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Entre las razones por las que el pensamiento estético de
Susan Sontag logra definir un lugar particular, ya desde sus escritos
tempranos, a comienzos de los años sesenta, cuenta su deseo y decisión de
comprender lo que estaba cambiando en la cultura de su propio tiempo. Eran
años de transformaciones complejas que implicaron una crisis profunda de
los paradigmas construidos por el modernismo[1].
Si bien Sontag nunca dejó de ser “moderna” en el núcleo duro de sus
juicios críticos (hablar de la forma, del estilo y del valor en el arte
implica sostener principios estrechamente vinculados a la modernidad),
también se planteó una actitud de apertura basada en la descripción y en
la comparación entre lo conocido y lo nuevo. Como señalaba en sus “Notas
sobre lo camp” (1965), hay cosas que existen pero que carecen de nombre.
Sontag se propuso describirlas y comprenderlas en sus particulares
inflexiones. En estos trabajos tempranos escribía sobre lo que en ese
mismo momento estaba sucediendo en el campo del cine, la literatura, el
teatro, las artes visuales. Pero no para describir sin parámetros el
efecto que le producían diversos estímulos visuales y auditivos: ejercía
la reflexión crítica buscando descubrir el sentido, sin renunciar a
establecer valores y dejando de lado el terreno cómodo y previsible del
estilo. “Hablar de estilo es una de las maneras de hablar de la totalidad
de una obra de arte. Como ocurre en todo discurso sobre totalidades, el
referirse al estilo exige apoyarse en metáforas. Y las metáforas
confunden”, escribía Sontag[2].
Treinta años después de la primera edición de su célebre compilación de
ensayos, Contra la interpretación, Sontag evaluaba su posición en
aquella época. Esta mirada retrospectiva no sólo es importante por las
críticas que dirige hacia su trabajo precedente. Lo es también porque
vuelve a poner de manifiesto el eje de un programa que, en lo substancial,
Sontag no cambia. ¿Cómo situarse frente al cambio estético, frente a
aquello que no comprendemos y que tendemos, inmediatamente, a rechazar?
Sontag reconstruye los problemas entre los que se debatía en el momento de
asumir una posición que no pretendía enterrar el buen arte del pasado pero
tampoco ignorar aquello que implicaba un cuestionamiento de sus valores:
“Las jerarquías (alto/bajo) y polaridades (forma/contenido,
intelecto/sentimiento), que desafiaba, eran las que inhibían la correcta
comprensión de la obra nueva que yo admiraba [...] La obra nueva que yo
ensalzaba (y utilizaba como una plataforma para relanzar mis ideas sobre
la creación y el conocimiento del arte) no desvirtuaba la gloria de lo que
admiraba mucho más”[3].
El final de este párrafo es contundente: “Disfrutar de la impertinente
energía y agudeza de una especie de actuación denominada happening
no hacía que me preocupara menos por Aristóteles ni por Shakespeare.
Estaba –estoy– a favor de una cultura plural, polimorfa. Entonces,
¿ninguna jerarquía? Si debo elegir entre The Doors y Dostoievski, entonces
–naturalmente– elegiré Dostoievski. Pero, ¿tengo que elegir?”[4].
La frase la sitúa en el lugar exacto de una decisión tomada a partir de
términos que ella no considera excluyentes. Una posición en la que
palabras como “disfrutar” (no comprender o explicar) señalan una relación
con el arte que no se basa prioritariamente en la explicación intelectual.
Para Sontag es más importante lo que la obra hace que lo que la obra dice[5].
Reflexionando sobre los valores éticos y sobre lo que sucedió en el arte
desde los años sesenta, Sontag da cuenta de cierto arrepentimiento sobre
el lugar de su escritura: “...si yo hubiera comprendido mejor mi época
[...] me habría hecho más prudente”[6].
Con estas palabras expresa su desilusión acerca de las consecuencias que
muchos de los principios que ella defendía –las mezclas culturales, la
insolencia, la defensa del placer– tuvieron posteriormente, al ser
apropiados como valores triunfantes del capitalismo consumista: “Barbarie
es un nombre para lo que llegaba después”; es decir, el triunfo del
nihilismo que Sontag condena. “Lo que yo no comprendía (seguramente no era
la persona correcta para comprenderlo) era que la seriedad en sí se
encontraba en las primeras etapas de perder credibilidad en la cultura en
su conjunto, y que parte del arte más trasgresor del que yo disfrutaba
reforzaría transgresiones frívolas, meramente consumistas”[7].
Aquello que Sontag respaldó con sus ensayos fue, finalmente, lo que dominó
en el mundo del arte. Un éxito atravesado por una profunda derrota: “Puede
que los juicios del gusto expresados en estos ensayos hayan triunfado.
Pero no los valores subyacentes a estos juicios”[8].
Si comienzo sintetizando el recorrido de Sontag es porque lo considero
ejemplar desde el punto de vista de la crítica de la cultura y del arte y
válido para elaborar algunas cuestiones respecto del arte más
contemporáneo. Sontag asume el riesgo de analizar su propia época, de
situarse críticamente frente a lo que está cambiando, frente a lo nuevo, y
también de observar el paisaje claudicante que ha dejado tras su paso ese
cambio que ella anticipaba como el signo de un tiempo mejor.
