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Da la impresión de que la mayor parte del arte actual se
aboca a una labor de disuasión, de duelo por la imagen y el imaginario, a
una labor de duelo estético, las más de las veces fallido. Esto acarrea
una especie de melancolía general en el ambiente artístico, el cual parece
sobrevivir en el reciclaje de su historia y de sus vestigios. Pareciera
que estamos dedicados a una retrospectiva infinita de lo que nos precedió,
pero esto es cierto para la política, es cierto para la moral, para la
historia, y para el arte también, que no detenta ningún privilegio. Todo
el movimiento de la pintura, por ejemplo, se ha retirado del futuro y
desplazado hacia el pasado: con la cita, la simulación, la apropiación, al
arte actual le ha dado por retomar, de una manera más o menos lúdica, más
o menos kitsch, todas las formas, todas las obras del pasado, próximo o
lejano, y hasta las formas contemporáneas, eso que Raysel Knorr, un pintor
norteamericano, llama "el rapto del arte moderno". Por supuesto, este
remake, este reciclaje, pretende ser irónico, pero esa ironía es como la
urdimbre gastada de una tela: no es más que el resultado de la desilusión
de las cosas, una desilusión de cierta manera. El guiño cómplice que
consiste en yuxtaponer el desnudo de Le Déjeuner sur Merbe de Manet con
Lesjoueurs de Cartes de Cézanne no es más que un chiste publicitario: el
humor, la ironía, la crítica, el trompe-l'oeil (efecto engañoso) que hoy
caracterizan a la publicidad y que inundan también toda la esfera
artística. Es la ironía del arrepentimiento y del resentimiento respecto a
su propia cultura. Quizá el arrepentimiento y el resentimiento constituyen
ambos la forma última, el estadio supremo de la historia del arte moderno,
así como constituyen, según Nietzsche, el estadio último de la genealogía
de la moral. Es una parodia y a un tiempo una palinodia del arte y de la
historia del arte; una parodia de la cultura por sí misma, con forma de
venganza, característica de una desilusión radical. Es como si el arte
igual que la historia, por cierto hurgara en sus propios basureros
buscando su redención en sus desechos. .
Tomemos el cine como ejemplo para ilustrar este asunto de
la ilusión: en el curso de su evolución, en el curso del progreso
técnico del cine, al pasar del cine mudo al parlante, al color, a la
alta tecnicidad de los efectos especiales, la ilusión (en el sentido
fuerte del término) se retiró, se desvaneció. En la medida en que la
técnica y la eficiencia cinematográficas dominan, la ilusión se va. El
cine actual ya no conoce (digamos en general) ni la ilusión ni la
alusión; se entrega a un modo hipertécnico, hipersofisticado, hipereficaz,
hipervisible; ya no hay vacío, no hay elipse, no hay silencio (como
tampoco en la televisión, hoy, con la que el cine se confunde más y más).
Nos acercamos cada vez más a eso que llaman la «alta definición» de la
imagen, es decir, a la perfección inútil de la imagen. A fuerza de ser
real, a fuerza de producirse en tiempo real, mientras más lograda la
definición absoluta, la perfección realista de la imagen, más se pierde el
poder de la ilusión. Basta pensar en un teatro como la ópera de Pekín,
antes. Cómo en una escena de barcas en un río, con el solo movimiento de
los cuerpos se adivina el río, se adivina el movimiento del río; o cómo en
una escena de un duelo, los dos cuerpos, sin siquiera tocarse, simplemente
rozándose, dan la idea, la visión escénica de la oscuridad en la que se
desenvuelve el duelo. En estos casos la ilusión es total e intensa, y es
más que estética: es una especie de éxtasis físico, justamente porque se
ha obviado la presencia realista del río o de la noche, y sólo los cuerpos
se encargan de la ilusión natural. Hoy, esto se representaría con
toneladas de agua en el escenario, o bien se filmaría el duelo en
infrarrojo, etcétera. Es decir que hay una especie de obscenidad de la
imagen de tres o cuatro dimensiones, una obscenidad de la música de tres o
cuatro o veinticuatro bandas, etcétera. Siempre al añadir a lo real, al
añadir real a lo real, con el propósito de una ilusión perfecta -la del
estereotipo realista, perfecto-, se termina matando la ilusión de fondo.
La pornografía, por ejemplo, al añadir una dimensión a la imagen del sexo,
le quita una dimensión al deseo y descalifica toda seducción. Y el apogeo
de esta desimaginación de la imagen, de la pérdida de imaginación de la
imagen, para hacer que una imagen no sea ya una imagen, es hoy la imagen
de síntesis, o sea, todo lo que tiene que ver con la imagen numérica, la
realidad virtual, etcétera. Ahora bien, una imagen es justamente una
abstracción del mundo, en dos dimensiones; es lo que le quita una
dimensión al mundo real y, por eso mismo, inaugura el poder de la ilusión.
