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Fuente:
Telos
- Transformaciones de las prácticas artísticas en la era del
capitalismo cultural electrónico.
Nos encontramos frente a un proceso de
transformación profunda de las sociedades avanzadas (esfera del trabajo,
papel del conocimiento, expansión de las industrias de la cultura y la
comunicación) que conlleva desplazamientos clave en cuanto a la función
de éstas en las prácticas de producción simbólica, de la información,
del saber.
El gran reto para las prácticas culturales reside en encontrar su
propio sentido en el curso de una fase avanzada del capitalismo
We are facing a process of profound change in our developed societies (the
workplace, the importance attached to knowledge, the expansion of the
cultural and communications industries) which implies key shifts in terms
of the role afforded these societies in the area of the production of
symbols, information, and knowledge. The challenge cultural practices are
faced with is that of finding their role within our advanced stage of
capitalism
La irrupción de los modos técnicos de la reproducción «variará
nuestra percepción del sentido de lo igual en el mundo» (Walter
Benjamin)
A diferencia de las artes de original, las reproducibles como el cine
permiten una expectación simultánea, una recepción plural
Hay un desplazamiento desde una significación simbólica, heredera
de los sentidos mágico y religioso, hacia una nueva e ineluctable
significación política
El cine nos devuelve la vista sobre lo efímero, sobre lo contingente
y pasajero, sobre la duración, sobre el acontecimiento
El advenimiento real de las sociedades del conocimiento está
vinculado a la emergencia autónoma de las industrias del
conocimiento
El segundo rasgo sería el surgimiento de todo lo que se ha dado en
llamar la “nueva economía”
Estamos en el movimiento “de la cultura hacia la economía”,
convertida la primera en el motor más activo y potente del nuevo
capitalismo
Es un error creer que la metamorfosis del capitalismo en capitalismo
cultural conlleve de modo automático efectos optimizadores
La expansión de las industrias culturales les asegura el primer
puesto en las economías del capitalismo cultural electrónico
Cada vez más el artista debe ser pensado como un trabajador
especializado cualquiera e integrado en equipos de producción
Los establecimientos concebidos para “exponer” y comerciar obras
deberán dar paso a nuevos sistemas de distribución y acceso público a
la experiencia
El gran reto para las prácticas culturales reside en encontrar su
propio sentido en el curso de una fase avanzada del capitalismo
La percepción
del sentido de lo igual
En uno de los más visionarios pasajes de su célebre
artículo sobre la obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica (01), Benjamin proponía
un diagnóstico inquietante. La irrupción de los modos técnicos de la
reproducción, escribía, «variará nuestra percepción del sentido
de lo igual en el mundo».
Una primera lectura de tal afirmación emparentaría
su advertencia con la crisis del único, del original, frente a la copia.
Con el anuncio del desvanecimiento apresurado de ese “auténtico
singularísimo” que, ostentando los caracteres de la unicidad
ontológica que señalaba el aura, se vería ahora avasallado por la
presencia de la serie, de los simulacros multiplicados. Esta es la lectura
más frecuente y conocida del artículo benjaminiano y veríamos su rastro
brillar en, por ejemplo, la hipótesis de un grado xerox de la
cultura sugerida por Baudrillard. Incluso –y por buscar un eco más
lúcido– en esa puntualísima, pero certera como pocas, lectura del pop
que, como al paso de objetivos más patentes, hace Foucault en su pequeño
homenaje a Gilles Deleuze (02).
Si seguimos leyendo el texto benjaminiano, en efecto, vemos muy pronto
que en el pasaje Benjamin no se refiere a algo ya tan evidente, tan
“divulgado”. Benjamin no habla en ese pasaje realmente ni de la
fotografía, ni de la revista ilustrada, ni de los métodos técnicos de
estampación, sino, y muy precisamente, del cine. Y la
variación que se anuncia, en cuanto a «nuestro sentido para lo igual en
el mundo», tiene que ver con dos potencialidades específicas que ostenta
el cine frente a las “artes de original”: la primera, su capacidad de
generar una recepción colectiva, su capacidad de darse para varios
sujetos a la vez, de darse incluso en varios lugares a la vez; la segunda,
su cualidad inaugural en la historia de la percepción, al constituir el
primer escenario posible para la comparecencia efectiva de una
imagen-tiempo (que ontológicamente puede definirse como aquel modo de la
representación que no se da, en el curso del tiempo, como inalteradamente
idéntico a sí, sino como diferencia efectiva que no sólo se distingue
del resto de las singularidades, sino que difiere también de sí misma
con el transcurrir del tiempo).
Analicemos por separado cada una de estas dos cualidades y el distinto
impacto que su puesta en juego introduce, en cuanto a los dispositivos de
producción de imaginario, de representación. Merece quizás la pena
hacerlo pues, si en algo acierto en la indagación que persigo, la suerte
de las transformaciones de las prácticas de producción de sentido en la
era contemporánea tiene mucho que ver, justamente, con la profundización
y el asentamiento de los efectos e impacto de un conjunto de
modificaciones que tuvo probablemente allí su primer atisbo de
inteligencia cumplida.
Recepción colectiva y nuevas tecnologías.