La dolorosa paradoja aquí descripta no es ajena a aquella que atañe a la
conquista por parte del mercado de los dispositivos transgresores de una
obra, a la domesticación de su irreverencia. Se entiende por mercado, en
este caso, no tan sólo todo aquello que remite al circuito de
comercialización (cotizaciones, marchands, subastas, galerías),
sino también a las redes de adulación que tantas veces construyen
ficciones donde no hay nada o muy poco, o que llevan a reproducir hasta el
cansancio una fórmula exitosa. Los mismos nombres u obras parecidas que
permiten llenar los rubros requeridos por ese mercado. La historia del
arte nos ofrece muchas pequeñas historias de estas genealogías del
desgaste por la reproducción y la mercantilización. Desde comienzos de
siglo, por ejemplo, las versiones de los artistas cubistas que
dulcificaban aquello que Picasso y Braque habían planteado en los términos
más ásperos.
A pesar del pesimismo que impregna su mirada retrospectiva, Sontag no
cerró sus ojos al arte más contemporáneo. Así lo demuestran los ensayos
críticos que siguió escribiendo. Alcanza recordar, en este sentido, que su
último libro[9]
concluye analizando la perturbadora obra de Jeff Wall, quien no es un
marginal al que Sontag recupera con su análisis, sino un artista exitoso
que puede encontrarse en todas las grandes exhibiciones internacionales de
los últimos años. Con esto quisiera ofrecer una alternativa frente a la
común suposición de que el éxito internacional y la calidad puedan ser
inconciliables o que la participación consagratoria en bienales
necesariamente importe una negociación espuria con sus requerimientos, un
sometimiento a sus modas. Lo que sostengo, y sobre este presupuesto se
apoyan, en parte, los argumentos de este ensayo, es que los
condicionamientos que existen en el mundo del arte (temáticas de moda,
adaptaciones a los requerimientos del mercado curatorial, recurso a
tecnologías actualizadas como signo de contemporaneidad) no son factores
excluyentes a la hora de considerar la calidad de ciertas obras. No
deberían serlo ni para celebrarlas ni para negarlas. Y por calidad no
quisiera que se entienda la adecuación a ciertos principios inamovibles
del arte, sino el desafío que algunas obras imponen a nuestros sentidos y
a nuestro intelecto.
Domina, y no sin razón, la sensación de que el arte de los últimos años
tiene mucho de farsa y que no hay ya principios para establecer la calidad
estética de una obra. La experiencia de recorrer inmensos espacios de
exhibición puede ser agotadora y, por momentos, irritativa. Y sin embargo,
hay obras frente a las cuales se puede sostener, con argumentos
convincentes, que interrumpen la línea de la gratuidad y la
superficialidad que hoy parece dominar. Propongo, entonces, dejar
momentáneamente de lado las razones extraartísticas que actualmente
invalidan muchas producciones (a las que yo y otros nos referimos cuando
escribimos sobre las políticas y el poder en los circuitos del arte
contemporáneo), para sostener que todo lo que sabemos sobre el perverso
funcionamiento de los circuitos artísticos no evita que, en esos mismos
espacios de los que sospechamos, nos encontremos con obras que plantean un
desafío para la sensibilidad y para el pensamiento.
Sin duda, los principios que nos servían para valorar y
disfrutar el arte moderno no sólo no dominan en el arte contemporáneo,
sino que, en el sentido estricto en el que cierta concepción del arte
llegó a formularlos, han perdido vigencia. Podríamos centrar el eje de
este argumento en la nociones de forma y de lenguaje,
con el fin de reponer cómo se estableció el poder legitimador de éstas y
cómo fue puesto en crisis: en qué medida tal principio de valor fue
central en la constitución de un canon que, con distintas intensidades, el
arte ha ido cuestionando desde los años sesenta.
Hay diversos caminos para plantear esta cuestión y éstos no están al
margen de la historia. En muchos sentidos los principios de la modernidad
en artes visuales fueron controvertidos por el arte de los últimos años.
El uso del término modernidad en el campo del arte contemporáneo implícito
en este texto parte de algunos rasgos muy precisos que se aplican a un
período relativamente reciente. La crisis (que es también el momento de
origen de su propio relato) se produce en el siglo XIX y tiene diversos
comienzos posibles: el realismo de Courbet, el escándalo que provocó la
Olimpia de Manet en el Salón de París de 1865, la primera exposición
impresionista en 1874. El problema principal que se planteó y que, desde
el presente, podría leerse en un sentido evolutivo, es el de la autonomía
del lenguaje. Destacar que lo que cuenta no es el tema, sino las
relaciones que desde el lenguaje específico del arte se establecen en el
interior de su propia forma, fue uno de los ejes centrales del modernismo
en el campo de las artes visuales. En la naturalización de este principio
la historia del arte moderno se estableció como un relato evolutivo,
marcado por fracasos y conquistas. Se representó en esquemas de
filiaciones y de genealogías alimentadas por sucesivas rupturas que fueron
leídas desde lo homogéneo: era como si generaciones sucesivas de artistas
se hubiesen empeñado en construir el andamiaje que conducía a la
abstracción. Éste era el punto culminante en el que el arte se explicaba
en sus propios términos y resolvía cuestiones relativas al lenguaje: las
relaciones de las formas con el fondo, de las formas entre sí, la
construcción del espacio. Y aunque la obra tuviese un tema (un puerto, una
naturaleza muerta, un retrato), la pintura no era, de todos modos, el
tema, sino la resolución de sus problemas específicos. A pesar de la
incomprensión que rodeó al arte abstracto, llegar a estas conclusiones fue
tranquilizador para quienes buscaban establecer un camino verdadero para
el arte. Si bien no había fórmulas únicas o absolutas, había búsquedas y
principios relativamente consensuados. Así se fue constituyendo un
territorio de certezas que, por supuesto, no estaban destinadas al gran
público. Eran para unos pocos iluminados que acompañaban las sucesivas
transformaciones operadas por las irrupciones de la vanguardia. Como un
ejemplo de la incomprensión y de la reacción frente a tales seguridades,
en 1947 el crítico Alejandro Castagnino descalificaba la obra de Cándido
Portinari tanto por sus deformaciones “repulsivas” (cuestionaba los rasgos
modernos de su obra) como por su realismo (que califica como “soviético”)[10]
. Se volvía, al mismo tiempo, contra el arte moderno, la abstracción, el
realismo soviético y el arte para minorías selectas.
