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El presente texto fue
publicado en el libro DE LA OBRA DE ARTE A LA MERCANCÍA (Hans Heinz
Holz, Colección Punto y Línea, Editorial Gustavo Gili, Barcelona
1979)
Su emblema no fue la flor azul, sino
Anna Blume, el "animal bobo", la imaginaria amada non sense de
Kurt Schwitters, a la que éste dedicó sus lánguidas parodias. El lema
escogido era lo sin sentido, pero transparentaba un sentido destrozado;
a veces, la perspectiva tiene mayor importancia, otras menos.
Cuando Schwitters dio a sus creaciones el título global de Merz,
que tomó de la sílaba intermedia de la palabra Kommerzbank (Banco
del Comercio), lo hacía con la voluntad de descomponer estructuras
existentes y disolverlas en sus partes constitutivas. No fue casual que
una honorable institución del orden social y económico imperante se
convirtiera en objeto simbólico de este proceso de descomposición; hay
bastantes collages de Schwitters que dejan ver claramente la dirección
de su intención.
La "Merz-Blume" hannoveriana de Schwitters pertenece a la misma familia
de aquellas plantas de Dada que retoñaron en Zurich y en Colonia, en
Berlín, París y Nueva York en los años 1916 y 1917, y que florecieron
hasta principios de los años veinte.
Fue una generación de jóvenes airados
cuya ira era irónica y cuyo anarquismo estaba todavía tan obsesionado
por el sentido de la forma, que llegaron a destrozar la forma en toda
forma. No legaron las ruinas de una ciudad destruida por las bombas,
sino los restos revueltos al azar, pero ennoblecidos, de un yacimiento
arqueológico. Porque la cultura, que en la Guerra mundial mostró su
repugnante sonrisa gorgónica, era para ellos prehistoria, que ya sólo
podían contemplar en un campo de ruinas. La fingida pretensión de que
después de Verdún y de los gases tóxicos el humanismo clásico estaba
todavía intacto; la ficción de que podía reconstruirse una imagen humana
intacta a partir de los cuerpos destrozados por las balas dum-dum;
la mentira esteticista de que las tormentas de acero eran utilizables
para obtener un lenguaje preciosista, esto es lo que motivó su protesta,
lo que desató su revuelta.
DADA: REBELIÓN, NO ESTILO
El dadaísmo fue más un movimiento de
agitación que un movimiento artístico. La exposición de Zurich (y de
París) en 1966-1967, que nos dio la panorámica más completa hasta
entonces de las fases, los centros y las personalidades del movimiento,
mostró claramente que nunca hubo un dadaísmo como tendencia estilística
dentro del arte. El temprano tachismo de Augusto Giacometti aparece
junto a la estricta geometría del cuadro en Sophie Taeuber-Arp; tenemos
el surrealismo de Max Ernst (que quizás es el que más convierte los
principios formales de la revolución Dada en constitutivos plásticos),
pero también el constructivismo abstracto del grupo parisiense; Hans
Richter todavía ofrece al principio un expresionismo exagerado, y Jean
Arp muestra al comienzo una beatitud de curvas que permite reconocer ya
sus ocurrencias de formas vegetales y ondulatorias.
