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Introducción - Sergio Fuster
La mención del nombre de León
NikolayevitchTolstoi, nos remite a los grandes títulos de la literatura
rusa. Obras tales como: La guerra y la paz (1864- 1869), Ana Karenina (
1875-1877) o Resurrección (1899) que entre otras son producto de su
prolífica imaginación; además, de famosos cuentos como La muerte de Iván
Ilytch o El Mujik y el espíritu de las aguas.
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Tolstoi en un sello postal del correo ruso |
No obstante su estilo
novelesco, Tolstoi supo desplegar su fecundo talento como pensador. No
sólo por buscar en sus personajes un perfil psicológico con un amplio
influjo autobiográfico, o un desarrollo argumental con un espíritu
histórico-social, sino también en su empeño por transmitir esas vivencias
al lector.
El fragmento que
brindamos a continuación es una obra en la que el autor ofrece su visión
particular sobre el sentido del arte, aventurándose en el escabroso
compromiso de tener que dar una definición, campo entre otros en la que
muchos "tratadistas de estética", según él, han fracasado.
El método expositivo de
Tolstoi comienza por expresar una crítica a la sociedad europea, y trata
de derrumbar supuestos mitos que intentaron dar una definición positiva de
lo que es el arte. "El arte igual a belleza" o "arte igual a placer" son
ecuaciones que no le satisfacen. ¿Qué es el arte? ¿Acaso es arte sólo
aquello que nos agrada, que nos produce placer y que excita el deseo de
nuestros sentidos? Tolstoi relaciona el arte con una visión subjetiva.
Pero no habla de la subjetividad que nos produce placer, sino de aquella
que nos comunica emociones.
Ahora bien, si definimos
el arte por el placer que nos produce determinada obra, llegaríamos a una
definición inexacta; es como el alimento, ilustra Tolstoi, no todo lo que
comemos nos gusta, no todo lo que nos gusta es bueno, por lo tanto, no
todo lo que no nos gusta deja por ello de ser arte.
El arte supone una
comunicación de tipo intuitivo: ver más allá de lo que aparece; es algo
así como la función perceptiva y sugerente del símbolo religioso. El
hombre es capaz de percibir y experimentar todas las emociones humanas,
pero sólo unas cuantas de ellas puede trasmitir a otros. Es allí, cuando
lo subjetivo se objetiva en el "objeto" comunicativo, como un vehículo
ideal y, desde allí, penetra en el alma del receptor que contempla una
obra que él llama "de arte". A este objeto en sí lo llamamos "obra de
arte". No sólo por estar cargado de las emociones del autor, sino por
comunicar las mismas al espectador de la obra.
Aquella carga simbólica,
emocional, que durante siglos fue monopolio de los objetos con fines
religiosos, ahora, bajo una nueva concepción, pueden ser patrimonio de
todos aquellos espíritus sensibles sin la necesidad de tener una
experiencia devocional.
Como última conclusión,
podemos decir, que para Tolstoi, hay arte en la naturaleza, en la sonrisa
de un niño, en una palabra expresada en el instante adecuado, en el sonido
de la música, en toda faceta de la existencia humana, pero siempre y
cuando éstas se reflejen en el espíritu sensible
¿Qué es el arte? - León
Tolstoi
Procuremos examinar a nuestra
vez esta famosa concepción de la belleza artística
Desde el punto de vista subjetivo, lo que
llamamos belleza es incontestablemente todo lo que nos produce un placer
de determinada especie. Mirándolo desde el punto de vista objetivo, damos
el nombre de belleza a cierta perfección; pero claro es que lo hacemos
porque esa perfección nos produce cierto placer, de modo que nuestra
definición objetiva no es más que una nueva forma de la definición
subjetiva. En realidad, toda noción de belleza se reduce para nosotros a
la recepción de determinada dosis de placer.
Teniendo esto en cuenta, sería natural que
la estética renunciara a la definición del arte fundado sobre la belleza,
y que buscara otro más general, pudiendo aplicarse a todas las
producciones artísticas y permitiendo distinguir lo que depende o no del
dominio de las artes. Pero ninguna definición parecida se ha formado aún,
conforme puede haber visto el lector. Todas las tentativas hechas para
definir la belleza absoluta, o no definen nada o sólo definen algunos
rasgos de ciertas producciones artísticas, y no se extienden a todo cuanto
se considera y se ha considerado como formando parte del dominio
artístico.
