I. Lo estético
Antes de considerar las cuestiones estéticas que se plantean en la
filosofía del arte, deberíamos analizar esta otra: ¿Qué es contemplar
(escuchar, etc.) algo estéticamente?; porque, si se carece de la
experiencia de objetos estéticos, ninguna de las otras cuestiones podría
plantearse. ¿Hay una forma estética de contemplar las cosas?; y, en caso
afirmativo, ¿qué es lo que la distingue de otras formas de
experimentarlas? Sobre esto se han dado posturas muy dispares,
habitualmente interferidas, pero que pueden distinguirse.
I.1. Actitudes
estéticas y no estéticas
La actitud estética, o la «forma estética de contemplar el mundo», es
generalmente contrapuesta a la actitud práctica, que sólo se
interesa por la utilidad del objeto en cuestión. El genuino corredor de
fincas que contempla un paisaje sólo con la mira puesta en su posible
valor monetario, no está contemplando estéticamente el paisaje. Para
contemplarlo así hay que «percibirlo por percibirlo», no con alguna otra
intención. Hay que saborear la experiencia de percibir el paisaje mismo,
haciendo hincapié en sus detalles perceptivos, en vez de utilizar el
objeto percibido como medio para algún otro fin(1).
Cabría objetar, naturalmente, que incluso en la contemplación estética
observamos algo no «por sí mismo», sino por alguna otra razón, por
ejemplo, por el placer que nos produce. No seguiríamos prestando atención
al objeto percibido si el hacerlo no nos resultase agradable; según esto,
¿no será el goce la finalidad en el caso estético? Cabe, en efecto,
describirlo así, y acaso la expresión «percibirlo por sí mismo» sea
desorientadora. Sin embargo, existe cierta diferencia entre saborear la
misma experiencia perceptiva, y simplemente utilizarla por razones de
identificación, de clasificación o de acción ulterior, como hacemos de
modo habitual en la vida diaria cuando no contemplamos realmente el árbol,
sino que sólo lo percibimos con la claridad suficiente para identificarlo
como tal y rodearlo si se interpone en nuestro camino. La distinción sigue
siendo válida, y sólo el modo de describirla está sujeto a clarificación.
La actitud estética se distingue también de la cognoscitiva. Los
estudiantes familiarizados con la historia de la arquitectura, son capaces
de identificar rápidamente un edificio o unas ruinas, en cuanto a su época
de construcción y lugar de emplazamiento, a través de su estilo y de otros
aspectos visuales. Contemplan ante todo el edificio para aumentar sus
conocimientos, no para enriquecer su experiencia perceptiva. Este tipo de
habilidad puede ser importante y útil(2),
pero no guarda necesariamente correlación con la capacidad de disfrutar la
experiencia misma de la contemplación del edificio. La capacidad analítica
puede eventualmente incrementar la experiencia estética, pero también
puede ahogarla. Quienes se interesan por el arte en razón de algún
objetivo profesional o técnico, están particularmente expuestos a
distanciarse de la forma de contemplación estética propia del que se mueve
por intereses cognoscitivos. Esto nos lleva directamente a otra
distinción.
La forma estética de observar, es también ajena a la forma
personalizada de hacerlo, en la que el observador, en vez de contemplar el
objeto estético para captar lo que le ofrece, considera la relación de
dicho objeto hacia él. Quienes no prestan atención a la música, sino que
la utilizan como estímulo para su fantasía personal, son buena muestra de
esa audición no estética que a menudo pasa por serlo. En el célebre
ejemplo de Edward Bullough, el hombre que va a presenciar una
interpretación del Otelo y, en vez de concentrarse en la
representación, piensa sólo en la similitud entre la situación de Otelo y
el problema real que él mismo tiene con su mujer, no está viendo la
representación estéticamente. Esta actitud supone una implicación
personal, es una actitud personalizada, y la personalización inhibe
cualquier respuesta estética que el espectador pudiera haber tenido en
otro caso. Al contemplar algo estéticamente, respondemos al objeto
estético y a lo que puede ofrecernos, no a su relación con nuestra propia
vida(3)
La fórmula «no deberíamos llegar a sentirnos implicados personalmente»,
se utiliza a veces para describir este criterio; mas también esto es
desorientador. No significa que el aficionado al teatro no pueda
identificarse con los personajes que intervienen o sentirse vitalmente
interesado en lo que les sucede; significa solamente que ha de evitar que
cualquier implicación personal que pueda tener con los personajes o los
problemas de la obra, suplante la cuidadosa observación de la obra misma.