Fijémonos
pues en el primero de esos dos caracteres, la capacidad introducida por
los nuevos dispositivos tecnológicos de distribución social de las ideas
y prácticas artísticas de generar una recepción colectiva, su capacidad
de darse para varios sujetos a la vez, de darse incluso en varios lugares
a la vez
Si Benjamin podía entonces hablar únicamente del
cine –enfatizando por contraste la inadecuación de la pintura para
darse a una recepción simultánea y colectiva– hoy el sistema de las
mediaciones capaces de dar lugar a esa «recepción simultánea y
colectiva» se ha ampliado merced al menos a dos nuevas tecnologías: la
de la televisión y la de Internet
Para lo que aquí nos interesa, la tesis benjaminiana
de la expansión de «nuestra percepción para el sentido de lo igual en
el mundo» no hace sino reafirmarse con esta ampliación de nuevos medios
capaces de generar una recepción colectiva, su capacidad de darse para
varios sujetos a la vez, de darse incluso en varios lugares a la vez (lo
que es más: prácticamente en la desubicación de la casa de cada
cualquiera, más allá de toda “site-especificidad”). Siendo una de
las cualidades del original, de lo aurático, el darse en un único
“aquí y ahora”, hic et nunc, y para un único receptor,
entendemos en qué sentido algo que se da para la recepción colectiva
–de los varios– modifica nuestro sentido para lo igual: hasta
ahora, esa cualidad sólo podía predicarse de aquello que se daba en un
mismo aquí y ahora –hipótesis leibniziana de los indiscernibles–.
El nuevo darse de lo igual de que ahora nos habla Benjamin no
se refiere ya únicamente al parecido “horizontal” de la serie –ese
parecido que, como intuyó Duchamp, sólo se diferenciaría infralevemente (03)– sino justamente a
algo mucho más trascendental y cargado de consecuencias: al igual
de lo percibido por los receptores, por los sujetos de conocimiento y
experiencia. Benjamin insiste explícitamente en ello: si el impacto de la
fotografía sobre las artes de original es grande, mayor indudablemente
será el del cine. Y ello por esa razón fundamental: a diferencia de las
artes de original, las reproducibles al modo del cine permiten una expectación
simultánea, una recepción plural. La semejanza –cualquier forma
de lo igual de la que hablemos– podría entonces empezar a darse ahora
al nivel de la recepción, de la organización de “los públicos” y
las formas de su experiencia estética. Merced a la mediación técnica lo
igual se escenifica ahora al nivel del imaginario social que las
prácticas artísticas producen. Lo igual está en la “experiencia”
que estos nuevos dispositivos son capaces de inducir: se desplaza desde la
territorialidad inicial del objeto producido –la “obra de arte”–,
hasta su nuevo acogimiento en el lugar del sujeto receptor.
Dicho de otra manera, y en breve: lo que Benjamin está detectando es
el lazo inexorable que existe entre la aparición de la reproducción
técnica y el devenir “de masas” de las formas culturales. Lo igual
que introduce el dispositivo técnico no sólo problematiza la
especificidad singularísima del objeto, de la obra: también la propia
singularidad específica del receptor y su experiencia. Lo problematizado
entonces llega hasta la esencia misma del sentido de la cultura en
relación con la reproducción social: derrumba las garantías que el
sistema cultural proporcionaba con relación a la bildung, a la
formación del “individuo”; con relación a la aspiración burguesa a
una especie de destinación formativa (y fruitiva) individualizada de la
cultura para el sujeto individuo, para ese alma bella en que
piensa el romántico como su interlocutor válido, como su lector
prójimo, que habría de oficiar como trasunto necesario del
creador-genio, como él mismo un “individuo singularísimo”.
Me atrevería a añadir que, además, es esta certidumbre (menos
explícita como núcleo de la tesis del ensayo) de «deslizamiento de las
prácticas artísticas hacia el horizonte de las industrias de masas» la
que fundamenta su célebre conclusión final: que el mayor impacto causado
por los medios de distribución técnica en el sentido de la experiencia
artística necesariamente se refiere a su desplazamiento desde una
significación simbólica, heredera de sus precedentes sentidos mágico y
religioso, hacia una nueva e ineluctable significación política. Creo
que, al respecto, el sentido de la intuición benjaminiana no ha podido
hacer sino reforzarse y que, en efecto y cada vez más, es evidente que
ésa es la coyuntura de época en que nos encontramos. Añadiría, acaso,
que la aparición de nuevos dispositivos de mediación y distribución
técnica no ha hecho, desde luego, sino exacerbar su importancia.
