Porque tampoco el artista puede transcribir lo que ve;
sólo puede trasladarlo a los términos de su procedimiento, de su medio.
También él está estrictamente atado al registro de tonos que su medio
puede proporcionar. Cuando el artista trabaja en blanco y negro esta
transposición se ve fácilmente. Por casualidad, tenemos dos dibujos hechos
por Constable casi desde el mismo punto. En uno (ilustración
7) parece haber usado un lápiz de punta más bien dura. Tenia por
consiguiente que ajustar todas sus gradaciones a lo que es objetivamente
un registro muy estrecho de tonos, desde el caballo negro en primer plano
hasta los lejanos árboles a través de los cuales parece transparentarse la
luz del cielo, según la representa el papel grisáceo. En un dibujo
posterior (ilustración
8) usó un medio más oscuro y más tosco que permitía un contraste más
violento. Pero lo que aquí llamamos «contraste» es de hecho una diferencia
muy pequeña en la intensidad de la luz reflejada desde zonas diferentes
del dibujo. El mismo paisaje lo representó en un boceto al óleo (ilustración
9), actualmente en Oxford, en el que las gradaciones tonales son
traspuestas a zonas coloreadas. ¿Reproduce pues el cuadro lo que el
artista tenía ante los ojos?
Es tentador pensarlo. ¿Por qué no podría el pintor ser
capaz de imitar los colores de cualquier objeto, si el escultor de figuras
de cera ejecuta su truco tan notablemente bien? Ciertamente el pintor lo
puede, si está dispuesto a sacrificar el aspecto del mundo visible que
probablemente le interesa más, el aspecto de la luz. Cuando decimos que
una imagen se parece exactamente a su prototipo queremos significar
usualmente que los dos objetos no se distinguirían si los viéramos uno al
lado del otro en la misma luz. Situémoslos en luces diferentes y la
semejanza desaparecerá. Si la diferencia es pequeña podemos todavía
restaurar el ajuste abrillantando los colores del objeto que tiene menos
luz, pero no podremos si uno está al sol y el otro a la sombra. No es
gratuito el que desde tiempos antiguos se haya recomendado a los pintores
que tengan talleres encarados al norte. Porque si el pintor de un retrato
o de un bodegón espera copiar el color de su motivo zona tras zona, no
puede permitir que un rayo de luz interfiera en su trabajo. Imaginemos que
está copiando un mantel blanco con el más blanco de sus blancos, ¿cómo
podría su paleta proporcionar la claridad suplementaria de una mancha de
sol o el brillo de un reflejo centellante? Al pintor de paisaje le sirve
todavía menos la imitación literal. Recordemos una vez más los apuros del
fotógrafo. Si quiere que admiremos las maravillosas tonalidades otoñales
que fotografió en su última excursión, nos meterá en el cuarto oscuro
donde proyectará sus transparencias en una pantalla de plata. Sólo la luz
extraída de la lámpara proyectora, con ayuda de la adaptabilidad de
nuestros ojos, le permitirá alcanzar el registro de intensidades lumínicas
de que gozó en la naturaleza.
Se da el caso de que el propio Constable tuvo ocasión de
comentar un recurso parecido. En una carta describe el nuevo invento
llamado «diorama», que se exponía en los años veintitantos. «Es en parte
una transparencia; el espectador está en una cámara oscura, y es muy
agradable, y tiene mucha ilusión. Queda fuera del redil del arte, porque
su objeto es el engaño. El arte agrada recordando, no engañando.»
De escribir hoy, Constable habría usado probablemente la
palabra «sugiriendo». El artista no puede copiar un césped soleado, pero
puede sugerirlo. Cómo lo haga exactamente en cada ejemplo particular es su
secreto, pero la palabra de conjuro que posibilita esta magia la saben
todos los artistas: es «relaciones».
Ningún crítico profesional ha visto la naturaleza de este
problema con más claridad que un famoso artista aficionado que se dedica a
la pintura como pasatiempo. Pero no se trata de un aficionado ordinario,
sino de Winston Churchill:
«Sería interesante que alguna auténtica autoridad
investigara con cuidado el papel que la memoria desempeña en el pintar.
Miramos al objeto con una mirada fija, luego a la paleta, y en tercer
lugar a la tela. La tela recibe un mensaje enviado desde el objeto
natural, usualmente unos pocos segundos antes. Pero en route ha
pasado por una oficina de correos. Se ha transmitido en cifra. Se le ha
transformado de luz en pintura. Llega a la tela como un criptograma. En
tanto no se le ha colocado en su correcta relación con todo lo demás que
hay en la tela no se le puede descifrar, no resulta aparente su sentido,
no se le ha vuelto a traducir desde el mero pigmento a la luz. Y
entonces la luz no es ya la de la naturaleza, sino la del arte.»