Esta diferencia podemos verla claramente si contrastamos el hecho de
vernos implicados en un naufragio, con la contemplación del mismo en un
documental o en una película. En el primer caso, haríamos todo lo posible
por salvarnos y ayudar a los demás. Mientras que en el segundo, sabemos de
antemano que los desastrosos sucesos ocurridos ya han tenido lugar y nada
podemos hacer por remediarlos; con lo que nuestra tendencia a responder a
la situación colaborando en ella, queda automáticamente anulada. Por mucho
que podamos identificarnos con las víctimas, no nos sentimos personalmente
implicados en ninguna forma orientada a la acción.
De lo dicho se sigue que muchos tipos de respuestas a los objetos,
incluidas las obras de arte, quedan al margen del campo de la estética.
Por ejemplo, el orgullo de su posesión puede interferirse con la respuesta
estética. La persona que reacciona con entusiasmo antes que sus invitados
a la reproducción de una sinfonía en su propio equipo estereofónico, pero
no reacciona a la interpretación de la misma sinfonía con un equipo
idéntico en el domicilio de su vecino, no da una respuesta estética. El
anticuario o el director de museo, que en la elección de una obra de arte
ha de tener presentes su valor histórico, fama, época, etc., puede
sentirse parcialmente influido por la estimación del valor estético, pero
su atención se desvía necesariamente hacia factores no estéticos. De modo
parecido, si una persona valora una pieza teatral o una novela en razón de
que puede encontrar en ella informaciones relativas a la época y lugar en
que fue escrita, está sustituyendo el interés en la experiencia estética
por el interés en adquirir conocimientos. Si una persona enjuicia
favorablemente determinada obra de arte porque encierra edificación moral
o porque «defiende una causa justa», está confundiendo la actitud moral
con la estética; lo que también ocurre si la condena por motivos morales y
no acierta a separar esta censura de su valoración estética de ella(4).
I.2. Otros
criterios de la actitud estética
También se han empleado otros términos para definir la actitud
estética. El «desprendimiento», por ejemplo, es una actitud que, a juicio
de algunos, permite distinguir la forma estética de contemplar las cosas,
de la forma no estética, pero ese término parece ser más desorientador que
útil. Al igual que la expresión «no sentirse personalmente implicado»,
suena como si el observador no hubiera de preocuparse demasiado de lo que
ocurre en el drama, o la sinfonía; siendo así que hay un sentido. como
hemos visto, según el cual estamos muy implicados en la tragedia de Edipo
cuando presenciamos Edipo Rey. Nos sentimos desprendidos sólo en
el sentido de que sabemos que se trata de un drama y no de la vida real(5),
y que lo que hay más allá del telón es un mundo distinto, al que no hemos
de responder como lo haríamos ante el mundo real que nos circunda. En este
sentido, estamos «desprendidos», pero no en el sentido de falta de
identificación con los personajes o de sentirnos totalmente absortos en el
drama.
El término «desinteresado» se usa también mucho para describir la
actitud estética, El desinterés es una cualidad del buen juez, que se
manifiesta cuando es imparcial. El juez puede estar personalmente
implicado, en el sentido de que estudia profundamente la solución de un
caso(6), pero, al dictaminar el caso, no ha
de estar personalmente implicado, en el sentido de que deberá evitar que
sus sentimientos o simpatías personales influyan sobre él o le
predispongan en cualquier forma. La imparcialidad en materias morales y
legales caracteriza sin duda lo que se ha dado en llamar «el punto de
vista moral»; pero no está nada claro en qué forma hemos de mostrarnos
desinteresados (es decir, imparciales) al contemplar un cuadro o escuchar
un concierto. ¿Hemos de ser imparciales como en un conflicto entre partes
contendientes? «Juzgar imparcialmente» tiene sentido; pero ¿qué significa
observar o escuchar imparcialmente? «Imparcial» es un término relacionado
con situaciones en que existe un conflicto entre partes litigantes; pero
no parece ser un término útil cuando intentamos describir la forma
estética de contemplar las cosas.
