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Robert Doisneau

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Robert Doisneau
, maestro de la fotografía (1912-1994), nació en Gentilly, Francia. (1912-1994). Tras la muerte de su madre, el pequeño Doisneau enfrenta la incomprensión de una madrastra que no lo aprecia, obligándolo a recluirse en la soledad; un periodo en el que desarrolla su agudo sentido de la observación y el amor por las cosas simples. Años más tarde (1925) se traslada a París donde trabaja en un taller de L’Ecole Estienne y aprende el oficio de grabador litográfico. A fines de 1929, consigue un puesto en un estudio de artes gráficas donde adquiere sus primeros conocimientos fotográficos. Durante los años treinta conoce a Andrés Vigneau- fotógrafo- cuya influencia será gravitante para Doisneau en la adquisición de nuevas experiencias y conocimientos artísticos. Al igual que Vigneau, adhiere con fervor a las ideas y teorías de la Bauhaus. Posteriormente, consigue un puesto estable como fotógrafo publicitario para Industrias Renault en Boulogne-Billancourt.

Durante los años 40 establece una estrecha e influyente amistad con dos grandes de la literatura francesa universal: Jacques Prévert y Blaise Cendrars. Además, a fines de esa década, incursiona como fotógrafo de modas trabajando para la revista Vogue. Desde entonces, realiza los más diversos reportajes en medios escritos europeos y norteamericanos, que le dan renombre internacional. Durante los años siguientes y hasta su muerte, recibe importantes galardones (premios Niepce y Kodak) y participa en innumerables exposiciones individuales y colectivas (junto a Cartier-Bresson, Brassai, Ronis), en las más renombradas galerías del mundo.

Sólo en Francia, los libros dedicados a sus trabajos suman más de 36. Su obra íntima, sincera y humanista le han significado la aclamación mundial, convirtiéndose en uno de los artistas más admirados y apreciados de la historia de la fotografía.
Enemigo acérrimo de toda cotidianidad rutinaria, Doisneau registraba los instantes y actitudes del sujeto común inserto en una realidad que calificaba de caricaturesca, convirtiéndola a través de su cámara en escenas ideales, no exentas de humor enmarcadas en composiciones pictóricas que reflejan un mundo propio, acaso perfecto y casi irreal.

Una de las virtudes de este maestro es su transparencia, la facilidad con que sus imágenes son apreciadas por el más vasto público, el mejor ejemplo es su Beso en el Hotel de Ville, en París que se convirtió en un ícono reconocible a escala mundial.

El 14 de marzo hasta el 14 de abril se presenta en el Museo de Bellas Artes la primera retrospectiva fotográfica en Latinoamerica de Robert Doisneau. Esta muestra cuenta con 249 imágenes originales de este artista, elegido por los lectores de la prestigiosa revista Photo, como el mejor fotógrafo del siglo XX.

La exposición se encuentra organizada en tres etapas:
Doisneau, el Paso de un Siglo
40/44 París bajo la ocupación alemana
Los dedos manchados (un homenaje a los niños)

Fuente: Artículo extraído de Francia al Día, Instituto Chileno Francés de Cultura, marzo, abril 2002


Historia de un beso - Andrea Ferrari

Se exhibe en estos días por primera vez en Buenos Aires, pero todo el mundo ya conoce la foto de Robert Doisneau. Está, sin duda, entre las más famosas de la historia: El beso del Hotel de Ville, se convirtió, tras ser publicada en la tapa de la revista Life en 1950, en un ícono reconocido en todo el planeta. Un beso símbolo de muchas cosas: del amor, de París como ciudad romántica, de una época de exaltación del sentimiento. También se convirtió en un objeto que aportó jugosas ganancias: aún hoy el famoso beso vende cientos de miles copias anuales en forma de tarjetas o afiches.
Uno de sus rasgos más admirados es la sensación de espontaneidad. Todo en la foto habla de la captura de un instante perfecto: una pareja apasionada que se entrega al beso libre, indiferente al bullicio parisino que los rodea. Mucho se ha escrito sobre esa capacidad de Doisneau de captar lo cotidiano, el momento y el gesto preciso. Y sin embargo, no hay en el beso nada de espontáneo.
La historia oculta de la foto se conoció hace unos quince años, cuando un matrimonio, Denise y Jean-Louis Lavergne, se presentaron en sociedad como los protagonistas de aquella famosa escena. En realidad, no eran los primeros. Ya antes otras parejas habían pretendido ser los retratados para obtener alguna ganancia. Pero los Lavergne fueron más lejos: ellos querían el beso de la fama. Aseguraban que habían estado ese mismo día frente al Hotel de Ville y tenían para exhibir un diario con sus recuerdos, un supuesto parecido, y algunas prendas muy semejantes a las de la foto: una pollera y un saco de ella, una bufanda que a él le había regalado su hermana para Navidad. La pareja recibió en principio un cierto reconocimiento de la prensa y hasta fue filmada para un documental sobre Doisneau, pero luego su participación no fue incluida. Ellos decidieron entonces ir por más: se presentaron en la Justicia exigiendo una retribución de cien mil dólares por el uso de su imagen. El juicio obligó a Doisneau a salir de su silencio y a decir lo que hubiera preferido callar: que la foto distaba de ser espontánea. Había contratado a una pareja de actores –que no eran los Lavergne– para obtener la imagen deseada.
El fotógrafo ganó el juicio al presentar como prueba la serie completa de fotos tomadas en distintos puntos de París con la misma pareja. Pero la magia se había roto. La idea de ese momento de pasión espontánea captada por el ojo sensible del artista quedó hecha trizas. Doisneau había encontrado a los actores en un café cerca de la escuela de teatro y les había propuesto posar para la foto. Y eso no fue todo: con la publicidad del juicio apareció la verdadera protagonista de la escena, la actriz Françoise Bornet, y le estampó al fotógrafo un beso de Judas: quería un porcentaje de las ganancias. Otra vez Doisneau ganó en los estrados: pudo comprobar que había pagado el trabajo de Bornet y su compañero como se había pactado. A esa altura, el fotógrafo ya debía pensar que hay besos que matan.
Si esto fuera una novela, cabría imaginar un final estilo Dorian Gray. La foto sufriría lentamente un proceso de transformación, en el que el gesto de los protagonistas del beso se iría convirtiendo en un rictus un poco más amargo día a día, con cada intento por obtener más y más dinero de esa expresión de romanticismo. Y un día alguien descubriría que la pareja ya no se está besando, que miran a cámara hartos, decididos a no ser más el símbolo del amor.
Pero no es así. La imagen sigue intacta, perfecta, ajena a toda especulación tejida a su alrededor.

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Les frères, 1934

 


Les petits pains de Picasso, 1952

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