Yo no soy la «auténtica autoridad» sobre la memoria a la
que apela Churchill para una explicación de este misterio, pero me parece
que no podremos atacar este aspecto hasta haber aprendido algo más sobre
esa «transmisión cifrada» de la que él habla.
II
No estoy seguro de que nunca nos sorprendamos todo lo que
debiéramos de nuestra capacidad para leer imágenes, es decir, para
descifrar los criptogramas del arte. Para Churchill la «oficina de
correos» y su código cifrado no eran más que una brillante metáfora, pero
no estaría mal que la tomáramos literalmente. Después de todo, las
oficinas de correos (en Inglaterra al menos) transmiten información
visual, tal como diagramas meteorológicos y fotografías, mediante el
telégrafo y la radio, y para hacerlo tienen realmente que «cifrarla» en
sistemas simples de señalización. Los detalles técnicos de este proceso no
tienen por qué interesarnos; basta decir que una imagen sencilla pero
aprovechable puede traducirse a un conjunto de unidades iguales que están
o llenas o vacías. Cualquier gran anuncio callejero compuesto de bombillas
eléctricas es un ejemplo de este principio: una notación de lo que tiene
que estar «apagado» o «encendido» creará la configuración lumínica
deseada. La fotografía telegrafiada y la misma pantalla de televisión,
producidas como están por las variadas intensidades de un rayo que recorre
el campo, ilustran el principio en cuestión. Pero antes de que me
encuentre metido en terrenos en los que me muestre demasiado ignorante,
prefiero retirarme al menos arriesgado ejemplo de las formas de arte en
las que esta creación de criptogramas puede estudiarse con mayor
facilidad. En muchos procedimientos artísticos se aplica el principio del
«encendido» y «apagado»: recordemos ciertos tipos de bordado o de encaje
en que los agujeros de la trama se llenan o se dejan vacíos,
proporcionando perfectas imágenes de hombres y animales (ilustración
10). En un medio tal no importa si los cuadrados llenos representan
«figura» o «fondo». Lo único que cuenta es la relación entre las dos
señales.
Tal vez fuera alguna técnica textil en la que la inversión
de las relaciones era frecuente y automática lo que primero descubrió a
los artesanos que la imagen negativa es tan fácil de descifrar como la
positiva. Es bien sabido que los pintores de vasos griegos usaron este
principio de inversión cuando pasaron de la técnica temprana de las
figuras negras al estilo de las figuras rojas, en el que se reserva para
la figura la tonalidad de la arcilla cocida (ilustración
11). Sabían que lo necesario para destacar la forma interesante del
fondo sin interés es la relación de contraste, de «sí» o «no»,
prescindiendo de la dirección del cambio.
Los griegos siguieron adelante a partir de allí y
desarrollaron los criptogramas para la forma del volumen, no ya para la
silueta plana, o sea el código de tres tonos para el «modelado» en luz y
sombra que permaneció como básico en todos los posteriores desarrollos del
arte occidental. El sistema recibe un buen ejemplo en un vaso del sur de
Italia, donde la forma de la cabeza es «realzada» con pintura blancuzca en
un lado del vaso para sugerir la luz y «sombreada» con un tono más oscuro
en el lado opuesto (ilustración
12). En vez de que un mero «sí» indique la forma deseada, tenemos el
tono neutral y sus dos modificaciones hacia la luz y la oscuridad.
Ningún procedimiento mejor que el del mosaico para
ilustrar el carácter de código cifrado de esta gradación. Cuatro tonos
graduados de teselas bastarán para que los mosaístas de la antigüedad
clásica sugieran las relaciones básicas de la forma en el espacio.
Confieso ser lo bastante ingenuo para admirar esos simples ardides de los
artesanos que pavimentaron con sus mosaicos las villas y los baños a
través del Imperio romano (ilustración
13). Ejemplifican los criptogramas relacionales que siguieron
utilizándose en el arte occidental, el contraste entre figura y fondo por
una parte y, dentro de la figura, las modificaciones del «color local»
mediante el simple «más» o «menos» de luz.
El hecho es que nos hemos vuelto tan obedientes a las
sugestiones del artista que nos adaptamos con perfecta facilidad a la
notación en la que líneas negras indican a la vez la distinción entre
fondo y figura y las gradaciones de sombreado que se han hecho
tradicionales en todas las técnicas gráficas. El grabado en madera de
La caída, de Baldung Grien (ilustración
14), nos parece perfectamente completo y legible en su notación de
blanco y negro. Tanto más interesante resulta estudiar el efecto adicional
de la segunda plancha (ilustración
15), uno de los primeros ejemplos de la técnica del grabado en madera
con claroscuro. Rebajando la tonalidad del fondo el artista puede ahora
utilizar el blanco del papel para indicar la luz. La ganancia obtenida
mediante esta modesta extensión del registro es asombrosa, ya que esas
indicaciones de luz no sólo aumentan la sensación de modelado sino que nos
comunican lo que llamamos «textura»: la manera como se comporta la luz al
dar en determinada superficie. Sólo en la versión en claroscuro del
grabado, por consiguiente, obtenemos la «sensación» del escamoso cuerpo de
la serpiente.
