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VIDA
Leopoldo Lugones nació en la Villa de María del Río Seco,en la provincia argentina de Córdoba,un sábado 13 de junio de 1874. Los Lugones se preciaban ya de ser una familia cordobesa de antiguo linaje, su ascendencia criolla se remontaba al Perú del siglo XVI, y sus abuelos conocieron la Argentina de los primeros años de la independencia. Desde niño Lugones convivió con los nombres de los próceres y fundadores de la Patria, familias ligadas por parentesco o amistad con la suya. Esta diferencia con los hijos de los emigrantes extranjeros, que el adoptó como un rasgo de hidalguía aristocrática, fue quizás determinante en el nacionalismo extremado que profesó políticamente. Aprendió las primeras letras de la mano de su madre doña Custodia Arguello y de ella recibió una educación católica estricta. Más tarde concurriría a la pequeña escuela de Ojo de Agua dirigida por Miguel Novillo donde recibió su enseñanza: ortografía, letra redonda y matemáticas rudimentarias. Cursa el bachillerato en el Colegio Nacional de la ciudad de Córdoba, en donde destacó tanto por su aplicación como por su rebeldía. Y es en esa ciudad provinciana donde se iniciará a los dieciocho años en el periodismo y en la literatura. Las primeras actividades literarias de Lugones se desarrollarán en el marco de un periódico liberal, Pensamiento Libre, anatemizado por ateo, anticlerical y anarquista. Es entonces cuando funda en Córdoba el primer centro socialista, y en 1898 decide instalarse en Buenos Aires. Rubén Darío lo encontró en esos años en la capital argentina y lo describió como un muchacho bizarro de veintidós años, de chambergo y anteojos y lo definió como "fanático y convencido incontestable". Su trabajo esporádico en distintos diarios porteños se verá reforzado por un empleo en Correos que no le durará demasiado tiempo. Una ocupación singular: hace la crónica de sucesos en el diario La Montaña. Más tarde ingresa en el ministerio de Instrucción Pública y en pocos años accede al empleo d inspector de enseñanza media. Su actividad política no cesa, pese a su rápido abandono del socialismo, y en 1903 apoya la candidatura del conservador Quintana para la Presidencia de la República. Para entonces ya era conocido en Buenos Aires como poeta, orador y polemista. Revistas importantes como La Biblioteca que dirigía Paul Groussac, publican capítulos de la Guerra Gaucha y Las Montañas de Oro desde 1897, año en que nace su único hijo. Entre 1896 y 1903 desarrolla su actuación socialista, en compañía de quienes serían también escritores importantes dentro de la literatura argentina, como el historiador Roberto Payró, Alberto Gerchunoff autor de Los Gauchos Judíos, Manuel Ugarte y José Ingenieros. Es entonces un militante exaltado que se rebela contra el orden social impuesto por la oligarquía gobernante. En el Ateneo de Buenos Aires lee una conferencia-manifiesto titulada Profesión de fe que es saludada como subversiva e incendiaria y el periódico la Vanguardia la describe así: "Canta a la ciencia, y a la igualdad, fulmina el dios Millón, desprecia al clero, espera de la agitación del pueblo, excita a la lucha por la idea, pinta sus dolores y predica su triunfo". Pero es ese mismo periódico socialista el que publicará la expulsión de Lugones del Partido Socialista por inconsecuencia, medida que suscitará la protesta del escritor en nombre de los servicios prestados a la causa. Tres años después, en 1906, Lugones hace su primer viaje a Europa tras el éxito de su primera reunión de poemas importantes Los crepúsculos del jardín. Viaje que repetirá en 1911 después de Lunario sentimental. Dos salidas al extranjero, obligadas en un argentino que se precie, que tienen cierto paralelismo con los dos viajes adolescentes de quién sería su mejor discípulo: Jorge Luis Borges. Salvando las distancias, tanto en Borges como en Lugones el regreso a su país incrementa el interés de ambos escritores por los temas nacionales. Borges al regresar publica Fervor de Buenos Aires y se interesa por la literatura gauchesca. Lugones escribe varias conferencias sobre el Martín Fierro que constituirán su libro el Payador y publica otro sobre Sarmiento. Pero aún volverá a viajar en 1913 enviado por el diario La Nación, ya en los umbrales de la guerra mundial. Cuando muere Rubén Darío, está otra vez en Buenos Aires, es su viejo amigo y maestro al que homenajea en una oración fúnebre en la que le llama "mi hermano en el misterio de la lira" En 1920 publica "Mi beligerancia", un libro de panfletos doctrinarios que lo aleja cada vez más del joven socialista que fue y lo acerca al incipiente nacionalismo ultra argentino, calcado del fascismo italiano y de los movimientos belicistas europeos. Pero la política no es su única pasión, Lugones se sigue interesando por la ciencia y de este interés surge su libro "El tamaño del espacio"(1921) que versa sobre la física moderna, influencia de estos estudios los veremos también en muchos de sus cuentos fantásticos que merodean la ciencia ficción. Escribe también como un simbolista tardío las páginas de "Las horas doradas(1922). Pero el gran escándalo tendrá lugar un día de julio de 1923, cuando Lugones pronunciara una incendiaria conferencia en el teatro Coliseo de Buenos Aires titulada "Ante la doble amenaza". La virulencia de sus palabras y el tono exaltado de sus ideas provocarán la repulsa de las fuerzas democráticas que comienzan a verle como un peligro. Los diarios más progresistas lo presentan como un nacionalista que copia los peores modelos extranjeros . El líder socialista Alfredo Palacios lo llama chauvinista. Pese a ello sus actividades no decrecen, y mientras escribe verso, prosa o se dedica a los estudios helénicos, prosigue su campaña a favor de una dictadura derechista que llegará en 1930 con el golpe militar del general Uriburu, que acaba con el gobierno constitucional del viejo caudillo radical Hipólito Yrigoyen. Su importancia en la trama civil del golpe le trajo el rechazo de muchos intelectuales, algunos de los cuales habían sido sus amigos de juventud. Y en el círculo de los escritores más jovenes, entre los que se encontraba Borges que no llego nunca a visitarlo, tambien se le atacaba con dureza. Era el poeta del régimen, el poeta burocrático el intelectual de la oligarquía. Pero sin embargo los jóvenes acabarán reconociendo en él al gran escritor, sobre todo tras su muerte. Hizo falta que desapareciera el hombre que atraía la polémica, para que su obra fuera considerada con serenidad. Y decepcionado por la marcha de la historia política argentina y quizás desengañado, una vez más de sus ideas políticas, se suicida el 18 de febrero de 1938 en la habitación de un hotel en el tigre una localidad cercana a Buenos Aires. Lo hace un año después del suicidio de Horacio Quiroga, mezclando arsénico y whisky.
