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Si
bien el tema de este congreso es la figura de
Gombrich, yo voy a centrarme no en su obra, sino que haré un
acercamiento a una de las épocas a las que Gombrich prestó mayor
atención: El Renacimiento. Más concretamente el objetivo de esta
comunicación, va a consistir en un acercamiento a
León Battista Alberti, una de las figuras más importantes dentro
de la construcción teórica del Renacimiento. Un acercamiento tanto a
sus postulados teóricos como a la puesta en práctica que él mismo
realizó de esos principios, así como ver de qué manera la antigüedad
influye en este primer teórico de la vuelta a lo clásico y determina
las ideas que propugnara y que le servirán a él para la realización
de sus obras. Ideas y obras que servirán de modelos para los siglos
de arte posteriores. Todo este acercamiento a la edad antigua nos
llevará inevitablemente a un estudio de la idea de belleza como
armonía, columna sobre la que se apoya toda su teoría artística.
Sin extenderme demasiado, sí que considero importante
una mínima situación histórica del personaje y de su vida para
entender de qué manera Alberti se acerca al estudio de antigüedad y
de qué manera recibe las influencias y experiencias de ésta. Hijo
natural de una de las más ricas familias florentinas, nació en
Génova en 1404, durante el exilio de su familia en dicha ciudad.
Realiza sus estudios en Padua y en Bolonia, donde se dedica al
estudio del derecho y las matemáticas, pero su formación artística
tiene lugar en Roma, ciudad a la que llega en 1432, con el cargo de
lector papal. Es en esta ciudad donde entra en contacto con la
antigüedad, desde un punto de vista teórico y arqueológico. De aquí
nace su obra Descriptio Urbis Romae, de 1434, en la que
plantea un estudio sistematizado para la reconstrucción de la ciudad
antigua. En ese mismo año Alberti va a Florencia donde conoce el
arte de Brunelleschi, Donatello y Masaccio y descubre en estos
artistas la afirmación práctica de sus propios principios teóricos.
Mantuvo relación con los más altos intelectuales de la época, como
Fidelfo, Ficino y otros relacionados con éste. También tuvo relación
con hombres poderosos de la Italia del siglo XV, llegando incluso a
ser el hombre de confianza de tres Papas y de los señores Malatesta
y Gonzaga, para los que proyectó dos de sus iglesias más
importantes. El cargo que ostentaba de lector papal le proporcionaba
ingresos suficientes para vivir cómodamente dedicándose a la
redacción de textos teóricos sobre diversos campos, desde el arte
hasta la moral o la ciencia, aunque es cierto que no le interesaba
la filosofía como doctrina específica. Como buen hijo de su época
conocía tanto a Platón como a Vitrubio, en quien se inspiró en
numerosas ocasiones. Sin lugar a dudas Alberti fue pionero en la
elaboración de tratados artísticos con
De pictura, escrito en 1435, un texto sin precedentes; De
re aedificatoria, escrito en 1450, y al que, como es lógico,
prestaré más atención; y De statua, menos extenso que los
anteriores, elaborado en 1464. Todos estos escritos fueron
publicados póstumamente, lo que no impidió que Alberti fuera muy
conocido ya en vida y que ejerciera una fuerte influencia en el arte
renacentista.
En sus tratados aborda problemas concretos, éstos contienen mucha
información y consejos prácticos, preceptos y observaciones, al tiempo que
ofrecen una respuesta a cuestiones fundamentales y generales sobre la estética.
Alberti es junto con Leonardo uno de los prototipos de hombre renacentista,
destacado en diversas artes tanto en la teórica como prácticamente, a la vez de
poseer un físico atlético y cuidado. Es precisamente Alberti el que formula por
primera vez la emancipación del artista del grado de artesano, haciendo de él un
individuo responsable y consciente de su misión, y dotándolo de creatividad
hasta el punto de ser considerado un intelectual. Muere en Roma en 1472.
