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Mata Hari. Margaretha Geertruida Zelle
Conti González Báez

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"Amo a los militares"

Pocas mujeres han despertado tantas pasiones y sembrado tanto misterio a su alrededor como Mata Hari, la más legendaria espía del siglo Veinte. Ella misma se encargó durante años de urdir la inextricable red de rumores y fantasías que convirtieron su vida en un enigma.

Mata Hari fue el nombre artístico de Margaretha Geertruida Zelle, quien nació el 7 de agosto de 1876 en Leeuwarden, una pequeña población al Norte de los Países Bajos.

Su padre, Adam Zelle, era un modesto sombrerero con afán de aparentar una posición y un dinero que no poseía. Sus vecinos lo apodaban "el Barón", por sus delirios de grandeza y sus costumbres extravagantes.

A los seis años, Margaretha fue inscrita por su padre en el colegio más caro de la ciudad y enviada a clases, el primer día de curso, en una carretela dorada tirada por dos cabritas blancas adornadas de manera principesca. Las burlas de sus compañeras no hicieron mella en la niña, que disfrutó ser el centro de todas las miradas.

La pequeña creció en un clima de disputas familiares y de dificultades financieras. Su madre enfermó y murió prematuramente, minada por las disputas conyugales. Su padre, como era de esperarse, acabó arruinado, pero convencido de que la belleza exótica de su hija le iba a resarcir de tanto sinsabor.

El sombrerero, absolutamente incapaz de mantener a su familia, fue desposeído de sus derechos paternales y uno de sus tíos fue designado tutor de Margaretha y sus tres hermanos pequeños.

La fama de seductora de Margaretha se inició a los quince años, en la Escuela Normal de Lyden. Era muy bonita, alta y delgada, con una piel morena que le daba un aire exótico y ojos muy expresivos.

No llegó a obtener jamás su diploma de maestra. El director de la escuela, un tal Wibrandus, hasta entonces un hombre prudente y digno, perdió la cabeza en cuanto la vio. Ese amor pasó a ser el hazmerreír del pensionado. Él le escribía cartas exaltadas y se echaba llorando a sus pies. Al principio, a la joven le pareció divertido, pero después lo encontró francamente molesto. Escapó de la escuela y el pedagogo creyó morir de pena.

Su tío Taconis, un antiguo comerciante de tabaco retirado de los negocios, acogió a su sobrina en La Haya. Desde aquel momento Margaretha vivió allí sin ocuparse de nada, devorando novelas. Tenía 18 años y muchas ganas de zafarse de la vigilancia de su tío.

Una mañana encontró un anuncio en el periódico Las Noticias del Día: "Oficial destinado en las Indias Orientales holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales". Sólo se pedía una carta con referencias, pero Margaretha añadió una fotografía, convencida de impresionar al capitán.

La cita a ciegas tuvo lugar en Amsterdam. El Capitán Rudolph McLeod, de origen escocés, tenía 39 años, apostura marcial, un gran bigote, galones, chaquetilla y sable. Ambos quedaron impactados y comenzó un ardiente romance.

Tanto ardor acabó en un embarazo y una boda precipitada, sin los fastos que había soñado el padre de la novia.

El Capitán McLeod fue nombrado Comandante de Infantería en Java, una de las islas de Indonesia, a donde se trasladaron los esposos con su hijo Norman y donde nació su segunda hija, Louise.

En las Indias Orientales holandesas se fraguó la aventura de Mata Hari. La joven comenzó a interesarse por las danzas nativas, que le proporcionaban largas horas de placer, ante el espanto del comandante, que empezó a acusarla de disoluta y viciosa. Él era autoritario y brutal, bebía en exceso y se moría de celos por la atención que ella recibía.

Un día le pegó con un látigo y Margaretha se rebeló. Escribió a su padre y le contó todos los malos tratos de que era objeto. El señor Zelle formuló entonces una denuncia contra su yerno.

Cuando McLeod lo supo, la amenazó con un revólver. Ella gritó desesperadamente y la gente acudió. Estaba salvada. Los superiores del oficial intervinieron y él fue destinado a la reserva. El matrimonio volvió entonces a Holanda.

Ella lo acusó de borracho y violento, culpándolo además de la muerte del hijo de ambos, acaecida en circunstancias extrañas, al parecer envenenado por un sirviente. Todo acabó en un problemático divorcio. La pequeña Louise se quedó con McLeod y Margaretha se esfumó sin dejar rastro.

