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Estética y Arte: Conceptos
(Español) -
Gerardo García Betancourth
Concepto de Filosofía y
Estética - Concepto de Cultura - Concepto de Estética - Valores
filosóficos - Valores estéticos - Valores formales - Valores de
asociación - Valores utilitarios - ¿Qué es el arte? - Concepto de
Folklores y Artesanías - Clasificación de las Artes - Ciencias del
Arte - Introducción - Belleza y Fealdad - Lo Sublime y lo Grotesco
- Los Gracioso y lo Ridículo - Lo Trágico y lo Cómico - La Facultad
Estética - El Artista - El Genio - Estilo - El Ciclo Artístico - La Obra
de Arte - Contenido de la Obra de Arte - La Forma de la Obra de Arte - Los
Espíritus Artístico - El Proceso Artístico - El Contemplador - Las
Experiencias Estéticas - La crítica del Arte - El Intérprete
Concepto de la Filosofía y la Estética
La estética está
vinculada a la filosofía, por eso para poder comprender lo que es y lo
que estudia, es necesario saber cuál es su relación con la filosofía;
por tanto, se empezará por tratar de encontrar un concepto de filosofía
que lleve al fin propuesto.
Todos sabemos lo que es nuestra filosofía; en nuestro fuero interno, allí
donde las ideas se despojan de su carácter abstracto para convertirse en
imágenes con las que formamos un cuadro de acabado perfecto, allí donde
el mármol adquiere categoría de estatua, comienza a moverse al impulso mágico
de nuestra voluntad.
...Allí... ¡ha filosofía! Está nuestra filosofía, nuestra particular
manera de concebir y de estructurar el mundo, nuestra conciencia del yo,
siempre dispuesta a una interrelación.
El campesino, el obrero, el empleado, el científico, todos filosofamos,
dentro de nuestras posibilidades y capacidades intelectuales formamos
estructuras bien definidas que satisfacen plenamente los arquetipos, aun
los ideados por nosotros mismos. Los consejos de un anciano, por rústico
que se le suponga, suelen tener un sólido fondo filosófico; nuestra
conducta, a ratos tímida, en ocasiones atrevida, la manera muy personal
de resolver nuestro problema, ¿no es filosofía?
Si preguntara a un erudito ¿qué es filosofía?, tal vez respondería:
"la ciencia general de los seres, de los principios y las
causas". Esta respuesta sugiere varias ideas: la filosofía es el
conocimiento de las leyes que rigen la vida en todas sus manifestaciones,
la filosofía es saber, es cuerpo de doctrina, es la enseñanza aceptada y
asimilada por la inteligencia: es la resultante de experiencias
pacientemente recogidas y hábilmente expuestas por la razón.
Para los filósofos, para los que han hecho de la filosofía profesión de
fe, ¿qué es la filosofía? Un aristotélico diría: "es la elevación
del espíritu por encima de todo"; un estoico pensará: "es
estar más allá del dolor, es poseer la completa dicha"; es epicúreo
la considerará "el placer de los sentidos"; el cartesiano
afirmará: "es dudar con método, es tener conciencia de que la
esencia del alma está en los sentidos". Sin embargo, un franciscano
respondería mansamente: "es la dulzura innata de los seres, la
fraternidad universal… la hermana agua, el hermano lobo". Y la
transmutación de las inquietudes en la serenidad de la madurez ante los
grandes problemas de la vida, ¿esto no es filosofía?
Desde los tiempos más remotos ha habido pensadores que han rodeado a la
filosofía de un brillo intenso, prolijo sería enumerarlos, basta citar
unos cuantos nombres de los muchos que han hecho de la filosofía su
quehacer y que por tanto lo han definido: Pitágoras, Sócrates, Platón,
Aristóteles, Séneca, Tómas de Aquino, Agustín de Hipona, Descartes,
Espinoza, Leibniz, Kant, Hegel, Marx...
Un arquetipo acaso sería el admirable Sócrates, quien llevo una vida
austera con ejemplar paciencia. Su método de enseñanza, admirable,
consistía en la conversación, en la interrogación o en la ironía que
conducía a finalidades perfectamente definidas por él. Todo le servía
de pretexto para su enseñanza; su vida fue un verdadero apostolado
producto de su filosofía. Sócrates, condenado a beber la cicuta frente a
sus discípulos, acto que realizó serenamente, tenía su filosofía; no
consistía en ahondar en los sistemas generales del universo, sino en
educar los instintos del hombre sin tratar de reformarlos para no
contrariar la obra de la naturaleza; sus enseñanzas estimularon las
inquietudes y rebeldías de la juventud ateniense que al fin revolucionó
los tradicionales sistemas filosóficos griegos. Han pasado de los siglos
y la antorcha socrática sigue iluminando: el objeto propio de la filosofía
es el hombre mismo, sus actos, sus pensamientos.
Entonces, nuevamente surge la pregunta ¿qué es filosofía? Filosofía es
el esfuerzo de la mente para guiar al hombre hacia metas de bienestar, de
paz, de serenidad; es el ejercicio de la razón para orientar al mundo
hacia lo verdaderamente grande, hacia lo verdaderamente justo; es el ideal
constante de lograr una humanidad más perfecta
Sin embargo para encontrar la relación entre filosofía y estética se
acude a los conceptos de Miguel Bueno, para quien la filosofía es la
ciencia que se encarga de explicar la cultura. Ahora bien, ¿qué es
ciencia, qué es cultura y por qué la filosofía es la ciencia que se
ocupa de explicar la cultura?
Ciencia es la tarea universal, es el intento del hombre por explicar los
fenómenos de la naturaleza, de la vida misma; es la conexión sistemática
de los hechos, expresados en leyes, estas leyes están elaboradas como
resultado de una observación atenta de los mismos; para saber, basta
observar y para saber científicamente es preciso observar ordenadamente,
la observación da a conocer los hechos, después estos hechos se comparan
buscando analogías y diferencias que conducen a definirlos, determinando
su naturaleza y estableciendo las leyes que los han de regir. Por esto se
define la ciencia como la conexión sistemática de los hechos, que no es
otra cosa que la tarea universal a la que el hombre dedica su existencia
Concepto de Cultura
La cultura es
precisamente el contenido de la filosofía, son los actos y pensamientos
del hombre, es el afán cotidiano de dar un sentido a la existencia.
Emmanuel Kant considera que los caminos de la cultura son infinitos para
el hombre, que no se conforman con vivir sino que trata siempre de dar un
sentido, un porqué a su existencia, una razón de ser, de aquí que
realiza infinidad de actos tendientes a llegar a ese fin; el acervo de lo
que el hombre realiza, el conjunto de creaciones valiosas que en el
transcurso de los siglos ha realizado y acumulado para satisfacer las
necesidades espirituales que tiene, constituyen la cultura.
Ahora bien, la filosofía, es una ciencia, la ciencia que explica la
cultura, porque para encontrar el fundamento de los hechos culturales
necesita seguir el camino de la ciencia, es decir, necesita estudiar los
hechos de la vida humana expresados en leyes. La filosofía entonces, se
encarga de explicar el cómo y el porqué de los actos que el hombre
realiza, es la ciencia que reflexiona sobre el quehacer humano y le da
sentido.
Para explicar la cultura, la filosofía se auxilia de tres disciplinas: lógica
ética y estética. La lógica es la ciencia del ser, es la ciencia que
estudia e investiga el origen sistemático del ser verdadero en la
naturaleza.
La ética es la ciencia del deber ser, es la ciencia que estudia e
investiga el origen sistemático de la buena voluntad del hombre. En su Crítica
de la razón práctica, Kant la define como la ciencia de la buena
voluntad en acción para llegar a su resultado propio, que es el bien.
Concepto de Estética
La estética es la
disciplina más joven, es la ciencia que estudia e investiga el origen
sistemático del sentimiento puro y su manifestación, que es el arte, según
asienta Kant en su Crítica del juicio. Se puede decir que es la ciencia
cuyo objeto primordial es la reflexión sobre los problemas del arte. Es
fundamental que por medio de la cultura se realicen los valores, ya que
cada valor da paso a una rama cultural y consecuentemente, cada rama
cultural encierra un valor. El valor se comprende preguntando cuál es el
fin que el hombre persigue, cuál es el propósito que lo anima en el
inagotable esfuerzo de cada día, cuál es la meta que lo orienta en la
infinidad de actos que lleva a cabo en su vida cultural. La mejor
respuesta parece ser la siguiente: el hombre realiza la cultura porque en
ella conquista un fin que considera valioso, el valor mismo es lo que
parece digno de conquista, no importa que reclame todo el titánico
esfuerzo de la humanidad. El valor se va transmitiendo de generación en
generación; desde los tiempos más remotos en que la cultura consistía
apenas en la habilidad para tallar una piedra o para hacer fuego, hasta la
época actual, pletórica de manifestaciones grandiosas de cultura, el
esfuerzo del hombre no ha dejado de dar fruto, ha tenido un motivo que
perseguir. Cada uno de esos motivos recibe el nombre de valor, valor
significa lo que es valioso, lo que vale en sí mismo, el valor es lo que
sostiene algo que lo realizan y lo convierte en algo objetivo que
cualquier hombre puede campar y apreciar. El valor representa un elemento
para cultivarse en la tarea de la existencia, que continuamente convierte
la aspiración a plasmar, el valor, en la realidad del acto cultural. El
valor es el contenido de la cultura, es el algo que el hombre busca,
anhela y pretende conquistar en su tarea; aunque ésta deba ser infinita,
el hombre sabe que rendirá su tributo a la tierra antes de conquistar el
valor, pero sabe también que su esfuerzo será provechoso para la
humanidad y que quizá lo que él no logró, será alcanzado más tarde.
Considerando los valores como el contenido de la cultura, cabe afirmar que
la conquista del valor es la dimensión de la humanidad; el sentido del
valor y su manera de medirlo es el problema que borda la filosofía. Según
el mencionado autor, cada una de las ciencias que se han citado
anteriormente posee una facultad espiritual que es la función que la
determina, una forma de manifestación cultural y un valor realizado, así
la facultad espiritual que caracteriza a la lógica es el pensamiento, se
manifiesta culturalmente como ciencia y el valor que realiza es la verdad.
La ética está caracterizada por la voluntad, tiene su forma de
manifestación cultural como moral y su valor es el bien. La estética se
manifiesta como arte en la cultura su facultad es el sentimiento y su
valor la belleza. Si la estética es la reflexión filosófica sobre el
arte, uno de sus problemas será el valor que se contiene en su forma de
manifestación cultural, y aunque un vario número de ciencias pueden
ocuparse del arte, solo la estética analiza filosóficamente los valores
que contienen en la obra de arte. Entre la lógica y la ética, entre la
ciencia del ser y la del deber ser, existe un vacío que la conciencia
cultural exige llegar, hay una contradicción entre la naturaleza, donde
la casualidad produce todo fenómeno natural, y la moralidad, en que la
voluntad se encamina a producir el bien; este vacío, esta contradicción,
es resuelta por la estética, porque en el arte la naturaleza se presenta
como moralidad y la moralidad como si fuera naturaleza. En efecto, en el
arte el ser presenta como deben ser, y el deber ser como siendo. Lo real
de la lógica y lo ideal de la ética encuentran su fusión en el arte,
puesto que sólo en el arte lo real, mediante el sentimiento, aparece como
ideal y lo ideal como real. La estética mediante el sentimiento, que es
facultad espiritual característica, se manifiesta como arte y realiza
como valor fundamental la belleza. De esta aseveración se deduce que el
arte es una manifestación de la cultura estudiada por la estética,
entonces la estética es la ciencia que se encarga de explicar filosóficamente
el arte como manifestación de la cultura, pero el arte es además
manifestación de belleza, puesto que es el valor que realiza; entonces,
la estética se puede definir atendiendo a su forma de manifestación en
la cultura, a su facultad espiritual y al valor que realiza, de la
siguiente manera: la estética es la ciencia que se ocupa filosóficamente
del arte, de sus manifestaciones y las experiencias del hombre en relación
con el mismo. Etimológicamente, la palabra estética deriva de las voces
griegas aistesis, sentimiento, e ica, relativo a; la definición sería
entonces, atendiendo a sus raíces: ciencia relativa a los sentimientos, más
concretamente a la belleza. Se le ha definido también como "ciencia
que trata de la belleza y de la teoría fundamental y filosófica del
arte". Desde 1752, en que Baumgarten usó la palabra estética, se la
designó como ciencia de lo bello, misma a la que se agrega un estudio de
la esencia del arte, de las relaciones del éste con la belleza y los demás
valores. Algunos autores han pretendido sustituirla por otra denominación:
catología, que atendiendo a su etimología significa ciencia de lo bello.
Kant la toma en un sentido más bien etimológico, para él la estética
significó la teoría de la percepción, teoría de la facultad para tener
percepciones, o bien teoría de la sensibilidad como facultad para tener
percepciones; sin embargo, se ha difundido más bien el término estética,
que para todos significa hoy teoría del arte y la belleza
Valores Filosóficos
La axiología, que es la
teoría de los valores, considera con respecto a ciertos objetos (bondad,
Belleza, verdad, justicia y santidad), que el hombre formula a cada paso
juicios de valor, es decir, juzga acerca de tales cualidades y las acepta
o la s rechaza.
El hombre, con el concurso de las diversas partes de su cuerpo y guiado
por la inteligencia, descubrió la existencia de los diferentes objetos de
la naturaleza; su curiosidad lo llevó a tratar de explicarse la esencia
de cada cosa indagando acerca de sus notas constitutivas, es decir, hizo
primero una incursión en el campo ontológico, y en la búsqueda
incesante de cosas nuevas descubrió otro mundo, el de los valores, el
campo axiológico. Por intuición, por una especie de visión interna,
descubrió el mundo del valor y como no pudo permanecer inactivo, se
transformó en el eterno cultor de valores, lo que lo hizo diferente y
superior a los demás animales. Intentó dar forma corpórea a los
valores, originando los bienes culturales. Al descubrir el mundo de la
verdad, se convirtió en científico y filósofo. Descubrió el reino de
la belleza y dando rienda suelta a su sentimiento, por medio de mil formas
plasmó su ideal y se hizo artista; vislumbró el mundo de la moral y
aprendió a distinguir el bien y el mal. Inquirió por la justicia y la
conoció al igual que la injusticia. Imaginó el orbe de lo luminoso y creó
la religión; se descubrió a sí mismo y comprendiendo que el más
preciado valor es la vida humana, se dedicó a ennoblecerla, dándole como
sentido la realización de los más altos valores.
Para los tres pilares de la filosofía griega, Sócrates, Platón y Aristóteles,
el valor supremo fue la felicidad; hedonistas y epicureístas aceptaron el
placer como él más alto valor; los estoicos como supremo valor buscaron
la imperturbabilidad; los sofistas, sin embargo, negaron la existencia de
los valores.
Durante los primeros tiempos del cristianismo, la totalidad de la vida se
subordinó al dogma religioso; no se especuló sobre la existencia o
inexistencia de los valores, porque la única preocupación fue la fe
cristiana; el valor único fue alcanzar la salvación del alma. La Edad
Media fue estéril en filosofía; sin embargo, desde el Renacimiento el
hombre renunció al apoyo de la religión y comenzó a buscar por sí
mismo los valores en la ciencia y en el arte.
En el transcurso de los siglos el hombre ha levantado sobre problemas de
importancia como la naturaleza de la belleza, la bondad, la verdad o la
justicia, pero ¿qué se debería creer a la luz de los muchos cambios que
trajo el mundo moderno? El primer impacto fue el de las teorías
evolucionistas, la consideración biológica del hombre como parte del
reino animal; y el estudio mismo de la evolución en la moral, a cuya luz
los modos primitivos aparecen desprovistos de toda espiritualidad, llevó
a negar la existencia de los valores como algo objetivo: es el hombre
quien da valor a las cosas, los valores son creaciones del hombre, son
subjetivos.
Este argumento fue superado con cierto éxito: el origen del hombre adujo
la tesis opuesta, no menoscaba sus presentes ideales sobre moralidad y
otros patrones normativos considerados generalmente buenos; la misma
evolución siguiere un proceso natural en la humanidad, desde los más
rudimentarios y crudos valores de la vida. Luego intervinieron en la
discusión los conceptos históricos: no hay valores universales, no hay
verdad, ni bondad, ni belleza, ni justicia, ni santidad; según lo
demuestra la relatividad histórica, no existe ese desarrollo uniforme de
la humanidad hacia los mismos ideales de la vida.
El materialismo histórico de Marx acentúa ese relativismo al explicar
que son los factores materiales los que condicionan la vida del hombre,
los valores los concibe el sujeto.
El utilitarismo opinó que los valores dependen de lo que una sociedad
encuentra necesario para su supervivencia y bienestar; para otras
opiniones lo social tiene menos significado, ya que los valores deben
interpretarse simplemente como expresiones del hombre, individualmente
considerado dentro de ocasiones concretas.
Para estas teorías los valores son subjetivos, y su validez desaparece
cuando el individuo pierde interés. Es cierto que acaba por crearse una
opinión general que influye en el propio sentido de los valores de cada
hombre, pero los términos bondad, verdad, belleza, justicia y santidad,
en el intercambio social son meros instrumentos de persuasión para los
individuos que piensan de manera semejante.
Estas teorías crearon un escepticismo acerca del valor: no hay, por
tanto, ninguna base objetiva y real de lo bueno, lo malo, lo verdadero y
lo falso, lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto.
Los más renombrados filósofos habían puesto siempre su fe en la razón,
fundando su filosofía en esa peña. Los pensadores griegos de hace dos
mil años concebían la vida desprovista de significado en caso de no
existir los valores; Sócrates y Platón los concibieron como entidades
existentes, patrimonio de la humanidad; esta tradición fue reafirmada por
Leibniz y Hegel, quienes agregaron que la razón puede penetrar en el
pensamiento de las distintas épocas y descubrir principios universales y
permanentes, los valores.
Esta concepción fue puesta en dudad por Montigne y Hume: "¿Qué
mundo es éste en que la justicia varía de una margen a otra de un mismo
río? ¿Por qué la esclavitud fue para el pueblo griego, el más
civilizado de la antigüedad, justa y dejó de serlo para el
cristianismo?" Entonces, concluyen, los valores son lo que el hombre
desea que sean.
A estas inquietudes se contestó que los valores se transforman sin que
esto afecte su esencia íntima. La apreciación del valor que el hombre ha
hecho a través de la historia es lo que cambia. En Grecia había por
naturaleza hombres libres y esclavos, y no podía darse a los esclavos lo
que correspondía a los hombres libres. Con la predicación de amor al prójimo
y la igualdad pregonada por las doctrinas cristianas, la esclavitud se
consideró injusta y tendió a desaparecer.
En el periodo comprendido entre las dos guerras mundiales, se
desarrollaron doctrinas pesimistas y aun desesperadas, originadas en
Shopenhauer y Nietzsche, que niegan rotundamente la existencia de los
valores. Así como también después de la segunda guerra mundial cobró
fuerza el existencialismo, que contempla lo absurdo e insustancial de la
vida y encuentra los valores más allá de la desesperación, buscando una
nueva vida para el hombre, basada en su propia existencia como guía.
La filosofía naturalista sostiene que los hombres, al buscar el
conocimiento, llegarán a encontrar naturalmente los valores y a apreciar
las cosas buenas, verdaderas, bellas y justas. Esta tesis ha sido
rechazada por la mayoría de los filósofos.
Entonces, ¿qué son los valores, son objetos reales, o concepciones
subjetivas?
Tres posturas adopta la filosofía actual: el subjetivismo, el objetivismo
y una tesis ecléctica.
El subjetivismo sostiene que los valores son reflejos de nuestro espíritu
sobre las cosas, el sujeto los crea, lo valioso se da en su conciencia,
sin el hombre el valor queda suprimido. El mundo no es bello, ni bueno, ni
verdadero; es real, pero es calificado en la conciencia del sujeto.
El objetivismo considera que los valores existen independientemente del
hombre, éste se concreta a captarlos, pero existen aun cuando no sean
captados; no se les puede cuantificar, son ajenos a toda idea
cuantitativa, simplemente valen, por eso se les llama valores. "No
revela talento quien inquiere acerca de su existencia, dice Müller, pues
siendo ésos no demostrables, sino apenas mostrables, quien así pregunta
revela estrechez intelectual y una absoluta incapacidad filosófica."
Schiller resguarda los valores del subjetivismo, los valores son y se
captan por medio de la preferibilidad emocional y afectiva.
Hartman sostiene que los valores son determinados por la conciencia
estimativa del hombre; si bien son esencias independientes de la realidad,
que no provienen de las cosas ni de los sujetos y a las que se llega por
una visión intuitiva a priori, la conciencia puede aprehenderlas, pero no
crearlas; afirma que son esencias puras, objetos ideales existentes en sí,
pero intuidos por el sujeto.
Ninguna de las dos teorías explican realmente la naturaleza de los
valores. Una tercera teoría sintetiza y combina las dos: el valor, dice,
sólo tiene sentido y plenitud cuando se establece una relación entre un
objeto dotado de ciertas propiedades naturales en él y un sujeto que las
descubre, las adapta a sus necesidades y las valora; sin embargo, el valor
es social. La sociedad es un ser apto para forjar ideales, es el alma
colectiva que forja los ideales, colectivos también, que no son fría y
abstractas representaciones, sino principios vivos y actuantes. La
sociedad es esencialmente creadora del ideal y los valores son esas formas
del ideal que no son solamente obra de cada uno de los hombres.
El valor nace entonces de las relaciones de los hombres y de las cosas, no
se constituye ni toma conciencia de sí mismo sino cuando se fija en las
cosas y puede ser visto, sentido y aprehendido por todos. Los valores,
además, son poseedores de una materia que no es otra cosa que el conjunto
de determinaciones ideales que hacen aparecer en nuestra intuición
emocional Las cosas como algo valioso o no; esta materia es lo que les da
su objetividad, como cuando se juzga lo bueno o lo malo de un acto, lo
verdadero o lo falso de un pensamiento, lo bello o lo feo de un cuadro, lo
justo o lo injusto de una decisión.
Los valores son imperativos porque son colectivos. La fuerza original,
nacida en la conciencia social, es la que crea el valor y le da fuerza; la
sociedad posee un fruto producto de su esfuerzo, de su afán de dar
sentido a la existencia humana, este fruto es la cultura, por esto los
valores se muestran como entidades existentes aparte del sujeto, son
sociales.
Los valores no son dones que nuestra subjetividad da a las cosas, sino un
sutil conjunto de percepciones que nuestra conciencia encuentra fuera de sí.
El valor no es inventado, es descubierto, las cosas no valen porque sean
buenas, bellas o verdaderas; son buenas bellas y verdaderas porque valen:
el ruibarbo no es amargo porque es desagradable, es desagradable porque es
amargo.
El hombre no es libre para atribuirles sólo porque sí, valor a las
cosas; acciones hay, afirma el filósofo Jaime Balmes, consideradas como
buenas de manera natural: el amor filial, la piedad, la templanza, etc.,
la esencia de la bondad es la negación de la maldad; sin embargo, la
esencial objetividad del valor encuentra su necesario complemento en
nuestra subjetividad. Esto significa que las cosas parecen subjetivamente
valiosas, pero ningún valor puede relizarse sin el sujeto, sin darle el
hombre tal calidad a las cosas.
No hay que olvidar, sin embargo, que los valores dados sufren las
modificaciones circunstanciales de tiempo y de lugar.
Las cosas son y valen porque así lo sentimos irrecusablemente en la
conciencia. Aunque ignoramos por qué valen, es un hecho universal que
valgan lo verdadero, lo bello, lo bueno, lo justo, y si tienen existencia
y son valiosos y son universales, son relativos en al conciencia del
hombre según su manera de estimarlos: esto que es bello para ti, no lo es
para mi.
Los valores entonces, no son esencias lógicas, sino axiológicas; su
determinación esencial es el valer, no el ser.
La vida humana es el fundamento del valor, es valioso aquello que
contribuye a darle su plenitud. Los valores, ya se dijo, son el contenido
de la cultura, el algo que el hombre anhela poseer, lo que da sentido y
motiva su existencia. José Ingenieros afirma que los valores son el ideal
del hombre, "sin ellos sería inexplicable la evolución humana,
palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado por un hombre o
pueblo. Los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho alumbran
la ruta".
Tal es la postura que acepta la filosofía actual con respecto a los
valores; sin embargo, lejos de haberse agotado el problema, sigue siendo
motivo de estudio.
Valores Estéticos
Desde que los filósofos
empezaron a ocuparse de la estética, surgió el problema, bastante arduo
por cierto, de definir los valores estéticos; puesto que la estética
tiende a crear un valor, es preciso, de decía, definir su o sus valores.
Este punto es esencial y de gran trascendencia para la filosofía del
arte; sin embargo, el intento de encontrar una definición que llene los
requisitos de tal, es casi una de sus imposibilidades.
Para Ramos, "mientras que los valores en el arte se dan con plena
evidencia a la intuición del artista o del contemplador, no sucede lo
mismo cuando se trata de aprehenderlos racionalmente para determinar su
esencia conceptual. Los valores estéticos muestran que su cualidad
sensible es ilógica e irracional, quedan fuera de toda lógica y de toda
razón".
El primer intento, fracasado, fue de Platón, quien al tratar de llevar la
idea de la belleza como valor estética hacia el mundo inteligible, se
encontró con que su sentido concreto se evaporó convirtiéndose en idea,
una idea completamente vacía.
El valor belleza, fundamental en el arte, no es valor formal, sino un
valor de contenido concreto, lo que es patente sólo con pensar que se da
tal calificativo a un poema, una melodía o un cuadro, en realidad se
trata de cosas diferentes aun cuando se les aplique el mismo adjetivo; lo
que en estas cualidades aparece como esencial es precisamente lo que en
cada caso las individualiza, no con rasgos comunes, de ahí la dificultad
de definir la belleza y los demás valores estéticos.
Bajo el nombre de belleza ha dado el hombre en comprender toda la gama de
valores estéticos, lo sublime, lo gracioso, lo trágico; enseguida,
cierto valor estético concreto, como cuando se hace referencia a la
belleza de la figura humana manifestada en pintura y escultura, por
ejemplo.
Entonces, ¿cómo encontrar una unidad del valor estético?
Parece que no hay otro camino para entender, no definir, los valores estéticos,
que a partir de las reacciones emocionales que corresponden a los mismo
valores.