En el momento en el que Alberti comienza sus trabajos la Edad Media se encuentra
totalmente cerrada. Las ciudades italianas han asumido la dirección cultural de
la nueva sociedad del continente. Si bien el Quatrocento supone una revolución
en todos los aspectos nos ocuparemos principalmente del artístico. Según la
tradición plástica de la antigüedad el Renacimiento persigue la belleza en la
forma, oponiéndose en cierta manera a la concepción del arte como contenido
moral que predominó durante la Edad Media, el fin de las artes ya no reside
exclusivamente en Dios, sino que cada vez se aproxima más al hombre. Para
encontrar un modelo en esta búsqueda del hombre el individuo renacentista debe
mirar directamente a la Antigüedad. Apoyado en esta resurrección de lo clásico
el hombre se sitúa en el centro de la creación, y ésta se le aparece
inteligible, hecha a su medida, dócil a su voluntad. El hombre está impaciente
por extender el poder sin límite de su pensamiento sobre el mundo. De esta
manera el universo renacentista supone una armonía de las formas, de la
naturaleza y del hombre dentro de ella. Como es evidente esta armonía precisa de
una idealización de la realidad, una idealización que acerque a esta realidad a
la belleza. De esta manera la Belleza adquiere un tono ideal y místico. León
Battista Alberti aplica al arte esta doctrina uniendo sólidamente, durante más
de 400 años los conceptos arte y Belleza, añadiendo este término a la fórmula ya
vigente en el medioevo de arte como Verdad. Y el lugar en el que Alberti busca
la Belleza no es otro que la armonía, entendida como proporción de las partes.
Para Alberti el arte somete a la realidad a las reglas de nuestro pensamiento,
dotando a la naturaleza de una armonía a la que aspira pero no alcanza por sí
misma, por eso mediante la representación artística es posible dotar al mundo de
la racionalidad objetiva del hombre y encontrar en él una constante repetición
de elementos de manera armónica. Vitrubio, al que Alberti lee hasta el punto de
no poder prescindir de él y considerarlo su referencia, ya introdujo el concepto
de euritmia, repetición de las partes como fundamento de la armonía. Este
espíritu ordenador, en apariencia eminentemente arquitectónico, Alberti lo
trasladará a la escultura y a la pintura, donde la composición desempeña un
papel capital.
Al escribir sus tratados Alberti es consciente de que éstos no
tienen precedentes, si bien había otros textos anteriores que pudieran resultar
parecidos estos trataban únicamente de cuestiones técnicas, en ningún momento
abordaban cuestiones como la Belleza o la armonía, tratándose propiamente de los
primeros tratados de Arte, y no de técnica artística de la historia. Según
Tatarkievicz, en su Historia de la estética, en la teoría artística de
Alberti se pueden encontrar seis características esenciales en las que se ve la
relación del arte con la naturaleza, con la armonía y con el mundo clásico.
1.Vuelta al naturalismo y abandono de la concepción
trascendental del arte. Aunque Alberti se expresase como religioso separó el
arte de la religión, y no asociaba belleza al mundo trascendental, como en la
Edad Media.
2. Vuelta hacia el empirismo y
abandono de la concepción apriorística del arte. Alberti sostenía que los
conocimientos artísticos debían basarse en la experiencia, para posteriormente
tratar esa experiencia de manera matemática. Las proporciones de los cuerpos y
la perspectiva una vez fijadas empíricamente debían canonizarse y ser
presentadas por números y figuras geométricas.
3. Abandono de la concepción absolutista de lo bello
y las normas artísticas. El arte está sujeto a principios racionales y reglas
generales, el descubrimiento de estos principios y reglas es cuestión de
raciocinio e intuición.
4. Afirmación de la actitud estética
y abandono del juicio del arte desde un punto de vista moral. Hasta ese momento
la teoría del arte y la teoría de lo bello iban por separado, antes que Alberti
nadie había reparado en la estrecha relación entre arte y belleza. La belleza
era algo nuevo en la teoría del arte y especialmente en la teoría de las artes
plásticas, ya que en la poética o la música si se habían hecho algunas
consideraciones acerca de la belleza.
5. Insistencia en el humanismo,
dirigida a separar a los artistas de los artesanos y elevar su obra a la
categoría intelectual. Ésta era una tendencia general en el Renacimiento, pero
en Alberti iba mucho más lejos, ya que proponía que los artistas fueran
considerados científicos.
6. Vuelta al clasicismo, y abandono
de la mentalidad gótica que concebía el arte como algo trascendental.
En estos seis puntos se resume la nueva concepción del arte que
propone Alberti para el Renacimiento. En ellos se aprecia cómo pone el concepto
de la belleza en el primer plano de sus estudios sobre la teoría del arte,
llegando a afirmar incluso que admiramos el mundo más por su belleza que por su
utilidad. En sus trabajos Alberti propone, como ya hemos visto antes, a la
armonía en la base de la belleza, y armonía no es otra cosa que la disposición
correcta de las partes y una proporción perfecta. Empleando un término latino,
ya utilizado en el ámbito de la retórica, Alberti llamó a esta armonía
concinnitas, convirtiendo prácticamente a esta palabra en un lema del
Renacimiento. Alberti, en su libro De re aedificatoria, da dos
definiciones de belleza diferentes. En el libro VI la define sencillamente como
armonía. Y cito:
“La belleza es una cierta armonía entre todas las partes que la conforman, de
modo que no se pueda añadir, quitar o cambiar algo, sin que lo haga más
reprobable”.