La ex señora McLeod reapareció en París, ya convertida en la danzarina hindú Mata Hari. Heredera de las fantasías de su padre, se fabricó un pasado en el seno de una familia de brahamanes.

Impávida, contaba que su madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, había muerto a los catorce años, el día de su nacimiento. Los sacerdotes la adoptaron y le pusieron Mata Hari, que quiere decir "pupila de la aurora". Decía que en la pagoda de Shiva aprendió los sagrados ritos de la danza.

Con un cuerpo hermoso prácticamente desnudo, a excepción de las cúpulas de bronce que cubrían sus senos, Mata Hari se dispuso a conquistar el mundo. Declaraba que no mostraba sus pechos porque su ex marido, en un ataque de furia, le había arrancado el pezón izquierdo de un mordisco.

Su debut como bailarina fue en el Museo de Arte Oriental de París, en una función promovida por el conocido coleccionista Guimet. Basta con leer la crónica del 18 de marzo de 1905, de La Presse, para saber que los parisinos quedaron fascinados: "Mata Hari es Absaras, hermana de las ninfas, de las ondinas, de las walkirias y de las náyades, creadas por Indra para la perdición de los hombres y de los sabios".

Tuvo protectores ricos y contratos suculentos en las grandes capitales europeas. Atractiva y elegante, pronto se convirtió en una cortesana sagaz, que recorría Europa, brillando en los salones más importantes de Europa, introduciéndose en las más altas esferas de la política, la diplomacia, las finanzas y el ejército.

Transformó el striptease en arte y cautivó a los críticos. Cuando aparecieron otras jóvenes y decayeron los contratos, Mata Hari completaba sus ingresos seduciendo a funcionarios y militares.

Nadie puso objeciones a su agitada vida ni a sus relaciones cosmopolitas mientras reinaba la paz, pero el inicio de la Guerra Mundial lo cambió todo.

Sus viajes incesantes y sus amistades se volvieron sospechosas a los ojos de las autoridades francesas, que sospechaban que Mata Hari trabajaba para Alemania. Siendo amiga íntima de oficiales alemanes, les inquietaba ver cómo buscaba la compañía de diplomáticos y oficiales franceses, ingleses o rusos que, a menudo, se encontraban en lugares cruciales para el desarrollo de la guerra.

Tuvo la mala suerte de estar actuando en Berlín cuando estalló la guerra y, para colmo, ser por esas fechas la amante del jefe de policía de la ciudad y, un poco más tarde, de Kraemer, cónsul alemán y jefe del espionaje de su país.

Lo cierto es que Kraemer pensó en ella para sonsacar información a los militares franceses, a cambio, naturalmente, de sumas considerables. Tras el regateo, Mata Hari aceptó, pero ambiciosa e incapaz de ser fiel, aún en el espionaje, decidió ofrecerse como agente doble al Capitán Ledoux del Servicio de Espionaje y Contraespionaje francés.

Ledoux se dedicó a seguir todos sus pasos y a vigilarla de cerca. En agosto de 1916, le confió una misión en Holanda para ponerla a prueba. Ella no pudo llegar a su destino y se dirigió a España, entonces centro del espionaje y contraespionaje internacional.

Mata Hari tenía un gusto especial por España y había actuado en Cádiz, Barcelona, Vigo y Madrid. Se dejaba ver en el Café Gijón y le apasionaban el ajenjo y el cocido. La aún despampanante mujer se alojaba en el hotel Ritz, por su glamour y por sus huéspedes, los diplomáticos extranjeros acreditados en España.

Allí intimó con el agregado militar alemán, el capitán Von Kalle. Obtuvo de él información sobre las maniobras alemanas, que transmitió al servicio secreto francés, pero éste siguió desconfiando.

Las sospechas de los franceses se vieron confirmadas cuando se interceptaron mensajes codificados enviados por Von Kelle al Estado Mayor alemán, informando de los movimientos del agente alemán H-21, que coincidían exactamente con los de Mata Hari.

A los 40 años se enamoró de un capitán ruso de 21 años, Vladimir de Masloff, quien había perdido un ojo en la guerra, por lo que ella decidió mantenerlo. Pese a estar muy enamorada, sus intrincados asuntos de alcoba entre Madrid, Amsterdam y París, aceleraron su caída y su detención en la capital francesa, acusada de alta traición.

