. Mannerism (English)
Arte manierista y amaneramiento
(Español) Fuente
Razón española -
Alvaro D´Ors
Ya el origen italiano del término -de «maniera»- nos
lleva a recordar que solemos llamar «manieristas» a los pintores italianos
que suceden, como epigonales, a los primeros grandes renacentistas; los
venecianos, es cierto, como Tintoretto (+1594) y Veronés (=1588), quedan
aparte.
En su singular libro (La peinture maniériste, Neuchâtel, 1964) Jacques
Bousquet no sólo amplía el marco histórico a un siglo entero -de 1520 a
1620-, sino que también desvela la magnitud de una moda artística y
literaria de mayor alcance cultural; de un gusto o talante que, partiendo
de precedentes tardo medievales va a imponerse como una de las constantes
del arte moderno. La palabra española «amaneramiento», con la que se
traduce «manierismo», nos hace pensar en una rutina de exquisitez exenta
de genio, pero esta derivación peyorativa tiene su explicación.
Para ser exactos, el matiz peyorativo aparece ya en la misma Italia -en
Batllori (1672)- para referirse a los pintores italianos entre 1520-1530,
según Jacob Burckhardt- y 1585, como artistas mediocres y de evasión,
influidos por el caos de la Italia de esa época. Pero esa descalificación
no es general, pues la «maniera», así en el Vasari (1550), se entiende
como «estilo» sin otra connotación estimativa; en este sentido,
«manierista» equivale a «estilista».
En efecto, el Manierismo no es más que una exaltación del estilo personal
del artista, en consonancia con el tránsito del arte europeo de la
«representación» medieval a la «expresión» moderna, y, en el orden
personal, del «artesano» humilde al ensoberbecido «artista».
Al libro-homenaje al profesor Valentín Vázquez de Prada, colega en la
universidad de Navarra y reconocido especialista en la historia de Felipe
II, he contribuido con un artículo acerca de cómo se ilustra bien el
tránsito del teologismo medieval al humanismo moderno con la comparación
entre Bosco y
Brueguel, muerto aquél en las vísperas de 1517, y nacido el
segundo poco después.
Esa fecha de 1517 es, para mí, la del paso de la Edad Media a la Moderna,
a causa de la quiebra formal de la unidad europea, la ruptura de Lutero
con la Iglesia; el fin de la Cristiandad. Bosco es todavía un gran pintor
católico, de talante inquisitorial, cuya obra gira, toda ella, en torno al
Juicio Divino -como debía de complacer al rey Felipe II-, en tanto
Brueguel, dentro del mismo clima cultural y regional, todavía sin
influencias italianas, es ya un paisajista, amante de la naturaleza
inocente y del costumbrismo, y un pintor que pinta «a su gusto», sin
preconceptos morales ni preocupación escatológica.
En esa contribución mía no deja de mencionarse a Durero como otro
precursor de la modernidad, pero inserto ya en un cosmopolitismo centrado
en Italia y con contactos protestantes. Algo que excedía del propósito de
comparación entre los dos pintores flamencos en lo que quisiera apuntar
brevemente ahora: la significación de Durero como modelo del Manierismo
moderno.
Una anécdota del año 1521 puede darnos cierta luz sobre el tema. En ese
año, la ciudad de Anvers recibía al emperador Carlos V con gran aparato
triunfal; no faltaba un festivo cortejo de jóvenes casi desnudas; a su
paso, el joven emperador guardó modestamente la vista, en tanto Durero
había de escribir a su amigo Melanchton declarando su complacencia por
aquella muestra de renovación pagana. Este Durero es ya el moderno europeo
cuyo estilo va a servir de modelo a los artistas del siglo XVI que podemos
llamar «manieristas».