La virtualidad, por el contrario, al hacernos «entrar» en la imagen, al
recrear una imagen realista de tres dimensiones, o al añadir una cuarta
dimensión que vuelve a lo real hiperreal, destruye esta ilusión. La
virtualidad tiende a la ilusión perfecta, pero ya no se trata en absoluto
de la misma ilusión creadora y artística de la imagen; se trata de una
ilusión realista, mimética, hologramática que acaba con el juego de la
ilusión mediante el juego de la reproducción, de la reedición de lo real;
no apunta más que a la exterminación de lo real por su doble. A la
inversa, el trompe-l'oeil, por ejemplo, que le quita una dimensión a los
objetos reales, vuelve mágica la presencia de éstos y encuentra el sueño
la irrealidad misma en la exactitud minuciosa de la imagen. El trompe-l'oeil
es el éxtasis del objeto real en su forma inmanente, y añade al encanto
formal de la pintura el encanto espiritual del señuelo, de la ilusión, del
engaño de las formas. Pero, con la modernidad también perdimos la idea de
que la fuerza está en la ausencia, que de la ausencia nace el poder.
Ahora, por el contrario, queremos acumular, acrecentar, agregar cada vez
más, y ya somos incapaces de enfrentar el dominio simbólico de la
ausencia. Por eso mismo estamos hoy sumergidos en una especie de ilusión
inversa, una ilusión desencantada: la ilusión material de la producción,
de la profusión, la ilusión moderna de la proliferación de las imágenes y
de las pantallas. Pero regresemos al arte o a la pintura; hoy es muy
difícil hablar de la pintura porque cuesta mucho verla. Sucede que las más
de las veces el arte, la pintura, no quiere ya exactamente que se la mire,
quiere más bien que se la absorba virtualmente para así circular sin dejar
huellas; de ese modo vendría a ser entonces la forma simplificada del
intercambio imposible. El discurso que mejor daría cuenta de este arte
sería un discurso en el que no hay nada que decir, equivalente
precisamente a una pintura en la que no hay nada que ver, equivalente a un
objeto que ya no es un objeto. Pero un objeto que ya no es un objeto (y me
parece que es el caso de la mayoría de las obras que hoy llamamos «obras
de arte») no por ello es nada: es un objeto que no deja de obsesionarnos
por su inmanencia, por su presencia vacía e inmaterial. El problema está
en materializar, en los confines de esa nada, esa misma nada, y, en los
confines de la indiferencia general, regirse por las reglas misteriosas de
la indiferencia. El arte nunca es un reflejo mecánico de las condiciones
positivas o negativas del mundo, sino más bien la ilusión exacerbada, el
espejo hiperbólico de éstas. En un mundo condenado a la indiferencia, lo
único que puede hacer el arte es «añadir» a esa indiferencia, girar en
torno al vacío de la imagen, del objeto que ya no es un objeto. Así,
también en el cine, directores como Wenders, Jamusz, Antonioni, Altman,
Godard, Warhol, exploran la insignificancia del mundo con la imagen y
añaden algo a su ilusión real o hiperreal; contribuyen a la
insignificancia del mundo con la imagen misma. Mientras otro cine (la
mayoría) no hace más que «rellenar» la imagen; en efecto, no hace más que
añadir una agitación frenética, ecléctica, al mundo de la imagen y, por
ello, aumenta nuestra desilusión cinematográfica. Hoy, también el cine es
causa de una gran desilusión. En muchos casos (por mi parte pienso, aunque
no son más que algunos ejemplos, en la new painting, en la new new
painting, en las instalaciones, los performances y todo eso) la pintura
reniega de sí misma, se parodia a sí misma; es como una gestión de sus
propios desechos, una inmortalización de desechos. No hay ya allí
posibilidades de ver, ni siquiera suscita ya una mirada porque, en todos
los sentidos de la expresión, ya no tiene que ver con uno; ya uno no la
puede ver porque ya no tiene que ver con uno, ya no le concierne, lo deja
a uno indiferente, Y sin duda, esa pintura, en efecto, se ha vuelto
indiferente a sí misma en tanto arte, en tanto ilusión más poderosa que lo
real. Esa pintura ya no cree en su propia ilusión y cae así en la
simulación de sí misma y en la irrisión. Así, el abstraccionismo, por
ejemplo, que fue una gran aventura del arte moderno en su fase inaugural,
en su fase primitiva, original (ya sea expresionista o geométrico, no es
ese el asunto), sigue formando parte de una historia heroica de la
pintura, de una desconstrucción de la representación y un estallido del
objeto -al volatilizar al objeto, el propio sujeto de la pintura se
encamina hacia su desaparición. Pero todas las múltiples formas de la
abstracción actual, incluida la nueva figuración, están más allá de esa
peripecia revolucionaria; esa se acabó. Los abstraccionismos actuales
están más allá de esa desaparición en acto, ya no tienen las huellas del
acting out de esa banalización violenta, de esa desintensificación
violenta de la vida cotidiana, de la banalidad de las imágenes que se ha
impuesto en nuestras costumbres. En verdad son de cierta manera el calco
de una «desencarnación» del mundo ya no es más que un arte de la
desencarnación. El abstraccionismo en nuestro mundo es ya algo dado desde
hace mucho, y todas las formas de arte de un mundo indiferente están
