II
La National Gallery de Washington posee un
cuadro de paisaje ejecutado por un artista del siglo XIX que parece casi
hecho para arrojar claridad sobre la cuestión.
Se trata de una agradable pintura de George Inness,
El valle de Lackawanna (ilustración
37); sabemos por el hijo del artista que el cuadro fue encargado en
1855, para anuncio de un ferrocarril. Entonces no había más que una vía
entrando en el depósito de locomotoras, «pero el presidente de la compañía
se empeñó en que había que pintar cuatro o cinco, descargando su
conciencia con la afirmación de que el ferrocarril las tendría un día».
Inness protestó, y podemos ver que si finalmente cedió por mor de su
familia, púdicamente escondió el lugar de las inexistentes líneas detrás
de unos penachos de humo. Para él aquella zona era una mentira, y no había
modo de eliminarla con explicaciones estéticas sobre imágenes mentales o
verdades superiores.
Pero, hablando con propiedad, la mentira no estaba en
el cuadro. Estaba en el anuncio, si afirmaba por escrito o implícitamente
que el cuadro proporcionaba información exacta sobre lo que ofrecían las
estaciones del ferrocarril. En un contexto diferente, la misma imagen
habría podido ilustrar un aserto verdadero: por ejemplo, si el presidente
lo hubiera exhibido ante una junta de accionistas para hacer visibles
ciertas mejoras que deseaba realizar. En tal caso, incluso, las
inexistentes líneas pintadas por Inness habrían podido proporcionar a un
ingeniero alguna idea sobre el lugar en que emplazarlas. Habría servido
como esbozo o plano.
Los lógicos nos dicen (y no son gente fácil de
desmentir) que los términos «verdadero» y «falso» no se pueden aplicar más
que a enunciados, proposiciones. E invente lo que invente la jerga de los
críticos, una pintura no es nunca un enunciado en este sentido del
término. No puede ser verdadero o falso, así como una proposición no puede
ser azul o verde. Mucha confusión se ha producido en la estética por el
olvido de este simple hecho. Es una confusión comprensible porque en
nuestra cultura los cuadros suelen llevar un título, y los títulos, o las
etiquetas, pueden entenderse como enunciados abreviados. Cuando se dice
que «la cámara no puede mentir», tal confusión se hace flagrante. En
tiempos de guerra, la propaganda ha usado a menudo fotografias falsamente
rotuladas, para acusar o exculpar a uno de los bandos combatientes.
Incluso en ilustraciones científicas, es la leyenda lo que determina la
verdad de la imagen. En un célebre caso del siglo pasado, el embrión de un
cerdo, rotulado como embrión humano para demostrar cierta teoría de la
evolución, causó el derrumbre de una gran reputación. Sin necesidad de
reflexionar mucho, todos somos capaces de ampliar en forma de
proposiciones las lacónicas leyendas que encontramos en museos o libros.
Cuando leemos el nombre de «Ludwig Richter» debajo de un cuadro de
paisaje, sabemos que se nos informa así de que él lo pintó, y podemos
ponernos a discutir si la información es cierta o falsa. Al leer Tívoli,
deducimos que hay que tomar la imagen por una representación de aquel
lugar, y podemos también estar o no de acuerdo con la leyenda. Si estamos
de acuerdo y cómo lo estamos, en tal caso, dependerá en gran medida de lo
que deseemos saber sobre el objeto representado. El tapiz de Bayeux, por
ejemplo, nos dice que hubo una batalla en Hastings. No nos dice a qué «se
parecía» Hastings.
Pero el historiador sabe que la información que se
esperaba que proporcionaran las imágenes difería mucho en épocas
diferentes. No sólo en tiempos pasados las imágenes eran escasas, sino que
lo eran también las posibilidades de controlar sus títulos. ¿Cuántas
personas vieron jamás a su soberano en carne y hueso y lo bastante cerca
como para apreciar un parecido? ¿Cuántas viajaron lo suficiente como para
distinguir una ciudad de otra? No es de extrañar, entonces, que las
imágenes de personas y lugares cambiaran de título con un soberbio desdén
por la verdad. El grabado que se vendía en el mercado como retrato de un
rey era alterado para representar al sucesor o al enemigo.
Se encuentra un ejemplo famoso de esta indiferencia
hacia las leyendas verídicas en una de las más ambiciosas empresas
editoriales de los primeros tiempos de la imprenta: la llamada Crónica
de Nuremberg, de Hartmann Schedel, con grabados en madera de Wolgemut,
el maestro de Durero. ¡Qué oportunidad debería este libro dar al
historiador para que viera cómo era el mundo en tiempos de Colón! Pero a
medida que volvemos las páginas de aquel gran infolio, nos encontramos con
que el mismo grabado de una ciudad medieval reaparece con diferentes
leyendas, figurando Damasco, Ferrara, Milán y Mantua (ilustraciones
38 y 39). A no ser que estemos dispuestos a creer que aquellas
ciudades eran tan indiscernibles una de otra como puedan serlo hoy día sus
suburbios, tenemos que concluir que ni al editor ni al público le
importaban un bledo que las leyendas dijeran la verdad. Todo lo que se
esperaba que hicieran es convencer al lector de que aquellos nombres eran
de ciudades.
Esos criterios variables de ilustración y documentación
interesan al historiador precisamente porque puede verificar serenamente
la información proporcionada por imagen y leyenda sin verse prematuramente
envuelto en problemas de estética. Cuando lo debatido es la información
proporcionada por la imagen, la comparación con la fotografía
correctamente rotulada debe tener un valor evidente. Tres imágenes
topográficas, que representan varias aproximaciones a la postal perfecta,
pueden bastar como ejemplo de los resultados de tales análisis.
La primera (ilustración
40) muestra una vista de Roma extraída de una hoja de noticias alemana
del siglo XVI, informando de una inundación catastrófica cuando el Tíber
se salió de madre. ¿En qué lugar de Roma pudo el artista ver semejante
estructura de madera, un castillo con paredes blancas y negras, y una
cubierta puntiaguda como se las encuentra en Nuremberg? ¿Es también eso
una vista de una ciudad alemana, con una leyenda engañosa? Por extraño que
parezca, no lo es. El artista, fuera quien fuese, tuvo que hacer cierto
esfuerzo por retratar el escenario, ya que esa curiosa edificación resulta
ser el Castel Sant'Angelo de Roma, que guarda el puente sobre el Tíber. La
comparación con una fotografia (ilustración
42) muestra que el grabado incorpora un número no escaso de rasgos que
pertenecen o pertenecían al castillo: el ángel en la cubierta que le da su
nombre, la estructura central redonda, fundada sobre el mausoleo de
Adriano, y el recinto con los bastiones que sabemos que estaban allí (ilustración
41).