I.2.1. Relaciones
internas y externas
Un modo algo menos confuso de describir la experiencia estética, es
hacerlo en términos de relaciones internas versus externas.
Cuando contemplamos estéticamente una obra de arte o la naturaleza, nos
fijamos sólo en las relaciones internas, es decir, en el objeto estético y
sus propiedades; y no en su relación con nosotros mismos, ni siquiera en
su relación con el artista creador de él o con nuestro conocimiento de la
cultura de donde brota. La mayor parte de las obras de arte son muy
complejas y exigen nuestra total atención. El estado estético supone una
concentración intensa y completa. Se necesita una intensa conciencia
perceptiva; y tanto el objeto estético como sus diversas relaciones
internas(7) han de constituir el único foco
de nuestra atención. El estudiante que no está acostumbrado a contemplar
una figura humana desnuda, puede sentirse tan «distraído» mirando una
diosa desnuda en un cuadro, que no logre contemplar el cuadro
estéticamente. Debido a sus propios impulsos, es obstaculizado por las
relaciones externas(8) de tal manera que no
puede orientar adecuada mente su atención hacia el objeto y las relaciones
perceptivas internas a él. A veces la falta de consciencia de las
relaciones externas, se denomina «distancia estética» o «distancia
psíquica»; pero, una vez más, estas expresiones pueden resultar más
confusas que útiles debido al empleo metafórico del término «distancia»,
que implica que deberíamos mantener el objeto estético a cierta distancia.
Por otra parte, sí puede afirmarse que el espectador identificado con
Otelo adolece de falta de distancia, la persona que está procediendo
a su modo en la apreciación de una forma artística nueva para ella(9)
puede afirmarse que adolece de excesiva distancia. El sentido de la
metáfora «distancia» ha variado: en el primer caso, se refiere a la forma
no práctica de observar, y en el segundo a la falta de familiaridad, que
es algo completamente distinto(10).
I.2.2. El objeto fenoménico
Se han realizado también algunos otros intentos de distinguir la forma
estética de contemplar el mundo de todas las demás, o bien refiriéndola a
la actitud misma, o limitando el tipo de objetos hacia los que dicha
actitud habría de adoptarse.
La atención estética se orienta hacia el objeto fenoménico, no hacia el
objeto físico(11). Sin la presencia de un
objeto físico, como la pintura o el lienzo, no podríamos naturalmente
percibir ningún cuadro; pero la atención debe centrarse sobre las
características percibidas, no sobre las características físicas que hacen
posible lo percibido. Así, deberíamos concentrarnos sobre las
combinaciones de color en el cuadro, pero no sobre la forma en que ha de
mezclarse la pintura para producir ese color, ni sobre ninguna otra cosa
relacionada con la química de la pintura. Esto último dice relación a la
base física del objeto perceptivo (i. e., fenoménico), más que a lo
visualmente percibido, De modo similar, puede molestarnos el que no
logremos oír todos los instrumentos de la orquesta desde cierto lugar del
auditorium, cosa importante para la percepción estética, porque ésta
implica lo que oímos (o dejamos de oír). Pero, la investigación de la
causa física de esa deficiencia es una tarea rigurosamente física, que
supone conocimientos técnicos de acústica; y la acústica es una rama de la
física, no de la música.
Esta distinción es sin duda importante, y tiene al menos la utilidad
negativa de eliminar ciertas clases de atención como no estéticas(12).