marcadas con el mismo estigma de la indiferencia. Sin embargo, esto no es
ni una condena ni una denegación sino simplemente el estado actual de las
cosas. Una pintura que de alguna manera sea auténtica tiene que ser
indiferente a sí misma para poder reflejar un mundo indiferente. Entonces,
el arte en general vendría a ser el metalenguaje de la banalidad. ¿Puede
sostenerse infinitamente esta simulación? Allí está el asunto. Pero
ciertamente nos hemos metido para rato en una especie de sicodrama de la
desaparición y de la transparencia. No hay que dejarse engañar por una
historia del arte, cierta historia del arte; también al respecto estemos
quizá más allá de esa historia y en otro dominio. Pero tomemos la
expresión de Benjamín sobre aura, de la que mucho habló: hay un «aura del
objeto original». Hay (hubo) quizá un aura del simulacro, es decir, hubo
en un momento dado una simulación auténtica, valga la expresión, y hay una
simulación inauténtica. Esto parece un poco paradójico, pero es cierto:
hay una simulación verdadera y una simulación falsa, en arte y en todo lo
demás. Por ejemplo, cuando Warhol pinta las sopas Campbell en la década de
los sesenta es un lance imprevisto, un brillo sorprendente de la
simulación, y para todo el arte moderno, de un solo golpe, el
objeto-mercancía, el signo-mercancía, queda irónicamente sacralizado; y es
este justamente el único ritual que nos queda el ritual de la
transparencia, de cierto modo. Pero cuando Warhol pinta las mismas sopas
Campbell en 1986, es decir, veinte o veinticinco años más tarde, ya no
está en absoluto en el brillo de la simulación, está en el estereotipo de
la simulación. En el primer momento, Warhol atacaba el concepto de
originalidad de una manera original, pero en 1986 por el contrario
reproduce lo no original de una manera también no original. Entonces todo
cambia, porque esa especie de traumatismo, de irrupción de la mercancía en
el arte, tratada de una manera a la vez ascética e irónica y que de un
solo golpe simplifica la práctica artística, se acabó. El genio de la
mercancía, el genio maligno de la mercancía suscita en el fondo cierto
genio maligno de la simulación. Pero de eso ya nada queda en la segunda
generación o simplemente, en ese momento, el genio maligno de la mercancía
sustituye al arte y se cae en eso que Baudelaire llama «la estetización
general de la mercancía», y hasta Warhol se convierte entonces en lo que
Baudelaire estigmatiza. Podría creerse que es una ironía aún superior eso
de volver a hacer lo mismo veinte años después, pero no lo creo. Creo en
el genio maligno de la simulación, pero no creo en su fantasma. Entonces
el dilema es ese: o bien no hay más allá de la simulación y en ese segundo
momento, por tanto, ya no es siquiera un acontecimiento sino más bien la
banalidad de nuestro mundo, nuestra obscenidad de todos los días y estamos
entonces en el nihilismo definitivo y nos preparamos para la repetición
insensata de todas las formas de nuestra cultura a la espera de otro
acontecimiento, pero ¿de dónde va a salir ese acontecimiento?; o bien hay
después de todo un arte de la simulación, una cualidad irónica que
resucita las apariencias del mundo, pero para destruirlas. De otra manera
podría pensarse que lo que se hace no es más que ensañarse con el propio
cadáver. Lo que quiero decir es que no hay que añadir lo mismo a lo mismo
y seguir en eso; eso es la simulación pobre. Hay que arrancar lo mismo de
lo mismo; es necesario que cada imagen le quite a la realidad del mundo,
le arranque a la realidad del mundo, y es necesario que en cada imagen
algo desaparezca, pero también es necesario que esta desaparición siga
viva: ahí está justamente el secreto del arte y de la seducción. Hay en el
arte una doble postulación, una estrategia doble, valga la expresión: hay
una pulsión de anonadamiento, una pulsión de borrar todos los rastros del
mundo y de la realidad, y una resistencia contraria a esta pulsión. Como
lo expresa Michaux, el poeta francés: «el artista es aquel que resiste con
todas sus fuerzas a la pulsión fundamental de no dejar rastros». El arte
se ha vuelto iconoclasta, pero esta postura iconoclasta moderna ya no
consiste en destruir las imágenes, como la de la historia; más bien
consiste en fabricar imágenes, hasta en fabricar una profusión de imágenes
en las que no hay nada que ver. Son literalmente imágenes que no dejan
rastros, no tienen consecuencias estéticas, propiamente hablando, pero
detrás de cada una de ellas algo ha desaparecido. Este es el secreto, si
es que hay uno, de su simulación. Entonces son simulación: no sólo ha
desaparecido el mundo real, tampoco puede plantearse siquiera la pregunta
por su existencia. Si se piensa detenidamente, uno repara en que este ya
era el problema de la postura iconoclasta en Bizancio. Los iconólatras
(los que adoraban las imágenes) eran gente muy sutil que pretendía
representar a Dios para mayor gloria suya, pero que en realidad, al
simular a Dios en las imágenes, disimulaban con ello el problema de su
existencia. Cada imagen era un pretexto para no plantear el problema de la
existencia de Dios. Detrás de cada imagen, de hecho, Dios había
desaparecido, es decir, el problema de su existencia ya no se planteaba.
