¿DEL PLACER ESTÉTICO AL "GOCE"?
La revolución romántica ya había
proclamado que lo bello no sólo podría no depender de la exacta
proporción y equidad entre las partes, como pretendía el dogma clásico, sino que
podía consistir en la total subversión de esa armonía. Brotaría antes bien de
una prioritaria expresión emocional, de una honda convulsión del yo; ambas, con
frecuencia, violentamente anti-armoniosas. En nuestra época, y en una dimensión
diferente a la convencional, el arte daría prioridad a recrear lo que –Lacan
mediante– se entiende como “goce”; esto es: lo indecible del deseo, lo que la
palabra no puede traducir; el resquebrajamiento de los velos de la belleza. Por
ejemplo, lo que tensa el orgasmo, o el angustiado despertar de una pesadilla:
los instantes del exceso y del descentramiento más radical.
Es más: hace tiempo que la belleza
es negada por muchos como meta a alcanzar. Lo feo, incluso lo
monstruoso-goyesco, el horror, traen el prestigio de la distorsión en su máxima
intensidad. En andas de tal relativismo, los enfrentamientos estéticos no suelen
ser hoy tan cruentos como cuando, en 1912, Stravinsky desató un escándalo
mayúsculo con su Consagración de la Primavera, o Víctor Hugo con su
Hernani en 1830. En la actualidad, pasado y presente, clasicismo,
neoclasicismo y ruptura, gusto renacentista y gusto barroco, o aun y sobre todo
el no-gusto como gesto de repulsa, pueden coexistir y hasta fumar la pipa de la
paz. Con esto nos reintroducimos en suelo resbaladizo: el vínculo de lo que se
llame belleza con lo que se llame arte. En la antigüedad iban unidos; hoy se los
ve protagonizar un formidable divorcio. Es más: ya nadie está seguro de qué es
esto del arte. Ante la pregunta de dónde ubicar al celebérrimo
urinario de Duchamp, de 1917 y que él tituló “La fuente”, así como ante el filme
de Andy Warhol en el que se ve ¡durante cinco horas! al poeta John Giorno
dormitar, a veces sobresalta la duda. Hasta se ha dicho que arte es todo aquello
que esté contextualizado dentro de un conjunto señalado como obras de arte.
Solución meramente nominalista, claro está. Pero es que aquel
urinario de Duchamp o su “Rueda sobre un taburete” o su célebre “El gran vidrio”
guardaban en sí mismos un secreto de la buena forma, que los volvía
revulsivamente “bellos”. Pero no importó que fueran bellos, o intensísimamente –epifánicamente–
indefinibles. La noción de belleza dejó su sitio a las visiones estéticas, aun
las más contradictorias.
Visiones que hasta pueden incluir
ciertas “esculturas” hechas con excrementos y materiales en putrefacción, o
filmes que exaltan mutilaciones y otros actos aberrantes (“intervenciones”
recientes hipotéticamente artísticas consistieron en crear arte
sobre cadáveres, o exhibir la degollina de una res), productos más cercanos a la
‘boutade’: es asimismo el caso de una artista devenida célebre, que tajea su
cuerpo como acto artístico. No se malinterprete: nada tienen que ver ciertos
abusos con las revoluciones de un Schomberg, un Hindemith, una Frida Kahlo, un
Picasso, un Tzara. O con la misma revolución de Warhol.
Según las épocas, la casquivana
Belleza fue vinculada en mayor o menor medida con el bien moral. O, ya se ha
dicho, con la proporción, el orden y la exactitud (digamos, la emoción frente a
aquello en lo que “nada sobra y nada falta”); también, con la armonía y la
verdad de la llamada representación artística y la concordancia con las reglas
áureas geométricas-pitagóricas: la afinidad más perfecta posible del objeto con
su primigenia idea platoniana. Asimismo, se la relacionó con el diseño óptimo
para cumplir una función: la belleza de lo adecuado. Sócrates juraba que su
ancha nariz era bella, porque le permitía oler mejor. Aunque el ideal consistía
en exceder tal finalidad práctica para acopiar un plus, un gesto lujoso e
innecesario que reforzara el sentimiento estético. Este fue el caso de las
extraordinarias “máquinas-célibes” del escultor Tinguely, máquinas sin
funcionalidad ninguna, salvo la de conjurar el horror a la muerte a través del
juego. De la belleza desinteresada.