Lo que no puede ser percibido (visto, oído, etc.) no es importante para la
percepción estética, porque no influye en la naturaleza de la
«presentación sensible» ante nosotros. El hecho de que el pintor haya
tenido que emplear un método muy difícil para hacer que su cuadro aparezca
«resplandeciente», es algo accesorio en la consideración estética; puede
hacer que admiremos al pintor por entregarse a una tarea tan difícil, pero
no puede hacernos admirar la pintura misma más que antes. Sin embargo, el
hecho de que la pintura acabada, tal como la percibimos, tenga un aspecto
«resplandeciente», es estéticamente importante, porque esto forma parte de
lo percibido. Pero aún no está del todo claro qué es exactamente lo que
incluye y excluye el criterio. Cuando fijo la atención en las
combinaciones cromáticas de un cuadro o en la armonía de las figuras,
estoy atendiendo claramente a fenómenos perceptivos; pero, ¿qué pasa si
también me gusta el cuadro a causa de su evidente humor; o la música, no
por ser rápida o lenta, sino por ser triste; o si me agrada un poema por
ser sentimental, sensiblero o «falso»? ¿Son estas cosas estéticas, o lo es
su aprehensión? Aunque no son características del objeto físico, ¿deberían
clasificarse como fenoménicas?
De hecho, ha habido una notable controversia sobre si la atención
estética se limita únicamente a lo perceptivo. En el caso de percibir la
combinación de color o la disposición formal de las partes en un cuadro,
indudablemente es así; nos concentramos sobre las cualidades percibidas
(o, de todas formas, perceptibles) del objeto estético. Pero, ¿tiene que
haber en todos los casos un objeto perceptivo para que sea posible la
atención estética? Concedido que cuando nos complacemos en el intenso
color, en la forma, el contorno e incluso la manifiesta delicadeza y
gracia de una rosa, se trata de algo perceptivo; mientras que cuando nos
fijamos en sus cualidades de lozanía o resistencia a la enfermedad, se
trata de algo distinto. Hasta aquí la distinción es clara. Pero cuando
decimos que una sinfonía es heroica, que una obra teatral es
melodramática, y que un cuadro se halla impregnado de joie de vivre,
¿no es también estética la clase de atención resultante de la descripción
anterior? Con todo, resulta difícil ver de qué modo es perceptiva la
«cualidad heroica». Sin duda la captamos (en caso de hacerlo) observando
las cualidades percibidas de la música; pero es también a través de la
percepción como nos hacemos conscientes de las cualidades físicas de un
objeto, que se consideran irrelevantes para la atención estética.
Cuando celebramos o apreciamos la elegancia de una demostración
matemática, podría parecer que nuestro goce es estético, aunque el objeto
de tal goce no sea perceptivo en absoluto; es la compleja relación entre
ideas o proposiciones abstractas, y no los trazos hechos en el papel o en
la pizarra, lo que captamos estéticamente. Podría parecer que la
apreciación de la nitidez, elegancia o economía de medios es estética bien
sea dada en un objeto perceptivo (como una sonata) o en una entidad
abstracta (como una prueba lógica); de ser esto así, el ámbito de la
estética no podría limitarse a lo perceptivo.
Por otra parte, ¿qué decir del arte literario? Nadie desearía afirmar
que nuestra apreciación de la literatura es no-estética; y, sin embargo,
el «objeto estético», en el caso de la literatura, no consta de
percepciones visuales o auditivas. No son los sonidos o su representación
gráfica lo que constituye el medio de la literatura, sino sus
significados; y los significados no son objetos o percepciones
concretas. En este aspecto, la distinción entre la literatura y todas las
demás artes es enorme; hasta el punto de que las artes auditivas y
visuales han sido llamadas artes sensoriales(13)
para distinguirlas de la literatura, que es un arte ideo-sensorial(14).
Puesto que la lectura de las palabras evoca imágenes sensibles en la mente
del lector, de suerte que en definitiva se producen percepciones(15),
se ha insinuado que la literatura es realmente sensorial. Sin embargo,
esta insinuación resulta difícilmente sostenible, porque muchos lectores
pueden leer apreciativa e inteligentemente sin que en su mente se hayan
evocado imágenes visuales ni de cualquier otro tipo. ¿Será esto razón
suficiente para considerar la atención de tales lectores como no-estética?
