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Sabor a Kitsch

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09 - Oscar Contardo - Al Kitsch le dicen el arte de la felicidad propia del hombrecito medio sin grandes metas intelectuales. Agregan que prolifera en las sociedades de masas, entre los consumistas y los de fortuna reciente. Cierto o no, su colorido y alegría adornan nuestras ciudades, le quitan su telón gris y nos alecciona, a través del método de ensayo y error, sobre la diferencia que hay entre buen gusto y sabor dulzón.

Debieron ser los buenos tiempos. Las vacas gordas que se han ido desnutriendo, pero que le abrieron las puertas a la imaginación. Y la imaginación tenía sabor a kitsch. Un sabor que se hace fuerte en los malls de arriba, los de abajo y los de en medio, que puede ser algo evocador en ciertas obras arquitectónicas y en algunas decoraciones privadas. Desde la mesa de centro abigarrada de figuritas inconexas, hasta las pretensiones paladianas de un restorán. Desde los lánguidos violetas sobre el fondo dorado del santito preferido del chofer de micro, hasta las evocadoras líneas mexicanas de una casa en tierra del fuego. El kitsch es democrático, tiene bastante de consumistas, absolutamente autocomplaciente y totalmente opuesto a lo funcional. Total, para qué hacerse problemas en tiempos en que cualquiera es artista y en los que para ser vanguardia basta con vestirse de negro.

Qué Lindo.

No hay palabra castellana con la capacidad de traducir exactamente lo que la palabra kitsch encierra. El concepto tambalea entre ser sinónimo de mal gusto, y ser una suerte de conformismo artístico. "No es fenómeno denotativo, semánticamente explícito; es un fenómeno connotativo, intuitivo y sutil", explica Abraham Moles en su libro "Kitsch, el arte de la felicidad" (Ediciones Paidós, 1990. Barcelona). Es como buscar una traducción exacta y redonda del chilenísimo "siútico": imposible.

En el alemán que la vio nacer la palabra kitsch tenía el significado de hacer pasar "gatos por liebre", consigna Moles. El gato en este caso, es el producto con aspiraciones de arte serio que a su vez vendría a ser la liebre. Aceptar esta suplantación exige un fuerte grado de conformismo y de convencionalismo. Jaime Hagel —profesor de literatura— afirmaba hace algunos años que el kitsch está conforme con el mundo y su curso que "su pasividad es sinónimo de una felicidad de la que no participamos".

No hay desafío intelectual ni estético, por ejemplo, detrás del típico afiche del niño llorando que tanto se popularizó en loa años ochenta, Tampoco existe un proceso de creación que experimente con esa imagen. Sólo está el niño sufriente de grandes ojos azules y cabeza dorada reproducido una y otra vez en millones de posters adornando paredes en las que seguramente nunca habrá un óleo con apellido. El kitsch es más industrial y más masivo que artesanal y folclórico. Nada más que algo llamativo, algo lindo que en cualquier momento puede ser desechado por otro que esté más de moda o menos gastado. Porque aunque el kitsch traspasa tiempos, formatos —de puede surgir en cualquier soporte: pintura, escultura, televisión, cine, música o literatura—, regímenes políticos y económicos, es indudable que los períodos de prosperidad económica son más fértiles que la forzosa austeridad. Esta es la razón de que la emergencia de la sociedad burguesa potenciara la aparición del kitsch. "El kitsch es creado para el hombre medio, el ciudadano de la prosperidad", advierte Abraham Moles. Y no solamente lo vamos a encontrar en las tierra de "Todo a mil", entre elefantes lilas y margaritas fosforescentes, sino también en las galerías de arte en pequeñas concesiones escultóricas o pictóricas para tranquilizar a las almas comunes, porque al fin y al cabo "el kitsch es permanente, como el pecado".

Si no contamos con una teoría de la estética que nos ocupa, lo mejor es probar derroteros que nos ayuden a configurar ciertas constantes marcadas por el kitsch. Abraham Moles asegura que la solución para lograr distinguir la presencia o ausencia del kitsch pasa por establecer un tipología: "El tipologista al adoptar diversos puntos de vista sobre el fenómeno, y después definir una gran cantidad de ítemes que exhiben el rasgo kitsch, sin plantearse lo que debe entenderse por esto, tratará de ver si entre dos caracteres numéricos, distinguidos de un modo arbitrario, se establece alguna correlación". Moles va construyendo una estructura lógica que se sirve del as matemáticas para graficar las emergencias kitsch. Comienza distinguiendo dos grandes aspectos: los objetos o mensajes unitarios que alojan en ellos "formas, colores y dimensiones calificables de kitsch" y los conjuntos que en su reunión logran el efecto buscado.

Así es como en los objetos aislados distinguimos una frecuencia de las líneas curvas que se distinguen de la "concha barroca" por carecer de cortes o discontinuidades, son largos y sinuosos tallarines que podrían ser definidos matemáticamente como ecuaciones diferenciales complejas. En el ámbito cotidiano podemos encontrarlas de preferencia en el diseño de rejas y de adornos interiores. Estas curvas llenas de vacíos —otra característica del kitsch es el de rechazo a las superficies limpias— cumpliendo con la "idea de la ornamentación a ultravanza", asegura Moles. Esquivando el blanco y el negro el kitsch prefiere juguetear con los colores, las tonalidades del rojo y el rosa, el violeta y 2los lilas lechosos" típicos de los cuadros callejeros, las figuritas esmaltadas y los santitos milagrosos. Asimismo, los materiales son frecuentemente disfrazados: cerámica o plásticos que simula ser mármol, objeto de zinc que pasan por esculturas de bronce". Tampoco está en la naturaleza del kitsch mantener el tamaño natural de lo representado, por el contrario existe una permanente tendencia a la distorsión de los objetos en función de la decoración, ya sea una pintura a la medida del muro, un teléfono con forma de manzana o un edificio con forma de teléfono.