Tantos hombres, tantos estilos. Pero
estilos que (prescindiendo de un par de excepciones esenciales de las
que ya hablaremos) no nacieron al regazo del Dada, sino que fueron
adoptados por él como si se tratara de niños expósitos. Como artista,
cada uno de ellos siguió sus propias inclinaciones artísticas en
conexión con una vanguardia rica en facetas cuyas posiciones de partida
ya habían sido fijadas antes del Dada. Tenían en común el candor de la
provocación. No solamente querían alcanzar la ruptura con la tradición,
cuyo compromiso ya no reconocían para ellos: querían quebrantar
para todos, y hacer despreciables aquellas tradiciones que
favorecían la mentira. El marinero Fritz Müller de Pieschen, de
Otto Dix (1919), es una parodia de Ulises y de Enrique el Navegante y
quizás, también, del príncipe Enrique de Prusia, hermano del emperador,
quien con buques de su Majestad navegó desde Pillau hasta Tsing-tao y
quien quiso llevar a la práctica la afirmación de que nuestro porvenir
estaba en el mar, un porvenir que luego se fue a pique. Pero en este
cuadro hay también alusiones a Las Cuatro Partes del Mundo de
Tiepolo, que, osadamente puesto de lado demuestra la inversión de la
proporción con el puntiagudo ángulo de su marco. De esta manera, Fritz
Müller, el marino de Pieschen, podría haber sido uno de los amotinados
de los cruceros acorazados alemanes que pusieron en movimiento la
Revolución de 1918, y su gorro marino se transforma en la corona de un
Thersites, como rey triunfante sobre Ulises. Así funciona el
derrocamiento de los mitos: se violan los sentimientos más sagrados.
Dada proclamó el anti-arte, no para hacer
trizas el arte, sino a la conciencia de un mundo que había desaprobado
su presunta sensatez. Las intenciones de Dada no fueron artísticas, y el
hecho de que se manifestara con ayuda de unos medios que representaban
la negación de medios y normas estéticas heredadas, se debe
probablemente a que fueron artistas quienes iniciaron esta rebelión. En
otras esferas el levantamiento hubiese podido tener otras consecuencias.
Y el anarquista que lanzaba una bomba al zar o a su ministro de policía
era, en cierta manera, un temprano precursor del Dada. Mientras se
fusilaba a los anarquistas, se mandaban corchetes al domicilio de los
dadaístas. Después de la publicación de cinco números, las fuerzas de
ocupación inglesas en Renania prohibieron en 1918 la revista Der
Ventilator de Theodor Baargeld; la policía de Colonia clausuró en
1920 la exposición Dada en la cervecería Winter por considerarla
ofensiva a las buenas costumbres. La autoridad se dio cuenta de quienes
eran sus enemigos. La tolerancia nunca era bien vista en Renania; y
mucho menos el humor, allí donde el carnaval lo había monopolizado. Las
tradicionales condecoraciones "contra la seriedad animal" bien pueden
otorgarse a ministros, pero no, ciertamente, a ningún dadaísta. Zurich
fue más generosa y Hans Richter recordó con cariño(...)la ciudad que
dejaba campo libre a sus locuras. Para los primeros artistas Dada, el
Zurich cursi, burgués y convencional fue una patria querida; quizá
porque allí la rebelión tenía un relieve en frente del cual se veía
confirmada a sí misma. CENTROS DEL DADA
Otra cosa sucedió en Berlín y París,
donde el movimiento Dada logró festejar los triunfos de su provocación.
Allí la rebelión era dura, con sátiras amargas, pues la sociedad entera
se mostraba revoltosa. George Grosz y los hermanos Herzfeld aplicaron
los medios de destrucción al campo político. Reinaba un ambiente
revolucionario. Dada solamente facilitó el detonante reduplicado. "Hülsenbeck
había arrastrado los bacilos Dada hacia Berlín, pero Hausmann, Baader,
Herzfeld, Heartfield y Grosz ya estaban infectados por bacilos similares
desde hacía tiempo. Llevaban en sí una predisposición espiritual y
corporal al ataque y alboroto, que no hubiera necesitado de Dada para
estallar. El anti-arte se convirtió, ante todo, en anti-autoridad". Así
lo expresa Hans Richter en sus recuerdos del Dada.
En Berlín, el movimiento Dada nunca provocó insensateces en sentido
estricto. La voluntad de provocación era allí, desde el principio,
política; los experimentos puramente formales jugaban un papel
subordinado. Neue Jugend (Nueva Juventud), revista de los
hermanos Hertzfeld, y Die freie Strasse (La calle libre), órgano
anarquista de Raoul Hausmann, precedieron al Dada ya en 1916, antes de
que Richard Hülsenbeck llegara en 1917 a Berlín. Los títulos "Juventud",
"Calle Libre", fueron sintomáticos del levantamiento revolucionario, que
entroncaba con el expresionismo.(...)
