|
. La leyenda de Guillaume
Apollinaire
. El espíritu nuevo "esprit
nouveau" de G Apollinaire
.
Cubismo literario
José María González de Mendoza
- Sin incurrir en hipérbole es dable afirmar -a reserva de demostrarlo
en otra oportunidad con la extensión necesaria- que la mayor parte
de cuanto caracteriza a la poesía de expresión moderna procede, por
abolengo más o menos directo, del impulso iniciado por Guillaume
Apollinaire. Descubrió algo más grande que un simple "estremecimiento
nuevo": un nuevo mundo de poesía. Dio el tono a su época, lo mismo
que en las letras hispánicas lo diera Rubén Darío a la primera década
del siglo.
Se le ha presentado como un peligroso iconoclasta. Mas a ese
respecto él mismo expuso su credo en una carta de julio de 1918 a su
amigo el novelista Andrés Billy: "Dios me es testigo, dice, de que
solamente he querido añadir nuevos dominios a las artes y a las letras
en general, sin desconocer en modo alguno los méritos de las
verdaderas obras maestras del pasado o del presente". Cuando no
tuviera otra por la belleza de su obra, por la auténtica poesía que
ella encierra, esa ampliación del campo de las artes y de las letras
sería su gloria. En su libro Apollinaire vivo, Billy asienta
esta verdad que nadie ha rebatido porque nadie podría rebatirla sin
errar: "Revivificó la poesía moderna empapándola en las fuentes
primitivas del lirismo. Ejerció sobre las artes tal influencia que,
después de su desaparición... la pintura busca en vano el sentido de
su propia dirección". Apolllinaire reformó la poesía y la pintura.
otras cosas hubiera reformado, sin duda, de no haber muerto poco
después de cumplidos los 38 años.
Cierta noche, al mediar la segunda semana de noviembre de 1918,
encontré en la Y.M.C.A., donde ambos habitábamos, al director del
Boletín Financiero y Minero de México, quien solía firmar en su
diario artículos sobre asuntos bursátiles con el seudónimo de Kostro,
apócope de su apellido. Se llamaba Alberto Kostrowitzky. Como
vistiera de luto me interese por su duelo, y me respondió: -He
recibido la noticia de la muerte de mi hermano. Era uno de los más
grandes poetas de Francia...
Confesaré que a mis palabras de condolencia siguió el pensamiento
de que el dolor alteraba en mi amigo el sentido crítico: los grandes
poetas de Francia eran entonces Claudel, Paul Fort, la condesa de
Noailles, Guillaume Apollinaire... Sobre todo, en mis preferencias,
Guillaume Apollinaire, de quien sabía copia de versos. Como en otras
cosas literarias, en eso José Juan tablada hubo de enseñarme: Guillaume Apollianire se llamaba, en efecto Wilhelm Apollinaris de
Kostrowitzky.
Su acta de nacimiento sólo indica el apellido de su madre, de
nacionalidad rusa, cuya familia era oriunda del castillo de Wawel, en
Cracovia, la vieja ciudad de la Polonia austriaca. El abuelo del poeta
fue un general polaco; ese abolengo explica quizás el entusiasmo de
niño por el juguete nuevo que mostró al estallar la guerra.
Apollinaire nació en Roma el 26 de agosto de 1880 y fue bautizado
en la basílica de San Pedro. Algunos años después Mme. de Kostrowitzky
se trasladó a Mónaco, y más tarde a Cannes y a Niza, en donde sus
dos hijos estudiaron en el liceo o escuela preparatoria. En Mónaco,
Apollinaire fue alumno interno en el colegio de San Carlos, dirigido
por religiosos, donde hizo su primera comunión y recibió la
confirmación. En el admirable poema de singular potencia, Zona, de
Alcoholes, recuerda esa época de su vida:
Muy piadoso vestido de blanco y azul
nada amaba tanto como las pompas de la iglesia
y salía de dormitorio a escondidas para rezar en la capilla.
"No era,
dice el poeta Paul Dermée en un
penetrante estudio, el sentimiento cristiano el que le turbaba en ese
momento, sino la emoción eminentemente lírica que la fábula hace nacer
en todas las lamas estremecidas". Sea como fuere, esos detalles
tienen importancia en la biografía de Apollinaire: insistía
particularmente sobre ellos para defenderse de las insinuaciones que
le achacaban ascendencia judía, alegado también contra ese cargo las
medallas y escapularios que llevaba al cuello. A tal punto le
irritaba, que envió a sus padrinos -el novelista Jerónimo Tharaud y el
pintor Claudio Chéreau- al director de la revista Ahora, Mr.
Fabian Lloyd, un inglés que escribía con el seudónimo de Arthur Cravan,
a causa de haberle tratado éste de "judío" en un artículo sobre la
Exposición de Pintores Independientes. El duelo no se efectuó porque
el asunto arreglóse a satisfacción del poeta mediante un acta que
redactaron los padrinos. Apollinaire refiere el caso en la revista
Mercurio de Francia del 16 de marzo de 1914, en la sección La
vida anecdótica que redactaba desde 1913.
Tal susceptibilidad -que en nuestra libre
América puede parecer extraña- se explica cuando se recuerda que en
varios países de Europa son aún más o menos mal vistos, no tanto por
razones religiosas, como pudiera creerse, cuanto por desviado
sentimiento patriótico y por la antipatía que les ha valido el
ejercicio, durante la Edad Media y el Renacimiento, del agio y la
usura en vastas proporciones. En Francia, además, subsistían aún en
tiempos de Apollinaire los últimos rencores del antisemitismo que
despertó el Proceso Dreyfus a fines del siglo precedente.
De su educación religiosa conservó el poeta un fondo de
misticismo, y quizás pueda verse en ella el origen del "gusto por la
batalla teológica" que inspira algunos de los originalísimos cuentos
del Heresiarca y Cía.
Apollinaire escribió sus primeros versos a los trece años. Comenzó
firmándolos con el seudónimo de Guillermo Macabro, pero poco
después adoptó el que había de inmortalizar. Sin embargo, hay poemas
suyos firmados por Wilhelm Kostrowitzky. Marca la obra de sus
comienzos la influencia de Rimbaud, "de quien, dice el poeta Luis
Thomas, guardará siempre el ardor e ímpetu de la imagen".
Apollinaire empezó su juventud viajando. No es posible seguirle en
sus peregrinaciones, mal conocidas. Llegó a París en 1898 y ganó
difícilmente su pan durante varios años. Una estancia en Loyd la
empleó en "inmensas lecturas". En 1902 estuvo en Bohemia, como revela
en la primera línea de su cuento El pasante de Praga, con que
comienza el libro antes citado. Ese viaje, que le llevó además por
Walonia, Renania y Baviera -en donde fue durante algún tiempo modesto
preceptor- le inspiró parte de los mencionados cuentos. Pretendía
haber viajado a pie y sin dinero, y contaba que en Praga durante dos
días no comió más que un quesito camembert.
