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El ejercicio de pensar los temas que nos convocan me llevó
por distintos caminos hasta encontrar la postura correcta, y con postura
me refiero al lugar interno desde donde abordarlos y no al sentido moral
de la palabra correcta.
Los artistas, como todos los sujetos sociales, tenemos algún tipo de moral
que seguramente se filtre en la obra, del mismo modo en que otras
cuestiones lo hacen. Las obras de arte son siempre marcas ideológicas.
Ahora bien, creo que en el momento de la producción y generación de una
obra no intervienen los juicios de tipo moral.
visiones singulares que cobran existencia en la obra y que tienden puentes
hacia el encuentro con otros que allí se puedan reconocer. Pero el otro,
condición fundamental para la comprensión moral. Es otro simbólico,
internalizado, fantasmático.
A la hora de la creación, el artista está ocupado de sus obsesiones,
atento a la verdad interna, ocupado de llevar a cabo la obra en su máxima
justeza, empujando sus propios límites, caminando por los bordes, poniendo
el cuerpo, sometiendo a riesgo su mente.
Quien tomó el compromiso de actuar en el mundo, de llevar a cabo una
acción en el mundo, de hacer arte, creo que se presupone bueno, se
presupone inocente.
Con inocencia me refiero al estado libre de segundas intenciones. Es
decir, consecuente con las primeras intenciones, con propósitos
primordiales.
El movimiento original es inocente.
La creación parte del supuesto de inocencia.
La inocencia no es un estado inmanente, es una práctica. Es un espacio, al
que el artista retorna.
Un estado cero, un espacio en el que miramos todo por primera vez cada
vez.
Si se cumple este supuesto, cualquier asunto, incluso el mal, o aquello
que es considerado moralmente malo, o los temas tabú de una determinada
sociedad en un determinado momento, puede ser abordado.
Ahora bien, inocencia no es ingenuidad.
Miro el mundo y observo las estrategias cargadas de segundas intenciones.
Me refiero a los que hacen uso del conocimiento de las leyes del mundo
para obtener beneficios particulares y ejercer algún tipo de control.
La intencionalidad, la manipulación especulativa intenta ejercer el
control, apoderarse del otro.
La inocencia nos libera y libera al otro.
De la especulación pueden medirse los efectos. Su efectividad es
mensurable.
La libertad no es posible de medir.
Es obvio que cuando me refiero a las estrategias especulativas hablo de la
propaganda, del marketing, de las obras efectistas, de las políticas
neoliberales, etc. etc. etc.
Las obras de provocación ligan la obra a la búsqueda de una determinada
reacción del otro. La obra parece tener existencia en esa operación que
requiere de la reacción del otro ( rechazo, repugnancia, miedo, morbo,
etc. )
Entonces me pregunto si la materia con la que trabaja esa obra no es la
estrategia misma y si la obra ES la estrategia o quiere dar cuenta de ese
material.
Creo que los artistas siempre están empujando un límite, un borde y abren
zonas nuevas de pensamiento, de sentido, de noción, de reflexión, de
visión. Iluminan una zona que estaba en la oscuridad.
Esa tensión, el empuje del límite, es parte del movimiento del arte.
Pero el escándalo, aún siendo un instrumento de acción simbólica por
excelencia, no es el único camino de correr el límite.
Hay obras silenciosas que desplazan los bordes e iluminan territorios
nuevos.
El arte nos instala ante la pregunta por el sentido y no por la
funcionalidad.
En el arte no hay búsqueda directa de efectos, hay construcción de
sentido.
Y por supuesto que esto tiene efectos. Cuando hay arte hay liberación del
otro.
La responsabilidad del artista es el enorme compromiso con su inocencia.
El rigor de estar en el centro mismo de su ser inocente.
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