Estas reacciones son individuales, subjetivas, pero están relacionadas
con el objeto que nos parezca bello (o feo, trágico, gracioso, etc.). Los
diferentes valores expresados en el arte corresponden entonces a intereses
espirituales de un orden peculiar que encuentran su manifestación
adecuada en la expresión artística; empero en la obre de arte no sólo
se dan valores estéticos, se dan valores de muy diversa índole, de los
que no se puede hacer abstracción al contemplar o juzgar la obra; así,
hay expresiones artísticas cuya finalidad es moral, religiosa, política
y aun de propaganda comercial que llevan en sí valores que no son
puramente estéticos y no por eso puede disminuirse su valor estético.
Entonces en la obra de arte existen, además de los valores estéticos,
valores extraestéticos. Raymond Stites considera que en la obra de arte
existen valores formales, valores de asociación y valores utilitarios.
- VALORES FORMALES
Los valores formales son los valores estéticos y son propios de la obra
de arte (recuérdese que el arte no sólo expresa lo bello); estos valores
hablan a la sensibilidad del hombre, son los que provocan en el
contemplador la emoción estética, ya que tienden a despertar la
sensibilidad humana y a producir experiencias estéticas, haciendo caso
omiso de cualquier otro tipo de mensaje.
- VALORES DE ASOCIACIÓN
Los valores de asociación, que son como los utilitarios extraestéticos,
constituyen el aspecto ideático del arte, pueden expresar los mitos,
ideales o sueños de cada raza, pero no como los valores estéticos;
tienen la peculiaridad de transmitir a través de la obra pensamientos,
opiniones e ideas ajenos a los valores estéticos, así como estimular
emociones que puedan se consideradas de valor social.
- VALORES UTILITARIOS
Los valores utilitarios constituyen el aspecto práctico de la obra; los
de asociación, precisamente por asociación de ideas, buscan la afloración
de ideas no estéticas; los utilitarios se dirigen a la inteligencia práctica,
incluso a la comercialización de la obra.
La paradoja del arte consiste en el hecho de que la obra de arte reúne
las dos modalidades más contradictorias de la vida: pensamiento y
sentimiento, abarcando sus valores; los valores estéticos, formales,
resultan de conflicto y final conjunción de estos elementos en el alma
del artista, irreductibles generalmente, sólo reconciliables en el arte.
No es posible, al contemplar la obra de arte, disociar estos valores y
atender solamente a los valores formales, puesto que en toda obra de arte
aun en mínima parte existen valores de asociación y utilitarios; así
las más elevadas manifestaciones de arte serán aquellas en que los
valores de asociación y utilitarios representen el papel más pequeño.
En realidad los valores estéticos son una constelación de valores que se
conjugan en la obra de arte como una unidad indisoluble y que produce en
el espectador una impresión emotiva, unitaria también
¿Qué es el arte?
Si la estética
constituye una reflexión filosófica sobre el arte, ¿qué es el arte?
Resulta sumamente difícil definir el arte, y no por falta de elementos,
sino porque cada filósofo, cada historiador de arte y aun infinidad de
artistas lo han definido de muy diversas maneras. He aquí algunas de las
múltiples definiciones que se han dado:
Platón consideró el arte como un idioma que todos los hombres pueden
entender.
Arte, dice Emilio Zolá, es naturaleza a través de un temperamento.
Para Hegel, el arte es la conjunción del espíritu y la forma, de lo
finito en lo infinito, de lo real y lo ideal, de lo subjetivo y lo
objetivo.
León Tolstoi considera que evocar un sentimiento experimentado y luego
por medio de líneas, colores, movimientos, sonidos o palabras
transmitirlo a los demás, constituye el arte.
Según el escultor Augusto Rodin, el arte es la contemplación, el placer
reservado al espíritu, que penetra en el naturaleza y adivina en ella el
alma de que él mismo está animado, es la sublime misión del hombre,
puesto que consiste en un empeño de la inteligencia por comprender y
hacer comprender el mundo.
Arte es intuición pura, afirma Benedetto Crece.
Lo que nos hace conocer las maravillosas versiones de un mismo pensamiento
en los diversos lenguajes de la pintura, la escultura, la arquitectura, la
música y la poesía es el arte dice Ralph Waldo Emerson.
El historiador de arte Stites define el arte como una expresión de la
naturaleza humana en composiciones llenas de significación que tienden a
inducir sentimientos nobles por lo bello, lo dinámico y lo sublime.
El pintor contemporáneo Alfonso Michel considera que el arte es la
respuesta del hombre a la presencia devoradora del tiempo y la muerte.
Para Corrales Ayala, el arte es plasmar el artista su angustia para la
posteridad en su creación artística, es el grito de la soledad, el
anhelo del artista que zaherido por el silencio y la desesperanza sacude
con furia la grama interior de sus sentimientos y entrega al mundo sus
joyas más preciadas.
De acuerdo con Adolfo Sánchez Vázquez, el arte es una forma de praxis
que igual que el trabajo humano, transforma la materia que se imprime en
una forma dada, exigida no ya por una necesidad práctico-utilitaria, sino
por una necesidad general humana de expresión y objetivación.
Arte, se ha dicho, es el lenguaje creado por la fantasía, por medio del
cual comunica el hombre a los demás sus sentimientos y estado de ánimo.
Es el ensueño hecho realidad, el sueño del hombre que cobra forma
material. Algún filósofo definió el arte como la expresión del alma de
las cosas.
Arte es la expresión de la emoción humana por medio de la representación
que da forma y significado a un ideal. El acto mediante el cual el hombre
valiéndose de lo material o l o visible expresa lo inmaterial o
invisible, constituye el arte.
Podrían seguirse citando definiciones de arte; la mayor parte de ellas
coinciden en que el arte es una expresión de la emoción humana. En
efecto, el arte no es otra cosas que una proyección del espíritu que se
materializa, es la objetivación de un ideal, la materialización del
sentimiento, o bien, si se quiere, la espiritualización de la materia;
pero el arte, dice Matteo Marangoni, "es un mundo cerrado a la
multitud indiferente y solamente abierto a quien consiga, con amor,
conquistarlo".
El arte es un medio de evasión aunque sea momentánea; la realidad humana
es transfigurada por la magia del arte, al mismo tiempo que cobran
conciencia y plenitud todos los sentimientos que yacen dormidos bajo la
capa de los intereses prácticos de la vida actual; el arte se aparte de
la realidad para enriquecerla, va más allá de la filosofía y de la
ciencia.
En efecto, en la vida diaria normalmente la imaginación y los
sentimientos se encuentran reprimidos, en infinidad de ocasiones resultan
incompatible con el vértigo del vivir actual, con el ritmo de vida que la
industrialización ha impuesto al hombre, y así todos los deseos,
emociones o ideales que muchas veces constituyen nuestro verdadero ser,
son sometidos las contingencias de la vida diaria, en donde no tiene
cabida la emoción ni el sentimentalismo; los valores espirituales quedan
de esta manera relegados porque no resultan prácticos.
El artista encuentra en el arte el mejor medio de alejarse de tráfago de
la vida cotidiana; su quehacer constituye una válvula de escape para sus
sentimientos y su imaginación; pero el hombre que no puede ser artista
porque carece del don de la facultad creadora, también encuentra en el
arte la manera de fugarse de todas las tensiones a que comúnmente se ve
sometido. Ante la imposibilidad de crear una obra de arte, el hombre común
y corriente canaliza sus sentimientos reprimidos y sus ideales que siente
inasibles, en la obra artística; también encuentra en el arte el medio
de evadirse de la monotonía, por una parte, y de las presiones de la vida
por otra, aunque en distinta forma que el artista. El arte, por tanto es
un medio de liberación.
Es, además, una necesidad, cumple una importante función: en el arte
sublima el hombre todo lo que de trágico o grotesco tiene la vida. La sed
innata de belleza y de formas artísticas llevó al hombre en los albores
de la humanidad no sólo a fabricar cacharros que le fueran útiles, sino
a adornarlos para hacerlos más agradables. En los grupos humanos más
primitivos hubo siempre manifestaciones de arte: los primeros instrumentos
de trabajo y las primitivas armas tenían los mangos tallados o grabados,
reproduciendo en ocasiones animales o bien, grecas y flores. Los hombres,
antes de cubrir sus cuerpos con ropas, se tatuaron y pintaron con hermosos
colores, adornaron sus cuevas con pinturas que si bien también tenían un
significado mágico-religioso, fueron demostración de su necesidad de
belleza.
Justino Fernández afirma que "todos los hombres, por serlo, están
necesitados de algo, necesitan hacer sus mundos, hacerse un mundo propio
habitable, humano, necesitan la belleza. No pueden satisfacerse con lo útil,
de algún modo han necesitado y necesitan hacerlo. Y es aquí donde el
arte surge",
Aun considerando el arte como una forma de praxis, Sánchez Vázquez
admite que "la praxis artística permite la creación de objetos
humanos o humanizados que eleven a un grado superior la capacidad de
expresión y objetivación humana, la obra artística es ante todo creación
de una nueva realidad y puesto que el hombre se afirma creando o
humanizando cuanto toca, la praxis artística, al ensanchar y enriquecer
con sus creaciones la realidad humana, es una praxis esencial en la vida
del hombre".
Por otra parte, el hombre en la obra de arte contempla la eternidad, todo
nace condenado a morir, pero la obra de arte perdura a través de los
siglos; en el arte las cosas dejan de ser fugaces perecederas, porque son
trasladadas a un plano intemporal; el hombre goza con el arte porque
intuye que lo que en el arte se representa ha vencido la destrucción, el
tiempo y la muerte y posee valor de eternidad; la obra de arte es un jirón,
un fragmento de la realidad salvado del influjo de la temporalidad.
El arte, según Simón Latino, "es un mensaje de lo eterno, o sea de
la belleza, del amor y de la muerte. Ser poeta consiste en decir con
palabras ese mensaje, como ser músico es decirlo con notas, ser pintor en
colores, ser escultor con formas. Los artistas nacen y mueren, la belleza
es eterna".
El arte rodea al hombre, es parte de su propia vida; en el arte el hombre
expresa sus inquietudes, sus anhelos, sus sueños, su rebeldía y aun sus
agonías y sus fracasos, y recibe del arte múltiples influencias (¿quizá
podría decirse beneficios?). A través del arte los hombres subliman lo
que admiran y lo que temen; es un intento del hombre, del artista, ante lo
que lo precede, de fijar el tiempo y su paso por la tierra, y para el
contemplador, de encontrar serenidad y paz para su ser torturado.
El arte ha sido venero inagotable de transformaciones sociales, hasta en
sus más pequeñas expresiones plantea las quejas y las inquietudes de los
pueblos, y en sus máximas manifestaciones: la novela, la pintura mural,
la gesta heroica, la sinfonía, palpita con frecuencia una vigorosa
demanda de justicia. Un ejemplo palpable se tiene en la música del
inmortal Chopin, que fue el grito de rebelión de su alma ante la invasión
de su amada patria, su música fu e no solamente una expresión
individual, sino que en ella expresó la angustia de todo su pueblo.
Además se ha comprobado que el arte es uno de los mejores instrumentos
para despertar las facultades humanas; mediante el arte se encuentran en
el mundo que nos rodea mayores valores espirituales y mediante el arte el
hombre se llega a integrar mejor al mundo en que vive.
Arqueles Vela considera que el raso distintivo del arte es que refleja la
conciencia social, y para expresarla utiliza imágenes vívidas y
concretas. Ineludiblemente toda concepción del mundo expresada en el arte
contiene un espíritu de clase que corresponde a otras disciplinas científicas
o filosóficas que integran los sistemas ideológicos de la misma clase. A
su juicio, la única diferencia entre estas disciplinas y el arte es el
proceso formal de expresión.
Vivimos rodeados de manifestaciones artísticas y la mayor parte de las
veces somos indiferentes a ellas. Adentrándonos en el arte, en las
inquietudes y anhelos expresados por los artistas, acercándonos a las
maravillosas obras de arte que nos rodean, cada uno de nosotros aprenderá
a amar la vida y a amar el suelo que le vio nacer.
Concepto de Folklore y Artesanía
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Concepto de Folklore
Palabra inglesa que significa ciencia del pueblo. Ciencia de las
tradiciones y costumbres de un país. Conjunto de las tradiciones,
poemas, leyendas, etc., de un país: el folklore andaluz es riquísimo.
Fam. lio, jaleo.
Clasificación de las Artes
En su significado más
amplio, arte es el conjunto de reglas que se siguen para hacer bien algo,
o bien es el talento o aptitud que se tiene para hacer bien las cosas. El
arte según el fin que se propone puede ser útil o noble: se llama arte
útil o utilitario al que está encaminado a proporcionar utilidad,
comodidad; se llama arte noble al que prescindiendo de toda utilidad,
manifiesta valores estéticos, objetivándoles, es decir, dando a los
mismos forma material sensible. A la primera forma de arte, al utilitario,
corresponde el arte industrial que crea objetos útiles, en los cuales
puede expresarse también cierta belleza: cerámica, herrería, orfebrería,
tapicería, ebanistería, repujado, mosaico, etc. Estas artes constituyen
lo que se llama artes menores; los que se ocupan de ellas se llaman
artesanos. Dentro de esta forma de arte se suele englobar también
cualquier manifestación de una habilidad realizada en forma más o menos
perfecta, así se habla del arte culinario, del caligráfico, etcétera.
A la segunda forma de arte, el nombre, corresponden las artes que crean
solamente valores estéticos haciendo caso omiso de la utilidad; las
bellas artes, que también se han llamado artes mayores: pintura,
escultura, arquitectura, música, literatura, danza, teatro, ópera, son
las artes por excelencia, ya que son las que crean toda la gama de valores
estéticos sin más propósito que crearlos. El arte puro se contienen en
estas formas de arte, en las bellas artes; no debe ser industria ni
comercio, debe amarse por sí mismo, debe ser una vocación y no una
carrera. Según algunos filósofos, debe ser una actividad desinteresada,
por eso según José D. Calderaro, es una actividad creadora de algo, que
tienen una significación especial, que está como un denominador común
en el fondo de todas las bellas artes y constituye una "necesidad
innecesaria".
Si el arte puro es aquel que sólo busca la manifestación de la belleza y
los más valores estéticos, las obras de arte creadas bajo este propósito
poseen un alto valor estético, su contemplación originará un emoción
tal, que producirá una experiencia estética también pura. Las obras de
arte que no tienen como finalidad solamente la expresión de valores estéticos,
sino que buscan además la transmisión de otra clase de ideas ajenas al
arte: morales, religiosas, políticas o comerciales, no son estéticamente
puras, no son obras de arte puro por más que pertenezcan a las bellas
artes.
Las bellas artes se han clasificado siguiente diferentes criterios, hay
infinidad de clasificaciones. Atendiendo al sentido con que son percibidas
se les divide en artes del oído (música y poesía), artes de la vista
(arquitectura, pintura, escultura y dibujo) y artes mixtas (danza, teatro
y ópera). Atendiendo al grado de imitación que hagan de la naturaleza se
ha pensado que son: esencialmente creadoras (arquitectura, música y poesía),
esencialmente imitadoras (escultura y pintura), y artes que participan del
afán creador y del imitador (danza, teatro y opera).
Otra clasificación se basa en el material con que se lleva a cabo la
expresión: espirituales, que tienen un material espiritual inmaterial (música
y literatura); y materiales, que tienen un material palpable (pintura,
escultura y arquitectura). Se les ha clasificado en artes del sonido (música,
artes del lenguaje (literatura) y artes del dibujo (pintura, escultura y
arquitectura). Existe otra división: artes musicales (música, canto y ópera),
artes plásticas (arquitectura, pintura y escultura), literarias (poesía)
y complejas (danza, drama, comedia, cine...). Esta última división está
muy difundida.
No se puede pasar por alto la clasificación de Challayè que por una
parte considera la usual distinción entre las bellas artes que aspiran a
crear objetos cuya única finalidad es satisfacer la necesidad de belleza
que siente el alma humana y por otra, las artes industriales que producen
objetos útiles a los que se les dota así mismo de cierta armonía para
que resulten agradable.
Un poema, dice, es una obra bella porque tiene como única finalidad
despertar un sentimiento estético, crear belleza, la poesía es una de
las bellas artes; un tapiz es bello, pero se atiende más a su valor de
utilidad que a su valor estético, la tapicería es entonces un arte
industrial.
La mayor parte de las veces es fácil distinguir entre las artes
industriales y las bellas artes; sin embargo, en ocasiones hay duda: la
arquitectura es una de las bellas artes, ha sido considerada así desde
siempre y sin embargo produce edificios destinados no solo a la
contemplación estética o a la satisfacción de la necesidad espiritual
de belleza, sino que su fin es satisfacer una necesidad material, la de un
sitio cómodo para vivir o trabajar. La joyería es en general un arte
industrial; sin embargo, bien puede darse el caso de un artesano que haya
creado una joya sin paralelo, única por su belleza, entonces el joyero se
convirtió en arte y la joya en obra de arte.
Conservando la distinción usual entre bellas artes y artes industriales,
el citado autor subdivide las bellas artes teniendo en cuenta los sentidos
a que hablan y la posición de sus obras en los dos planos en que sitúan
todos los datos de nuestra conciencia: espacio y tiempo, o sea la extensión
y la duración. De acuerdo con esto su clasificación comprende artes plásticas,
fonéticas, del movimiento y del gesto.
Son artes plásticas las que hablan al espíritu a través de la vista,
sus obras están situadas en el espacio, hechas con elementos simultáneos
e inmóviles, sus manifestaciones son materiales y objetivas, su belleza
es exterior, son: arquitectura, que se define como el arte de construir y
adornar; pintura, arte de representar seres y cosas, de materializar imágenes
con ayuda de hermosos colores, y escultura, considera como el arte de
modelar y tallar la materia a fin de crear formas bellas.
Las artes fonéticas hablan al espíritu por medio del oído, sus obras se
deslizan en el tiempo, su principio es la sucesión, son artes más
espirituales y subjetivas, en ellas la belleza parece interior, son: música,
arte que crea la belleza por medio del sonido, y literatura, que la crea
en virtud de la palabra en poesía o en prosa.
Las artes del movimiento son las que se realizan simultáneamente en el
tiempo y en el espacio, llegan al espíritu como las plásticas, pero sus
creaciones se desarrollan en el tiempo como las fonéticas; las artes del
movimientos comprenden la danza y el ballet, que son la creación de
belleza precisamente por el movimiento.
Las artes del gesto aspiran a crear belleza por medio de la expresión y
los movimientos, se comprenden dentro de éstas: el teatro en todas sus
variantes (tragedia, drama y comedia) y el cine, que es el arte que tiende
a provocar emociones gracias a una sucesión de imágenes proyectadas en
la pantalla.
El maestro Bueno por su parte afirma que el primer paso en la
sistematización de cualquier tipo de conocimientos está dado por la
clasificación de los objetos que comprende, ésta es una operación lógica
que dispone y ordena tales objetos en una serie de grupos de acuerdo con
un criterio previamente adoptado, de tal modo que todos los miembros de un
mismo conjunto queden identificados por una propiedad común y los
miembros de los diferentes grupos queden separados por una propiedad
distinga. Así la clasificación de las bellas artes tendrá que agrupar a
todos los objetos que se consideren como obras de arte, incorporándolos a
varios grupos de acuerdo con el criterio previamente establecido. Este
criterio atiende a la categoría estética en función de la cual se
realiza cada obra de arte. La categoría estética, es decir, la nota
esencial de cada una de las bellas artes es el carácter fundamental,
propio y distintivo de cada especia artística, es el elemento que expone
de manera más amplia la esencia constitutiva del arte y su naturaleza,
como síntesis de diversos factores. La categoría estética fundamental
de la plástica es el espacio, de la música es el tiempo y de las letras
es el símbolo.
Espacio, tiempo y símbolo son las tres categorías que según mencionado
autor reportan el mejor criterio para establecer una clasificación
funcional de las artes
Ciencias del Arte
Se ha dicho que todo arte
es una ciencia y que toda ciencia implica un arte. Cicerón dividía el
arte en dos clases: una por cuyo medio las cosas eran conocidas por el espíritu
y otra por la cual las cosas eran creadas, tal vez hoy se llamaría
ciencia a lo primero y arte a los segundo.
A la ciencia corresponde observar, analizar, sintetizar, elaborar las
leyes que han de regir determinado tipo de fenómenos; al arte compete
elevar a la categoría de obras de arte los fenómenos que la ciencia
estudia. La ciencia se expresa en es, el arte dice sea; la ciencia conoce
a través de la razón, el arte crea mediante el sentimiento. Sin embargo,
a pesar del aparente abismo que separa el arte de la ciencia, existen
infinidad de puntos de contacto.
Miguel Bueno opina:
La vieja creencia de que el arte ha de ser exclusivamente vivido, sin
preocuparse de pensar en él, se ve desmentida por la aparición de un
conjunto de ciencias que reflexionan sobre el hecho artístico (...) El
estudio de tales ciencias es fundamental para la estética, pues de cada
una deriva un aspecto diferente e irreducible en el conocimiento del
hecho artístico (...) para penetrar en el arte hay que encararlo en todos
sus aspectos (...) La vivencia del arte es más profunda mientras mayor se
la reflexión que se proyecta en él.
Esto corrobora la idea de Gustavo Schelling de que lo racional y lo
intuitivo en el arte no están reñidos, que se puede disfrutar de los
valores dados en el arte emotivamente y comprender ese sentimiento
racionalmente.
Para encarar racionalmente el arte, auxilian al hombre de manera específica
algunas ciencias que se proyectan sobre el problema artístico y que se
han a llamado ciencias del arte: psicología, sociología, física, matemática,
historia, antropología, pedagogía y filosofía. El objeto de estudio de
estas ciencias no es el arte, pero penetran en él para un mejor
conocimiento del fenómeno artístico.
La psicología es la ciencia que se ocupa de las actividades de la mente
humana y de todos los fenómenos que en ella ocurren y que reciben el
hombre de vivencia; la psicología del arte analiza el proceso artístico
para determinar el papel que desempeñan las funciones psíquicas no sólo
en el momento de la creación artística, sino en la contemplación, la
interpretación y la crítica, es decir, en toda la vivencia artística.
Examina la sensibilidad del artista, del contemplador y del crítico, del
intérprete y aun del que reproduce la obra de arte; además esta vivencia
artística es estudiada por la psicología tanto en su aspecto individual
como social.
La física y la matemática en general se ocupan de establecer la base numérica
para medir y cuantificar los hechos reales; en el arte todas las obras se
expresan en el espacio y en el tiempo, con las formas que imprime el
artista. La física atiende al material que se usa para la realización de
la obra, la matemática determina la medida y proporciones que explicarán
su aspecto cuantitativo.
La sociología es una ciencia que estudia el desenvolvimiento de las
sociedades, los factores de la vida social: raza, herencia, costumbres y
tradiciones, religión, economía, sistema de gobierno, etc., y la
influencia que del medio social recibe el hombre. La sociología del arte
estudio todo esto en relación con el fenómeno artístico, observa al
artista para determinar la influencia que ha recibido del ambiente en que
se desenvuelve, así como la que el propio artista y sus obras han dejado
en una época o un pueblo; además se ocupa de establecer cuáles formas
de arte influyen más en el conglomerado humano y en especial, cuál es la
función que desempeña el arte en la vida humana.
La historia estudia los hechos ocurridos en el pasado; la historia del
arte relata la evolución de éste a través de los tiempos. La historia
enseña que ninguna época ha estado aislada de las demás sino que cada
una representa un eslabón en una cadena que abarca desde los tiempos más
remotos hasta el día que la vida humana termine. El presente del arte no
es atribuible solamente al momento en que se vive, sino a todo el conjunto
de aportaciones que a través del tiempo han dado a los artistas. Las
formas de arte y los estilos no perecen, los complejos emocionales
vertidos en el arte de una época o de un pueblo persisten, surgiendo en
ocasiones, pasados los siglos, en otro núcleo humano. Lo gótico
reflejado en las artes plásticas persistió hasta el Renacimiento y el
barroco, hasta el romanticismo y aun en el arte moderno, después de haber
dejado de existir en la Edad Media como actualidad histórica. Así, de
cada estilo nuevo tendrá antecedentes en el pasado y destellos en el
futuro.
Y así como la historia no se limita a una escueta narración de los
hechos, sino que a través del espíritu histórico obtiene una
interpretación de los mismos, la historia del arte no se limita a hacer
una descripción de obras, estilos y escuelas, sino que penetra para en
ellas para indagar el espíritu que las ha modelado. La investigación
histórica sobre el arte representa un valioso elemento auxiliar de la estética,
pues arroja luz sobre un aspecto muy importante del hecho artístico: la
evolución de sus formas en el tiempo. La historia describe el drama de la
vida humana; la historia del arte describe ese drama en relación con el
arte, el artista y su obra.
La antropología, ciencia del hombre, abarca el estudio del mismo en toda
su amplitud; la antropología social estudia de modo especial los grupos
primitivos sin relacionarlos con el proceso histórico de cambio. La
primera analiza toda la actividad del hombre, desde su más temprana
manifestación; la segunda, la misma actividad, pero realizada dentro de
un grupo: La antropología del arte contempla a éste como una expresión
típicamente humana, analiza la espontaneidad del arte primitivo y trata
de descubrir el tipo de sensibilidad y los conceptos que de la vida
subyacen bajo la forma de las obras, donde se mezcla la expresión artística
con las necesidades prácticas de la vida rudimentaria.
El contacto entre arte y pedagogía es innegable, la educación requiere
del arte como uno de los elementos formativos de la personalidad; el arte
a su vez necesita de la educación para pulirse y para buscar nuevas
expresiones.
La filosofía se ocupa del hombre, de sus pensamientos y problemas en
relación con la vida, es una reflexión sobre el quehacer humano; la
filosofía del arte contempla lo que el hombre realiza en el terreno del
arte, y con un criterio científico auxiliada por todas las demás
ciencias, estudia al artista y su obra, los valores entendidos en la
misma, investiga su esencia, su origen, sus fundamentos, su métodos, su
finalidad y su función en la vida humana. La filosofía del arte se
convierte en una axiología del arte.
Técnica es el camino o procedimiento que se sigue para realizar un propósito.
En el caso del arte el fin propuesto es la expresión del sentimiento, lo
que implica disponer del nutrido conjunto de elementos materiales que
posee el artista y elegir el que vaya de acuerdo con su expresión. Es
decir, la técnica comprende la elección del material y la realización
de la forma, es fruto de un prolongado ejercicio, el domino de la técnica
da al artista el conocimiento pleno de los materiales y la manera de
aplicarlos. La técnica varía en cada una de las bellas artes, así como
el modo correcto de aplicarlos, la perspectiva, la proporción, la textura
del material que va a usar como fondo de su obra; el escultor y el
arquitecto deberán poseer sentido del equilibrio y de la armonía, así
como de la dureza del material que van a usar. El compositor debe saber
manejar los sonidos, manejar el ritmo y la armonía; el poeta debe conocer
profundamente su lengua y todas las reglas relativas, para poder convertir
en poético el lenguaje prosaico.
