De igual forma, en Femmes au jardin [Mujeres en el jardín] (París,
Museo de Orsay), gran composición realizada al aire libre en el jardín del
pintor, en Ville-d'Avray, Monet logra traducir la espontaneidad de la
primera "impresión": el sol juega a través del follaje y manchas de luz y
sombra se dibujan en el suelo en una clara oposición. La obra fue
rechazada en el Salón de 1867 y adquirida por Bazille, cuyo cuadro,
Réunion de famille [Reunión de familia] (París, Museo de Orsay),
aceptado en el Salón de 1868, constituía, de alguna manera, una respuesta
a Femmes au jardin.
Durante la década de 1860 a ejemplo de los pintores de Barbizon, la joven
generación (Manet, Pissarro, Monet, Renoir, Sisley, Bazille, Cézanne),
seguía solicitando el reconocimiento del jurado del Salón anual y deseando
figurar en esta manifestación del arte oficial. Si los impresionistas no
negaron sus vínculos con el pasado, retomando algunas veces la técnica de
los pintores de Barbizon, como el uso de la espátula, practicado por
Courbet, o el estilo de Daubigny, trataron de diferenciarse de éstos
evitando toda pincelada "romántica" en sus paisajes, a los que dieron una
objetividad que anteriormente sólo existía en ciertos bosquejos pintados a
imitación de la naturaleza. Daubigny había tratado el ciclo de las
estaciones de una manera tradicional; dicho tema clásico será retomado por
Millet, quien le dará un nuevo enfoque. La presencia del arco iris y el
papel que tiene la luz en Le Printemps [La primavera] de Millet
(1868-1873, París, Museo de Orsay), anunciaban ya, en vísperas de la
primera exposición impresionista, en 1874, los huertos en flor de Pissarro,
Monet y Sisley, a quienes tanto agradaba saludar la llegada de dicha
estación.
Nuevos parajes
En sus inicios, los futuros impresionistas manifestaron una profunda
fidelidad a los parajes más apreciados por sus predecesores: el bosque de
Fontainebleu y los paisajes de Normandía. Después se dieron las
divergencias, cuando abandonaron el Salón anual (aunque algunos pintores
siguieron siendo admitidos), prefiriendo las exposiciones "impresionistas"
o las manifestaciones individuales dedicadas a la obra de cada artista,
generalmente en las galerías de Durand-Ruel (comerciante de arte que apoyó
al grupo). Los pintores eligieron entonces lugares nuevos, que
correspondían más a su época. La distancia entre París y dichos lugares
fue un elemento determinante en la selección de éstos y, consecuentemente,
en la evolución del paisaje en la pintura durante la segunda mitad del
siglo XIX. La red de vías de comunicación se había desarrollado
considerablemente. Además, se contaba ya con medios rápidos de transporte
-como el barco de vapor y, sobre todo, el tren- que hacían posibles los
viajes de citadinos deseosos de huir de la ciudad para pasar algunas horas
en los "suburbios" o en el campo cercano a la capital.
"Durante el verano, los parisinos invaden los alrededores de París, a una
distancia de cuatro a cincuenta kilómetros. El límite de estos viajes es
determinado por el tiempo y el costo", constataba Léon Say en su artículo
dedicado a las vías férreas, publicado en Paris-Guide en 1867.
Hombres de su época, los pintores de 1870 representaron los lugares
cercanos a la capital y fácilmente accesibles desde París, afirmando una
gran dependencia con respecto a los medios de transporte. Los lugares
estaban repartidos a lo largo de las vías férreas o del río Sena,
ofreciendo así una estrecha relación con el desarrollo contemporáneo de
las vías de comunicación y de los medios de transporte. En un principio
fue la región de Bougival, Chatou, Louveciennes y Marly-le-Roy la que
retuvo la atención de los jóvenes artistas. Más tarde las tendencias se
diversificarían, debido a la guerra franco-prusiana y a la Comuna. En
diciembre de 1871, de regreso de Inglaterra, donde había conocido a Durand-Ruel
a través de Daubigny, Monet se mudó a Argenteuil, mientras que Pissarro
prefirió Pontoise y Auvers-sur-Oise, donde también trabajaba Cézanne.
Renoir alternaba entre estos diferentes lugares, pintando algunas veces
con Monet y otras con Sisley.
El descubrimiento de la campiña francesa, manifestado a través del
predominio de paisajes campestres en la pintura de la segunda mitad del
siglo XIX (en detrimento de los paisajes "heroicos" o "históricos"
compuestos en los talleres), correspondía también a la expansión de un
profundo interés nacionalista por parte de los franceses. Las guías
describían los principales lugares de interés y los miradores más
importantes, y eran muchos los citadinos deseosos de realizar un paseo en
el bosque de Fontainebleu, semejante al de Frédéric Moreau y Rosanelte (Flaubert,
L'Education sentimentale, [La educación sentimental], 1869).