SITUACIÓN POLÍTICA CULTURAL DE ARGENTINA : (1874-1938) Cuando Lugones vio la luz en Villa María del Río Seco se había producido una revolución en Argentina encabezada por el general Mitre (24 de septiembre de 1874). Los mitristas sostenían que había habido fraude en las elecciones que dieron el triunfo al Dr. Nicolás Avellaneda, brillante escritor y orador. Avellaneda realizó un buen gobierno. En 1876 encomendó al general Julio Argentino Roca una campaña contra los indios del desierto. La campaña culminó en 1879 y significó la solución definitiva del problema indígena y el fin de los malones que arrasaban estancias y pueblos enteros. Cuando se aproximaron las elecciones, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Tejedor, hizo una revolución para alcanzar la presidencia. La revolución fue vencida y el presidente Avellaneda aprovechó la ocasión para hacer declarar por el Congreso a la ciudad de Buenos Aires capital federal de la república el 21 de septiembre de 1880. La capital de la provincia pasó a ser capital de todas las provincias. Un pleito secular, fuente de innumerables guerras civiles, se solucionó para siempre de este modo puede decirse que el Dr. Juan Bautista Alberdi puede decirse que dio a la Argentina su Constitución y su capital. Elegido el general Roca el país entró en una era de enorme riqueza y progreso. Se votó la ley del Registro Civil y la enseñanza laica. Las relaciones con la Santa Sede estuvieron interrumpidas desde 1884 hasta 1900. La educación recibió grandes impulsos. En 1886 le sucedió su concuñado, el Dr. Miguel Juárez. Su gobierno coincidió con una euforia comercial y económica que encontró la crisis mundial de 1890. Hubo gran cantidad de quiebras; se produjo el pánico en la bolsa; el pueblo protestó en manifestaciones; Leandro Alem, tribuno, poeta y periodista, fundó la Unión Cívica Radical que organizó una revolución armada. Juarez Celman logró dominarla, pero tuvo que renunciar a la presidencia y la sucedió el vicepresidente, Dr. Carlos Pellegrini, fundador del Banco de la Nación, de la Caja de Conversión, del Jockey club, de la Escuela Superior de Comercio, del museo Histórico Nacional, del Jardín Botánico y del Jardín Zoológico. En 1892, entró a gobernar el Dr. Luis Sáenz Peña, hombre de talento, pero de carácter difícil, que tuvo que hacer frente a la presión política del partido radical, fundado por Alem y dirigido, después de su suicidio, en el 1896, por su sobrino, Hipólito Yrigoyen. Entre 1895 y 1898 fue presidente el Dr. José Evaristo Uriburu. El país vivió una época de abundancia y se inauguraron los edificios de la Facultad de Medicina y del Museo de Bellas Artes. Roca volvió a ser elegido en 1898. Gobernó hasta 1904 y solucionó definitivamente la cuestión de límites con Chile. Fue sancionada la ley del servicio militar obligatorio y se tomaron medidas de expulsión contra los primeros anarquistas que llegaron al país y empezaron a colocar bombas. El Dr. Manuel Quintana gobernó de 1904 a 1906. Tenía 80 años. Los ferrocarriles se extendieron grandemente, la inmigración y la riqueza aumentaron. A su muerte le sucedió el vicepresidente, de 45 años, Dr. José Figueroa Alcorta. El congreso quiso obstaculizar su acción gubernativa, pero él le cerró y el público aplaudió la medida. Reformará la marina de guerra, que fue la primera de América del Sur, hizo frente a los atentados de los terroristas y presidió los festejos del centenario de la independencia, en 1910. A ellos concurrió, en la presentación del rey de España, Alfonso XIII, la infanta Doña Isabel. El 12 de Octubre de 1910, comenzaron a gobernar el presidente Dr. Roque Sáenz Peña y el vicepresidente Dr. Victorino de la Plaza. Sáenz Peña, hijo del expresidente Luis Sáenz Peña, había combatido como voluntario en Perú y la guerra contra Chile, y era hombre de gran talento. Comprendió que las aspiraciones del partido radical, tendentes a implantar el voto obligatorio, libre y secreto, eran justas y logró la promulgación de la ley electoral en Febrero de 1912. Las primeras elecciones de diputados dieron el triunfo al partido radical en 1914. Las segundas elecciones, para presidente, llevaron al poder a Hipólito Yrigoyen, jefe del partido radical. El país tenía entonces unos ocho millones de habitantes, de los cuales millón y medio vivía en Buenos Aires. Antes de estos hechos, en 1914, murió Roque Sáenz Peña y le sucedió el vicepresidente V. de la Plaza. Tanto él como Yrigoyen mantuvieron neutral la república durante la primera Guerra Mundial. El radicalismo transformó la política y desplazó a los partidos conservador, demócrata progresista y socialista. Fue muy discutido por la extraña personalidad del presidente que tuvo que hacer frente a huelgas obreras, algunas muy serias como la llamada Semana Trágica del 9 al 12 de Enero de 1919. No obstante, el país siguió avanzando en su riqueza y en su cultura. A Yrigoyen sucedió, el 12 de Octubre de 1922, el Dr. Marcelo T. de Alvear, del partido radical, pero de principios conservadores. Su gobierno mereció grandes elogios por sus grandes obras. Las elecciones de 1928 llevaron otra vez a la presidencia a Hipólito Yrigoyen. El viejo presidente había cambiado mucho y estaba rodeado por otra gente, muy inferior a la de su primera presidencia. Su gobierno coincidió con la crisis mundial de esos años. Los desaciertos fueron graves. En las elecciones de renovación de la Cámara de diputados triunfaron ampliamente los socialistas. El pueblo estaba cansado de conservadores y de radicales Yrigoyenistas. El 6 de Septiembre de 1930 estalló una revolución dirigida por el general José Félix Uriburu, hombre de cultura y de sanas ideas. El gobierno de Uriburu salvó al país de muchos desastres y convocó elecciones el 8 de Noviembre de 1931. POESÍA Carlos Obligado preparó en 1942 una excelente antología de la antología de Leopoldo Lugones (Antología poética), que había estudiado con mucha admiración en su libro La Cueva del Fósil. Su exegeta no puede dejar de comentar sus estudio con una mención a la Versatilidad que todos los críticos han señalado como característica de la obra poética de Lugones. Versatilidad que debemos aplicar fundamentalmente a sus tres primeros libros libérrimos: Las Montañas del Oro, Los crepúsculos del jardín y Lunario sentimental, que constituyen un primer ciclo en su obra. Por