No hay una sola definición objetiva de la
belleza. Las que existen, así metafísicas como experimentales, llegan
todas a la misma definición subjetiva, que quiere que el arte sea lo que
exterioriza la belleza, y que ésta sea lo que gusta, sin excitar el deseo.
Muchos tratadistas de estética comprenden la insuficiencia de tal
definición, y para darle una base sólida, han estudiado los orígenes del
placer artístico. Han convertido así la cuestión de la belleza en cuestión
de gusto. Pero esto les resulta tan fácil de definir como la belleza, pues
no hay ni puede haber explicación completa y seria de lo que hace que una
cosa guste a un hombre y disguste a otro, o viceversa. De esta manera
la estética, desde su fundación hasta nuestros días, no ha conseguido
definir las cualidades y las leyes del arte, ni lo bello, ni la naturaleza
del gusto. Toda la famosa ciencia estética consiste en reconocer como
artísticas algunas obras por la sencilla razón de que nos gustan, y en
combinar luego toda una teoría de arte que pueda adaptarse a todas esas
obras.
Tolstoi monta a
caballo en los campos de Rusia |
Se da por bueno un canon de arte, según el cual se reputan obras
artísticas aquellas que tienen la dicha de gustar a ciertas clases Homero, Dante, Shakespeare, Goethe, etc.; y a consecuencia de ello, las
leyes de la estética deben componérselas de tal modo, que abarquen la
totalidad de esas obras.
Un tratadista alemán de estética, de quien
leí hace poco un libro, Fólgeldt, discutiendo los problemas del arte y de
moral, afirmaba que era locura querer buscar moral en el arte. ¿Sabéis en
que fundaba su argumentación? En que si el arte debía ser moral, ni Romeo
y Julieta de Shakespeare, ni el Wilhelm Meister de Goethe, serían obras de
arte; y no pudiendo dejar de ser esos libros obras de arte, toda la teoría
de la moralidad en el arte se derrumbaba. Fólgeldt buscaba una definición
de arte que pudiera comprender esas dos obras y esto lo conducía a
proponer, como fundamento del arte, la "significación".
Sobre este plan están edificadas todas las
estéticas existentes. En vez de dar una definición del arte verdadero y
decidir luego lo que es o no es buen arte, se citan a priori, como obras
de arte, cierto número de obras que, por determinadas razones, gustan a
una parte del público, y después se inventa una definición de arte que
pueda comprender todas estas obras. Así el estético alemán Múther, en su
"Historia del arte del siglo XIX", no sólo no condena las tendencias de
los prerrafaelistas, decadentes y simbolistas, sino que trabaja para
ensanchar su definición de arte, de modo que pueda comprender están nuevas
tendencias. Sea cual fuera la nueva insania que aparezca en el arte, en
cuento la adoptan las clases superiores de nuestra sociedad, se inventa
una teoría para explicarla y sancionarla, como si nunca algunos grupos
sociales hubieran tomado por arte verdadero lo que era arte falso,
deforme, vacío de sentido, y que no dejo huellas ni discípulos en pos de
sí.
La teoría del arte fundado sobre la
belleza, tal como nos la expone la estética, no es, en suma, otra cosa que
la inclusión en la categoría de cosas "buenas" de una cosa que nos agradó
o nos agrada aún.
Para definir una forma particular de la
actividad humana, precisa antes de comprender el sentido y el alcance de
ella. Para conseguirlo, es necesario examinar tal actividad en sí misma,
luego en sus relaciones con sus causas y efectos, y no sólo desde el punto
de vista del placer personal que pueda hacernos sentir.
Si decimos que el fin de cierta forma de
actividad consiste en nuestro placer y definimos esta actividad por el
placer que nos proporciona, tal definición será forzosamente inexacta.
Esto es lo que ha ocurrido cada vez que se trató de definir el arte. Por
lo que hace a la alimentación, a nadie se le ocurriría afirmar que su
importancia se mide por la suma de placer que nos procura. Todos
comprendemos y estimamos que no puede admitirse eso, y que no tenemos, por
lo tanto, el derecho de decir que la pimienta de la Guayana, el queso de
Límberg, el alcohol, etc., a los que estamos acostumbrados, y que nos
gustan, forman la mejor de las alimentaciones.