No es posible establecer una fecha demarcatoria para decir cuándo la
certeza de que había un camino evolutivo para el arte entró en crisis,
pero sí se puede sostener que entre finales de los cincuenta y durante los
sesenta, distintos episodios fueron leídos como un cuestionamiento de la
autonomía de los lenguajes artísticos. El informalismo, con la
introducción de materiales de desecho, señaló esto con fuerza en la escena
artística local También la obra de Berni, que en 1959 La Nación
descalificaba ya no sólo porque sometía a los espectadores a contemplar
“las típicas familias pobres que se complace en fijar sobre la tela”, sino
porque ahora incluía el collage, los embadurnamientos y pegotes. [11]
En otros términos, también el pop marcó la crisis de este paradigma: la
reproducción de objetos burdos del consumo masivo, como una hamburguesa o
una caja de jabón, o la introducción de elementos del mundo real en los
assemblages de Rauschenberg, uniendo pintura, colchones y gallinas,
pusieron definitivamente en crisis el concepto de autonomía. Por eso
Clement Greenberg, el crítico y teórico norteamericano que, partiendo de
una magnífica síntesis de la tradición de la modernidad europea, había
establecido con sus ensayos algunos criterios para valorar la pintura
“buena”, no podía más que despreciar lo que ahora estaba sucediendo. Lo
que dominaba, para Greenberg, no era más que una babilonia de estilos. La
pureza había desaparecido. La vida misma, sus objetos reproducibles y
desechables en la economía de mercado que día a día se expandía, ocupaba
(y contaminaba) el espacio del arte. Los happenings, las
performances, no sólo hibridizaban géneros sino que también atentaban
contra toda idea de método o de seriedad en el arte.
¿Pero es que sólo el arte “puro”, en los términos en que lo entendía
Greenberg, puede ser considerado arte? En una época en la que las palabras
que dominan en las referencias al arte contemporáneo son mezcla, cita,
hibridez, apropiación, parodia, pastiche, ¿el arte ya no existe? También
sería posible preguntarse, ¿son éstos los términos apropiados, los únicos,
para dar cuenta de todo lo que sucede en el terreno del arte
contemporáneo?
El estado actual del arte hace difícil establecer
posiciones respecto de su calidad. La disponibilidad y la abundancia de
instrumentos para la realización de una obra (hoy los artistas hacen
simultáneamente pintura, instalaciones, performances, fotografía, video,
instalaciones) no implica que el arte contemporáneo sea bueno, simplemente
por esta disponibilidad de recursos o por no existir el requerimiento de
militar en un línea exclusiva de trabajo. Tampoco lo impide.
Por otra parte, también existen diversos compromisos en la organización de
los circuitos artísticos que permiten preguntarse por qué se incluyen unas
obras y no otras. Razones coyunturales (que suelen no estar desvinculadas
de cuestiones políticas y económicas) hacen que algunas obras se ubiquen
en el centro de la escena del arte con extraordinaria rapidez y que muchas
veces, con la misma velocidad, desaparezcan. Frente al desconcierto que
produce la dificultad de establecer criterios precisos respecto del valor
del arte, parecería que ya nada puede decirse. Sin embargo, aun cuando el
juicio estético es histórico y, en definitiva, subjetivo, hay algunos
argumentos para sostener por qué una obra nos proporcionó una experiencia
particularmente intensa, tramada en una compleja densidad de percepciones
sensibles e intelectuales. Nos son argumentos extraartísticos ni tampoco
completamente ajenos a aquello que en la tradición modernista se denominó
forma.
En su definición de la noción de forma de la obra de arte reformulada
desde las transformaciones de los años sesenta, Sontag le atribuye el
poder de “prolongar” o retardar las emociones”, de proporcionar un “placer
sensual independiente del ‘contenido’, y de invitar al uso de la
inteligencia”[12].