Los primeros grandes renacentistas italianos fueron, sin duda, creadores
geniales de su estilo, pero creadores y no imitadores. Ante todo, el gran
Rafael, que muere en 1520, y procede todavía de la Edad Media, a pesar de
su genio innovador. Así también, Leonardo, muerto un año antes; incluso
Tiziano, que es muy posterior (= 1576); eran pintores «representadores» de
la realidad, y no narcisistas de su estilo como iban a ser los manieristas
de ese siglo. Lo que va a desencadenar la moda manierista es la inversión
en el temperamento del pintor, su conversión de menestral artesano en
maestro artista. Pero aquéllos fueron, como también Miguel Ángel (= 1564)
o Durero, los modelos del epigonal Manierismo.
La influencia de Durero encontró un eficaz medio de difusión en el arte
del grabado. Porque, en aquella época, sólo muy pocos tenían acceso a las
obras originales, pero, gracias al desarrollo de de la técnica del
grabado, las nuevas imágenes podían llegar a todos, sin limitaciones
clasicistas o territoriales. El mismo Durero fue un hábil autor de
grabados y a la difusión de su estilo se debe el nuevo gusto por los
trazos geométricos -precursores, en cierto modo, del cubismo- y por el
encuadramiento de la imagen en un recorte pintado, de tipo arquitectónico
o de marquetería; así como también de Durero procede el gusto por imágenes
macabras, muy distinto de lo que en Bosco había sido caricatura de los
vicios, sino por complacencia en lo monstruoso. En efecto, la pasión de
los pintores de ese siglo por la naturaleza, por el desnudo, por los
animales domésticos o exóticos y los detalles de todo tipo de objetos, iba
acompañada de cierta curiosidad malsana por lo monstruoso, así como por lo
tétrico, esqueletos y demás alegorías de la muerte. Es más, el famoso
cuadro de Durero que se conoce como «La Melancolía» es todo un signo de
esa época, que, tras afanarse por el goce desenfrenado de los placeres de
la vida, acaba en la tristeza del hastío y la desesperanza; lo que Bosco
había condenado se había hecho ahora realidad aceptada.
Por parte italiana, Miguel Ángel influirá en el gusto por la pintura de
desnudos escultóricos y la forzada perspectiva del escorzo, que
caracterizarán a los manieristas. También en el dominio del dibujo sobre
el color, para lo que ya había sido modelo Leonardo, estímulo igualmente
para la curiosidad por lo enigmático y abstracto, no sin ciertos aspectos
de ambigüedad sexual, que en su discípulo Bazzi (= 1549), pintor más hábil
en las figuras aisladas que en la composición, iba a acabar en el desvarío
de que se le reconociera por el apodo de «Sodoma».
Este gusto preciosista por lo perverso y lo «picante» se inserta en un
momento de libertinaje cortesano, que conduce al escepticismo e incluso al
ateismo, de, por ejemplo, un
Giordano Bruno (= 1600) o un Luvicio Vaniur
(= 1619), ajusticiado por la Inquisición romana y francesa,
respectivamente; y a la locura de un Campanella (= 1639), que llega a
deificar un hombre modelo, destinado al paraíso babélico de su Ciudad del
Sol. Toda esta revolución renacentista tuvo lugar en el marco del XVI-XVII,
pero había de dejar señalado el curso de la modernidad.
El Manierismo es exaltación del estilo -la «maniera»-, pero no de un único
estilo, sino del estilo personal de cada artista, aunque no sin ciertas
características comunes, que permiten hablar de un mismo talante
artístico, y reconducirlo al modelo de los primeros renacentistas. Se
trata, en el fondo, de la revolución antropocéntrica causada por la
Reforma protestante; pero que no puede contar siempre con genios creadores
y, por eso, impone la imitación y la moda. El hecho de que España
permaneciera indemne en la revolución protestante permite entender el
rechazo español del Manierismo y el significado peyorativo de
«amaneramiento».
Es interesante observar que algunos manieristas italianos, como era
inevitable, vinieron a trabajar para Felipe II, pero sus obras, no sólo
son mediocres, sino que tampoco sirven para ilustrar la moda manierista;
así, Cambiaso (= 1585), Tibaldi
(= 1596) y Zuccari (= 1609).