Tengo cierto cariño por este tosco grabado en madera,
porque su misma tosquedad nos permite estudiar el mecanismo de la
representación como en una película a cámara lenta. En este caso, no se
plantea siquiera la cuestión de si el artista se ha desviado de su motivo
con el fin de expresar su temperamento o sus preferencias estéticas. Es
dudoso, en realidad, que el diseñador viera nunca Roma. Probablemente
adaptó una vista de la ciudad para ilustrar la sensacional noticia. Sabía
que el Castel Sant'Angelo era un castillo, y por lo tanto seleccionó, del
cajón de sus estereotipos mentales, la imagen tópica adecuada para un
castillo: un Burg alemán, con su estructura de madera y su tejado
puntiagudo. Pero no se limitó a repetir su estereotipo: lo adaptó a la
función del momento incorporando determinados rasgos distintivos que sabía
que correspondían a aquel particular edificio romano. Con ello proporciona
cierta información, más allá de la mera existencia de un castillo junto a
un puente.
Una vez que nos hemos fijado en este principio del
estereotipo adaptado, lo encontramos incluso donde parece que menos
deberíamos esperarlo: en el lenguaje de las ilustraciones del natural, que
parecen mucho más flexibles y por consiguiente plausibles.
El ejemplo del siglo XVII, extraído de las vistas de
París por el conocido y diestro artista topógrafo Matthäus Merian,
representa Notre Dame y da, a primera vista, una versión perfectamente
convincente de esta famosa iglesia (ilustración
43). La comparación con el edificio real (ilustración
44), sin embargo, demuestra que Merian procedió exactamente del mismo
modo que el anónimo grabador alemán. Como hijo que era del siglo XVII, su
concepción de una iglesia era la de un majestuoso edificio simétrico con
grandes ventanales redondeados, y así dibuja Notre Dame. Coloca la nave
transversal en el centro, con cuatro grandes ventanas redondeadas a cada
lado, mientras que la realidad muestra agudas ventanas góticas al oeste y
seis en el coro. Una vez más, el retrato significa para Merian la
adaptación o ajuste de su fórmula o esquema para iglesias a un edificio en
particular mediante la adición de unos cuantos rasgos distintivos,
bastantes como para hacerlo reconocible e incluso aceptable para quienes
no buscan información arquitectónica. Si ocurriera que éste fuera el único
documento conservado para decirnos cómo era la catedral de París,
andaríamos bastante descaminados.
Un último ejemplo en esta serie: una litografia del
siglo XIX (ilustración
45), de la catedral de Chartres, hecha en el mejor momento del arte
topográfico inglés. Aquí, por fin, parece que podríamos esperar un
registro visual fiel. En comparación con los ejemplos anteriores, el
artista realmente da una buena cantidad de información exacta sobre el
famoso edificio. Pero al cabo resulta que tampoco él logra escapar de las
limitaciones que su época y sus intereses le imponen. Es un romántico para
quien las catedrales francesas son la flor suprema de los siglos góticos,
de los tiempos de la verdadera fe. Y por tanto concibe a Chartres como una
estructura gótica con ojivas, y no consigna los ventanales románicos
redondeados de la fachada oeste, para los que no hay lugar en su universo
de formas (ilustración
46).
No quisiera que se me entendiera mal. Con estos
ejemplos no pretendo demostrar que toda representación tiene que ser
inexacta, ni que todos los documentos visuales anteriores a la invención
de la fotografía nos engañan necesariamente. Está claro que si hubiéramos
señalado al artista su error, podría haber modificado su dibujo y
redondeado los ventanales. Mi tesis es más bien que lograr tal
coincidencia siempre será un proceso gradual, paso tras paso; el tiempo
que ocupe y lo dificil que resulte dependerá de la elección del esquema
inicial que hay que adaptar a la función de servir como retrato. Creo que,
a este respecto, los humildes documentos aducidos nos enseñan en efecto
mucho sobre el proceder de todo artista que desea consignar con fidelidad
una forma individual. No parte de su impresión visual, sino de su idea o
concepto: el anónimo artista alemán, de su concepto de un castillo que
adapta lo mejor que puede a aquel castillo en concreto; Merian, de su idea
de una iglesia; y el litógrafo, de su esterotipo de una catedral. La
información visual específica, los rasgos distintivos de que hablaba, se
apuntan, por así decir, en un impreso o formulario preexistentes. Y, como
tan a menudo ocurre con los formularios, si no prevén ciertas especies de
información que a nosotros nos parecen esenciales, tanto peor para la
información.
Por cierto que la comparación entre los formularios
administrativos y los estereotipos del artista no es ocurrencia mía. En la
jerga técnica medieval, un mismo término designaba ambas cosas, el
simile o esquema, que se aplica a los incidentes individuales tanto en
derecho como en las artes pictóricas.
Y exactamente como el abogado, o el estadístico, podría
argumentar que nunca lograría aprehender el caso individual sin alguna
especie de marco proporcionado por sus previsiones o formularios, también
el artista podría decir que no lleva a ninguna parte mirar un motivo a
menos que uno sepa cómo clasificarlo y apresarlo en la red de una forma
esquemática. Ésta, por lo menos, es la conclusión a la que han llegado
psicólogos que no sabían nada de nuestra serie histórica, pero que se
pusieron a investigar el procedimiento adoptado por cualquiera cuando
copia una «figura sin sentido», una mancha de tinta, por ejemplo, o una
zona irregular de color. En conjunto, parece que el procedimiento es
siempre el mismo. El dibujante empieza probando a clasificar la mancha y
encajarla en alguna suerte de esquema familiar: dirá, por ejemplo, que es
triangular o que parece un pez. Escogido el esquema que encaje
aproximadamente con la forma, pasará a ajustarlo, notando por ejemplo que
el triángulo es romo en lo alto, o que el pez termina en una coleta. El
acto de copiar, según enseñan tales experimentos, avanza siguiendo un
ritmo de esquema y corrección. El esquema no es producto de un proceso de
«abstracción», de una tendencia a «simplificar»; representa la primera y
amplia categoría aproximada que se estrecha gradualmente hasta encajar con
la forma que debe reproducir.