Su aproximación a esta noción se basa más en aquello que produce la forma
de la obra que en la posibilidad de definir exactamente qué es. Lo que
propongo ahora es considerar algunos aspectos del arte más contemporáneo
centrándome en la reflexión sobre algunas obras particulares. Obras, en
las cuales el artista tomó decisiones que dan cuenta de una reflexión
profunda acerca de lo que quería transmitir y sobre cuál era la forma más
eficaz para hacerlo; decisiones que implicaron renuncias paulatinas a todo
aquello innecesario o superfluo, incluso a lo más específico de su propio
hacer técnico (como veremos en el caso de Rosângela Rennó), con el
propósito de elaborar las formas (o dispositivos que generan la
articulación de la obra, su lógica interna) elegidas para hacer de la obra
una experiencia de profundo extrañamiento (de ahí su dificultad inicial) y
de extrema eficacia (expresada en la necesidad de demorarse en el
dispositivo perceptual, emocional e intelectual de la obra).
Nuestro argumento es que no sólo en la pintura plana con tendencia a la
abstracción es posible hablar de forma. Aun fuera del sistema evolutivo
del lenguaje que había propuesto el modernismo para referirse a la noción
de forma, también el arte contemporáneo permite considerar algunos
principios para los que esta palabra sigue siendo apropiada. Por ejemplo,
la economía de recursos que transmite la sensación de adecuación entre
determinados contenidos y las organizaciones formales en las que éstos se
resuelven, es decir, su relación no gratuita. La reflexión parte de
experiencias personales. No de fotos, catálogos o videos, sino de lo que
sucede cuando se recorre un espacio de exhibición extenuante (la
Documenta de Kassel, la bienal de San Pablo o el Centro Cultural
Recoleta de Buenos Aires, por ejemplo) y el cansancio y el agotamiento se
diluyen ante el contacto con ciertas obras que invaden nuestros sentidos
con el poder de lo inmediato e intraducible.
From the Other Side, video instalación de Chantal Akerman en la
última Documenta de Kassel, era, en muchos sentidos, previsible.
A diferencia de los primeros films, más cercanos a una estética
minimalista, sus video instalaciones se componen de fragmentos que
pretenden rearticularse en el espacio provocando una experiencia dinámica
en el espectador. El tema es, en este caso, el de la frontera entre México
y los Estados Unidos: la experiencia de los que cruzan, los controles de
la policía migratoria, el testimonio de los que quedan de un lado o del
otro. Varios televisores transmiten simultáneamente los videos que
registran entrevistas y documentan persecuciones. El conjunto puede servir
para acumular pruebas sobre lo que allí sucede, pero no sólo no logra
aproximarse a la experiencia de lo que en verdad pasa en la frontera, sino
que no agrega absolutamente nada en términos de experiencia estética. Un
bombardeo de imágenes simultáneas que en su coexistencia neutralizan lo
que cada una muestra y atemperan la urgencia y el dramatismo del tema.
Todo esto se hace particularmente visible por la proximidad de la video
instalación de Shirim Neshat, en la que el tema no era radicalmente
distinto y tampoco se apartaba de la agenda temática que predominaba en la
Documenta. Pero lo que sucedía en ese espacio evitaba que ninguna
razón externa a la obra misma lograra invalidarla, ni la oportunidad
política de su tema, ni el éxito creciente que ha tenido su obra, ni los
recursos técnicos que utilizó.
Tooba sucede en dos pantallas enfrentadas en las que dos
películas distintas ocupan aproximadamente 11 minutos. En una un ojo, en
la otra un paisaje. Desde el ojo la cámara se aleja lentamente
descubriendo el rostro y el cuerpo, incrustados en un árbol. Detrás un
muro y el cielo; nuevamente se acerca la cámara al rostro de la mujer y se
aproxima a sus labios. Detrás del muro se ven las montañas. Termina con un
punto de vista bajo y una imagen fija. En la otra pantalla, un grupo de
personas vestidas de negro avanza por el paisaje desde el horizonte; la
cámara se mueve entre el cielo y la multitud que se desplaza con
movimientos coordinados, en masa. Caminan hacia un muro; saltan y se
aproximan hacia un árbol aislado. La cámara se mueve veloz entre los
rostros; se dispersan hacia el límite del muro. Ambas imágenes se
oscurecen[13].
No necesitamos saber nada previo sobre esta obra para que sus 11 minutos
nos absorban por completo. Estos films de Neshat eran un ámbito de
fascinación en la acumulación de obra de la Documenta. Lo que
allí sucedía tenía otro clima, otra densidad, una profundidad alcanzada
por una consecuente reducción. Las imágenes sepia, con una luz modulada en
el registro de la economía de valores graduales, sin saltos, acostumbraban
al ojo a recorrer sus grises cálidos, también a forzar la pupila en los
contrastes entre la mirada abarcadora del paisaje y la focalizada en el
fragmento en el que se dilataban las irregularidades de la piel. Hasta
aquí los rasgos abstractos del lenguaje, la luz, los encuadres, los
movimientos de la cámara. Ubicados entre las dos pantallas, que no
podíamos ver juntas, era imposible no acompañar con el movimiento del
rostro, hacia un lado y hacia el otro, los cambios demorados que se
producían en cada una: de lo particular a lo general, del adentro al
afuera, de lo individual a lo colectivo, de lo femenino a lo masculino. Un
lenguaje atravesado por determinada selección de materiales de la
historia. La ropa, el paisaje, los títulos, remiten a la cultura iraní, a
lo poco que sabemos, que escasamente comprendemos de ésta. Y sin embargo,
ninguna de estas imágenes fue filmada en Irán. La película se hizo en
Oaxaca, México.