Como manierista español se ha querido ver al El Greco
(= 1614) pero, aparte de que era un extranjero y ya formado en Italia,
sobre todo con Tiziano, antes de instalarse en España, tampoco sus obras
presentan los rasgos suficientes para adscribirle a la moda del
Manierismo; su característico alargamiento de las figuras, muy distinto
del esculturismo manierista, o su gusto por los colores oscuros son rasgos
muy personales; el Greco es él y no sigue el estilo de nadie.
Nada manierista puede verse en los grandes pintores españoles de la época,
ni en los posteriores; nada en el más significativo del arte español y
quizá el mayor pintor de todos los siglos, el gran Velázquez (= 1660); ni
en otros grandes pintores como Murillo o Ribera, porque tampoco el
europeizante Goya, mucho después, es tributario, por el oscurantismo y
macabrismo de lo peor de su obra, de la moda manierista. Quizá, quien de
los españoles iba a recordar mejor el preciosismo relamido y la
subordinación del color al dibujo, características del Manierismo, iba a
ser Salvador Dalí, más singular que realmente «grande». Porque el arte
cubista y abstracto del genio de Picasso, aparte de ser éste poco español,
convierte la exaltación manierista del estilo personal en la conversión
del artista, él mismo, en un instrumento de impulsos subconscientes e
impersonales que llevan a «las formas que salen por sí mismas»; un arte
irracional que, en último término, es más decoración divertida que arte
creador de auténtica belleza. Porque, en mi opinión, no es «bella» aquella
obra que puede ser caprichosamente retocada sin merma de su perfección.
El talante más genuino del arte propiamente español reduce a amaneramiento
el Manierismo, tanto en su forma pura como degenerada. Como figuras de la
continuidad de un arte representativo, más que expresivo de un personal
estilo, contaría yo a grandes pintores contemporáneos, aunque muy
diferentes, como Sorolla o Sert, Zuloaga o Vázquez Díaz, Sunyer o Zabaleta,
todos ellos más fieles a la tradición artesanal que a la «manera» de los
manieristas italianos.
Esta es la cuestión: para España, la exaltación manierista del estilo
personal pero sumiso a la moda acaba en una pobre imitación de estilos
forasteros; el Manierismo se hace «amaneramiento», incluso con la
connotación de la perversión natural, no sólo de la imagen, sino del mismo
artista.
Como el mismo término indica, el «estilo» es un instrumento del arte -en
su origen, del arte caligráfico- y, como tal, algo secundario respecto a
la «representación» y finalidad de la obra de arte; el mismo autor, debe
considerarse, como autor, al servicio de la «recreación» -también en el
sentido de complacer a los demás- de su obra. La perversión moderna ha
venido a invertir los términos, y considerar la obra como simple expresión
del estilo personalísimo, de la «originalidad» del autor -«el estilo es el
hombre»-, y en esto consiste precisamente el haber entendido, en España,
el Manierismo como «amaneramiento». Después de todo, esto es una
manifestación de la superioridad ética de los españoles, para los que el
tópico del «arte por el arte» viene interpretado como «el estilo por el
estilo», que es lo propio del Manierismo, pero acaba en vulgar imitación y
moda.
Mannerism -
Fuente
Answers -
man·ner·ism (măn'ə-rĭz'əm)
n.- 1. A distinctive behavioral trait; an idiosyncrasy. 2.
Exaggerated or affected style or habit, as in dress or speech. See
synonyms at affectation. 3.
Mannerism An artistic style of the late 16th century
characterized by distortion of elements such as scale and perspective -
mannerist
man'ner·ist n. - manneristic
man'ner·is'tic adj.
The definition of the style of mannerism
was the subject of scholarly debate in the mid-twentieth century, but no
consensus was reached. The term is most helpful when used to identify
one style of art in central Italy between the High Renaissance and the
baroque, c. 1520–1600. It has been used more loosely, and less
effectively, both in art history and other disciplines, such as cultural
history, music, and literature.