Para quienes personalmente no le conocimos -y la buscamos, por
tanto, a través de su obra con simpatía que el misterio sazona con un
grano de especia- forzoso es acudir a los que de él han contado sus
amigos, y pizcar aquí y allá un detalle típico, una confidencia
reveladora, una anécdota significativa, para intentar revivir la
imagen del gran encantador que fuera Apollinaire. Sus amigos
insisten, sobre todo, en su particular don de simpatía. ¡Grande debió
ser para dejar en torno a su memoria tanto fervor ! Es siempre muy
difícil precisar en qué consiste esa misteriosa atracción que ejercen
ciertos caracteres. De Apollinaire trata de explicarlo el crítico
Marcelo Hiver. "Primeramente, dice, un aire grande, calmoso, seguro
de sí mismo, un acento particular, una sonrisa de indefinible gracia
y un no sé qué distante a pesar de la cortesía; después, su arte de
las conversaciones estimulantes, inquietantes, la atrayente frialdad
de su espíritu ágil y variado, sus dotes de extraordinario
equilibrista intelectual, y quizás algo, en fin, del famoso "encanto
eslavo". El poeta Juan Royére completa la explicación: "Había
conservado todo el frescor, el entusiasmo y la potencia de la
infancia adorable: algo había en él un poco librado al azar y
desordenado. la influencia de la herencia materna es evidente en su
gusto por lo raro; de ella tenía sin duda el lado "niño" de su
carácter; ella explica sus aficiones por lo exótico, sea la
"invención" de la escultura negra, sea la fervorosa defensa del
cubismo, su gula de prior de novela picaresca, su amor por el atrezzo
romántico de la noche, sus predilecciones literarias: declaraba
siempre no haber leído a los autores modernos, pero devoraba los
innumerables volúmenes del folletinesco Fantomas y no acababa
nunca ni de explicar sus aventuras ni de elogiar la obra.
Con la
intuición de los elegidos mediante los cuales la verdad se filtra
hasta el hombre, Apollinaire descubrió el secreto del
"paréntesis": la creación de estados nuevos del espíritu. "¡Ah, que
la vida es cotidiana!" suspiraba Laforgue. ¡Cómo la vida es lenta y
cómo la esperanza es violenta !" repite en eco Apollinaire, treinta
años después. Su estética, su filosofía, es romper lo cotidiano,
acoger con alborozo todos los cambios que nos brinde la vida y, por
supuesto, provocarlos. Que sean más o menos buenos, es secundario:
serán nuevos y ese es su aliciente. Observemos que es sólo la novedad
lo que alimenta y sostiene a ese arte encantador: la Moda. Y, sin
disculparlo, acabamos por comprender al griego que se irritó por oír
apodar constantemente "el justo" a Arístides. Nada más exasperante
que la perpetua repetición. Nada más insufrible que lo monótono.
por eso, estar siempre en perenne partida, remozarse el alma cada día,
gustar y entender la lección del humo y de la nube, es ser poeta.
Poeta es quien, aunque no escriba poemas, crea paréntesis de
irrealidad, de "suprarrealidad" en lo cotidiano. Claro es que sin
adyuvante: volver el alcohol o las drogas trampolín para saltar de lo
real al mundo de la fantasía, es hacer trampa y, mucho más grave,
nivelarse a la plebe y a los candidatos a las colonias penales. Y
creer que así se pueda ser un gran poeta es un engaño, que el genio
puede acaso vencer pero donde el sólo talento parece más o menos
pronto. ¡Deplorable ejemplo de Verlaine, que volvió poco menos que
peleles sin voluntad y esterilizó a tantos poetas
posmodernistas!
Apollinaire creaba, pues, espontáneamente, amplios paréntesis de "suprarealidad"
en su vida, paréntesis a los que Billy ha llamado "el estado de
espíritu apolinario". Son, dice "una burla sin hiel expresada con
grandilocuencia en un estado de libre exaltación espiritual, una
embriaguez lírica, un acorde sutil e ingenuo con todas las cosas, una
comunión fraternal y alegre con el universo. Apollinaire amaba así,
añade, la alegría, y su espectáculo no le bastaba; siempre se
esforzaba por tomar parte en ella; amaba el sol, el ruido, las risas,
las palabras vulgares y sabrosas del pueblo, y la charla con los
obreros.” Y otro amigo, el poeta Fernando Fleuret: "en los cafetines
singulares que conocía, ilustrados por la calidad de tal licor o por
recuerdos literarios -aquí, Moreas le había hablado de su padre y de
su casita de Grecia rodeada de olivos; allá, se embriagó Verlaine; en
aquel rincón el autor de Ubu rey, Alfredo Jarry, había vertido
el tintero en su ajenjo-, se interesaba por las conversaciones de los
bebedores en el mostrador, acabando por imaginar acerca de ellos
fantásticas aventuras policíacas". Las chispas de su risa doraron el
fondo de su vida, diríamos con un verso suyo.
Como en su obra, puso a puñados en ella el don de su hada
madrina: la fantasía. La biografía de Apollinaire es una larga
anécdota. ¡Bienaventurados los artistas que tienen leyenda, porque de
ellos será el reino de la gloria! Un gajo de laurel ciñe ya la frente
estrellada del poeta de Alcoholes por encima de su "aparato
telefónico" de trepanado. Y ante esa imagen sentimos la envidiosa y
sonriente simpatía que inspiran quienes supieron abandonar el polvoso
y trillado camino e ir, ligeros y alegres, a campo traviesa.
En rigor, nadie conoció completamente a Guillaume Apollinaire,
"porque ante todo, dice Fleuret, trataba de seducir, y para agradar
mejor se identificaba con su interlocutor. Encontrábamos un poco de
nuestros pensamientos en los suyos y, a veces, de nuestras cartas en
sus artículos". Y Andrés Salmón -el eminente poeta y crítico de arte,
íntimo amigo suyo desde que se encontraran en el otoño de 1903 en un
cafetín del Boul’ Mich’-, pintando en su estudio La vida de
Apollinaire el aprendizaje del poeta como maestro de escuela,
dice: "Ya desde entonces gustaba Apollinaire de cierto misterio".
¡Ese misterio sin el cual no hay poesía! Erudito profundo -en libros
raro, aunque ignoraba la obra de indiscutibles glorias-, acaso haya
querido dejar a las curiosidades de los eruditos futuros, temas
para las fiebres reposadas de la busca y para las voluptuosidades
tranquilas del descubrimiento bibliográfico. No se le conocerá bien,
en efecto, hasta que sus comentaristas y biógrafos descubran y
expliquen lo que él se divertía en enmarañar. Todavía tarda ese
momento: sus amigos, perplejos y mal acostumbrados a su desaparición,
cuentan sólo anécdotas y recuerdos. Nos lo describen físicamente:
"Era floreciente en carne como en espíritu: robusto de tronco,
pequeño de piernas, parecía mayor de lo que realmente era. Tenía la
cabeza piriforme, como el rey Luís Felipe, y no le gustaba que se lo
dijeran. Gran comedor, gran bebedor, gran fumador de pipa, gran
andarín, capaz de borrar los estragos de una noche de frasca con un
cuarto de hora de sueño en una silla: ese era el hombre físico. La
seducción que emanaba de su persona (y que perdura en sus poemas, que
gustan o se desdeñan "porque sí", que es como se ama o se odia más
profundamente) se mezclaba a una autoridad riente y bufona; ponía
pompa en sus solemnes truismos. Poseía un gran poder de entusiasmo y
una gran facultad de ternura. Otros nos cuentan detalles pintorescos
de su vida, en los que el hombre se revela más completamente que en
cien líneas descriptivas. "Tenía, dice Billy, la manía de fijar valor
mercantil a todas las bellas puertas de las viejas mansiones
burguesas o nobles". En nuestro México ¿ en qué cifras no hubiera
valuado, perito mercantil de nuevo género, las tallas admirables que
nos legó el Virreinato Billy refiere también que no abría sus cartas
hasta dos o tres meses de recibidas; y recordamos al queirociano
Jacinto, cuya correspondencia desdeñada barría cual hojas marchitas,
melancólicamente, el negro Grillo.
