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1.
He entrado en un recinto y me he detenido ante una masa mineral, ante una
cantidad de materia expuesta a la curiosidad del visitante. Es un trozo de
mármol. Es una obra de arte.
Esa obra está ahí, simplemente. No lleva finalidad ninguna. No cubre un
hueco. No sostiene un techo. No sustenta un muro. Descansa, nada más. Está
presente.
Si hubiéramos de medir el valor de los objetos por la función servicial
que desempeñan, tendríamos que decir que este mármol no representa un
valor. No sirve para nada. Es tan inútil como la piedra que acabo de
patear frente a un edificio demolido.
Pero yo advierto que no puedo mirar esta piedra como he mirado aquella.
Este mármol está ahí y descansa. Y, sin embargo, no me es indiferente como
la piedra que hace un momento he apartado con el pie para continuar mi
camino. Esta obliga a mi vista. Una cierta emanación parece desprenderse
de su forma. Hay un dinamismo en su estar. Hay una actividad en su
descanso. Esta piedra tiene algo, algo más, que no es ella misma, y que me
obliga a abandonar mi actitud de curioso para entrar en su emanación, para
detenerme ante su sugerencia, para adoptar una actitud contemplativa.
2.
He contemplado largo rato. Me he rendido al avasallamiento sereno que
surge de este bloque marmóreo y que se impone a mi espíritu. Mi vista sube
y baja nuevamente a lo largo de sus masas. No puede separarse de ellas y
siente que nada podría en este momento añadirse a estas formas que no
estuviera de más. Por otra parte, nada podría quitárseles. Mis ojos están
atrapados en su armonía y siento ese bulto como una cosa única; como algo
irrepetible, cerrado sobre sí en una actitud de compacta presencia.
3.
Pero no quiero decir, al pronunciar la palabra "cerrado", que el bloque
sea opaco e impenetrable, que se muestre agresivo a quien lo mira. Por el
contrario, una lenta blandura parece desprenderse de su materia. Y una
irresistible transparencia me permite acceder a ese algo del que antes he
dicho.
Más todavía. En este instante percibo claramente que el mármol no está
muerto, que lo habita una especie de vida subterránea que organiza su
materia y la torna irradiante. En él, como en un organismo vivo, y a pesar
de su simplicidad, no hay pobreza. Siento que tiene mucha verdad
acumulada. Relaciones sutiles. Aproximaciones inesperadas. Hay muchas
cosas juntas en ese simple trozo de mármol.
4.
Compruebo ahora que no recuerdo el tamaño ni la forma de la piedra que
encontré en mi camino. No, ni siquiera recuero su peso contra el empuje de
mi pie. Era una piedra y nada más. Es todo lo que recuerdo. Pudo servir
para tirarla contra un animal; pudo servir para echarla en los cimientos
de un edificio. Pero en ninguno de esos casos me hubiera interesado poner
en evidencia la materia como tal, sino simplemete utilizarla.
En cambio, aquí, en este recinto en que me encuentro, frente a este objeto
que se llama obra de arte, siento que la materia misma ha tomado
prestancia, ha sido puesta en relieve. Sin su luz peculiar, sin su tacto,
sin su color, sin las estrías que la ciñen, nada llegaría a mi espíritu.
Cuando pretenda rememorar la impresión única que ya no volveré a
experimentar así frente a ningún objeto, tendré que recurrir a la memoria
para resucitar la forma de este mármol, para recuperar esta materia: sólo
en ella y por ella se me ha dado hoy lo que me ha sido dado.
5.
Salgo, pues, a la calle. El día tiene una cernida luz de invierno. Me
alejo del museo. Porque es el Museo de Rodin, en París. La escultura, el
par de manos, "Catedral o secreto", de Auguste Rodin.
6.
La obra de arte es, pues, ese objeto confeccionado por el hombre con la
finalidad de que en él se haga presente la belleza.
Es por eso que en ella se da ese más, esa dimensión alegórica a la que ya
antes hicimos referencia. Como, asimismo, esa plenitud, esa sobrecarga
significativa que es propia del símbolo.
Ello es posible porque los elementos que se entremezclan en la obra han
plasmado una estructura completa, viva, irradiante, intuitiva. Apretada
sobre su forma, en la que brilla la materia a través de la cual se nos
entrega el prodigio.
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