La estética, ciencia para la cual el problema del arte es lo fundamental
engloba, y ordena los datos proporcionados por las ciencias del arte y con
base en ellos enseñará a justipreciar al artista y sus creaciones.
Introducción
Por sus raíces griegas
la palabra categorías significa afirmar o predicar algo de algo. A lo
largo de la historia de la filosofía diferentes pensadores la han
empleado, queriendo significar con ella la atribución de un predicado a
un sujeto.
Aristóteles empleó el término categoría para los "predicamentos
atribuidos al ser", postura aceptada por la filosofía escolástica,
que quiere indicar que la palabra categorías enseña la objetividad de
las cosas, qué son y cómo son.
En Kant se perfila un concepto diferente, las categorías pierden su
objetividad y pasan a ser "formas a priori" del conocimiento,
que responden a las funciones esenciales del pensamiento discursivo.
Para Hartman "las categorías son aquellos fundamentos por los cuales
un ente es lo que es, pero el fundamento no es el ser en sí, el ser en sí
lo es por su relación o correlato". Parece significar que aunque las
categoría explican el ser de algo, no necesariamente deben ser semejantes
al ente al que se refieren.
Ahora bien, las categorías constituyen la actividad ordenadora y
reguladora del pensamiento partiendo de la realidad pero implican la
unidad con el objeto.
Las categorías son leyes de la realidad, ésta incide en la de los
objetos cognoscible, no son como sostuvieron Aristóteles y Kant, producto
exclusivo de la inteligencia; su naturaleza es compleja: las categorías
implícitas en la realidad de los objetos se han de convertir en explícitas
mediante la actividad del sujeto cognoscente. Wind sostiene que el
pensamiento ejercita sus funciones lógicas y de ellas al contacto con la
experiencia surgen los principios, sin que esto signifique que se suprima
el carácter a priori de las leyes del pensamiento.
Entonces las categorías constituyen una unidad que engloba lo objetivo y
lo subjetivo, lo que un objeto es y cómo lo es, no es un elemento aislado
que por sí mismo signifique algo, debe encontrar su correlato en el espíritu
mismo del hombre. No corresponden las categorías a alguno de los dos
aspectos solamente, representan una dualidad, son lo que son, pero se dan
en el hombre y provocan ciertas reacciones.
Según Farré, la base de las categorías estéticas está formada por
tres ordenamientos: objetivo, artístico y emotivo, conciliando el objeto
(obra de arte) con el sujeto (contemplador) mediante el elemento emotivo.
Aunque se dice que se puede expresar en el arte lo elegante, lo bonito, lo
grandioso, etc., pueden considerarse válidamente como categorías estéticas
lo bello y lo feo, lo sublime y lo grotesco, lo gracioso y lo ridículo,
lo trágico y lo cómico.
La vida entera, con sus momentos dolorosos, cómicos o grotescos, es
susceptible de trasladarse al arte; todas las cosas, por triviales o
vulgares que sean, pueden ser sus motivos, pues gracias al sentimiento del
artista, esas cosas triviales, rostros vulgares, actitudes cómicos o
grotescas, momentos trágicos o dolorosos sufren un proceso de sublimación
y son presentados al contemplador como una obra de arte. Cuando el artista
ha plasmado estos valores, las obras no resultan feas, cursis o grotescas,
sino que son la expresión de lo feo, lo grotesco y lo ridículo, es
decir, se expresan valores diferentes a la belleza pero que también
tienen cabida en el arte, han sido captados por la sensibilidad de un
artista y cuando son cabalmente expresados, tienen tanto valor estético
como cuando se plasma la belleza.
Muchos filósofos coinciden en que la máxima aspiración del artista es
crear la belleza, pero en cada momento histórico, en cada pueblo y aun en
cada hombre existe un diferente credo estético, es decir, una manera
diferente de sentir y expresar la belleza.
La belleza y la fealdad
Desde tiempos remotos el
hombre intentó definir la belleza, la mayor parte de los pueblos antiguos
la identificaron con la verdad o la bondad. Para Platón la belleza era
algo de origen divino que inspiraba amor. Plotino la consideró como algo
inmaterial unido al "ser puro"; para Longino lo bello se
convierte en sinónimo de lo sublime; Waldo definió la belleza como el
momento de transición en el cual una forma parece hallarse en trance de
fluir a otras formas.
Agustín de Hipona, para quien la belleza consistía en la armonía,
elaboró una teoría: existen dos tipos universales de belleza, una basado
en los valores materiales y la otra sobre valores de asociación, ésta última
estriba en el objeto, íntimamente unida con los símbolos que pueden
adornarlo: "Un estilete de hierro hace tornado útil porque con él
podemos escribir, ésta es su propia e individual belleza, pero por cuanto
nos puede proporcionar un goce estético constituye está una parte de la
belleza divina".
Tomás de Aquino expuso la belleza en tres sentidos: primero, el objeto
debe ser algo perfecto, circunstancia que lo convierte en un trasunto de
la belleza celeste; segundo, el atributo de la belleza se refiere a las
proporciones de las partes que constituyen la obra de arte, y tercero,
debe existir una mística correspondencia entre el objeto y la
"divina luz".
Odón consideró la belleza como "un presentimiento del cielo";
para Leibniz, la belleza consistía en la perfección. Hume decía que no
era cualidad de las cosas, sino del espíritu que las contempla.
Baumgarten la sintió como un reflejo de la belleza divina que es la
perfecta; para Kant, es un juicio humano. Hegel, por lo contrario, afirmó
que siendo la consonancia del espíritu y la forma, resultaba una perfección
y una excelencia. Diderot, para quien la belleza es la vida, sostuvo que
la vida entera es bella.
Podrían seguirse citando definiciones de todos los tiempos, en general la
mayor parte de los filósofos coinciden que es algo relativo al espíritu,
salvo Voltaire, que con un criterio materialista la considera como una
apreciación de los sentidos: "Para el sapo no hay nada más bello
que su sapa",
¿Qué es entonces la belleza?
Harto difícil, cuando no imposible, resulta tratar siquiera de definir la
belleza. En realidad, pretender dar una definición de la belleza es, como
dice Eugenio Carrir, "pedir el significado de un nombre". Sin,
por ejemplo, se pregunta que cosa es lo bello y se responde que lo que
proporciona determinado placer a la vista, al oído o, de manera más
material, al tacto, sería necesario añadir qué clase de placer
proporciona, y naturalmente no podría explicarse con claridad. Querer
definir lo bello es como querer definir un color; cuando se pregunta qué
es lo que quiere decir azul, según Carrir a nadie se le ocurriría
responder: "azul es un movimiento cerebral originado por la
estimulación de los nervios ópticos ante determinada vibración de la
luz", más bien se busca un punto de referencia, y señalando una
flor, unos ojos o el firmamento, se contesta: "eso es azul".
¿Lo útil es lo bello? No, lo bello es en cierto modo útil y deleitoso,
pero el objeto útil y deleitoso no siempre es bello: los manjares más
exquisitos, los aromas más delicados son útiles y deleitan, pero de
ninguna manera pueden llamarse bellos. ¿Lo bello es lo agradable?
Tampoco; aunque por lo regular lo bello es agradable, hay infinidad de
cosas agradables que distan mucho de ser bellas: una buena digestión, un
sueño reparador son agradables, pero de ninguna manera bellos.
Por otra parte, a ciertas cualidades se les califica como algo bello, la
virtud, la bondad o la verdad, también al alma humana se le da tal
calificativo, a algún gesto generoso se le estima como tal. Se habla de
la belleza en las flores, en las mañanas, en el mar, de la misma manera
que se considera bello un poema, una sonata o una catedral.
La reacción del hombre frente a ciertos actos, cualidades o sentimientos,
frente a la naturaleza y frente al arte, es emotiva; sin embargo, pese a
la emoción que se siente no pueden definirse los sentimientos ni la
belleza que todo ello encierra. Esto quiere decir que la esencia de la
belleza, su contenido, es desconocido, la belleza entonces es algo
indefinible; sin embargo, si hay muchas cosas, fenómenos naturales, obras
de arte, actos humanos que parecen bellos; ¿no será que existe una
cualidad común a todo esto, que aunque no se haya pensado en ello, se
convierte en bellas? Debe existir, puesto que si no es posible definir la
belleza porque su esencia es desconocida, puede definirse de acuerdo con
el efecto capital que produce. Según esto, la belleza será una cualidad
común a todas estas cosas que se han mencionado y que produce con su
contemplación un sentimiento puro.
Esa cualidad común a todo lo bello, que produce sentimientos puros,
Carrit la llama "significación o sentido" y es algo que poseen
las obras de arte, la naturaleza y aun los actos y cualidades y que es lo
que permite llamar bella a la verdad, a una obra de arte o a un fenómeno
natural.
Cuando no se trata del arte, este sentido o significación se comunica comúnmente
con una mirada, una sonrisa y hasta con una cosa tan trivial como un apretón
de manos.
En el arte este sentido o significación es el algo que poseen
profundamente las obras de arte y que se nos comunica, es lo que el
artista quiso expresar y expresó en su obra. Pero aún hay más, entre
las cosas que despiertan imágenes sensibles, sólo serán bellas aquellas
cuya significación o sentido sea natural o inmediato en ellas, de ninguna
manera convencional. Un poema es bello porque es significante, porque
evoca de manera natural imágenes sensibles; un experimento científico sólo
podrá llamarse bello de forma convencional.
Si la belleza es siempre significativa, resulta que esta cualidad de
significación no es en absoluto una cualidad propia de los objetos, las
cosas no significan anda en sí mismas, con ellas significamos o bien
leemos en ellas un significado. Se capta la belleza en la naturaleza o en
el arte según el significado o sentido que tenga lo bello, es entonces lo
que agrada por la significación o sentido que tenga individualmente. Las
cosas sensibles despiertan en el alma recuerdos adormecidos, que son lo
que Platón llamó reminiscencias.
La apreciación de la belleza resulta subjetiva, ello se demuestra al
decir que las cosas en sí no son bellas, sino que lo parecen por lo que
significan o por las imágenes que al contemplarlas se evocan.
De conformidad con todo lo expuesto a la pregunta inicial qué es lo
bello, Carrit opina que la mejor respuesta parece ser: "Una cosa es
bella cuando es una cosa sensible, que agrada por la significación o
sentido que tiene para nosotros", debiendo ser naturales o inmediatas
en el objeto estas cualidades.
Contribuyen a considerar lo bello cualidades secundarias: forma, color,
sonido, proporción, etc., las cualidades del sujeto: cultura,
temperamento, imaginación y aun su estado de ánimo.
La belleza es expresión de la emoción y como tal nunca penetra a través
del gusto, el tacto o el olfato; se percibe por medio de la vista, llega a
través de la forma de las cosas, su gracia y su primero que combinados
armónicamente hacen que parezca bello un objeto. Con la vista se percibe
la belleza en la pintura, escultura y arquitectura; con el oído se
percibe la cadencia, el ritmo, la dulzura, la combinación armónica de
estos elementos constituye la música y la poesía. Con la vista y el oído
se percibe la belleza de las artes complejas: danza, teatro y ópera.
El mensaje que el artista escribió con lenguaje artístico en su obra y
que quedó plasmado en ella, ese es el significado, y se trasmite porque
todo ser humano, salvo ceguera estética, la cual por fortuna es rara,
puede percibir la belleza. Este sentido o significación se palpa más
claramente en las artes literarias, pero igual aparece en las demás
bellas artes.
Cuando se trata de la naturaleza, es muy difícil hacer su sentido
definido; sin embargo, la convicción de que lo posee es tan rotunda que
los teólogos no han vacilado en afirmar que la naturaleza es el arte de
Dios. Hay fenómenos naturales que han cobrado una significación, pudiera
decirse universal, desde tiempos remotos: un mar tempestuoso parece símbolo
de cólera; el viento huracanado, de impetuosidad; una mañana llena de
sol se califica de alegre; se dice que hay juventud en los botones de las
rosas, nadie se ha fijado ese carácter expresivo, pero así se han
considerado. La belleza en la naturaleza tiene la propiedad de excitar los
sentimientos más puros del alma: la serenidad de un valle silencioso, la
grandeza del cielo estrellado, lo inconmensurable del mar tienen efecto
conmovedor en el alma por su significación y sentido. La contemplación
del arte en cualquiera de sus formas provoca en lo más íntimo del ser
humano una emoción indefinible. Así sucede siempre al contemplar lo
bello donde quiera que se encuentre; se percibe, emociona, eleva los
sentimientos aunque no pueda explicarse el porqué.
Si la característica más sobresaliente de las cosas bellas es su
significación, cabe hacer notar que esta cualidad no es exclusiva de lo
bello; las fórmulas físicas, químicas y matemáticas son símbolos
significantes, pero no son bellos ni sugieren imágenes bellas, entonces
resulta que para llamar bellas a las cosas, éstas deben ser, ante todo,
significantes por su carácter sensible o por las imágenes sensibles que
despiertan al contemplarlas.
Justino Fernández dice que todos los hombres, por serlo, están
necesitados de algo, necesitan hacerse un mundo habitable, humano,
necesitan de la belleza.
Según Emmanuel Kant, "la belleza artística no consiste en
representar una cosa bella, sino en la bella representación de una
cosa"
Como antítesis de la belleza se encuentra la fealdad, si bien ha existido
siempre, fue Ulrico de Engelbert el primero en reflexionar acerca de la
naturaleza de lo feo y lo grotesco. Inicialmente se le consideró como la
ausencia de belleza, como algo carente de proporción y armonía, incluso
hasta muy avanzado el Renacimiento se pensó que el propósito de la
existencia de lo feo y lo grotesco era inducir por razón de contraste, a
una más clara percepción de la belleza.
Este concepto ha variado y aunque se ha llegado a afirmar que ala fealdad
le son necesarios la proporción y el orden, actualmente se considera la
fealdad no como un contraste solamente, pues aun opuesta a la belleza
constituye una categoría estética tan susceptible de expresarse en el
arte como lo bello. Siguiente a Farré se diría que el vaho de lo feo
exige también consideración estética.
La fealdad penetra en el arte con todo derecho y los artistas no la
esquivan. Sio en el arte sólo se había dado cabida a la belleza, esos
seres dotados de infinita sensibilidad que son los artistas miraron
sinceramente la vida, sin ocultar sus aspectos desoladores y sus miserias
y representaron en sus obras la fealdad con tanto vigor como la belleza.
Puesto que la vida se encuentra plena de contenidos emotivos, el mundo de
la sensibilidad que recoge el arte comprende la fealdad, lo desagradable,
lo despreciable. Ciertas pinturas parecen discordantes respecto al
concepto clásico y equilibrado del arte, algunas obras escultóricas se
exhiben con aparente desproporción que choca al gusto tradicional, hay
composiciones musicales que se antojan estridentes a un oído acostumbrado
a la música conservadora, la representación de tipos degenerados,
incluir palabras fuertes y duras en una novela o una obra teatral puede
resultar intolerable para quien carezca del sentido dramático que
verdaderamente posee la vida; sin embargo, estas obras que no son la
expresión de la belleza, pueden encerrar un genuino contenido de gran
valor estético.
Por eso algunos autores para evitar confusiones y no caer en la paradoja
de considerar que hay fealdades bellas, en vez de hablar de que el arte es
la representación de la belleza, lo consideran como la expresión de
valores estéticos, incluyendo toda la gama de contenidos que puedan ser
volcados en una obra de arte.
Hay cosas por las que se siente desagrado, repulsión, que se rechazan en
la vida diaria: un cuerpo mutilado o contrahecho, una riña, un asesinato,
la miseria moral del hombre, los horrores de la guerra, y que producen
sensaciones desagradables; sin embargo el arte repara en ello, el artista
capta esa cruda realidad que se convierte en un motivo de inspiración y
el hecho de ser vertida fielmente de acuerdo con el propósito del
artista, le concede un innegable valor a sus obras, las convierte en
ocasiones en obras maestras, ya que el artista transfigura todo lo
desagradable de la vida diaria en lo que es expresivo en el arte. Es difícil
comprender la actitud de un avaro, mas no hay duda que la descripción de
Shakespeare en El mercader de Venecia fue perfectamente realizada, puede
penetrarse en su personaje del avaro y hasta quizá entenderlo, lo que en
la realidad no es posible.
Quien entienda el arte como un reflejo de sensaciones placenteras no podrá
concebir una obra de arte que represente otra cosa diferente de la
belleza, la proporción o la armonía. La obra que expresa la fealdad como
valor contrario a lo bello puede provocar una emoción intensa, aunque no
placentera; precisamente el provocar esa emoción es la intención de la
obra, si la intuición y la expresión se lograron en forma correcta, la
obra estéticamente tiene tanto valor como cuando realiza la belleza,
porque expresa la emoción que ha inspirado. Su valor intrínseco puede
ser mayor o menor, según determinadas condiciones, pero en todo caso
lograr la expresión de la fealdad depende de la fidelidad con que sea
volcada en la forma y cómo se logre trasmitir el contenido de la intuición
misma, es por esto que un cuadro que expresa lo deforme tiene valor estético
si el deseo del artista fue expresar dicha deformidad. Un dibujo hecho con
unos cuantos trazos es estéticamente valioso cuando a pesar de su
simplicidad o precisamente por ella, tiene gran poder sugestivo; una obra
musical es valiosa por sus distorsiones.
Es cierto que la reacción frente a la belleza (o a lo sublime o lo
gracioso) es diversa a la que se experimenta cuando se contempla en el
arte la fealdad, lo vulgar o lo grotesco; la belleza inunda el alma de
armonía, de paz, es, dice Hegel, como si el hombre se acercara a lo
divino; el efecto que causa la fealdad es deprimente. Lo feo representa
para Farré lo que el error y la mentira con relación a la verdad, lo que
el vicio en relación con la virtud; según el propio autor, ¡qué mundo
de profunda desolación se expresa en la fealdad y la miseria de la vida
humana y sin embargo, qué valiosas son tales obras aunque no sean la
expresión de la belleza!
Lo sublime y lo grotesco
Sublime equivale a una
elevación extraordinaria, a excelsitud. Lo sublime es un grado más alto
que lo bello, se origina en un predominio de la majestad, de la
magnificencia, denota grandeza incomparable. Equivale a una belleza de tal
fuerza y magnitud, que no halla una manera adecuada de expresarse;
engendra un sentimiento de asombro, de perturbación que revela un choque
violento entre una fuerza que intenta manifestarse y una forma que no
alcanza a contenerla. En lo sublime el hombre contempla al infinito, que
no puede representarse de modo sensible más que mediante el arte, por
ello se ha llegado a decir que lo sublime es creación del espíritu
humano.
En lo sublime predomina la grandeza sobre la armonía, su manifestación
en la vida humana se encuentra en la abnegación, el sacrificio, el heroísmo,
el martirio, la lucha entre las pasiones y el deber, el triunfo de los
sentimientos sobre el egoísmo, la ofrenda de la vida en aras de un ideal.
Son sublimes el espacio celeste, la inmensidad del océano; es sublime la
actitud de Sócrates apurando la cicuta fiel a sus ideales, el sacrifico
de un niño que envuelto en su bandera se arrojó al vacío, la actitud de
la mujer del pueblo que amamanta a su hijo; personifican lo sublime el
Hombre clavado en la cruz, la madre que contempla dolorosamente angustiada
a su hijo muerto. En lo sublime se realiza la conjunción de lo divino, lo
bueno y lo bello.
Para que exista la emoción de lo sublime se debe experimentar un
sentimiento derivado de la grandeza y que sobrepase prodigiosamente lo
humano. Lo sublime precisa una magnitud cuyos límites, si los tiene,
escapan a la comprensión humana; en lo sublime el hombre siente que
existe algo más grandioso, superior a él.
Y así como en el arte se expresa la fealdad, se expresa también la
sublimidad, sólo en el arte puede ser expresado de manera palpable lo
sublime; si el artista no hubiese dado forma sensible a ciertos momentos
que quedan fuera del alcanza humano, no atinaríamos a representarnos lo
sublime.
Ante la belleza el hombre se funde en su contemplación, está como
perdido en la obra de arte que la expresa; en presencia de lo sublime
siente su pequeñez, se sobrecoge, aunque al mismo tiempo experimenta la
elevación de su espíritu. Por representar algo inalcanzable para el
hombre, despierta una peculiar emoción estética, una mezcla de pez,
euforia, dolor y angustia, como una feliz y dolorosa sensación que
embarga al alma y la enriquece.
Si el fin del arte es conmover y se logra con la expresión de lo bello y
lo sublime, ¿por qué el arte se ocupa de lo grotesco?
En Holanda, en el siglo XVII surgió un grupo de artista que usaron en sus
cuadros los motivos más vulgares y groseros que pudieran existir, entre
ellos Hals y Rembrandt, cuya pintura es realista; pintaron gente del
pueblo tal como la veían en las calles de los barrios bajos, los mercados
y las tabernas, no retrocedieron ante las figuras más vulgares: gruesos
comercientes, tabernos barrigudos, bebedores de cara abotagada, mujeres
astrosas; Hals pintó incluso una mujer idiota, creando una magnifica obra
que pone al hombre en contacto con otro hombre en su nivel más bajo, casi
de animalidad. Rembrandt sintió la necesidad de pintar no la apariencia
exterior de los hombres, sino sus características psicológicas, esta
tendencia fue seguida por infinidad de artistas. Y así nació la expresión
de lo grotesco en el arte, porque su origen se encuentra en la vida misma,
porque enseña a comprenderla elevando sus miserias a una más noble
expresión, resaltando y afirmando con ello los valores humanos.
En la representación de lo grotesco no se podrá jamás vislumbrar el
menor destello de belleza, como en la obra de Orozco, que aunque
objetivamente carece de ella, es significativa y por ende puede calificársele
de bella; lo grotesco es la realidad enaltecida por el arte, la obra tiene
valor estética no por lo que en sí representa sino por la fidelidad con
que el artista plasmó las figuras grotescas, porque la vida vulgar y
grosera en ocasiones puede ser purificada por medio del arte.
La sublimidad, lo mismo que la belleza, cabe en todas las bellas artes; lo
grotesco sólo en la pintura, escultura y teatro
Lo gracioso y lo ridículo
Farré define la gracia
como el movimiento que se agita alrededor de lo bello. Tal parece que el
arte pudiera desentenderse de la gracia y prescindir de ella, porque puede
pensarse que es un simple derivado de la belleza; sin embargo, es tan
maravilloso su encanto que aunque está ligada a la belleza, cobra autonomía,
logra independizarse y constituirse en categoría estética.
Al hablar de lo gracioso no debe pensarse en el significado que comúnmente
tiene este vocablo, para el arte lo gracioso no es la expresión de algo
chistoso, esto pertenece a lo cómico; la gracia de que se ocupa el arte
implica movimiento, es precisamente el movimiento la esencia de esta
categoría, sin su presencia la gracia estaría ausente. Pero este
movimiento tiene características especiales, si fuera un movimiento
pesado, brusco o mecánico, resultaría cómo, grotesco, ridículo; debe
ser un movimiento fácil, alado, sin esfuerzo aparente; debe implicar que
lo espiritual y lo corporal se entregan libre y espontáneamente a sus
manifestaciones, lo gracioso es contrario a todo lo que sea afectado o rígido.
Lo gracioso puede elevarse hasta lo sublime (aunque lo sublime jamás
descenderá a lo gracioso) y cuando pierde su armonía puede degenerar en
la cursilería. Puede acompañar a la belleza, de hecho es siempre así,
pero es una categoría estética con vida propia; sus principales
cualidades son la libertad, la espontaneidad y la espiritualidad, cuya
ausencia provocaría la ridiculez.
Para el crítico y e poeta inglés Alejandro Pope, la gracia es "una
cualidad estética distinga, un don o regalo de la naturaleza, o quizá
libertad hecho naturaleza, es diferente a la belleza, desafía el análisis
y apela más al corazón que a la cabeza, es especialmente la señal del
genio".
La gracia no es estrictamente posible sino en los límites y medida donde
el esfuerzo no puede aparecer, es el símbolo sensible de la vitalidad que
florece en los movimiento y actitudes del cuerpo, parece desconocer normas
y obstáculos, surge espontáneamente, ágil e inesperada, pero no
ascendería a categoría estética si además de lo corporal no existiera
lo espiritual: espíritu y materia son una feliz conjunción, realizan la
gracia.
Por extensión, según Challayè el término gracioso puede aplicarse
también al reposo. Hay actitudes fáciles y graciosas que han sido tema
para pinturas sobre todo: niños, especialmente, que de por sí
representan la gracia, que es inmortalizada por el pincel de algunos
artistas como Berta Morisot y María Cassatt que expresan la ternura y la
gracia de la niñez.
Si las categoría estéticas no son entre sí absolutamente
independientes, la gracia resulta lógico complemento de la belleza, sin
la gracia lo bello resultaría insípido, es la gracia la que le da el
toque mágico, no hay belleza sino para el alma impregnada de la gracia
que emana de una actitud, cuya intención y sentido revela; por algo
Leonardo da Vinci consideró que la belleza es la gracia fijada..
Lo que está falto de gracia es de mal gusto, cursi, es ridículo. ¿Puede
expresarse lo ridículo en el arte? Ha quedado dicho que la sensibilidad
del artista intuye en todos los aspectos de la vida lo que es susceptible
de expresión artística, y la ridiculez no es una excepción. Sin
embargo, esta categoría estética debe entenderse en relación con el
momento histórico en que se vive, pues así como cada época y cada
pueblo tienen su ideal de belleza, tienen así mismo su concepto de lo
cursi.
Lo ridículo es una categoría que puede expresarse de dos maneras: o bien
el artista capta la ridiculez propia de una persona o una época en una
obra de arte, en cuyo caso transforma lo chocante de la actitud, las
situaciones o las costumbres, y cifra el valor de su obra en el
equilibrio, la armonía, los colores, los juegos de luz; o bien tiende a
exagerar mordazmente, no con el propósito, como en lo cómico, de
provocar risa alegre, sino expresando de tal modo ciertas características
de personas o situaciones que resulten ridículas, en este caso es
indudable que el artista con un espíritu satírico quiere mostrar en toda
su verdad la degradación humana.