La relación en tres grados se ha acreditado ciertamente
como un instrumento ideal para que el arte occidental explorara nuestra
reacción ante la luz. Pero también somos capaces de leer un sistema de dos
grados a la inversa, por así decir. Artistas como Urs Graf experimentaron
con éxito una técnica que elimina toda indicación de sombreado y sólo
expresa la incidencia de la luz (ilustración
17) en contraste con un fondo oscuro. Nuestra reacción a las
relaciones hace que esta curiosa notación parezca perfectamente «natural».
El hecho de que todas las técnicas gráficas operen con una
notación convencional es, naturalmente, un hecho familiar, pero al llegar
a la pintura se encuentra todavía cierta dosis de confusión en las ideas
del público y de los críticos acerca de lo que entendemos por «fiel al
natural». La tarea del pintor, con sus muchos colores, parece enormemente
más fácil que la del artista gráfico, con sus limitados criptogramas. En
realidad es más compleja. Su propósito de «imitación» puede atravesarse en
el camino de la información básica sobre relaciones, que necesitamos para
nuestro desciframiento. Debo confesarme culpable de compartir esta
confusión en La historia del arte, cuando cité una muy conocida
anécdota sobre Constable y su cliente, George Beaumont: «El cuento dice
que un amigo le sermoneó porque no daba a su primer plano el requerido
pardo saturado de un viejo violín, y que entonces Constable tomó un violín
y lo dejó entre la hierba, para mostrar a su amigo la diferencia entre el
verde fresco que vemos y los tonos calientes exigidos por la convención.»
Fue un gesto divertido, pero evidentemente no debemos
concluir que Beaumont no se había fijado nunca en que la hierba es verde y
los violines son pardos, o que Constable hizo tan memorable
descubrimiento. Ambos sabían, naturalmente, que una tal equiparación
cromática es necia. Lo que se discutía era algo mucho más sutil: cómo
reconciliar lo que llamamos «color local» con el registro de gradaciones
tonales que el pintor de paisaje necesita para sugerir la profundidad.
Encontramos un eco de las discusiones sobre la cuestión en
una observación de Benjamin West consignada en The Farington Diary.
«Él piensa que Claude (ilustración
18) empezaba sus cuadros estableciendo simples gradaciones de colores
planos desde el horizonte hasta lo alto del cielo, y desde el horizonte
hasta el primer plano, sin poner nubes en el cielo ni formas específicas
en el paisaje hasta tener bien sentadas aquellas relaciones. Cuando tenía
todo bien precisado a este respecto, pintaba las formas, y así conseguía
una gradación debida, desde la línea horizontal hasta lo alto de su cielo,
desde la línea horizontal hasta el primer plano. Smirke observó cuán
enteramente se evitaba todo color positivo, incluso en las ropas de las
figuras. Turner dijo que él se sentía a la vez contento y desgraciado
cuando miraba aquello, parecía encontrarse más allá de toda posibilidad de
imitación.»
Estos experimentos con gradaciones, desde un azul pálido
hasta un pardo suave, por los artistas de los siglos XVII y XVIII, le
enseñaron a George Beaumont cómo se sugerían la luz y la distancia en un
paisaje. El siglo XVIII había inventado incluso un artilugio mecánico para
ayudar al pintor en su transposición del color local a un registro más
estrecho de tonos. Consistía en un espejo incurvado con una superficie
tonalizada, al que con justicia se llamaba a veces el «espejo de Claude»,
y que se suponía cumplía la función que la fotografía en blanco y negro
cumple para nosotros, la de reducir la variedad del mundo visible a
gradaciones tonales. Que el método tenía sus méritos, no hay por qué
ponerlo en duda. Los maestros del siglo XVIII obtuvieron efectos muy
agradables con primeros planos de pardos cálidos y lejanías de fríos
azules plateados.
Al mirar el retrato de Reynolds de Lady Elizabeth Delmé y
sus hijos (ilustración
19), que está en la National Gallery de Washington, o incluso
el Paisaje con un puente de Gainsborough (ilustración
20), apreciamos el valor de una gradación uniforme basada en el pardo
del primer plano. Y en realidad, una ojeada a la Vista de la catedral
de Salisbury de Constable (ilustración
21) nos convence de que también él obtenía la impresión de luz y de
profundidad modulando tonos. La diferencia es sólo de grado. Constable
puso en tela de juicio la necesidad de encerrarse en una escala única.