La carrera de Neshat fue fulminante. La poética de sus films y sus temas
rápidamente encontraron un lugar de reconocimiento en los grandes
escenarios internacionales. Leemos que Neshat nació en Irak, que creció
allí durante los años de la reforma del sha que intentó “occidentalizar”
el país, que dejó el país y volvió en 1990, después de la revolución que
impuso el chador, que representa tanto el sometimiento a la
obligación de usarlo como la resistencia a la occidentalización. Una
revolución conservadora, restauradora de las tradiciones, que al mismo
tiempo produjo un efecto sobre la creación artística, particularmente en
el cine. La idea de purificación cultural eliminó las influencias
occidentales que habían acercado el cine iraní al cine comercial de
occidente. Las normas impuestas por el gobierno forzaron a los directores
a reformular sus ideas y a gestar formas que pudiesen deslizarse entre los
límites de la censura. Sin proponer una crítica abierta, este cine remite
a rasgos particulares de la cultura iraní[14].
Los sentidos que Neshat descubre en este nuevo contacto atraviesan las
películas que tomarán la forma de una triología sobre el Irán:
Turbulent, Rapture y Fervor. Las tres remiten al
lugar de la mujer, que Neshat no ve desde el estereotipo de occidente,
como una mujer frágil, sino poderosa. “Lo que yo trato de hacer comprender
a través de mi trabajo es ese poder. En Rapture el corazón de la
historia es el viaje de las mujeres del desierto al mar. El viaje es el
intento de recobrar la libertad”[15].
En su trabajo cinematográfico no sólo trata sobre el lugar de la mujer en
la sociedad iraní, también aborda el exilio, su propio exilio, y, en este
sentido, su obra también se vincula al testimonio. El problema de Neshat
es la dualidad del inmigrante, de aquel que está en su propio mundo y el
que lo rodea, en una relación de doble extrañamiento. Una experiencia
socialmente significativa que ella trata, por ejemplo, desde la tensión
entre la cordura y lo insano. Ésta quizás sea la parte más previsible de
su trabajo, una temática que la compromete en forma directa, pero que
también está instalada como un tópico recurrente. El exilio es un tema de
época que puede encontrarse en muchos otros artistas. Lo que es personal y
particular es la forma en la que Neshat elabora las imágenes del relato.
“La mayor parte de las personas son particularmente conscientes de una
cultura, un lugar, una casa, los exiliados son conscientes de dos, y esta
pluralidad de la visión les da conciencia de dimensiones simultáneas, una
conciencia que –para tomar prestada una frase de la música– es
contrapuntística.” [16]Sherat
sostiene que aunque sus temas tienen que ver con circunstancias
históricas, culturales y sociopolíticas, pretende que su trabajo funcione
a un nivel más primario, básicamente emocional. La belleza es el canal del
que depende este poder para comunicar. Un concepto de belleza que, al
mismo tiempo, ella retoma desde el sentido que asume en esa sociedad a la
que regresa. Neshat quiere hacer una obra bella porque la belleza es un
concepto importante en el Islam, vinculado a la mirada como distancia
crítica[17].
Distanciamiento que ella produce por el uso de la cámara, la renuncia al
color, la restricción narrativa, la música poderosa de Sussan Deyhim, la
forma en la que se articula el espacio de exhibición, involucrando al
espectador. No sólo porque físicamente éste se encuentra entre dos
pantallas, también porque lo que se narra en cada una es diferente. Neshat
entrelaza la secuencia de las imágenes enfrentadas y provoca una decisión:
hacia dónde se mira, cuándo se gira el rostro.
Es verdad que la organización de sus instalaciones es contrapuntística.
Como en la música, cuando dos líneas melódicas suenan simultáneamente y se
combinan, las imágenes proyectadas tienen, cada una, su propia narración.
Pero a diferencia de lo que sucede en la música, no se pueden mirar ambas
a la vez. La decisión no es arbitraria, es la secuencia de las imágenes la
que nos lleva de una pantalla a la otra, dejándonos captar lo que se
inaugura en una, pero haciéndonos saber, al mismo tiempo, que hay algo que
perdemos en la otra. Este uso del contrapunto, este traspaso de una forma
sonora a una forma fílmica y de exhibición, nos produce una ansiedad
particular, un aceleramiento activado por el deseo de verlo todo y la
conciencia de que no es posible. Una economía de la forma basada en el
sacrificio; tensada entre la belleza que nos proporcionan las imágenes y
los condicionamientos que se nos imponen para verlas. La estructura
compositiva de la video instalación, la secuencia de la narración, los
ritmos de transformación de las imágenes, la disposición de las pantallas,
todos estos elementos configuran formalmente los ejes sobre los que Neshat
trabaja y que están socialmente significados: la relación entre libertad y
encierro, entre lo que se puede y no se puede ver, el poder de la mirada,
de los ojos, de la forma de ocultamiento que impone el chador.
Por supuesto que la utilización de una forma contrapuntística también
resulta de los temas de Neshat: la oposición entre lo femenino y lo
masculino, entre estar adentro y estar afuera, la cultura de occidente y
la del mundo del Islam. Las dos pantallas le sirven para materializar la
oposición de estos mundos. Pero más que señalar las razones temáticas que
hacen que enfrente dos mundos en dos pantallas, me interesa subrayar el
hecho de que la forma que elige es portadora en sí misma de una eficacia
comunicativa. En definitiva, no importa demasiado conocer sobre los temas.
