocurra lo mismo conmigo", especula.
De esta manera, Niemeyer ha explorado
la versatilidad del concreto armado, que le ha permitido hacer
realidad sus fantasías onduladas. Se sabe que odia la estricta línea
recta hecha por el hombre: "Me gusta trabajar con las curvas, que
aceptan más invención y sensibilidad".
Le resulta difícil saber si en el
futuro habrá algo mejor que el concreto para crear "sueños"
arquitectónicos: "Hasta ahora no hay nada que nos deje hacer lo que
este material admite".
Bolívar "monumental"
Niemeyer es un defensor de los
gobiernos de izquierda en Brasil y el resto de América Latina.
Recientemente el presidente
venezolano,
Hugo Chávez, le comisionó un monumento dedicado a
Simón Bolívar
luego de que ambos conversaran sobre la grandeza del prócer cuando
el mandatario visitó al arquitecto en Río a principios de este año.
"Fue un proyecto que hice como regalo
para Chávez, no para que se construyera pronto. Es muy caro porque
mide 170 metros. Una obra para un hombre como Bolívar tiene que ser
monumental", asegura Niemeyer.
"Puede apuntar en la dirección de
Estados Unidos, cuyo régimen infelizmente fue siempre contra América
Latina.
George W. Bush, al final, es el terrorista número uno y yo lo
detesto", añade.
Al final de la entrevista, Niemeyer
nos pide que no lo hagamos mover para tomarle una fotografía.
Todavía se recupera de una operación de fémur. Pero sí accede a
firmarnos un libro; su letra tiene el temblor de los años.
Y nos alienta a deambular por su casa, que es como
estar en un "santuario de la arquitectura".
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