Con las revueltas de la historia,
de la teología y hasta de la cosmogonía, aquella antigua belleza “divina”
supuestamente contenida en el objeto mismo, o en un ideal rebajado a materia, no
pudo impedir que se abrieran los anchos ventanales de la subjetividad y la
libertad individual. Llegaron las teorías que priorizaron el gusto personal, el
placer, la percepción cognitiva-emocional de algo que a priori satisface y que
–mejor aún– una vez completado por la imaginación, por el inconsciente y la
memoria, perfecciona la sensación estética primera. Y ya Plotino y sus
discípulos habían innovado fuertemente al decir: “La belleza consiste en
proporción y esplendor”; pero ¿dónde está el
esplendor, sino en la subjetividad? O, como pidieron románticos, expresionistas
y surrealistas, la belleza irrumpiría cuando el gesto artístico se muestra capaz
de liberar, caotizar y convulsionar los sentidos. El arte bautizado “abstracto”
–que otros rebautizaron como el único “concreto”– obliga, por ejemplo, a que
cada espectador reinvente la obra, lo que ocurre siempre pero que en él es
llevado al extremo. Y el arte conceptual da otra vuelta de tuerca al exhibir lo
que está en el exterior pero sacado de su marco de referencia, pensado bajo otro
concepto. Hoy es más que evidente que el arte agrega mundo al mundo, no intenta
representar sino ser. Esa es su ética.
No se olvide a Kant en
Crítica del gusto:
|
No puede haber
regla objetiva del gusto que determine, por medio de
conceptos, lo que sea bello (...) es una tarea infructuosa,
pues lo que se busca es imposible y contradictorio. |
EL PRECURSOR ARISTÓTELES
La misma idea de verdad fue puesta
cabeza abajo. Ya no hay una verdad estética a priori, debe ser reconstruida o
creada por el receptor de la obra. Sin excluir las “bellas” escenas de la
naturaleza. Si una aurora boreal durara diez años, ¿sería bella o causaría
repulsa estética y moral a sus sufrientes? Lo mismo, si los alimentos de pronto
ostentaran todos un bello color azul. En su flamante
Historia de la belleza, Umberto Eco indica que en la Edad Media todas las
cosas se revestían de un significado sobrenatural pues el mundo era como un
libro escrito por Dios; añade que ello redundaba en la positividad o negatividad
atribuida a los colores. Así, en los largos diez siglos de la Edad Media, al
comienzo, al azul se le otorgaba escaso valor. Pero superados los escollos
materiales-químicos, se transforma en un color muy apreciado a partir del siglo
XII. En los vitraux y rosetones catedralicios predomina y contribuye a filtrar
la luz en una modalidad “celestial”.
Es que ha caído el eje metafísico
y estético único. Es la paradójica belleza de los “feos” y ruinosos zapatos de
campesino pintados por Van Gogh. El dilema entre la representación fea
de lo bello, y la representación bella de lo feo y aun monstruoso. La
belleza de la dentadura del perro muerto, que percibió Jesús.
Que el anhelo o la utopía de lo
bello mantienen aún hoy contra viento y marea cálida vigencia, lo demuestran las
discusiones en torno a un librito escrito hace 2.300 años y recuperado, en
parte, durante el Renacimiento. Ninguno de los otros textos de Aristóteles, ni
la Política ni la Metafísica ni la Etica
Nicomaquea alcanzó las doce traducciones al castellano de esta maravillosa
Poética, el primer tratado sobre estética que se conozca en
Occidente. Y el primer opus sobre crítica teatral y literaria. Roland Barthes,
Tzvetan Todorov, Roman Jakobson y el formalismo ruso, explican los estudiosos,
bebieron de los revolucionarios anticipos aristotélicos; por ejemplo, la noción
del efecto de “extrañamiento” obtenido en poesía a través del uso de cierto
“nombre extraño”, xenikón ónoma. Lo cual no sería un mero consejo
retórico, sino un avance hacia el concepto moderno de que todo poeta habla una
lengua extranjera.
El profesor Eduardo Sinnot, autor
de una reciente traducción argentina de la Poética, despeja en sus
notas algunos malos entendidos que sembró aquel texto magistral del siglo IV
a.C. Así, la noción de katharsis, que según Aristóteles surgiría de
la conmoción del espectador a partir del efecto moral de una tragedia construida
con la debida unidad de acción, y cuyos hechos y héroes se desarrollaran de modo
necesario o verosímil. Tal catarsis era, para el autor griego, la intensa
“purificación” o “purgación” instalada en el público como fruto de la
“conmiseración” y del “terror” suscitados por la obra. Autores modernos como
Brecht o Adorno la repudiaron, juzgándola una función narcotizante, que tendería
a la descarga de un trauma sin atacar sus raíces. Según Sinnot, ésos serían
malos entendidos. A su juicio, la médula de la idea aristotélica radica en el
sentimiento humanitario; la noción de que el triunfo del mal, o la derrota del
bien, atentan contra la justicia poética y estética. Otra vez, la belleza como
bien moral. La famosa armonía. Que también pregonó Platón, para quien lo feo era
la falta de proporción y medida.