Sixteenth- and Seventeenth-Century Usage
The word maniera was used in the
sixteenth century by the historian Giorgio Vasari and others to mean
simply "style." Although it usually has positive connotations, it can be
used negatively to mean routine, as in Vasari's reference to the late
works of Perugino (born Pietro di Cristoforo), where monotony resulted
from his excessive reliance on maniera. Giovanni Pietro Bellori
associated maniera with a lack of proper invention and dependence
upon habit or convention. For him, the interval between the High
Renaissance and the renewal of art brought about by Annibale Carracci
was a deviation in which artists departed from the model of nature and
followed their imaginations instead, straying into fantasy. When Bellori
says that artists vitiated art with la maniera, depending on
pratica, 'routine', it calls to mind Vasari's condemnation of
Perugino.
Modern Interpretations
In its departure from the norm,
maniera acquired a positive value in the climate of the early
twentieth century, when the dismantling of the academy and of the
authority of classicism was being celebrated. Walter Friedländer
undertook a reexamination of mannerism in his influential essay on the
anticlassical style (1925), interpreting the paintings of Jacopo da
Pontormo, Rosso Fiorentino, Parmigianino (born Girolano Mazzola), and (selectively)
Michelangelo Buonarroti as expressing a rejection of classicism and
a rebellion against it. In its conscious rejection of the norm and
search for a new ideal of beauty, the mannerist painters stretched the
proportions of limbs, elongated the body, narrowed the depth of space,
and pressed figures against the picture plane. Together with his
contemporary Max Dvorak, Friedländer found in mannerism relationships to
the spiritual expressionism of their own time, especially German
expressionism. Dvorak defined mannerism as an artistic means to express
spirituality. He identified the deformations of Jacopo Tintoretto and El
Greco with mannerism; their styles are better explained, however, as
Counter-Reformation responses to the call of the post-Tridentine church
for affective sacred images.
Friedländer's essay was not translated
until 1957, but well before then the "anticlassical style" had
established a firm foothold in Anglo-Saxon scholarship. He had focused
on the Florentines of the 1520s, but Frederick Hartt applied his
analysis to Giulio Romano (born Giulio Pippi de'Gianuzzi) and the other
artists of Rome, and extended Heinrich Wölfflin's exclusion of the last
half-decade of Raphael's career from the canon of classicism (see
Wölfflin's Classic Art). Hartt found evidence of anticlassicism
in Raphael's late workshop projects, where the overextended master had
to rely heavily on his assistants, led by Romano, beginning in the
Stanza dell'Incendio. Some scholars were skeptical of Hartt's
conclusions, and S. J. Freedberg, in particular, restored to Raphael and
classicism much of what Hartt and Wölfflin had taken away.
By the 1950s scholars had recognized that
anticlassicism could not explain the works of the second generation of
artists, like Francesco Salviati, Il Bronzino,
and Vasari. As a result of a proposal by Luisa Beccherucci calling for
refinement of the definition of the style, a distinction was made
between mannerism, which was applied to the first generation, and
maniera, the second generation. A session of the International
Congress of the History of Art in 1961 produced two seminal papers by
Craig Hugh Smyth and John Shearman. Smyth deduced from a study of the
period's works "conventions of the figure" that were frequently repeated
and constituted a set of rules for the maniera method of
constructing images. Marcia Hall further developed Smyth's brilliant
insight that these conventions were derived from late antique relief
sculpture, and she found the precedent and model for this "relieflike
style" in the late work of Raphael (particularly, the Battle of the
Milvian Bridge, 1520–1524, Stanza di Constantino, Vatican).
John Shearman's paper was later developed
into a book (1967). He undertook to redefine the style by uncovering the
sixteenth-century meaning of maniera and restricting its
definition. His examination of texts from that time determined that
maniera could always be translated as 'style', so his definition
excluded the expressive and the anticlassical, in fact the whole first
generation of mannerism. It focused on style itself as an end, and
maniera became "the stylish style" characterized by refinement,
grace, sophistication, elegance, and artificiality. This has proved the
most durable of the definitions offered in the twentieth century,
although objections have been raised by Henri Zerner and Jeroen Stumpel.
