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Arte. Plástica. Estética. Cultura /
Art. Plastic. Aesthetic. Culture

La destructividad en el arte

Silvia Gurfein

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El ejercicio de pensar los temas que nos convocan me llevó por distintos caminos hasta encontrar la postura correcta, y con postura me refiero al lugar interno desde donde abordarlos y no al sentido moral de la palabra correcta.
Los artistas, como todos los sujetos sociales, tenemos algún tipo de moral que seguramente se filtre en la obra, del mismo modo en que otras cuestiones lo hacen. Las obras de arte son siempre marcas ideológicas.
Ahora bien, creo que en el momento de la producción y generación de una obra no intervienen los juicios de tipo moral.
visiones singulares que cobran existencia en la obra y que tienden puentes hacia el encuentro con otros que allí se puedan reconocer. Pero el otro, condición fundamental para la comprensión moral. Es otro simbólico, internalizado, fantasmático.
A la hora de la creación, el artista está ocupado de sus obsesiones, atento a la verdad interna, ocupado de llevar a cabo la obra en su máxima justeza, empujando sus propios límites, caminando por los bordes, poniendo el cuerpo, sometiendo a riesgo su mente.
Quien tomó el compromiso de actuar en el mundo, de llevar a cabo una acción en el mundo, de hacer arte, creo que se presupone bueno, se presupone inocente.
Con inocencia me refiero al estado libre de segundas intenciones. Es decir, consecuente con las primeras intenciones, con propósitos primordiales.
El movimiento original es inocente.
La creación parte del supuesto de inocencia.
La inocencia no es un estado inmanente, es una práctica. Es un espacio, al que el artista retorna.
Un estado cero, un espacio en el que miramos todo por primera vez cada vez.
Si se cumple este supuesto, cualquier asunto, incluso el mal, o aquello que es considerado moralmente malo, o los temas tabú de una determinada sociedad en un determinado momento, puede ser abordado.
Ahora bien, inocencia no es ingenuidad.
Miro el mundo y observo las estrategias cargadas de segundas intenciones. Me refiero a los que hacen uso del conocimiento de las leyes del mundo para obtener beneficios particulares y ejercer algún tipo de control.
La intencionalidad, la manipulación especulativa intenta ejercer el control, apoderarse del otro.
La inocencia nos libera y libera al otro.
De la especulación pueden medirse los efectos. Su efectividad es mensurable.
La libertad no es posible de medir.
Es obvio que cuando me refiero a las estrategias especulativas hablo de la propaganda, del marketing, de las obras efectistas, de las políticas neoliberales, etc. etc. etc.
Las obras de provocación ligan la obra a la búsqueda de una determinada reacción del otro. La obra parece tener existencia en esa operación que requiere de la reacción del otro ( rechazo, repugnancia, miedo, morbo, etc. )
Entonces me pregunto si la materia con la que trabaja esa obra no es la estrategia misma y si la obra ES la estrategia o quiere dar cuenta de ese material.
Creo que los artistas siempre están empujando un límite, un borde y abren zonas nuevas de pensamiento, de sentido, de noción, de reflexión, de visión. Iluminan una zona que estaba en la oscuridad.
Esa tensión, el empuje del límite, es parte del movimiento del arte.
Pero el escándalo, aún siendo un instrumento de acción simbólica por excelencia, no es el único camino de correr el límite.
Hay obras silenciosas que desplazan los bordes e iluminan territorios nuevos.
El arte nos instala ante la pregunta por el sentido y no por la funcionalidad.
En el arte no hay búsqueda directa de efectos, hay construcción de sentido.
Y por supuesto que esto tiene efectos. Cuando hay arte hay liberación del otro.
La responsabilidad del artista es el enorme compromiso con su inocencia. El rigor de estar en el centro mismo de su ser inocente.


 

 

 

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