En el caso de los grupos de objetos que forman un conjunto kitsch, Moles distingue cuatro criterios. Chimeneas repletas de figuritas de todos los tipos, procedencias y materiales son el clásico ejemplo del criterio de amontonamiento. "Cada objeto posee una zona propia, estimada por un radio de influencia. Cuando los objetos se multiplican, llega necesariamente un momento en que zonas de influencia empiezan a tocarse: se manifiesta entonces el estilo kitsch". Al amontonamiento se le suma la heterogeneidad de los adornos, lo que en el caso de algunos hogares se ha agudizado por las ventas de suvenires étnico por parte de grandes tiendas. Las semanas de la India, Tailandia o Sudáfrica han logrado que los repujados en cobre o las capillitas de piedra convivan con máscaras tribales y tapices orientales. Por supuesto que la distribución de los objetos carece de la fría funcionalidad utilitaria y responde a un criterio de sedimentación. Porque el verdadero kitsch rara vez es intencional, se va formando a través del tiempo, "implica un desarrollo lento, una acumulación triunfante, trofeos de viaje y testimonios de exotismo, trofeos de ascenso social, pruebas de la seducción que ejerce el mercado y de un pensamiento artístico atomizado que ve con claridad el objeto pero mal el conjunto"

Lo Sagrado y lo Profano.

Para hablar del kitsch religioso en Latinoamérica hay que remontarse a los altares domésticos típicos de todo el continente. "Triangulares, en analogía a la trinidad, los altares son una abigarrada yuxtaposición de todo tipo de parafernalia; son un pastiche personal que ilustra la historia de deseos, lamentos y plegarias. En los altares dejan su marca cada incidente de la vida personal", explica Celeste Olalquiaga en su libro "Megalopolis", Contemporary Cultural Sensibilities" (University of Minnesota Press, 1982). En ellos se mezclan las fotos familiares, con espejos y una profusión de objetos dorados y plateados que dan cuenta de una riqueza simbólica. "Fundamentalmente sincréticos, los altares domésticos rearticulan la historia en función de eventos relevantes para el feligrés".

San Sebastianes plastificados en estampitas, calendarios trinitarios, cristos rubios y sonrosados, grutas celestes y animitas milagrosas, recuerdos de primera comunión, bautizos, etc. forman parte del abundante kitsch religioso. "En la media en que la religión secular utiliza a la emoción estética, recuperándola en provecho propio, se inclina espontáneamente, por razones de eficacia, hacia la mayoría, y por lo tanto hacia la adaptación de las normas artísticas a los deseos latentes de esa mayoría", , explica Abraham Moles. Pero el kitsch sagrado no sólo vive de souvenires y posters marianos. También podemos encontrarlo de maneras menos mercantilistas —hasta trágicas en algunos casos— en las animitas espontáneas y en la decoración de las tumbas en los cementerios, Los enrejados celestes, blancos y rosados que cercan la lápida de algún 2angelito" en los cementerios tradicionales no están ajenos a la estética abigarrada y popular. Hay tumbas adornadas con fotos familiares y hasta con los juguetes favoritos del niño muerto2.

Con mayores recursos los mausoleos familiares recrean versiones de pirámides faraónicas, iglesias gótica y templos romano. Mal que mal, el kitsch no se inventó con los malls.
 

Tal vez sea la globalización, la sobriedad pérdida, las riquezas repentinas o la cultura de supermercado. El punto es que colorinche, llamativo y curvilíneo el kitsch ha echado raíces, y a nosotros no nos queda más que darle la bienvenida y aprender a través de él —aunque sea por ensayo y error— qué es arte y qué golosina para los sentidos.

Fuente: SOHO/ATRIUM

Algo más sobre Kitsch

Palabra alemana de uso universal. Cursi, de mal gusto. Se denomina así a objetos caracterizados por supuesta inautenticidad estética y su formalismo efectista, que persigue una gran aceptación comercial.

El kitsch, como categoría artística, funciona dentro del contexto aristocrático -enjuiciador que determina un “buen” y un “mal” arte... cuanto más productos kitsch hayan, más brillará la apreciación de la autenticidad del arte, como sello de garantía del mismo.
De este modo, se establece que el kitsch no es algo simplemente alejado del arte, sino su antítesis: este estilo posee las características extrínsecas de aquél, pero funciona como su negación.
La esencia del kistch, para los moralistas del arte, consiste en la sustitución de la categoría ética con la categoría estética: el artista o realizador se impone generar no “un buen trabajo”, sino un trabajo “agradable” , dado que lo que más importa es el efecto. El kitsch, según el concepto común que se tiene del mismo, no pretende ni pide nada más a los espectadores que su dinero, ni siquiera su tiempo (tiempo aplicado a la reflexión de la obra, por ejemplo).
Aunque, aún hoy en día, todavía a la producción de kitsch se le mira en menos, considerándosele una forma de mentira artística, cabe resaltar que los intelectuales se encuentran en un proceso de re valoración de este estilo, preguntándose si existe efectivamente una diferencia real entre arte y kitsch; esto a raíz de, por ejemplo, la constatación de paralelos tales como que las vanguardias funcionan imitando los procesos del arte, y el kitsch imitando sus efectos, y de que el kitsch sería la otra cara de la moneda artística: en una sociedad en la que el único lenguaje estético que reciben las masas está modulado ‘en clave kitsch’, se debe reflexionar profundamente sobre su reivindicación.
De este modo, el “arte” y el “kitsch” comienzan a olvidarse como dos polos opuestos y antagónicos.
 


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