Ni el paisaje ni sus personajes corresponden al mundo que la escena
vagamente representa. Nada de esto importa, porque la obra no se propone
como un documento. Lo que se busca es reconstruir una problematicidad
articulada desde una particular noción de belleza. Seducidos por la
compensación del goce que nos producen esas imágenes, negociamos la
materialidad temporal de la mirada entre el deseo de verlo todo y la
conciencia de que vemos exactamente el mismo tiempo que perdemos. No
estamos frente a superficies inmóviles para observar con detenimiento ni
en un espacio para ser recorrido. Las imágenes transcurren en el tiempo y
cercan al espectador. El gran acierto de Neshat radica en la eficacia de
la forma (tanto fílmica como de construcción del espacio de exhibición),
frente a la cual no es posible permanecer indiferente. Requeridos por las
relaciones narrativas que nos tensan entre ambas pantallas, la obra
convierte el tema en experiencia. Su estructura cinemática no se apoya en
la exhibición de repertorios que abordan el tema de la dualidad, ya
señalado, sino en su capacidad de producirla en el espectador, la
necesidad de estar en los mundos que transcurren en cada pantalla y no
poder. Y aunque el título de la video instalación es referencial –Tooba
es el nombre de un árbol mítico en el Corán que Neshat encarna en una
mujer; representa el jardín como un signo del paraíso y la gente que
avanza representa el poder que la rodea y acecha–, sin embargo, todo lo
que sucede, sucede en la obra.
¿Es posible ver sin imágenes, oir sin sonidos, percibir
la superficie sin rugosidades, temperaturas, suavidades? Sería como cantar
sin la voz o tocar sin los dedos, una afirmación de algo que existe a
partir de su más radical negación de las formas de percibirlo. Aun si se
plantease tal tarea como un desafío, se impondrían las preguntas sobre el
sentido, ¿por qué representar sin imágenes o componer sin sonidos?
Arquivo Universal, el proyecto de Rosângela Rennó de coleccionar
textos que vinculan personas e imágenes fotográficas, prescindiendo de las
imágenes, se coloca en este campo[18].
Un archivo universal de imágenes sin imágenes. Este acto de reducción está
precedido por otros. Fundamentalmente la decisión de Rennó de suspender la
producción de nuevas fotografías. Ante el exceso de imágenes que día a día
se multiplican, ella retoma fotos familiares, fotos de archivos oficiales,
de fotógrafos populares, sobre las que trabaja reabriendo el proceso
técnico de producción de la imagen fotográfica.
Seguir el entrelazamiento de ideas y formas poéticas que desarrolla en la
trayectoria de su obra es, en sí mismo, un ejercicio riguroso para la
inteligencia y la sensibilidad. Sin embargo, no voy a detenerme en la
reconstrucción de los distintos momentos por los que pasa su producción
artística, en proveer argumentos que permitan aproximarse al proceso de su
realización, los porqué y los cómo se definen las decisiones de su obra.
No quiero extraer de ese recorrido mi argumento, sino del recuerdo de la
percepción de una obra precisa que, leída luego en el contexto de su
producción, alcanza, a mi juicio, una particular densidad comunicativa que
no depende del contenido y que, a la vez, incita al uso de la
inteligencia. In Oblivionem (1994/95) logra, con particular
acierto, condensar todo aquello que luego podemos ahondar en las diversas
lecturas interpretativas de su obra.
Lo que percibimos es, sencillamente, un espacio de exhibición con cuadros
dispuestos en las paredes, en los que no hay, en principio, ninguna
imagen, ninguna representación. Es como la escenografía de una exhibición
que no hace más que mostrar las partes que la componen: marcos blancos, de
yeso, cuyas molduras se funden con el muro, acompañados por la vibración
de lo que parece un texto en la pared. Como en Arquivo universal,
los textos son descriptivos, remiten a imágenes. El conjunto es reducido,
escasamente seductor. Y sin embargo nos demora. Es la opacidad que impacta
desde esos marcos en los que parece no haber nada la que nos impulsa a
acercarnos y a mirar con atención. Allí donde sólo parecía haber una
superficie negra, una pizarra, encontramos imágenes que apenas se perciben
entre las mínimas diferencias de valores extremadamente bajos, oscuros.
Son fotografías negras en papel resinado o en películas ortocromáticas
pintadas, fotografías de álbumes de familia y de mujeres. La tensión entre
la percepción inicial en la que sólo veíamos el esqueleto de una
exposición y la sutileza de valores que logra mediante el proceso técnico
de la fotografía en el tratamiento de las imágenes, hace que esta obra
alcance una intensidad mayor que aquellas en las que sólo presentaba los
textos. Mayor, también, que si exhibiese únicamente las fotos de un álbum
de familia, enmarcadas y alineadas.