Este problema queda resuelto por la simulación. Pero podría pensarse que
esta también es la estrategia de Dios mismo, la de desaparecer, y
desaparecer justamente detrás de las imágenes. Dios aprovecha las imágenes
para desaparecer, obedeciendo también a la pulsión de no dejar rastros, y
así queda realizada la profecía: vivimos en un mundo de simulación, en un
mundo en el que la más alta función del signo es hacer que desaparezca la
realidad y a la vez esconder esta desaparición. Eso es lo único que hace
hoy el arte y lo único que hacen los medios de comunicación: por ello
están condenados a un mismo destino. Detrás de la orgía de imágenes, algo
se esconde. El mundo, al escamotearse detrás de la profusión de las
imágenes, es otra forma de la ilusión, quizá una forma irónica que
despunta. Pero la ilusión que provenía del poder de arrancarse de lo real
-la ilusión del arte que era la de inventar otra escena, la de oponerse a
lo real, la ilusión que inventa otro juego y otras reglas para el juego,
ya no es posible porque las imágenes han pasado a formar parte de las
cosas; las imágenes ya no son el espejo de la realidad sino que más bien
están en su centro y la han transformado. Entonces la imagen no tiene otro
destino que la propia imagen, y por tanto la imagen ya no puede imaginar
lo real porque se ha vuelto ella misma real. Ya no puede transfigurarlo,
ya no puede soñarlo, porque la imagen se ha convertido en la realidad
virtual, y en la realidad virtual pareciera que las cosas se han tragado
sus espejos, de alguna manera, y al tragarse sus espejos, las cosas se han
vuelto transparentes a sí mismas: ya no tienen secretos y ya no pueden
crear la ilusión. Ya no hay sino transparencia, y todas las cosas son
convertidas entonces en visibilidad total, o virtualidad o transcripción
inmisericorde; las cosas se inscriben en las pantallas -el arte mismo, de
cierta manera, se ha convertido en pantalla de las que la imagen ha
desaparecido. Todas las utopías del siglo xix y del siglo xx, en cuanto se
realizaban, ahuyentaban la realidad de la realidad; nos han dejado en una
hiperrealidad vaciada de sentido ya que toda perspectiva final ha sido
como absorbida, digerida, dejando una especie de residuo en la superficie,
sin profundidad. Fin por tanto de la representación, del sistema de la
representación; fin de la estética, fin de la imagen misma en la
virtualidad superficial de las pantallas. Sin embargo (es sólo una
hipótesis) hay en esto un efecto perverso, paradójico: parecería que en
cuanto se expulsa la ilusión, en cuanto la utopía es ahuyentada de lo real
por la fuerza de todas las tecnologías, de nuestras ciencias, etcétera, en
virtud de esas mismas tecnologías, la ironía, por su parte, se ha pasado a
las cosas. Habría así entonces una contrapartida a la pérdida de la
ilusión del mundo: la aparición de la ironía objetiva del mundo, la ironía
como forma espiritual, universal, de la desilusión del mundo, una forma
espiritual que surge esta vez del meollo mismo de la banalidad de los
objetos y de las imágenes. Podría decirse entonces que la ilusión está
ligada a la utopía, y la desilusión a la ironía. Quizá esa chispita de
ironía es ya nuestra única forma espiritual, nuestra única pasión. Para
nosotros que somos paganos, agnósticos, quizá la ironía sea todo lo que
queda de lo sagrado, aunque en una forma, por supuesto, atenuada. Ahora
bien, esa ironía no es ya la ironía subjetiva de los románticos. Es una
ironía objetiva, se ha pasado a las cosas, se ha convertido en objeto; ya
no es una función del sujeto un espejo crítico donde se refleja la
incertidumbre del mundo sino el propio espejo del mundo, del mundo
artificial que nos rodea. La función crítica del sujeto ha sido suplantada
por la función irónica del objeto. A partir del momento en que todos los
productos son fabricados, ya no tenemos sino artefactos, signos,
mercancías. Las cosas mismas ejercen una función espiritual e irónica por
su existencia misma. Ya no hay necesidad de proyectar la ironía en el
mundo, ya no se necesitan espejos externos que ofrezcan al mundo la imagen
de su doble. Nuestro universo, por su parte, se ha vuelto de cierto modo
espectral, ha perdido su sombra, y la ironía de ese doble incorporado se
manifiesta en cada momento, en cada fragmento de nuestros signos, de
nuestros objetos, de nuestras imágenes y de nuestros modelos. Ya ni
siquiera hay necesidad, como lo hacían los surrealistas por ejemplo, de
exagerar la funcionalidad de los objetos, de confrontar los objetos a su
función y sacar de ello una irrealidad poética. Ya no estamos en un mundo
surrealista, estamos en un mundo hiperrealista donde las cosas se iluminan
ellas mismas, irónicamente, ellas solas. Ya no hay necesidad de subrayar
el artificio o el sinsentido de las cosas, pues todo eso forma parte de su
representación misma, forma parte de su encadenamiento visible (demasiado