Es preciso recordar que no porque se expresa la cursilería, la obra
resulte ridícula, sino que es una obra de arte que representa la
ridiculez y que por expresarla en forma adecuada, tiene tanto valor estético
como cuando expresa la belleza o los demás valores estéticos
mencionados.
El pintor español Francisco de Goya retrató a la nobleza de su tiempo
con actitudes, peinados y vestidos que a nuestro gusto estético parecerían
ridículos; pero no es eso lo que debe juzgarse, sino el extraordinario
equilibrio que logra aun en grupos numerosos, lo fielmente que captó y
pintó las expresiones de los rostros, y desde luego el uso magistral de
la técnica. Nuestro muralista Diego Rivera en la Secretaría de Educación
Pública en México conscientemente pintó, llevando al extremo, la
ridiculez de la sociedad porfiriana, y José Clemente Orozco en el Palacio
de Gobierno de la ciudad de Guadalajara, en el panel que ha sido llama El
circo político, no desdeñó ridiculizar las dictaduras europeas,
vistiendo de payasos a quienes las profesaban
Lo trágico y lo cómico
Mientras que el
sentimiento estético se mantiene plácido en lo bello, llega a la
excelsitud con lo sublime y al gozo con la gracia; y con lo feo, lo
grotesco y lo ridículo se identifica con lo que tiene de desagradable la
vida misma, la realidad humana es su aspecto doloroso "punza
agudamente, dice Farré, por introducir en el alma su afilado aguijón".
El hombre se empeña afanosamente por afirmar su personalidad ante un
destino que cree inmutable, se enfrenta a las fuerzas ineludibles de la
naturaleza que sustraen sus propios valores y lo entregan a la adversidad,
pero en medio del dolor que le produce la conciencia de su finitud e
impotencia ante la muerte, en medio de sus debilidades se yergue
valerosamente y se enfrenta al destino. He aquí la tragedia.
Lo trágico es la tensión existente en la conciencia como resultado de
dos alternativas que tienen vida autónoma e independiente y omnipotencia;
el hombre sabe que tiene que optar por una, aunque sabe también que le
acarreará una existencia trágica o bien la muerte.
Lo trágico es la categoría estética que mejor expresa la esencial
condición del hombre y lo enseña a conocerse en el despliegue de
pasiones que describen tanto su grandeza como su mezquindad.
Hegel afirma que lo trágico está constituido por tres elementos:
conflicto, sufrimiento y un fin desdichado; aunque este último no es
necesario, sí existen en la tragedia los dos primeros elementos,
antinomia a que se ve sometido el hombre, y un intenso dolor resultado de
las frustraciones provenientes de la incapacidad humana para realizarse íntegramente.
Lo trágico va unido a la desolación y la muerte, pero también es
producido por la lucha del hombre consigo mismo para decidir el camino que
ha de seguir; lo trágico trata de responder simbólicamente al enigma de
la vida, el hombre lleva en sí mismo sus dolorosos problemas y en el arte
expresa mediante lo trágico aquello que no puede formular de otra manera.
El arte enfoca el problema de la realidad por diferentes caminos, intenta
penetrar en la realidad de la vida humana, en la realidad de las
relaciones entre el hombre y el mundo y sus eternas dificultades, y lo
logra en la tragedia.
Lo trágico es una categoría que por el dolor acerca a lo humano, pero
conserva todavía una gran dosis de elevación propia de lo sublime. En lo
auténticamente trágico nunca falta la dignidad, jamás se renuncia a la
grandeza, es inseparable de la sublimidad, si se alejara de ellas llegaría
hasta el extremo opuesto, resultaría cómico.
A través de la tragedia, según Aristóteles, se podría llegar a la
catarsis, es decir, la purificación mediante emociones que impactan.
Lo trágico ha sido expresado en el arte por infinidad de artistas: Miguel
Angel en la Piedad, Goya en El fusilamiento, Picasso en Guernica, para no
citar sino a unos cuantos, y en nuestro medio artístico: Clemento Orozco
en los murales del Hospicio Cabañas, Gabriel Flores en su cuadro La
guerra y la paz, ambos en Guadalajara; Amado Nervo en La raza de bronce y
Mariano Azuela en Los de abajo.
Si lo trágico produce dolor, lo cómico tiende a suscitar risa, a
divertir; en todos los tiempos, sin dejar de ser ridiculizante ha sido
formidable arma de combate. Lo cómico resulta del aspecto trágico de la
vida contemplado desde un punto de vista jocoso. La comicidad ha surgido
del instinto de imitación natural en el hombre, de su genio mímico
espontáneo y universal, de su necesidad de alegre expansión, de su
inclinación a burlarse de los defectos e imperfecciones de los demás.
Produce, en opinión del sociólogo Mendiete y Núñez, una especie de
catarsis social.
El artista cuando expresa comicidad está alerta a todo lo que la vida
tiene de limitado, insignificante o discordante y lo transforma por virtud
del arte en algo humorístico, cómico, capaz de provocar la risa en forma
espontánea.
Lo cómico se expresa a través de todas las artes: pintura, escultura,
literatura, danza, teatro y música sobre todo cuando va acompañada de
letra a propósito; pero por su propia naturaleza, donde ha encontrado su
mejor expresión es en el dibujo.
En Grecia se hizo resaltar lo cómico en la escultura exagerando rasgos de
personajes conocidos. En la pintura, Daumier y Orozco lo expresaron
magistralmente; en la literatura, en su soneto A una nariz Francisco de
Quevedo resaltó burlescamente lo desproporcionado de una nariz,
precisamente. En el teatro, lo cómico pertenece al género llamado astracán;
en la danza podría mencionarse la danza michoacana de Los viejitos; en la
música, la parodia.
Brota la comicidad en todas partes y siempre bajo aspectos sumamente
similares, consiste en la exageración de ciertos rasgos físicos,
defectos, aspectos morales, actitudes de una persona o bien, las
costumbres de una época o un pueblo realizados con una intención satírica
y hasta cruel.
La comicidad se encuentra desde Grecia, donde músicos ambulantes,
danzarinas callejeras, adivinos y agoreros provocaban la risa de los
espectadores con las imitaciones que hacían de ciertos personajes; en
Roma, los payasos divertían con sus discursos burlescos. En la Edad Media
y aun después, los cómicos son los bufones que divierte caricaturizando
a sus amos. En la India, China y Japón, la caricatura se manifestó a
través de mímica exagerada.
La comicidad se expresa en la caricatura, que encuentra sus características
esenciales a finales del siglo XVIII y se perfecciona con el desarrollo de
las artes gráficas; tiende, como se ha dicho, a representar clases
sociales, sobre todo políticos, símbolos, costumbres, épocas o pueblos
y su éxito radica, paradójicamente, en el parecido extraordinario que se
logra con el modelo a pesar de la exageración de sus características;
lleva propósitos de crítica festiva, aunque en ocasiones ha llegado a
ser sumamente mordaz; su contemplación provoca invariablemente la risa.
El sociólogo citado considera que la caricatura de carácter no político
"constituye un verdadero archivo de documentos sociológicos de valor
inapreciable, porque contribuye a esclarecer la historia social de
diversos países en las diferentes épocas de su vida".
La expresión de lo trágico provoca una dolorosa emoción, la expresión
de lo cómico produce una gozosa reacción; en ambos casos el arte cumple
su objetivo: mostrar la vida en todos sus aspectos
La facultad estética
En el alma humana hay una
facultad que permite captar, juzgar o crear los valores contenidos en la
obra de arte y a los que se ha dado el nombre de categoría estéticas; es
la facultad estética, que reviste tres formas: cuando se limita a
contemplar los valores contenidos en la obra es contemplativa; cuando
decide o juzga acerca de los mismos es crítica, y cuando de acuerdo con
un ideal o tomando como modelo la naturaleza crea la belleza, la
sublimidad, la gracia, la comicidad, etc., la facultad estética se
denomina creadora o artística.
La facultad estética en su primera forma permite gozar de lo que el arte
expresa; la contemplación estética es una percepción desinteresada, una
alegría con asombro, una sorpresa gozosa; los momentos de contemplación
estética son de exaltación emotiva, con un valor excepcional y salvo
ceguera estética que es una absoluta incapacidad para poder apreciar las
manifestaciones artísticas, lo cual es raro que suceda, la facultad de
captar la belleza y los demás valores que según se ha visto son volcados
en el arte, es privilegio de todo ser humano: en el alma late el
sentimiento contemplativo que se despierta ante el arte y aunque hay
factores que influyen en la contemplación, la capacidad contemplativa, la
aptitud receptiva existe en todos los hombres, todos somos capaces de
sentir la auténtica contemplación estética.
Sin embargo, la receptividad estética no es idéntica en todos los
hombres, varía según la cultura y el grado de sensibilidad de cada ser
humano; la cultura permite pulir los gustos y perfeccionar el sentido artístico
y cambia el punto de vista receptivo. La sensibilidad es un don innato que
la cultura no crea, aunque puede desarrollar; es algo que posee el hombre
como parte integrante de su personalidad, en mayor o menor grado; entre más
alto sea el grado de sensibilidad, mayor será al aptitud receptiva, la
capacidad para comprender el mensaje que el artista dejó en la obra.
Cuando de la contemplación surge el genuino goce estético, la obra de
arte habrá logrado su cometido y el mensaje del artista no quedará
perdido.
En algunos casos la facultad estética no se limita a percibir el arte,
sino que juzga acerca del valor de la obra, emite un juicio valorativo
sobre la misma, sea ésta la expresión de cualesquiera de las categorías
estéticas que ya han sido mencionadas; se trata entonces de la facultad
estética crítica, que se dirigen a la obra para juzgarla.
Para captar los valores estéticos no es imprescindible la cultura, la
reacción emotiva que la obra origine será resultado de la poca o mucha
sensibilidad del espectador y desde luego la apreciación del arte es muy
subjetiva, pero cuando se hace uso de la facultad estética crítica, se
debe n poseer ciertas cualidades: amplia cultura, suficiente sensibilidad
y una receptividad estética profunda que capacite al crítico para sentir
y comprender al artista y su obra.
Cuando la facultad estética no se limita apercibir la belleza o juzgar
acerca de la misma, sino que crea, se convierte en facultad estética artística
o creadora, de esta forma de facultad estética gozan esos seres con
cualidades excepcionales que son los artistas. El artista, dotado de
profunda sensibilidad, vive la sublimidad de la naturaleza y su facultad
estética creadora la materializa en el arte, o bien de acuerdo con su
ideal o proyectándose a sí mismo manifiesta en sus obras su emoción,
sus sentimientos. El artista es el hombre que animado por el soplo divino
crea un estado de ensoñación que lo desliga de la realidad; donde el
hombre común y corriente encuentra solamente cosas, el artista por su
intuición y sensibilidad encuentra una fuente inagotable de inspiración
que materializa en un poema, una sinfonía o un cuadro, gracias a su
facultad estética creadora.
Si como dice Tolstoi, el arte es evocar un sentimiento experimentado y
luego por medio de líneas, colores, sonidos, palabras o movimientos
trasmitirlo a los demás, el artista es el que evoca ese sentimiento y en
su obra de acuerdo con el material que elige, manifiesta su espíritu,
trasmite sus sentimientos, materializa en fin, su ensueño, porque goza de
una facultad estética, la creadora, que le permite dar forma material a
su inspiración.
Todos somos capaces de encontrar la belleza, o los demás valores que
tienen cabida en el arte, gracias a la facultad estética contemplativa,
pero a pocos les es dado poder plasmarla. Si la realidad llegara a
impresionar directamente nuestros sentidos y pudiéramos entrar en
comunicación inmediata con el mundo exterior y con nosotros mismos, todos
seríamos artistas, pero entre la naturaleza y nuestra persona, más aún,
entre nuestra persona y nuestra conciencia, se interpone un algo, un
abismo insalvable para el común de los hombres, fácilmente franqueable
para el artista gracias a su facultad estética creadora. Pero si bien el
poder de crear formas artísticas depende de la proyección de la emoción
en forma adecuada, lo cual constituye un don antes que una cualidad
adquirida, aun los hombres sin gran medida de este don pueden mediante la
facultad estética contemplativa, sentir y apreciar el arte; no todos
poseemos facultad estética creadora, pero gozamos de la facultad estética
contemplativa que nos capacita para sentir y encontrar la belleza y los
demás valores contenidos en el arte
El Artista
En el fenómeno llamado
arte deben concurrir tres elementos: artista, obra de arte y contemplador,
la presencia de los tres es indispensable para que se verifique el fenómeno
artístico.
El artista es el creador, el que impulsado por la inspiración da a sus
sentimientos forma material en una obra de arte. La obra de arte, valga la
redundancia, es la creación artística, lógicamente la materialización
de los sentimientos del artista. El contemplador es el que se acerca a la
obra de arte para admirarla y recrearse en ella.
Las bellas artes son el recinto del tiempo que el artista hizo suspender,
porque el contemplador, el hombre de hoy y el mañana podrán ser testigos
del momento vivido por el artista, quien pudo precederles por los siglos,
aun por milenios. Así es como han sobrevivido al tiempo el Laocoonte, símbolo
de la angustia; el Moisés, de Buonarroti; este último al invocar la
Creación del mundo y el Juicio final en la Capilla Sixtina, aprisionó
los extremos del tiempo.
El artista es el hombre que ante la sublimidad de la naturaleza y a través
de su facultad creadora la materializa siguiendo su ideal, proyectando su
espíritu; crea la obra volcando en ella su sentimiento, su emoción y
desde luego su sello individual característico. Es el hombre que animado
por el soplo divino crea en un estado de ensoñación artística que lo
desliga de la realidad.
El artista es necesariamente un amante de la belleza, ya que en el arte lo
bello es querido y producido intencionalmente; es un soñador y un
creador, realiza en su obra un esfuerzo por crear belleza, y aun en el
caso de que no llegue a realizar su propósito, de que no llegue a
alcanzar el fin a que aspira, su propósito es siempre crear la belleza,
aspira a crearla, ocurriendo lo mismo con los demás valores estéticos.
El artista es un soñador, pero no sueño sólo para sí mismo, sueña
para otros, su ensueño se hace material para la humanidad, es creador,
porque al realizar la obra de arte hace tangibles los valores estéticos,
eternizando en la misma el aspecto fugitivo del mundo, plasmando incluso
su angustia para la posteridad.
El artista es el hombre que convierte un yermo en un vergel, es todo el
que transforma sus emociones en expresiones, se distingue de los demás
hombres por su facultad estética creadora vertida en la obra de arte.
Charles Lalo concibe al artista como un narcisista, con amor a sí mismo,
pero no es egoísta sino en artista.
Comúnmente se nombra bohemio al artista por su personalidad tan ajena a
la realidad. Bergson dice que en el artista la naturaleza se olvidó de
unir la percepción a la necesidad, su alma desligada de la vida percibe
la naturaleza en su fuerza original, olvidando todo lo demás. El artista
es un ser excepcional que abandona el mundo exterior, vive en una perenne
ensoñación artística, estado de ánimo común a los artistas en que
evocan imágenes, se olvidan de todo lo que los rodea y viven fuera de la
realidad, en íntimo contacto con su yo interno, hasta el logro de la
cristalización de su sueño. Algo acontece al artista cuando se halla
creando, el material manejado por su inspiración obra forma, su talento
se expresa en un poema, una sinfonía, un óleo, una escultura, etc., en
un estado tal de ensoñación, que pierde todo contacto con la realidad.
El artista es con frecuencia incomprendido, muchas veces se rebela contra
la tradición y el espíritu de su época, y se opone al medio;
especialmente el genio, no pertenece de lleno a su momento, se adelanta a
él, es un visionario, un profeta, por algo al poeta se le llama vate, que
etimológicamente tiene la misma raíz que vaticinio. Aunque es producto
de su tiempo crea el provenir, el futuro es obra suya, él enseña a los jóvenes
una nueva manera de concebir el arte al echar las raíces del novedoso
trazo del mañana. El artista sin proyección futura, que sólo se adapta
a su tiempo, no logrará para sus obras valor de eternidad, por tanto
deberá ser además de idealista, un desadaptado.
El artista no deberá mentir en su obra, ésta debe ser sincera porque en
ella debe expresarse fielmente, por lo mismo debe ser original, si imita a
otro artista incurre en mentira, falsea su propio ser; es lícita, claro
está, seguir el estilo del maestro, de una época o de una escuela, pero
imprimiendo a sus obras el sello inconfundible de su personalidad; imitar
la obra ajena es, sin duda, un fraude.
El artista no debe pintar solamente cosas concretas; sin alcanzar la
esencia de las cosas, el verdadero arte trasciende de la singularidad de
las cosas y las hace universales gracias a lo esencial que intuye en
ellas, sin este tránsito del mundo material al espiritual, no habría
obra de arte, carecería de sentido su producción. Si Shakespeare se
hubiese limitado a describir cómo un hombre asesinó a su esposa en un
arranque de celos, tendríamos la noticia de un crimen, pero el excelso
escrito penetró profundamente en la esencia del amor y de los celos, supo
efectuar el tránsito de lo material a lo espiritual y legó a la
humanidad una magnífica obra de arte, tan es así que el símbolo de
celos es Otelo. Las tragedias del escritor inglés dan la idea universal
del amor en Romeo y Julieta, de la avaricia en El mercader de Venecia, de
la duda en Hamlet.
El artista debe transformar el objeto que su inspiración ha tomado como símbolo,
hasta ajustarlo a su alma y después a su expresión, por ello, con el
mismo tema, la crucifixión por ejemplo, existen tantos cuadros y
esculturas diferentes, y si la obra resulta en verdad poseedora de un
significado, ante ella el contemplador sabrá descubrir la clave del
mensaje e interpretar el panorama del alma del artista y mirar el mundo
como él lo mira.
El arte en si además de valores estéticos tiene su significado en sus
valores de asociación: un paisaje en su quietud significa paz, la
escultura de una mujer con un niño en brazos es la maternidad, Cristo
crucificado es el sacrifico. Las cosas que se contemplan en el arte se
desmaterializan, dando lugar a ideas, sentimientos o imágenes
espirituales universales, y corresponde al artista enseñar este lenguaje
universal.
El artista es el hombre dotado de una profunda aptitud
contemplativa, de una intuición especial para captar todo lo que sea
susceptible de traducirse en una obra de arte, y además, de habilidad
para expresarse; es el que a través de su facultad creadora hace ver el
mundo bajo un prisma diferente del diario bregar.
Todas las bellas artes requieren de ciertas cualidades para ejercitarse,
las espirituales son indispensables en cualquier artista y comunes a todos
ellos y algunas de carácter material son diferentes en cada una de las
artes; además, es imprescindible la técnica, puesto que cada forma de
arte requiere un método y un mínimo de reglas a seguir; la técnica
implica conocer ambos, para saber usar el material que se va a emplear.
En el esfuerzo creador el artista se preocupa de consideraciones técnicas
mucho más de lo que puede sospecharse, la lucha contra el material, el
esfuerzo por dominarlo y dotarlo de agilidad y vida tienen fundamental
importancia, puesto que debe prepararse para esta lucha y su arma es la técnica.
La manera como la domine determinará su estilo, la diversidad de técnicas
se traduce en la diversidad de expresiones; la aplicación de reglas,
tradicionales o nuevas pero personales y vivientes; la dará como
resultado la imposición a la materia de la voluntad creadora propia de
cada artista, su peculiar estilo, que a decir de Ernes Hass es "su
manera de soñar con los ojos abiertos", es el modo propio de crear
que precisa y define su personalidad.
Cuando el artista haya dominado la técnica le será más fácil la
realización de la obra; sin embargo, más que una técnica perfecta, la
obra de arte debe ser expresión de sentimientos, pues sin ésta resultará
solamente una demostración de habilidad que no logrará despertar ninguna
emoción. El artista puede seguir las técnicas de los grandes maestros
pero también puede crear su propia técnica, desconociendo reglas y
principios establecidos, aunque siempre se requiere de un mínimo de
conocimientos técnicos.
Las facultades espirituales son, indudablemente, las más importantes y el
artista precisamente por poseerlas resulta diferente a los demás hombres.
El artista es quien eleva la condición perecedera de la materia,
transformándola en arte, por tanto la vocación resulta una cualidad
necesaria; si en cualquier actividad se requiere la vocación, que es la
inclinación, dedicación, pasión, con mayor razón en el arte; la vocación
posee el vigor necesario para producir reacciones emotivas, sin esta
fuerza la obra resultará mediocre, falta de interés; le proporcionará
asimismo la voluntad artística, que para Ramos es "la intención
deliberada que le lleva a producir y a plasmar en su obra valores
permanentes, que salvan las cosas de la fugacidad y temporalidad".
El artista, según se ha dicho, es un ser dotado de sensibilidad para
captar todo lo que sea posible de volcarse en una obra de arte pero además
de ese don, goza de habilidad suficiente para transformarlo en una obra de
arte, de tal manera que la contemplación produzca un efecto semejante a
la creación. Desde luego que debe poseer una limpia y sagaz inteligencia
que le permite intuir en la vida misma la esencia de las personas o las
cosas para transformarlas y elevarlas en el arte; el equilibrio entre la
inteligencia y la sensibilidad es lo que produce grandes artistas. Al
conjunto de estas cualidades se le llama talento artístico, y es innato
en el artista, pues el ejercicio del arte le permitirá perfeccionar la técnica
pero no le procurará el talento artístico. Su maravillosa sensibilidad
lo dota de inspiración que le permite encontrar en cualquier momento y
lugar motivo para la expresión artística, pero logra crear cuando la
inteligencia la guía.
Además, es indispensable una cualidad que se llama ingenio y que es también
un conjunto de cualidades: percepción clara, que puede llamarse criterio
estético, para ver las cosas como son y no de un modo falso; amor, para
encender con su llama y dar vida a las ideas que nacen en el espíritu
como resultado de la inspiración; fantasía, que es la cualidad en virtud
de la cual se crea la obra, es el ropaje que viste de gala las ideas; y
por último el estro, que es un poderoso y eficaz estímulo que inflama a
los artistas y los impulsa a exteriorizar sus conceptos íntimos revistiéndolos
de forma material
El Genio
Cuando un artista reúne
en bien concertado equilibrio todas las cualidades espirituales y
facultades materiales enunciadas, que hacen de él un gran artista,
hebreos encontrado un genio. El genio como cualidad común implica una
fuerza extraordinaria y una disposición especial para la ciencia, el
arte, la filosofía y cualquier ocupación. Como epíteto aplicable al
artista, es una metáfora que supone que el artista digno de tal adjetivo
se eleva por encima de la naturaleza humana; cada genio cultiva de manera
muy personal su estilo, que es su ideal dentro del arte lo expresa en
todas sus creaciones: Miguel Angel, la fuerza; Leonardo, lo espiritual;
Velázquez, la elegancia; Goya, la pasión; Murillo, el misticismo.
El genio debe reunir todas las cualidades del artista en el grado más
alto, para ser superior a los demás, un artista entre los artistas; pero
a pesar de su marcada personalidad individual debe algo al espíritu
colectivo, al medio social que prepara y dispone elementos y factores que
en el genio se condensan y adquieren madurez suficiente para dar frutos
sazonados; el genio con su perspicacia y penetrante mirada recoge los
elementos y gérmenes que condensa en la síntesis armoniosa de su obra,
que se eleva por encima de los límites exclusivamente individuales; su
verdadera característica se encuentra en su superior espontaneidad, en un
espíritu libre, su poder de concentración y su facilidad de expresión,
con lo que da relieve e imprime sello de grandeza a todas sus obras.
La aparición del genio es absolutamente imprevisible, está muy lejos de
ser solamente producto del momento, ya que el genio comúnmente se
adelanta a su época, desconoce y arrasa los cánones establecidos, crea
nuevas formas de expresión, que a menudo son incomprendidas, descubre y
emplea nuevas técnicas con nuevos materiales. Genio de la escultura fue
Donatello; de la arquitectura, Bernini; de la música, Chopin; de las
letras, Lope de Vega.
Por otra parte el genio no tiene patria, es universal, es patrimonio de la
humanidad.
Cuando entre los genios surge uno que difiere totalmente del medio que lo
rodea, que es superior a los demás genios, que crea algo nuevo,
excepcional, admirable, que cultiva un estilo de manera muy propia infundiéndole
el sello e inconfundible de su personalidad, dando su nombre al estilo que
ha creado, fundando una escuela, se estará en presencia del genio entre
los genios, del genio epónimo, que es un ser sobrenatural y semidivino.
El estilo del genio epónimo es considerado como la expresión máxima de
una personalidad artística y sus obras contienen la más alta calidad estética,
los genios epónimos son excepcionales: entre los griegos, Fidias fue
genio epónimo de la escultura y Homero de la poesía; en el Renacimiento,
Miguel Angel lo fue de la escultura y Leonardo, de la pintura. De las
letras españolas fue genio epónimo Cervantes; en Inglaterra, Shakespeare;
en Italia, Dante y En Alemania, Goethe; de la música Beethoven
Estilo
Cada artista tiene una
manera muy peculiar de sentir, interpretar y expresar el espíritu de su
época, lo que constituye el estilo, que no sólo es diferente en cada
artista, sino que sufre también el impacto de la sociedad en que se mueve
el artista. El estilo encierra, según Aqueles Vela, el secreto evolutivo
de una clase social y es el medio directo de intercambio entre una ideología
y una sensibilidad específica.
En la pugna por domeñar los elementos exánimes surge una lucha entre la
naturaleza, que es el modelo y que constituye un factor externo, siempre
en movimiento, y lo interno que es la fuerza que provoca en el artista el
deseo de fijarla en el arte, haciendo imperecedero lo perecedero, y lo
logra durante el proceso artístico, angustiado, mediante la aplicación
de su manera de haber contemplado la naturaleza y su habilidad para
plasmarla, esto constituirá su estilo.
El estilo, afirma el mencionado autor, "dilata los sonidos, purifica
las líneas, modifica las cadencias, transforma el mármol hasta lograr la
musicalidad en donde se hace perenne el movimiento irretenible de la
vida".
Al expresarse cada artista en su obra, se deshace de la realidad,
purificando la vida; la voluntad artística se manifestará en el proceso
de la creación, que será producto de su estilo.
Hay estilos que resultan imperecederos porque dentro de su época fueron
grandiosos al lograr el tránsito de lo material a lo espiritual y
perduraran porque no fueron producto del momento, ni de un arrebato, sino
que conjugaron los valores de la época y la escuela con una proyección
hacia el futuro.