Cuando se supo que había sido detenida, la sorpresa fue inmensa. El caso provocó grandes discusiones entre la opinión pública francesa, pero cayeron en saco roto, porque el juicio en su contra fue llevado en secreto y el proceso tuvo lugar a puerta cerrada.

La lanzaron a una celda llena de ratas. Sólo podía recibir su abogado, Edouard Clunet, quien antes de la guerra había sido uno de sus íntimos amigos. Él hizo una apasionada defensa y trató de demostrar la fragilidad de las acusaciones que se habían hecho a su cliente, pero los magistrados militares no se dejaron conmover.

Durante los largos interrogatorios militares, Mata Hari negó toda actividad a favor de Alemania y pretendió haber hecho contacto con el enemigo con el único fin de entregar información a Francia. Después, terminó por reconocer que, atraída por el afán de lucro, efectivamente había entregado información a los alemanes, aunque afirmaba haberse burlado de ellos, transmitiéndoles datos sin valor.

En el interrogatorio se volvieron contra ella sus andanzas con la milicia, siendo acusada de haber entrado en relación con los militares de todas las nacionalidades que estaban de paso en París.

La obsesión de Mata Hari por los uniformes militares era bien conocida y, ante la acusación, ella aseguró que amaba a los militares de todos los países y que sólo los buscaba por placer, no para sacarles información.

Sin pruebas concluyentes, Mata Hari fue condenada a muerte, en parte para subir los ánimos de un país en guerra, al que se le ofrecía una sensacional ejecución con intenciones edificantes.

Su abogado había pedido clemencia al Presidente de la República, pero éste rechazó la petición. Al enterarse, la bella bailarina que supo seducir a media Europa sólo dijo en voz baja: "No es posible".

Murió el 15 de octubre de 1917, a los 41 años, con una serenidad inusitada. Vestida de gris perla, abrigo largo negro y sombrero, maquillada como para una gran ceremonia, no permitió que le taparan los ojos y miró sin rencor al pelotón de fusilamiento.

El silencio del alba se rompió con el estampido de varios fusiles y en un poste yacía muerta una leyenda. Nadie reclamó su cadáver.

Después de la muerte de Mata Hari, la polémica continuó. Hubo testimonios alemanes, franceses, holandeses y españoles, todos contradictorios. Se hicieron novelas, obras de teatro y películas sobre su vida. La verdad parecía alejarse más cada día.

En 1999, Gran Bretaña abrió los expedientes donde se revelaba que jamás hubo evidencia contra Mata Hari. Y los archivos franceses, pese al largo listado de sus relaciones amorosas, tampoco revelaron pruebas de que ayudó a los alemanes.

En 2001, los abogados holandeses de su pueblo, Leeuwarden, pidieron al Ministerio de Justicia francés que abriera un nuevo juicio, alegando que ella fue víctima de una conspiración estatal.

En 2002, a 85 años de su fusilamiento, la Fundación Mata Hari también pidió a la justicia francesa reabrir el juicio y rehabilitarla.

Los esfuerzos por rehabilitar a Mata Hari no han dado resultados hasta ahora y la verdad sólo la supo ella. "Los sueños son plata, mis memorias, oro puro", dijo la mujer que se inventó a sí misma.

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"Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico", declaró la espía durante el proceso que la condenó a muerte.

Pocas mujeres han despertado tantas pasiones y sembrado tanto misterio a su alrededor como Mata-Hari, la más legendaria espía de nuestro siglo. Ella misma se encargó durante años de urdir la inextricable red de rumores y fantasías que envolvieron en una nebulosa a aquella bailarina exótica, apasionada, amante de un batallón de caballeros influyentes y arriesgada espía, hasta que las biografías han podido demostrar que la famosa bailarina hindú, aclamada en París, en Berlín y en Montecarlo, no era más que una mentirosa patológica y una aventurera caída en desgracia. Pero lo malo no es que Mata-Hari, o mejor, Margaretha Geertruida Zelle, fuera una impostora, una bailarina abominable y una espía de medio pelo, dispuesta a venderse al mejor postor. Lo peor fue que a causa de sus muchos embrollos se vio condenada a morir a los 41 años ante un pelotón de fusilamiento en el castillo de Vincennes. "La verdad es que como espía fue poca cosa" ,diría con indudable cinismo el capitán Ladoux, el mismo que había pedido para ella la pena capital.