visible, por cierto), forma parte de su súper fluidez que crea por sí
sola, por exageración, un efecto de parodia. Así pues, después de la
física y la metafísica, hemos llegado a una patafísica de los objetos y de
la mercancía, a una patafisica de los signos. Todas las cosas están
desprovistas de secretos y de ilusión, pero han sido condenadas a la
existencia visible, condenadas a la publicidad, y todos nosotros también
estamos condenados al hacer-creer, al hacer-valer, al hacer-ver. Desde
luego nuestro mundo es en su esencia publicitaria, y tal como es se diría
que sólo fue inventado para hacerse su propia publicidad en otro mundo. No
se piense que la publicidad, que es un medio como cualquier otro, vino
después de la mercancía. Hay en el meollo mismo de la mercancía un genio
maligno publicitario, una especie de bufonería de la mercancía y de su
escenificación. Entonces ¿quién es el director de escena? ¿Quién
escenifica todo esto? ¿El capital en su forma económica? No lo sé. Pero en
todo caso, algo nos ha arrastrado a una especie de fantasmagoría de la
cual todos somos víctimas, y víctimas fascinadas, por cierto. Hoy todo
quiere manifestarse y no sólo los individuos sino también, podría decirse,
las propias cosas. Los objetos técnicos, industriales, mediáticos, los
artefactos de todo tipo quieren significar; quieren ser vistos, quieren
que se les lea, que se les registre, que se les fotografíe. Uno cree
fotografiar tal o cual cosa por placer, pero en verdad es ella la que
quiere que se le fotografíe; uno no es más que el extra de la
escenificación publicitaria del mundo circundante. Allí justamente está la
ironía de la situación. Ya no es el sujeto el que representa al mundo, es
el objeto el que refracta al sujeto y sutilmente, a través de los medios,
a través de la tecnología, le impone su presencia, su forma aleatoria. Ya
no es entonces el sujeto el que dirige el juego pues parece que ha habido
un vuelco en la relación. Esto es verdad para el arte, para la política,
ciertamente, a través de las masas y, parecidamente, para la ciencia y las
microciencias de hoy también. El poder del objeto entonces se abre camino
a través de la simulación, a través de los simulacros, a través del
artificio que le hemos impuesto. Allí está la ironía, desde luego; es una
especie de revancha del objeto, el cual se convierte en una suerte de
"extraño atraedor" como se dice en física. Si analizo todo esto es, al fin
y al cabo, para regresar al arte, para decir que allí está el límite de la
estética, el límite de la aventura estética, del dominio estético del
mundo por el sujeto. Es el fin de la aventura de la representación, o del
dominio del mundo por la voluntad de la representación, como dice
Schopenhauer; ya que el objeto vuelto atraedor extraño (puede tratarse de
un objeto, un acontecimiento, un individuo, lo que sea) ya no es un objeto
estético, es un objeto transestético. Despojado por la técnica de toda
ilusión, despojado de su origen, ya que es producido a partir de modelos,
despojado de su sentido y su valor, ya no es el objeto de un juicio
estético: está desprendido, a la vez, de la órbita del sujeto así como de
su visión. Es entonces cuando el objeto se convierte de cierto modo en un
objeto puro, que vuelve a encontrar quizá algo de la inmediatez, de la
fuerza, de esas formas anteriores a la estética, las formas de antes de la
estetización general de nuestra cultura. Todos esos artefactos con los que
tenemos que vérnoslas, todos esos objetos artificiales, ejercen sobre
nosotros una especie de irradiación artificial. Los simulacros en el fondo
dejan de ser simulacros, se convierten en una evidencia material y quizá
se convierten de nuevo en fetiches. Es decir que, como los fetiches, están
completamente despersonalizados, completamente desimbolizados, y, no
obstante, tienen una objetividad, valga la expresión, de una intensidad
máxima y están investidos directamente sin significación. Esto es el
objeto-fetiche, que ya no entra en el juego de la mediación estética. Y
quizá por esto mismo nuestros objetos más superficiales, los más
estereotipados, encuentran un poder de exorcismo como el de las máscaras
sacrificiales de las culturas antiguas. Porque justamente las máscaras
eran lo mismo, las máscaras absorbían la identidad de los actores; las
máscaras absorben la identidad del actor, del bailarín, de los
espectadores, y su función es provocar una especie de vértigo y esto no es
una función estética, es una función taumatúrgica o traumatúrgica, no lo
sé. Ahora bien, quizá todos estos artefactos modernos, de los
publicitarios a los electrónicos, de lo inmediático a lo virtual, todos
esos objetos, imágenes, modelos, redes, tienen de hecho una función de
vértigo simplemente, mucho más que una función de comunicación, de
información, de arte o de estética. De alguna manera, quizá se trate más
bien de una función de rechazo, de expulsión, de eyección, de exorcismo.