III
Otra cuestión importante resulta de estos estudios
psicológicos sobre el hecho de copiar: que es peligroso confundir la
manera en que se dibuja una cosa con la manera en que se la ve. «La
reproducción de las más simples figuras -escribe el profesor Zangwill-
constituye un proceso que no tiene nada de simple. Típicamente, el proceso
presenta un carácter esencialmente constructivo o reconstructivo, y en los
sujetos estudiados, la reproducción pasaba preeminentemente por la
mediación de fórmulas verbales y geométricas.»
|
|
|
47. Figura de un test, «ancla» |
Si una figura es proyectada en una pantalla durante un
breve momento, no podremos recordarla sin alguna clasificación adecuada.
La etiqueta que le pongamos influirá sobre la elección de un esquema. Si
tenemos la suerte de acertar con una buena descripción, tendremos más
éxito a la hora de reconstruirla. En una famosa investigación hecha por E
C. Bartlett, los sujetos tenían que dibujar de memoria tal «figura sin
sentido» (ilustración 47). Unos dijeron que era una piqueta y por
consiguiente la dibujaron con alas puntiagudas. Otros la tomaron por un
ancla y consiguientemene exageraron el tamaño del anillo. Sólo una persona
reprodujo la forma correctamente. Era un estudiante que había bautizado la
forma como «hacha de combate prehistórica». Tal vez había sido adiestrado
para clasificar ese tipo de objetos, y por tanto fue capaz de retratar la
figura que por casualidad correspondía con un esquema al que estaba
acostumbrado.
Cuando falta tal categoría preexistente, la deformación
se pone en marcha. Sus efectos se hacen especialmente divertidos cuando
los psicólogos imitan el juego de salón llamado «sacar consecuencias».
Así, E C. Bartlett hizo copiar y recopiar un jeroglífico egipcio hasta que
éste, gradualmente, tomó la forma y la fórmula usuales para un gato (ilustración
48).
Para el historiador del arte, estos experimentos tienen
interés porque le ayudan a clarificar ciertos fenómenos fundamentales. El
estudioso del arte medieval, por ejemplo, se encuentra constantemente
enfrentado con el problema de la tradición a través de la copia. Así, las
copias de monedas clásicas hechas por las tribus celtas y teutonas se han
puesto últimamente de moda como testimonios de la «voluntad de forma»
bárbara (ilustración
49). Se da por sentado que aquellas tribus rechazaron la belleza
clásica en favor del ornamento abstracto. Es posible que realmente no
fueran partidarias de las formas naturalistas, pero para afirmarlo
necesitaríamos otras pruebas. El hecho de que, a medida que era copiada y
recopiada, la imagen se iba asimilando a los esquemas de los artesanos
bárbaros, ejemplifica la misma tendencia por la que el grabado alemán
transformó el Castel Sant'Angelo en un Burg de madera. La «voluntad
de forma» es más bien una «voluntad de hacer conforme», la asimilación de
cualquier forma nueva a los esquemas y diseños que un artista ha aprendido
a manejar.
Los escribas nortumbrianos tenían una habilidad
maravillosa para el entrelazado de figuras y la formación de letras.
Confrontados con la tarea de copiar la imagen de un hombre, el símbolo de
san Mateo, procedente de una tradición muy distinta, se contentaron con
construir a partir de aquellas unidades que tan bien sabían manipular. La
solución en los famosos Evangelios de Echternach (ilustración
50) es tan ingeniosa que no podemos menos que admirarla. Es creativa,
no porque difiera del presunto prototipo -también el gato de Bartlett
difiere de la lechuza-, sino porque se enfrenta con el desafío de lo
desacostumbrado y lo resuelve de modo sorprendente y logrado. El artista
maneja las formas de letras del mismo modo que maneja su medio natural,
creando a partir de ellas, con completo aplomo, la imagen simbólica de un
hombre.
¿Pero acaso obró de modo muy distinto el diseñador del
tapiz de Bayeux (ilustración
34)? Estaba evidentemente adiestrado en los complejos entrelazados del
ornamento del siglo XI, y ajustó tales formas, en la medida en que lo
creyó necesario, para significar árboles. Dentro de aquel universo de
formas, su proceder fue a la vez ingenioso y consecuente.
¿Pudo obrar de otro modo? ¿Pudo insertar versiones
naturalistas de hayas o abetos si se lo hubiera propuesto? Al estudioso
del arte se le aconseja generalmente que no haga esta pregunta. Se da por
sentado que su obligación es buscar las explicaciones de los estilos en la
voluntad del artista y no en su habilidad. Por otra parte, al historiador
no le sirven de gran cosa las especulaciones sobre lo que «podría haber
ocurrido». Pero esta negativa a preguntarnos qué grado de libertad tienen
los artistas para modificar y cambiar su lenguaje, ¿no será una de las
razones por la que hemos adelantado tan poco en la explicación del estilo?
En el estudio del arte, no menos que en el estudio del
hombre, frecuentemente el mejor modo de revelar los misterios del éxito es
la investigación de los fracasos. Sólo una patología de la representación
nos permitirá ver los mecanismos que permitieron que los maestros
manejasen su instrumento con tanta seguridad.
No sólo tenemos que sorprender al artista cuando se
enfrenta con una tarea desusada que no le resulta fácil ajustar a sus
capacidades; necesitamos saber también si su finalidad era realmente
retratar. Dadas estas condiciones, podemos prescindir de la comparación
entre fotografía y representación que fue nuestro punto de partida. Ya
que, al fin y al cabo, la naturaleza es lo bastante uniforme como para
permitirnos juzgar el valor de la información de una pintura incluso
cuando no hemos visto nunca el ejemplar retratado. Los comienzos de un
reportaje ilustrado, por consiguiente, proporcionan otro caso de prueba en
el que no tenemos que albergar dudas sobre la voluntad, y podemos entonces
concentrarnos en la habilidad.
IV
Tal vez el ejemplo más antiguo de este orden se remonte
a más de 3.000 años atrás, a los comienzos del Imperio Nuevo en Egipto,
cuando el faraón Tutmosis induyó en su crónica pictórica de la campaña de
Siria un registro de plantas que había portado a Egipto (ilustración
51). La inscripción, aunque algo mutilada, nos dice que el faraón
afirma que esas representaciones son «la verdad». Sin embargo, a los
botánicos les resulta difícil ponerse de acuerdo acerca de qué plantas
pueden ser las allí reproducidas. Las formas esquemáticas no son lo
bastante diferenciadas como para permitir una identificación segura.