su parte los siete restantes, mucho más coherentes entre sí, pueden constituir un segundo ciclo que coincide con la adopción de una ideología reaccionaria y que cantan sobre todo a la patria y al hogar. Curiosamente Obligado le reprocha, leve pero memorioso, el no haber tenido una mayor preocupación religiosa, de esa manera, se hubieran completado la trinidad emblemática del pensamiento reaccionario: Dios, patria y hogar. Las Montañas de Oro se publican en 1897, y está escrito entre los veinte y los veintidós años de Lugones. En él quedan evidentes las grandes devociones que profesaba el poeta en ese tiempo: Walt Whitman, Víctor Hugo, los Salmos, y también dos poetas argentinos muy diferentes, Olegario de Andrade y el populista Almafuerte. Estos, junto a Homero y Dante, constituyen la Asamblea de próceres líricos que integran el tomo. Una retórica atrevida <<trompetería de combate>> dice Obligado, para un pensamiento libertario y cuasi socialista. La <<Introducción>> que tuvo el elogio de Paul Groussac, fue definida como capaz de <<movilizar en profundas metáforas un ritmo cósmico que estrecha vínculos con un ritmo humano, biológico, rasgos transitados desde el Prometeo de Andrade, con idéntica propensión magnificente>>. Pero no es un canto meramente ornamental como puede parecer a simple vista, ya que su modernismo está respaldado por una constante exaltación de la justicia, que aparece como meta optimista en su profecía que no deja de tener tintes mesiánicos. Usa el alejandrino con destreza., y nos hace saber que conoce bien a Poe. Su verso libre e incluso su prosa, esconde siempre endecasílabos. El libro está dividido en tres ciclos, en el último, constituido por el suntuoso poema Las Torres el poeta aparece como centro y motor de la lucha que predica. Los crepúsculos del jardín, aparece ocho años después con un Lugones distinto al anterior. Se trata de un libro próximo a la estética decadentista, donde la influencia de los parnasianos y en especial de Samaín es muy clara. Sensualidad verdeniana, y lo que hoy podríamos llamar <<vencianismos>> están mezclados con sentimientos de soledad y tristeza como ejemplariza su poema <<El Solterón>>. Abundan los sonetos, aunque también utiliza la quintilla o el verso libre. Lunario sentimental (1909) es sin duda el más importante de sus libros poéticos, y quizá por eso fue la piedra angular del escándalo durante muchos años. <<Un libro entero dedicado a la luna. Especie de venganza con que sueño casi desde mi niñez, siempre que me veo acometido por la vida>>, dice el poeta defendiéndose de los ataques que recibió al publicar primero su poema <<Himno a la Luna>>, cinco años antes , en el que la crítica veía, y veía bien, una hostilidad a la realidad de la que no se salvaba ni la misma luna, despojada ya de los atributos míticos que la habían concedido los románticos. Lugones inicia así con este libro la después tan alardeada <<Deshumanización del arte>>. Y la inicia con un libro atraviliario en el que hay <<conceptos singulares y versificación extraña>>. Un lenguaje eléctrico , en el que entran términos de la física y de la química, neologismos, voces dialectales, junto a una rima caprichosa y sorpresiva, llena de diversidades métricas, además de un tono desenfadado, irónico, y desmitificador hacen que <<Lunario sentimental>> suscitara reacciones de extrañeza en la poesía argentina de su época. Libre provocador por excelencia tardó en ser considerado como fundador de la poesía moderna en castellano. Antes recibió la crítica brutal. Con Odas Seculares, escrito en 1910 para celebrar el primer centenario de la independencia argentina, inicia Lugones ese segundo ciclo de su obra poética donde patria y hogar son los temas de su verso. La patria, las cosas útiles y magníficas, las ciudades y los hombres, son las metas de sus odas. Algunos de sus exegetas prefieren este libro a los atrevimientos de Lunario Sentimental, quizá por su clasicidad formal y por la temática que tenía antecedentes en Andrés Bello y en el mismo <<Canto a la Argentina>> de Rubén Darío; temática que Lugones profundiza y extiende en este libro amplio, en el que entona el verso gaucho, el énfasis épico, la exaltación de la flora y la fauna de las pampas, todo con ese espíritu nacional que contagia las celebraciones de países muy jóvenes. El Libro Infiel (1912) es el libro de amor a la esposa, Juanita González, en el que la poesía amorosa le devuelve a su segundo libro Los crepúsculos del jardín, aunque el carácter estrictamente conyugal de ese amor empañe la emoción decadente que había en sus poemas simbolistas. Cinco años después aparece En libro de los paisajes (1917) que retoma el espíritu de una de las partes de Odas Seculares: la <<Oda a los ganados y las mieses>>. El poeta se dedica a la observación de los pájaros, influido por el italiano Pascoli, y expresa en este libro <<los momentos poéticos>> del campo argentino, representado en muchos de sus pájaros, las lluvias, el mar, y hasta el granizo. Las horas doradas (1922) se abre con un poema filosófico<< El Dorado>> que a cierta critica le recuerda el poema <<If>> de Kipling y en general repite el tono del libro anterior en el que el poeta contempla la naturaleza y la describe con serenidad. En 1924 se publica su Romancero que recibirá la mordaz burla de los jóvenes ultraístas que lo rebautizan Romancero. Es un libro variado, lleno de experimentos, juegos y hasta autoburlas, en el que a veces reitera modelos de sus libros anteriores y otras intenta motivos de actualidad, como los deportivos, u homenajes históricos-legendarios. Por fin Poemas Solariegos (1927) y el volumen póstumo Romances del Río Seco completan la obra poética de Lugones. Ambos son los libros más <<argentinos>> de Lugones, junto con Odas Sepulares, y es por eso que reciben el aplauso de sus exegetas nacionalistas, o de quienes creen ver en la radicalización de las esencias patrias, una forma de construir una literatura personal y diferenciada. La evolución constante de Lugones del Modernismo fastuoso o del verso decadente a la poesía sencilla y populista, es un movimiento pendular que no se detendrá durante toda su vida. Y gracias a ello puede hoy cosechar lectores de gusto muy distinto, e incluso opuesto, ya que cultivó con idéntico entusiasmo las fantasías lujosas y los austeros paisajes.