A principios del siglo vivía Apollinaire en la
casa materna, en el Vesinet, un pueblo de villas y jardines,
suspirada Meca de empleados, a 10 kilómetros de París. Cansado del
ambiente y de perder invariablemente el último tren nocturno, acabó
por instalarse en París, a poca distancia de donde más tarde había de
albergarse el teatro del Gran Guiñol. En el Vesinet conoció a
los pintores Wlaminck y Andrés Derain, que formaban la naciente
"Escuela de Chauteau", pueblo inmediato. "De una serie de
conversaciones nocturnas entre vecinos -dice Salmón- nació en el la
ambición de consagrarse a la defensa de la pintura moderna".
Dando curso al anhelo de todos los jóvenes, que
es tener "su revista" en donde exponer su estética personal, fundó con
su amigo Toussaint-Luca, compañero de Liceo en Niza, El festín de
Esopo, que alcanzó nueve sumarios, contados desde octubre de 1906.
Por ese tiempo Apollinaire se ganaba la vida como empleado en un
Banco, dedicaba diez horas diarias a las delicias de la contabilidad.
Esto bastaba para que sus amigos le considerarán "financiero" y le
consultarán operaciones de bolsa o de banca. "Financiero" lo fue más o
menos toda su vida, como redactor del diario bursátil La
información y, antes, de un periódico que con el título de La
guía del rentista fundó el Banco donde trabajaba. Se complacía en
pretenderse competente en esas materias, aunque en realidad, revela
Salmón, su saber en ellas era nulo. A título de "financiero", sin
embargo, entrevistó al Gran Tesorero del Sultán de Marrueos durante el
viaje de dicho funcionario a París, en la época de la ocupación del
Imperio por Francia.
Por ese tiempo también, con el seudónimo de
Políglota -cuenta Billy en su libro, del cual he tomado buena
parte de estas notas biográficas- colaboraba en La democracia
social, en la sección Francia juzgada en el extranjero. El
seudónimo era apenas exagerado, aunque Apollinaire no conocía bien
sino el francés y el italiano, la lengua de su infancia: en su cuento
El judío latino, obra maestra de humorismo, refiere cómo le
despertó el campanillazo matinal de su visitante y como se levantó
"jurando en latín, en francés, en alemán, en italiano, en provenzal y
en walón".
Desaparecido El festín de Esopo, hizo
La revista Inmoralista, que se llamó Las letras modernas
en su segundo número, del cual no pasó. Ahí publicó Max Jacob sus
primeros poemas.
Como es natural, Apollinaire colaboró además en
diversas revistas y diarios. Fue Secretario de Redacción de Verso y
Prosa, y con el seudónimo de Luisa Lalanne firmó poemas y
artículos de crítica en Los márgenes.
En febrero de 1908 apareció en la revista La
falange su célebre poema en prosa Onirocrítica -óneros,
ensueño-, primer germen de la escuela "suprarrealista" creada por
Andrés Bretón y sus amigos dieciséis años después, la cual, por otra
parte, tomó su nombre de un concepto expresado en el prefacio de
Las ubres de Tiresias. En carta dirigida a Dermée en marzo de
1917, tres meses antes de la pieza, decía Apollinaire: "Creo, en
efecto, que es mejor adoptar surréalisme que surnaturalisme,
que yo había empleado primeramente. Surréalisme no existe aún
en los diccionarios, y será más cómodo que manejarlo que
surnaturalisme, ya utilizado por los Srs. Filósofos".
Por razones de espacio, forzoso es preservar para otro artículo el
estudio de la obra de Apollinaire y limitarse aquí a la simple mención
de sus libros. En 1909 edita a 106 ejemplares el primero de ellos, la
novela El encantador putrefacto, con grabados en madera de
Andrés Derain. La compuso a los dieciocho años. El encantador es
Merlín, sepultado en la selva de Broselandia en Bretaña. En ese mismo
año aparece el folleto, bajo el título de La poesía simbolista,
junto con las de Pablo Napoleón Roinard y Víctor Emilio Michelet, su
conferencia sustentada en abril de 1908 en Las tardes de los poetas,
organizadas por la 24ª. Exposición de los Artistas Independientes; se
anunció la conferencia con el título general de Los tiempos
heroicos y el particular de La falange nueva.
En 1910 publica los magníficos y originalísimos
cuentos del Heresiarca y Cía. , escritos en 1899 a esa fecha;
el cuarto de ellos da titulo al volumen, y la expresión "y Cía."
marca a los demás. La obra fue una revelación y estuvo a punto de
ganarle el Premio Goncourt de ese año, que le fue negado por la
propaganda de extravagancia hecha en torno al poeta por cierta
prensa. En su dedicatoria al joven dramaturga Tadeo Natansón llama a
sus cuentos "filtros de Fantasio": drogas excitantes de la imaginación.
También en 1910 publica un tomito : El teatro
italiano, hora de encargo que pasó inadvertida que no recoge en la
lista de sus libros.
En ese año Apollinaire trasladó sus penates a
Auteuil, no lejos de la casa donde vivió Balzac. "Desde su ventana
-cuenta Fleuret- veíanse grandes llamas sombrías temblar en la cima de
chimeneas fabriles; Apollinaire gustaba de convencerse de aquellos
cirios gigantes ardían en su honor; otras veces veía en ellos la
imagen de su gloria futura". En verdad, pocos horizontes mejores para
la contemplación del poeta: la chimenea, rígida, perfecta y
refractaria; y sobre ella el penacho de humo, elemental, libre y
caprichoso, de día; la llama sombría, en la noche, cual ante los
israelitas en el Éxodo. Asida la fantasía a la crin envenenada del
humo es posible escapar de lo real, como el príncipe de Las mil y
una noches en el caballo de Ébano. Y luego, la lección de
admirable indisciplina: la volutas oscuras suben, domesticadas por la
voluntad humana; pero de pronto se escapa el rebelde gesto y se
tienden a su sabor, deshechas y sin trabas, yendo a donde las lleva el
capricho de su cómplice el viento...
En el primero de los diez artículos del
Paseante de las dos orillas, libro publicado poco tiempo antes de
su muerte, describe sus recuerdos de Auteui: la pintoresca rue Berta,
por donde escapó Balzac en 1848 cuando trataban de aprehenderlo por
deudas; el antiguo palacete de la desventurada Princesa de Lamballe,
después asilo de locos y hoy garaje y otros curiosos detalles del
barrio.
Su vida en esos años no era fácil. Mucho días
hubo de contentarse con una sola comida compartida las más veces con
un amigo, compuesta de carne de res fiambre, que recogía en la casa
materna, y de un poco de fruta. Fleuret cuenta que algunos de esos
"banquetes", como se asombra Apollinaire de que su invitado tuviese
aun hambre, fruncía las cejas y le daba parsimoniosamente -porque era
muy económico- una tablilla de chocolate. Estos detalles son tanto más
pintorescos cuanto que el poeta ardía en fervor por las cosas
culinarias. "Su competencia en ellas, dice Billy, era por lo menos
igual a la que tenía como crítico de arte. Era erudito en todas las
cocinas del mundo y ponía en primer lugar a la italiana y después a la
francesa. Cuando se mezclaba en la condimentación, su fantasía le
llevaba a espolvorear rapé sobre los guisos: -Es, decía la receta
usada por el cocinero del Jockey Club para darle gusto de
venado a la carne de ternera..."
En esos años difíciles y encantadores estudiaba
en la Reserva de la Biblioteca Nacional los libros eróticos guardados
-supervivencia de prejuicios de otros siglos en el París republicano y
ateo- en un estante de hierro denominado El infierno.