Un ejemplo todavía más famoso proviene del período
cumbre del arte medieval, de la obra de planos y dibujos del maestro de
obras gótico Villard de Honnecourt, que tanto nos enseña sobre la práctica
y la mentalidad de los hombres que crearon las catedrales francesas. Entre
los muchos dibujos arquitectónicos, religiosos y simbólicos, de
impresionante habilidad y belleza, que se encuentran en esa obra, hay un
dibujo curiosamente rígido de un león, visto defrente (ilustración
52). A nosotros nos parece algo así como una imagen ornamental o
heráldica, pero la inscripción de Villard nos dice que él la miraba a una
luz distinta: «Et saves bien qu'il fu contrefais al vif» [Sabed que
lo dibujé del natural]. Estas palabras, evidentemente, tenían para Villard
un sentido muy distinto del que tienen para nosotros. Sólo puede haber
significado que dibujó su esquema en presencia de un león real. A qué
cantidad de su observación visual dio entrada en su fórmula es asunto muy
distinto.
Una vez más, las hojas de aleluyas y noticias del arte
popular nos muestran en qué medida esta actitud sobrevivió al
Renacimiento. El texto que acornpaña a un grabado en madera alemán del
siglo XVI nos informa que allí vemos la «exacta contrafigura» de una
especie de langosta que invadió Europa en amenazadores enjambres (ilustración
53). Pero sería imprudente el zoólogo que infiriera de tal descripción
que existía entonces una especie de criaturas enteramente distintas de
todas las registradas después. El artista usó también un esquema familiar,
compuesto de animales que había aprendido a retratar, así como la fórmula
tradicional para las langostas, que conocía por un Apocalipsis en
el que se ilustraba la plaga de langostas. Tal vez el hecho de que en
alemán a la langosta se la llama Heupferd (caballo del heno) le
incitó a adoptar un esquema de caballo para representar el salto del
insecto.
La creación de un nombre así y la creación de la imagen
tienen, de hecho, mucho en común. Ambos actúan clasificando lo
desacostumbrado a partir de lo usual, o, más exactamente, por permanecer
en la esfera zoológica, creando una subespecie. Puesto que la langosta es
una especie de caballo, tiene que compartir algunos de sus rasgos
distintivos.
La leyenda de una estampa romana de 1601 (ilustración
54) es tan explícita como la del grabado alemán. Pretende que el
grabado representa una ballena gigante que aquel año el mar arrojó a la
ribera cerca de Ancona y que «fue dibujada exactamente del natural» («Ritratto
qui dal naturale appunto»). La pretensión sería más creíble si no
existiera un grabado anterior que registra una «primicia» similar en la
costa holandesa, en 1598 (ilustración
55). Pero, en fin, los artistas holandeses de finales del siglo XVI,
aquellos maestros del realismo, ¿debieron de ser capaces de retratar una
ballena? No del todo, al parecer, porque la criatura da la sospechosa
impresión de poseer orejas, y las más altas autoridades me certifican que
no existen ballenas con orejas. El dibujante tomó probablemente una de las
aletas de la ballena por una oreja, y por consiguiente la acercó demasiado
al ojo. También él se dejó desviar por un esquema familiar, el esquema de
la típica cabeza. Dibujar una visión desusada presenta dificultades
mayores de lo que acostumbra a creerse. Y ésta, supongo, fue la razón por
la que el italiano prefirió copiar su ballena de otro grabado. No tenemos
por qué poner en duda la parte de la leyenda que comunica las noticias de
Ancona, pero en cuanto a «copiar del natural» otra vez, no merecía la
pena.
A este respecto, el sino de las criaturas exóticas en
los libros ilustrados de los últimos siglos anteriores a la fotografía es
tan instructivo como divertido. Cuando Durero publicó su famoso grabado en
madera de un rinoceronte (ilustración
56), tenía que fiarse de informes de segunda mano que completó con su
imaginación, influida, indudablemente, por lo que sabía de la más célebre
de las bestias exóticas, el dragón con su cuerpo acorazado. Y sin embargo
se ha demostrado que esa criatura mitad inventada sirvió de modelo para
todas las imágenes del rinoceronte, incluso en libros de historia natural,
hasta el siglo XVIII. Cuando, en 1790, James Bruce publicó un dibujo del
animal (ilustración
57) en Travels to Discover the Source of the Nile, mostró con
arrogancia que lo sabía muy bien:
«El animal representado en este dibujo es natural de
Cherkin, cerca de Ras el Fil [...] siendo el primer dibujo de un
rinoceronte de dos cuernos que jamás se haya presentado al público. La
primera figura del rinoceronte asiático, la especie con un solo cuerno, la
pintó Alberto Durero, del natural. [...] Estaba asombrosamente mal
ejecutada en todas sus partes, y fue origen de todas las monstruosas
formas bajo las cuales se ha pintado a aquel animal, desde entonces. [...]
Varios filósofos modernos lo han corregido en nuestros días; Mr. Parsons,
Mr. Edwards y el conde de Buffon han dado buenas imágenes del natural;
cierto que tienen algunos defectos, debidos sobre todo a los prejuicios
preconcebidos y a la falta de atención. [...] Éste [...] es el primero con
dos cuernos publicado, está dibujado del natural, y es africano.»
Si hiciera falta una prueba de que la diferencia entre
el dibujante medieval y su sucesor del siglo XVIII es sólo de grado, aquí
se la podría encontrar. Porque la ilustración, presentada con tanto
alarde, no está ni mucho menos libre de «prejuicios preconcebidos» ni del
obsesivo recuerdo del grabado de Durero. No sabemos exactamente qué
especie de rinoceronte vio el artista en Ras el Fil, y es pues posible que
no sea del todo equitativa la comparación de su dibujo con una fotografía
tomada en África (ilustración
58). Pero me dicen que ninguna especie conocida por los zoólogos
corresponde al grabado que se pretende tomado al vif.
La historia se repite siempre que un ejemplar raro se
introduce en Europa. Incluso para los elefantes que pueblan las pinturas
de los siglos XVI y XVII se ha podido demostrar que derivan de unos
poquísimos arquetipos y que todos incorporan curiosos rasgos, a pesar de
que la información sobre los elefantes no era muy difícil de obtener.
Estos ejemplos representan, bajo una lente de aumento
un poco grotesca, una tendencia con la que el estudioso del arte ha
aprendido a contar. Lo familiar seguirá siendo siempre el más probable
punto de partida para la expresión de lo no familiar; una representación
existente fascinará siempre al artista, por mucho que se esfuerce en
registrar la verdad. Así, los críticos antiguos observaron que varios
famosos artistas de la antigüedad cometieron un extraño error al
representar caballos: los representaron con pestañas en el párpado
inferior, rasgo que pertenece al ojo humano pero no al del caballo. Un
oftalmólogo alemán, habiendo estudiado los ojos de los retratos de Durero,
que al lego le parecen triunfos de minuciosa exactitud, observa errores
semejantes. Al parecer, ni siquiera Durero sabía «cómo son» los ojos.