LA PROSA El periodismo fue la escuela cotidiana de la prosa de Lugones. Desde que en 1893 dirigió en Córdoba "El Pensamiento Liberal" hasta la fecha de su muerte no dejó nunca de colaborar con la prensa como cronista,articulista político, o investigador literario. Y es en los periódicos y revistas donde se veran publicados los panfletos y discursos que orientaran sus principios estéticos e ideológicos. En todos los estadios de su pensamiento demostró intransigencia y fanatismo, pero siempre presentados con habilidad y una oratoria ampulosa y sonora. Así sucede cuando canta al socialismo, o cuando apoya al conservador Quintana, al igual que en los discursos militaristas que desembocaron en la incendiaria proclama que pronunció en Lima en 1924 en la que afirmaba que la guerra constituye una función vital, resultado de su índole conquistadora y agresiva. Sus artículos,discursos y conferencias los fue reuniendo en tomos como" Mi beligerancia"(1917); "La torre de Casandra" (1919); "Acción" (1923), claramente antidemocrático y reaccionario , y "La patria fuerte" (1932). En otro apartado podríamos señalar obras más unitarias como "La reforma educacional" (1903), cuya polémica le obligó a renunciar a su puesto en el ministerio de Instruccion Pública, "Las limaduras de Hephaestos", "Piedras liminares (1910), "Didáctica (1910); o "El imperio jesuístico" y "La gran Argentina". El imperio jesuístico (1909) lo escribe Lugones por encargo de Ministro del Interior Joaquín V. González, y es un libro en el que su anticlericalismo encuentra un campo en el que prodigarse. Una prosa dura en la que no ahorra improperios para la Iglesia y pocas consideraciones para la Corona Española. Su nacionalismo le impide comprender el Barroco de los templos, y aunque elogia a Quevedo, no acepta las virtudes de estilo de Cervantes. Su "Historia de Sarmiento" (1911) expresa afinidad con el liberalismo del prócer, liberalismo que luego abandonaría. Curiosamente Lugones que sería líder nacinalista escribió este libro apologético de una figura que sería la más denostada por los nacionalistas. El libro es singular además por los métodos grafológicos y quirománticos que utiliza Lugones para explicar a Sarmiento. Su ensayística quedará completada con "El Payador", donde estudia el célebre poema nacional "Martín Fierro" y por sus dos tomos de "Estudios Helénicos (1924 y 1928). Además de los volúmenes científicos como "El tamaño del espacio" "Elogio de Ameghino (1915) y por fin "Filosofícula (1924) donde reunió sus pensamientos éticos y estéticos.
NARRATIVA "Como el de Quevedo, como el de Joyce, como el de Claudel, el genio de Leopoldo Lugones es fundamentalmente verbal. No hay una página de su numerosa labor que no pueda leerse en voz alta, y que no haya sido escrita en voz alta. Períodosw que en otros escritores resultan ostentosos y artificiales, corresponden en él, a la plenitud y a las amplias evoluciones de su entonación natural." Esto lo escribe Borges al iniciar su poco conocido libro sobre su maestro. Y es justamente en la narrativa fantástica de Lugones donde encontramos el género más singular. Dos volúmenes:"Las fuerzas extrañas" (1906) y "Cuentos fatales" (1924), reúnen las narraciones pertenecientes a la literatura fantástica, que en algún momento roza con la ciencia ficción. Aunque el primer libro de relatos de Lugones tiene unas características bien distintas, "La guerra gaucha" (1905) cuenta las historias de los guerrilleros del general Guemes, que lucharon contra España durante la independencia Argentina. Relatos inspirados quizás en la lectura y traducción del francés D¢ Esparbés, que había escrito sobre la épica napoleónica. Son cuentos muy argentinos,con un vocabulario casi críptico para quienes no hablen como los gauchos, y en este sentido parecen estar escritos con un diccionario de términos gauchescos. Pero pese a ello la fuerza del relato vence las dificultades del lenguaje. Algunos críticos han considerado abusivas las referencias paisajísticas, que sin duda son abundantes. Por su parte los cuentos de "Las fuerzas extrañas" y "Cuentos fatales" están profundamente marcados por el interés que Lugones sintió por el ocultismo y el espiritismo. Interés que Rubén Darío compartió con Lugones, y de la que dejó testimonio en sus ensayos. Pero no sólo las ciencias ocultas están presentes en sus narraciones,sino también la física, la astronomía,labiología la química y las matemáticas de las que fue un autodidacta aventajado. El conocimiento directo de la ciencia hace verosímiles sus ficciones, y le permiten utilizar el lenguaje científico adecuado. El libro se abre con "El milagro de San Wifrido,el menos coherente con el resto de los volúmenes, y puede evocarnos la literatura de Edgar Allan Poe,aunque como señala Borges no se le parece de una manera directa. El mejor es sin duda, "La lluvia de fuego", que describe la destrucción divina de Sodoma y Gomorra, lugar que puede compartir con "Los caballos de Abdera" "Yzur" y "La estatua de sal". "El escuerzo" es un cuento