La percepción, la experiencia de estar en esta instalación, no puede
reproducirse en imágenes (es decir, en las fotografías de la instalación)
ni traducirse en palabras. La clave no radica en el contenido de los
textos ni en el artificio de eliminar la imagen. Es la percepción del
espacio, su gravedad antidecorativa y solemne, la que detona la necesidad
de conocer más, de comparar esta obra con otras de la misma artista, de
leer los textos, es decir, de desagregar la información intelectual que
hará de la contemplación de la obra un acto más complejo, pero que nunca
borrará la percepción inicial. Es entonces cuando podemos sobredimensionar
lo que en principio podía haber sido leído como un artificio –la aparente
eliminación de la imagen–, como una decisión de reducción y renuncia. Toda
la obra de Rennó es un trabajo sobre la técnica y sus límites: los
distintos procesos de revelado de la imagen, el trabajo sobre los
negativos, la eliminación de los contrastes, la traducción de una
monocromía a otra monocromía (de los negros, de los rojos). Es también una
compleja elaboración sobre el espacio y sobre las formas de hacer visible
la imagen. La disposición de las imágenes hace del espacio una caja
significativa más que un soporte. Y la proximidad con cada una de ellas
nos demora en una reflexión sobre las condiciones de la visibilidad y en
el placer que produce recorrer una superficie articulada por las
diferencias mínimas de valor, de brillos y de texturas. Es decir, datos
internos del lenguaje de las artes visuales.
Sabemos que Rennó trabaja sobre archivos fotográficos institucionales, por
ejemplo los carcelarios y sobre archivos de fotógrafos populares y
familiares. Este corpus de imágenes es en sí mismo significativo, portador
de un sentido testimonial y crítico. Volver sobre esas fotos le permitió
revisar el otro lado del proyecto utópico de Brasilia, que construía su
ideal de perfección utilizando el trabajo infantil o la represión de una
revuelta de los trabajadores. Pero esta información no alcanza para
explicar esta obra. La experiencia perceptual que produce esta forma de
elaborar los materiales, de recurrir a la técnica, de componer en el
espacio, proporciona una clave más intensa, más duradera, de lo que, en
una exposición de fotografías de presos, sólo hubiese sido la disposición
en las paredes de un archivo documental. La densidad de esta imagen,
entendida en su conjunto, no radica en la alta definición de la
información, sino, por el contrario, en los recursos utilizados para
hacerla durar. Es ese peso comunicativo el que la obra de Rennó logra, más
allá de sus temas o del uso de los dispositivos de producción de obra del
arte más contemporáneo. Una densidad que descansa en el rigor constructivo
y en la fuga poética que provoca el oscurecimiento de la literalidad de la
imagen. El criticismo del conjunto no radica en lo que representan las
fotos, sino en la forma de presentarlas, expandiendo el tiempo de
contemplación, eliminando toda posibilidad de que sólo sean miradas como
información relativa a un hecho histórico particular.
La exposición de Liliana Porter en el Centro Cultural
Recoleta de Buenos Aires (2003) permitiría agregar infinitas modulaciones
a la cuestión que aquí se quiere abordar. ¿Puede hablarse de una forma en
el arte más contemporáneo? Las obras expuestas proporcionaban, cada una,
una sutil respuesta, nunca definitiva. La situación del espectador era
bien distante de aquella que lo condicionaba en la video instalación de
Neshat o en la exhibición de Rennó. Estaba señalada por la provocación de
la primera imagen que veía, en la que se exponía una paradoja, no exenta
de humor, sobre los límites entre la realidad y la representación. Aunque
Porter parte de objetos reales que ella u otro fotografía, todo en su obra
remite al artificio: las manos fotografiadas son, a su vez, soporte de la
ficción, soporte de un dibujo; en El mago de Magritte, a sus
múltiples manos ella agrega la suya, dándole de comer al mago con un
tenedor real. Todo esto lo elabora a través del proceso de distanciamiento
que produce el hecho de que la toma fotográfica se convierta luego en
grabado. Durante un período de su obra, la fotografía no era la obra en sí
misma, sino parte de un proceso de producción que concluía en la edición
de un grabado.
Lo que la exhibición de Porter reunía, en su conjunto, era una filigranada
y porosa reflexión sobre el lugar del autor, del espectador cómplice, de
la producción de una imagen, de la construcción de un mundo poético. Un
conjunto en el que la reflexión sobre los dispositivos de la elaboración
de la obra, sobre todo aquello que condiciona la forma en la que miramos
(la realidad o el arte), parecía dominar sobre el tema. Y sin embargo,
también estaba implícita en este conjunto la puesta en escena de una
subjetividad social: “las cosas que les suceden a sus personajes son las
mismas que nos suceden a nosotros y los personajes que representan remiten
a comportamientos y actitudes sociales específicos” [19], aun cuando estos
comportamientos estén protagonizados por patitos o por un oso tamborilero.
En el caso de Porter, en el que gran parte de su obra es un explayarse
sobre los dispositivos con los que el arte elabora la distancia entre la
realidad y la representación, la percepción final del conjunto nos acerca
a una emotividad cotidiana, tierna, basada en sutiles ironías. La cita, la
parodia, la apropiación, recursos constantes en todas las obras de Porter,
no son los instrumentos de un comentario sarcástico, sino una manera de
aproximarnos a una sensibilidad atravesada por los lugares más comunes de
la cotidianeidad. Es, en definitiva, una comprensión cómplice de los
lugares menos solemnes de la vida contemporánea; una obra en la que sus
procesos de elaboración no proponen abordar los grandes temas, sino
aquellos que impregnan las más pequeñas y comunes experiencias. Las cosas
que pasan todos los días y que contradicen nuestras certezas. Cada obra de
Porter es un ingreso al caudal de experiencias que conforma nuestra
emotividad. No nos habla de nada desconocido, remite a la poética del
lugar común, le restituye humor y profundidad. Porter consigue esto a
partir del dispositivo mínimo que en cada obra propone para agregar un
comentario, un ángulo de aproximación a estas cuestiones. El conjunto nos
introduce en los niveles más cotidianos de la sensibilidad contemporánea.