Quería ensayar el efecto de respetar un poco más el color local de la
hierba, y efectivamente en su Wivenhoe Park le vemos empujando más el
registro hacia la dirección de los verdes claros. Sólo «hacia la dirección
de [...]», porque ni que decir tiene que si pusiéramos hierba fresca junto
a la tela, ésta seguiría pareciéndose más a un violín de Cremona. Es una
transposición, no una copia.
Una vez que nos hemos dado cuenta de este hecho básico, la
afirmación del maestro, de que todos los cuadros deberían mirarse como
experimentos de ciencia natural, pierde mucho de su carácter
desconcertante. Él intentaba producir en una tela lo que llamaba los
«evanescentes efectos del claroscuro natural», utilizando un medio que
excluye la identidad de la copia. Por ejemplo, al principio se daba una
resistencia contra tanto verde, que se creía desequilibraba la gradación
tonal requerida. Se cuenta una historia patética de una ocasión en la que
Constable formaba parte del jurado de la Royal Academy, de la que era
miembro, cuando por error uno de sus propios cuadros fue colocado en el
caballete para que lo juzgaran, y uno de sus colegas se precipitó a decir:
«Que se lleven ese verde asqueroso.» Pero también sabemos que cuando su
Carro del heno se expuso en París, los artistas franceses se sintieron
estimulados a repetir el experimento, y aclararon sus paletas. No
necesitamos más que pasear por cualquier galería para ver que al fin el
método de Constable encontró aceptación. Al verde no se le considera ya
«asqueroso». Sabemos leer cuadros mucho más claros, como los paisajes de
Corot (ilustración
22), y lo que es más, gozamos de la sugestión de la luz sin echar de
menos los contrastes tonales que se creían indispensables. Hemos aprendido
una nueva notación, y extendido el registro de nuestra conciencia visual.
Ésta es la lección principal que el historiador debería
aprender de las mediciones de los físicos. La verdad de un cuadro de
paisaje es relativa, y lo es tanto más cuanto más se atreve el artista a
aceptar el desafío de la luz. Grandes científicos, así Brücke en el siglo
XIX, sacaron incluso de este hecho la conclusión de que los pintores no
deberían atreverse con escenas soleadas. «Algo más de poesía y algo menos
de sol de mediodía resultaría muy saludable para nuestros modernos
pintores de paisaje», escribió en 1877. Ahora sabemos que se equivocaba,
pero nos resulta fácil saberlo. Los experimentos de los impresionistas nos
han convencido de que es posible superar esas limitaciones del medio: un
pintor como Monet (ilustración
23) es capaz de sugerir el efecto del sol de mediodía utilizando la
cegazón que produce al reverberar, y cuadros como esos ganarán incluso en
poesía por efecto del empeño del artista en lograr lo imposible. Para
vaticinar aquel logro, Brücke hubiera tenido que ser el mismo un artista
creador. Para un científico, sus objeciones eran perfectamente racionales.
Demasiado a menudo, el conflicto entre artista y público, entre tradición
e innovación, se cuenta sin atender a este simple hecho. Se nos muestra a
un lado el público cegato, nutrido de falsedades, y al otro lado el
artista, el que ve la verdad. Una historia basada en semejante falacia no
puede ser nunca buena. Y nada mejor, para ayudarnos a superar estas
limitaciones, que la descripción que hace Constable de la pintura de
paisaje como una investigación de las leyes naturales.
Sólo en un aspecto tendríamos tal vez que corregir su
formulación. Lo que un pintor investiga no son las leyes del mundo físico,
sino la naturaleza de nuestras reacciones ante el mismo. No le conciernen
las causas, sino la naturaleza de ciertos efectos. El suyo es un problema
psicológico: el de conjurar una imagen convincente a pesar de que ni uno
solo de sus matices corresponde a lo que llamamos «realidad». Para
entender este acertijo —en la medida en que puede decirse que hemos
llegado a entenderlo—, la ciencia tuvo que explorar la capacidad de
nuestras mentes para registrar relaciones más que elementos individuales.
III
La naturaleza no nos dotó de esta capacidad con el fin de
que produjéramos arte: al parecer nunca lograríamos orientarnos por el
universo si no tuviéramos esta sensibilidad para las relaciones. Así como
una melodía sigue siendo la misma en cualquier clave en que se la ejecute,
reaccionamos ante los intervalos lumínicos, ante lo que se ha llamado
«gradientes», más que ante la cantidad medible de la luz reflejada desde
un objeto dado. Y cuando digo «nosotros», incluyo a los polluelos recién
nacidos y a otros semejantes nuestros que con tanta amabilidad contestan a
las preguntas que los psicólogos les hacen. Según un experimento clásico
de Wolfgang Köhler, podemos tomar dos pedazos de papel gris, uno más claro
y otro más oscuro, y enseñar a los polluelos a esperar comida cuando ven
el más claro. Si luego hacemos desaparecer el papel oscuro y lo
reemplazamos por otro más claro todavía, las engañadas criaturas esperarán
la cena, no al ver el mismo papel con el cual la han esperado siempre,
sino al ver el papel con el cual la esperarían en términos de relaciones,
o sea con el más claro de ambos papeles. Sus cerebritos están acomodados a
gradientes más que a estímulos individuales. Las cosas no les andarían muy
bien si la naturaleza hubiera decidido otra cosa. Porque, ¿podría acaso un
recuerdo del estímulo exacto ayudarles a identificar el papel particular?