Las potencias de una imagen-tiempo
La segunda cualidad del cine –quiero decir: de los
dispositivos técnicos productores y distribuidores de
imagen-acontecimiento– con capacidad estructural para alterar las
condiciones de nuestra percepción de lo igual en el mundo tiene
que ver, como he indicado, con el hecho de ser su tecnología la primera
capaz de poner en juego las potencias de una imagen-tiempo, entendiendo
por tal aquella que sucede, que dura, que no se da de una vez y
para siempre como idéntica a sí, estática
Estructuralmente, es inherente a la naturaleza de la
imagen producida –por su darse en un orden de dimensiones mermadas,
reducidas a las dos propias del espacio– el representar siempre
estáticamente un corte singular de espacio-tiempo. En la órbita del
significante visual la representación de lo que difiere, de lo
que acontece en el tiempo, de lo que transcurre y a cada tiempo sucesivo
escenifica un estado diferenciado, diferido, ese aparecer de la diferencia
no es (no era hasta la aparición del cine) efectuable en el
espacio del significante visual. Es (era) inherente a la estructura
característica de la imagen –como representación de
un corte espacio-temporal singular– el darse de una vez y ya
para siempre como igual a sí
Diría que todos los potenciales asociados
secularmente –incluso tal vez milenariamente– a la imagen dependen
justamente de ese poder de escenificar lo representado como inmóvil, como
perdurando eternamente, como dado para la eternidad bajo una identidad
absoluta y retenida, congelada en el curso del tiempo. Tanto los poderes
mágico-religiosos y antropológicos asociados a este consumo de una
imagen que refleja el mundo detenido, siendo para siempre igual, como los
poderes simbólicos y la promesa de eternidad, de duración, contenida en
la expresión del arte como retención (y memoria: esto es potencia de
repetición) del instante bello, del instante perfecto o logrado
(piénsese en Goethe o en Baudelaire, pero también en Cartier-Bresson),
todos esos poderes constitutivos de la función y potenciales del
significante visual en todas las culturas de la representación dependían
justamente de esa cualidad estructural de la imagen-intemporalizada, de la
imagen como estaticidad, como detenida para siempre, como idéntica a sí
en cuanto al transcurrir del tiempo
En su reflexión sobre el cine Benjamin atribuye a la
«pérdida de la capacidad para retener la imagen como idéntica a sí»
las condiciones de asentamiento de un modo de la percepción
necesariamente distraída. La percepción “concentrada” –aurática–
de la imagen, hecha posible por la pintura por ejemplo, dependía del
carácter inmóvil, mantenido y estático, de su superficie exhibitiva,
significante. En cambio el cine, al ofrecer a la expectación algo que a
cada instante difiere de sí, algo que constantemente cambia y aparece
como dejando de ser, imposibilita esa percepción retenedora de
lo igual, de lo que se repite, de lo que no se diferencia de sí –en
cuanto al tiempo–. El cine nos hace ciegos a lo intemporal, a lo eterno,
a lo que dura sin duración, estáticamente, en identidad inmóvil; pero
también podríamos decir que nos devuelve la vista sobre lo efímero,
sobre lo contingente y pasajero, sobre la duración, sobre el
acontecimiento
Al respecto, sin duda las consideraciones de Bergson,
Broodthaers o Deleuze resultan cruciales (04).
Vemos entonces en qué nuevo sentido la irrupción del dispositivo cine,
como productor y distribuidor de imagen-acontecimiento, trastorna ahora
una cualidad probablemente más profunda, inherente o secularmente
asociada a nuestra experiencia de la imagen: la de darse como de una vez y
para siempre, como eternamente igual a sí, sin que la diferencia en
cuanto al tiempo –es decir, la inscripción en el durar, en el
acontecer– pueda predicarse de su espacio. Diría que aquí, por
supuesto, se alteran de modo fundamental las condiciones de la
expectación, de la lectura, de la contemplación –y que este es un
cambio importantísimo que está alterando las exigencias dirigidas a los
dispositivos organizadores de la difusión social y la presentación
pública de las prácticas de producción significante en la esfera de lo
visual–. E incluso algo más importante: se viene a alterar todo el
complejo sistema articulador de nuestras expectativas en cuanto a la
imagen, a la representación, y su función antropológica; casi diría
que, en última instancia, lo que se modifica en profundidad es el
conjunto de nuestra relación efectiva con los sistemas de signos, con el
sistema general de la representación: el sentido general mismo de la
cultura, entendida como herramienta de conocimiento, interpretación y
actuación mediadora de todo nuestro existir en el mundo
Factores en juego
Por resumir y recapitular el conjunto de sugerencias
planteadas hasta ahora a partir de esta lectura re-emplazada del
artículo benjaminiano, diré que tres van a ser las formas principales en
relación a las cuales veríamos trastornadas las condiciones de
“nuestra percepción de lo igual en el mundo”
La primera –es la lectura ya más clásica del texto
benjaminiano, la posmoderna, digamos– en cuanto a la “revuelta de las
copias”, de los simulacros, de las repeticiones, frente al original que
administraría el poder de verdad, de regulación del valor, sobre la
serie
La segunda –por la emergencia de un sistema de
recepción simultánea y colectiva– la predicación de lo igual
desplazada hacia el espacio de la recepción, de la fenomenología del
imaginario social. Dicho de otra manera, en el contexto de un
desplazamiento de la experiencia de lo artístico desde una epistemología
del sujeto individuo hacia otra que lo es exclusivamente del sujeto
masivo, colectivo.
Finalmente, tercera modificación, en cuanto al tiempo interno propio
de la experiencia artística: ella se dará menos como asociada a la
presencia sostenida de lo idéntico a sí en cuanto al tiempo, menos como
asociada a lo perdurable intemporal, y más en cambio por relación a un
modo del significante que él mismo está sometido al avatar de la
duración, al diferirse mismo del signo en cuanto al tiempo. Dicho de otra
manera: no ligada a actos de la representación fundados en la repetición
eterna de lo mismo, sino en cuanto a la iteración ilimitada del
significante sobre lo que transcurre, en el horizonte por tanto de una
inaugural imagen-acontecimiento, a partir de la tanto tiempo imposible
epifanía en la historia de la representación del acontecimiento, como
aparición fulgurante de la diferencia extendida en el eje del dasein,
del existir del existente, de su darse en cuanto al tiempo.