Esto no debería causarnos sorpresa, porque se ha
demostrado que el más grande de todos los exploradores visuales, el propio
Leonardo, cometió errores en sus dibujos anatómicos. Al parecer, dibujó
partes del corazón humano coherentes con las descripciones de Galeno pero
que él no pudo haber visto nunca.
|
|
|
59. Músculos del cuello |
El estudio de la patología aspira a acrecentar nuestro
conocimiento de la salud: el auge de los esquemas no impidió la aparición
de un arte de la ilustración científica que a veces logra concentrar en la
imagen incluso más información visual correcta de lo que daría una
fotografía. Pero los mapas diagramáticos de los músculos en nuestras
anatomías ilustradas (ilustración 59) no son «transcripciones» de cosas
vistas, sino obra de observadores diestros que construyeron una figura de
un ejemplar que años de paciente estudio les habían revelado.
Ahora bien, en esta esfera de la ilustración científica
es evidentemente sensato decir que los artistas de Tutmosis o el propio
Villard no hubieran logrado lo que el ilustrador moderno es capaz de
hacer. Les faltaban los esquemas adecuados, su punto de partida estaba
demasiado lejos del modelo natural, y su estilo era demasiado rígido como
para permitir un reajuste suficientemente flexible. Porque lo que
ciertamente se deduce de un estudio del retrato en el arte es en todo caso
esto: no se puede crear una imagen fiel a partir de la nada. Uno tiene que
haber aprendido el artilugio, aunque sólo sea de otras pinturas vistas.
V
En nuestra cultura, en la que las imágenes se dan con
tanta profusión, es difícil demostrar este hecho básico. En las escuelas
de arte se encuentran estudiantes recién ingresados con tanta facilidad
para representar motivos que parecen desmentir la afirmación. Pero quienes
han dado clases de arte en otros contextos culturales cuentan cosas muy
distintas. James Cheng, que enseñó pintura a un grupo de chinos
adiestrados en convenciones diferentes, me contó una vez una excursión con
sus alumnos para dibujar un lugar famoso por su belleza, uno de los
antiguos portales de Pekín. La tarea propuesta los dejó perplejos. Por
fin, un estudiante pidió que se le facilitara una postal del edificio,
para tener por lo menos algo que copiar. Son relatos como éste, relatos de
rupturas, los que explican por qué el arte tiene una historia y los
artistas necesitan un estilo adaptado a una tarea.
No puedo ilustrar aquel incidente revelador. Pero la
suerte nos permite estudiar lo que pudiéramos llamar el estadio siguiente:
el ajuste del vocabulario tradicional del arte chino a la desusada tarea
del retrato topográfico en el sentido occidental. A lo largo de varios
decenios, Chiang Yee, un escritor y pintor chino de gran talento y
simpatía, nos ha encantado con los contemplativos apuntes de The Silent
Traveller, colección de libros en los que refiere sus encuentros con
escenarios y gentes del campo inglés e irlandés y de otros lugares. Tomo
una ilustración (ilustración
60) del volumen sobre el distrito de los Lagos inglés.
Es una vista de Derwentwater. Aquí hemos cruzado la
línea que separa la documentación del arte. Chiang Yee evidentemente goza
con la adaptación del lenguaje chino a una nueva finalidad; quiere que por
una vez veamos el paisaje inglés «con ojos chinos». Pero precisamente por
esta razón es tan instructivo comparar su vista con una típica versión
«pintoresca» de la época romántica (ilustración
61). Vemos cómo el vocabulario relativamente rígido de la tradición
china opera como una pantalla selectiva que sólo admite los rasgos para
los que dispone de esquemas. El artista será atraído por motivos que
pueden verterse a su idioma. Mientras mira el paisaje, las visiones que
pueden ajustarse con éxito a los esquemas que ha aprendido a manejar
saltarán y se convertirán en centros de atracción. El estilo, como el
medio, crea una «disposición mental» por la cual el artista busca, en el
escenario que le rodea, ciertos aspectos que sabe traducir. La pintura es
una actividad, y por consiguiente el artista tenderá a ver lo que pinta
más que a pintar lo que ve.
Esta interacción entre estilo y preferencia es lo que
Nietzsche condensó en su mordaz comentario sobre las pretensiones del
realismo:
«¡Fielmente y toda la naturaleza!»...
así es como el pintor comienza:
¿cuándo estaría en el cuadro la naturaleza acabada?
La pieza más pequeña del mundo es inacabable...
Al fin pinta sólo lo que a él le agrada.
Y ¿qué es lo que le agrada? Lo que es capaz de pintar.
En esta observación hay algo más que un frío memento de
las limitaciones de los medios artísticos. Percibimos un atisbo de las
razones por las que estas limitaciones no interferirán nunca en el dominio
del propio arte. El arte presupone maestría, y cuanto mayor sea el
artista, con tanta más instintiva seguridad evitará una tarea en la que su
maestría no le serviría. El lego puede preguntarse si Giotto hubiera
sabido pintar una vista de Fiésole al sol, pero el historiador sospechará
que, de no tener los medios, no lo habría deseado, o, mejor, no habría
podido desearlo. Nos agrada suponer que, de un modo u otro, donde está la
voluntad tiene que encontrarse la manera, pero en cosas de arte la máxima
debería decir que sólo cuando se tiene la manera se tiene la voluntad. El
individuo puede enriquecer los métodos que su cultura le ofrece, pero
difícilmente puede desear una cosa de la que nunca se ha enterado que
fuera posible.
El hecho de que los artistas tienden a buscar motivos
para los cuales su estilo y su adiestramiento les han equipado explica por
qué el problema de la habilidad representativa se ofrece de modo distinto
ante el historiador del arte y el historiador de la información visual. A
uno le conciernen los éxitos, al otro deben interesarle también los
fracasos. Pero estos fracasos sugieren que a veces somos algo temerarios
al presuponer que la habilidad del arte para retratar el mundo visible se
desarrolló, por así decir, en un avance frontal uniforme. Sabemos que en
arte ha habido especialistas: Claude Lorrain, el maestro del paisaje cuyos
cuadros de figuras eran malos; Frans Hals, que apenas pintó otra cosa que
retratos. ¿No puede la habilidad, tanto como la voluntad, haber dictado
este tipo de preferencias? ¿No es acaso selectivo todo naturalismo en el
arte del pasado?