Pero posteriormente en el libro IX De re aedificatoria da
una definición más amplia del concepto:
“La belleza es cierto consenso y concordancia de las partes,
en la cual se pretende que dichas partes se encuentren, cuya concordancia se
habrá obtenido en efecto con cierto determinado número, acabamiento y
colocación, tal como la armonía, es decir, el principal intento de la
naturaleza, lo buscaba.”
Según esta concepción de lo bello para cada cosa hay una sola
disposición armónica de las partes, y por consiguiente una sola posibilidad de
belleza. Hemos visto cómo en su primera definición Alberti dice que belleza es
la armonía de la totalidad de las partes adaptadas unas a otras de tal modo que
no se puede cambiar ni añadir nada sin estropear el conjunto. Esta fórmula de
“no añadir, no quitar, no cambiar nada” era una fórmula ya enunciada por
Aristóteles, pero precisada y popularizada por Alberti, y muy repetida
posteriormente por diferentes teóricos del arte. En la segunda definición de
belleza, su concepción de la armonía supone que ésta y sus proporciones no son
invención del hombre, sino que se dan en la naturaleza y componen las leyes que
la rigen. La armonía penetra en la esencia del todo. Si bien Alberti comprende
la diversidad e inconstancia de la naturaleza cree que ésta tiene elementos
constantes o inmutables de los cuales dependen la armonía y la belleza.
En esta segunda definición de lo bello Alberti introduce tres
conceptos necesarios para que se cumpla la armonía: los términos latinos
numerus, finitio y collocatio. Estos términos son número,
acabamiento y colocación. Por Numerus Alberti entiende una proporción
aritmética de las partes de las obra. Finitio es el acabamiento del
edificio en su forma geométrica, mientras que collocatio es la unión de
este con su entorno. Aunque esta definición aparece en De re aedificatoria,
y, por lo tanto es esencialmente arquitectónica, estos términos tienen su
equivalente en la teoría pictórica que Alberti presenta en De pictura, en
la cual decía que para que un cuadro fuese bello, armonioso, debía cumplir con
los tres principios compositione, circunscriptione y receptione
dei lumini. Compositione y circunscriptione corresponden a
numerus y finitio en la teoría arquitectónica. Mientras que por
cuestiones obvias recepcione dei lumini no tiene correspondencia, ya que
se trata de un concepto referido únicamente a la aplicación del color. De alguna
manera también se les puede encontrar relación con los términos ritmo,
melodía y composición respectivamente, que hacen referencia a
características de la armonía musical.
Pero si como veíamos antes la armonía es ley de la naturaleza,
para el hombre en cambio es una finalidad, es una guía para su arte, una
condición de perfección. La belleza es entonces principio y fin, ley de la
naturaleza y objetivo del hombre. De estas consideraciones se deduce que la
belleza para Alberti es una cualidad objetiva de las cosas y no una reacción
subjetiva de los hombres ante estas. Alberti siempre se opuso a la tesis de que
no existe la belleza objetiva y que esta cambia según los gustos del observador,
tachando de ignorantes a quienes la sostenían. Por lo tanto la armonía es una
cualidad tanto del arte como de la naturaleza.
La naturaleza aspira a que todas sus obras sean perfectas, y
para eso precisa de la armonía. La naturaleza derrocha belleza, y aunque ésta no
sea perfecta es el modelo mas seguro de lo bello, esta tesis encaja con el
principio de vuelta al empirismo que comentábamos anteriormente. Alberti propone
entonces una imitación de la naturaleza como modelo de lo bello tal y como
pretendían también los antiguos. Por lo tanto el camino adecuado para el arte es
imitar a la naturaleza, pero una imitación especial. Imitar para Alberti
no es presentar el aspecto exterior de la naturaleza, sino una imitación de las
normas que rigen en ella, una imitación de la naturaleza tal y como propone
Platón, buscando la idea anterior a la cosa. Esta imitación abarca a todas las
artes, desde la poética hasta la arquitectura. Aunque la naturaleza es
maravillosa y aspira a la perfección, el artista, al imitarla, puede hacerla más
perfecta, puesto que en su arte escoge lo más hermoso de la naturaleza y lo
combina armónicamente. De esta misma manera entendía Alberti la imitación a la
Antigüedad, una imitación selectiva y perfeccionadora a la vez que
generalizadora. No imitando objetos concretos sino los tipos y géneros.