De Otto Dix ya hemos hablado. George
Grosz añadió la mordiente agresividad de la caricatura, y John
Heartfield la desenmascaradora combinación de fragmentos disparatados en
sus fotomontajes. El collage de Hanna Höch, Corte con el cuchillo de
cocina, colocó la sociedad trinchada en nuestros platos. La cabeza
de Hindenburg se balancea sobre el cuerpo de una danzarina, ruedas
dentadas ruedan hacia nosotros; Lenin apela a las masas: "Adheríos al
Dada". Los bigotes de Guillermo II se transforman en un acróbata. Los
elementos de esta época se entremezclan alborotadamente. Un arreglo de
formas seguras es la contrapartida componedora de imágenes para la
revista escénica. Algo más tarde, Ernst Bloch, al hablar de Walter
Benjamin, hablará de la "forma arrevistada de filosofar". Un mundo
astillado se muestra en imágenes del astillamiento.
El grupo berlinés es "Dadá engagé". También el círculo de Colonia -Max
Ernst, Jean Arp y Theodor Baargeld (1918-1921)- se muestra comprometido,
aun cuando es menos político. Aquí se utilizan mundos oníricos para la
destrucción de la realidad, se sacan a luz mecanismos del subconsciente,
y se procede a una lúgubre metamorfosis del hombre en animal. De ello
salió el surrealismo, hijo legítimo del Dada, primero en los cuadros
fatagaga que Ernst y Arp proyectaron juntos en 1920. La emigración
de ambos a París, donde toparon con Breton y se encontraron con un
ajetreo Dada bien organizado, fue la hora del nacimiento del
surrealismo.
Con un gran éxito de escándalo el 27 de marzo de 1920 tuvo lugar la
primera manifestación Dada parisina en el escenario del Théatre de
l'Oeuvre. Una de las piezas sin sentido representadas fue El canario
mudo, de Ribemont-Dessaignes, en la cual un negro cree ser el
compositor Gounod, que había enseñado todas sus composiciones a un
canario mudo; según creía él el pájaro cantaba sin tacha alguna, pero
sin emitir ningún sonido. Los actores de este minidrama fueron André
Breton y su amigo y frecuente coautor durante el periodo Dada, Philippe
Soupault.
En 1917, Breton había conocido en París los documentos de protesta
redactados en Zurich. A la edad de 21 años, amigo y admirador de
Apollinaire, comprendió de inmediato que éste era su lenguaje: "Hay que
volver a cero". El orden mundial, al parecer tan firme, había quedado
destruido, y sus instituciones habían resultado enemigas de la vida,
inhumanas y podridas. La juventud defraudada ya no podría guiarse por
ningún valor. Pero si la humanidad, apenas escapada del cataclismo, no
hubiera querido enzarzarse de nuevo en el propio engaño, ¿quién hubiera
podido seguir el camino que había sido interrumpido por los disparos de
Sarajevo?
Esta hipocresía no podía ser tolerada; era preciso destruir la mentira
del sentido continuo. Treinta años más tarde, al final de la horrenda
Segunda Guerra Mundial, más funesta y más destructora que la primera,
Ribemont-Dessaignes, amigo de Breton en los primeros tiempos, escribió
lo siguiente: "La verdad es que el hombre ha estado al borde del
exterminio; su desprestigio general es profundo. Nadie parece
inviolable. Y por ello, hemos de volver a cero, y que, cuando las
soluciones políticas propuestas por las corrientes políticas están hoy,
comprensiblemente, en primer plano, treinta años después del nacimiento
del Dada, estamos convencidos de que nada será capaz de vivir en el
reino de la libertad colectiva si, antes, no rasgamos el temible sudario
en el que se envolvió el hombre para aplastar a sus semejantes y a sí
mismo"(...)