Una Francia tradicional y moderna a la vez
Los impresionistas hicieron algo más que favorecer las vías de
comunicación y los medios de transporte recientemente creados; vieron en
ellos motivos dignos de su pincel, tanto como lo eran las casas, los
molinos, los estanques y los bosques, y los introdujeron en sus obras. Los
antiguos maestros franceses e italianos habían utilizado tradicionalmente
los caminos con el fin de crear la ilusión de tercera dimensión dentro de
sus composiciones, mientras que los pintores de paisaje de la Escuela
holandesa del siglo XVII los habían considerado plenamente como un motivo.
Su ejemplo fue seguido por los impresionistas, quienes no sólo se
conformaron con explorar el campo y los "suburbios" en vías de desarrollo,
gracias a las múltiples actividades de esparcimiento que ofrecían, sino
que también representaron insistentemente los medios de transporte que
permitían visitarlos.
Varios lienzos ilustran profusamente el homenaje a la industrialización
rendido por los impresionistas. Es el caso, por ejemplo, de Train dans
la campagne [Tren en la campiña], pintado por Monet (1871, París,
Museo de Orsay), mientras que Renoir plantó su caballete frente al Pont
du chemin de fer à Chatou [Puente del ferrocarril en Chatou] (1881,
París, Museo de Orsay). Los caminos seguirían inspirando a los pintores (Pissarro,
La Diligence à Louvenciennes [La diligencia en Louvenciennes],
1870; La Route de Louvenciennes [Camino de Louvenciennes], 1872,
París, Museo de Orsay).
La importancia que se daba a las vías férreas, a los ríos, a los puentes,
así como a los diversos medios de transporte (carretas, diligencias,
trenes, barcos), dio lugar a la creación de una nueva iconografía del
paisaje, de un "paisaje en pleno florecimiento", resultado de la
industrialización de la época, representada a través de imágenes
familiares para sus contemporáneos. Pero éstos últimos, con la excepción
de ciertos críticos perspicaces como Zola, sólo encontraron en dichas
obras temas aparentemente insignificantes, cuyo interés residía únicamente
en el impacto visual provocado por una técnica específica y un estilo
totalmente nuevo. Sin embargo, las obras impresionistas son mucho más
complejas de lo que su fácil e inmediata apreciación podría hacernos
suponer. Los artistas eligieron sus motivos cuidadosamente; crearon
paisajes en los que la imagen tradicional de Francia y los nuevos
elementos, resultado del reciente progreso industrial que había
modernizado la fisionomía del país, encuentran en un perfecto equilibrio.
Los impresionistas introdujeron así la modernidad en la pintura.
Si el regreso a la naturaleza defendido por la Escuela de Barbizon sedujo
a los impresionistas, éstos se aseguraron de no acompañarlo de un
contundente rechazo hacia la industrialización, que había aportado
múltiples transformaciones a la campiña francesa. Al contrario,
encontraron un pretexto en la belleza de esta transformación del paisaje
por el hombre y contribuyeron, a su manera, a celebrar la reconstrucción
de una Francia, tras los estragos ocasionados por la guerra
franco-prusiana (puentes, caminos, etc.). Aunque conservaron parte de la
herencia legada por sus predecesores, quienes pintaron bosques, granjas y
molinos, plasmaron todo esto en sus lienzos junto con edificios modernos y
fábricas, para ofrecer así una visión exacta y completa de su país.
La campiña y los parques
Algunos impresionistas continuaron mirando hacia el pasado, mientras que
otros se vieron atraídos por el progreso, por la "civilización moderna".
Los diferentes lugares elegidos por los pintores influyeron en su obra y
en la imagen que nos dejaron del campo francés de aquel entonces.
Entre los impresionistas, Pissarro fue el que más se obstinó en
representar paisajes rurales y campestres. Paradójicamente, dicho pintor
podría ser considerado también como un maestro del "paisaje urbano".