Podría parecer que el lector de literatura debe, al menos, fijar su
atención en las palabras y en sus «significados»(16);
pero éstas no son percepciones en el sentido en que lo son los colores,
las figuras, los sonidos, los sabores y los olores. La inclusión de la
literatura en la categoría de lo perceptivo, recurriendo a la teoría de
que evoca algunas imágenes, constituye un desesperado intento de acomodar
los hechos a la teoría. Sin embargo, la exclusión de la literatura como
algo ajeno a la atención estética debido a su carácter no perceptivo,
parecería ser un primer caso de lanzamiento de la criatura junto con el
agua del baño.
I.2.3. Modalidad sensorial
Dentro del campo de los sentidos, no han faltado intentos de reducir el
área de la atención estética por medio de la modalidad sensorial; sobre
todo, de incluir la vista y el oído como aceptables, y de excluir el
olfato, el gusto y el tacto(17) como
inaceptables para la atención estética. Pero esta tendencia parece abocada
también al fracaso. ¿Qué razón podría darse para negar que el placer del
olfato, el gusto y el tacto es estético? ¿Acaso el placer de la olfacción
de una rosa o de la degustación de un vino no es estético? Podemos gozar
de sabores y olores exactamente lo mismo que de imágenes y sonidos; por sí
mismos o, si se prefiere, por el goce que nos procuran. Verdad es que las
obras de arte, en su totalidad, no han sido realizadas en medios distintos
de los visuales y auditivos; por ejemplo, no tenemos «sinfonías olorosas».
Hay varias razones para ello:
1) Resulta más difícil en este campo separar lo práctico de lo no
práctico; por ejemplo, separar el placer de la toma de alimento porque
sentimos hambre, del placer de ese alimento porque nos sabe bien. Los
sentidos «inferiores» se hallan tan estrechamente vinculados a la
satisfacción de las necesidades corporales, que es difícil aislar el goce
estrictamente estético derivado de ellos(18).
2) En lo perceptivo, aunque no en lo físico, los datos de los sentidos
«inferiores» son menos complejos, de suerte que los elementos percibidos
no se prestan a la compleja disposición formal tan característica de las
obras de arte. En una serie de olores y sabores hay un «antes» y un
«después», pero apenas hay otra cosa que este orden estrictamente serial;
es decir, no hay ninguna «armonía» o «contrapunto». Sin embargo, los
colores y los sonidos incluyen un orden complejo, que nos permite
establecer sutiles distinciones entre la infinidad de sensaciones visuales
y auditivas.
Este tipo de distinción hace factible la aprehensión de una gran
complejidad formal en obras de arte visuales y auditivas, imposible de
captar por observadores humanos en las demás modalidades sensoriales. En
este campo, nos referimos a un orden fenomenal más que físico, porque hay
correlatos físicos exactos para los olores experimentados, como los hay
también para los sonidos (tono, volumen, timbre) y los colores (matiz,
saturación, claridad). Pero si no pueden hacerse distinciones precisas
entre estos datos sensoriales en el caso del olfato y el gusto, son
inútiles para el uso de los perceptores humanos, aunque exista un orden
exacto de correlatos físicos igual para todos ellos.
I.3.
NEGACIONES DE ACTITUDES ESTÉTICAS DISTINTAS
Algunos escritores han desesperado de encontrar criterios para
distinguir la actitud estética de los demás tipos de actitudes. Por
ejemplo, algunos estéticos han negado que haya una actitud propiamente
estética(19). Y encuentran la
característica distintiva de lo estético, no en determinada actitud,
experiencia o modo de atención que pueda tener el observador, sino en las
razones que da para respaldar sus juicios: es decir, razones estéticas,
razones morales, razones económicas, etc. Aunque la mayoría de los
teóricos de la estética admiten la existencia de razones propiamente
estéticas, van más lejos y sostienen que tales razones presuponen un tipo
de actitud o atención hacia los objetos(20)
que, aun siendo difícil de identificar exactamente, y todavía más difícil
de explicar verbalmente sin ambigüedades, existe en realidad y diferencia
esta forma de atención de todas las otras.