En mi opinión, a la hora de valorar las transformaciones de la esfera
de la cultura en nuestra época debemos tener en cuenta estos factores,
que si tengo razón afectan a la misma estructura antropológica y
gnoseológica de la experiencia artística. Pero por supuesto, hay
también toda otra serie de factores –geopolíticos, históricos,
económicos, propiamente sociales, tecnocientíficos, etc.– que afecta a
la esfera de lo artístico, como al resto de las esferas que de manera muy
compleja se entreveran tejiendo la espesa interrogación de nuestro
tiempo. Y sobre ellos me gustaría ahora tratar, dando así mínimamente
razón de la enunciación que aparece como subtítulo de este artículo,
para explicar un poco en efecto a qué me refiero cuando hablo de
“capitalismo cultural electrónico”.
Las industrias del conocimiento
En una primera fase, cuando se empezó a hablar de
sociedades de conocimiento, se hablaba de una especie de aplicación
instrumental del conocimiento y de las tecnologías de la informatización
a la mejora de la productividad económica por la vía de la optimización
de los procesos de producción industrial.
Cuando en 1980, por ejemplo, Lyotard se refería a la informatización
del saber y la implantación generalizada del criterio performativo como
criterio de legitimación en las sociedades avanzadas, creo que se
refería sobre todo a algo así. Su tesis de que la informatización del
saber estaba desplazando la pregunta referida al conocimiento desde la
interrogación por su valor de verdad a la pregunta por su valor de
cambio, por su valor económico en última instancia, apuntaba todavía a
esta primera fase de desarrollo de un “capitalismo posindustrial”,
para el que se trataba de enfatizar cómo todo el desarrollo de la
ingeniería del conocimiento –las bases de datos, la aparición del
lenguaje máquina, la primera experiencia del Minitel– estaba
permitiendo una continua optimización de los procesos industriales, una
mejora de la rentabilidad entendida en el sentido de la systemtheorie:
minimización del imput, maximización del output. En
ese primer momento, por tanto y no obstante, la producción de la riqueza
seguía dándose sobre todo en los sectores industriales y productivos,
digamos, por lo que a mi modo de ver tenía sentido referirse a esa etapa
en sentido riguroso únicamente como fase última del capitalismo
industrial, y realmente todavía no de un genuino desarrollo de la
sociedad del conocimiento.
Bajo mi punto de vista el advenimiento real de las sociedades del
conocimiento está vinculado justamente a la emergencia autónoma de las industrias
del conocimiento como tales, éstas principalmente de dos tipos: las
de la informatización y las culturales y de la comunicación. Y si se
quiere a su asociación y convergencia actual en virtud del desarrollo de
la revolución digital, que ofrece una red de canales para su
distribución pública y consumo masivo.
La emergencia de estas industrias del conocimiento como generadoras
autónomas de riqueza ocurre a lo largo de los últimos 15 ó 20 años del
siglo XX, y digamos que su aparición está estrechamente vinculada a la
de las mismas tecnologías que hemos visto trastornan de modo radical la
fenomenología de la experiencia estética –me refiero obviamente a las
tecnologías de la comunicación de masas y muy en particular a la
aparición de Internet–. A su paso, creo que tres son los signos
principales que nos pueden permitir hablar de una fase diferenciada del
capitalismo.
El primero –que afecta al modo de producción y por tanto también
necesariamente a los modos del trabajo– es la transformación de la
esfera del trabajo y el devenir central en ellas de lo que Toni Negri y su
escuela han llamado “trabajo inmaterial”; es decir, un trabajo no
ligado a la producción material de objetos y mercancías, sino sobre
todo, y a partir de la terciarización creciente de las sociedades más
avanzadas, de un trabajo orientado a la producción intelectual y
afectiva, que se dirige a satisfacer (y por supuesto también a inducir,
como cualquier otro mercado) nuestras necesidades en el orden de la vida
psíquica y espiritual, nuestras necesidades de sentido y deseo, de
concepto y pasión, de racionalidad y afectividad. Llamamos trabajo
inmaterial sobre todo a ese amplio espectro de actividad humana de
producción afectiva e intelectiva que cada vez implica y da empleo a
sectores más amplios de nuestra sociedad.
El segundo rasgo sería el surgimiento de todo lo que se ha dado en
llamar la “nueva economía”, algo que prioritariamente tiene que ver
con el desplazamiento de los focos de la actividad económica desde la
productiva a la puramente especulativa, financiera (que según los
analistas ha rebasado de largo a la economía productiva hasta representar
más de los dos tercios de la actividad económica en las sociedades
avanzadas). Obviamente la mundialización de la economía financiera –es
decir, la expansión del ámbito de acción inversora y especulativa a
escala planetaria– y el apoyo instrumental prestado por las tecnologías
comunicativas en tiempo real, muy en particular Internet, a esos procesos
de flujo informativo en el terreno económico, ha tenido una importancia
absolutamente decisiva, por lo que me parece que pueden considerarse
fenómenos intrínsecamente asociados. Frederic Jameson escribe al
respecto: «La desmesurada expansión de los mercados de capital
financiero constituye una característica espectacular del nuevo panorama
económico –cuya posibilidad misma se encuentra ligada a las
simultaneidades inaugurada por las nuevas tecnologías. Aquí no tenemos
que vérnoslas ya con movimientos de la fuerza de trabajo o del capital
industrial, sino más bien con el movimiento del capital mismo». Cuando
esa actividad y ese movimiento se convierte en el soporte de más de un 60
por ciento de la actividad económica, es cuando podemos hablar de acceso
a una nueva fase estructural del capitalismo, para la que éste empieza a
darse únicamente como puro código inmaterial, como mero flujo
informativo, como circulación efectiva de “información”, no ya
vinculado a la propiedad de la industria o de la tierra.
