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09 - Rafael Iglesia - Fragmento de la ponencia realizada en la apertura del Seminario sobre Arquitectura e Identidad Cultural del posgrado de Historia y Crítica de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires (1989)

Admitamos con Heidegger que la cultura es también un sistema de fines, valores y medios, bienes y acciones que permite a los hombres encontrar su identidad y sentido; creadora y consumidora de objetos, instauradora y lectora de símbolos. Entonces, cada elemento cultural al accionar como modificador de la situación dada, actúa también como significante y su significación se refiere al sentido de su acción en el todo. Si cada cambio del hábitat es un significante, su afinidad con la cultura se medirá por el monto y el contenido de su significación en cuanto referencia al sistema cultural matriz. Recuerdo a Pericles justificando la reconstrucción del Partenón, como símbolo de la cultura helénica; a los parlamentarios británicos pidiendo un Parlamento "nacional", a los republicanos norteamericanos y a los revolucionarios franceses buscando una arquitectura "propia" de la Revolución. Levi-Strauss cuenta en Tristes Trópicos cómo se desculturizó a los amazónicos bororo sacándolos del espacio simbólico de su aldea y alojándolos en un espacio europeizado, para ellos mudo. Antropólogos y sociólogos han aportado evidencias en este sentido (Chombart de Lauwe, Hall, Rapoport, entre otros) y la teoría de Kusch sobre el ‘estar ahí’ americano puede darnos pistas valiosas. Dice Vattimo, estudiando a Heidegger:

Todas las cosas se nos presentan a nosotros ante todo provistas de cierta significación respecto a nuestra vida y nuestros fines

Debemos ser conscientes de esa función significativa de la arquitectura, que no se refiere sólo y necesariamente ni a la historia, ni al paisaje circundante, ni a los materiales, sino que se refiere a la cultura como un todo. Es ésta una función que debemos considerar si queremos actuar en pro de la consolidación de una cultura propia. Esta es una función poética de la arquitectura, la que para transformarse en un criterio guía de la acción no precisa de las categorías europeas ni de la modernidad ni de la novedad.

Retomando el hilo de esta larga reflexión creo que deberemos comunicar, arquitectónicamente, qué es la cultura popular, y qué sentido tiene la arquitectura con respecto a la cultura; reflejar la trama cultural en la que se inserta. Ejemplos: la obra de Frank Lloyd Wright, de Severiano Porto, de Richard Neutra, de Alvar Aalto, de Carlos Mijares. Más claros aún: los ejemplos pictóricos de Orozco, Ribera y Siqueiros en México.

Pero no olvidemos que el lenguaje usado por la arquitectura no es literario (digital) sino analógico, configuracional, y que es posible elaborar poéticas destinadas a guiar las decisiones configuracionales (algo así como los órdenes clásicos y lo que Summersson llamó "El lenguaje de la arquitectura clásica"); así como hay reglas para calcular la resistencia y la forma de los elementos estructurales.

En su praxis disciplinar la arquitectura desempeña una función cultural que no puede reducirse al pragmatismo de la instrumentación de espacios adecuados a determinadas actividades. Elaboremos una ideología arquitectónica que tenga en cuenta los valores de significación cultural, dentro de la cual lo que he llamado poética puede ser definido como un conjunto de criterios de diseño orientado a conseguir configuraciones culturalmente significativas.

(…)

Las obras culturalmente desarraigadas como mensaje refieren a una cultura "otra" cuyo conocimiento, verídico o ilusorio, alientan, y cuyos valores son asumidos acríticamente como superiores.

Veamos el caso del Teatro Colón de Buenos Aires (que quizá sea muy similar al de los otros teatros líricos latinoamericanos). Según la Memoria de su último proyectista, el Arq. Víctor Meano, y de acuerdo a los testimonios periodísticos y literarios de fin de siglo, la imagen del teatro refería a: ópera, música, ballet; clase alta dirigente, opulenta y semimestiza; lujo, alta cultura europea por un lado y por el otro melomanía de las clases medias bajas de inmigrantes.