de tema popular contado en un estilo sencillo raro en Lugones, mientras que "El origen del diluvio" es espiritista y lírico. "La fuerza omega", insiste por su parte en el ocultismo y en los peligros que puede correr quien experimenta los hondos misterios. "El ensayo de una cosmogonía en diez lecciones" tiene un proemio y un epílogo, que Borges llama novelesco o bien signos de modestia de su autor, que expone una teoría científica seria escudado en momentos literarios. "Cuentos fatales", publicado como una continuación de "Las fuerzas extrañas",es inferior a su antecesor, cierta fatiga y alejamiento de los temas hacen un libro menos verosímil. Es aquí donde aparece el tema del suicidio, que volverá a aparecer en "El ángel de la sombra" (1926), una novela en que cuenta un amor imposible, de poco interés literario. Un suicidio que llegaría a hacerse realidad una década después. En un artículo que le dedicó Borges en los días posteriores a su muerte hay una frase que puede servirnos de cierre o colofón de esta nota:" En vida, Lugones era juzgado por el último artículo ocasional que su indiferencia había consentido. Muerto,tiene el derecho póstumo de que lo juzguen por su obra más alta"
Selección
DE LA MONTAÑA DE ORO La voz contra la roca (Fragmentos)
El poeta es el astro de su propio destierro. El tiene su cabeza junto a Dios, como todos. Pero su carne es fruto de los cósmicos lodos de la Vida. Su espíritu del mismo yugo es siervo. Pero en su frente brilla la integridad del verbo. Cada vez que una de esas columnas, que en la historia trazan nuevos caminos de esfuerzo y de victoria, emprende su jornada, dejando detrás de ella, rastros de lumbre como los pasos de una estrella, noches siniestras, ecos de lúgubres clarines, huracanes colgados de gigantescas crines, y montes descarnados como imponentes huesos: uno de esos engendros del prodigio, uno de esos armoniosos doctores del Espíritu Santo, alza sobre la cumbre de la noche su canto. (La alondra y el Sol tienen en común estos puntos: que reinan en los cielos y se levantan juntos.) El canto de esos grandes es como un tren de guerra cuyas sonoras llantas surcan toda la tierra. Cantan por sus heridas, ensangrentadas bocas de trompeta, que mueven el alma de las rocas y de los mares. Hugo, con su talón fatiga los olímpicos potros de su imperial cuadriga; y, como de un océano que el Sol naciente dora, de sus grandes cabellos se ve surgir la aurora. Dante alumbra el abismo con su alma. Dante piensa. Alza entre dos crepúsculos una portada inmensa, y pasa, transportando su empresa y sus escombros: una carga de montes y noches en los hombros. Whitman entona un canto serenamente noble. Whitman es el glorioso trabajador del roble. El adora la vida que irrumpe en toda siembra, el grande amor que labra los flancos de la hembra; y todo cuanto es fuerza, creación, universo, pesa sobre las vértebras de su verso. Homero es la pirámide sonora que sustenta los talones de Júpiter, goznes de la tormenta. Es la boca de lumbre surgiendo del abismo. Tan de cerca le ha hablado Dios, que él habla lo mismo.
¡Un poeta! ¿Un poeta? Es preciso. Dios no trabaja en vano. Cuando sobre las cumbres del pensamiento humano la noche se constela de lejanos fulgores, cuando las grades lenguas del viento dan rumores inauditos, y cuando sobre esas cumbres flota la inefable caricia de una armonía ignota, la luz presiente al astro, la fe presiente al alma. Dios trabaja en el seno de una inmutable calma. Pero las grandes voces: el trueno, el mar, el viento, dicen las predicciones de aquel advenimiento. __ Yo escuché esas tres grandes voces: Dios ha querido que esas tres grandes voces sonaran en mi oído.
__ Los astros centellaban de fulgores divinos, y daban fuertes sones como un bosque de pinos flameantes, cabalgado por el huracán, sones que flotaban cual nubes sobre los escuadrones de aquella gran columna blasfema. El mar oía, oía la montaña, oía la selva, el antro, el día presintiendo un lejano temblor de cataclismo ante esas formidables alarmas del abismo. Aquellos sones eran las palabras de una ira tenebrosa que hablaba como el viento en la lira. “¡El alma está en peligro!” clamaban. Desde el cielo caían sordas lágrimas de sangre y luz; el duelo de las sombras pesaba sobre la tierra inerte como un árbol sobre una meditación de muerte. La cruz austral radiaba desde la enome esfera con sus cuatro flamígeros clavos, cual si quisiera en sus terribles brazos crucificar al polo. En medio de aquel trágico horror, yo estaba solo entre mi pensamiento y la eternidad. Iba cruzando con dantescos pasos la noche. Arriba, los astros continuaban levantando sus quejas que ninguno sentía sonar en sus orejas. Rugían como bestias luminosas, heridas en el flanco, mas nadie sujetaba las bridas; nadie alzaba los ojos para mirar aquellas gigantes convulsiones de las locas estrellas; nadie les preguntaba sus divinos secretos; nadie urdía la clave de su largo analfabeto; nadie seguía el curso sangriento de sus rastros... Y decidí ponerme de parte de los astros.