Finalmente, un tercer rasgo estrechamente ligado desde luego a los dos
anteriores, se refiere al extraordinario crecimiento en ese contexto de
las que llamaría industrias de la conciencia, adoptando la denominación
avanzada por Adorno y la escuela frankfurtiana. Según Jeremy Rifkin, «el
20 por ciento de la población mundial más acomodada gasta ya más del 50
por ciento de sus ingresos en acceder a experiencias culturales». Ese
amplio margen de industrias que integra las del ocio, el espectáculo, el
turismo cultural, el entretenimiento, de aventura, las industrias de
experiencia, etc., mueve y concentra en las sociedades más avanzadas
cifras crecientemente importantes. Según Neal Gabler en su polémico pero
bajo mi punto de vista muy interesante ensayo Vida: la película.
Cómo el entretenimiento suplantó lo real, «las industrias de mayor
crecimiento en Estados Unidos son aquellas directamente relacionadas con
el entretenimiento y todo aquello que, de una manera u otra, permite a la
gente escenificar su vida». Michael Mandel, en su ensayo La economía del
entretenimiento, asegura que en Estados Unidos, a mediados de los años
90, el gasto anual en entretenimiento superó ya al de educación. Para
Rifkin, la conclusión es clara: «La producción cultural será el
principal terreno para el comercio global en el siglo XXI. La producción
cultural asciende a la primera posición económica, mientras que la
información y los servicios descienden a la segunda, la industria a la
tercera y la agricultura a la cuarta» (05).
Ulrich Beck, desde planteamientos ideológicamente distantes, coincide
sin embargo en este punto al señalar la importancia creciente en las
sociedades actuales de los dispositivos de construcción de la experiencia
–y el cambio de función que al respecto ostenta la cultura–: «si la
cultura antes estaba definida por las tradiciones, hoy debe definirse como
una área de libertad que protege a cada grupo de individuos y posee la
capacidad de producir y defender su propia individuación» (06).
Si la lucha diaria para tener una vida propia se ha convertido,
según su tesis, en casi la única necesidad colectiva restante en el
mundo occidental, y es ella la que expresa «lo que queda de nuestro
sentimiento de comunidad», estaríamos hablando entonces de un
desplazamiento que no sólo trae la cultura al centro mismo de
organización de la vida en las sociedades del capitalismo actual sino que
también la prefigura como el instrumento por excelencia de toda
posibilidad de construcción de «la democracia radicalizada, para la que
muchos conceptos y fórmulas de la primera modernidad se han quedado
insuficientes».
En este punto parece obligado recordar el análisis iniciado por Debord
con su crítica de la sociedad del espectáculo y su denuncia de cómo con
su asentamiento se produce la expropiación y el distanciamiento de
nuestra experiencia auténticamente vivida. En esa certera crítica se
señalaba con precisión, según Jameson, «el movimiento de la economía
hacia la cultura», el tributo de enmascaramiento, falsificación o
separación de la vida auténtica que para nuestro existir se producía a
costa del espectáculo, definido como «el capital en tal grado
acumulación que se convierte en imagen» (y esto es lo mismo que, de otra
manera, propone Naomi Klein en su conocido No-Logo: el devenir
cultural de la mercancía).
Ahora, sin embargo, y de nuevo citando a Jameson, se trata de otro
movimiento: «el de la cultura hacia la economía», convertida ésta en
el motor más activo y potente del nuevo capitalismo. La vieja separación
teórica entre estructura y superestructura, entre la “realidad
objetiva” de las relaciones de producción y su enmascaramiento por los
discursos y prácticas ideológicas al servicio de los intereses de clase,
entre la vida auténtica vivida directamente y su expropiación por el
espectáculo, deja paso a una situación de inmersión recíproca en la
que las mismas prácticas culturales deben ser contempladas desde la
perspectiva específica de la producción, del trabajo, y no como ajenas
de hecho a la actividad económico-productiva en su conjunto, tal y como
de distintas maneras han mostrado autores tan poco dudosos como Pierre
Bourdieu o Jacques Ranciére. Escribe Ranciére: «Sea cual sea la
especificidad de los circuitos económicos en los que se insertan, las
artísticas ya no pueden ser consideradas como la excepción respecto de
las demás prácticas». Generando valor simbólico o representando su
propio estatuto en el conjunto de la actividad productiva y sus
divisiones, podríamos afirmar que en nuestras “sociedades de riesgo”
las prácticas culturales son las principales detentadoras del encargo
social de producir comunidad y vida propia, de alimentar los procesos de
subjetivación y socialización, y es en ello donde reposa y se articula
todo el potencial de su creciente valor simbólico. No es entonces
necesario insistir en que –para decirlo con Negri– ésta es una
transformación que «afecta en profundidad a la misma reorganización de
la producción a nivel mundial. Cada vez más, los elementos que están
ligados a la circulación de mercancías y servicios inmateriales, a los
problemas de la reproducción de la vida, pasan a ser los problemas
centrales» (07).
El capitalismo cultural electrónico
Estaríamos entonces hablando de una tercera y
profunda transformación estructural de la esfera de la cultura en las
sociedades del capitalismo avanzado que, con propiedad podríamos comenzar
a describir entonces como sociedades del capitalismo cultural
electrónico, dado el papel crecientemente central que en ellas, y
gracias sobre todo al establecimiento de modos de distribución masiva
propiciado por las tecnologías digitales de reproducción, en un espacio
de convergencia de las industrias mediales y del entretenimiento, del ocio
cultural que ocupa la producción simbólica, inmaterial, la producción
intelectiva y pasional, de sentido y deseo, tanto en la organización del
trabajo y la producción como en la misma reorganización general de los
mercados y el consumo.