Difícilmente. Una nube pasando ante el sol cambiaría su claridad, y lo
mismo podría resultar de una inclinación de la cabeza, o de un enfoque
desde un ángulo distinto. Si lo que llamamos «identidad» no estuviera
anclado en una relación constante con el medio ambiente, se perdería en el
caos de danzantes impresiones que nunca se repiten.
Lo que alcanza nuestra retina, tanto si somos polluelos
como seres humanos, es una confusión de danzantes puntos luminosos que
estimulan los hilos y conos sensitivos destinados a enviar sus mensajes al
cerebro. Lo que vemos es un mundo estable. Hace falta un gran esfuerzo
imaginativo y un aparato considerablemente complejo para adquirir
conciencia del tremendo golfo que separa a una cosa de otra. Consideremos
cualquier objeto, un libro o un trozo de papel. Cuando lo recorremos con
la mirada nos proyecta en ambas retinas un juego vibrátil, nunca en
reposo, de luz de distintas longitudes de onda e intensidades. Apenas cabe
pensar que el esquema se repita nunca idénticamente: el ángulo desde el
que miramos, la luz, el tamaño de nuestras pupilas, todo esto habrá
cambiado. La luz blanca que una hoja de papel refleja cuando está vuelta
hacia la luz es mucho más intensa que la que refleja cuando está vuelta
hacia otro lado. No es que no notemos algún cambio; tenemos que notarlo
para poder hacernos una idea de la iluminación. Pero nunca tenemos
conciencia del grado objetivo de tales cambios a no ser que utilicemos lo
que los psicólogos llaman una «pantalla de reducción», en esencia un
agujero por el que podemos ver una mancha de color, pero que nos tapa sus
relaciones. Los que han usado ese mágico instrumento cuentan los más
extraños descubrimientos. Un pañuelo blanco a la sombra puede ser
objetivamente más oscuro que un pedazo de carbón al sol. Raramente
confundimos un objeto con otro porque en general el carbón será la mancha
más oscura en nuestro campo de visión, y el pañuelo la más clara, y la
claridad relativa es lo que importa y aquello de que tenemos conciencia.
El proceso de cifra del que habla
Winston Churchill empieza en el camino
desde la retina hasta nuestra mente consciente. El término que la
psicología ha acuñado para designar esta relativa insensibilidad a las
mareantes variaciones que se producen en el mundo que nos rodea es el de
«constancia». El color, la forma y la claridad de los objetos nos
permanecen relativamente constantes, aunque podamos notar alguna variación
al cambiar la distancia, la iluminación, el ángulo de visión, etc. Nuestro
cuarto sigue siendo el mismo cuarto desde la aurora al atardecer pasando
por el mediodía, los objetos que lo ocupan guardan sus formas y colores.
Sólo cuando nos ocupamos en determinadas tareas que suponen atención a la
incertidumbre de los aspectos adquirimos conciencia de la misma. No nos
pondríamos a apreciar el color de una tela nueva bajo una luz artificial,
y nos ponemos en el centro de la estancia cuando nos preguntan si un
cuadro está horizontal en la pared. Salvo esos raros casos, es asombrosa
nuestra capacidad para dar por descontadas las deformaciones, para hacer
inferencias sobre la única base de las relaciones. A todos nos es familiar
lo que ocurre en el cine, cuando nos dan un asiento lateral. Al principio
la pantalla y sus imágenes nos parecen tan deformes e irreales que
pensamos que lo mejor sería marcharnos. Pero a los pocos minutos ya
sabemos tener en cuenta nuestra posición, y las proporciones se reajustan.
Y lo mismo que con las formas ocurre con los colores. Una luz débil es
desconcertante al principio, pero gracias a la adaptación fisiológica del
ojo adquirimos en seguida el sentimiento de las relaciones, y el mundo
toma su aspecto familiar.
Sin esta facultad, del hombre como de todo animal, para
reconocer identidades a través de las variaciones de diferencia, para
tener en cuenta los cambios de condiciones, y para preservar el marco de
un mundo estable, el arte no podría existir. Cuando abrimos los ojos
debajo del agua reconocemos objetos, formas y colores, aunque a través de
un medio desacostumbrado. La primera vez que vemos un cuadro lo vemos en
un medio desacostumbrado. Y esto no son meros juegos de palabras. Las dos
capacidades se interrelacionan. Cada vez que nos encontramos con un tipo
de transposición desusado, se da un breve momento de sobresalto y un
período de ajuste, pero es un ajuste para el cual disponemos del
mecanismo.