Así ocurre con el arte. La belleza, o lo
que nos gusta, no puede servirnos de base para una definición del arte, ni
los muchos objetos que nos producen placer han de considerarse como modelo
de lo que debe ser el arte. Buscar el objeto y el fin del arte en el
placer que nos producen, es imaginar, como los salvajes, que el objeto
y el fin de la alimentación están en
el placer que nos producen.
El placer en ambos casos sólo es un
elemento accesorio. Así como no se llega a conocer el verdadero objeto de
la alimentación, que es el mantenimiento del cuerpo, si no se deja de
buscar ese objeto en el placer de la comida, de igual modo no se comprende
la verdadera significación del arte hasta que se deja de buscar su objeto
en la belleza, es decir, en el placer. Y así como averiguar como un hombre
prefiere los frutos y otro la carne, no nos ayuda a descubrir lo que es
útil y esencial en la alimentación, tampoco el estudio de las cuestiones
de gusto en el arte, no sólo no nos hace comprender la forma particular de
la actividad humana que llamamos arte, sino que nos hace, por lo
contrario, de todo punto imposible dicha comprensión
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Arriba, derecha, caricatura de Tolstoi; abajo, izquierda, pintura que recreada los días de Tolstoi
durante el asedio de Sebastopol, en la guerra de Crimea. |
A la pregunta: ¿Qué es el arte? Hemos dado contestaciones múltiples,
sacadas de diversas obras de estética. Todas estas contestaciones o casi
todas, que se contradicen en los demás puntos, están de acuerdo para
proclamar que el fin del arte es la belleza, que ésta se conoce por el
placer que produce, y que el placer, a su vez, es una cosa importante por
el solo hecho de ser un placer. Resulta de esto que las innumerables
definiciones del arte no son tales definiciones, sino simples tentativas
para justificar el arte existente. Por extraño que pueda parecer, a pesar
de las montañas de libros escritos acerca del arte, no se ha dado de éste
ninguna definición verdadera. Estriba la razón de esto en que siempre se
ha fundado la concepción del arte sobre la de la belleza.
Cometido del arte
¿Qué es pues, el arte, considerado fuera de
esa concepción de la belleza que sólo sirve para embrollar inútilmente el
problema? Las únicas definiciones del arte que intentan liberarse de la
concepción de la belleza son las siguientes: 1) según Schiller, Darwin y
Spencer, el arte es una actividad que tienen los animales y que resulta
del instinto sexual y de los juegos; 2) según Varón, el arte es la
manifestación externa de emociones internas, producida por medio de
líneas, de colores, de movimientos, de sonidos o de palabras; 3) según
Sully, el arte es la producción de un objeto permanente o de una acción
pasajera, propias para procurar a su productor un goce activo y hacer
nacer una impresión agradable en cierto número de espectadores o de
oyentes, dejando aparte toda consideración de utilidad práctica.
Aunque superiores a las definiciones
metafísicas que fundan el arte sobre la belleza, estas tres definiciones
tampoco son exactas.
La primera es inexacta porque, en vez de
ocuparse de la actividad artística propiamente dicha, sólo trata de los
orígenes de esta actividad.
(...) La definición de Varón, según la cual
el arte expresa las emociones, es inexacta, porque un hombre puede
expresar sus emociones por medios de líneas, de sonidos, de colores o de
palabras, sin que su expresión obre sobre otros; y en tal caso, no sería
nunca una expresión artística.
La de Sully es inexacta porque se extiende
desde los ejercicios acrobáticos del arte, mientras hay, por lo contrario,
productos que pueden ser arte sin dar sensaciones agradables a su
productor ni al público: así ocurre con las escenas patéticas o dolorosas
de un poema o de un drama.
La inexactitud de todas estas afirmaciones
proceden de que todas, sin excepción, lo mismo que las metafísicas, cuidan
sólo del placer que el arte pueda producir, y no del papel que puede y
debe desempeñar en la vida del hombre y de la humanidad.