Ya en el capítulo V de la
Poética, Aristóteles prefería lo bello verosímil a lo imperfecto real. Una
idea con predicamento aun en nuestros días. Así, nos dice:
|
Por respeto a
la poesía conviene escoger un asunto, aunque parezca
imposible si es creíble, que otro posible no siendo creíble;
que tales han de ser los retratos como los pintaba Seuxis,
siempre atento a lo más perfecto, pues lo que se pone por
ejemplar es preciso que sea excelentísimo en su línea... |
Aristóteles se refiere
al pintor que retrató a Helena mucho más bella de lo que mujer
alguna puede ser, y a tal fin tomó como modelos a cinco muchachas
bellísimas, a las que con las mejores intenciones del mundo
mejoró...
Para ver desde otro ángulo qué
adelantado estaba Aristóteles en el siglo IV a.C.: En el capítulo 9 afirma que
|
La función
específica del poeta no es decir las cosas que ocurrieron,
sino las que podrían ocurrir; esto es, las cosas posibles
según verosimilitud y necesidad. |
Y sigue:
|
En efecto, el
historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas
en verso o en prosa (pues se podrían poner en verso los
textos de Heródoto), sino porque uno dice las cosas que
ocurrieron, y el otro dice las cosas como podrían ocurrir... |
No obstante,
Aristóteles se aferraba aún al cosmos geocéntrico según un modelo
circular donde el círculo era, como postuló Pitágoras, lo perfecto.
Pero mucho más tarde el barroco, y la revolución copernicana,
reemplazarían al círculo por la elipse así como por el modelo
heliocéntrico y el descentramiento entrópico: irrumpen así El Greco,
con quien culminó la distorsión manierista y señor indiscutible de
las figuras alargadas y los colores llameantes, y su contemporáneo
Góngora, el mayor exponente de lo que sería la versión literaria de
la elipse geométrica. Me refiero a la elipsis, que –cito a Severo
Sarduy– “se identifica con la mecánica del oscurecimiento, con el
repudio de un significante que es expulsado del universo simbólico”.
Ocultación que en la poesía gongorina no es fortuita: corresponde a
leyes inflexibles aunque informuladas. Desaparece “lo feo, lo
incómodo, lo desagradable” mediante un “hábil escamoteo” que permite
huir del “nombre grosero y del horrendo pormenor”, al decir de
Dámaso Alonso.
Y sobrevendrían las teorías del
núcleo atómico, Einstein, el universo infinito y el big-bang, Freud y el yo
escindido. ¿Cómo no iba a estarlo la Belleza? Como en la broma de Umberto Eco:
Dios ha muerto, el arte ya no existe, vivimos el fin de la historia, la belleza
dejó de ser y yo mismo no me siento muy bien...
DE GINSBERG A PARRA
En la actualidad, y ciñéndonos a
la poesía, incluso en los poetas prototípicos del denominado objetivismo,
coloquialismo o exteriorismo, como Allen Ginsberg (quien llegó más lejos, hasta
lo escatológico), Ernesto Cardenal o bien en la “antipoesía” parriana, se hace
evidente en un momento u otro el espléndido giro que otorga lirismo y belleza
mediante la estratagema de descontextualizar frases, objetos y palabras,
revelando su espíritu oculto de modo tan contundente como un tajo con bisturí.
Parra, por ejemplo, reconsidera del modo más audaz las relaciones entre objeto y
sujeto. Esa mirada revulsiva, que da nueva vida al vínculo sujeto-objeto, e
incluso sujeto-sujeto, esparce un chorro feroz de belleza (y de belleza feroz)
sobre todo lo que toca.