También se ha sostenido que no hay una actitud propiamente estética, a
menos que se la defina simplemente como «prestar cuidadosa atención» a la
obra de arte (o naturaleza) en cuestión(21).
No se da ninguna atención especial a objetos susceptibles de ser llamados
estéticos; sólo se da el hecho de «prestar cuidadosa atención a las
cualidades del objeto», en contraste con el hecho opuesto. Según esta
concepción, podemos acercarnos a una obra de arte por diversos motivos,
susceptibles de distinguirse unos de otros; pero no hay ningún tipo
especial de atención, en la contemplación de una pieza teatral, que
distinga, por ejemplo, al espectador del director escénico o del
dramaturgo autor de las ideas: el tipo de atención es el mismo en todos
los casos, es decir, todos deberían centrarse cuidadosamente en el objeto
estético. La distinción entre contemplar estética y no estéticamente
resulta ser, en rigor, una distinción motivacional no perceptiva.
Notas
1. Las necesidades de nuestra vida actual son tan
imperativas, que el sentido de la vista se ha ido especializando
cuidadosamente al servicio de ellas. Con una admirable economía,
aprendemos a ver sólo lo necesario para lograr nuestros objetivos; pero lo
que vemos es muy poca cosa, justo lo suficiente para reconocer e
identificar cada objeto o persona; hecho esto, pasan a un compartimento de
nuestro catálogo mental y ya nunca más los vemos realmente. En la vida
actual, la persona ordinaria sólo lee en realidad los rótulos, por decirlo
así, de los objetos que la rodean, sin tomarse otra molestia. Casi todas
las cosas que son útiles de algún modo, se ponen encima más o menos este
casquete de ínvisibilidad. Sólo cuando un objeto existe en nuestras vidas
sin más objetivo que el de ser visto, es cuando realmente lo contemplamos,
como, por ejemplo, un adorno chino o una piedra preciosa; y hasta la
persona más normal adopta para con él, en alguna medida, la actitud
artística de pura contemplación abstraída de la necesidad (Roger Fry,
Vision and Design, págs. 24-25).
2. En los exámenes, por ejemplo.
3. Esto último ocurre a menudo, y no es
necesariamente indeseable, pero debería distinguirse cuidadosamente de la
respuesta estética.
4. Esto puede pasarles, sobre todo, a personas que
nunca han contemplado estéticamente un objeto, sino sólo como vehículo de
propaganda, ya sea moral, política o de cualquier otra índole.
5. 5 Aunque puede haber dramas de la vida real.
6. Por ejemplo, quién cuidará de los hijos en un
caso de divorcio.
7. Internas a él, se entiende.
8. Las externas a la obra de arte, se entiende.
9. ' Como una sinfonía, sí sólo está acostumbrada a
oír una melodía suelta.
10. Ambigüedades de este tipo se advierten en el
famoso artículo de Edward Bullough titulado «Psychical Distance», y hacen
el término «dístancia» más confuso que útil, porque la misma palabra es
empleada para designar diferentes tipos de actitud, que han de
distinguirse cuidadosamente.
11. Monroe C. Beardsley, Aesthetics, cap.
1.
12. Por ejemplo, la del ingeniero cuando trata de
corregir la acústica del auditorium.
13. Que constan de representaciones sensibles a la
vista y al oído.
14. " T. E. Jessop, «The Definition of Beauty»,
PAS, vol. 33, 1932-1933, págs. 170-171.
15. Imaginarias, pero sensibles, como en los sueos.
16. Algunos dirían que sólo en las palabras en
cuanto vehículos de sus significados.
17. Los sentidos «inferiores».
18. En el caso del vino, sin embargo, puede
argüirse que ordinariamente no lo bebemos por estar sedientos, sino
simplemente por el placer mismo de beberlo.
19. J. O. Urmson, «What Makes a Situation Aesthetic?»,
PAS, Suppl., vol. 31, 1957.
20. Es decir, una forma de percepción.
21. George Dickie, «The Myth of the Aesthetic
Attitude», American Philosophical Quarterly, vol. I, n. 1, 1964, págs.
56-65.