Apollinaire preparó varias "ediciones de librería" que publicó la
Biblioteca de los curiosos, con prefacio y notas, y traducciones
en algunos casos, de la obra erótica del Marqués de Sade -que no era
marqués sino conde-, Baffo, Andrea de Nerciat, John Cleland, Pierre
Corneille Blessebois y otros, así como, en colaboración con Fleuret y
Luis Perceau, el catálogo comentado y metódico de los libros del
Infierno, publicado en 1912. Algunos de esos trabajos de encargo
son excelentes por la erudición que en ellos campea y el sentido
crítico que los anima, en particular Las más bellas páginas del
Aretino, obra editada por el Mercurio de Francia.
Como labor análoga cabe citar aquí su prefacio a
Las flores del mal, publicadas por La edición , del que
no sin motivo estaba satisfecho.
Apollinaire escribió a su vez cuatro libros -uno
de ello inédito aún- que aunque vendidos so capa y sin nombre de autor
no son, en rigor, más desenvueltos que otros legados por el amable
siglo XVIII, los cuales, sin estar precisamente en todas las manos, sí
son accesibles a la erudita curiosidad de letrados y bibliófilos. En
ellos la fantasía burlona, la lírica delicadeza del poeta, salven la
indecencia volviéndola jocunda. No ha de extrañar esto: "era, dice
Dermée, de naturaleza sanamente paganamente". En La obra libertina
de los poetas del siglo XIX, publicada por La edición,
Apollinaire insertó medianos y alegres versos bajo los seudónimos de
Germain Amplecas y del muy Rebelesiano de El abad de Thelème.
Sin embargo, ninguna de sus obras de esa índole figura en la lista que
da en El paseante de las dos orillas, que, con sus libros
póstumos más adelante citados, debe tenerse por la expresión de lo
que el poeta consideraba como su obra artística, distinta de esas
humoradas y de la "chamba". Faltan igualmente en la lista El fin de
Babilonia (1913) y Los tres don Juan (1914), obras de
serie publicadas con su nombre pero que fueron escritas por su amigo
y compañero de colegio René Dupuy, en literatura René Dalize;
están llenas de alusiones caricaturescas, herméticas para los no
iniciados, que les hacían morir de risa cuando en algún cafetín de la
pintoresca encrucijada de Buci, en el Barrio Latino, leían al
amanecer, entre el humo de las pipas, el último capítulo redactado.
En el año de 1910 Apollinaire reemplazó a Andrés
Salmón como crítico de arte en El intransigente, el gran
diario de la tarde, y publicó, entre otras pintorescas crónicas, sus
impresiones de “inundado”. En L’Intran -abreviatura popular-
comenzó su campaña de propagandista lírico y convincente del cubismo
y de los pintores modernos, que, más aún que su obra literaria,
había de hacer su nombre conocido Urbi et orbi y ganarle odios
acérrimos, como el que relata Billy: Apollinaire fue encarcelado el 7
de septiembre de 1911; se le acusaba de haber robado... ¡De haber
robado La Gioconda en el Museo de Louvre! Mientras escribía su
Balada de la cárcel de Reading, que intituló Apollinaire en
la Salud -la cárcel de París-, sus amigos reunieron firmas para
protestar contra tan absurdo cargo, y habiéndose dirigido a M. Franz
Jourdain, presidente de la Sociedad del Salón de Otoño, éste contestó:
-¿Mi firma para que suelten a Apollinaire? Jamás. Si fuera para que lo
ahorquen, con mucho gusto.
De su estancia de seis días en la cárcel -el
tiempo que fue "necesario" para que le interrogara el Juez de
Instrucción y, convencido del deplorable error de la policía, le
pusiera inmediatamente en libertad- Apollinaire guardó una larga
impresión de terror, que sus amigos se esforzaron por disipar. “Esa
aventura, dice Billy, le hizo entrar en la notoriedad por la puerta
del infierno".
La prisión de Apollinaire ha dado lugar a
torcidas interpretaciones cuando no a fábulas que mancillan
injustamente su memoria. Así, en un artículo publicado en La Prensa
de San Antonio, Texas, el 4 de diciembre de 1928, y reproducido el
mismo día por La Opinión de Los Ángeles, California, don
Victoriano Salado Álvarez, aunque tan sabedor de todo, incurrió,
entre errores de menor cuantía, en el de afirmar que, a
consecuencia de la trepanación, Apollinaire "dio en la cleptomanía.
El tribunal del Sena, agregaba, lo condenó por la sustracción de unas
estatuillas griegas del Louvre, y según parece su muerte se debió a
las contrariedades que le acarreo la sentencia". Rectificando ése y
los demás errores -debidos, según aclaró el articulista, a la
defectuosa información que encontró en algún periódico de Barcelona-
le escribí una larga carta, que, aunque privada, él me hizo el honor
de publicar en los citados diarios.
Conviene aclarar eso de las estatuillas y de la
prisión de Apollinaire. Cuando La Giocanda fue robada, el 21 de
agosto de 1911, la incapacidad de la policía -recordemos que hasta dos
años después no se recuperó el cuadro ni se aprehendió al ladrón, el
italiano Feruggia, obrero de las reparaciones que se hacían en el
edificio del Museo- determinó acres comentarios de la prensa y, lo
que es mucho peor en París, donde el ridículo mata: satíricas
cancioncillas de los coplistas de Montmartre. En la incertidumbre,
se recordó que recientemente Marinetti había proclamado la necesidad
de destruir los museos y las obras de arte antiguas. Y por si acaso el
robo obedecía a tales propósitos, se aprehendió al jefe del movimiento
artístico francés de vanguardia... Mediaba además otra circunstancia.
Por bondad, por humanidad, de las que desbordaba, Apollinaire aceptaba
"amigos" con excesiva facilidad, y algunas de esas "amistades" no
dejaban de ser peligrosas. Así, había albergado en su casa a un tal
Géry-Piéret, belga, vagamente literato, que le parecía muy pintoresco
y le sirvió de modelo para el pícaro "barón" Ignacio de Ormessan,
héroe de media docena de cuentos en El heresiarca y Cía. En
marzo de 1907, Piéret, que el poeta empleaba como secretario y que,
en realidad, era sólo parásito de su generosidad, robó en el Museo de
Louvre dos estatuillas fenicias. Aunque Apollinaire le aconsejó que
las devolviera, Piéret vendió una a cierto pintor amigo de aquél.
Asqueado por esas acciones despidió al "secretario", que se embarcó
para América. En abril de 1911 regresó Piéret, en tal miseria que
el poeta tuvo piedad de él y volvió a utilizarlo como "secretario":
copiaba sus manuscritos y desempeñaba algunos quehaceres domésticos.
Pero averiguó que el belga planeaba robar a un vecino y,
considerándolo incorregible, lo despidió de nuevo, la víspera
precisamente del robo de La Gioconda. Ocho días después volvió
Piéret a implorar caridad, con tales protestas de arrepentimiento, que
Apollinaire le dio hospitalidad por tercera vez, durante una semana, y
acabó por despacharlo a Marsella, pagándole el viaje y regalándole
150 francos de viáticos. Esas peligrosas relaciones contribuyeron
también a que, al ser robada La Gioconda la policía sospechara
de Apollinaire. No volvió éste a saber del belga, quien, al parecer,
diez años más tarde era en Egipto algo así como Sumo Pontífice de una
sociedad secreta fundada por él, mezcla de Masonería y Ejército de
Salvación ¡Una nueva aventura digna del "barón" de Ormessan¡
En 1912 Apollinaire abandonó Auteuil, adonde
-cuenta en El paseante de las dos orillas- debía volver en 1916
para ser trepanado en el hospital establecido en la Villa Molière,
y se instalaba con sus cuadros cubistas, los encantadores lienzos del
pintor aduanero Henri Rousseau, sus fetiches oceánicos y africanos,
sus innumerables curiosidades y su gata Pipa, en el elevado
departamento del Bulevar San Germán en el que había de morir.