Un experimento, que tiene algo de profano y tosco,
tiende a sugerir que lo es. Tomemos la primera revista que nos venga a las
manos, en la que haya instantáneas de multitudes y de escenas de calle, y
paseemos con ella por cualquier galería de arte buscando cuántos gestos y
tipos que se dan en la vida real encuentran alguna correspondencia en
antiguos cuadros. Incluso las pinturas de género de los holandeses, que
parecen reflejar la vida en todo su bullicio y variedad, se verá que
fueron hechas a partir de un número limitado de tipos y de gestos, tal
como el aparente realismo de la novela picaresca o el de la comedia de la
Restauración inglesa sigue aplicando y modificando figuras arquetípicas
que aparecen siglos atrás. No existe un naturalismo neutral. El artista,
no menos que el escritor, necesita un vocabulario antes de poder
aventurarse a una «copia» de la realidad.
VI
Todo apunta a la conclusión de que la locución «el
lenguaje del arte» es más que una metáfora vaga, de que incluso para
describir en imágenes el mundo visible necesitamos un bien desarrollado
sistema de esquemas. Tal conclusión tiende a chocar con la distinción
tradicional, a menudo debatida en el siglo XVIII, entre las palabras del
habla que son signos convencionales y la pintura que usa signos
«naturales» para «insinuar» la realidad. Es una distinción plausible, pero
ha originado ciertas dificultades. Si damos por supuesto, con esta
tradición, que los signos naturales pueden simplemente copiarse de la
realidad, la historia del arte se convierte en un completo rompecabezas.
Desde finales del siglo XIX se ha ido viendo con claridad cada vez mayor
que el arte primitivo y el arte de los niños usan un lenguaje de símbolos
más que de «signos naturales». Para explicar este hecho se daba por
sentado que tenía que haber una peculiar especie de arte basado no en la
visión sino en el conocimiento, un arte que opera con «imágenes
conceptuales». El niño, se argumentaba, no mira los árboles; se contenta
con el esquema «conceptual» de un árbol, que no corresponde a ninguna
realidad ya que no incorpora las características de, pongamos, los álamos
o las hayas, ni mucho menos de ningún árbol considerado individualmente.
Este confiar en la construcción más que en la imitación se atribuía a la
mentalidad peculiar de niños y primitivos, que viven encerrados en un
mundo propio.
Pero al fin nos hemos apercibido de que la distinción
es irreal. Gustaf Britsch y Rudolf Arnheim han recalcado que no hay
oposición entre el tosco mapa del mundo hecho por un niño y el más rico
mapa ofrecido por las imágenes naturalistas. Todo arte se origina en la
mente humana, en nuestras reacciones ante el mundo más que en el mundo
visible en sí, y precisamente porque todo arte es «conceptual», todas las
representaciones se reconocen por su estilo.
Sin algún punto de partida, sin algún esquema inicial,
nunca lograríamos aprovechar el flujo de la experiencia. Sin categorías,
no sabríamos discernir nuestras impresiones. Paradójicamente, ha resultado
que importa relativamente poco cuáles sean aquellas categorías primeras.
Siempre las podemos reajustar según las necesidades. Y en realidad, si el
esquema es vago y flexible, tal vaguedad inicial puede no ser ningún
obstáculo sino una ayuda. Un sistema completamente fluido no serviría para
su función: no podría registrar hechos ya que no tendría archivadores.
Pero importa poco el arreglo inicial que demos al primer sistema de
archivo.
El progreso en el aprendizaje, en el ajuste a través de
ensayos y errores, puede compararse al juego de las «veinte preguntas», en
el que identificamos un objeto por inclusión y exclusión siguiendo
cualquier red de clases. El esquema inicial tradicional de «animal,
vegetal o mineral» no es ciertamente científico ni muy práctico, pero
ordinariamente ya nos resulta bastante útil para enfocar los conceptos
sometiéndolos a la prueba correctiva del «sí» o «no». El ejemplo de este
juego de sociedad se ha popularizado en los últimos tiempos para ilustrar
el proceso de articulación mediante el cual aprendemos a ajustarnos a la
infinita complejidad de este mundo. Aunque toscamente, indica el modo en
que no sólo los organismos, sino incluso las máquinas puede decirse que
«aprenden» mediante el ensayo y el error. Los ingenieros, en su
apasionante labor sobre lo que llaman servomecanismos, o sea las máquinas
que se ajustan por sí mismas, han reconocido la importancia de cierta
especie de «iniciativa» por parte de la máquina. El primer movimiento que
haga tal máquina será, y debe ser necesariamente, un movimiento al azar,
un disparo en la oscuridad. Siempre que pueda hacerse llegar al interior
de la máquina una información sobre éxito o fracaso, sobre puntería o
yerro, la máquina evitará progresivamente los gestos equivocados y
repetirá los correctos. Uno de los investigadores que han abierto este
campo ha descrito recientemente este ritmo de esquema y corrección en la
máquina con una sugerente fórmula verbal: dice que todo aprendizaje es
«una estratificación arboriforme de conjeturas sobre el mundo». Lo de
arboriforme, podemos suponer, describe aquí la progresiva creación de
clases y subclases según se las podría describir en una explicación
diagramática de las «veinte preguntas».
Al parecer, nos hemos alejado bastante de la discusión
sobre la representación. Pero lo cierto es que es perfectamente posible
considerar un retrato como un esquema de una cabeza, modificado por los
rasgos distintivos sobre los cuales deseamos comunicar información. La
policía estadounidense emplea a veces a dibujantes para ayudar a los
testigos a identificar delincuentes. Dibujan tal vez una cara imprecisa,
un esquema al azar, y hacen que los testigos guíen su modificación de los
rasgos seleccionados contestando meramente «sí» o «no» a varias
alteraciones típicas que se les sugiere, hasta que la cara queda
suficientemente individualizada como para que sea provechosa una búsqueda
en los archivos. Esta descripción del dibujo de retrato mediante un
control remoto puede ser excesivamente rudimentaria, pero como parábola
tal vez sirva a su fin. Nos recuerda que el punto de partida de una
anotación visual no es el conocimiento sino la conjetura condicionada por
la costumbre y la tradición.