Pissarro puso de manifiesto el aspecto económico, industrial y comercial
de las vías de comunicación; esto lo llevó a mostrar una preferencia por
Pontoise y su región, con los campesinos que allí vivían. Aunque
interesado en la reciente invención del ferrocarril, el artista ofrece
igualmente una visión tradicional de la campiña recorrida por caminos de
carretas y caballos. Con frecuencia incluía campesinos en sus
composiciones "rústicas" y rechazaba toda alusión a la modernidad,
prefiriendo representar la agricultura en su forma tradicional. Los
impresionistas plasmaron en sus lienzos una campiña francesa que podría
parecer fuera de época, alejada de los progresos realizados en aquel
entonces gracias a los nuevos métodos de explotación agrícola, actitud
contraria a la adoptada frente al desarrollo de las vías de comunicación y
los medios de transporte. Los paisajes de Pissarro están poblados por el
hombre, así como las imágenes familiares de las pequeñas aldeas de Île-de-France,
animadas con figuras humanas, que nos dejó Sisley, como Village de
Voisins [Aldea de Voisins] (1874, París, Museo de Orsay). Numerosos
detalles evocan aquí la presencia humana, a diferencia de los paisajes
desiertos de Cézanne (La Maison du pendu [La casa del ahorcado],
1873, París, Museo de Orsay).
La Moisson à Montfoucault [La cosecha en Montfoucault] (1876,
París, Museo de Orsay) de Pissarro y Meules, fin de l'été [Almiares,
fin de verano] (1890, París, Museo de Orsay) nos ofrecen la imagen de
un campo cultivado, domesticado por el hombre. Monet y Renoir trataron
también de presentar una imagen más artificial y "moderna", de acuerdo con
la nueva ola de "excursiones al campo" en los alrededores de París.
Algunos impresionistas aprovecharon el éxito de la horticultura (entre
1850 y 1890), que se había convertido no sólo en una ciencia, sino también
en un arte. La jardinería practicada por aficionados dio lugar a la
publicación de guías-paseos, redactadas por propietarios de jardines. Más
que los "jardines con fines utilitarios", representados por Pissarro (Potager
et arbres en fleurs, printemps, Pontoise [Hortelano y árboles en flor,
primavera, Pontoise], 1877; La Brouette, verger [Carretilla del
huerto], ca. 1881, París, Museo de Orsay), fueron, sobre todo, los
"parques" los que retuvieron la atención de los impresionistas: Monet (Femmes
au jardin [Mujeres en el jardín], 1867, París, Museo de Orsay),
Bazille (Réunion de famille [Reunión de familia], 1867, París,
Museo de Orsay), Pissarro, en Pontoise (Un Coin de jardin à l'Hermitage
[Rincón de jardín en el Hermitage], 1877, París, Museo de Orsay), y
también Caillebotte.
Pinturas sensibles a la luz, atentas a la alternancia de las estaciones
y el paso de las horas
La gran aportación del impresionismo fue la introducción de parajes y
motivos nuevos, de una técnica pictórica original -lograda a través de la
pincelada y de los tonos- y de una percepción aguda de la luz, que se
convirtió en un verdadero tema de estudio.
Los impresionistas reprodujeron las transformaciones de la naturaleza
durante el transcurso de cada estación. El frío inspiró magníficos efectos
de invierno o efectos de nieve (Monet, La Pie [La urraca],1968-69,
París, Museo de Orsay). Dicho tema los sedujo, ya que les permitió
estudiar de manera privilegiada las variaciones de la luz y jugar con
todos los matices de su paleta para plasmar pequeñas manchas de colores en
ciertos lugares del lienzo. Gracias a la fragmentación de la pincelada, el
suelo no es de un blanco uniforme, sino que está impregnado de reflejos
azulados. Al igual que Maupassant (Au Printemps [En la primavera],
1881), los pintores recibían con alegría la llegada de los hermosos días
que despedían al riguroso invierno. Los lienzos bañados de tristeza y
serenidad cedían el lugar a los verdes paisajes con árboles en flor.
Pissarro, Monet y Sisley reprodujeron en sus lienzos la alegría de los
huertos en flor en primavera. Durante la época de la cosecha, cuando no
estaba en la región de Pontoise, Pissarro apreciaba ir a casa de su amigo
Piette, en Mayenne, para pintar escenas de la vida agrícola (La Moisson
à Montfoucault, 1876, París, Museo de Orsay).
Además del cambio de estaciones, la evolución del paisaje durante el día
despertó el interés de los impresionistas, desde las primeras horas de la
mañana, durante el invierno (Pissarro, Gelée blanche [Helada blanca],
1873, París, Museo de Orsay), hasta el atardecer, en otoño. Monet trató de
captar las incesantes modificaciones de los objetos durante el transcurso
del día, al paso de las estaciones y según las variaciones atmosféricas.
Esta búsqueda pictórica dio como resultado las "series" de los años 1890 (Almiares,
Álamos, Catedrales...). Al pintor le agradaba traducir el aspecto
efímero del paisaje observado; se interesaba en el aire y en la luz, o,
dicho de otra manera, en lo que estaba entre sus ojos y el motivo
seleccionado; intentaba pintar lo impalpable.