Sus estudios sobre la batalla cubista aparecieron
ese mismo año reunidos en un volumen con el título de Meditaciones
estéticas, reimpreso más tarde con el de Los pintores cubistas.
Son páginas de gran perspicacia y de agudo sentido crítico.
Preciso es convenir que no era todo oro puro lo
que defendía. “Su generosidad y el gusto de la novedad -dice el
pintor y escritor Jacques Emile Blanche- le inclinaban a la
indulgencia hacia todo espíritu joven cuyas buscas y tendencias se
emparentaban con las suyas. Por cortesía y camaradería colocaba casi
en la misma fila a chicos y grandes. "Cuando se sostiene un movimiento
revolucionario en arte, decía sería comprometer su desarrollo al
disociar los diversos elementos en nombre del gusto. Mi deber es
exaltarlos a todos sin distinción: la posteridad sabrá reconocerlos".
Delante de ciertos cuadros de sus defendidos, refiere Billy,
estallaba en risa, pero rehusaba siempre conceder que no se
recomendaban por ninguna cualidad propiamente artística. Y todo el
mundo conoce su salida famosa frente a un cuadro sin importancia:
-¡Quien sabe! Quizás sea más bello que un Cézanne!..."
En febrero del mismo año aparece el primer número
de Las veladas de París, en el cual publica, con puntuación,
un soneto de forma clásica, puntuación y forma que después había de
desdeñar. La revista fue fundada por Andrés Billy, René Dupuy, Andrés
Tudesq - escritor que viajó por México durante la lucha
revolucionaria, la cual le inspiró La hacienda incendiada- y
Andrés Salmón, junto con Apollinaire, en el Café de Flora,
donde el cenobita Remy de Gourmont reposaba cada tarde su tortura de
desfigurado. Las veladas de París, que Apollinaire compró en
doscientos francos a Billy después del segundo número y que dirigió
con Juan Cerusse, fueron "su revista". Duraron hasta el número 23,
fechado el 15 de abril de 1914, y se extinguieron apaciblemente, "como
si hubieran presentido que las nuevas veladas de París que
preparaba la guerra, habrían de ser de dolor y de angustia".
En 1913 aparece uno de los dos libros capitales de Apollinaire:
Alcoholes, que reúne los poemas escritos desde sus 18 años
hasta esa fecha, en que tiene 33. De ese libro, Roch Grey ha escrito
este juicio, que es el de todos: "es el libro de versos más
importante que haya aparecido después del de Rimbaud". Las críticas
más severas y los elogios más entusiastas acogieron a Alcoholes.
Como quiera que abarca quince años, dista mucho de ser uniforme,
salvo la especie de “marca de fábrica" que pone a todos los poemas la
falta de puntuación, abolida por el poeta al corregir las pruebas de
imprenta. No era esto invención suya, pero sí él era el primero en
erigirlo en sistema.
También en 1913 publica La antitradición
futurista, "manifiesto-síntesis", 14º del Movimiento Futurista
iniciado en febrero de 1909 por Marinetti. En 1914 edita El
Bestiario o Cortejo de Orfeo, poemas epigramáticos, un poco a la
manera del hai-kai, con bellos grabados en madera de Raúl Dufy.
Como para Huysmans la ley de separación entre la Iglesia y el
Estado, que, según Remy de Gourmont, le permitió cortar a lo Alejandro
Magno una situación insoluble al final del libro El oblato, la
guerra fue para Apollinaire una salida: un mundo nuevo se le abría
cuando ya había exprimido el jugo del viejo mundo. Se dio a él como al
encanto de otra juventud; en la guerra, más que en ningún otro
aspecto de la vida del hombre, se agazapa lo inesperado: toda ella es
una perenne sorpresa. Su origen extranjero eximía a Apollinaire del
servicio militar, pero se naturalizó francés y, como por su edad
pertenecía a la clase de auxiliares, para poder presentar servicio
activo se alistó como voluntario. "Al no querer considerar nada como
pernicioso, estaba comprometido, por decirlo así, a considerar sin
amargura el espectáculo de la guerra", dice Bretón. Billy agrega:
"La guerra le divertía prodigiosamente. Todas sus cartas reflejan el
buen humor, la alegría del niño a quien llevan al circo". Thomas
explica así ese estado de espíritu, que para el hombre "a ras de
tierra" aparece desconcertante cuando no monstruoso: "Esa ligera
simiente de extravagancia que germina en la materia sublimada de los
poetas, le había hecho encontrar, al fin, un dominio igual a sus
imaginaciones. Apollinaire vivió ese ensueño prodigioso, chespiriano,
lírico y bufón a la vez, que sólo los poetas saben descubrir en la
guerra". Y no se crea que la actitud de Apollinaire obedeciera a falta
de experiencia: en 1915 escribía desde el frente Fleuret: "esta vida
es fantástica y todo esto es mucho más extraordinario de lo que yo
hubiera creído, sobre todo las trincheras y las primeras impresiones
del primer obús cerca de uno. ¡Eso vale la pena de vivirse!" En julio
del mismo año, en otra carta agregaba: "la guerra es, decididamente,
muy hermosa, y a pesar de todos los riesgos que corro, del cansancio,
de la falta absoluta de agua y, en suma, de todo, en modo alguno
estoy descontento de haber venido". Y después de herido y trepanado,
seis meses antes de morir, publicó en el Mercurio una nota
sobre ciertos poemas en prosa aparecidos bajo el seudónimo de
Bertie Angle, expresándose en estos términos significativos:
"Este álbum forma parte del corto número de obras en donde la guerra
no está considerada desde el punto de vista de una impecable tristeza.
Se trata, sin embargo, de un testigo. Me place esta pequeña élite
de quienes han estado en la guerra y que han podido verla sin
malhumor". ¿La "guerra florida"?... No: la guerra en encajes, como en
el siglo XVIII; o mejor dicho, los aspectos accesorios, pintorescos,
de la guerra: no el infierno del bombardeo y del ataque, de los gases
asfixiantes y de los lanzallamas, sino la guerra en su aspecto de gran
removedora de hombres. ¡Qué más! Recién trepanado, Appollinaire
recibía a sus amigos en el hospital y les mostraba su casco agujereado
y el ejemplar de la revista manchado con su sangre; y al hacerlo,
reía...
Una excepción, sin embargo, en su peculiar punto
de vista: en carta de abril de 1915 al escritor Farnando Divoire, le
dice: "lo único que me ha dado escalofrío fue, yendo solo (llevaba
órdenes de un punto a otro) por un camino, un aeroplano Taube, que me
parecía estaba precisamente encima de mí y que lanzó una bomba que oí
estallar. Eso, es desagradable"... Pero tres o cuatro líneas después,
agrega: "oigo con placer el cañoneo y, como todo el mundo, corro a
buscar las espoletas de los obuses que estallan, para hacer anillos,
cuando son de aluminio. Como verás no nos aburrimos demasiado".