A Histeria ¡Oh, cómo te miraban las tinieblas, __ cuando ciñendo el nudo de tu brazo __ a mi garganta, mientras yo espoleaba __ el formidable ijar de aquel caballo, __ cruzábamos la selva temblorosa __ llevando nuestro horror bajo los astros! __ Era una selva larga, toda negra: __ la selva dolorosa cuyos gajos __ echaban sangre al golpe de las ha- chas, __ como los miembros de un molusco extraño. __ Era una selva larga, toda triste, __ y en sus sombras reinaba nuestro espanto. __ El espumante potro galopaba __ mojando de sudores su cansancio. __ ¡Ya hacía mil años que corría __ por aquel bosque lúgubre. ¡Mil años! __ I aquel bosque era largo, largo y triste, __ i en sus sombras reinaba nuestro espanto. __ I era tu abrazo como nudo de horca, __ i eran glaciales témpanos tus labios, __ i eran agrios alambres mis ten- dones, __ i eran zarpas retráctiles mis manos, __ i era el enorme potro un viento negro, __ furioso en su carrera de mil años. Caímos a un abismo tan profundo __ que allí no había Dios: mon- tes lejanos __ levantaban sus cúspides, casqueadas __ de nieve, bajo el brillo de los astros, __ como enormes cabezas de Kalifas; __ descri- bía Saturno un lento arco __ sobre el tremendo asombro de la noche __ los solemnes reposos del Océano __ desnivelaba la siniestra luna, __ i las ondas, hirviendo en los peñascos, __ hablaban como lenguas, con el grito __ de las vidas humanas que tragaron. __ Entonces, desa- tando de mi cuello __ el formidable nudo de tu abrazo, __ buscaste ansiosa con tus ojos mártires, __ mis torvos ojos, que anegó el espan- to. __ ¡Oh, no mires mis ojos, hai un vértigo __ dormido en sus tinie- blas; hai relámpagos __ de fiebre en sus honduras misteriosas, __ i la noche de mi alma más abajo: __ una noche cruzada de cometas __ que son gigantes pensamientos blancos! __ ¡Oh, no mires mis ojos, que mis ojos __ están sangrientos como dos cadalsos; __ negros como dos héroes que velan __ enlutados al pie de un catafalco! __ I apare- cieron dos ojeras tristes __ como flores del Mal bajo tus párpados, __ ¡yo besaba las siniestras flores __ i se apretaban tus heladas manos __ sobre mi corazón, brasa lasciva, __ i alzábanse tus ojos en espas- mo, __ i yo apartaba mis terribles ojos, __ i en tus ojos de luz había llanto,__ i mis ojos cerrábanse, implacables, __ i tus ojos abríanse, sonámbulos, __ i quería mis ojos tu locura, __ i huía de tus ojos mi pecado: __ i al fin mis fieros ojos, como un crimen, __ sobre tus ojos tímidos brillaron, __ i al sumerjir en mis malditos ojos __ el rayo tris- te de tus ojos pálidos, __ en mis brazos quedaste, amortajada __ bajo una eterna frialdad de mármol.
El himno de las torres (Fragmentos)
I Canto: las altas torres, gloria del siglo, y decoro del suelo. Las torres que ven las distancias; las torres que cantan la gloria de las bue- nas artes del hierro y de la piedra. Las torres gigantes que tienen cien lenguas intactas: cien lenguas, que son las campanas, sapientes de un májico idioma que dice a los astros las preces del culto extinguido, con frases de bronce y de fe. II Las piedras están empapadas de música sacra; las piedras cuya al- ma es unísona, cuya alma es un eco. Las piedras cuya alma despier- tan los órganos con su fluido lenguaje de flautas, cuando su noble mecánica inventa los salmos que, bajo los eruditos dedos de un páli- do músico, parecen una galería de arcos iris, ante cuyo triunfo, en colores de fama, pasan reyes de reales melenas, y obispos de tiaras suntuarias, en caballos blancos, cuyas herraduras tienen un armonio- so compás. Bajo los dedos de un pálido músico: bien Pedro Luis de Preneste, dicho el Palestrina (grande en su Misa del Papa Marcelo), bien Sebastián Bach.
LUNARIO SENTIMENTAL Divagación lunar Si tengo la fortuna de que con tu alma mi dolor se integre, te diré entre melancólico y alegre las singulares cosas de la luna. Mientras el menguante exiguo a cuyo noble encanto ayer amaste, aumenta su desgaste de cequín antiguo´ quiero mezclar a tu champaña como un buen astrónomo teórico, su luz en sensación extraña de jarabe hidroclórico. Y cuando te envenene la pálida mixtura, como a cualquier romántica Eloísa o Irene, tu espíritu de amable criatura buscará una secreta higiene en la pureza de mi desventura. Amarilla y flacucha, la luna cruza el azul pleno, como una trucha por un estanque sereno, y su luz ligera,indefiniendo asaz tristes arcanos, pone una mortuoria traslucidez de cera en la gemela nieve de tus manos. Cuando aún no estaba la luna, y afuera como un corazón poético y sombrío palpitaba el cielo de primavera, la noche, sin ti, no era más que un oscuro frío. Perdida toda forma, entre tanta oscuridad, eras sólo un aroma; y el arrullo amoroso ponía en tu garganta una ronca dulzura de paloma. En tu puerilidadde tactos quedos, la mirada perdida en una estrella, me extravié en el roce de tus dedos. Tu virtud fulminaba como una centella... Mas el conjuro de los ruegos vanos te llevo al lance dulcemente inicuo, y el coraje se te fue por las manos como un poco de agua por un mármol oblicuo. La luna fraternal,con su secreta intimidad de encanto femenino, al definirte hermosa te ha vuelto coqueta. Sutiliza tus maneras un complicado tino; en la lunar presencia, no hay ya ósculo que el labio al labio suelde; y sólo tu seno de audaz incipiencia, con generosidad rebelde, continúa el ritmo de la dulce violencia. Entre un recuerdo de Suiza y la anécdota de un oportuno primo tu crueldad virginal se sutiliza; y con sumisión postiza te acurrucas en pérfido mimo, como un gato que se hace una bola en la cabal redondez de su cola. Es tu ilusión suprema de joven soñadora, ser la joven mora de un antiguo poema. La joven cautiva que llora llena de amor, de amor y de sistema. La luna enemiga que te sugiere tanta mala cosa, y de mi brazo cordial te desliga, pone un detalle trágico en tu intriga de pequeño mamífero rosa. Más al amoroso reclamo de la tentación, en tu jardín alerta, tu gracil juventud despierta golosa de caricia y de Yoteamo. En el albaricoque un tanto marchito de tu mejilla, pone el amor un leve toque de carmín, como una lucecilla. Lucecillaque, a medias con la luna, tu rostro excava en escultura inerte, y con sugestión oportuna de pronto nos advierte no sé qué próximo estrago, como el rizo anacrónico de un lago anunciaa veces el soplo de la muerte..