¿Tenemos que inferir de ello que no existe nada a lo
que se pueda llamar parecido objetivo? ¿Que no tiene sentido preguntarse,
por ejemplo, si la vista de Derwentwater realizada por Chiang Yee es más o
menos correcta que la litografla del siglo XIX en la que se aplicaron a la
misma tarea las fórmulas del paisaje clásico? Es ésta una conclusión
tentadora, y atractiva para quien enseña a apreciar el arte, ya que obliga
al lego a reconocer hasta qué punto lo que llamamos «ver» está
condicionado por los hábitos y las expectativas. Tanto más importante
resulta, entonces, especificar hasta dónde llevaría este relativismo. Yo
creo que se basa en la confusión entre imágenes, palabras y proposiciones
que vimos surgir en cuanto que la verdad se imputaba a los cuadros y no a
sus leyendas.
Si todo arte es conceptual, la cuestión resulta
bastante simple. Porque los conceptos, como las pinturas, no pueden ser
verdaderos ni falsos. Sólo pueden ser más o menos útiles para la formación
de descripciones. Las palabras de una lengua, así como las fórmulas
pictóricas, toman del flujo de los acontecimientos unos pocos signos
indicadores que nos permiten orientar a los demás hablantes en ese juego
de las «veinte preguntas» en que estamos metidos. Cuando las necesidades
de los usuarios sean semejantes, los signos tenderán a corresponderse. Por
lo común podemos encontrar términos equivalentes en inglés, francés,
alemán y latín, y de ahí ha arraigado la idea de que los conceptos existen
independientemente del lenguaje, como constituyentes de la «realidad».
Pero la lengua inglesa planta un signo en la encrucijada entre clock,
«reloj de pared», y watch, «reloj de bolsillo o de pulsera», donde
el alemán sólo tiene Uhr. La frase del manual de aprendizaje del
alemán, Meine Tante hat eine Uhr, nos deja en la duda acerca de qué
especie de reloj tiene la tía. Cualquiera de las dos traducciones puede
ser errónea como descripción de un hecho. Y de paso, en sueco se abre otra
encrucijada para distinguir entre tías que son «hermanas del padre», las
que son «hermanas de la madre» y las que no son más que las tías
corrientes y molientes. Si nos pusiéramos a jugar a nuestro juego en sueco
tendríamos que preguntar más para saber toda la verdad sobre el dichoso
reloj.
Este sencillo ejemplo destaca el hecho, sobre el que
insistió recientemente Benjamin Lee Whorf, de que el lenguaje no pone
nombre a cosas o conceptos preexistentes, sino que sirve más bien para
articular el mundo de nuestra experiencia. Las imágenes del arte, cabe
sospechar, hacen lo mismo. Pero estas diferencias entre estilos o lenguas
no tienen por qué ser obstáculo para la obtención de respuestas y
descripciones verídicas. Puede encararse el mundo desde diferentes puntos
de vista, y sin embargo la información obtenida puede ser la misma.
Desde el punto de vista de la información, ciertamente
no es nada dificil discutir la representación. Decir que un dibujo es una
vista correcta de Tívoli no significa, naturalmente, que Tívoli es una red
de líneas como alambres. Significa que quienes comprendan la notación no
extraerán ninguna información falsa del dibujo, tanto si éste da el
contorno en unas pocas líneas como si aísla «cada brizna de hierba» según
querían hacer Richter y sus amigos. La representación completa pudiera ser
la que dé sobre el paisaje tanta información correcta como la que
obtendríamos si lo miráramos desde el mismo punto en que se situó el
artista.
Los estilos, como las lenguas, difieren por la
secuencia de la articulación y por el número de preguntas que le permiten
al artista hacer; y la información que nos llega del mundo exterior es tan
compleja que ninguna pintura la incorporará jamás en su totalidad. Esto no
se debe a la subjetividad de la visión, sino a su riqueza. Cuando el
artista tiene que copiar un producto humano, puede naturalmente producir
un facsímil que no se distinga del original. El falsificador de billetes
de banco logra perfectamente borrar su personalidad y las limitaciones del
estilo de su época.
Pero lo que nos importa es que el retrato correcto,
como un mapa útil, sea un producto final de una larga travesía por
esquemas y correcciones. No es una anotación fiel de una experiencia
visual, sino la fiel construcción de un modelo de relaciones.
Ni la subjetividad de la visión ni el peso de las convenciones nos
fuerzan a negar que tal modelo puede construirse con cierto grado deseado
de exactitud. Lo decisivo aquí es evidentemente el término «deseado». La
forma de una representación no puede separarse de su finalidad, ni de las
demandas de la sociedad en la que gana adeptos su determinado lenguaje
visual
Lista de
ilustraciones
INTRODUCCIÓN
1 . Daniel Alain,
dibujo, (The New Yorker Magazine, Inc., 1 de octubre de 1955
(por cortesia del artista).
2.
¿Conejo o pato? Reproducido de Die Fliegenden Blätter, en Norma V.
Scheidemann, Experiments in General Psychology, Chicago, 1939, pàg.
67, ilustración 21.
3.
¿Cómo se dibuja un gato?. Tradicional.
4.
Madona Rucellai, h. 1285. Atribuida a Duccio di Buoninsegna, Santa
Maria Novella, Florencia
PRIMERA PARTE
5.
John Constable Wivenhoe Park, Essex, 1816. Colección Widener,
National Gallery of Art, Washington.
6. Wivenhoe Park,
Essex, 1955. Fotografias de la mansión,
una poco contrastada y la
otra en exceso.
7.
John Constable: Dedham Vale, h. 1811, lápiz. Kobberstiksamling,
Copenhague.
8.
John Constable, Dedham visto desde Langham, 1813, làpiz. Victoria and
Albert Museum, Londres.
9.
John Constable, Dedham Vale, 1812, boceto al óleo. Museo Ashmolean,
Oxford
10.
Modelo para calado, procedente de un libro de modelos, Libro novo
de cuzir, Venecia, 1568.
11.
Ánfora de Andicides, Héracles y el toro de Creta. h. 520 a.C (Museo de
Bellas Artes, Boston),
12.
Vaso del sur de Italia, siglo III a.C. Museo Británico, Londres,
inventario núm. F. 487.
13.
Mosaico del suelo de una casa prôxima a Antioquia, siglo II.
Fotografia reproducida por cortesia del Comité de Excavaciones de
Antioquia y su Àrea, así como del Departamento de Arte y Arqueologia de la
Universidad de Princeton. Véase Richard Stilwell, Antioch on the
Orontes, Excavaciones III, Princeton, 1941, làm. 55
14.
Hans Baldung Grien, La caída, 1511, grabado en madera. Museo
Metropolitano de Arte, Nueva York, fondo Dick, 1933.
15.
Hans Baldung Grien, La caída, 1511, grabado en madera con
claroscuro. Museo Metropolitatio de Arte, Nueva York, donación de Felix M.
Warburg y familia, 1941.
16.
detalle de 16.