Al mismo tiempo y por otro lado, debe resultarnos evidente que este
devenir central de tales modalidades de la actividad y la producción
representa en la práctica la absorción plena de las prácticas
culturales y artísticas por parte de las industrias del ocio y el
entretenimiento; y que ello supone probablemente una total impostación de
su sentido y significado, del sentido y significado que hasta ahora les
hemos atribuido, e incluso su depotenciación creciente como instrumentos
de una acción crítica capaz de implementar nuestras expectativas de
aumentar los grados de libertad y justicia social, o los de autenticidad
en los modos de la comunicación y la experiencia.
Como sugerí más arriba, en efecto, sería un gran error pensar que
esta metamorfosis contemporánea del capitalismo en capitalismo cultural
conlleve de modo automático efectos optimizadores de nuestra vida común
(optimizadores de la libertad colectiva, la justicia, la igualdad
ciudadana o la misma intensificación de la experiencia). Antes bien si
acaso lo contrario, y se trata por tanto de repensar críticamente las
prácticas culturales y de producción simbólica en este nuevo marco
estructural, analizando en todo caso bajo la perspectiva de una
historicidad diferenciada su nueva relación consigo mismas, con su esfera
propia, y con la totalidad del complejo sistema social; para desde ese
análisis desplazado refundar nuevas estrategias de resistencia o
desarrollar nuevos dispositivos que puedan oficiar como agenciamientos
críticos en relación a los procesos de construcción de la experiencia,
a los procesos de subjetivación y socialización respecto a los que, en
mi opinión, las prácticas culturales adquieren entonces una nueva
responsabilidad, de enorme alcance político.
El derrumbe generalizado, en efecto, de las grandes máquinas
abstractas de la reproducción social –la familia, la educación, la
religión, la patria, la pertenencia a la tierra, las tradiciones, el
Estado y la Administración como grandes aglutinadores sociales, los
partidos políticos, las organizaciones sociales– asigna a las
industrias del imaginario colectivo –esas “industrias de la
subjetividad”– un enorme poder de organización social, en la medida
en que los procesos de socialización y subjetivación dependen de su
eficacia para generar procesos de identificación, de inscripción en
contextos de comunidad. Lo que entonces está más en juego en las nuevas
sociedades del capitalismo avanzado es el proceso mediante el que se va a
decidir cuáles son, y cuáles van a ser, los mecanismos y aparatos de
subjetivación y socialización que se van a constituir en hegemónicos,
cuáles los dispositivos y maquinarias abstractas y molares mediante las
que se va a articular la inscripción social de los sujetos, los
agenciamientos efectivos mediante los que nos aventuraremos de ahora en
adelante al proceso de devenir ciudadanos, miembros de un cuerpo social.
Hacia un nuevo centro excéntrico
Resumiendo de nuevo lo sugerido hasta aquí, diría
que nos encontramos frente a un proceso de transformación profunda de las
sociedades avanzadas que conlleva desplazamientos clave en cuanto a la
función en ellas de las prácticas de producción simbólica, de las
prácticas culturales. Este desplazamiento profundo puede rastrearse a
través de: primero, una transformación de la esfera del trabajo, que
trae al inmaterial al centro mismo de la actividad productiva. Segundo, en
la conversión del conocimiento, del saber, de la información, en
principal motor del capitalismo avanzado, no sólo en el sentido de las
economías financieras y especulativas sino también en el sentido de la
creciente importancia adquirida por las industrias de producción y
circulación del saber, de las prácticas significantes; transformación
que hace que la importancia de la propiedad asociada a los recursos y
bienes materiales, resulte secundaria frente a la de la propiedad
intelectual, de la información, del saber. Y tercero, la enorme
expansión adquirida por la constelación de industrias de la conciencia,
las industrias culturales, del entretenimiento, del ocio, etc., es tan
importante que su ascenso al primer puesto en las economías del nuevo
capitalismo parece asegurado como última fase del capitalismo avanzado,
dando validez a esa denominación que desde nuestro título proponemos, la
de capitalismo cultural electrónico.
Podemos afirmar (y aquí las dos líneas de reflexión mantenidas en
este artículo vendrán a encontrarse) que sólo en un contexto de
transformación tecnológica de los usos de la imagen y las condiciones de
su recepción y experiencia como el descrito es posible el desplazamiento
de la esfera cultural hacia ese nuevo centro excéntrico de las nuevas
economías del capitalismo avanzado –que está constituido por las
“industrias del sujeto”–. Podría incluso añadir que el conjunto de
tensiones y fuerzas que juegan en todo este proceso de transformación se
refiere más, y de modo más claro, a aquellas prácticas que acierten a
definir sus modos de distribución social bajo tales economías –para
entendernos: lo tiene más fácil y más logrado ya la música o el cine
que las plásticas espaciales; e incluso que el conjunto de
transformaciones que afectan actualmente al conjunto de la
institución-Arte (desde la proliferación expansiva de los museos a la
bienalización creciente del sistema expositivo, o la subordinación de
sus actuaciones al impacto mediático) expresa la respuesta torpe de un
sistema anquilosado que en su autonomía estructural no se encuentra
preparado para un tránsito al que por otro lado, se ve impelido y frente
al cual la consigna de la systemtheorie (sed operativos o
desapareced) sigue apareciendo como un Damocles efectivo. El resultado es
la respuesta enormemente deficitaria que conocemos, frente a la que no
podemos librarnos de una cierta sensación de insuficiencia, de
encontrarnos frente a una institución que viviera en tiempo prestado y a
la que se le reclaman cambios de maneras, estructuras y modos generales de
su darse como institución social muy profundos. Mucho más profundos
incluso de los que parece preparada para adoptar.