El estilo es el conjunto de elementos existentes ordenados de acuerdo con
determinados principios, es el sello característico de un artista, es lo
que da carácter especial a sus obras cualesquiera que sean los medios de
que se valga para ejecutarlas, pero al mismo tiempo es el resultado de la
etapa histórica en que vive el artista y del grupo social al que
pertenece, estas dos circunstancias dejan profunda huella en la concepción
y alumbramiento artísticos.
Se considera que un artista logra consolidar su estilo cuando la obra
resulta un equilibrio entre las partes y el todo, cuando predominan y se
expresan prístinamente sus valores estéticos y el contenido y la forma
se corresponde armoniosamente.
Para Schiller, la perfección del estilo en cada una de las formas de arte
consiste en saber borrar las limitaciones, sin suprimir las cualidades
específicas, empleando correctamente la técnica para imprimir a la obra
una sentido universal; para ello el estilo debe lograr que la forma
aniquile la materia, de esta manera "el contemplador saldrá del círculo
mágico que en torno a él lanza el artista, puro, íntegro, como salió
la obra de su creador".
El estilo es la manera de expresar los diferentes valores en el arte y es
característico del artista, de su escuela y de su época
El ciclo artístico
El arte, como toda
actividad humana, sufre un proceso de evolución conforme la vida va
cambiando; el artista y su estilo reciben el impacto de las circunstancias
de lugar y tiempo, es decir, en cada época histórica se da una
determinada forma de crear, que es el sello característico de la propia
época, de una escuela y un individuo: el estilo es la unidad suprema de
la época y comprende todas las manifestaciones artísticas que se agrupan
bajo la misma categoría estética, resulta la forma general de realización
de la actividad no sólo artística, sino cultural y aun política. La
escuela es la unidad y consolida el estilo.
La evolución determinada por la época histórica afecta a cada escuela
es consecuentemente a cada estilo, se presentan cambios que provocan la
aparición y desaparición de los estilos, es un proceso que Bueno llama
"ciclo del arte". Este ciclo es similar al ciclo de la vida
humana: nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte, sólo que en vez
de cuatro fases se desenvuelve en tres periodos: incubación, madurez y
decadencia.
Una escuela nace cuando un estilo toma determinadas formas de expresión;
con el material adecuado, temas, técnicas, expresiones orientados en
determinado sentido, se crean obras de arte prolongando las viejas formas
e incorporando lo novedoso, que va alejándose cada vez más de la
influencia y estilo de la escuela presente, para tomar un sello propio que
la caracterizará como una nueva escuela. Este es el periodo de incubación,
durante la cual se hacen obras de ensayo, de tanteo y exploración. Se
vierten los contenidos en nuevas y diferentes formas de expresión, es el
periodo en que hay ruptura de los cánones de tiempo anterior, iniciándose
en ocasiones un estilo nuevo, audaz, diferente por completo de lo
realizado hasta entonces. Muchos grandes artistas, sobre todo los genios y
particularmente los genios epónimos, inician estos cambios.
Cuando el nuevo estilo se ha sistematizado, una vez que la nueva escuela
presenta una definida orientación temática, material y formal propia, se
llega a la etapa de culminación, entra al segundo periodo, al del
florecimiento, madurez, apogeo. Es en esta etapa cuando se producen las
grandes obras, las mejoras del nuevo estilo, las más sobresalientes de
cada artista, es cuando se dan las obras maestras. Es el periodo más
fecundo de cada escuela, donde alcanza cada estilo su máxima expresión.
El arte se crea en el esplendoroso periodo de madurez, con una gama de
temas, materiales, formas y técnicas nuevas ya perfeccionadas, realizándose
las máximas expresiones artísticas.
Cuando la posibilidad de crear nuevas obras se va reduciendo, cuando el
estilo va perdiendo brillantez, el periodo del apogeo empieza a declinar y
da paso a la última etapa: el periodo de decadencia, que es solamente un
reflejo del florecimiento. Se repiten las obras sin lograr altos valores
estéticos ni máximas expresiones. Es época infecunda, las obras están
faltas de originalidad, son mera imitación de las obras maestras del
esplendor, se aprovecha la técnica magistral pero sin inspiración propia
carecen de valor original y sobre todo de sentimiento, que es lo que
caracteriza a la creación. Entonces dramáticamente la vieja escuela
desaparece, sucumbe, muere, dando lugar a otra escuela que empezará
tomando de la decadente algunos rasgos; la dirección temática, formal y
material de la escuela decadente influirá en el periodo de incubación de
una nueva, hasta que se desenvuelva, se independice con su propia
orientación temática, material y técnica, iniciándose nuevamente el
ciclo artístico.
La obra de arte
El segundo elemento del
fenómeno artístico es la obra de arte, que es la proyección del espíritu
del artista, la objetivación de su inspiración. La obra de arte es,
siguiente a Tolstoi, la transmisión del sentimiento experimentado por
medio de líneas, colores, movimientos, sonidos o palabras.
La materialización del ensueño estética constituye la obra de arte, que
abarca según Hegel "lo que es y lo que puede ser, lo inteligible y
lo sensible, que tiene en la creación artística su más lograda
realización, pues en ella intervienen lo real y lo ideal conjugándose".
Tiene la virtud de borrar el abismo que separa la realidad del ensueño
puesto que la realidad está en la obra de arte cuando el ideal está en
el alma del artista, quien hace del mundo externo un mundo interno que
expresa su creación.
La obra de arte no es simplemente una cosa, es algo cargado de
significaciones, encierra un mensaje, habla al espíritu, lleva en sí
misma el propósito de entablar un diálogo emocional con todo el que
quiera acercarse a ella. En efecto, gracias al sentimiento trascendental
que posee la obra, el contemplador percibe su lenguaje y al percibirlo se
proyecta en ella como una respuesta a los pensamientos y sentimientos que
ese lenguaje le sugiere, a esto llama Mendieta y Núñez relación estética.
Aunque merced a la facultad estética los humanos somos capaces de
percibir los valores en el arte, no todos los hombres gozan de idéntica
capacidad receptiva para sentir esos valores, la receptividad varía según
la cultura y la sensibilidad del individuo, si bien la cultura no es idéntica
en todos lo hombres, la sensibilidad es un don innato que la cultura no
crea pero que puede desarrollar, es algo que posee el individuo como parte
integrante de su persona en mayor o menor grado; entre mayor sea el grado
de sensibilidad del hombre, mayor será su aptitud receptiva, su capacidad
para comprender el mensaje que el artista dejó en su creación.
El arte es la expresión del alma del artista, así su obra es algo eterno
en su percepción, tocada por el aliento divino, es la llave que abre el
alma de los que la contemplan; los valores humanos son más intensos y
adquieren mayor profundidad cuando se fijan en el arte, por ello la obra
debe ser producto del amor del artista, de su vocación realizada de
manera material; el amor contiene el secreto del arte, parte de lo finito
de la materia y perdura en la infinitud del recuerdo para volver después
como inspiración al alma del artista y ser transformado en una obra de
arte.
Las obras de arte poseen valor de eternidad, perduran a través del
tiempo, son un símbolo y un maravilloso legado que han dejado en el
transcurso de los años los hombres que en todas las épocas han sabido
sentir la vida, interpretarla y plasmarla en el arte.
Pero para que la obra de arte sobreviva, para que sea eterna, es necesario
que posea universalidad; que además de expresar la fe íntima del hombre
para vencer la fugacidad del tiempo, se libere de lo particular y tienda
al infinito; que exprese el alma misma del objeto, que será un reflejo
del alma del artista.
En la obra de arte se contiene el esfuerzo que el artista realiza para
trasmitir sus sentimientos a los demás, pero también encierra su anhelo
de detener el tiempo y eternizar su inspiración.
Raúl Castagnino considera que el ansia de inmortalidad del poeta presenta
cinco matices: inmortalidad moral de la obra y su autor, proyección de
formas vitales hacia el futuro, sobrevivencia, sentido histórico y sueño
o ambición de participar de lo divino.
Todos estos matices, como los llama el citado autor, se han mencionado ya,
por lo que no resulta pertinente repetir. Castagnino identifica la
informatilidad moral con lo perenne; no es la inmortalidad soñada, no es
eterna, ni trascendente, es sencillamente perenne, es decir, dura más que
la vida temporal del poeta, pero no más allá del hombre mismo; tiene una
duración ilimitada pero al tener un comienza, podrá concluir.
El mismo valor de eternidad se expresa en la entelequia de Goethe:
"No dudo de nuestra duración más allá de la vida, pues en la
naturaleza una entelequia no puede desaparecer. No todos somos inmortales
de la misma manera y, para manifestarse en el provenir como gran
entelequia, es necesario haberlo sido antes aquí".
Por último, Max Scheler admite que "la experiencia primaria y
profunda de un libre poder de nuestra existencia espiritual es la
verdadera y permanente fuente de la fe en la inmortalidad".
Cada artista tiene su estilo que es su manera peculiar de expresar su
inspiración, es la manifestación de su personalidad y se refleja en la
obra de arte. El artista se expresa a sí mismo en su creación, no sólo
cuando plasma su ideal sino cuando tomo como modelo la naturaleza. Todo
sería único en la creación artística si el artista no reflejara en sus
obras su sello característico, por ello con el mismo tema o el mismo propósito
cada cuadro, cada poesía, cada escultura resultan diferentes. Al respecto
cabe citar una anécdota que refiere Lusi Ritcher en su Filosofía del
arte:
Cuatro jóvenes pintores de la Escuela de Siena, deseando saber cuál era
el mejor, salieron a los alrededores de París y decidieron pintar el crepúsculo
sin separarse en lo más mínimo de la naturaleza y a pesar de ese propósito,
no resultaron cuatro cuadros iguales, sino cuatro pinturas totalmente
diferentes, puesto que cada uno destacó como elemento primordial de su
obra, algo en el crepúsculo que de manera especial impresionó su
sensibilidad; aunque acudieron a la naturaleza como modelo y aun educados
dentro de la misma escuela y en idéntico credo estético, cada uno reflejó
en su obra su especial y propia manera de sentir la belleza del modelo, así
como su peculiar modo de expresarla.
La obra de arte además de sus valores estéticos contiene valores de carácter
social, sufre la influencia y lleva la marca del pueblo a que pertenece el
artista, expresa el alma de la época de su creador, cosa natural puesto
que es el agua que ha alimentado a la planta.
Cada raza, cada pueblo, cada época tienen sus propios ideales y éstos se
expresan en el arte mejor que de ninguna otra manera. Todos los
integrantes de un pueblo se asemejan en algo, sensibilidad, anhelos e
intereses comunes, y la creación artística se encuentra íntimamente
ligada al pueblo y a la época en que se realiza. Las cualidades, ideales,
aspiraciones, luchas, triunfos y aun fracasos de cada época y de cada
pueblo se reflejan con exactitud en el arte, por algo Millares Carlo
considera que si perdieran los documentos históricos de un pueblo pero se
salvara su arte, a través de él se podría reconstruir su vida.
Y así como el medio que rodea al artista influye en la creación, también
la obra de arte influye en la vida de un pueblo y en ocasiones en la
humanidad. sin embargo, alunas veces el artista huye de su época refugiándose
en el arte y se adelante a su tiempo, y rebelde a la etapa en que vive,
expresa en el arte el futuro
Contenido y Forma de la obra de arte
El contenido
Aunque como comenta Marangoni, se dice que contenido y forma en el arte
son "antinomias ya superadas", los estudios del arte y aun los
mismos artistas aceptan que en toda obra de arte se dan elementos:
contenido y forma.
El contenido es lo que se quiere expresar y la forma es la manera como es
expresado el contenido; hay una relación tan estrecha entre estos dos
elementos que gracias a ellas se produce la obra de arte. Bueno la expresa
en una ley: "A cada contenido corresponde una forma y cada forma
obedece a un contenido".
El contenido es el ensueño del artista, pudiera decirse que en principio
es un conjunto de ideas amorfas que necesitan organizarse para poder ser
expresadas en una forma mediante el material elegido y adecuado, acudiendo
a Tolstoi, "por medio de líneas, colores, movimientos, sonidos o
palabras..."
El contenido del arte puede ser todo lo existente en el mundo, cualquier
situación excelsa, heroica, dolorosa, trivial, vulgar, etc., y aun en el
campo de la imaginación, ya que la fantasía del artista no tiene límites,
puede encontrar contenidos en todo lo que observe a su alrededor. el
contenido, en principio una turbamulta, se va organizando en el alma del
artista y constituirá el motivo o tema de su obra.
Etienne Sourian afirma que "en el tráfago anterior a la creación
artística, el artista se cierne en el vació y siendo el arte un conjunto
de búsquedas motivadas y orientadas, tenderán necesariamente a
manifestarse en la obra de arte partiendo de la nada, desde su caos
inicial hasta su completa expresión".
Si bien todo es susceptible a ser expresado en el arte, para que una idea
llegue a ser una obra de arte debe ser producto de la emoción y del
sentimiento del artista.
Un experimento científico es una idea que cristaliza en la comprobación
de una teoría, Arquímedes en vez de exclamar "¡eureka!",
hubiera dicho "¡qué belleza!" Parte intrínseca, vital del
contenido, con la emoción estética y el sentimiento del artista, su
sensibilidad.
La emoción es un estado de ánimo que abarca toda una gama de
sentimientos: alegría, dolor, angustia, desasosiego, expectación,
constituye una alteración repentina del ánimo; la emoción estética es
muy especial: indefinible y pura, tiene algo de exaltación, admiración,
pasión y amor; pero es más profunda que la emoción usual y lleva al
artista a apasionarse intensamente con su tema hasta lograr la expresión
material. Esta emoción estética propia del artista y de su creación se
transmitirá al espectador en la contemplación.
Además de la emoción, es factor indispensable del contenido la
sensibilidad, pues aun existiendo el tema producto de la inspiración y se
despierta la emoción en el artista, si éste no se encuentra dotado de
suficiente sensibilidad para percibir el contenido capaz de expresarse en
la forma, el resultado no será una obra de arte, por carecer de contenido
emotivo y sensible. La sensibilidad unida a la emoción estética debe
conmover profundamente al artista para poder vertirla cabalmente y
provocar idénticos sentimientos en todo el que se acerque a ella para
contemplarla, interpretarla o emitir un juicio crítico.
Calderaro se pronuncia en forma opuesta a lo anotado anteriormente, a
pesar de que es la idea común de todos los que se han ocupado de la
filosofía del arte: "no obstante, dice, que la emoción es una
fuerza psíquica que se vierte en la conducta y que es el motor que nos
incita a actuar, esta emoción es ficticia y se agota en la contemplación.
Si el arte se redujera a provocar emoción como ésta que es efímera, e
caería en una finalidad poco edificante, en vez de arte sería
industria".
Conviene mencionar que desde que los filósofos griegos comenzaron a
reflexionar sobre el arte y su función en la vida humana, se ha
considerado que una de sus finalidades, aun cuando no la única, es
despertar emociones estéticas, conmover el alma humana y elevarla por
encima de lo cotidiano.
Algunos filósofos consideran que el contenido posee a su vez dos
elementos, el conceptual y el material; el conceptual estaría constituido
por el proceso de concepción en que el artista organiza sus ideas
subjetiva y objetivamente, este proceso lleva a encuadrar la obra en la
categoría estética que le corresponde, vendría después el
desenvolvimiento de la idea para llegar a la expresión. El elemento
material constituirá la expresión. En realidad el elemento conceptual
corresponde a lo que desde siempre se ha llamado contenido, y el material
a la forma, la expresión.
El contenido estético entonces, constituye el aspecto espiritual de la
obra y es resultado de la intuición, la emoción y la sensibilidad estética.
La forma
La manera como se expresa el contenido es la forma, constituye el molde en
que es vaciado el contenido; la forma implica la organización de los
materiales que elija el artista, así como la correcta adecuación del
contenido al material deseado representan el aspecto material, formal, de
la creación artística.
La forma presenta dos aspectos, uno interno, que es el esquema
perfectamente integrado y definido ya del contenido, determinado por la
sensibilidad artística, y otro externo, que constituirá propiamente la
expresión en el lenguaje artístico, la materialización de la inspiración,
el eco final de la angustia que al crear agita el alma del artista.
Debe haber un equilibrio entre contenido y forma, sino se logra y
predomina alguno de los dos elementos, puede llegarse a un desequilibrio
tal que produzca un efecto contrario al deseado por el artista: lo trágico
degeneraría en lo cómico, lo sublime en lo grotesco y lo gracioso en lo
ridículo.
Dentro de la historia del arte se ha visto con frecuencia esta alteración
entre contenido y forma y sin embargo se han dado magníficas obras de
arte, como en el romanticismo, en que predominó el fondo, es decir, el
contenido de la obra sobre la forma; en el modernismo, en cambio, preocupó
más a los poetas la forma de expresión, que excedió a los contenidos.
En ocasiones el artista altera intencionalmente el equilibrio entre
contenido y forma, como sucede en las corrientes pictóricas de
vanguardia; en todos estos casos sin embargo, han resultado obras de arte
excepcionales, tal vez porque lo artistas deliberadamente han roto la
usual idea de equilibrio en busca de nuevos contenidos, nuevas formas,
incluso nuevas técnicas, dando mayor preferencia a alguno de los dos
elementos.
Bueno considera que el valor estético de la obra de arte se realiza
mediante este equilibrio entre contenido y forma, puesto que el arte busca
la correcta adecuación de estos dos elementos.
¿Cómo debe volcarse el contenido en la forma para que constituya una
obra de arte y logre su función de conmover el alma humana?
El citado autor afirma que "expresar significa externar algo,
proyectar el espíritu hacia el exterior". Ahora bien, cuando se
trata de la ciencia se proyecta el contenido racionalmente, pero cuando se
trata de la expresión artística el contenido es una intuición.
Al hablar de intuición debe pensarse desde luego en una intuición estética,
que será una facultad propia solamente del artista, de encontrar en la
realidad todo lo que sea susceptible de expresión artística. Ya se ha
dicho que donde el hombre normal encuentra cosas, el artista se inspira y
su inspiración podrá ser vertida en una forma. De la contemplación de
la realidad surgirá la idea, la que intuida podrá materializarse, es
decir la conceptúa, la imagina, la organiza en un contenido para por fin
expresarla en una forma. El arte es la expresión intuitiva del
sentimiento pero en realidad no solamente es intuitiva la expresión, el
arte es un proceso intuitivo de principio a fin.
Para llegar a la expresión en la forma, debe existir además un profundo
amor del artista hacia su contenido, por ello debe estar dotado de todas
las cualidades que se han mencionado. Si la forma es la expresión del
contenido y éste tiene carácter espiritual, a pesar de que en la mayor
parte de las artes el material en que es expresado el contenido, valga la
redundancia, es materia, ese material debe ser organizado y trabajado
amorosamente, vertiendo el artista su sensibilidad, expresándose a sí
mismo en su creación.
Elemento básico de la obra de arte es la forma, puesto que la
materialización del ensueño es la conclusión de todo un proceso que se
lleva a cabo en el alma del artista; sin la forma no habría arte. Pudiera
darse el caso de formas carentes de contenido, pero nunca un contenido sin
forma.
Contenido y forma deben enlazarse armoniosamente para constituir la obra
de arte; debe haber una comunión entre el impulso formal y el material
para llegar al equilibrio que dé como resultado la obra de arte.
Cuando se da la adecuación perfecta entre contenido y forma; se da la
obra maestra, que es única, excelsa, con extraordinario y genuino valor
estético.
Con palabras llenas de poesía y belleza, Bueno, refiriéndose a la obra
muestra como algo único y excepcional, dice: "La obra maestra
refulge con luz propia, son astros de primera magnitud en la constelación
artística, poblada por infinidad de estrellas de menor brillantez, que le
sirven de fondo y contraste para que la suprema realización estética
brille con todo el fulgor que el corresponde". No todos los artistas
ni aun los genios epónimos producen en todas sus creaciones obras
maestras.
Para verter el contenido en la forma, de modo cabal se precisa la técnica,
pues por magnífico que sea el contenido, si no se domina la técnica el
resultado será una obra pobre, sin valor estético, que no trascenderá
al ser contemplada.
Cuando el artista domina la técnica, está capacitado para realizar la
adecuación entre el material elegido y la forma, en virtud de esta
adecuación su obra resultará natural, fresa, espontánea, como si
hubiera surgido sin ningún esfuerzo. Debe recordarse que si bien el
dominio de la técnica llevará al artista a lograr la perfección externa
en su obra, para lograr conmover el alma del contemplador la creación
deberá ser genuina expresión del sentimiento, éste debe formar parte
inseparable de la misma, no es la técnica perfecta la que hace la obra de
arte perfecta, sino el sentimiento del artista; siendo perfecta técnicamente
pero vacía de sentimiento, no despertará ninguna emoción, en todo caso,
como se dijo, será solamente una demostración de habilidad.
Para concluir, Croce afirma que no puede haber distinción entre intuición
y expresión, es decir, entre contenido y forma; para él "toda
verdadera intuición es también expresión". La actividad artística
posee intuiciones en la medida que las expresa. Si esta proposición
parece paradójica a primera vista, es sobre todo porque se da a la
palabra expresión un significado muy restringido, por ejemplo, cuando con
ella se hace referencia únicamente a las expresiones verbales. Pero hay
expresiones no verbales como las de los colores, las líneas, los tonos, y
a todas las que se extiende esta afirmación. La intuición expresión a
un tiempo- de un pintor es pictórica, de un poeta, verbal; pero pictórica,
verbal, musical o como se le llama, no puede faltas la expresión no sólo
como parte integrante de una naturaleza sino en el arte
Los espíritus artísticos
El artista crea un estado
de ánimo especial. Federico Nietzsche, con una extraordinaria
perspicacia, observó la analogía que existe entre el estado de ánimo
artístico y dos estados de la vida humana: el sueño y la embriaguez. En
la embriaguez y en el sueño hay por parte del sujeto una momentánea
ruptura con la realidad, una especie de insensibilidad para las
impresiones reales, durante estos estados quedan en libertad la imaginación
y los sentimientos del sujeto, y el hombre actúa fuera de toda lógica;
durante la embriaguez y el sueño el individuo se olvida de sí mismo,
experimenta una gozosa liberación de las preocupaciones y deberes de la
vida real, se llega incluso al éxtasis; pero durante la embriaguez y el
sueño el individuo pierde efectivamente la conciencia de la realidad y
hay un debilitamiento de todas sus facultades.
En el estado de ánimo artístico el individuo se olvida también de sí
mismo, deja libres imaginación y sentimiento, que en la vida real se
encuentran encadenados habitualmente a la lógica, al deber, a las normas
morales; se llega al éxtasis, pero a diferencia del sueño y la
embriaguez, en el estado de ánimo artístico, por más que el sujeto está
insensible ante la realidad, queda con pleno dominio de sus conciencia,
sabe que las ataduras de los sentimientos y la imaginación han quedado
rotas; libres imaginación y sentimientos, mediante su voluntad llegarán
a un determinado fin. El artista que se entrega al ensueño y a la
embriaguez estéticos tiene pleno conocimiento de lo que hace, sus
facultades se encuentran despiertas, sabe que su estado de ánimo, el
estado de ánimo artístico que se posesiona de él, lo llevará a la
creación de la obra de arte. En el estado de ánimo artístico, durante
el ensueño y la embriaguez estéticos hay un desdoblamiento de la
personalidad del artista, su yo íntimo, verdadero, libre de ataduras se
manifiesta rotundamente, cobra vida, y así el artista crea durante la
embriaguez o el ensueño estético.
Se dice que el arte está hecho del mismo material que los sueños, que
nace del subconsciente, entonces el artista verdadero es aquel que deja en
plena libertad al subconsciente; el artista vive y crea en un perenne
estado de ensoñación artística o de embriaguez estética.
Nietzsche, a las actitudes reveladas en el arte, semejantes a la
embriaguez y al ensueño, a los estados de ánimo artísticos, les llamó
"espíritus", espíritu apolíneo y espíritu dionisiaco o fáustico.
Es espíritu apolíneo es una actitud introvertida, es el resultado de una
posición recogida que se dirige en forma inmediata al yo, tiende a
conservar el equilibrio y la armonía. El artista apolíneo es soñador,
imaginativo, visionario, es el que tranquilo y sereno se recrea en la
representación de las imágenes y formas en que se revela delicadamente
la belleza; el artista apolíneo es el poeta místico, el músico romántico,
el escultor que en sus obras busca una suave armonía, el pintor que usa
matices tenues, temas religiosos. El espíritu dionisiaco por el
contrario, es una actitud extrovertida, exteriorizante, de expansión que
se proyecta en las dimensiones del mundo exterior y tiende a la ruptura
del equilibrio y a la alteración de las formas. El artista dionisiaco es
vigoroso, es el hombre poseído del delirio, de la "manía
divina" descrita por Platón y que se origina en las musas, es el
hombre cuya vida interior exaltada por la embriaguez estética busca la
expresión emocional en el arte vigoroso: arquitectura y escultura
monumentales, la pintura mural, la explosión de colores, la sinfonía,
las gestas heroicas, la tragedia. El artista dionisiaco se inclina por la
forma; el apolíneo, por el contenido.
En el espíritu apolíneo predomina la imaginación, en el dionisiaco los
sentimientos; lo apolíneo es el estado semejante al sueño, lo dionisiaco
es más parecido a la embriaguez. Estos dos espíritus son estados estéticos
que se caracterizan por la liberación, aunque sea momentánea, de la
realidad, durante ellos el artista se agrega gozosamente a los juegos de
la fantasía y al rapto de los sentimientos que canaliza en la obra de
arte
El proceso artístico
El proceso de la creación
artística implica varias etapas en la que paulatinamente se va dando
forma material a la inspiración y se culmina lógicamente con la expresión
estética. Stites afirma que la obra de arte es "un sentimiento,
nacido de una inspiración, captado en una intuición, y vertido en una
expresión". De acuerdo con esto, los pasos para llegar a la
culminación del ensueño o la embriaguez estética son; inspiración, que
es la que sirve de punto de partida; conocimiento, que da al artista la
cabal idea de lo que desea hacer, este conocimiento debe provocar en el
artista una emoción profunda, indispensable para llegar a la creación de
la obra; esta emoción se traduce en un sentimiento que debe ser estéticamente
expresado por medio de los materiales adecuados.
El primer paso en el proceso del arte es la inspiración, que se considera
como un don divino porque no todos los hombres la poseen, procede de un
ideal, de la pasión, del amor, de los desengaños. Pueden ser motivo de
inspiración la naturaleza, los acontecimientos históricos, escenas de la
vida diaria y desde luego la mujer; cuando un artista crea teniendo como
inspiración a una mujer, la llama su musa, ya que en Grecia las musas
eran invocadas por los artistas por ser protectoras de las bellas artes.