Zerner found fault with Shearman's exclusion of all meaning. He credited
Freedberg's analysis of maniera (1965), which pointed to an "underlying
anxiety" apparent, although masked, also in Vasari. Freedberg saw the
stylization of maniera as a mask for a generation that recognized
that "there was no longer any virtue in a simple statement." Layered
complexity of meaning was suggested by layered artistic reference, and
quotations from earlier art were intended to be recognized and
appreciated by a cultured audience. Stumpel (1988), insisting that
mannerism is an invention of the twentieth century, held that no
definition can be reconstructed from sixteenth-century usage.
Recently, Philip Sohm has successfully
argued that conceiving and naming mannerism as a period style was a
seicento invention. Vasari's definition of maniera includes five
terms indicating three kinds of qualities: technique or procedural
routine (modi, 'methods', and tratti, 'brushstrokes'); the
intellective, imaginative, or psychological generation of style (arie
'expressions' and fantasie 'imaginations'); and maniera
that refers to transcendent, aestheticizing beauty.
The mannerist style has had the greatest
appeal during periods of social unrest because of its association with
anticlassicism and, therefore, rebellion against the establishment.
Today, the "anti" character of mannerism is largely discredited; efforts
to interpret it as continuous with High Renaissance classicism receive
more attention. In sum, there is little agreement in basic texts on the
definition of mannerism.
Bibliography
Beccherucci, Luisa. "Momenti dell'arte fiorentina nel
Cinquecento." In Il Cinquecento. Florence, 1955.
Bellori, Giovanni Pietro. "The Idea of the Painter,
Sculptor, and Architect, Superior to Nature by Selection from Natural
Beauties." In Erwin Panofsky, Idea: A Concept in Art Theory.
Translated by Joseph J. S. Peake. Columbia, S.C., 1968. Appendix II.
Translation of original essay (1672).
Dvorak, Max. "Ü ber Greco und den Manierismus." In
Kunstgechichte als Geistesgeschichte, Munich, 1928. For an
abbreviated translation, see John Coolidge, Magazine of Art XLVI,
no. 1 (1953).
Freedberg, S. J. "Observations on the Painting of the
Maniera." Art Bulletin 47 (1965): 187–197.
——. Painting of the High Renaissance in Rome and
Florence. 2 vols. Cambridge, Mass., 1961.
Friedlaender, Walter. "The Anticlassical Style." In
Mannerism and Anti-Mannerism in Italian Painting, Two Essays, pp.
3–43. New York, 1957. Translation of Die Entstehung des
antiklassischen Stiles in der italienischen Malerei um 1520 (1925).
Hall, Marcia B. After Raphael: Painting in Central
Italy in the Sixteenth Century. Cambridge, U.K., and New York, 1999.
Hartt, Frederick. Giulio Romano. 2 vols. New Haven,
1958.
——. "Raphael and Giulio Romano." Art Bulletin 26
(1944): 67–94.
Shearman, John. Mannerism. Harmondsworth, U.K.,
1967. Expansion of "Maniera as an Aesthetic Ideal," in The
Renaissance and Mannerism (Studies in Western Art: Acts of the 20th
International Congress of the History of Art, Vol. 2). Princeton, 1963.
Smyth, Craig Hugh. Mannerism and Maniera. With
introduction by Elizabeth Cropper. Vienna, 1992. Originally published in
The Renaissance and Mannerism (Studies in Western Art: Acts of the
20th International Congress of the History of Art, Vol. 2). Princeton,
1963.
Sohm, Philip L. Style in the Art Theory of Early
Modern Italy. Cambridge, U.K., and New York, 2001.
Stumpel, Jeroen. "Speaking of Manner." Word and Image
4 (1988): 246–264.
Wölfflin, Heinrich. Classic Art: An Introduction to
the Italian Renaissance. Translated by Linda and Peter Murray.
London, 1952. Translation of the Die klassische Kunst (1899).
Zerner, Henri. "Observations on the Use of the Concept of
Mannerism." In The Meaning of Mannerism, edited by Franklin W.
Robinson and Stephen G. Nichols, Jr., pp. 105–121. Hanover, N.H., 1972.