LUNA CAMPESTRE Infinitamente gimen los ejes broncos de lejanas caretas en la tarde morosa. A flor de tierra,entre los negros troncos, la luna semeja un hongo rosa. Bajo el bochorno, la hierba seca permanece asolada y sumisa; pero ya una ligera brisa templa la amarga rabia de la jaqueca. Da el poético molino su compás hidráulico a la paz macilenta; y llena de luna su alma simple como la menta, ailusorios pesebres rebuzna un pollino. El sauce llorón con la noche se integra, como un ermitaño intonso que rezara un responso sobre el agua negra. En cada menudo pliege de la onda, el plenilunio se estaña al paso que va amortajando la campaña su paralizante jalbegue pónense misteriosas las praderas; suenan ultimamente las esquilas pueriles; los bosques parecen riberas y mansos ríos los carriles. Con la blanda brisa lléganos de las hijuelas regadías el cálido perfume de los oréganos. Y entre humedades sombrías de veraniegas albahacas, una exhalación vegetal de vacas olorosas como sandías. El azul del sencillo cielo agrario, promete a la buena voluntad sus alturas. Pasa todavía un jinete solitario... y hay mozas calladas en las puertas oscuras. A medida que asciende por el cielo tardío, la luna parece que inciensa un sopor mezclado de dulce hastío; y el sueño va anulando el albedrío en una horizontal de agua inmensa. Ligero sueño de los crepúsculos, suave como la negra madurez del higo; sueño lunar que se goza consigo mismo, como en su propia ala duerme el ave. Cuando uno despierta, con el rostro vuelto al cielo ya bien claro el plenilunio lo abisma en un desamparo de alta mar, sin un eco en la noche desierta. Sobre el disco, la ingenua leyenda se concilia al paisaje astronómico en él inscripto, haciendo viajar la Sacra Familia para un quimérico Egipto. Y está todo: la Virgen con el Niño; al flanco San José (algunos tienen la fortuna de ver su vara); y el buen burrito blanco trota que trota los campos de la luna. Adquiere el alma un timbre de pieza argentina entre reminiscencias triviales o burlonas: aquella tos anómala...La última becasina... (Un buen tiro). El correo...Dos o tres personas... Y una tertulia paulatina de suaves Juanas y frescas Petronas. La luna desde el cenit los campos domina; y el alma se dilata en su portento con el titmo uniforme y vago, como el agua concéntrica de un lago en torno de un cisne lento. Y pasa uno así la noche entera, vuelto sobre el vientre desde ha ya largo rato, hasta que con lúgubre aparato el disco se hunda tras la horizontal barrera. Firme en la quimera de amor tan insensato, mientras haya un vislumbre en la pradera. Fiel como el gato a la última brasa casera...
DE ODAS SECULARES A los gauchos Raza valerosa y dura que con pujanza silvestre dio a la patria en garbo ecuestre su primitiva escultura. Una terrible ventura va su sacrificio unida como despliega la herida que al toro desfonda el cuello, en el raudal del degüello la bandera de la vida. Es que la fiel voluntad que al torvo destino alegra, funde en vino la uva negra de la dura adversidad. Y en punto de libertad no hay satisfacción más neta, que medírsela completa entre riesgo y corazón con tres cuartas de facón y cuatro pies de cuarteta. En la hora del gran dolor que a la historia nos paría, así como el bien del día trova el pájaro cantor, la copla del payador anunció al amanecer, y el fresco rosicler que pintaba el primer rayo, el lindo gaucho de Mayo partió para no volver. Así salió a rodar tierra contra el viejo vilipendio, enarbolando el incendio como estandarte de guerra. Mar y cielo,pampa y sierra su galope al sueño arranca, y bien sentada en el anca que por las cuestas se empina, le sonríe su Argentina linda y fresca,azul y blanca. Desde Suipacha a Ayacucho se agotó en el gran trabajo, como el agua cuesta abajo por haber corrido mucho; mas siempre garboso y ducho aligeró todo mal, con la gracia natural que en la más negra injusticia salpicaba su malicia clara y fácil como un real. Luego el amor del caudillo siguió, muriendo admirable, con el patriótico sable ya rebajado a cuchillo; pensando alegre y sencillo, que en cualquiera ocasión desde que cae al montón hasta el día en que se acaba, pinta el culo de la taba la existencia del varón. Su poesía es la temprana gloria del verdor campero donde un relincho ligero regocija la mañana. Y la morocha lozana de sediciosa cadera, en cuya humilde pollera, primicias de juventud nos insinuó la inquietud de la loca primavera. Su recuerdo, vago lloro de guitarra sorda y vieja, a la patria no apareja preocupación ni desdoro. De lo bien que guarda el oro, el guijarro es argumento; y dede que el pavimento con su nivel sobrepasa, va sepultando la casa las piedras de su cimiento.