Entonces estos objetos se acogerían a la definición de Roger Caillois de
cuatro tipos de juego: el juego de la representación, el juego de
competencia, el juego del azar y el juego del vértigo. Empero, toda
nuestra cultura estética se funda en los juegos de la representación y de
la competencia, aunque es posible que estemos pasando a otra cultura en la
que se ha regresado al juego del vértigo y al juego aleatorio, al juego
del azar. Esto simplemente es una hipótesis, pero quizá la de una realidad
nuestra realidad que ha absorbido su propio doble hasta el vértigo y que
busca expulsarlo en todas sus formas. Entonces estos objetos banales,
estos objetos técnicos, estos objetos virtuales, vendrían a ser los nuevos
atraedores extraños, los nuevos objetos de más allá de la estética,
transestéticos, objetos-fetiches, sin ilusión, sin aura, sin valor, algo
así como el espejo de nuestra desilusión radical -objetos puros, objetos
irónicos, como lo son las imágenes de Warhol, por ejemplo. Tomemos, muy
rápidamente, el ejemplo de Andy Warhol; se ve que habla de cualquier
imagen, pero sólo para eliminarle lo imaginario y hacer de ella un
producto visual puro. Se trata de una especie de simulacro incondicional.
Muchos artistas hacen exactamente lo contrario: toman una imagen en bruto
y rehacen con ella algo estético, usan la máquina para rehacer arte,
mientras Warhol hace la verdadera metamorfosis maquinista. Warhol es la
máquina. Dijo una vez: «Quiero ser una máquina». Warhol no hace simulación
maquinista, es la máquina; no emplea la técnica para fabricar una ilusión
sino que nos da la ilusión pura de la técnica, es decir, la técnica como
ilusión radical. Y esta ilusión radical de la técnica es hoy muy superior
a la de la pintura y a la del arte. En este sentido, una máquina puede
hacerse célebre, y el propio Warhol nunca aspiró a otra celebridad que la
maquinal celebridad maquinal sin consecuencias y que no deja rastros,
celebridad que depende también ella de la exigencia de todas las cosas, de
que se les vea, se les admire, se les dé publicidad. Como es bien sabido,
Andy Warhol dijo: «Cada cual tendrá derecho a su cuarto de hora de gloria.
Pues bien, también cualquier objeto, cualquier imagen, tiene derecho a ese
cuarto de hora, pero entonces, en ese momento no es más que el médium de
esa especie gloriosa aunque efímera aparición irónica, de todas las cosas
a través de una gigantesca publicidad. Por consiguiente, vendría a ser el
mundo el que se hace su propia publicidad a través de nuestras imágenes,
obligando a nuestra imaginación a que se borre, a nuestras pasiones a
extrovertirse, y rompiendo el espejo que ponemos ante él (hipócritamente,
por cierto). Entonces, en los artefactos modernos y quizá en los nuevos
objetos artísticos (lo que podríamos llamar los nuevos objetos artísticos
cuyo arquetipo moderno son las imágenes de Warhol), ya el sujeto no impone
su visión del mundo sino, por el contrario, el mundo impone su
discontinuidad, su fragmentación, su estereofonía, su instantaneidad
artificial. Las imágenes de Warhol no son en absoluto banales porque
reflejen un mundo banal, sino justamente porque son el resultado de la
ausencia de toda pretensión del sujeto de interpretar el mundo; son el
resultado de la elevación de la imagen a la figuración pura sin la más
mínima transfiguración. Ya no se trata entonces de una trascendencia, sino
de la subida al poder del signo, que al perder toda significación natural,
resplandece en el vacío de su luz artificial. Warhol es entonces el
primero que introduce en ese fetichismo moderno (eso que podríamos llamar
fetichismo moderno), en esa ilusión transestética, una imagen sin
cualidad, sin presencia, sin deseo. Nombro a Warhol, pero si uno se