IV
Sospecho que en este orden de cosas se encuentra la
respuesta preliminar a la pregunta de hasta qué punto tenemos que aprender
a leer imágenes tales como los dibujos de línea o las fotografías en
blanco y negro, y de hasta qué punto dicha capacidad es innata. En la
medida en que puedo aseverarlo, las tribus primitivas que nunca han visto
imágenes tales no son siempre capaces de descifrarlas. Pero sería un error
concluir de ahí que el simbolismo de la fotografía es meramente
convencional. Al parecer se aprende con sorprendente celeridad, una vez
comprendida la naturaleza del ajuste requerido.
Creo que un hecho parecido explica a la vez la dificultad
inicial y la subsiguiente facilidad para ajustarnos a nuevos tipos de
notación en pintura. Para ojos acostumbrados al estilo del Retrato de
Sonia de Fantin-Latour (ilustración
24), el Señora de Michel-Lévy de Manet (ilustración
25) debe de haber parecido al principio tan crudo y chillón como la
luz le parece al buzo.
Una vez más, en la correspondencia de Constable
encontramos rica documentación sobre esta dificultad que se cruza en el
camino del artista innovador. Una vez en que le han hablado de un pájaro
raro, un comprador en perspectiva de un paisaje suyo, el amargado pintor
escribe: «¿No haría yo mejor pegoteando la tela con barro y hollín, ya que
el hombre es un entendido, y a lo mejor prefiera suciedad y porquería a
frescor y belleza?» En otra parte escribe: «Las telas borrosas y puercas
reemplazan a las propias obras de Dios.» Al estar empeñado en expresar la
luz, no podía menos de deplorar y despreciar los hábitos visuales del
público que tenía la mirada acomodada a la penumbra de los barnices
envejecidos. Su punto de vista, como sabemos, ha prevalecido. El barniz
amarillo que se extendía por encima de los cuadros del siglo XIX para
darles lo que se llamaba un «tono de galería» ha desaparecido junto con el
espejo de Claude. Nos han enseñado a mirar a la luz sin ponernos gafas
oscuras.
Pero sería algo temerario dar por sentado que esta
revolución nos ha entregado por fin la verdad y que ahora sabemos cómo
tienen que ser los cuadros. Constable tenía razón al deplorar los hábitos
visuales de quienes estaban acostumbrados a mirar telas sucias; y en este
sentido llegó hasta el punto de deplorar la fundación de la National
Gallery de Londres, que según él significaría «el fin del arte en esta
pobre vieja Inglaterra». Pero puede ser que hoy la situación se haya
invertido. La paleta más clara, los colores fuertes e incluso chillones a
que nos han acostumbrado el impresionismo y luego la pintura del siglo XX
(por no hablar de carteles y luces de neón), es posible que nos hayan
vuelto difícil el aceptar las tranquilas gradaciones tonales de estilos
anteriores. La National Gallery de Londres se ha convertido en foco
de discusión sobre el grado de reajuste a que tenemos que disponernos
cuando miramos cuadros antiguos.
Me atrevo a pensar que es excesiva la frecuencia con que
tal cuestión se describe como un conflicto entre los métodos objetivos de
la ciencia y las impresiones subjetivas de artistas y críticos. No se
trata de poner en duda la validez objetiva de los métodos usados en los
laboratorios de las grandes galerías, ni mucho menos la buena fe de
quienes los aplican. Pero puede argüirse que los restauradores, en su
labor difícil y cargada de responsabilidad, no tendrían que tener en
cuenta sólo la química de los pigmentos, sino también la psicología de la
percepción, la nuestra y la de los pollos. Lo que les pedimos no es que
devuelvan su color prístino a pigmentos individuales, sino algo
infinitamente más arduo y delicado: que conserven relaciones. Como
sabemos, es en particular la impresión de luz lo que descansa sobre
gradientes y no, según podría esperarse, sobre la luminosidad objetiva de
los colores. Siempre que observamos un brusco aumento en la claridad de un
tono, la aceptarnos como indicación de luz. Una pintura típicamente tonal,
como el Consejo a un joven artista de Daumier (ilustración
26), nos recuerda este hecho básico. El abrupto cambio de tono
introduce la luz solar en el penumbroso interior decimonónico. Estúdiese
el ingenioso efecto de la luz del día vertiéndose por el ojo del Panteón,
en el atractivo cuadro de Pannini (ilustración
27). Una vez más, es el recortado contorno de la mancha de luz lo que
crea la ilusión. Tápese dicho contorno, y la impresión de luz desaparecerá
en gran parte. Me han dicho que este hecho presenta un problema del que el
restaurador tiene que adquirir conciencia. En cuanto inicia el proceso de
limpieza, producirá una parecida diferencia de claridad, un gradiente
inesperado que dará la impresión de que la luz se derrama por el cuadro.