Para dar una definición correcta del arte
es pues necesario, ante todo, cesar de ver en él un material de placer, y
considerarle como una de las condiciones de la vida humana. Si se
considera así, se advierte que el arte es uno de los medios de
comunicación entre los hombres.
Toda obra de arte pone en relación al
hombre a quien se dirige con el que la produjo, y con todos los hombres
que simultánea, anterior o posteriormente, reciben la impresión de ella.
La palabra que trasmite los pensamientos de los hombres es un lazo de
unión entre ellos; lo mismo le ocurre al arte. Lo que lo distingue de la
palabra es que ésta sirve al hombre para transmitir a otros sus
pensamientos, mientras que, por medio del arte, sólo le trasmite sus
sentimientos y emociones. La transmisión se opera del modo siguiente:
Un hombre cualquiera es capaz de
experimentar todos los sentimientos humanos, aunque no sea capaz de
expresarlos todos. Pero basta que otro hombre los exprese ante él para que
enseguida los examine él mismo, aún cuando no los haya experimentado
jamás.
Para tomar el ejemplo más sencillo, si un
hombre ríe, el hombre que le escucha reír se siente alegre; si un hombre
llora, el que le ve llorar se entristece. Si un hombre se irrita o excita,
otro hombre, el que le ve, cae en un estado análogo. Por sus movimientos o
por el sonido de su voz expresa un hombre su valor, su resignación, su
tristeza, y estos sentimientos se transmiten a los que le ven y le oyen.
Un hombre expresa sus padecimientos por medio de suspiros y sonidos y su
dolor se trasmite a los que le escuchan. Lo propio ocurre con otros mil
sentimientos.
Sobre esta actitud del hombre de
experimentar los sentimientos que experimenta el otro, está fundada la
forma de actividad que se llama arte. Pero el arte propiamente dicho no
empieza hasta que experimenta una emoción y quiere comunicarla a otros, y
recurre para ello a signos exteriores. Tomemos un ejemplo bien sencillo.
Un niño ha tenido miedo al encontrase con un lobo y explica su encuentro;
y para evocar a sus oyentes la emoción que ha experimentado les describe
los objetos que le rodean: la selva, el estado de descuido en que se halla
su espíritu, luego la aparición del lobo, sus movimientos, la distancia
que les separa, etc. Todo esto es arte si el niño, contando su aventura,
pasa de nuevo por los sentimiento que experimentó, y si sus oyentes,
subyugados por el sonido de su voz, sus ademanes y sus imágenes,
experimentan sensación análoga. Hasta si el niño no ha visto jamás al
lobo, pero tiene miedo de encontrarlo, y deseando comunicar a otros el
miedo que ha sentido, inventa el encuentro con un lobo, y lo cuenta de
modo que comunique el miedo que sintió, todo esto será también arte. Arte
hay en un hombre, si habiendo experimentado miedo o deseo, en realidad o
imaginariamente, expone sus sentimientos en la tela o en el mármol, de
modo que hace que otros experimenten esos sentimientos. Arte hay si un
hombre luego de sentir o creer sentir alegrías, tristeza, desesperación,
valor o abatimiento...expresa todo eso por medio de sonidos que permitan a
otros sentir lo que él sintió.
Los sentimientos que el artista comunica a
otros pueden ser de distinta especie, fuertes o débiles, importantes o
insignificantes, buenos o malos; pueden ser de patriotismo, de
resignación, de piedad; pueden expresarse por medio de un drama, de una
novela, de una pintura, de un baile, de un paisaje, de una fábula. Toda
obra que los exprese así, es obra de arte.
Desde que los espectadores o los oyentes
experimentan los sentimientos que el autor expresa, hay obra de arte.
Evocar en sí mismo un sentimiento
experimentado y comunicado a otros por medio de líneas, colores, imágenes
verbales, tal es el objeto propio del arte. Esta es una forma de la
actividad humana que consiste en trasmitir a otro los sentimientos de un
hombre, consiente y voluntariamente por medio de ciertos signos
exteriores. Los metafísicos se engañan viendo en el arte la manifestación
de una idea misteriosa de la Belleza o de Dios; el arte tampoco es, como
pretenden los tratadistas de estética fisiólogos, un juego en el que el
hombre gasta su exceso de energía; tampoco es la expresión de las
emociones humanas por signos exteriores; no es tampoco una producción de
objetos agradables; menos aún es un placer: es un medio de fraternidad
entre los hombres que les une en un mismo sentimiento y, por lo tanto, es
indispensable para la vida de la humanidad y para su progreso en el camino
de la dicha.