LAS FORMAS DE EXPRESIÓN
CONQUISTADAS
Es sorprendente comprobar cuántas
posibilidades de expresión del arte moderno, consideradas hoy como
lógicas, fueron descubiertas, concebidas y puestas a prueba en aquellos
cortos años de ruptura y de transformación. Deberíamos diferenciar entre
aquellas que fueron expresión directa del pensamiento Dada, y otras
formalidades que fueron desarrolladas más o menos casualmente en aquella
coyuntura.
La vivencia de la que partían todos los dadaístas era la experiencia del
desmoronamiento del orden hasta entonces vigente. Uno no puede
representarse de una manera lo bastante intensa los efectos psíquicos
del derrumbamiento de un mundo que, a pesar de ser acerbamente
criticado, permanecía intacto. Al cabo de 50 años, la humanidad no ha
hecho más que instalarse en una realidad desintegrada. Hemos quedado
insensibilizados contra los síntomas de la decadencia. La bomba atómica
ha conmocionado menos la conciencia del hombre que los acontecimientos
de la primera guerra mundial. En una serie de terremotos, el primero es,
sin duda, el peor porque llega por sorpresa.
El dadaísmo fue la reacción a la
experiencia -no avisada- de que el mundo se ha vuelto incoherente. Por
ello, todo arte que representara este mundo como sano e intacto tuvo que
parecer insuficiente y hasta mentiroso. Reflejo original de esta
experiencia fueron dos métodos de figuración que parecen nacidos
directamente de las premisas del dadaísmo: el montaje y el collage. Se
trata aquí de combinar de tal manera los retazos de la realidad que, a
pesar de no tener ningún pleno sentido, produzcan un contexto
interpretable como reproducción del mundo real. Nos hemos referido al
Corte con cuchillo de cocina de Hannah Höch.
El famoso collage de Paul Citroën Metrópolis (1923) es,
probablemente, la obra más expresiva de este género. Incontables cortes
de vistas de ciudades se intercalan unos con otros, se sobreponen, se
apelotonan, arrebatan la mirada repentinamente hacia profundidades de
perspectiva, como en el infierno de un Hyeronimus Bosch; bruscos
trazados de líneas se entrecruzan y emerge un laberinto de fachadas,
ninguna de las cuales está totalmente terminada, cortándose con otras,
de manera que nosotros nos perdemos y nos precipitamos a gargantas y
abismos.
La fascinación de la vida bulliciosa
de la urbe y el oculto temor ante un mundo que se escapa a nuestro
control que solamente captamos ya como un amontonamiento de elementos,
pero no como un todo: todo esto queda expresado en este cuadro. El
collage nos ofrece aquí, sin duda alguna, uno de los testimonios más
grandiosos del estado de conciencia del hombre de la primera mitad de
nuestro siglo.
El montaje entrelazado de elementos dispares corresponde a un estado de
impresiones ópticas, caracterizado por un cúmulo de estímulos y por la
continuidad en las percepciones. Todavía en Imágenes ciudadanas
de Mark Tobey (a la que el autor vuelve en sus obras más modernas) se
hace uso de esta posibilidad, aun cuando de una manera casi
neoimpresionista. La poesía de los montajes y de los collages ya la
había descubierto Schwitters, pero este procedimiento también es
apropiado para manifestaciones más contundentes, cuando no solamente se
da paso al flujo de las impresiones, sino cuando en la combinación se
han intercalado interpretaciones, tal como sucede en los fotomontajes de
John Hartfield o en los simbolismos psicológicos-profundos de Max Ernst.
El montaje y el collage son, con toda seguridad, las técnicas más
fructíferas surgidas de la conciencia de encontrarse ante el
desmoronamiento del orden y de la disolución de los sistemas de
coordinación. Estas técnicas permiten testimonios ópticamente precisos
sobre el estado de nuestro mundo.
Los dadaístas también introdujeron por vez primera el principio de una
estructuración en serie del cuadro (...) El pensamiento en serie resulta
del moderno proceso industrial de fabricación. Tanto la repetición en
serie siempre de lo mismo, como la construcción de una forma por medio
del añadido de otros elementos, está tomada de la idea de las cintas
sinfín de las cadenas de montaje. El mundo de las máquinas ha ejercido
en todos los aspectos una enorme fuerza de atracción para los dadaístas.