Es un efecto psicológico ingeniosamente explotado por un divertido cartel
del «National Clean-up Paint-up Fix-up Bureau» (ilustración
28). Pero yo no mandaría mis cuadros a esta admirable institución a
que me los limpiaran. Esa seductora impresión de luz de día disipando la
penumbra se forma en el interior de la imagen, y el gradiente que la causa
desaparecerá en cuanto quede terminada la limpieza. Por tanto, en cuanto
nos acomodamos a la nueva clave de claridad, las constancias recobran sus
derechos y la mente vuelve a su tarea condigna, la de apreciar gradientes
y relaciones. Nos adaptamos a diferentes barnices igual a como nos
adaptamos a diferentes condiciones lumínicas en la galería, siempre,
naturalmente, que no se estropee por completo la visibilidad. El brillo
añadido, me parece a mí, muchas veces se hunde otra vez en cuanto se ha
gastado la primera impresión. Es un efecto semejante, para mí en todo
caso, al de dar la vuelta al control de una radio pasando de la clave baja
a la alta. Al principio de la música parece adquirir un tono afilado, pero
también entonces reajusto mi expectativa y regreso a las constancias, pero
con la suplementaria preocupación de si todos los gradientes han sido
respetados y preservados por aquellos invisibles fantasmas, los ingenieros
del sonido.
Me temo que forma parte de la naturaleza de las cosas el
que el historiador desconfiará siempre del hombre de acción, en tales
asuntos difíciles y delicados. Nos consterna tanto como a otro cualquiera
el ver que se nos borran los documentos y se nos ensucian los cuadros,
pero nosotros sabemos también cuán poco sabemos del pasado. De una cosa
estamos absolutamente seguros: de que nuestras reacciones y nuestro gusto
tienen que diferir a la fuerza de los de pasadas generaciones. Si es
verdad que los victorianos se equivocaron tan a menudo, más razón tenemos
para creer que también nosotros erraremos muchas veces, a pesar del
perfeccionamiento de las técnicas. Sabemos, además, que no fue el siglo
XIX la única época para la que la brillantez cromática pareció
desagradable. Cicerón, por ejemplo, daba por evidente que un gusto
cultivado se cansa de tal brillantez, no menos que de un hartazgo de
dulce. «Con cuánta fuerza», escribe, «las pinturas no acostumbran a
atraernos al principio por la belleza y variedad de su colorido, y sin
embargo es la pintura vieja y ruda lo que retiene nuestra atención.» Más
significativo todavía es un pasaje en Plinio donde habla de la inimitable
manera que tenía Apeles de atenuar sus pigmentos con una transparencia
oscura «de modo que el brillo de los colores no hiera el ojo». No sabemos
qué grado de brillantez ofendía el gusto sensible de un griego del siglo
IV o de un romano del siglo I. ¿Pero es acaso concebible el que
testimonios famosos como éstos nunca indujeran a ningún maestro de los
siglos XVI o XVII a emular a Apeles, aplicando un barniz oscurecedor para
lograr una unidad tonal más sutil? Que yo sepa, nadie pretende siquiera
que nuestros métodos «seguros» de limpieza podrían descubrir la presencia
de un tal barniz, y mucho menos preservarlo. El hombre de acción, puesto
ante un cuadro que se estropea, está tal vez obligado a aceptar el riesgo,
pero ¿necesita negar que el riesgo existe?
La pregunta de qué aspecto tenían los cuadros cuando se
pintaron es más fácil de plantear que de contestar. Por suerte, tenemos
prueba supletoria en obras no desvaídas ni alteradas: me refiero en
particular a las obras del arte gráfico. Algunos grabados de Rembrandt (ilustración
29), creo yo, nos proporcionan una asombrosa lección práctica sobre lo
que es fiar de los tonos oscuros y de los contrastes apagados. ¿Es una
casualidad que el número de los aficionados al grabado sea ahora menor que
nunca? Quienes se han acostumbrado a la gran orquesta encuentran difícil
el ajustar sus oídos al clavicémbalo.
Haríamos bien en recordar que, en arte, las relaciones no
importan únicamente dentro de una pintura dada, sino también entre unos y
otros cuadros expuestos o vistos. Si, en la Frick Collection, pasamos de
mirar la Aldea con un molino entre árboles de Hobbema (ilustración
30) al Caballo blanco de Constable (ilustración
31), este último cuadro nos parecerá tan lleno de luz y de atmósfera
como Constable deseaba que lo viéramos. Pero si escogemos otro trayecto
por la galería y llegamos con la mirada ajustada a la paleta de la escuela
de Barbizon, de Corot (ilustración
22), por ejemplo, el cuadro de Constable parecerá eclipsado. Se
encuentra en la otra ladera de la sierra que, para nosotros, separa la
visión contemporánea de la del pasado.