detiene a pensarlo ¿qué hacen todos los artistas modernos, de todas
maneras? Los artistas del Renacimiento, por ejemplo, creían que estaban
haciendo pintura religiosa y en realidad estaban produciendo obras de
arte. Los artistas modernos que creen que están produciendo obras de arte
¿no estarán haciendo algo muy diferente? Los objetos que producen ¿no son
algo muy diferente del arte?, por ejemplo, puros objetos-fetiches, pero
fetiches desencantados; objetos puramente decorativos de uso temporal (Roger
Caillois hablaba de «los ornamentos hiperbólicos»; objetos literalmente
supersticiosos, en el sentido en que ya no tienen que ver con una
naturaleza sublime del arte aunque perpetúan de todos modos su
superstición, la creencia en el arte, en la idea del arte en todas sus
formas. Por consiguiente, fetiches de la misma índole que los fetiches
sexuales, ellos también, por cierto, sexualmente indiferentes y que niegan
tanto la realidad del sexo como la del placer sexual el fetichismo sexual
no cree en el sexo, sólo cree en la idea del sexo, la cual, desde luego,
no es sexuada sino asexuada. De la misma forma ya no creemos en el arte,
sólo creemos en la idea del arte, la cual obviamente no es en absoluto
estética. Si se retorna un poco su historia se nota que el arte moderno,
al ya no ser más que idea, se dedica a trabajar con ideas: el
Portebouteilles de Duchamp, por ejemplo, es una idea, las latas de sopa
Campbell de Warhol son una idea; cuando Yves Klein vende un poco de aire
por un cheque en blanco, eso también es una idea. Todo esto son ideas,
signos, conceptos y ya no significan nada en absoluto, aunque significan
de todas maneras. Lo que hoy llamamos «arte» parece dar fe de ese vacío
irremediable. La idea disfraza al arte y el arte disfraza a la idea. Es
una forma de arte, diría yo, de cierta manera transexual; una forma de
disfraz extendido a todo el dominio del arte y de la cultura. Transexual a
su manera es el arte atravesado por la idea, atravesado por los signos del
arte, por los signos de su desaparición. Todo el arte moderno es abstracto
(la abstracción no es en absoluto lo opuesto a la figuración) debido a que
está atravesado por la idea más que por la imaginación de las formas o de
las sustancias. Todo el arte moderno es conceptual porque fetichiza en la
obra el concepto, el estereotipo de una modalidad cerebral del arte,
exactamente como lo que está fetichizado en la mercancía. Como dice Marx:
"No es el valor real sino el estereotipo abstracto del valor". El arte,
condenado a esta ideología fetichista y decorativa, deja de tener
existencia propia. Desde esta perspectiva se podría decir que nos
encaminamos hacia la desaparición total del arte como actividad
específica. Esto quizá conduzca o bien a una reversión de¡ arte hacia la
técnica o la artesanía pura transferida hoy a la electrónica, las
computadoras, etcétera, como se ve en todas partes, o bien se regresará a
una especie de ritualismo primario en el que cualquier cosa servirá de
gadget estético, con lo cual el arte desembocaría en una especie de kitsch
universal, equivalente por cierto al kitsch religioso en que desembocó el
arte religioso. La estetización extremadamente banal de todos los objetos
del mundo cotidiano forma parte, por supuesto, de este ritualismo
primario. Así, en efecto, el arte en tanto tal quizá no haya sido más que
un paréntesis sublime de la época moderna, una especie de lujo efímero que
una cultura se dio en un momento dado. El problema es que esta crisis del
arte amenaza con hacerse interminable. La diferencia entre Warhol y los
otros que continúan en esta crisis interminable es que con Warhol la
crisis había terminado en sustancia; éste había llevado algo a su fin.