Picabia eleva la máquina, mejor dicho: un elemento de la máquina, a la
categoría de objeto de arte. Pintó ruedas dentadas que se entrelazaban
unas con otras (Machine vite); e incluso pintó máquinas
declaradas objetos humanos: Voilá la femme. No es fácil decir si
aquí la técnica se humaniza o si el hombre queda tecnificado como un
robot. También encontramos el mismo motivo en Christian Schad, pues
Transmissions trata de representar a los hombres como objeto de la
técnica; L'image d'une femme combina fragmentos de material para
ofrecer una forma seudotécnica. ¡Tinguely ya no queda lejos! Schad y Man
Ray aprovechan las posibilidades de la fotografía para la producción de
imágenes semitécnicas de forma mucho más directa. Man Ray, con sus
Rayogramas, logra efectos de trama, de los cuales se ha vuelto a
servir últimamente Roy Lichtenstein. La desmitificación de las formas
vistas ya se había alcanzado entonces. Era parte de la protesta general
contra las costumbres inamovibles.
MEDIOS DE PROVOCACIÓN
Parte de los medios de expresión
reconquistados habían sido primariamente pensados como instrumentos de
provocación. Cuando en una construcción en perspectiva geométrica
Duchamp monta un cepillo de cocina (o de W.C.), que sobresale
verticalmente del cuadro, hacia el espectador, quiere provocar un
"choque": la imagen debe ser destruida como obra de arte. Y, sin
embargo, él efectúa esta destrucción a través de una forma artística
refinada: el contraste entre el efecto espacial del cepillo y la
perspectiva superficial pintada, es el truco formal con el cual lo real
y lo irreal son obligados a suprimirse recíprocamente. La falta de
sentido del cepillo molesta (en el plano semántico) para una
interpretación global: la agresiva obscenidad del cepillo que sale del
lienzo, le da una importancia de símbolo contra la cual el espectador se
eriza y, no obstante, queda dominado por ella.
Duchamp renuncia completamente al
toque artístico cuando presenta un ready-made como el famoso
botellero, declarándolo objeto artístico. Así desenmascara
implacablemente la falsa conciencia que hace aparecer la obra de arte
como objeto de posesión y no como objeto de un proceso de esfuerzo
intelectual. Tan pronto como la obra de arte se ha convertido en
mercancía, la mercancía también puede ser ofrecida como obra de arte. La
utilización de categorías posesivas ha destruido el sentido del arte,
como anteriormente había echado a perder la esencia de las relaciones
humanas. El ready-made no es una nueva forma de arte, sino una
manifestación de carácter agitador para denunciar el pensamiento
burgués. No otra cosa puede significar la Gioconda con bigotes. Duchamp
efectuó un ataque general contra los sagrados bienes de nuestra
tradición. La deformación de lo familiar es un acto de destrucción, y la
destrucción es el modo más brutal de alienación: el arte, como un todo,
debe y puede volver a cuestionarse; nos puede afectar de nuevo si, en
vista del menosprecio radical de una determinada obra que destaca, nos
volvemos hacia su sentido apelativo propio. Lo que Duchamp buscaba con
sus parodias, lo intentó Dix hiriendo la vergüenza. Su aguatinta
Nacimiento alude a un tabú; se trata de abrir los ojos. Ningún
proceso natural debe seguir sometido a la prohibición de representación.
Cuando tengo permiso para pintar a la madre amamantando (ya que el
tópico de las Vírgenes sanciona este motivo) ¿por qué no puedo pintar,
también, la salida del niño del vientre materno?
Los métodos y motivos de los cuales
estamos hablando, son expresión de la voluntad de provocación. No son
algo a lo que uno pudiera acostumbrarse, pues con el hábito pierden su
sentido, cuya función es la de provocar un choque.
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