Esta imagen desentonaba con la trama de la cultura popular general, a tal punto que muchos años después de la década del cuarenta, el peronismo abrió simbólicamente las puertas del teatro (las de sus zonas más lujosas y reservadas) a las clases populares y se escuchó tango y folklore con los músicos y el público en mangas de camisa; predicando así el rechazo de la situación anterior y la apropiación de todo el territorio del teatro por los grupos hasta entonces excluidos. He aquí un ejemplo claro de disfunción cultural, que ya había sido señalado en 1866 (para el primer Teatro Colón) por Estanislao del Campo en su ‘Fausto’.

Un modo de plantearse estos complejos procesos comunicativos es preguntarse, frente a una obra arquitectónica: ¿qué es? ¿Cuál es la filogénesis de su significación? ¿Qué nos dice este proceso gestatorio que la obra es?

Veamos otro ejemplo: el de la fachada de la Catedral de Buenos Aires, construida ante la vieja iglesia colonial en la primera mitad del siglo XIX. Hasta un escolar sabe que se trata de un pórtico griego. Esta definición identificatoria surge de un proceso de generación configuracional ocurrido en un determinado contexto histórico-cultural dado por la Grecia clásica, los órdenes griegos, su recopilación por Vitrubio, su incorporación a los tratados renacentistas, el neoclasicismo de Winkelmann, etc; que le provee a la entrada de la Catedral de un significado: "pórtico griego". El contexto receptor, de manera más o menos comprensiva, legitimiza ese significado (el pórtico no sería ni griego ni clásico para un esquimal o para un papú de Nueva Guinea; quizá tampoco lo fue para los gauchos que por aquel entonces visitaban la Plaza de la Victoria)

Verdad de perogrullo: el significado de la obra, tanto para el configurador como para el espectador o usuario, nace en un contexto y ocurre en un contexto cultural. Si el significado nace del contexto cultural propio (matricial o matriz), la obra (aún innovando o subvirtiendo, como la poesía respecto a la prosa) reforzará con su mensaje a la identidad cultural.

Invirtiendo el proceso: la identidad cultural se instrumentaliza cuando la cultura matriz es usada como contexto semántico de las formas construidas. En cuanto a la relación identidad cultural-obra, la definición descriptiva no nos dice mucho, la definición funcional nos dice mucho cuando se refiere a usos, necesidades, recursos y finalidades en un momento dado; la definición significativa nos da la información básica para cualquier consideración de la identidad cultural. Siguiendo el razonamiento de Bateson se puede decir que las formas del entorno son transformas (de la gramática transformacional: estructura superficial de una frase u oración, que resulta de la transformación de su estructura básica) de mensajes culturales (podrían ser también transformas de formas culturales, como lo son las tipologías); si el mensaje proviene de una cultura foránea será ajeno y si se refiere al contexto de la cultura matricial será propio, aunque utilice signos ajenos, por ejemplo la fachada de la iglesia del Pilar, en Buenos Aires, a pesar del uso del tratado de Serlio; la iglesia de Ntra. Sra. de Fátima, en Martínez (Arq. Claudio Caveri y Eduardo Ellis, 1956), a pesar de su traza miesiana.
 

He hablado de contexto, de sistema, de acción, concluyo: en este tema no hay meditación del ser sin meditación del hacer. Ser y hacer parecen corresponderse con dos dimensiones de la cultura: la sincrónica y la diacrónica. En la dimensión sincrónica resalta la estructura interna: elementos, agentes, relaciones entre ellos. Esta dimensión se analiza descriptivamente (la antropología lo ha hecho muy bien); la segunda dimensión implica la acción (el actuar); la estructura anterior más operaciones, motivos, necesidades, medios, fines, el azar y la interacción con el entorno; en fin, el acaecer histórico. Es decir, no se trata de buscar definiciones ontológicas, la cosa en sí, sino definiciones de situación de un hecho con respecto a una constelación de otros hechos.

Puedo ir más allá y proponer que la tarea del arquitecto, del urbanista (en general del artista) con respecto a la identidad cultural, sea la de descubrir y exponer (intuitiva o racionalmente, consciente o inconscientemente) la belleza existente en la imagen cultural propia.
 


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