¿Inconsciencia? Sería absurdo suponerlo:
optimismo, que le hacía ver solamente lo amable o lo pintoresco de
todas las cosas. Ni aún la chata vida de guarnición logró
disgustarle. Como él mismo dice a Andrés Dupont en una de sus
divertidas cartas en malos versos en las que el buen humor lo salva
todo, "amó tanto a las artes que se hizo artillero: el arte del
cañón es, como el de la poesía, el arte del bien medir y con la
astronomía puede comparársele". Era -para quienes gusten de
precisiones- segundo cañonero conductor en el 38º regimiento de
artillería de campaña, batería 70, con guarnición en Nimes. Un ex
compañero le pinta mal jinete, con terrores cómicos cuando su enorme
yegua normanda galopaba, cliente asiduo de la cantina, rica en cosas
comestibles, y escribiendo, en los momentos libres, versos que
interrumpía la llegada de algún sargento, casta impermeable, como es
notorio, a tales manifestaciones artísticas.
Un corto permiso que obtuvo lo pasó en Argelia,
en Orán, de donde volvió con un cargamento de anécdotas, algunas de
las cuales insertó más tarde -junto con páginas publicadas en La
vida anecdótica del Mercurio de Francia y un largo fragmento de
novela inconclusa sobre los mormones- en su novela La mujer sentada.
Este libro, lo mismo que sus piezas Casanova y Colores del tiempo
- poema dramático publicado en 1920 en la Nueva Revista Francesa-,
quedó inédito al morir el poeta; no fue impreso hasta 1920. Otros dos
libros de Apollinaire fueron editados con el carácter de póstumos: en
1928, Anecdóticas, reunión en volumen de la mayor parte de las
notas de su sección en el Mercurio; y, con anterioridad, en
1925, Il y a ..., que cabe traducir por Hace... Reúne
principalmente este libro los primeros ensayos del poeta, de muy
clásica forma. Si Apollinaire, en efecto, innovó, no fue por
impotencia para expresarse: poeta nato, hubiera podido, de haberle
buscado, labrarse un renombre envidiable sin salirse de las reglas
académicas. Pero, como dice alguno de sus críticos, "su naturaleza
intuitiva y primitiva se rebelaba contra el conjunto de
convenciones y prejuicios particulares a las civilizaciones
envejecidas, que era lo que él entendía por << buen gusto >>; en esa
rebeldía consistía su genio".
De cómo soportaba Apollinaire las penalidades del
estado militar, da idea este párrafo de un carta escrita después de
una ruda marcha de seis horas con su batería, que le lastimó las
rodillas: "tantos hombres mueren en estos momentos, que es un
verdadero placer sangrar solamente". Su regimiento estuvo a punto de
ser enviado a los Dardanelos, y el poeta, soñando ya con la entrada a
Constantinopla, imaginaba cuentos: la resurrección del sacerdote
enmurado por los turcos en Santa Sofía mientras celebraba la misa,
surgiendo de la pared y acabando el Santo Sacrificio ante los nuevos
cruzados... Y en una carta a Billy le decía:
Yo espero
a los otomanos
A menos que me agarre el
frente sur
Novela extraordinaria
Qué suerte
Su tardanza en Nimes se debió a que hacía
estudios para suboficial de artillería; fue nombrado sargento
brigadier y posteriormente promovido a sargento mayor; en abril de
1915 fue enviado a las segundas líneas de trincheras, pero como se
enmohecía en la inacción, permutó con otro suboficial y pasó a la
infantería, en donde los ascensos eran más rápidos por ser los
riesgos mayores.
A mediados de 1915 editó a veinticinco
ejemplares, tirados en prensa de policopiar y vendidos a veinte
francos a beneficio de los heridos de la guerra, sus poemas
patrióticos y guerreros, Caja de armones -los carros donde se
transportan los proyectiles del cañón-, después insertos en
Caligramas.
El 17 de marzo de 1916, en una trinchera cerca de
Verdún, mientras leía el Mercurio, un fragmento de obús le
hirió en el cráneo, perforando el casco de acero. Él ha contado que
nada sintió e iba a reanudar la lectura cuando su sangre comenzó a
gotear por la revista. La herida había interesado seriamente la
bóveda craneana, y la trepanación fue necesaria. "En su convalecencia,
Apollinaire era ya otro, dice Billy: de hombre abierto, entusiasta,
alegre y pueril, la guerra había hecho un ser irascible,
reconcentrado, desconfiado. Grande y macizo como era, la inacción del
hospital la había vuelto enorme". El, más conocido de los retratos que
le hizo Picasso es de esa época y le muestra en uniforme ya de
subteniente -de la 6ª compañía del 96º regimiento de infantería-
vendada la cabeza, crecida la barba y prendida al pecho la Cruz de
Guerra. Para no ser enviado nuevamente a Nimes, obtuvo un empleo en
la Censura Militar de París, quedando encargado especialmente de leer
las pequeñas revistas. A la vez traducía los periódicos ingleses en el
diario París-Mediodía y colaboraba en el Boletín de
Informaciones Coloniales. Apollinaire funcionario no es menos
sorprendente que Apollinaire artillero; Carlos Regismanset, colega
suyo, cuenta que le intimidó, al comenzar, lo "oficial" de la oficina.
En 1916, el poeta asesinado publica El poeta
asesinado, con cubierta de Capiello y un retrato por Andrés
Rouveyre. Es una corta novela seguida de quince cuentos, de la misma
vena de los de La Heresiarca y Cía., todo ello escrito entre
1910 y 1915. La guerra retrasó dos años la publicación del libro, que
al estallar aquélla estaba en cajas. Después de trepanado, Apollinaire
le agregó un cuento final: Caso del sargento enmascarado,es
decir, el poeta resucitado, muy diferente en concepción y estilo a
los precedentes, indicio de lo que hubiera sido su nueva manera.
Una traducción castellana de R. Cansinos-Assens,
con prólogo de Ramón Gómez de la Serna, fue editada en 1924 por la
Biblioteca Nueva, de Madrid. A lo que parece, el feraz panegirista del
Café de Pombo utilizó para documentarse el libro de Billy, el prefacio
de Royere a la edición de Il y a ..., y los números especiales
dedicados a Apollinaire en 1924 por las revistas El espíritu nuevo
e Imágenes de París (dos, esta última). Sea por premura en la
documentación, sea por insuficiente conocimiento del francés, el
prologuista incurre en errores, el más chistoso de los cuales es el
que vuelve rusa -russe- a Mme. Apollinaire, que es bien
francesa pero que es rousse, pelirroja.
Acuciado por lo difícil de la vida, Apollinaire
trabaja mucho de 1916 a 1918, como si presintiera que ya le quedaba
poco tiempo para acabar su obra. En 1917 aparece, editado a 215
ejemplares, Vitam Impendere Amori, poemas, con dibujos de
Andrés Rouveyre, y se estrena, el 24 de junio, Las ubres de
Tiresias -el célebre adivino de la Tebas griega- "drama" en verso,
en dos actos y un prólogo, con música de Germana Albert-Birot;
impresa en 1918 con siete dibujos de Sergio Férat, esa apología de la
fecundidad, primera manifestación del suprarrealismo, provocó un
verdadero escándalo.
En mayo de 1918 el poeta se casa y, pocos meses antes de morir,
publica sus Caligramas, poemas escritos en 1913 a 1916, con su
retrato por Picasso. Es, con Alcoholes, su obra principal.