¿Puede sostenerse que el arte más contemporáneo es aun
un modo de investigación, como lo fue en la modernidad, de las
consecuencias de los sueños y fracasos de nuestra propia época? En un
artículo reciente, un modernista consecuente y obstinado como T.J. Clark
formula una pregunta pertinente y, como generalmente sucede con Clark,
brillante[20].
En términos generales, su interrogante apunta a plantear si es posible
para el arte actual traducir en nuevas formas estéticas el imaginario del
presente. Clark declara su escaso conocimiento y simpatía por el arte más
contemporáneo o posmoderno y su profunda devoción por la modernidad. Sus
preguntas no están formuladas, entonces, desde la aceptación o comprensión
de los nuevos paradigmas de producción estética; por el contrario, lo
están desde los principios que define para el arte moderno. Desde aquellos
rasgos que reconoce en un poeta moderno como Yeats, quien creía que la
tarea del arte era sumergir al lector o al espectador en el espanto y el
éxtasis del poema, al menos mientras durase el poema. Clark, a lo largo de
su ensayo, proporciona algunas claves para establecer condiciones de
reconocimiento de la forma, como la capacidad de hacer durar una
experiencia, de lograr cierta petrificación de las formas que incorporen
los rasgos del presente. Rasgos generales que ya no llevan implícita (y
este es el gran acierto en la manera que Clark establece para formular sus
preguntas) ninguna certeza: básicamente, que las reglas del arte podían
someterse a prueba, o que el lenguaje artístico evoluciona. La pregunta de
Clark tiene respuestas en obras como las de Neshat, Rennó o Porter [21].Esas
obras que permiten ir más allá del escepticismo que el estado generalizado
del arte y sus redes de poder puedan llegar a producirnos. Un escepticismo
respecto de sus condiciones de producción de visualidad al que remiten los
términos que predominan para explicar el arte posmoderno, como cita,
parodia o pastiche. Lo que estas obras, entre muchas otras, demuestran, es
que el chiste posmoderno puede ser el punto de partida de una experiencia
que requiere otro vocabulario para traducirse en palabras: sensibilidad,
inteligencia, belleza. Palabras que no deben entenderse en un sentido
ingenuamente afirmativo, sino en su potencial transformador y revulsivo.
Notas
[1]Tanto en los centros de Europa
y los Estados Unidos como en la Argentina, por razones y en formas
específicas que sería muy extenso desarrollar aquí.
[2]Susan Sontag, Contra la
interpretación, Buenos Aires, Alfaguara, 1996, p. 42.
[3]Ibid.,
13-14.
[4] Ibid., p. 14.
[5] Ibid., p. 27. En su
último libro, Ante el dolor de los demás (Alfaguara, Buenos
Aires, 2003), Sontag reformula esto, afirmando que la obra también hace
por lo que dice.
[6] Ibid., p. 16.
[7] Ibid., p. 17.
[8] Idem.
[9] Ante el dolor de los
demás, op. cit.
[10] Castagnino, Alejandro, “Arte
sombrío y arte formulista. A propósito de la reciente exposición de
Cándido Portinari”, Arte y Letras, año III, nos. 35-36, Buenos
Aires, 1947, pp. 26-28 y 30.
[11] “Berni”, La Nación,
9 de mayo de 1959, p. 4.
[12] Sontag, Susan, Contra la
interpretación.... p. 238.
[13] Filmada por Darius Khondji,
la música es de Sussan Deyhim.
[14] En esta generación de
cineastas tiene un lugar de pionero Abbas Kiarostami. Sobre estos aspectos
reflexiona Shirim Neshat en una conversación con Arthur C. Danto publicada
en Bomb, nº 73, fall 2000, pp. 60-67.
[15] Idem.
[16] Shirim Neshat en Amei
Wallach, “Shirim Neshat: Islamic Counterpoints”, Art in America,
octubre de 2001, p. 140. El destacado es nuestro.
[17] Entrevista con A. Danto,
art. cit., p. 67.
[18] Entre los trabajos que
analizan la obra de Rosângela Rennó se destacan los de Maria Angélica
Melendi, “Arquivos do mal-mal d’arquive”, Vulgo-Rosângela Rennó,
Sidney, University of Western Sydney, Ucpear, 2000, pp. 6-15 y “La ciudad
escondida: recuerdos de Brasilia”, conferencia presentada en el seminario
internacional Los estudios de arte desde América Latina,
Fundación Paul Getty, Veracruz, México, 2002.
[19] Inés Katzenstein, “Liliana
Porter. Fotografía y ficción”, en Liliana Porter. Fotografía y ficción,
Centro Cultural Recoleta-Malba. Colección Costantini, 2003, p. 36.
[20] T.J.Clark, “Modernismo,
posmodernismo y vapor”, milpalabras, nº 4, primavera-verano 2002,
pp. 47-62 (publicado por primera vez com “Modernism, Postmodernism, and
Steam” en October, nº 100, primavera 2002, p. 154-174)).
[21]Muchas otras obras –que no
menciono a fin de no configurar una lista- podrían incluirse, aun si tan
solo considerásemos la escena artística local.
Extraído de Revista Punto de Vista,
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