DE EL LIBRO FIEL La blanca soledad Bajo la calma del sueño, calma lunar de luminosa seda, la noche como si fuera el blando cuerpo del silencio, dulcemente en la inmensidad se acuesta... Y deata su cabellera, en prodigioso follaje de alamedas. Nada vive sino el ojo de reloj en la torre tétrica, profundizando inútilmente el infinito como un agujero abierto en la arena. El infinito, rodado por las ruedas de los relojes como un carro que nunca llega. La luna cava un blanco abismo de quietud, en cuya cuenca las cosas son cadáveres y las sombras viven como ideas. Y uno se pasma de la próxima que está la muerte en la blancura aquella. De lo bello que es el mundo poseído por la antigüedad de la luna llena. Y el ansia tristísima de ser amado, en el corazón doloroso tiembla. Hay una ciudad en el aire, una ciudad casi invisible suspensa, cuyos vagos perfiles sobre la clara noche trasparentan, como las rayas de agua en un pliego, su cristalización poliédrica. Una ciudad tan lejana que angustia con su absurda presencia. ¿Es una ciudado un buque en el que fuésemos abandonando la tierra, callados y felices, y con tal pureza, que sólo nuestras almas en la blancura plenilunar vivieran...? Y de pronto cruzaun vago estremecimiento por la luz serena. Las líneas se desvanecen, la inmensidad cámbiase en blanca piedra, Y sólo permanece en la noche aciaga la certidumbre de tu ausencia. FUENTE: Patricia Claros, Sandra Tena,
Nadia Santo e Inma Viedma, Universitat Jaume Poeta, ensayista y narrador argentino, nacido en Córdoba en 1874, y muerto en Tigre (cerca de Buenos Aires) en 1938. Su constante oscilación entre los extremos opuestos en cualquier ámbito de la vida (el político, el cultural, el literario, etc.) quedaron plasmados en la riqueza y variedad de su obra poética, considerada como una de las que más influyeron en las generaciones de poetas hispanoparlantes posteriores y, sin duda, una de las cotas cimeras del modernismo universal. En su actividad profesional, Leopoldo Lugones desempeñó diferentes cargos como inspector de enseñanza normal y secundaria en su país natal, donde también se hizo cargo durante algún tiempo de la dirección del prestigioso suplemento literario del diario La nación, de Buenos Aires. Además, trabajó algunos años como bibliotecario del Consejo de Educación. En su faceta política, se inició como un firme partidario de la ideología socialista, cuya introducción en Argentina se debe, en parte, a sus primeras soflamas políticas. Sin embargo, poco a poco fue retrocediendo hacia posturas más conservadoras: tras un breve período de adscripción al pensamiento liberal, se inclinó decididamente hacia la derecha y acabó convertido en uno de los principales valedores del fascismo argentino, sobre todo a partir de 1924, fecha en la que proclamó que había llegado "la hora de la espada". Seis años después, ya consagrado como una de las cabezas pensantes del movimiento reaccionario argentino, colaboró activamente con el golpe de estado militar del general José Félix Uriburi (6 de septiembre de 1930). Como poeta, Leopoldo Lugones irrumpió en el panorama literario argentino con el poemario Los mundos (1893), que pasó prácticamente inadvertido. Sin embargo, cuatro años después sorprendió gratamente a críticos y lectores con una segunda entrega lírica titulada Las montañas de oro (1897), una combinación de versos (tanto libres como sujetos a la métrica tradicional) y prosas poéticas que enseguida fue catalogada como uno de los mejores poemarios de las Letras argentinas de finales del siglo XIX. Posteriormente, mantuvo y aun acrecentó este nivel con dos nuevas entregas que constituyen la culminación de su producción poética: Los crepúsculos del jardín (1905) y Lunario sentimental (1909). En ambos libros se respira una atmósfera refinada y decadente, plena de languidez y elegancia modernistas, dentro de una corriente estética claramente influida por la creación de Rubén Darío. En efecto, al igual que hiciera el gran vate nicaragüense, Leopoldo Lugones también viajó por Europa y residió durante un tiempo en París, donde se impregnó de las modas literarias del momento, marcadas por el legado de los poetas parnasianos y simbolistas. Sin embargo, y a pesar de haberse convertido en una de las más destacadas figuras del modernismo universal con los tres últimos títulos citados, a partir de 1910 Leopoldo Lugones cambió de registro poético para centrarse en una exaltación de su tierra y sus gentes, que, inspirada en la poesía de Virgilio, vio la luz bajo el título de Odas seculares (1910). Posteriormente, los asuntos cotidianos, vistos al trasluz de una rutina íntima, se convirtieron en el objeto de su siguiente entrega poética, titulada El libro fiel (1912), obra a la que siguieron otros poemarios como El libro de los paisajes (1917), Las horas doradas (1922) y Romancero (1924). Al final de su trayectoria poética, Lugones se decantó por el cultivo de una poesía narrativa, plasmada en sus dos últimos libros: Poemas solariegos (1927) y Romances del Río Seco (que vio la luz, póstumamente, en 1938). En general, la poesía de Leopoldo Lugones está considerada como el mayor exponente del culteranismo literario de su época, lo que en parte explica el recelo con que fue vista su obra por parte de los escritores argentinos del grupo martinferrista. En su faceta de narrador, Lugones sobresalió principalmente por sus relatos, recogidos en los títulos siguientes: Las fuerzas extrañas (1906), La torre de Casandra (1919), Cuentos fatales (1924) y La patria fuerte (1933). En muchas de estas narraciones breves, Lugones ensayó diferentes acercamientos fantásticos que pueden considerarse precursores de los mejores relatos de algunos de los más grandes cultivadores de este difícil género, como Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges (uno de los mayores admiradores de Lugones) y Julio Cortázar. Además del género cuentístico, el Lugones narrador se adentró en el terreno de la narración extensa con dos novelas espléndidas: un relato histórico sobre la guerra de la independencia, titulado La guerra gaucha (1905), y unas meditaciones esotéricas que, en forma de novela teosófica, aparecieron bajo el título de El ángel de la sombra (1926). En la década de los años cuarenta, La guerra gaucha fue objeto de una versión cinematográfica que se convirtió en uno de los principales referentes del cine argentino de su tiempo, tanto por su interés histórico-patriótico como por su perfecta elaboración, que dio lugar a varias secuelas revisadas y adaptadas a las técnicas más novedosas (versiones en color, sonoras, etc.). También brilló Leopoldo Lugones en su condición de ensayista, faceta en la que dejó algunos títulos tan relevantes como El imperio jesuítico (1904), Las limaduras de Hephaestos (1910), Historia de Sarmiento (1911) y El payador (1916). Además, dejó testimonio impreso de las constantes mutaciones de su pensamiento político, plasmadas en Mi beligerancia y La grande Argentina. Finalmente, resulta obligado destacar la importancia de Lugones como traductor de algunas de las obras cumbres de la literatura clásica grecolatina, entre las que sobresalen las dos partes de la Iliada de Homero. En este mismo terreno, y al margen del ensayo ya mencionado (Las limaduras de Hephaestos, 1910), publicó dos series de Estudios helénicos. |
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