La inspiración es el resultado de la intuición estética que capacita al
artista para desmaterializar las cosas y convertirlas en motivo de
inspiración. La inspiración logra la transmutación de lo natural o lo
poético (hay poesía en los sonidos, los colores y los movimientos), pero
la inspiración reside en la intuición del artista lo que la misma
realidad veda a los profanos.
Para llegar al segundo paso, el conocimiento, se requiera del pensamiento,
que analiza, abstrae, generaliza, sintetiza, induce, determina, compara,
cataloga y sobre todo, penetra en lo intuido como un instrumento acerado y
punzante; como penetra el arado en la tierra blanda, así penetra el
pensamiento en el intuir estético; la intuición en el artista es
natural, como la tierra, el arado lo da el pensar. La sensibilidad del
artista forma el estado de ánimo que predispone e incuba el surgimiento
del intuir, pero el que construye con la idea, el que da el conocimiento,
es el pensamiento. El conocimiento supone además la habilidad para
materializar la inspiración, es aquí donde entra el aspecto lógico de
la obra y donde la ciencia va a auxiliar al artista.
El pensamiento, ya sea provocado por el sentimiento, ya sea frío como en
los trabajos puramente reflexivos, puede construir sin ayuda de la intuición,
pero entonces se advierte que el espíritu está ausente de la creación,
que no se crea sino se construye con la razón, y no se notarán en la
creación artística valores estéticos sobresalientes, la obra sale del
cerebro pensante del autor como sale de la fábrica un producto de molde,
en su contenido falta algo, el sentimiento, y su contemplación no
provocará ninguna emoción. Para llegar a la materialización del ensueño
o la embriaguez estética, el pensamiento introduce, según el pintor
Delacroix, "un rayo de luz en la bruma en que estaba sumergida hasta
entonces la mente del artista".
El tercer paso en el proceso del arte es el sentimiento, que es
absolutamente imprescindible para la creación artística y que mediante
el estro es exteriorizado, revistiéndolo de forma material. Es
inseparable de la obra de arte, puede ésta parecer técnicamente
imperfecta, pero no puede estar ausente el sentimiento, porque cuando la
pureza exterior de la obra no corresponde a la exigencia del alma del
creador, la obra es fría, vacía sin sentimiento.
El paso final es la materialización de la inspiración, es decir, la
expresión por medio del material adecuado: la obra de arte.
El buen sentido es el verdadero terreno en donde enraíza el genio artístico,
la fantasía es su investidura, es el ímpetu que da vida a la obra artística;
y la imaginación, el alma que está en todos y cada uno de los detalles,
es lo que moldea el conjunto en todo de gracia y belleza. Entra la
magnitud de la idea y la expresión de la misma existen momentos de
terrible angustia para el artista, sobre todo por no caer en la pobreza de
la ejecución. La angustia que en realidad acompaña al artista durante
todo el proceso, puede darle en el momento de la expresión, la ocasión
de añadir algo a la primera visión apasionada.
Es pertinente preguntar si este proceso seguido paso a paso desde la
intuición hasta la creación de la obra es una actitud consciente o por
el contrario, se realiza de manera inconsciente.
Según algunos filósofos, el fenómeno artística es un hecho consciente,
su origen y el proceso de realización deben buscarse en la luz de la
conciencia. Sin embargo, al analizar dicho proceso con detenimiento es lógico
afirmar que en parte es consciente y en parte inconsciente. La idea
anterior a la obra de arte, la inspiración, es inconsciente. Si como se
ha dicho la inspiración proviene de la intuición estética, es
necesariamente ajena a la razón, es algo que brota espontáneamente, que
aparece aun sin desearla. Es cierto que en ocasiones el artista busca la
inspiración en la serenidad de la naturaleza, en la grandeza del cielo
estrellado, en la inmensidad del mar, en el amor sublime de una madre,
etc., pero por lo general nace de manera natural y espontánea.
La segunda etapa del proceso artístico es consciente puesto que se
requiere el auxilio del pensamiento para dar la forma necesaria a la
inspiración, surgida de la intuición; para obtener el conocimiento de lo
que se quiere expresar es preciso que hay una actitud consciente.
El tercer paso es en parte consciente y en parte inconsciente, porque una
vez que el artista sabe qué va a hacer, una vez que tiene el conocimiento
de lo que desea expresar y cómo lo va a expresar, sabe también que para
que su creación sea universal, para que se libere de lo particular y sea
verdadera obra de arte, bella y eterna, debe volcar en ella su amor, pero
al crearla como es la objetivación de su ideal, le transmite su emoción,
sus sentimientos, ama su obra de manera tanto inconsciente como
conscientemente y por lo mismo la dota de vida, de sensibilidad y le da
sentido.
Alois Riegl introdujo en el análisis del proceso artístico lo que llamó
"voluntad artística", que imagina como una fuerza irresistible,
una latente exigencia interna que existe por sí sola, independiente de
los objetos que provocan la inspiración; se presenta desde el momento
primaria de toda creación artística, subsiste a todo lo largo del
proceso artístico pero primordialmente en la realización de la obra de
arte. De acuerdo con esto, el proceso es consciente porque está
determinado por la voluntad artística.
La materialización del ensueño estética, la cristalización de la
inspiración, es consciente, el artista organiza y emplea los materiales
adecuados en forma consciente.
Concluido el ensueño artístico, que es inconsciente, se organiza
conscientemente en torno a un tema que da lugar a la creación por medio
del sentimiento, culminación del proceso artístico.
Los primeros pasos en la creación artística; inspiración, conocimiento
y sentimiento, corresponden al contenido de la obra; al cuarto paso, la
expresión, constituye la forma.
Como proceso práctico, sostiene Sánchez Vázquez, la creación artística
tiene principio y fin; al comienzo es sólo un proyecto que puede
cristalizar o no, y una materia dispuesta para ser transformada. Al final
se encuentra la forma originaria, materializada, que ha perdido sus
características primarias. Y luego el contenido ya plasmado, y por último
la materia, que vencida su resistencia se entrega ya formada; pero estos
elementos no se encuentran aislados, se conjugan en una unidad
indisoluble, en un producto ya acabado que es la obra de arte.
Según Raymond Stites hay dos formas principales de arte, dos tipos
universales de arte: el fisoplástico o representativo y el ideoplástico
o no representativo. Dichos término fueron inventados por el psicólogo
suizo Vernon y sirven para expresar las dos actitudes desde las cuales el
artista se ha acercado a la obra para crearla. Poseen un valor universal y
tienen la característica de poder penetrar en todos los estilos artísticos.
El arte fisioplástico o representativo pretende reproducir tan fielmente
como sea posible la naturaleza, las cosas tal como se dan en ella,
contando para el efecto que pueda causar la obra de arte en el alma del
contemplador, con el elemento de placer que implica reconocer los objetos
con los que se está familiarizado.
El arte ideoplástico o no representativo pretende sugerir un sentido con
una cantidad mínima de material reconocible, contando para el efecto que
la obra ha de causar, con la imaginación del contemplador. Al crear
ideoplásticamente el artista siente una fuerza que el motivo, cargado de
sentido emocional, llega de un impulso interior; la obra nace más que de
la reproducción de algún objeto, de la idea que quiere expresar y la
forma como la expresa
El contemplador
Si como afirma el doctor
Ramos, la conciencia artística no está dirigida inicialmente a las
posibles resonancias subjetivas, sino que se proyecta hacia fuera, movida
por el interés de los valores del objeto artístico, para que el artista
pueda ser comprendido y el arte cumpla su función es indispensable la
presencia del tercer elemento del fenómeno artístico: es el espectador o
contemplador.
Salomón Reinach al considerar el fenómeno arte como fenómeno social
sostiene que su misión es despertar un sentimiento en otros: se fabrica
una herramienta, dice, para que el propio hombre se sirva de ella, pero la
decora no tanto para sí, sino para que agrade a los demás que la miran o
provoque en otros admiración, por ello ninguna sociedad por rudimentaria
que sea ignoró el arte, que en su etapa primitiva fue, más que deleite
propio, proyección social.
Schiller piensa que "el hombre en su estado físico, se haya bajo el
solo dominio de la naturaleza y se desprende de este poder en el estado
estético". "¿Qué es el hombre, pregunta, antes de que la
contemplación del arte lo arranque de su vida práctica?" Y
responde: "sólo cuando abre las alas de su imaginación, abandona
los estrictos límites del presente y de su vulgaridad; por impulso del
arte, como artista o contemplador, adquiere dimensión estética".
Calderaro reconoce la dimensión estética como la dimensión más
importante en la vida humana, tanto es así que se valoran las
civilizaciones y las culturas por la dimensión del fenómeno estético.
El mismo doctor Ramos supone que en la urgencia de crear, experimentada
por el artista, se presenta como factor poderoso la necesidad de
comunicarse con los demás el propósito deliberado de influir en otros
espíritus mediante la acción de la obra artística.
La obra de arte produce en el espectador, según Worringer, un sentimiento
de felicidad, aunque esto es discutible puesto que la creación artística
puede producir muchos otros sentimientos según la categoría estética
que se exprese y el modo como se realice esa expresión; sí puede
aceptarse que la plena comprensión de la misma inunde de felicidad el
alma del contemplador cuando lo que tiene frente a sí es la plácida
expresión de lo sublime, lo bello o la gracia.
Siendo el contemplador un elemento tan indispensable dentro de la vida artística,
es preciso que posea ciertas cualidades que lo capaciten para no ser un
simple o casual espectador a través de la obra de arte. Desde luego puede
afirmarse que requiere cierto grado de cultura, pero aun sin ella un
hombre dotado de suficiente sensibilidad puede ser un genuino
contemplador; son necesarias desde luego ciertas condiciones externas,
pero que resultan más importantes las cualidades internas que lleven al
contemplador a comprender al artista y sentir su obra.
Todo ser humano goza, normalmente, de facultad estética contemplativa y
es a través de ésta que el hombre puede alcanzar el goce estético; esta
facultad le permite evadirse aunque sea momentáneamente, de las
contingencias de la vida diarias; al abstraerse logrará concentrarse en
la obra hasta llegar a penetrar profundamente en ella, proyectarse
emocionalmente olvidando su propia individualidad, sentirse el creador de
la misma, y sólo así podrá comprenderla plenamente y gozarla. Esta
abstracción del contemplador es posible porque en toda creación artística
existe afán de abstracción, la voluntad artística se determina por esa
abstracción que es consecuencia de una intensa inquietud interior del
artista ante los fenómenos del mundo circundante.
De acuerdo a lo expresado, la ensoñación artística que motiva al
artista a crear y que produce idéntico efecto en el contemplador se
explica a través de la teoría de la proyección sentimental o empatía
(llama por Lotze, Vischer y Lipps: einfühlung), que consiste en
interpretar cabalmente el yo ajeno, vivir sus gestos, sus movimientos, sus
pensamientos y sus sentimientos como propios; es en realidad el acto de
sumergirse, de proyectarse, es algo que permite acrecentar la comprensión
humana hacia los demás, es la capacidad de apreciar los sentimientos
ajenos en su exacta dimensión, sin dejar que las propias emociones entren
en juego a grado tal que afecten el criterio. La empatía no es la simpatía,
la simpatía se expresa diciendo: sé lo que tú sientes, hay afinidad
entre tú y yo, comprensión, aunque no absoluta. La empatía significa:
siento como tú sientes porque te comprendo perfectamente, me identifico
plenamente contigo. La simpatía es similitud, afinidad, modo semejante de
ser y pensar. La empatía es identidad, manera enteramente igual de ser y
pensar. Así ante el valor contenido en el arte, la emoción y goce estéticos
derivados de la contemplación permiten no sólo comprender sino sentirse
creador de la misma.
Aunque refiriéndose en particular a la pintura, acertadamente opina
Marangoni que el no saber valorar equivale a perder en gran parte el
significado y valor de la obra de arte. Es decir, que si el contemplador
no goza de una receptividad estética profunda, no percibirá el mensaje
del artista y por tanto perderá éste y la obra no cumplirá su cometido.
No está por demás insistir en que además de la facultad estética
contemplativa, el contemplador necesita sensibilidad, intuición aunque no
creadora sí receptiva; debe ser capaz no sólo de experimentar emoción
sino de dejarla en libertad para llegar a la real emoción, la estética.
Esta relación estética está determinada, según Mendieta y Núñez, por
el valor intrínseco de la obra y por la capacidad de comprenderla del
contemplador. Cuando se dan ambas condiciones la relación estética es
perfecta, el artista encuentra eco en el contemplador y la obra conmueve a
éste lo mismo que a su creador al realizarla. Pero si no hay esta
concordancia, bien porque a pesar de ser magnífica la obra el receptor
carece de capacidad para comprenderla, o bien porque aunque el
contemplador posea la suficiente aptitud para experimentar el goce estético
la obra resulta mediocre, en ambos casos no se podrá establecer la relación
estética y el mensaje se perderá.
Además se debe considerar que toda la gama de valores estéticos llegan
al contemplador a través del sentimiento trascendental que posee la obra
de arte; es decir, el artista ha volcado sus sentimientos en la obra, están
vivos en ella y se presenta la relación estética en el diálogo que el
artista entabla con el contemplador a través de la misma, esos
sentimientos el alma del artista reflejada en su creación- trascienden,
se transmiten al contemplador y hacen nacer en su alma una emoción
similar a la que poseía el artista en el momento de su creación. Cuando
el contemplador posee una alma gemela a la del artista, se eleva con él a
un plano superior, participa de la ensoñación estética, de la
embriaguez artística plenamente. Esta identificación entre ambos es
posible merced al sentimiento trascendental que posee la obra y a la
facultad estética contemplativa del que se acerca a ella.
La emoción estética que producen las obras de arte, afirma el citado
autor, es el resultado de un conjunto de factores de los cuales se
perfilan como fundamentales: la sociedad, en un momento y lugar dados un
elemento irreductible, la facultad estética contemplativa y el genio del
artista creador; estos factores hacen posible la comprensión de la emoción
creadora del artista y por tanto la comunicación de su ensueño a través
de la contemplación de la obra de arte.
Justino Fernández opina que la obra de arte constituye algo así como un
arma que dispara el artista hacia el contemplador como posible receptor,
poniendo en movimiento una multitud de potencias, de posibilidades y de
intereses vitales; los pensamientos del contemplador, sus sentimientos e
imaginación despiertan con el disparo y se convierte en actor del drama
que implica la creación artística, queda realmente prendido a ella, por
sus valores estéticos comulga con la inspiración del creador. Pero al
mismo tiempo afirma que como la belleza del arte es captada por la
sensibilidad y no por el entendimiento, es necesario darla a la obra un
contenido histórico concreto para que pueda darse, dentro de un contexto
histórico-social, la plena comprensión de la misma.
La sensibilidad, el intelecto y la imaginación del artista, junto con sus
intereses vitales reunidos y expresados en la creación, producen un
efecto intencionalmente buscado en el contemplador, ya que lo emociona, lo
conmueve, despertando al mismo tiempo intereses vitales propios que se
enlazarán armoniosamente con el artista a través de la contemplación.
Bergson sostiene que la emoción y el ensueño estéticos se comunican por
sugestión, por hipnosis; cada una de las bellas artes actúa sobre el
contemplador de tal manera que le sugiere el estado original del alma del
artista. Sin refutar del todo esta idea, puede afirmarse que el mensaje
que el artista escribe en su creación es transmitido al contemplador de
acuerdo con la receptividad estética a que se ha aludido y con la que
anuda a las cualidades que debe poseer el contemplador se entablará el diálogo
del arte, que es universal, y provocará que el mensaje llegue en toda su
plenitud.
Las experiencias estéticas
La estética no puede
aumentar el goce ante el arte, ni provocar el nacimiento de la facultad
creadora (ni aun la contemplativa), ni establecer un criterio para la
creación o apreciación de la obra de arte, tampoco puede alterar
directamente las experiencias en relación con el arte; sin embargo, ayuda
al hombre a comprender sus reacciones frente al arte y le permite entender
las experiencias que tenga en relación al mundo artístico, es decir, sus
experiencias estéticas.
¿Qué son las experiencias estéticas y cuál es su contenido? Según
Carrit, las experiencias estéticas son resultado de percepciones
sensibles, todas ellas poseedoras de un significado que dejan en el alma
una sensación permanente y evocadora. Puede haber experiencia estéticas
más o menos puras, más o menos intensas, sin que esto dependa de la
pureza o intensidad de la obra percibida, sino de la receptividad del
contemplador. El contenido de la experiencia estética no es histórico,
científico, ni conceptual; un experimento de física, la relación de un
acontecimiento histórico, una información de carácter científico
provocan experiencias, pero no experiencias estéticas.
¿Cuál es entonces el contenido de las experiencias estéticas?
Schiller define la experiencia estética como la satisfacción del impulso
del juego, considerando el juego como la feliz armonía entre lo racional
y lo moral; sin embargo, las experiencias derivadas de lo normal son
ajenas a lo estética. Cabe afirmar que el contenido y significado de las
experiencias estéticas es algo diferente a lo racional, es de carácter
sensible el sentimiento que se apodera del hombre al contemplar el arte,
cuando éste le significa verdaderamente algo en su interior.
Cuando la obra de arte al ser percibida deja una impresión emotiva
profunda, tal que al ser recordada posteriormente haga surgir una emoción
similar a la que se recibió al contemplarla, se habrá adquirido una
experiencia estética.
Algunos psicólogos consideran que la experiencia estética no es sino la
liberación o sublimación de emociones reprimidas; esta idea deriva
posiblemente de la doctrina aristotélica de la catarsis, que atribuía a
la tragedia la facultad de permitir al hombre llegar la purificación de
sus pasiones mediante las emociones de piedad y terror que suscitaba.
Actualmente la catarsis puede ser entendida como una sensación de
liberación ante la obra de arte; sin embargo, no es precisa para obtener
experiencias estéticas. Si hay comunicación entre artista y contemplador
a través de la obra, y el sentimiento del artista se transmite prístino
al contemplador y perdura como una sensación evocadora y de ensoñación,
se habrá adquirido una experiencia estética
La crítica en el arte
Dentro del fenómeno artístico
además del artista, la obra de arte y el contemplador, interviene un
personaje cuya función es muy importante: el crítico.
La misión del crítico, del hombre cuya facultad estética no se limita a
percibir los valores en el arte sino que juzga acerca de ellos, es
precisamente emitir un juicio acerca del valor contenido en la obra, sea
ésta la expresión de la belleza, la fealdad, la gracia, la comicidad o
cualquiera de las innumerables categorías estéticas que pueden
expresarse en la obra de arte. El crítico enseña a ver la obra para
encontrar en ella no sólo cosas concretas, sino el alma del artista y de
esa manera captar el significado y por tanto el valor de la creación. ¿Esto
quiere decir que la obra necesita ser explicada por el crítico para ser
entendida? De ninguna manera, la obra que necesita ser explicada no es
obra de arte, puesto que el arte se siente, no se entiende, se capta
emocionalmente y no racionalmente. Sin embargo, el papel del crítico es
fundamental para orientar a un público que generalmente desconoce los
fundamentos histórico-sociales, filosóficos y estéticos de la obra de
arte.
Mendieta y Núñez considera que si bien ha sido superado aquel concepto
emitido por Oscar Wilde acerca de que "la crítica de una obra
maestra tiene más valor que la obra maestra misma", la influencia
que la crítica ejerce en la sociedad es de suma importancia.
La crítica varía desde la simple descripción que de una obra hace el
redactor de eventos artísticos en periódicos y revistas, o el biógrafo
de un artista, hasta la crítica profunda que juzga con razones
debidamente fundadas acerca de los valores contenidos en una obra de arte,
huelga decir que esta es la verdadera crítica.
Sin embargo, hay opiniones opuesta, Michel Kornfeld opina que la crítica
valorativa es irrealizable, que es un contrasentido porque no se puede
juzgar acerca de un valor objetivo puesto que el juicio resultaría
meramente subjetivo. Si bien hay algo de cierto en esta aseveración, no
cabe duda que la verdadera crítica contribuye a crear y a mantener el
clima propicio para la producción artística, porque tiene un doble
efecto: resulta estimulante para el artista y para el público.
El artista busca el juicio ajeno acerca de su obra independientemente de
su propio juicio; le interesa la opinión del crítico porque precisamente
de ella se nutre la opinión de los espectadores. Si bien es cierto que es
malo que se hable mal de uno, resulta mucho peor que no se ocupen de uno
en lo absoluto; el silencio en torno a su obra es mortal para el artista,
la crítica favorable le da aliento, la crítica condenatoria lo lleva a
superarse.
En el público influye necesariamente la crítica, se ha dicho no todos
gozamos de idéntica sensibilidad y que no todos los hombres poseen el
mismo grado de cultura, pero existe una especie de reacción colectiva
favorable o no hacia el artista y sus obras a través de la opinión de
tal o cual crítico. La sociología del arte se ocupa de este fenómeno en
verdad no muy explorado.
John Dewey en su obra El arte como experiencia alude a varias formas de crítica:
la legalista, que juzga escuetamente acerca del valor contenido en la obra
simple y sencillamente como si se tratara de un procedimiento judicial en
que se dicta un fallo inapelable; la impresionista, que pretende explicar
el valor de acuerdo con la impresión que en un momento dado recibe el crítico;
la analítica, que acude a la fuente en que bebió el artista al crear, y
que no describe ni explica la obra sino que presenta una visión panorámica
de la época que precede a la creación artística analizando la obra como
consecuencia de esta época, y emite un juicio que sirve de base para la
opinión del público. La psicoanalítica, que juzga la obra pretendiendo
encontrar los factores internos de la misma, los complejos de los autores;
aunque esta forma de crítica puede ser interesante, lo es solo para una mínima
parte del público. La legalista y la impresionista pecan de estrechez y
resultan eminentemente subjetivas. Parece ser que la mejor forma de crítica
es la analítica, Existe también la crítica que Tolstoi llama "crítica
hipócrita" que se deshace en serviles alabanzas o crueles críticas,
según se trate de un artista consagrado o no.
La crítica es fecunda para el arte, estimula al artista y al público lo
induce a admirar con más conciencia la obra de arte; no es una actividad
superflua, sino una función que obedece a necesidades imprescindible de
la vida artística y de la cultura en general. El sentido de las obras de
arte no se entrega con facilidad a cualquier contemplador, porque su
comprensión exige una situación a la que se llega únicamente tras de
una educación adecuada. Cierto es que el hombre de extrema sensibilidad,
aun sin cultura, puede llegar el mensaje de la obra sin el inmediato
auxilio de la crítica y que en ocasiones existen reacciones en masa del público
que se producen espontáneamente ante determinada obra sin esperar el
juicio de los críticos, pero también es verdad que si la crítica no
viniera a elevar y a orientar la conciencia pública artística, ésta
quedaría en estado de desconcierto; sin la intervención de la crítica
para iluminar y desarrollar la conciencia del arte que posee la sociedad,
se carecerá de un factor poderoso para estimular el progreso y la
depuración de la producción artística.
Si se toma en consideración no la reacción de la sociedad, del público
en general ante una obra de arte, sino el caso particular de un
contemplador, también puede afirmarse que sale ganando con el auxilio de
la crítica. La primera impresión que recibe un espectador dotado de
sensibilidad innata y que ignora las opiniones de la crítica, suele ser
justa y suficiente para su satisfacción personal, pero en una segunda
impresión después de leer todo lo que la crítica suele enseñarle sobre
la misma obra, el espectador advertirá que su comprensión se afina, sus
impresiones se enriquecen y su emoción estética se intensifica.
La crítica existió desde la antigua Grecia, Zoilo y Aristarco fueron los
primeros críticos; en el siglo III de nuestra era, Longino escribió un
tratado de arte: De lo sublime, que es en realidad una crítica. En el
Renacimiento los mismos artistas se convirtieron en críticos de sus
propias obras al reflexionar sobre la belleza que ellos mismos producían.
Más recientemente Augusto Renoir al pedírsele un juicio valorativo
acerca de sus obras expresó: "Mis pinturas causan náuseas como el
mareo".
Croce considera que la crítica y la historia del arte se identifican por
cuanto que no es posible hacer historia del arte sin valorar el material
que aquélla elabora, el historiador del arte forzosamente un crítico;
sin embargo, cabe aclarar que la historia del arte es una crítica
referente al pasado del arte. El crítico de arte se auxilia de la
historia para comprender y valorar la obra, pero su actividad se refiere a
un presente.
Se ha esbozado a grandes rasgos lo que es la crítica en el arte, ahora
bien, ¿qué cualidades necesita poseer el crítico? Se ha llegado a decir
que el crítico es un artista que no siendo capaz de dar forma material a
su inspiración, canaliza su intuición hacia la crítica para juzgar
acerca del valor de la obra ajena. Si así fuera, la crítica sería un
grito de amargura, una exteriorización de las frustraciones que sufre el
artista fracasado, y su crítica no sería imparcial, objetiva, no podría
dominar verdaderamente su sensación de fracaso y, por qué no, de envidia
hacia aquel que fue capaz de materializar su inspiración; la crítica en
estas condiciones no resultaría fecunda para el arte.
En realidad el crítico es un artista potencial, no fracasado, desde
luego, sino que no estando dotado de suficiente talento artístico, en vez
de realizar obras de arte dirige su facultad estética hacia la crítica;
debe estar dotado de suficiente sensibilidad y de una receptividad estética
excepcional que lo capaciten para sentir y comprender los valores
contenidos en la obra de arte.
La misión del crítico no es, como equivocadamente se supone, enseñar al
artista; es algo distinto, debe saber advertir la relación que existe
entre una obra y la época que la originó, está obligado a penetrar en
el secreto de las formas artísticas y a traducir lo que en ellas se dice
a un público poco informado, para ayudarlo a sentir la belleza de la
obra.
El crítico es exponente de una cierta madurez de la conciencia artística
general, es un espíritu reflexivo que no se satisface con contemplar
solamente el arte, sino que aspira a comprender el sentido de cada obra
artística. Este sentido generalmente es un enigma para el espectador común,
y el crítico resulta el enlace entre el artista el espectador a través
de la obra. En todo espectador hay un crítico cuando opina de una obra,
es también crítico el artista cuando juzga su obra a la de otros
artistas; es decir, la crítica puede ser una actividad general que atañe
a todos los que intervienen en la contemplación de la obra, pero la crítica
solo alcanza su perfección cuando desempeña una función especializada
dentro de la vida artística, es entonces una labor completa que debe dar
cumplimiento a múltiples finalidades. Corresponde al crítico, en primer
lugar, decidir cuáles son las obras propiamente artísticas y cuáles no
lo son; en segundo lugar, debe definir los valores artísticos en su
individualidad característica y fijar su rango relativo dentro del
conjunto de la producción de un momento o de una época, y por último,
debe emitir un juicio que resulte positivo para el arte.