Entonces, lo que se produce más allá, lo que está más allá de su propio
fin, resulta ahora interminable, pero ya no es más que la gestión del
cadáver, diría yo. ¿Habrá todavía una ilusión estética? Y si no la hay
¿habrá una vía hacia una ilusión transestética? ¿Habrá todavía una vía
radical hacia el secreto de la seducción, de la magia? ¿Habrá todavía, en
el confín de la hipervisibilidad de las cosas, de su transparencia, de su
virtualidad, lugar para una imagen, lugar para un enigma, lugar para
acontecimientos de la percepción acontecimientos nuevos de la percepción,
lugar para una fuerza efectiva de la ilusión, para una verdadera
estrategia de las formas y de las apariencias? Hago las preguntas aunque
evidentemente no las puedo responder. Podría decirse, en todo caso, que no
se trata de la «liberación» de las imágenes; eso es justamente lo absurdo
moderno, modernista, del arte. Se nota muy bien por todas partes que la
liberación de las imágenes ha consistido en su proliferación y, a la vez,
en su anulación en tanto tales. No hay que entregarse (no lo digo como
artista) a la superstición moderna de la liberación; a las formas, a las
figuras, no se les libera, por el contrario, se les encadena. La única
manera de liberar las formas, las figuras, las imágenes, es
encadenándolas, es decir, encontrando su encadenamiento, encontrando el
hilo conductor de una metamorfosis que las engendre, que las vincule,
claro, y ello sin violencia. Además, ellas se encadenan solas; el asunto
está en encontrar la forma sutil del encadenamiento, en adentrarse en la
intimidad de ese proceso. Hay una frase muy hermosa de Omar Khayyam que
dice: «Más te vale haber sometido a la esclavitud a un solo hombre
mediante la dulzura que haber liberado a mil esclavos». En verdad, debe
haber dos maneras de escapar de la trampa de la representación -porque la
representación es para la estética una trampa: hay la de la
desconstrucción de la representación, esa desconstrucción interminable que
ya ha durado al menos un siglo, y en la que la pintura no deja de mirarse,
de morir en los trozos de espejo roto, de manosear siempre los restos, los
residuos, teniendo siempre como contrapartida la dependencia del objeto
perdido, la dependencia de su propia muerte, siempre en busca de una
historia, en busca de un reflejo. Y hay la de salirse entonces totalmente
de la representación, olvidar toda preocupación de «lectura», de
interpretación, de desciframiento, olvidar toda la violencia crítica del
sentido para alcanzar la modalidad de aparición y desaparición de las
cosas, esa en la que simplemente declinan su presencia, pero no las formas
multiplicadas, plurales, según el espectro de las metamorfosis. Es decir,
hacer de nuevo del arte una estrategia de las formas y no, como hoy, una
táctica de los valores estéticos -valores estéticos que por cierto
terminan a menudo por ser valores económicos y comerciales. Hay que entrar
en el espectro del objeto, el espectro de disuasión del objeto, el cual es
justamente la forma de la ilusión, o sea, en el sentido literal, hay que «iluderar»,
entrar en el juego, entrar en el juego del objeto. Cuando se dice que se
supera una idea, ello quiere decir que se la niega. Superar una forma no
es lo mismo en absoluto; superar una forma es pasar de una forma a otra.
Lo primero, la superación de la ideas, define la posición intelectual,
crítica, que hoy suele ser también la del arte y la pintura modernos; lo
segundo, por el contrario, es el principio mismo de la ilusión para el
cual la forma no tiene otro destino que la forma. En este sentido se
necesitan nuevos «ilusionistas» que sepan que el arte, la pintura y muchas
otras cosas son ilusión (en el sentido fuerte del término), es decir, tan
alejadas de la crítica intelectual del mundo como de la estética
propiamente dicha. Porque la estética propiamente dicha ya es un asunto de
lo bello, lo feo, etcétera, ya hay allí un juicio de valor, pero por
supuesto el valor es diferente de la forma. Por tanto, se necesita gente
que sepa que el arte todo es antes que nada, en su forma antropológica
diría yo, un trompe-'loil, un efecto engañoso (así como el pensamiento, la
teoría, es un trompe-te-sens, un efecto engañoso de sentido), y sepa que
toda la pintura, en lugar de ser una versión expresiva o más o menos
verídica del mundo, consiste en inventar señuelos, en inventar
objetos-señuelo donde la real¡~ dad del mundo sea lo bastante ingenua como
para dejarse coger, así como la teoría no consiste en tener ideas (todo el
mundo tiene ideas y hasta hay demasiadas) y por tanto en coquetear con la
verdad, La teoría, el pensamiento, consiste en armar trampas donde el
sentido sea lo bastante ingenuo para dejarse atrapar; entonces hay que
encontrar mediante la ilusión una forma de seducción fundamental, que yo
llamaría antropológica a falta de otro término, para designar esa función
genérica de las formas, función de aparición y desaparición donde las
formas están allí mucho antes de haber cobrado sentido y donde hay que
hallar su desenvolvimiento antes de que cobren sentido -sorprender las
formas, por supuesto, antes de que se hagan reales, pues entonces allí
todo termina. No entonces la ilusión negativa de otro mundo, desde luego,
sino la ilusión positiva, radical de este mundo, de esta escena de
operaciones, de la operación simbólica del mundo, de este mundo, de esa
ilusión vital de las apariencias de que habla Nietzsche; la ilusión como
escena primitiva, muy anterior y mucho más fundamental que la escena
estética. Nosotros, las culturas modernas, ya no creemos en esa ilusión
del mundo, sino en su realidad, porque, desde luego, esa es la última
ilusión. Y hemos optado por reparar los estragos de esa ilusión con la
forma cultivada, dócil, del simulacro, la simulación, que es la forma
estética. Esta forma estética tiene una historia, pero la ilusión radical
no tiene historia. Y la forma estética, por tener una historia, tiene
también un solo tiempo, y sin duda presenciamos ahora el desvanecimiento
de esa forma histórica, estética, del simulacro, en aras quizá de una
escena primitiva de la ilusión, donde tal vez hallemos algo del ritual, de
la fantasmagoría inhumana de las culturas anteriores a la muestra.
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