Es cierto que, como he mencionado antes, Alberti se interesaba
poco por la filosofía en sí, sin embargo el concepto de armonía como proporción
de las partes, así como el concepto de la belleza como un elemento inherente a
los objetos, que él sostiene, son tesis filosóficas ya mantenidas por Pitágoras
y por Platón en la antigüedad. Así como la idea de que es bello lo que es útil
también era una idea común en la Antigüedad que no desapareció durante la época
medieval. Alberti asume ambas ideas de lo bello, lo que es útil y lo que es
armónico, dándose en él una dualidad respecto a este tema.
Finalmente, y atendiendo a la arquitectura, en el proemio de la
obra De re aedificatoria Alberti afirma que un edificio es un cuerpo
hecho de diseño y materia, donde el diseño es fruto del ingenio y la implicación
de la mente mientras que la materia la produce la naturaleza. La fuerza y regla
del diseño consiste en la reunión armónica de líneas, ángulos y proporciones en
los que reposa la forma del edificio. La concepción de Alberti del diseño es
diferente de la que tenemos actualmente, no sólo la concibe como un conjunto de
líneas y ángulos, sino como un proyecto preconcebido en la mente del artista que
se expresa mediante estas líneas y ángulos. De hecho es Alberti el que extiende
el término “diseño” en la teoría artística y más concretamente en la
arquitectura.
Una distinción básica en la teoría arquitectónica de Alberti se
da entre pulchritudo y ornamentum, (belleza en el sentido estricto
del término y ornamento). Ya hemos visto como belleza era armonía y proporción.
De los ornamentos cabe decir que son en palabras del propio Alberti “el
resplandor adicional y complemento de lo bello”. Esta cuestión plantea un
problema, ya que el concepto de belleza abarca también los ornamentos, por lo
tanto su estricta distinción entre belleza y ornamento se convierte en una
distinción entre dos clases de belleza, belleza estructural y belleza
ornamental. Mientras que la belleza estructural reside en la naturaleza misma de
las cosas, la belleza ornamental supone un añadido externo al objeto.
A los ornamentos dedica por entero el libro VI de De re
aedificatoria. El ornamento es el embellecimiento del edificio, y afecta a
todos sus elementos, desde las piedras de los muros hasta los candelabros
decorativos del interior. En varias ocasiones Alberti dice que el principal
elemento decorativo es la columna. Este elemento ocupa un lugar especial en la
obra de Alberti y dedica a ella grandes apartados de su tratado de arquitectura.
Pero incluir la columna como elemento ornamental supone uno de los principales
problemas de la arquitectura renacentista. Esta arquitectura centraba su
atención sustentante en el muro. Alberti pensaba que este sistema respondía al
modelo de construcción clásico, pero este pensamiento era fruto de su
desconocimiento de los templos griegos, cuyo elemento sustentante principal era
la columna, mientras que la función del muro era únicamente rellenar vanos. La
arquitectura romana en la que se apoya es una arquitectura mural en la que se
han asumido todos los compromisos necesarios para transformar decorativamente
los órdenes griegos. Pero Alberti contradice sus afirmaciones anteriores sobre
la columna en un pasaje en el que la define como “cierta parte reforzada del
muro que se erige perpendicularmente desde los cimientos hasta la parte más
alta”, y declara que “una fila de columnas no es otra cosa que un muro
discontinuo abierto por varios lugares”. Esta segunda definición de la columna
remite a los edificios protorenacentistas toscanos del siglo XII, descendientes
a su vez de obras clásicas tardías y bizantinas. Idea no solo opuesta a su
anterior concepción de las columnas como elemento únicamente decorativo, sino
que también se opone a la realidad de las columnas clásicas, que eran
consideradas como unidades escultóricas autónomas. Sin embargo, a pesar de la
concepción de la columna como elemento ornamental o como perteneciente al muro,
Alberti conocía mejor que ningún otro renacentista el sentido clásico de la
columna.
En la práctica la utilización que Alberti hace de la columna es
propiamente griega, mientras que su concepción del arco es esencialmente romana.
Sus grandes sucesores Bramante y Palladio le siguen en ambos aspectos.
BIBLIOGRAFÍA
NIETO ALCAIDE, VICTOR. El
Renacimiento, afirmación y crisis del modelo clásico. Istmo
MURRAY, PETER. Arquitectura
del Renacimiento. Aguilar
DEZZI BARDESCHI, MARIO (Y
OTROS). León Battista Alberti. Stylos
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fundamentos de la arquitectura en la edad del Humanismo. Alianza
BORSI, FRANCO. León Battista
Alberti, L’opera completa. Electa
ALBERTI, LEON BATTISTA. De la
pintura y otros escritos. Tecnos
TATARKIEWICZ, WLADISLAV.
Historia de la estética, tomo III. Akal
ENCICLOPEDIAS: Arquitectura;
volumen XVI. Salvat
Historia del arte; volumen IV.
Salvat
El arte y el hombre; volumen II.
Planeta
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