Principales desafíos
Una vez situados así en dos frentes el conjunto de
factores que más cruciales me parecen de cara al desencadenamiento de un
proceso de transformación profunda del sentido de las prácticas
artísticas y sus instituciones sociales, querría ahora señalar, muy
sintéticamente y para terminar, algunos de los que me parecen los
“principales desafíos” que esta nueva situación plantea.
El primero de ellos se refiere a la necesidad de repensar al artista
como productor. No más como un individuo ajeno a los procesos y
prácticas sociales, sino como un trabajador o un ciudadano más,
participante de la totalidad de las relaciones e intercambios que marcan
la vida pública y no por tanto ajeno al funcionamiento del tejido
económico-productivo, en el que no actúa ni como un parásito ni como un
chamán liberado, como una especie de casta separada, sino como un cualsea,
como un ciudadano cualquiera. Semejante proceso de homologación ciudadana
obviamente conlleva la retirada efectiva de cualquier residual estética
del genio e incluso de cualquier “ideología estética”
–cualquier presuposición de que en el espectro de las prácticas
artísticas comparece algún modo específico de la verdad del ser–.
Cada vez más el artista debe ser pensado como un trabajador especializado
cualquiera e integrado en equipos de producción (las exigencias de los
nuevos modos de producción superan en muchos casos la idea de obras
producidas unipersonalmente, en la soledad del estudio). Y cada vez más
el suyo es un trabajo de realización colectiva, en el que la autoría se
dispersa en el equipo e incluso en el flujo de su circulación e
intercambio, en el que cualquier participante es un modificador
intertextual, un bricoleur, un poco a la manera del DJ,
del sampleador musical que recoge, remezcla y devuelve al espacio público
su aportación, su recepción intérprete.
La propia idea de autoría, y consecuentemente la de propiedad
intelectual, se ve debilitada aquí por una noción de libre acceso y
circulación de las ideas en las sociedades del conocimiento. En ellas el
espacio de la propiedad intelectual se postula como escenario de una nueva
lucha, de un conflicto profundo entre el derecho de libre acceso al
conocimiento y el derecho de reconocimiento del trabajo del autor como
productor. El cuestionamiento de la autoría y la carga de significado
revolucionario de la cuestión de la propiedad intelectual podría
aparecer como un segundo gran desafío, frente al que, por ejemplo, el
modo de trabajo de los desarrolladores de software libre bajo
licencia GNU me parece extremadamente interesante, y quizás en cierta
forma iluminador de la posible redefinición revolucionaria de las ideas
de propiedad intelectual y autoría.
El tercer reto que quiero proponer tiene que ver con la absorción
plena al seno de las industrias culturales y del sujeto –una
constelación compleja en la que las del ocio, el entretenimiento, la
cultura y lo artístico tienden a fundirse indiferenciadamente– de las
prácticas de producción simbólica, y en particular de las artísticas,
de las que se desarrollan en el horizonte del significante visual. El
mayor desafío que a mi modo de ver se plantea aquí tiene que ver con la
exigencia de un reconocimiento diferencial de las prácticas artísticas
en tanto que productoras de criticidad cognitiva. Bajo mi punto de vista,
es bajo tal exigencia como las prácticas propiamente culturales
encontrarán un sentido diferenciado en el proceso de absorción al seno
de las “industrias del conocimiento”, y el reconocimiento de su
carácter de prácticas productoras de conocimiento es un paso previo, una
propedéutica que incluso exigiría replantear por completo los modos de
la formación desde la que se accede al ejercicio de estas prácticas.
Un cuarto reto tiene que ver con la necesidad de asentar otras
economías de las prácticas artísticas, unas economías que no estén
fundadas sobre una concepción comercial de la obra como mercancía, que
circula por una cadena de intercambios mercantiles. En las nuevas
economías no de comercio, sino de acceso, no se entenderá más al
artista como un productor de mercancías singularísimas destinadas a los
circuitos del lujo en las economías de la opulencia, sino como un
generador de contenidos específicos destinados a su difusión
social. De la misma forma, el resto de los dispositivos en que ahora se
asienta una “economía de las obras como singulares” deberán
evolucionar hacia su nueva “orientación para las masas”, según la
expresión de Benjamin. Los establecimientos y dispositivos concebidos
para la “exposición” y comercio de las obras singulares –las
galerías, los museos, los coleccionistas, las ferias– deberán dejar
paso a nuevos sistemas de distribución y acceso público a la
experiencia, y al consumo, del significante visual. Tanto los modos de
patrimonialización privada –mediante el coleccionismo– como pública,
basados en el intercambio de la “propiedad del original” dejarán paso
a sistemas de regulación del acceso a los contenidos vehiculados por las
prácticas de producción de sentido en el campo del significante visual.