Lo señala muy bien el profesor
Mario Rodríguez en su prólogo al libro Hojas de Parra, editado
junto con Trabajos prácticos por Cesoc en 1996. El prólogo se
titula “El príncipe y el bufón”. Rodríguez cita el largo poema “Los profesores”,
allí donde dice:
|
Y mientras
tanto la Segunda Guerra Mundial |
|
La
adolescencia al fondo del patio |
|
La juventud
debajo de la mesa |
|
La madurez que
no se conoció |
|
La vejez |
|
con sus alas
de insecto. |
Tras destacar la
enorme expresividad y el hermoso dramatismo (en sus propias
palabras) de esa imagen final: “la vejez / con sus alas de insecto”,
que sobreviene tras la expectativa creada por la cesura en la
palabra “vejez”, Rodríguez se pregunta dónde están en esas líneas la
sátira, la parodia, el humor crítico, el cuestionamiento de las
“experiencias sublimes”, el chiste, es decir, todas las categorías
con que la crítica apresurada intentó denostar a la antipoesía. Y
sin embargo, admite que tales características, esgrimidas como
impugnación esencial por los críticos antiparrianos, estaban, sí,
presentes en las líneas que antecedían a las citadas. Por ejemplo,
en las hipotéticas exigencias-preguntas, tan absurdas como inútiles,
de esos profesores de Parra:
|
cómo se
reproducen los elefantes |
|
inventor de la
máquina de coser |
|
inventor de
los globos aerostáticos |
|
ustedes están
más colgados que una ampolleta |
|
van a tener
que irse para la casa |
|
y volver con
sus apoderados |
|
a conversar
con el Rector del Establecimiento... |
Bien: Rodríguez
destaca aquí lo que no suele verse, y no sólo en el caso de Parra
sino en el de tantos artistas que revolucionan las formas y con ello
revolucionan el mal llamado fondo (porque hoy se sabe que la forma
es el fondo).
Nos enfrentamos –dice Rodríguez– a
una composición dialógica en la que se cruzan las voces del príncipe y del
bufón, con el agregado básico de que nunca sabemos quién domina a quién, cuál es
realmente el soberano, ya que como dijimos uno es la réplica del otro.
Concluyo aquí la cita. Pero me
parece más que significativa: Picasso pudo incorporar el tiempo a la imagen al
descomponerla en su antes, su ahora y su después mediante el arbitrio de hacer
convivir los diferentes planos del espacio-tiempo en que divide todo lo que es
visto (incorporándole así también lo imaginado, lo que vendrá, lo que fue), para
el caso con esa cabeza de mujer que tanto está de frente como de perfil. Y eso
en un mismo instante para el observador que, por supuesto, no es un mismo
instante. Pero, para lograr tal maravilla, tuvo que dominar a cabalidad las
técnicas básicas de su arte. Un hecho que conviene recordar: la belleza clásica
informa, y sustenta, aun a la belleza más revolucionaria, aunque ésta pueda
resultar –y con pleno derecho– una bofetada para quienes admiten sólo ciertos
moldes de lo bello.
Claro que, lo que en un clásico
respondía a una necesidad de la forma y a un emergente creativo-cultural, nunca
se da del mismo modo en quien lo imite, aunque fuera hasta el calco, siglos o
décadas más tarde. Si “lo quijotesco” sólo pudo existir después de El
Quijote, hoy no lo entendemos como lo entendió Cervantes. Es el caso del
famoso Pierre Menard borgeano, autor de la obra cervantina por el
solo hecho de copiarla de cabo a rabo, sin cambiar ni una coma. Cada autor crea
a sus precursores, Borges dixit; cada idea de Belleza resignifica
las precedentes, aun cuando simule adoptarlas con devoción.
Asumido que lo real es
irreductible a cualquier orden simbólico, y éste es el glorioso fracaso de los
poetas, reclamemos el derecho a generar belleza en la excepción patafísica más
que en la Ley. Como sintetizó el poeta y filósofo Roger Munier: “¿Qué es
eso? Lo único cierto es que no es eso. Ni siquiera
eso es nunca eso...”. Lo que es, deviene siempre otra
cosa. Como el rinoceronte del grabado de Durero, que él buriló en 1515 sin haber
visto jamás un rinoceronte, tan sólo a partir del relato entusiasta de un amigo
que había visto uno en Lisboa. El rinoceronte de Durero es más real y, qué duda,
mucho más bello que el de la realidad. Porque, bien lo sabía Paul Eluard: “Hay
otros mundos, y están en éste”. Una visión enriquecida por el anhelo que expresó
otro gran poeta, Ives Bonnefoy:
|
Que este mundo
permanezca |
|
Que entre,
para siempre, |
|
El polvo
brillante de la tarde de verano |
|
En la sala
vacía. |
El polvo brillante, la
inasible belleza. Así sea.
REFERENCIAS
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arte poética. Madrid: Espasa Calpe, Colección Austral.
Aristóteles. 2005. El
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Colihue.
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Menard, autor del Quijote”, en Ficciones. Obras Completas.
Buenos Aires: Emecé Editores.
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Perseguidor N° 11, Buenos Aires,
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de dispositivo”, en Vigilar y castigar. México: Siglo XXI Editores.
Girri, Alberto. 1983.
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Lacan, Jacques. 2005. Seminario
La angustia. Apartado 3: “La angustia entre deseo y goce”. Buenos
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Noé, Julio. 2000. El arte
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Sarduy, Severo. 1987.
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Wordworth, W. y Coleridge, S.T.
1985. Baladas líricas, Prefacios. Caracas, Venezuela: Monte Avila
Edit.