Para el cumplimiento de su misión el crítico debe reunir un cierto número
de cualidades que lo colocan muy por encima del simple espectador, es lógico
que sin un verdadero temperamento artístico todos los conocimientos y la
cultura del crítico resultarían estériles y sus juicios carecerían de
valor. Pero a diferencia del contemplador, el crítico debe poseer una
experiencia y un conocimiento tal del arte, que lo capacite para juzgarlo,
para poner en claro los valores de la obra y para hacer un análisis y una
interpretación de un sentido ajustándose a las condiciones objetivas de
la obra de modo que no caiga en afirmaciones arbitrarias.
El crítico debe, desde luego, poseer el conocimiento de los materiales
con que se expresan las artes y no puede ignorar un aspecto tan
fundamental como es la técnica que se sigue para la creación artística
en sus diferentes formas, este es un factor importante para pronunciar el
fallo sobre los méritos artísticos de la obra. Es cierto que la técnica
perfecta no hace al artista, ni hace tampoco la obra perfecta, pero el
verdadera artista no puede serlo sin la técnica; el conocimiento de ésta
es, entonces, un elemento necesario para hacer posible una opinión estética
justa.
El crítico debe saber distinguir lo que en el arte es revolucionario
porque va contra los antiguos cánones, debe tener sensibilidad suficiente
para percibir el grado de belleza que encierra la obra de arte, solo así
comprenderá el sentido oculto del lenguaje artístico que no es solo la
palabra sino los colores, las líneas, los movimientos y los sonidos; debe
poseer una amplia cultura que le permita distinguir lo que es original y
lo que es una imitación.
En suma, el crítico debe poseer sensibilidad artística, para vibrar con
la belleza de una obra; perspicacia, para encontrar el hilo de las
conexiones filosóficas, sociales y aun religiosas de las obras de arte;
cultura, para comprender todo lo que al arte atañe; audacia e impulso
revolucionario, para acoger con entusiasmo y sin temor lo que es nuevo y
para adivinar el germen que será el nuevo trazo del mañana; intrepidez,
una sinceridad acrisolada para decir la verdad, duela a quien le duela;
poesía, para expresar en forma poética lo que es poético, y emoción,
para expresar en forma emotiva lo que es emocional; madurez, para que los
halagos o amenazas no tuerzan su juicio y para no dejar que sus gustos,
inclinaciones o estado de ánimo se reflejen en su juicio haciéndolo
subjetivo.
Stites dice que para juzgar acerca de la obra de arte el crítico debe
preguntarse: ¿qué expresa esta obra? ¿Cómo vería a esta obra la
cultura que la produjo? ¿Están en equilibrio los valores estéticos con
los de asociación y utilitarios? ¿Pesa alguno de los valores más que
otro? Contestadas estas preguntas, con una actitud imparcial podrá juzgar
acerca del valor estético de la obra. Cada credo estético origina una
manera de soñar; conociendo los orígenes de cada escuela, su
desenvolvimiento y sus proyecciones, el crítico podrá juzgar con causa y
no a la ligera.
Sin embargo, ¿cómo conjugar la crítica que es análisis, con la creación
que es arte? El pintor, supongamos, se apoya en la naturaleza o en un
ideal para realizar su obra; el crítico se apoya en el cuadro para
realizar la suya. El artista interpreta la vida; el crítico asume postura
crítica ante la obra del hombre. Así, para que la critica sea fecunda
para el arte, debe ser imparcial su juicio, objetivo, debe hacer abstracción
de los propios gustos, de las inclinaciones y preferencias, y aun del
estado de ánimo que tenga el crítico al emitir su juicio, según se dijo
ya. De esta manera podrán conjugarse la crítica y la creación.
Es sumamente difícil, desde luego, lograr un juicio absolutamente
imparcial y objetivo, sobre todo en este tiempo en que el crítico se ha
convertido en un agente de publicidad.
Sin embargo, la vida artística de una sociedad resultaría incompleta sin
la crítica, que es un órgano necesario para dotar a la sociedad de una
conciencia de sí misma y del conocimiento de sus características
propias, lo que es en definitiva la norma para saber qué valores pueden
perfeccionarla.
El Interprete
Entre las bellas artes
hay algunas (como el teatro, la música, el canto y la poesía) que para
poder ser disfrutadas necesitan estar dotadas de una nueva vida, deben ser
recreadas. Esta función de recreación la realiza el intérprete, cuyo
papel ha sido muy discutido.
¿Cómo debe comportarse el intérprete? ¿Necesita las mismas cualidades
del artista o del contemplador? ¿Puede apartarse del sentido de la obra y
al infundirle nueva vida crear algo propio, tal vez diferente a lo que el
artista quiso expresar?
El doctor Ramos afirma que el intérprete "no es autónomo: aun
cuando llegara a hacer una creación de la interpretación, ésta no sería
libre, estaría siempre limitada por el texto del creador; el intérprete
debe hacerse "transparente" y desaparecer de los ojos del
espectador para dejarlo directamente en presencia de la obra
original".
Los griegos plantearon el problema: Platón sostenía que el rapsoda,
"intérprete del poema, no procedía por técnica ni por ciencia,
sino en virtud de la inspiración originada en la locura de las musas, en
la gracia divina en que el hombre queda en estado inconsciente y es poseído
por un espíritu ajeno al suyo". El intérprete venía a ser
solamente un eslabón en la cadena constituida por las musas, el poeta y
el espectador.
Siguiente esta idea cabría preguntarse si sería aplicable en la
interpretación la teoría de la empatía: el intérprete debe
identificarse con el artista, sentir como propia la obra y por tanto al
hacer la interpretación, ser no un mero eslabón, sino el mismo artista
para no variar en lo más mínimo el sentido de la obra. Debe entonces
sumergirse totalmente en la obra ignorando su propia personalidad.
No hay duda que también el intérprete debe poseer como el artista, el
contemplador y aun el crítico, cualidades tales que le permitan realizar
una muy buena interpretación: una vasta cultura, sensibilidad, inspiración
aunque no precisamente creadora como la del artista, sí más profunda que
la del contemplador, intuición que lo capacite para percibir el mensaje
del artista; pero debe poseer un grado de imaginación aun mayor que la
del artista y del contemplador, para situarse en el momento histórico del
creador, imaginar las influencias que recibió y que determinaron su
expresión. Debe conocer profundamente al artista y su obra, imaginar el
proceso artístico en todos sus paso y magnitud, cómo surgió la obra y cómo
se concluyó, así estará capacitado para poder interpretarla sin falsear
el mensaje.
Del intérprete dependerán las emociones que se despierten en los
espectadores, deberá extraer, a su arbitrio (para lo cual son
indispensables las cualidades enumeradas), lo sublime, lo melancólico o
lo alegre de la obra que ha de interpretar; la música y la poesía son un
conjunto de símbolos cuyo sentido debe desentrañar para apoderarse del
espíritu del oyente, sin que se olvide sin embargo, que solamente está
recreando la obra.
Refiriéndose concretamente a la música, Aarón Copland considera que el
intérprete debe asimilar y volver a crear el mensaje del compositor. El
Primer problema tratándose de interpretación musical, dice, es la propia
música, el intérprete no sabe qué grado de fidelidad se espera de él,
así que debe hacer uso de su inteligencia musical. Pero además del
problema planteado, hay que considerar que la música es algo vivo, dinámico,
no estático; tiene además, como toda forma de arte, una cualidad
esencial: cada compositor tiene su propio estilo, al cual debe ser fiel el
intérprete; el estilo es producto de la personalidad de cada artista y de
la época que vive y en que escribió su obra, pero cada intérprete tiene
también su propia personalidad y su modo peculiar de sentir la obra
musical, puede, entonces, imprimir su propio estilo a la composición, lo
cual ocurre frecuentemente, por ello la misma obra musical, una sinfonía,
por ejemplo, es diferente según quien la interprete.
Mismo Copland considera la interpretación como una cuestión "de énfasis";
el contemplador, que poseía el oyente, deberá escuchar inteligentemente
y tener una idea clara del estilo y personalidad del compositor para
percibir hasta qué punto el intérprete reproduce ese estilo dentro de la
esfera de su personalidad
Diciembre de 1997
Aesthetics -
Barry Hartley Slater -
slaterbh@cyllene.uwa.edu.au
Aesthetics may be defined narrowly as the theory of beauty, or more
broadly as that together with the philosophy of art. The traditional
interest in beauty itself broadened, in the eighteenth century, to
include the sublime, and since 1950 or so the number of pure aesthetic
concepts discussed in the literature has expanded even more.
Traditionally, the philosophy of art concentrated on its definition, but
recently this has not been the focus, with careful analyses of aspects
of art largely replacing it. Philosophical aesthetics is here considered
to center on these latter-day developments. Thus, after a survey of
ideas about beauty and related concepts, questions about the value of
aesthetic experience and the variety of aesthetic attitudes will be
addressed, before turning to matters which separate art from pure
aesthetics, notably the presence of intention. That will lead to a
survey of some of the main definitions of art which have been proposed,
together with an account of the recent “de-definition” period. The
concepts of expression, representation, and the nature of art Objects
will then be covered.
1. Introduction
2. Aesthetic concepts
3. Aesthetic value
4. Aesthetic attitudes
5. Intentions
6. Definitions of art
7. Expression
8. Representation
9. Art objects
1. Introduction
The full field of what might be called
“Aesthetics” is a very large one. There is even now a four-volume
encyclopedia devoted to the full range of possible topics. The core
issues in Philosophical Aesthetics, however, are nowadays fairly settled
(see the book edited by Dickie, Sclafani, and Roblin, and the monograph
by Sheppard, amongst many others).
Aesthetics in this central sense has been
said to start in the early eighteenth century, with the series of
articles on “The Pleasures of the Imagination” which the journalist
Joseph Addison wrote in the early issues of the magazine The Spectator
in 1712. Before this time, thoughts by notable figures made some forays
into this ground, for instance in the formulation of general theories of
proportion and harmony, detailed most specifically in Architecture and
Music. But the full development of extended, philosophical reflection on
Aesthetics did not begin to emerge until the widening of leisure
activities in the eighteenth century.
By far the most thoroughgoing and
influential of the early theorists was Immanuel Kant, towards the end of
the eighteenth century. Therefore it is important, first of all, to have
some sense of how Kant approached the subject. Criticisms of his ideas,
and alternatives to them, will be presented later in this entry, but
through him we can meet some of the key concepts in the subject by way
of introduction.
Kant is sometimes thought of as a
formalist in Art Theory; that is to say, someone who thinks the content
of a work of art is not of aesthetic interest. But this is only part of
the story. Certainly he was a formalist about the pure enjoyment of
Nature, but for Kant most of the arts were impure, because they involved
a “concept.” Even the enjoyment of parts of Nature was impure, namely
when a concept was involved— as when we admire the perfection of an
animal body or a human torso. But our enjoyment of, for instance, the
arbitrary abstract patterns in some foliage, or a color field (as with
wild poppies, or a sunset) was, according to Kant, absent of such
concepts; in such cases, the cognitive powers were in free play. By
design, Art may sometimes obtain the appearance of this freedom: it was
then “Fine Art”—but for Kant not all Art had this quality.
In all, Kant’s theory of pure beauty had
four aspects: its freedom from concepts, its objectivity, the
disinterest of the spectator, and its obligatoriness. By “concept,” Kant
meant “end,” or “purpose,” i.e., what the cognitive powers of human
understanding and imagination judge applies to an object, such as with
“it is a pebble,” to take an instance. But when no definite concept is
involved, as with the scattered pebbles on a beach, the cognitive powers
are held to be in free play; and it is when this play is harmonious that
there is the experience of pure beauty. There is also objectivity and
universality in the judgment then, according to Kant, since the
cognitive powers are common to all who can judge that the individual
objects are pebbles. These powers function alike whether they come to
such a definite judgment or are left suspended in free play, as when
appreciating the pattern along the shoreline. This was not the basis on
which the apprehension of pure beauty was obligatory, however. According
to Kant, that derived from the selflessness of such an apprehension,
what was called in the eighteenth century its “disinterest.” This arises
because pure beauty does not gratify us sensuously; nor does it induce
any desire to possess the object. It “pleases,” certainly, but in a
distinctive intellectual way. Pure beauty, in other words, simply holds
our mind’s attention: we have no further concern than contemplating the
object itself. Perceiving the object in such cases is an end in itself;
it is not a means to a further end, and is enjoyed for its own sake
alone.
It is because Morality requires we rise
above ourselves that such an exercise in selfless attention becomes
obligatory. Judgments of pure beauty, being selfless, initiate one into
the moral point of view. “Beauty is a symbol of Morality,” and “The
enjoyment of nature is the mark of a good soul” are key sayings of Kant.
The shared enjoyment of a sunset or a beach shows there is harmony
between us all, and the world.
Among these ideas, the notion of
“disinterest” has had much the widest currency. Indeed, Kant took it
from eighteenth century theorists before him, such as the moral
philosopher, Lord Shaftesbury, and it has attracted much attention since:
recently by the French sociologist Pierre Bourdieu, for instance.
Clearly, in this context “disinterested” does not mean “uninterested,”
and paradoxically it is closest to what we now call our “interests,”
i.e., such things as Hobbies, Travel, and Sport, as we shall see below.
But in earlier centuries, one’s “interest” was what was to one’s
advantage, i.e., it was “self-interest,” and so it was the negation of
that which closely related Aesthetics to Ethics.
2. Aesthetic concepts
The eighteenth century was a surprisingly
peaceful time, but this turned out to be the lull before the storm,
since out of its orderly classicism there developed a wild romanticism
in Art and Literature, and even revolution in politics. The aesthetic
concept which came to be more appreciated in this period was associated
with this, namely Sublimity, which Edmund Burke theorised about in his
“A Philosophical Enquiry into the Origin of our ideas of the Sublime and
Beautiful.” The Sublime was connected more with pain than pure pleasure,
according to Burke, since threats to self-preservation were involved, as
on the high seas, and lonely moors, with the devilish humans and
dramatic passions that artists and writers were about to portray. But in
these circumstances, of course, it is still “delightful horror,” as
Burke appreciated, since one is insulated by the fictionality of the
work in question from any real danger.
“Sublime” and “beautiful” are only two
amongst the many terms which may be used to describe our aesthetic
experiences. Clearly there are “ridiculous” and “ugly,” for a start, as
well. But the more discriminating will have no difficulty also finding
something maybe “fine,” or “lovely” rather than “awful” or “hideous,”
and “exquisite” or “superb” rather than “gross” or “foul.” Frank Sibley
wrote a notable series of articles, starting in 1959, defending a view
of aesthetic concepts as a whole. He said that they were not rule- or
condition-governed, but required a heightened form of perception, which
one might call Taste, Sensitivity, or Judgement. His full analysis,
however, contained another aspect, since he was not only concerned with
the sorts of concepts mentioned above, but also with a set of others
which had a rather different character. For one can describe works of
art, often enough, in terms which relate primarily to the emotional and
mental life of human beings. One can call them “joyful,” “melancholy,”
“serene,” “witty,” “vulgar,” and “humble,” for instance. These are
evidently not purely aesthetic terms, because of their further uses, but
they are still very relevant to many aesthetic experiences.
Sibley’s claim about these concepts was
that there were no sufficient conditions for their application. For many
concepts—sometimes called “closed” concepts, as a result—both necessary
and sufficient conditions for their application can be given. To be a
bachelor, for instance, it is necessary to be male and unmarried, though
of marriageable age, and together these three conditions are sufficient.
For other concepts, however, the so-called “open” ones, no such
definitions can be given— although for aesthetic concepts Sibley pointed
out there were still some necessary conditions, since certain facts can
rule out the application of, for example, “garish,” “gaudy,” or “flamboyant.”
The question therefore arises: how do we
make aesthetic judgments if not by checking sufficient conditions?
Sibley’s account was that, when the concepts were not purely perceptual
they were mostly metaphoric. Thus, we call artworks “dynamic,” or “sad,”
as before, by comparison with the behaviors of humans with those
qualities. Other theorists, such as Rudolph Arnheim and Roger Scruton,
have held similar views. Scruton, in fact, discriminated eight types of
aesthetic concept, and we shall look at some of the others below.
3. Aesthetic value
We have noted Kant’s views about the
objectivity and universality of judgments of pure beauty, and there are
several ways that these notions have been further defended. There is a
famous curve, for instance, obtained by the nineteenth century
psychologist Wilhelm Wundt, which shows how human arousal is quite
generally related to complexity of stimulus. We are bored by the simple,
become sated, even over-anxious, by the increasingly complex, while in
between there is a region of greatest pleasure. The dimension of
complexity is only one objective measure of worth which has been
proposed in this way. Thus it is now known, for instance, that judgments
of facial beauty in humans are a matter of averageness and symmetry.
Traditionally, unity was taken to be central, notably by Aristotle in
connection with Drama, and when added to complexity it formed a general
account of aesthetic value. Thus Francis Hutcheson, in the eighteenth
century, asserted that “Uniformity in variety always makes an object
beautiful.” Monroe Beardsley, more recently, has introduced a third
criterion—intensity—to produce his three “General Canons” of objective
worth. He also detailed some “Special Canons.”
Beardsley called the objective criteria
within styles of Art “Special Canons.” These were not a matter of
something being good of its kind and so involving perfection of a
concept in the sense of Kant. They involved defeasible “good-making” and
“bad-making” features, more in the manner Hume explained in his major
essay in this area, “Of the Standard of Taste” (1757). To say a work of
art had a positive quality like humor, for instance, was to praise it to
some degree, but this could be offset by other qualities which made the
work not good as a whole. Beardsley defended all of his canons in a much
more detailed way than his eighteenth century predecessor however:
through a lengthy, fine-grained, historical analysis of what critics
have actually appealed to in the evaluation of artworks. Also, he
explicitly made the disclaimer that his canons were the only criteria of
value, by separating these “objective reasons” from what he called
“affective” and “genetic” reasons. These two other sorts of reasons were
to do with audience response, and the originating artist and his times,
respectively, and either “The Affective Fallacy” or “The Intentional
Fallacy,” he maintained, was involved if these were considered. The
discrimination enabled Beardsley to focus on the artwork and its
representational relations, if any, to objects in the public world.
Against Beardsley, over many years,
Joseph Margolis maintained a “Robust Relativism.” Thus he wanted to say
that “aptness,” “partiality,” and “non-cognitivism” characterize art
appreciation, rather than “truth,” “universality,” and “knowledge.” He
defended this with respect to aesthetic concepts, critical judgements of
value, and literary interpretations in particular, saying, more
generally, that works of art were “culturally emergent entities” not
directly accessible, because of this, to any faculty resembling sense
perception. The main debate over aesthetic value, indeed, concerns
social and political matters, and the seemingly inevitable partiality of
different points of view. The central question concerns whether there is
a privileged class, namely those with aesthetic interests, or whether
their set of interests has no distinguished place, since, from a
sociological perspective, that taste is just one amongst all other
tastes in the democratic economy. The sociologist Arnold Hauser
preferred a non-relativistic point of view, and was prepared to give a
ranking of tastes. High Art beat Popular Art, Hauser said, because of
two things: the significance of its content, and the more creative
nature of its forms. Roger Taylor, by contrast, set out very fully the
“leveller’s” point of view, declaring that Aida and The Sound of Music
have equal value for their respective audiences. He defended this with a
thorough philosophical analysis, rejecting the idea that there is such a
thing as truth corresponding to an external reality, with the people
capable of accessing that truth having some special value. Instead,
according to Taylor, there are just different conceptual schemes, in
which truth is measured merely by coherence internal to the scheme
itself. Janet Wolff looked at this debate more disinterestedly, in
particular studying the details of the opposition between Kant and
Bourdieu.
4. Aesthetic attitudes
Jerome Stolnitz, in the middle of the
last century, was a Kantian, and promoted the need for a disinterested,
objective attitude to art objects. It is debatable, as we saw before,
whether this represents Kant’s total view of Art, but the disinterested
treatment of art objects which Stolnitz recommended was very commonly
pursued in his period.
Edward Bullough, writing in 1912, would
have called “disinterested attention” a “distanced” attitude, but he
used this latter term to generate a much fuller and more detailed
appreciation of the whole spectrum of attitudes which might be taken to
artworks. The spectrum stretched from people who “over-distance” to
people who “under-distance.” People who over-distance are, for instance,
critics who merely look at the technicalities and craftwork of a
production, missing any emotional involvement with what it is about.
Bullough contrasted this attitude with what he called “under-distancing,”
where one might get too gripped by the content. The country yokel who
jumps upon the stage to save the heroine, and the jealous husband who
sees himself as Othello smothering his wife, are missing the fact that
the play is an illusion, a fiction, just make-believe. Bullough thought
there was, instead, an ideal mid-point between his two extremes, thereby
solving his “antinomy of distance” by deciding there should be the least
possible distance without its disappearance.
George Dickie later argued against both
“disinterest” and “distance” in a famous 1964 paper, “The Myth of the
Aesthetic Attitude.” He argued that we should be able to enjoy all
objects of awareness, whether “pure aesthetic” or moral. In fact, he
thought the term “aesthetic” could be used in all cases, rejecting the
idea that there was some authorized way of using the word just to apply
to surface or formal features— the artwork as a thing in itself. As a
result, Dickie concluded that the aesthetic attitude, when properly
understood, reduced to just close attention to whatever holds one’s mind
in an artwork, against the tradition which believed it had a certain
psychological quality, or else involved attention just to certain
objects.
Art is not the only object to draw
interest of this pleasurable kind: Hobbies and Travel are further
examples, and Sport yet another, as was mentioned briefly above. In
particular, the broadening of the aesthetic tradition in recent years
has led theorists to give more attention to Sport. David Best, for
instance, writing on Sport and its likeness to Art, highlighted how
close Sport is to the purely aesthetic. But he wanted to limit Sport to
this, and insisted it had no relevance to ethics. Best saw artforms as
distinguished expressly by their having the capacity to comment on life
situations, and hence bring in moral considerations. No sport had this
further capacity, he thought, although the enjoyment of many sports may
undoubtedly be aesthetic. But many artforms—perhaps more clearly called
“craft-forms” as a result— also do not comment on life situations
overmuch, e.g., Décor, Abstract Painting, and non-narrative Ballet. And
there are many sports which are pre-eminently seen in moral,
“character-building” terms, e.g., mountaineering, and the various combat
sports (like boxing and wrestling). Perhaps the resolution comes through
noting the division Best himself provides within sport-forms, between,
on the one hand, “task” or “non-purposive” sports like Gymnastics,
Diving, and Synchronized Swimming, which are the ones he claims are
aesthetic, and on the other hand the “achievement,” or “purposive’
sports, like those combat sports above. Task sports have less “art” in
them, since they are not as creative as the purposive ones.
5. Intentions
The traditional form of art criticism was
biographical and sociological, taking into account the conceptions of
the artist and the history of the traditions within which the artist
worked. But in the twentieth century a different, more scientific and
ahistorical form of literary criticism grew up in the United States and
Britain: The New Criticism. Like the Russian Formalists and French
Structuralists in the same period, the New Critics regarded what could
be gleaned from the work of art alone as relevant to its assessment, but
their specific position received a much-discussed philosophical defence
by William Wimsatt and Monroe Beardsley in 1946. Beardsley saw the
position as an extension of “The Aesthetic Point of View”; Wimsatt was a
practical critic personally engaged in the new line of approach. In
their essay “The Intentional Fallacy,” Wimsatt and Beardsley claimed
“the design or intention of the artist is neither available nor
desirable as a standard for judging the success of a work of literary
art.” It was not always available, since it was often difficult to
obtain, but, in any case, it was not appropriately available, according
to them, unless there was evidence for it internal to the finished work
of art. Wimsatt and Beardsley allowed such forms of evidence for a
writer’s intentions, but would allow nothing external to the given text.
This debate over intention in the
literary arts has raged with full force into more recent times. A
contemporary of Wimsatt and Beardsley, E.D. Hirsch, has continued to
maintain his “intentionalist” point of view. Against him, Steven Knapp
and Walter Benn Michaels have taken up an ahistorical position. Frank
Cioffi, one of the original writers who wrote a forceful reply to
Wimsatt and Beardsley, aligned himself with neither camp, believing
different cases were “best read” sometimes just as, sometimes other than
as, the artist knowingly intended them. One reason he rejected intention,
at times, was because he believed the artist might be unconscious of the
full significance of the artwork.
A similar debate arises in other artforms
besides Literature, for instance Architecture, Theater, and Music,
although it has caused less professional comment in these arts,
occurring more at the practical level in terms of argument between
“purists” and “modernizers.” Purists want to maintain a historical
orientation to these artforms, while modernizers want to make things
more available for contemporary use. The debate also has a more
practical aspect in connection with the visual arts. For it arises in
the question of what devalues fakes and forgeries, and by contrast puts
a special value on originality. There have been several notable frauds
perpetrated by forgers of artworks and their associates. The question is:
if the surface appearance is much the same, what especial value is there
in the first object? Nelson Goodman was inclined to think that one can
always locate a sufficient difference by looking closely at the visual
appearance. But even if one cannot, there remain the different histories
of the original and the copy, and also the different intentions behind
them.
The relevance of such intentions in
visual art has entered very prominently into philosophical discussion.
Arthur Danto, in his 1964 discussion of “The Artworld,” was concerned
with the question of how the atmosphere of theory can alter how we see
artworks. This situation has arisen in fact with respect to two notable
paintings which look the same, as Timothy Binkley has explained, namely
Leonardo’s original “Mona Lisa” and Duchamp’s joke about it, called
“L.H.O.O.Q. Shaved.” The two works look ostensibly the same, but Duchamp,
one needs to know, had also produced a third work, “L.H.O.O.Q.,” which
was a reproduction of the Mona Lisa, with some graffiti on it: a goatee
and moustache. He was alluding in that work to the possibility that the
sitter for the Mona Lisa might have been a young male, given the stories
about Leonardo’s homosexuality. With the graffiti removed the otherwise
visually similar works are still different, since Duchamp’s title, and
the history of its production, alters what we think about his piece.