Aunque ya a los catorce años Apollinare había compuesto un caligrama,
éstos proceden realmente de las Mezcolanzas de Tabourot des
Accords, curiosa colección de equívocos, acrósticos, adivinanzas,
etc., que su autor describe como "versos para cosquillearse y hacerse
reír uno mismo y en seguida a los demás". Las dos ediciones de este
libro, de 1582 y 1662, y la de Touches -cuyo título no traduzco
para no elegir arbitrariamente entre los diversos significados de esa
palabra-, de 1585, fueron estudiadas por Apollinaire en la Biblioteca
Nacional. Completando ese germen, los largos ocios del cuartel y del
hospital le hicieron dedicarse al dibujo y la pintura; de ahí
nacieron los caligramas, "obra de un poeta-pintor, en que la
tipografía aspira a la forma plástica -a menudo con muy sugerentes
escorzos- para completar la idea poética, sobre la cual, a su vez,
obra asimismo".
En 1918 aparecen también la segunda edición del
Bestiario y su último libro: El paseante de las dos orillas,
edición de La sirena, colección de diez crónicas sobre
recuerdos personales y curiosos aspectos de París, la mayoría
publicados en la sección La vida anecdótica del Mercurio de
Francia.
Una parálisis progresiva que se le presentó en el
brazo y pierna izquierdos hizo precisa una segunda trepanación. Pero
su robusta constitución estaba minada por la herida. Al comenzar
noviembre de 1918 cayó enfermo de la terrible epidemia de gripe
perniciosa con que el Destino castigó al mundo por su locura homicida
. Debilitado por ambas infecciones, su corazón no pudo resistir la
infección. Y cuando en el Bulevars San Germán pasaban los
manifestantes en el júbilo del armisticio inmediato, gritando "¡Muera
Guillermo!" -el Kaiser-, moría Guillermo, el admirable poeta, después
de ocho días solamente de enfermedad. En cierto modo, se realizó así
la predicción de su amigo Billy, que en 1915 le escribía: "aunque la
guerra deba durar aún sesenta años, tú no serás matado sino hasta los
últimos instantes".
Cabe aquí citar una anécdota. El poeta Blas
Cendrars conoce viejos remedios terapéuticos, entre los cuales
cierto "aceite de Harlem" con el que durante la epidemia, salvó a 72
de sus amigos: dos más, que rehusaron tomarlo, murieron; Apollinaire
fue uno de ellos. Sin embargo, había escrito en La vida anecdótica
una nota sobre ese remedio, pero no pudo decidirse a beberlo, "lo que
prueba, dice Cedrars citado por Bretón, que era solamente un curioso y
no experimentador".
El gran misterio que arrebató al poeta parece haber tendido sobre
su familia una mano avarienta: en mayo de 1919 moría Mme. de Kostrowitzky; y en México, un mes después, el tifo mataba a Alberto.
Pero sobre la tumba de Apollinaire, en el cementerio de Pere Lachaise,
cerca de la de Óscar Wilde, crecía la gloria. El había dicho:
lego al porvenir la historia de
Guillaume Apollinaire,
que en la guerra estuvo y supo estar doquier.
Y saliendo de las páginas del Mercurio, en donde,
días después de la muerte de l poeta apareció el artículo capitalísimo
que fue su testamento artístico, "el espíritu nuevo" echaba a volar
sobre el mundo...
En el cuadro de honor de los escritores muertos
por Francia en la guerra de 1914-1918, erigido en el Panteón - el
suntuoso edificio en cuyo frontón letras de bronce proclaman: " A los
grandes hombres la patria agradecida" - figura el nombre de Guillaume
Apollinaire. Francia ha hecho suyo, así, al poeta extranjero que le
dio su genio y su sangre. Repitiendo el caso de José María Heredia,
del griego Juan Moreas, y de la condesa de Noailles, rumana, el
cosmopolita Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky, nacido en Roma,
educado en Mónaco, de madre rusa por nacionalidad, de ascendencia
polaca, fue uno de los más altos poetas franceses de su época. Un caso
más que demuestra la escasa influencia de la patria de origen: expresó
su genio en francés y es Francia quien se enorgullece de él.
Bibliografía de Guillaume Apollinare
L’ encahnteur pourrisant, con grabados en
madera de Andrés Derain; Kahnveiler, 1909; n.r.f., 1921 – Lo
poésie symboliste, en colaboración con P.N. Roinard y V. E.
Michelet; L’Edition, 1909. – L’ hérésiarque et Cie., Stock,
1910; Delamain, 1922. – Le Bestiaire uo Cortege d’Orphée, con
grabados en madera de Raoul Dufy; Delaplanche, 1911; La sirene,
1918. – Les peintres cubistes, Figuiere, 1912. – Alcools
(1898-1913), con un retrato por Picasso; Mercure de France, 1913;
n. r. f., 1920. – Case d’ armons (recogido en calligrammes),
Aux Armées de la Republique, 1915. – Le poete assassiné, con un
retrato por Andrés Rouveyre; L’ Edition, 1916. – Vitam impendere
Amori, con dibujos de Andrés Rouveyre; Mercure de France, 1917. –
Les mamelles de Tirésias; música de Germaine Albert-Birot;
dibujos de Serge Férat; Sic, 1918. –Calligrammes (1913 –
1916); con un retrato por Picasso; Mercure de France, 1918; n. r. f.,
1928. – Le flaneur des deux rives, La Sirene, 1918. – OBRAS
PÓSTUMAS: La femme assise, n. r. f., 1920. – Il y a ..., Messein,
1925. – Anecdotiques, 1928.
La leyenda de Guillaume
Apollinaire
El 9 de noviembre de 1918 murió en París el creador del movimiento
moderno, que descubrió algo más grande que un simple "estremecimiento
nuevo": un nuevo mundo de poesía.
Cuanto hoy brilla en la poesía moderna procede
de Apollinaire. Fue inútil que los dadaístas atacaran su memoria en
1920- lo cual es una manera de reconocer su soberanía- acusándole de
haber imitado a Max Jacob, el católico poeta de "Laboratorio Central"
declaró públicamente que sus versos eran posteriores a los de su
amigo. Y la influencia de éste perdura hasta el neo
dadaísmo actual de
los supra-realistas, quienes de él, además tomaron el nombre.
Guillaume Apollinaire no tiene historia: tiene
historietas. He aquí varias. Una vez, debiendo dar una conferencia
sobre pintura, prefirió irse en automóvil a Chartres, para burlarse
del "respetable" público. En una comida sirvió a sus invitados peras
con mostaza y lechuga aderezada con agua de Colonia. Hizo con el
pintor cubista Picabía un viaje improvisado a Inglaterra, asegurándose
que hablaba admirablemente el inglés; pero cuando Picabía quiso
desayunar en el barco, Apollinaire no pudo hacerse entender del
camarero, y confesó a su amigo que no hablaba sino el "irlandés
antiguo". Cierto día trenzo listones de seda azul en sus zapatos y
trató de pasearse así por París, para lanzar una nueva moda. Inventó
un sistema desconcertante y sencillo para hacer entrar grandes muebles
por una puerta demasiado pequeña: meterlos a pedazos. Una noche,
vistiéndose aprisa para ir a una cena, no pudo sacar su corbata de
esmoquin de la botella donde la guardó, para no extraviarla, y se hizo
pintar con tinta china en la camisa un lacito que le dejó encantado.
Mil anécdotas más ¡tantas que desbordan de los libros y llegan a los
corazones!