Así como merced a nuestra facultad de
expresar los pensamientos por palabras, cada hombre puede saber lo que
antes a él le ocurrió en el dominio del pensamiento, y puede también en el
tiempo participar de la actividad de los otros hombres y trasmitir a sus
contemporáneos y descendientes los pensamientos que recogió y los que él
mismo ha producido, así también, merced a nuestra facultad de poder
trasmitir nuestros sentimientos a los demás por medio del arte, todos los
sentimientos experimentados junto a nosotros pueden sernos asequibles, así
como los sentimientos experimentados cien años antes de nosotros.
Si no tuviéramos la capacidad de conocer
los pensamientos concebidos por los hombres que nos precedieron y de
trasmitir a otros nuestros propios pensamientos, seríamos como animales
salvajes o como Gaspar Hauser, el huérfano de Nuremberga, que, criado en
la soledad, tenía a los diez y seis años la inteligencia de un niño. Si no
tuviéramos la capacidad de conmovernos con los sentimientos ajenos por
medio del arte, seríamos casi más salvajes aún, estaríamos separados uno
de otro, nos mostraríamos hostiles a nuestros semejantes. De ahí resulta
que el arte es una cosa de las más importante, tan importante como el
mismo lenguaje
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Un
icono de Andrei Rublev, gran pintor religioso ruso del siglo XlV. Lo
mismo que para su compatriota Tolstoi, para Rublev el arte es
comunicación de sentimientos trascendentes. |
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Se nos ha acostumbrado a no comprender bajo
el nombre de arte más que lo que oímos y vemos en teatros, conciertos y
exposiciones, o lo que leemos en los poemas y novelas. Pero esto no es más
que una parte ínfima del arte verdadero, por medio del cual trasmitimos a
otros nuestra vida interna, o recogemos la vida interna de otros. Toda la
existencia humana está llena de obras de arte, desde las canciones que se
cantan a los niños para dormirlos, hasta las ceremonias religiosas y
públicas. Todo es igualmente arte.
Así como la palabra no obra solamente sobre
nosotros en los discursos y los libros, sino también en las conversaciones
familiares, así también el arte en el amplio sentido de la palabra
impregna nuestra vida eterna, y lo que se llama arte en sentido
restringido está lejos de ser el conjunto del arte verdadero.
Durante largos siglos, la humanidad sólo se
fijó en una porción de esa enorme y diversa actividad artística: en la
porción de obras de arte que tenían por objeto la transmisión del
sentimiento religioso. Los hombres negaron importancia a todas las formas
de arte que no eran religiosas, a las canciones, a los bailes, cuentos de
hadas, etc.; y únicamente por azar los grandes maestros de la humanidad
censuraron ciertas manifestaciones de este arte profano, cuando se les
antojaban opuestas a las concepciones religiosas de su tiempo.
Así los sabios antiguos, Sócrates, Platón,
Aristóteles, entendieron el arte, y así lo entendieron los profetas
hebreos y los primeros cristianos, así lo entendieron todavía los
islamitas, así lo entiende el pueblo en nuestras campiñas rusas.
Recuérdese que maestros de la humanidad, Platón por ejemplo, y naciones
enteras como los mahometanos y budistas han negado a las artes el derecho
de existir.
Sin duda esos hombres y esas naciones
tenían culpa condenando a las artes, que era querer suprimir una cosa que
no puede suprimirse, uno de los medios de comunicación más indispensables
entre los hombres. Su error era, sin embargo, menor que el que cometen
ahora los europeos civilizados favoreciendo las artes con tal que
produzcan la belleza, es decir, con tal que procuren placer. Antes se
temía que entre las diversas obras de arte hubiera algunas que pudiesen
corromper a los hombres, y por impedir su acción deletérea se condenaba al
arte; pero hoy el temor de privarse de un placer nimio basta para hacernos
favorecer todas las artes, a riesgo de admitir algunas extremadamente
peligrosas. Error mucho más grosero que el otro y que produce
consecuencias mucho más desastrosas.
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