6. Definitions of art
Up to the “de-definition” period,
definitions of Art fell broadly into three types, relating to
Representation, Expression, and Form. The dominance of Representation as
a central concept in Art lasted from before Plato’s time to around the
end of the eighteenth century. Of course, representational art is still
to be found to this day, but it is no longer pre-eminent in the way it
once was. Plato first formulated the idea by saying that Art is Mimesis,
and, for instance, Bateaux in the eighteenth century followed him, when
saying: “Poetry exists only by imitation. It is the same thing with
painting, dance and music; nothing is real in their works, everything is
imagined, painted, copied, artificial. It is what makes their essential
character as opposed to nature.”
In the same century and the following one,
with the advent of Romanticism, the concept of Expression became more
prominent. Even around Plato’s time, his pupil Aristotle preferred an
Expression theory: Art as catharsis of the emotions. And Burke,
Hutcheson, and Hume also promoted the idea that what was crucial in Art
were audience responses: pleasure in Art was a matter of taste and
sentiment. But the full flowering of the theory of Expression, in the
twentieth century, has shown that this is only one side of the picture.
In the taxonomy of art terms Scruton
provided, Response theories concentrate on affective qualities such as “moving,”
“exciting,” “nauseous,” “tedious,” etc. But theories of Art may be
called “expression theories” even though they focus on the embodied,
emotional, and mental qualities discussed before, like “joyful,” “melancholy,”
“humble,” “vulgar,” and “intelligent.” As we shall see below, when
recent studies of Expression are covered in more detail, it has been
writers like John Hospers and O.K. Bouwsma who have preferred such
theories. But there are other types of theory which might, even more
appropriately, be called “expression theories.” What an artist is
personally expressing is the focus of Self-Expression theories of Art,
but more universal themes are often expressed by individuals, and Art-Historical
theories see the artist as merely the channel for broader social
concerns.
R.G. Collingwood in the 1930s took Art to
be a matter of self-expression: “By creating for ourselves an imaginary
experience or activity, we express our emotions; and this is what we
call art.” And the noteworthy feature of Marx’s theory of Art, in the
nineteenth century, and those of the many different Marxists who
followed him into the twentieth century, was that they were expression
theories in the “Art-Historical” sense. The Arts were taken, by people
of this persuasion, to be part of the superstructure of society, whose
forms were determined by the economic base, and so Art came to be seen
as expressing, or “reflecting” those material conditions. Social
theories of Art, however, need not be based on materialism. One of the
major social theorists of the late nineteenth century was the novelist
Leo Tolstoi, who had a more spiritual point of view. He said: “Art is a
human activity consisting in this, that one man consciously, by means of
certain external signs, hands on to others feelings he has lived
through, and that others are infected by these feelings and also
experience them.”
Coming into the twentieth century, the
main focus shifted towards Abstraction and the appreciation of Form. The
Aesthetic, and the Arts and Crafts movements, in the latter part of the
nineteenth century drew people towards the appropriate qualities. The
central concepts in aesthetics are here the pure aesthetic ones
mentioned before, like “graceful,” “elegant,” “exquisite,” “glorious,”
and “nice.” But formalist qualities, such as organization, unity, and
harmony, as well as variety and complexity, are closely related, as are
technical judgments like “well-made,” “skilful,” and “professionally
written.” The latter might be separated out as the focus of Craft
theories of Art, as in the idea of Art as “Techne” in ancient Greece,
but Formalist theories commonly focus on all of these qualities, and
“aesthetes” generally find them all of central concern. Eduard Hanslick
was a major late nineteenth century musical formalist; the Russian
Formalists in the early years of the revolution, and the French
Structuralists later, promoted the same interest in Literature. Clive
Bell and Roger Fry, members of the influential Bloomsbury Group in the
first decades of the twentieth century, were the most noted early
promoters of this aspect of Visual Art.
Bell’s famous “Aesthetic Hypothesis” was:
“What quality is shared by all objects that provoke our aesthetic
emotions? Only one answer seems possible— significant form. In each,
lines and colours combined in a particular way; certain forms and
relations of forms, stir our aesthetic emotions. These relations and
combinations of lines and colours, these aesthetically moving forms, I
call ‘Significant Form’; and ‘Significant Form’ is the one quality
common to all works of visual art.” Clement Greenberg, in the years of
the Abstract Expressionists, from the 1940s to the 1970s, also defended
a version of this Formalism.
Abstraction was a major drive in early
twentieth century Art, but the later decades largely abandoned the idea
of any tight definition of Art. The “de-definition” of Art was
formulated in academic philosophy by Morris Weitz, who derived his views
from some work of Wittgenstein on the notion of games. Wittgenstein
claimed that there is nothing which all games have in common, and so the
historical development of them has come about through an analogical
process of generation, from paradigmatic examples merely by way of
“family resemblances.”
There are, however, ways of providing a
kind of definition of art which respects its open texture. The
Institutional definition of Art, formulated by George Dickie, is in this
class: “a work of art is an artefact which has had conferred upon it the
status of candidate for appreciation by the Artworld.” This leaves the
content of art open, since it is left up to Museum Directors, Festival
Organizers, etc. to decide what is presented. Also, as we saw before,
Dickie left the notion of “appreciation” open, since he allowed that all
aspects of a work of Art could be attended to aesthetically. But the
notion of “artefact,” too, in this definition is not as restricted as it
might seem, since anything brought into an art space as a candidate for
appreciation becomes thereby “artefactualized,” according to Dickie— and
so he allowed as Art what are otherwise called (natural) Found Objects,
and (previously manufactured) Readymades. Less emphasis on power brokers
was found in Monroe Beardsley’s slightly earlier Aesthetic definition of
Art: “an artwork is something produced with the intention of giving it
the capacity to satisfy the aesthetic interest”— where “production” and
“aesthetic” have their normal, restricted content. But this suggests
that these two contemporary definitions, like the others, merely reflect
the historical way that Art developed in the associated period.
Certainly traditional objective aesthetic standards, in the earlier
twentieth century, have largely given way to free choices in all manner
of things by the mandarins of the public art world more recently.
7. Expression
Response theories of Art were
particularly popular during the Logical Positivist period in Philosophy,
i.e., around the 1920s and 1930s. Science was then contrasted sharply
with Poetry, for instance, the former being supposedly concerned with
our rational mind, the latter with our irrational emotions. Thus the
noted English critic I.A. Richards tested responses to poems
scientifically in an attempt to judge their value, and unsurprisingly
found no uniformity. Out of this kind of study comes the common idea
that “Art is all Subjective”: if one concentrates on whether people do
or do not like a particular work of art then, naturally, there can
easily seem to be no reason to it.
We are now more used to thinking that the
emotions are rational, partly because we now distinguish the cause of an
emotion from its target. If one looks at what emotions are caused by an
artwork, not all of these need target the artwork itself, but instead
what is merely associated with it. So what the subjective approach
centrally overlooks are questions to do with attention, relevance, and
understanding. With those as controlling features we get a basis for
normalizing the expected audience’s emotions in connection with the
artwork, and so move away from purely personal judgments such as “Well,
it saddened me” to more universal assessments like “it was sad.”
And with the “it” more focused on the
artwork we also start to see the significance of the objective emotional
features it metaphorically possesses, which were what Embodiment
theorists like Hospers settled on as central. Hospers, following Bouwsma,
claimed that the sadness of some music, for instance, concerns not what
is evoked in us, nor any feeling experienced by the composer, but simply
its physiognomic similarity to humans when sad: “it will be slow not
tripping; it will be low not tinkling. People who are sad move more
slowly, and when they speak they speak softly and low.” This was also a
point of view developed at length by the gestalt psychologist Rudolph
Arnheim.
The discriminations do not stop there,
however. Guy Sircello, against Hospers, pointed out first that there are
two ways emotions may be embodied in artworks: because of their form
(which is what Hospers chiefly had in mind), and because of their
content. Thus, a picture may be sad not because of its mood or color,
but because its subject matter or topic is pathetic or miserable. That
point was only a prelude, however, to an even more radical criticism of
Embodiment theories by Sircello. For emotion words can also be applied,
he said, on account of the “artistic acts” performed by the artists in
presenting their attitude to their subject. If we look upon an artwork
from this perspective, we are seeing it as a “symptom” in Suzanne
Langer’s terms; however, Langer believed one should see it as a “symbol”
holding some meaning which can be communicated to others.
Communication theorists all combine the
three elements above, namely the audience, the artwork, and the artist,
but they come in a variety of stamps. Thus, while Clive Bell and Roger
Fry were Formalists, they were also Communication Theorists. They
supposed that an artwork transmitted “aesthetic emotion” from the artist
to the audience on account of its “significant form.” Leo Tolstoi was
also a communication theorist but of almost the opposite sort. What had
to be transmitted, for Tolstoi, was expressly what was excluded by Bell
and (to a lesser extent) Fry, namely the “emotions of life.” Tolstoi
wanted Art to serve a moral purpose: helping to bind communities
together in their fellowship and common humanity under God. Bell and Fry
saw no such social purpose in Art, and related to this difference were
their opposing views regarding the value of aesthetic properties and
pleasure. These were anathema to Tolstoi, who, like Plato, thought they
led to waste; but the “exalted” feelings coming from the appreciation of
pure form were celebrated by Bell and Fry, since their “metaphysical
hypothesis” claimed it put one in touch with “ultimate reality.” Bell
said, “What is that which is left when we have stripped a thing of all
sensations, of all its significance as a means? What but that which
philosophers used to call ‘the thing in itself’ and now call ‘ultimate
reality’.”
This debate between moralists and
aesthetes continues to this day with, for instance, Noël Carroll
supporting a “Moderate Moralism” while Anderson and Dean support
“Moderate Autonomism.” Autonomism wants aesthetic value to be isolated
from ethical value, whereas Moralism sees them as more intimately
related.
Communication theorists generally compare
Art to a form of Language. Langer was less interested than the above
theorists in legislating what may be communicated, and was instead
concerned to discriminate different art languages, and the differences
between art languages generally and verbal languages. She said, in brief,
that Art conveyed emotions of various kinds, while verbal language
conveyed thoughts, which was a point made by Tolstoi too. But Langer
spelled out the matter in far finer detail. Thus, she held that art
languages were “presentational” forms of expression, while verbal
languages were “discursive”— with Poetry, an artform using verbal
language, combining both aspects, of course. Somewhat like Hospers and
Bouwsma, Langer said that artforms presented feelings because they were
“morphologically similar” to them: an artwork, she held, shared the same
form as the feeling it symbolizes. This gave rise to the main
differences between presentational and discursive modes of communication:
verbal languages had a vocabulary, a syntax, determinate meanings, and
the possibility of translation, but none of these were guaranteed for
art languages, according to Langer. Art languages revealed “what it is
like” to experience something— they created “virtual experiences.”
The detailed ways in which this arises
with different artforms Langer explained in her 1953 book Feeling and
Form. Scruton followed Langer in several ways, notably by remarking that
the experience of each artform is sui generis, i.e., “each of its own
kind.” He also spelled out the characteristics of a symbol in even more
detail. Discussions of questions specific to each artform have been
pursued by many other writers; see, for instance, Dickie, Sclafani, and
Roblin, and the recent book by Gordon Graham.
8. Representation
Like the concept of Expression, the
concept of Representation has been very thoroughly examined since the
professionalization of Philosophy in the twentieth century.
Isn’t representation just a matter of
copying? If representation could be understood simply in terms of
copying, that would require “the innocent eye,” i.e., one which did not
incorporate any interpretation. E.H. Gombrich was the first to point out
that modes of representation are, by contrast, conventional, and
therefore have a cultural, socio-historical base. Thus perspective,
which one might view as merely mechanical, is only a recent way of
representing space, and many photographs distort what we take to be
reality— for instance, those from the ground of tall buildings, which
seem to make them incline inwards at the top.
Goodman, too, recognized that depiction
was conventional; he likened it to denotation, i.e., the relation
between a word and what it stands for. He also gave a more conclusive
argument against copying being the basis of representation. For that
would make resemblance a type of representation, whereas if a resembles
b, then b resembles a— yet a dog does not represent its picture. In
other words, Goodman is saying that resemblance implies a symmetric
relationship, but representation does not. As a result, Goodman made the
point that representation is not a Craft but an Art: we create pictures
of things, achieving a view of those things by representing them as this
or as that. As a result, while one sees the objects depicted, the
artist’s thoughts about those objects may also be discerned, as with
Sircello’s “artistic arts.” The plain idea that just objects are
represented in a picture was behind Richard Wollheim’s account of
representational art in the first edition of his book Art and Its
Objects (1968). There, the paint in a picture was said to be “seen as”
an object. But in the book’s second edition, Wollheim augmented this
account to allow for what is also “seen in” the work, which includes
such things as the thoughts of the artist.
There are philosophical questions of
another kind, however, with respect to the representation of objects,
because of the problematic nature of fictions. There are three broad
categories of object which might be represented: individuals which
exist, like Napoleon; types of thing which exist, like kangaroos; and
things which do not exist, like Mr. Pickwick, and unicorns. Goodman’s
account of representation easily allowed for the first two categories,
since, if depictions are like names, the first two categories of
painting compare, respectively, with the relations between the proper
name “Napoleon” and the person Napoleon, and the common name “kangaroo”
and the various kangaroos. Some philosophers would think that the third
category was as easily accommodated, but Goodman, being an Empiricist
(and so concerned with the extensional world), was only prepared to
countenance existent objects. So for him pictures of fictions did not
denote or represent anything; instead, they were just patterns of
various sorts. Pictures of unicorns were just shapes, for Goodman, which
meant that he saw the description “picture of a unicorn” as
unarticulated into parts. What he preferred to call a “unicorn-picture”
was merely a design with certain named shapes within it. One needs to
allow there are “intensional” objects as well as extensional ones before
one can construe “picture of a unicorn’ as parallel to “picture of a
kangaroo.” By contrast with Goodman, Scruton is one philosopher more
happy with this kind of construal. It is a construal generally more
congenial to Idealists, and to Realists of various persuasions, than to
Empiricists.
The contrast between Empiricists and
other types of philosopher also bears on other central matters to do
with fictions. Is a fictional story a lie about this world, or a truth
about some other? Only if one believes there are other worlds, in some
kind of way, will one be able to see much beyond untruths in stories. A
Realist will settle for there being “fictional characters,” often enough,
about which we know there are some determinate truths— wasn’t Mr.
Pickwick fat? But one difficulty then is knowing things about Mr.
Pickwick other than what Dickens tells us— was Mr. Pickwick fond of
grapes, for instance? An Idealist will be more prepared to consider
fictions as just creatures of our imaginations. This style of analysis
has been particularly prominent recently, with Scruton essaying a
general theory of the imagination in which statements like “Mr. Pickwick
was fat” are entertained in an “unasserted” fashion. One problem with
this style of analysis is explaining how we can have emotional relations
with, and responses to, fictional entities. We noticed this kind of
problem before, in Burke’s description “delightful horror”: how can
audiences get pleasure from tragedies and horror stories when, if those
same events were encountered in real life, they would surely be anything
but pleasurable? On the other hand, unless we believe that fictions are
real, how can we, for instance, be moved by the fate of Anna Karenina?
Colin Radford, in 1975, wrote a celebrated paper on this matter which
concluded that the “paradox of emotional response to fiction” was
unsolvable: adult emotional responses to fictions were “brute facts,”
but they were still incoherent and irrational, he said. Radford defended
this conclusion in a series of further papers in what became an
extensive debate. Kendall Walton, in his 1990 book Mimesis and Make-Believe,
pursued at length an Idealist’s answer to Radford. At a play, for
instance, Walton said the audience enters into a form of pretence with
the actors, not believing, but making believe that the portrayed events
and emotions are real.
9. Art objects
What kind of thing is a work of art?
Goodman, Wollheim, Wolterstorff, and Margolis have been notable
contributors to the contemporary debate.
We must first distinguish the artwork
from its notation or “recipe,” and from its various physical
realizations. Examples would be: some music, its score, and its
performances; a drama, its script, and its performances; an etching, its
plate, and its prints; and a photograph, its negative, and its
positives. The notations here are “digital” in the first two cases, and
“analogue” in the second two, since they involve discrete elements like
notes and words in the one case, and continuous elements like lines and
color patches in the other. Realizations can also be divided into two
broad types, as these same examples illustrate: there are those that
arise in time (performance works) and those that arise in space (object
works). Realizations are always physical entities. Sometimes there is
only one realization, as with architect-designed houses, couturier-designed
dresses, and many paintings, and Wollheim concluded that in these cases
the artwork is entirely physical, consisting of that one, unique
realization. However, a number a copies were commonly made of paintings
in the middle ages, and it is theoretically possible to replicate even
expensive clothing and houses.
Philosophical questions in this area
arise mainly with respect to the ontological status of the idea which
gets executed. Wollheim brought in Charles Peirce’s distinction between
types and tokens, as an answer to this: the number of different tokens
of letters (7), and different types of letter (5), in the string “ABACDEC,”
indicates the difference. Realizations are tokens, but ideas are types,
i.e., categories of objects. There is a normative connection between
them as Margolis and Nicholas Wolterstorff have explained, since the
execution of ideas is an essentially social enterprise.
That also explains how the need for a
notation arises: one which would link not only the idea with its
execution, but also the various functionaries. Broadly, there are the
creative persons who generate the ideas, which are transmitted by means
of a recipe to manufacturers who generate the material objects and
performances. “Types are created, particulars are made” it has been said,
but the link is through the recipe. Schematically, two main figures are
associated with the production of many artworks: the architect and the
builder, the couturier and the dressmaker, the composer and the
performer, the choreographer and the dancer, the script-writer and the
actor, etc. But a much fuller list of operatives is usually involved, as
is very evident with the production of films, and other similar large
entertainments. Sometimes the director of a film is concerned to control
all its aspects, when we get the notion of an “auteur” who can be said
to be the author of the work, but normally, creativity and craft thread
through the whole production process, since even those designated
“originators” still work within certain traditions, and no recipe can
limit entirely the end product.
The associated philosophical question
concerns the nature of any creativity. There is not much mystery about
the making of particulars from some recipe, but much more needs to be
said about the process of originating some new idea. For creation is not
just a matter of getting into an excited mental state— as in a
“brainstorming” session, for instance. That is a central part of the
“creative process theory,” a form of which is to be found in the work of
Collingwood. It was in these terms that Collingwood distinguished the
Artist from the Craftsperson, namely with reference to what the artist
was capable of generating just in his or her mind. But the major
difficulty with this kind of theory is that any novelty has to be judged
externally in terms of the artist’s social place amongst other workers
in the field, as Jack Glickman has shown. Certainly, if it is to be an
original idea, the artist cannot know beforehand what the outcome of the
creative process will be. But others might have had the same idea before,
and if the outcome was known already, then the idea thought up was not
original in the appropriate sense. Thus the artist will not be credited
with ownership in such cases. Creation is not a process, but a public
achievement: it is a matter of breaking the tape ahead of others in a
certain race.
10. Suggestions for Further Reading
Arnheim, R.1954, Art and Visual Perception.
University of California Press, Berkeley.
A study of physiognomic properties from the viewpoint
of gestalt psychology.
Beardsley, M.C. 1958, Aesthetics, Harcourt Brace,
New York.
The classic mid-twentieth century text, with a
detailed, practical study of the principles of art criticism.
Bell, C. 1914, Art, Chatto and Windus, London.
Manifesto for Formalism defending both his Aesthetic
Hypothesis, and his Metaphysical Hypothesis.
Best, D. 1976, Philosophy and Human Movement,
Allen and Unwin, London.
Applies aesthetic principles to Sport, and assesses
its differences from Art.
Bourdieu, P. 1984, Distinction, trans. R.Nice,
Routledge and Kegan Paul, London.
Studies contemporary French taste empirically, with
special attention to the place of the “disinterested” class.
Carroll, N 1990, The Philosophy of Horror; or,
Paradoxes of the Heart, Routledge, London and New York.
Investigation into the form and aesthetics of horror
film and fiction, including discussion of the paradox of emotional
response to fiction and the paradox of “horror-pleasure”.
Collingwood, R.G. 1958, The Principles of Art,
Oxford University Press, Oxford.
Argues for important theses about Creativity, Art
versus Craft, and Self-Expression.
Cooper, D. E. (ed.) 1995, A Companion to Aesthetics,
Blackwell, Oxford.
Short notes about many aspects of, and individuals in
Art and aesthetic theory.
Crawford, D.W. 1974, Kant’s Aesthetic Theory,
University of Wisconsin Press, Madison.
Commentary on Kant’s third critique.
Curtler, H. (ed.) 1983, What is Art? Haven, New
York.
Collects a number of papers discussing Beardsley’s
aesthetics.
Danto, A. C. 1981, The Transfiguration of the
Commonplace, Harvard University Press, Cambridge MA.
Contains Danto’s developed views about the influence
of art theory.
Davies, S. 1991, Definitions of Art, Cornell
University Press, Ithaca.
Contains a thorough study of the respective worth of
Beardsley’s, and Dickie’s recent definitions of art.
Dickie, G. 1974, Art and the Aesthetic: An
Institutional Analysis, Cornell University Press, Ithaca.
Dickie’s first book on his definition of Art.
Dickie, G. 1984, The Art Circle, Haven, New York.
Dickie’s later thoughts about his definition of Art.
Dickie, G. 1996, The Century of Taste, Oxford
University Press, Oxford.
Contains a useful discussion of Hutcheson, Hume, and
Kant, and some of their contemporaries.
Dickie, G., Sclafani, R.R., and Roblin, R. (eds) 1989,
Aesthetics a Critical Anthology, 2nd ed. St Martin’s Press, New
York.
Collection of papers on historic and contemporary
Aesthetics, including ones on the individual arts.
Eagleton, T. 1990, The Ideology of the Aesthetic,
Blackwell, Oxford.
A study of Aesthetics from the eighteenth century
onwards, from the point of view of a Marxist, with particular
attention to German thinkers.
Freeland, C. 2001, But Is it Art?, Oxford
University Press, Oxford.
Discusses why innovation and controversy are valued
in the arts, weaving together philosophy and art theory.
Gaut, B. and Lopes, D.M. (eds) 2001, The Routledge
Companion to Aesthetics, Routledge, London and New York.
A series of short articles on most aspects of
aesthetics, including discussions of the individual arts.
Gombrich, E.H. 1960, Art and Illusion, Pantheon
Books, London.
Historical survey of techniques of pictorial
representation, with philosophical commentary.
Goodman, N. 1968, Languages of Art, Bobbs-Merrill,
Indianapolis.
Discusses the nature of notations, and the
possibility of fakes.
Graham, G. 1997, Philosophy of the Arts; an
Introduction to Aesthetics, Routledge, London.
Has separate chapters on Music, Painting and Film,
Poetry and Literature, and Architecture.
Hanfling, O. (ed.) 1992, Philosophical Aesthetics,
Blackwell, Oxford.
Summary papers on the core issues in Aesthetics,
prepared for the Open University.
Hauser, A.1982, The Sociology of Art, Chicago
University Press, Chicago.
Major historical study of Art’s place in society over
the ages.
Hjort, M. and Laver, S. (eds) 1997, Emotion and the
Arts, Oxford University Press, Oxford.
Papers on various aspects of art and emotion.
Hospers (ed) 1969, Introductory Readings in Aesthetics,
Macmillan, New York.
Collection of major papers, including Stolnitz and
Dickie on aesthetic attitudes, Hospers on Expression, and Bell, Fry,
Langer and Beardsley about their various theories.
Hospers, J. (ed.) 1971, Artistic Expression,
Appleton-Century-Crofts, New York.
Large collection of historical readings on
Expression.
Kant, I. 1964, The Critique of Judgement, trans.
J.C.Meredith, Oxford University Press, Oxford.
The original text of Kant’s third critique.
Iseminger, G. (ed.) 1992, Intention and Interpretation,
Temple University Press, Philadelphia.
Contains papers by Hirsch, and Knapp and Michaels,
amongst others, updating the debate over Intention.
Kelly, M. (ed.) 1998, Encyclopedia of Aesthetics,
Oxford University Press, Oxford.
Four volumes not just on Philosophical Aesthetics,
but also on historical, sociological, and biographical aspects of
Art and Aesthetics worldwide.
Langer, S. 1953, Feeling and Form, Routledge and
Kegan Paul, London.
Detailed study of the various artforms, and their
different modes of expression.
Langer, S. 1957, Problems in Art, Routledge and
Kegan Paul, London.
Langer, S. 1957, Philosophy in a New Key, Harvard
University Press, Cambridge, MA.
Langer’s more theoretical writings.
Levinson, J. (ed.) 1998, Aesthetics and Ethics,
Cambridge University Press, Cambridge.
Contains papers by Carroll, and Anderson and Dean,
amongst others, updating the debate over aestheticism.
Manns, J.W. 1998, Aesthetics, M.E.Sharpe, Armonk.
Recent monograph covering the main topics in the
subject.
Margolis, J. (ed.) 1987, Philosophy Looks at the Arts,
3rd ed., Temple University Press, Philadelphia.
Central papers in recent Aesthetics, including many
of the core readings discussed in the text.
Mothersill, M. 1984, Beauty Restored, Clarendon,
Oxford.
Argues for a form of Aesthetic Realism, against
Sibley, and with a discussion of Hume and Kant.
Richards, I. A. 1970, Poetries and Sciences,
Routledge and Kegan Paul, London.
Defends a subjectivist view of Art.
Scruton, R.1974, Art and Imagination, Methuen,
London.
A sophisticated and very detailed theory of most of
the major concepts in Aesthetics.
Sheppard, A. D. R. 1987, Aesthetics: an Introduction
to the Philosophy of Art, Oxford University Press, Oxford.
An introductory monograph on the whole subject.
Taylor, R. 1981, Beyond Art, Harvester, Brighton.
Defends the right of different classes to their own
tastes.
Tolstoi, L. 1960, What is Art? Bobbs-Merrill,
Indianapolis.
Tolstoi’s theory of Art and Aesthetics.
Walton, K.L. 1990, Mimesis as Make Believe,
Harvard University Press, Cambridge MA.
A thorough view of many arts, motivated by the debate
over emotional responses to fictions.
Wolff, J. 1993, Aesthetics and the Sociology of Art,
2nd ed., University of Michigan Press, Ann Arbor.
On the debate between objective aesthetic value, and
sociological relativism.
Wollheim, R. 1980, Art and its Objects, 2nd ed.
Cambridge University Press, Cambridge.
A philosophical study of the nature of Art Objects.
Wolterstorff, N. 1980, Works and Worlds of Art,
Clarendon, Oxford.
A very comprehensive study.
Author Information:
Barry Hartley Slater
Email:
slaterbh@cyllene.uwa.edu.au
Department of Philosophy
University of Western Australia
HomePage:
http://www.arts.uwa.edu.au/PhilosWWW/Staff/slater.html
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