Lo cierto es que Margaretha Geertruida, que se fabricó un pasado en la India en el seno de una familia de brahamanes, no era más que la hija de Adam Zelle, un modesto sombrerero holandés al que sus vecinos apodaban el Barón, por sus delirios de grandeza y sus costumbres extravagantes. A los seis años, Margaretha Zelle, fue matriculada en el colegio más caro de la ciudad y enviada a clase, el primer día de curso, en una carretela dorada tirada por dos cabritas blancas enjaezadas como para unos esponsales principescos. Las burlas de sus compañeras no hicieron mella en la futura Mata-Hari que descubrió pronto el placer de verse convertida en el centro de todas las miradas. "Era diferente de las demás niñas -dijo años más tarde una compañera-, en su naturaleza estaba el deseo de brillar".

El sombrerero, como era de esperar, acabó arruinado y separado de su esposa, fallecida prematuramente minada por las disputas conyugales, pero convencido de que la belleza exótica de su hija le iba a resarcir de tanto sinsabor. Y no le faltaba razón. La fama de seductora de Margaretha se inició a los quince años, en la Escuela Normal de Lyden, donde fue enviada junto con sus hermanos, en vista de la incapacidad del padre para educarles con sensatez. La mayor parte de sus años en Lyden los pasó huyendo del acoso sexual y de los castigos del director de la institución, un tal Wibrandus Haanstra, quien llegó a arrastrarse a sus pies, a gimotear en público y a escribir horrendas poesías con tal de conseguir sus favores.

Amante de la milicia. La obsesión de Mata-Hari por los uniformes militares es bien conocida para cualquiera que haya hojeado alguna de sus biografías. "Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico", declaró durante su proceso ante la acusación de haberse acostado con la milicia de media Europa. No es de extrañar que su matrimonio con el capitán Rudolf McLeod apareciera ante sus ojos como la antesala de un sueño, que muy pronto se tornaría en pesadilla. La joven Zelle tenía entonces 18 años y muchas ganas de zafarse de la vigilancia de su tío en La Haya, con quien se había refugiado tras escapar del colegio y del baboso profesor Wibrandus. Una mañana de 1895 encontró este anuncio salvador en el periódico Her Nieuws Van Der Dag: "Oficial destinado en las Indias Orientales holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales". Sólo se pedía una carta con referencias, pero Margaretha añadió una fotografía, convencida de impresionar al capitán.

La cita galante tuvo lugar a la puerta del Rijsmuseum de Amsterdam un día de marzo de 1895. Él tiene 39 años, apostura marcial, un bigote aparatoso, galones, chaquetilla y sable. Ella, 18, y es una insólita holandesa, morena y de ojos profundos. Resultó inevitable el coup de foudre. Después del almuerzo, el deseo los condujo a un coche de punto. Nada cuesta imaginar una pasión incendiaria, un enredo de brazos y piernas y, más tarde, unas cartas ansiosas que sellan el amor iniciado. "Qué suerte que los dos tengamos el mismo temperamento ardiente", escribiría Margaretha en esos días. Tanto ardor acabó en un embarazo y en una boda precipitada sin los fastos que había soñado el pomposo padre de la novia.

En las Indias Orientales holandesas se fraguará la aventura de Mata-Hari. Mac Leod es nombrado comandante del primer batallón de infantería en Java y allí se trasladan ambos esposos con su hijo Norman. Allí nació Louise y empezaría Margaretha a interesarse por las danzas nativas, que le iban a proporcionar largas horas de placer ante el espanto del comandante que empezó a acusarla de disoluta y viciosa. Lo que antes era hechizo, ahora era perversión, y se desató el infierno conyugal. En una ocasión Mac Leod se quejó a su hermana justificando la animadversión hacia su consorte: "¿Cómo puedo hacer para quitarme de encima a esa maldita sin perder a mis hijos?... ¡Ay! Si tuviera dinero para comprar su consentimiento, pues la maldita hace todo por dinero"

Pupila de la aurora. Ella, por su parte, le tachará de borracho y violento, y le culpará de la muerte del hijo, acaecida en circunstancias extrañas. Años más tarde, Mata-Hari declaraba que no mostraba sus pechos totalmente desnudos porque su ex marido, en un ataque de furia, le había arrancado el pezón izquierdo de un mordisco. El caso es que en 1902 se separaron. La pequeña Louise se quedó con el padre, y la señora Mac Leod se esfumó sin dejar rastro, hasta que reapareció en París convertida en la danzarina hindú Mata-Hari.

"Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me pusieron Mata-Hari, que quiere decir `pupila de la aurora'", contaba impávida. Decía que en la pagoda de Siva aprendió los sagrados ritos de la danza.

Con este currículo completamente amañado, unas contorsiones sensuales y misteriosas, y un cuerpo hermoso prácticamente desnudo, a excepción de las cúpulas de bronce que cubrían los senos, se dispuso Mata-Hari a conquistar el mundo desde el Museo de Arte Oriental de París, en una función promovida por el coleccionista Guimet. Basta con leer la crónica del 18 de marzo de 1905, de La Presse, para saber que los parisinos quedaron fascinados: "Mata-Hari es Absaras, hermana de las ninfas,de las Ondinas, de las walkirias y de las náyades, creadas por Indra para la perdición de los hombres y de los sabios."

Ella, entretanto, fomentaba su leyenda relatando su biografía de mil maneras diferentes, hasta que nadie sabía muy bien quién era ni de dónde salía. Tuvo protectores ricos y contratos suculentos en las grandes capitales europeas, aunque fue rechazada para bailar en el teatro Odeón de París, que dirigía el célebre Antoine. Tampoco pudo encajar nunca el desprecio de Diághilev, que no se molestó en recibirla, a pesar de que Mata-Hari lo intentó con insistencia.

Cuestión de mala suerte.
Tuvo la mala suerte de estar actuando en Berlín cuando estalló la guerra del 14. Y lo que es peor, tuvo la mala suerte de ser por esas fechas la amante del jefe de policía de la ciudad, y un poco más tarde de Kraemer, cónsul alemán en Amsterdam y jefe del espionaje de su país. Los franceses no se lo perdonarían.

Lo cierto es que Kraemer piensa en ella para sonsacar información a los militares franceses. A cambio, naturalmente, de sumas considerables. Tras el regateo, Mata-Hari acepta y se convierte en la agente H-21. Pero la bailarina era ambiciosa e inconstante en sus afectos, y tal como había hecho siempre con los amores, decidió jugar a dos barajas y convertirse en agente doble. Ni corta ni perezosa se ofrece en París al capitán Ladoux, a quien sabe al frente del Servicio de Espionaje y Contraespionaje francés. A partir de ese momento, Ladoux se dedica a seguir todos sus pasos y a vigilarla de cerca. Una mujer que no puede pasar desapercibida, resulta ser una pésima espía. Si además es propensa a la mentira, al embrollo y a acostarse con cualquier apuesto caballero con tal de que tenga un par de galones, las cosas pueden complicarse mucho.

Pese a estar muy enamorada por aquel entonces del oficial Vadim Masslov, varios años más joven que ella, sus intrincados asuntos de alcoba entre Madrid, Amsterdam y París, acelerarán su caída y su detención acusada de espionaje. En el interrogatorio se volverían contra ella sus últimas andanzas con la milicia: "Desde junio de 1916 habéis entrado en relación con los militares de todas las nacionalidades que estaban de paso en París.

Así el 12 de julio habéis almorzado con el subteniente Hallaure. Del 15 al 18 de julio habéis vivido con el comandante belga De Beaufort. El 30 de julio salisteis con el comandante de Montenegro, Yovilchevich. El 3 de agosto con el subteniente Gasfield y el capitán Masslov. El 4 de agosto os citabais con el capitán italiano Mariani. El 16 almorzabais con los oficiales irlandeses, Plankette y O'Brien, y el 24, con el general Baumgartem". El listado continuaba y aquí fue cuando Mata-Hari aseguró que amaba a los militares de todos los países y que sólo se acostaba con ellos por placer, no para sacarles información.

Es muy probable que esa fuera la única verdad que dijo en su vida. El tribunal francés la acusó de alta traición y la condenó a muerte sin pruebas concluyentes. En parte, para subir los ánimos de un país en guerra, al que se le ofrecía una sensacional ejecución con intenciones edificantes.

Murió con una serenidad inusitada el 15 de octubre de 1917. Vestida y maquillada como para una gran ceremonia, no permitió que le taparan los ojos y miró sin rencor a los oficiales del pelotón de fusilamiento. Nadie reclamó su cadáver.

Extractado de "Mata-Hari", Fernando Díaz-Plaja. "Las grandes aventureras de la historia", Eric Nabour. "Mata-Hari", Anne Bragance


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