Los títulos con los que figuraban las obras impresionistas en las
exposiciones revelan que, a menudo, el color, la estación, la hora (Pissarro,
Les Toits rouges, coin de village, effet díhiver [Los tejados rojos,
rincón de aldea, efecto de invierno], 1877, París, Museo de Orsay),
eran mucho más importantes que el lugar.
El atractivo del "nuevo París"
Pintores de la campiña francesa, los impresionistas buscaron también en la
ciudad, especialmente en París, una fuente de inspiración. Se mostraron
fascinados por el "nuevo París", creado por el barón Haussmann. No pasaron
por alto los edificios de la era industrial moderna, representada en aquel
entonces por las estaciones de tren, testigos, entre otros, de la nueva
arquitectura de vidrio y metal. "Nuestros artistas deben encontrar la
poesía de las estaciones de tren, así como sus padres encontraron la de
los bosques y ríos", declaraba Zola en Le Sémaphore de Marseille
(19 de abril de 1887).
Además de los "paisajes urbanos" observados desde lo alto e inspirados (en
lo que se refiere a perspectiva y enfoque) en las estampas japonesas y el
nuevo arte de la fotografía, numerosas obras describen las distracciones
que ofrecía la capital: carreras hípicas, música, café-concierto, danza (Degas),
bailes populares (Renoir), paseos en parques públicos y bulevares (Monet y
Caillebotte).
El rostro
Si los impresionistas manifestaron un gusto particular por la
representación de las variaciones del paisaje, algunos se interesaron
también en el género del retrato, que trataron a su manera.
Degas mostró una especial inclinación hacia los "tipos sociales", como las
lavanderas o la mujer sentada en la mesa de un café (Au café [En el
café], llamado también L'Absinthe [El ajenjo], 1875-1876,
París, Museo de Orsay); también dejó varios retratos de amigos. Sisley no
se interesó en dicho tema, salvo raras excepciones.
En el seno del impresionismo, Renoir podría ser considerado como "el
retratista", pues el rostro femenino lo inspiró profundamente. Sus modelos
reflejan las diferentes etapas de la vida, desde bebés o niños con rostros
expresivos (particularmente aquellos que formaban parte de la familia del
artista), hasta mujeres de porte elegante. Renoir supo también captar la
despreocupación, la alegría y el resplandor de la juventud (Jeunes
filles au piano [Jóvenes al piano], 1892, París, Museo de Orsay), así
como la actitud de personales más modestos (como Gabrielle à la rose [Gabrielle
con una rose], 1911, París, Museo de Orsay).
Pissarro se interesó en el autoretrato. En cuanto a Cézanne, quien ejecutó
un gran número de autoretratos a lo largo de su carrera, éste habría
declarado al comerciante Vollard: "La finalidad del arte es la figura
humana". No trató de reproducir las expresiones fugitivas del rostro
humano, sino la esencia, el carácter de sus modelos, quienes eran
seleccionados entre sus allegados. Así, el artista hizo posar durante
largas sesiones a Hortense Fiquet, su antigua compañera y después su
esposa. Los retratos de ésta, a los que Monet aplicó la geometrización
practicada en sus naturalezas muertas, contribuyeron a anunciar búsquedas
pictóricas de principios del siglo XX, como el cubismo (La Femme à la
cafetiére [Mujer de la cafetera] ca. 1890-95, París, Museo de Orsay).
La producción del joven Monet cuenta con algunos retratos. Sin embargo,
cabe destacar que en 1868 el pintor decidió representar a Mme Louis
Joachim Gaudibert (París, Museo de Orsay) vista casi de espaldas.
Posteriormente, conforme avanzaba en edad y experiencia, Monet dejó el
retrato para dedicarse exclusivamente a la naturaleza. En 1886, Suzanne
Hoschedé, su nuera, fue la inspiradora de dos versiones de La Femme à
l'ombrelle [La mujer con sombrilla] (París, Museo de Orsay), que Monet
tituló Essais de figures en plain air [Ensayos de figuras al aire
libre]. Se trata de siluetas "hechas como paisajes" y completamente
despersonalizadas.
En el ámbito del retrato, las figuras femeninas del movimiento
impresionista, Berthe Morisot y Mary Cassatt, lograron representar con
éxito imágenes de madres y escenas de interior contemporáneas en las que
hoy en día, podemos reconstituir con cierta nostalgia, el arte de vivir
del siglo pasado. Así, el impresionismo nos parece hoy totalmente alejado
de la atmósfera de rebeldía y de escándalo que acompañó su nacimiento.