La razón, creo, se encuentra precisamente en el papel que
nuestra expectativa desempeña en el desciframiento de los criptogramas del
artista. Llegamos ante las obras con nuestros receptores ya adaptados.
Esperamos que se nos presente cierta notación, cierta situación del signo,
y nos hemos preparado para hacerle frente. En esto la escultura es un
ejemplo incluso mejor que la pintura. Cuando nos colocamos ante un busto,
comprendemos lo que se espera que busquemos. Por lo regular, no lo
tomaremos por la representación de una cabeza cortada; nos introducimos en
la situación, y sabemos que aquello pertenece a la situación o convención
llamada «bustos», con la que nos hemos familiarizado desde la infancia.
Por la misma razón, tal vez, no echamos de menos el color en el mármol,
como no lo echamos de menos en una fotografía en blanco y negro. Todo lo
contrario. Muchas personas ajustadas de este modo sentirán una conmoción,
no necesariamente de placer, si descubren que un busto ha sido ligeramente
teñido. Un busto tal puede incluso parecerles desagradablemente imitativo
del natural, trascendiendo, por así decir, la esfera simbólica en la que
se esperaba que residiera, aunque objetivamente pueda estar alejadísimo de
la proverbial imagen de cera que a menudo nos causa desazón porque se sale
de la frontera del simbolismo.
Los psicólogos llaman «disposición mental» a tales niveles
de expectativa, y este concepto ocupará de nuevo nuestra atención en
futuros capítulos. Toda cultura y toda comunicación dependen de la
interacción entre expectativa y observación, de las ondas de cumplimiento,
de decepción, de conjeturas correctas y de gestos equivocados que
constituyen la vida de cada día. Cuando alguien entra en la oficina,
estaremos tal vez dispuestos a oírle decir «buenos días», y si se cumple
nuestra expectativa apenas lo notaremos. Si no dice «buenos días», acaso
reajustemos nuestra disposición mental y nos pongamos al acecho para otros
síntomas de grosería o de hostilidad. Uno de los problemas del extranjero
en un país es que le falta un marco de referencia que le permita medir con
seguridad la temperatura mental que le rodea. Un alemán esperará que le
estrechen la mano en ocasiones en que un inglés apenas hará una
inclinación de cabeza. Un campesino italiano puede escandalizarse ante el
traje de una turista, que a nosotros nos parece un modelo de decencia. Lo
que hay que tener presente es que, en esto como en todo, lo que cuenta es
el «más» o el «menos», la relación entre lo esperado y lo experimentado.
La experiencia del arte no escapa a esta norma general. Un
estilo, como una cultura o un estado de opinión, establece un horizonte de
expectativa, una disposición mental, que registra desviaciones y
modificaciones con sensibilidad exagerada. La historia del arte está llena
de reacciones que sólo pueden entenderse así. A los acostumbrados al
estilo que llamamos «Cimabue» (ilustración
32) y que esperaban se les presentara una notación similar, las
pinturas de Giotto (ilustración
33) llegaron con la conmoción de un increíble parecido al natural. «No
hay nada», escribe Boccaccio, «que Giotto no fuera capaz de retratar hasta
engañar al sentido de la vista.» A nosotros nos puede parecer raro, pero
¿no hemos experimentado una conmoción similar, en un nivel muchísimo más
bajo? Cuando el cine introdujo la «tercera dimensión», la distancia entre
lo esperado y lo percibido fue tan grande que muchos sintieron la
excitación de una ilusión perfecta. Pero la ilusión se gasta una vez que
la expectativa sube un peldaño; la damos por sentada y queremos más.
Para nosotros los historiadores, estos simples hechos
psicológicos presentan ciertas dificultades cuando discutimos la relación
entre el arte y lo que llamamos realidad. No podemos dejar de mirar el
arte del pasado con el telescopio del revés. Llegamos a Giotto
retrocediendo por la larga ruta que parte de los impresionistas y pasa por
Miguel Ángel y Masaccio, y por consiguiente lo que primero vemos en él no
es parecido al natural sino contención rígida y altura majestuosa. Ciertos
críticos, notablemente André Malraux, han concluido de ahí que el arte del
pasado nos está completamente cerrado, que sólo sobrevive como lo que él
llama «Mito», transformado y transfigurado según se le ve en los siempre
cambiantes contextos del caleidoscopio histórico. Yo soy un poco menos
pesimista. Creo que la imaginación histórica puede superar tales barreras,
que podemos adquirir receptividad para diferentes estilos tal como podemos
ajustar nuestra colocación mental a diferentes medios y diferentes
notaciones. Claro que se requiere algún esfuerzo. Pero me parece que este
esfuerzo vale eminentemente la pena, lo cual es una de las razones que me
han hecho elegir el problema de la representación como tema de estas
conferencias.