17.
Urs Graf, El portador del estandarte, 1514, pluma y tinta
blanca sobre papel coloreado. Kupferstich Kabinett, Kunstmuseum, Basilea
(por cortesia).
18.
Claude Lorrain Port de mer soleil couchant, Louvre
19.
Joshua Reynolds, Lady Elizabeth Delmé y sus hijos, 1777-1789.
Colección Mellon de la National Gallery of Art de Washington.
20.
Thomas Gainsborough, Paisaje con un puente, h. 1780-1788.
Colección Mellon de la National Gallery of Art, Washington.
21.
John Constable, Vista de la catedral de Salisbury, h. 1825.
Colección Widener de la National Gallery of Art de Washington.
22.
J.-B. Corot, Vista cerca de Épernon, h. 1850-1860. Colección
Widener de la National Gallery of Art, Washington.
23.
Claude Monet, Catedral de Rouen, fachada oeste a mediodia,
1894. Colecciôn Chester Dale de la National Gallery of Art de Washington.
24.
Henri Fantin-Latour, Retrato de Sonia, 1890. Colecciàn Chester
Dale de la National Gallery of Art de Washington.
25.
Édouard Manet, Señora Michel -Lévy, 1882, pastel y ôleo.
Colección Chester Dale de la National Gallery of Art de Washington.
26.
Honoré Daumier, Consejo a un joven artista, posterior a 1860.
Donación de Duncan Phillips a la National Gallery of Art de Washington.
27.
Giovanni Paolo Pannini, El interior del Panteón, h. 1740.
Colección S. H. Kress de la National Gallery of Art de Washington.
28.
Joseph Bieder, Cartel 1953. Diseñado para el National Clean-up Paint-up
Fix-up Bureau, Washington (reproducido pot cortesia de esta institución).
29.
Rembrandt van Ryn, Thomas Jacobsz Haaring (El joven Haaring),
1655, aguafuerte. Colecciôn Rosenwald de la National Gallery of Art de
Washington.
30.
Meindert Hobbema, Aldea con un molino entre árboles, h. 1670
(colección Frick, Nueva York).
31.
John Constable, El caballo blanco, 1819 (reproducido pot
cortesia de la colecciôn Frick, Nueva York).
32.
Cimabue, Virgen con el niño entronizados con ángeles y profetas,
h. 1275-1280. Galeria de los Uffizi, Florencia
33.
Giotto, Virgen con el niño entronizados con santos y ángeles,
h. 1310. Galeria de los Uffizi, Florencia
SEGUNDA PARTE
34.
Hastings, tapices de Bayeux, h. 1080. Antiguo Palacio Episcopal de
Bayeux.
35.
Paul Cézanne, La montaña Santa Victoria, h. 1905 (Museo de Arte
de Filadelfia, colección G. W. Elkins).
36.
La montaña Sainte Victoire vista desde Les Lauves.
37.
Georges Iness, El valle de Lackawanna, 1855. Donación de la
señora Huttleston Rogers a la National Gallery of Art de Washington.
38/39. Michael
Wolgemut,
Damasco,
Mantua,
Ferrara,
Napoles y
Padua grabados en madera de la Weltchronik de Hartmann Schedel,
Nuremberg, 1943, conocida como Crónica de Nuremberg.
40.
Anónimo, Castel Sant'Angelo, Roma, 1557 grabado en madera (Biblioteca
Central de Zúrich, Colección Vick).
41.
Anónimo, Castel Sant'Angelo, Roma, h. 1540, pluma y tinta. Colección
privada.
42.
Castel Sant'Angelo, Roma, fotografía moderna.
43.
Matthäus Merian, el Viejo, Catedral de Nótre Dame, París,
detalle de un grabado aparecido en Vues de Paris, h. 1635.
44.
Catedral de Notre Dame, París; fotografía moderna.
45.
Robert Garland, Catedral de Notre Dame, Chartres, 1836. Grabado a
partir de una litografía de Benjamin Winkles, French Cathedrals, Londres,
1837.
46.
Catedral de Notre Dame, Chartres; fotografía moderna.
47.
Figura de un test, «ancla», en F. C. Bartlett, Remembering,
Cambridge, 1932, pág. 19.
48.
Transformaciones de Bartlett a propósito de un jeroglífico. Figuras de
un test procedentes de la misma fuente que la ilustración 47.
49.
Monedas antiguas británicas y sus modelos griegos. Dibujos de R.
Bianchi Bandinelli, Organicitá e astrazione, Milán, 1956.
50.
El símbolo de San Mateo, h. 690, procedente de los Evangelios de
Echternach, Biblioteca Nacional, París (cod. lat. 9.389).
51.
Plantas traídas de Siria por Tutmosis III, h. 1450 a.C.; relieve en
piedra caliza del templo de Tutmosis III en Karnak (fotografía: Walter
Wreszinski, Atlas zur altägyptischen Kulturgeschichte, Leipzig,
1923-1938, t. 11, pág. 26).
52.
Villard de Honnecourt, León y puerco espín, h. 1235, pluma y
tinta. Biblioteca Nacional, París (cod. fr. 19.093).
53.
Anónimo, Langosta, 1556, grabado en madera. Biblioteca Central,
Zúrich, colección Wick.
54.
Anónimo italiano, Ballena arrojada por el mar a tierra en Ancona,
1601, grabado. Colección F. Muller, Rijksmuseum, Amsterdam.
55.
Basado en Hendrick Goltzius, Ballena arrojada por el mar a tierra en
Holanda, 1598, grabado. Colección F. Muller, Rijksmuseum,
Amsterdam.
56.
Alberto Durero, Rinoceronte, 1515, grabado en madera.
57.
Heath, Rinoceronte africano, 1789, grabado. Reproducido en
James Bruce, Travels to Discover the Source of the Nile, Edimburgo,
1790, vol. V.
58.
Rinoceronte africano.
59.
Músculos del cuello, reproducción en Henry Gray, Anatomy
descriptive and applied, edición revisada y reeditada por E. A.
Spitzka, Filadelfia y Nueva York, 1910-1918, ilustración 300.
60.
Chiang Yee, Vacas en Derwentwater, 1936, pincel y tinta. The
Fell and Rock Climbing Club of the English Lake District, Kendal,
Westmoreland (fotografía procedente de Chiang Yee, The Silent Traveller,
Londres, 1937, reproducida por cortesía del autor).
61.
Anónimo, Derwentwater, en dirección a Borrowdale, en Ten
Lithographic Drawings of Scenery, Londres, 1826. Victoria and Albert
Museum, Londres.