Las propias prácticas actuarán como generadoras de esfera pública,
distribución autónoma y organización autogestionada de sus propias
plataformas de distribución. El papel de las instituciones se desplazará
entonces desde la función de “colección” y “exhibición” a una
cada vez más requerida de producción, de implementación de recursos que
hagan posible la generación autónoma de tales dispositivos y
agenciamientos de distribución –que eviten el imperativo de
rebajamiento de las calidades que se sigue de una regulación sometida a
las exigencias de maximización de las audiencias en un contexto de
cultura de masas. Para resumir este reto en una fórmula más concreta,
diría que se plantea como una exigencia de desplazarse desde economías
de comercio, de mercado, a economías de distribución, de difusión (como
lo son ya las del cine o la música, por citar un par de ejemplos).
Por último, un quinto desafío, con un carácter en realidad más
abstracto: adaptarse a una transformación genérica de la ontología
del signo que hace que se trastorne en profundidad nuestro
sentido de lo igual en el mundo, y que tiende a desplazar la función
de la cultura desde una secular fijada en el establecimiento de
dispositivos para salvaguardar la repetición de lo idéntico, para la memorización
y la reproducción social (la cultura como mnemosyne),
a una nueva función orientada en cambio a la producción de diferencia, a
la generación de novedad, a la invención de conceptos en el sentido
propuesto por Deleuze. En vez de constituirse como memorias de lectura,
como una seriación matricial de efectos repetibles que aseguren la
reiteración del pasado en el presente, (la memoria acumulada de la
humanidad como patrimonio y tradición en cuyo espacio se escribe
obligadamente el despliegue de nuestra vida) los nuevos dispositivos de la
cultura tienden y deberán tender cada vez más a actuar como memorias
de proceso, como dispositivos inductores de novedad, iteradores más
bien del tránsito presente-futuro (y sin duda ello desplaza un interés
creciente sobre la cultura juvenil como, realmente, el único modo futuro
de la cultura).
Si, para terminar, quisiéramos resumir y recapitular todos estos
desafíos en uno principal, sin duda deberíamos decir que el gran reto
para las prácticas culturales reside en encontrar su sentido propio en el
curso de esta gran transformación que viene operándose –como
desarrollo de una fase avanzada del capitalismo–. Tal y como he sugerido
ese nuevo sentido aflorará a partir de su capacidad para definirse como
dispositivos de criticidad en su absorción integrada en las industrias de
la subjetividad. De su capacidad para lograr interponer mecanismos y
dispositivos que permitan agenciar modalidades críticas en los procesos
de construcción de la subjetividad, en los procesos de socialización e
individualización, de producción de sujeto y comunidad.
Y ello a mi modo de ver podrán hacerlo por dos vías principales: la
primera, mediante la interposición de dispositivos “reflexivos” que
permitan evidenciar las condiciones bajo las que los procesos de
representación se verifican en el seno de las industrias del imaginario y
el espectáculo, contribuyendo de esa forma al cuestionamiento crítico de
sus modelos dominantes; y segunda, mediante la generación autónoma de
modelos alternativos, que puedan servir de instrumentos eficaces en cuanto
a los procesos de producción de individualidad y comunidad,
proporcionando nuevas narrativas o nuevos dispositivos intensivos de
experiencia e identificación. En cierta forma, diría que ello es lo que
muchas de las nuevas prácticas vienen impulsando. A la postre, la
respuesta a todos estos retos reposa en la efectividad de su quehacer,
en efecto. Y sobre su acierto en ello, como siempre, la respuesta la dará
el tiempo. Un tiempo en el que, por ahora, no hemos hecho sino comenzar a
introducirnos y en el que sin duda, queda mucho por recorrer.
Bibliografía
BECK, U.: «Vivir nuestra vida propia: individuación,
globalización y política», en Anthony GIDDENS y Will HUTTON (eds): En
el límite. La vida en el capitalismo global, Tusquets, Barcelona,
2001.
BENJAMIN, W: «La obra de arte en la era de la reproductibilidad
técnica», en Discursos Interrumpidos I, Taurus, Madrid, 1999.
DELEUZE, G.: Cine 2. La imagen-tiempo, Paidós, Barcelona,
1985.
FOUCAULT, M.: Theatrum Philosophicum, Anagrama, Barcelona,
1978.
RIFKIN, J.: La era del acceso, Paidós, Barcelona, 2000.
Notas al pie
[1] Walter Benjamin, «La obra de arte en la era de la
reproductibilidad técnica», en Discursos Interrumpidos I,
Taurus, Madrid, 1999
[2] Michel Foucault, Theatrum Philosophicum, Anagrama,
Barcelona, 1978
[3] Recuérdese al respecto la definición duchampiana de lo infraleve:
la diferencia entre una serie de objetos obtenidos todos ellos de un mismo
molde
[4] Véase en particular Gilles Deleuze, Cine 2. La imagen-tiempo,
Paidós, Barcelona, 1995
[5] Todos las citas y datos referidos en este parágrafo han sido
tomados de Jeremy Rifkin, La era del acceso, Paidós, Barcelona,
2000
[6] Ulrich Beck, «Vivir nuestra vida propia: individuación,
globalización y política» en Anthony Giddes y Will Hutton (eds). En
el límite. La vida en el capitalismo global, Tusquets, Barcelona,
2001
[7] Toni Negri, «El G-8 es una caricatura; la globalización exige una
participación de todos» entrevista de Gabriel Albiac, con ocasión de la
publicación de Imperio. En El Mundo, 21 de julio
de 2001.
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