En sus treinta y ocho años de vida mortal
-durante los cuales creó rápidamente su vida inmortal- hubo aquí y
allá un viaje, un amorío, una aventura colindante con la novela. Sobre
esa realidad, en suma curiosa y no excepcional, se va formando, como
la bruma sobre los prados en los atardeceres del otoño, una leyenda:
encontró en Praga al Judío Errante, con el cual visitó la Ciudad y
buscó -lo mismo que nuestro poeta- a una gitana a quien brindar diez
kreutzers por un beso; era llamado, de tiempo en tiempo, por el
Vaticano en consulta ecuménica; descubrió en un trapero parisiense a
un descendiente del emperador romano Pertinax; y una tarde, en el
puente de Grenelle, frente al mismo atónito del poeta Fernando Fleuret,
se elevó en un carro de fuego como el profeta Elías, precedido por "pihies"
de la China "que no tienen más que un ala y vuelvan por parejas",
desaparecieron confundiéndose con la pompa crepuscular... Eso puede
haberlo inventado Fleuret, poeta al fin, o puede haber sido cierto, al
gusto del lector: Apollinaire estudió los libros escondidos en el
"Infierno" de la Biblioteca Nacional de París, y sabía sin duda ese
secreto y otros muchos más.
A su leyenda él añadía materiales, como el
alquimista; disparatadas substancias al conocimiento que en la retorta
se trocará en piedra filosofal. Por ejemplo: se complacía en hacerse
pasar por hijo de un prelado romano -y Picasso lo caricaturizó con la
mitra paterna en la cabeza-, o bien imaginaba amores con la primer
linda pasante a la que seguía a través de París, atado a su nuca por
langorosas miradas, describiéndola después a sus amigos como acróbata,
princesa, o recamarera.
Nadie como Apollinaire ha sabido encontrar lo
inesperado en los "fait-divers" -los sucesos cotidianos que narran los
diarios en tres líneas-, la suma de poesía que encierra la vida
anecdótica, que es la vida simplemente: vivir sin anécdotas es
vegetar. Estaba, dice Carlos Regismanset, profundamente convencido del
interés puramente anecdótico de la existencia. Ha sido probablemente
el hombre que conoció más historietas sobre todas las personas
notorias de su tiempo, y en ocasiones las inventaba poniendo en ellas
una seriedad inmensa y una gruesa bufonería.
La creación incesante de estados nuevos del
espíritu; total solución de continuidad, renovación absoluta entre
cada minuto siguiente; pasar de uno a otro no como quien se arrastra,
ni siquiera como quien vuela, sino como quien salta. Él rompía lo
cotidiano, acogía con alborozo los minúsculos cambios que nos brinda
la vida de todos los días, y los provocaba. Cultivaba el incidente
como una flor vulgar de rendimiento, a ciento por uno, ha dicho un
crítico. Que el incidente sea bueno, es secundario, lo que importa es
que sea nuevo; ese es su aliciente y su belleza. Estar siempre en
perenne partida, remozarse el alma cada día como quien da cuerda al
reloj, gustar y entender la lección del humo y de la nube, es ser
poeta. Poeta es quien crea, de adentro para afuera, paréntesis de
irrealidad, de "suprarrealidad" en lo cotidiano. Lo ideal sería
destruirlo, pero todos los ideales son inaccesibles.
Un soldado belga, que fuera su secretario años
atrás, le vio aparecer en la trinchera donde estaba d centinela. Y un
amigo, que ignoraba su fulminante enfermedad, escribía una tarde cerca
de la ventana cuando un cuervo vino a posarse en el barandal y,
después de mirarle fijamente, continuó su vuelo hacia el barrio en
donde moría el poeta. Posibles humoradas de su espíritu. En verdad,
pocos horizontes mejores para la contemplación de un poeta: la
chimenea, obra del hombre, rígida, perfecta y refractaria; y sobre
ella el penacho de humo libre y caprichoso durante el día, la llama en
la noche, como ante los israelitas durante el Éxodo. Asidos a la crin
desmelenada es posible escapar de lo real como el príncipe de las
Mil y una noches en el caballo de ébano. Y luego, la elección
admirable: la línea oscura sube, domesticada por la voluntad humana,
pero de pronto se deshace en un rebelde gesto y se escapa donde la
llave el capricho de su cómplice el viento.
Apollinaire en México
Particularmente hablaba de sus viajes a ciudades
donde no estuvo jamás. Así, en algunos de sus poemas, sobre todo en la
admirable Carta-Océano donde pinta la subida al cerro de
Chapultepec, da la impresión concreta de haber vivido en México.
En una sección del "Mercure de France" bien definida por su título de
La vida anecdótica, publicó frecuentes anécdotas de la vida
mexicana. Una de ellas, titulada El bardo maderista Jesús Urueta,
describe el imaginario arresto del orador el 18 de febrero de 1913
a bordo del tren de Veracruz, en l a estación de Apizaco. Urueta,
dice, iba vestido de mujer con rara elegancia y llevaba en la mano
-"detalle singular y bien preciso"- el tomo primero de las Poesías
de Plácido, edición de Roe Lockwood & Son, de Nueva York. Otra
anécdota, con el título de Franceses en México, cuenta las
disposiciones tomadas por la colonia con los grupos inglés y alemán,
en caso de una crisis de xenofobia, era su hermano Alberto -muerto de
tifo pocos meses después que él, quien en cartas desde México le
proporcionaba información sobre nuestro país, completada por su
intuición de poeta, por sus lecturas, y principalmente, por sus
charlas con el inefable "viejo ángel", el aduanero Enrique Rousseau,
pintor y violinista. Rousseau, uno de los más desconcertantes milagros
de la época, hombre del siglo XIII nacido en el XX por error, fue en
su juventud soldado en el cuerpo expedicionario francés con Forey. De
ese viaje quedó deslumbrado para siempre; la visión de las selvas
tropicales, del cielo y del sol mexicanos, perduró en sus ojos y en su
alma. De lo que Rousseau habló de México con Apollinaire dan fe
cuadros del pintor y los versos del poeta. Fue para ambos el
maravilloso país de todas las posibilidades.
La Guerra fue para Apollinaire mas que ningún
otro aspecto de la vida humana, lo inesperado: Toda ella es de una
perenne sorpresa, una anécdota constante. Un mundo nuevo se le abría
cuando ya había exprimido el jugo del viejo mundo. Se dio a él como al
encanto de otra juventud.
La Guerra selló el pacto entre Francia y el
poeta, haciendo de Apollinaire, voluntario extranjero, un soldado
francés y poniendo en su frente la estrella roja de la gloria.
El espíritu nuevo
"esprit nouveau"
de Guillaume Apollinaire
Existe un estado particular de conciencia en nuestro
tiempo, consecuencia directa del dinamismo y la vibración en que
vivimos, hijo de la velocidad, hasta ahora la única conquista positiva
de la Humanidad. Bueno o malo, aplaudido o atacado, ese estado de
conciencia existe de modo tan evidente que es innecesario hacerlo
notar: todos estamos convencidos de que hoy una parte de los artistas
y de los creadores de belleza piensan y producen fuera del estado de
conciencia que produjo la obra clásica. A ese estado, en lo que se
relaciona con la obra de arte, la denominó Guillaume Apollinaire "esprit
nouveau", espíritu nuevo.
La definición es sólo relativamente feliz.
Nuevo con relación al espíritu clásico. ¿será nuevo para las
generaciones futuras? Seguramente no. Ciertos historiadores subdividen
la historia en sus últimos períodos en moderna, que llega hasta la
revolución francesa y contemporánea, que alcanza desde esa época hasta
nosotros. Es evidente que a los historiadores de mil años más tarde
esa división no satisfará, puesto que contemporáneo se llama lo que
sucede en el tiempo en que se escribe la crónica de los sucesos de que
se habla, y para esos hombres del futuro, nuestra edad contemporánea
será tan antigua como es para nosotros el reino de Carlomagno. Así con
el espíritu nuevo. Pero provisionalmente basta. Además, vivimos tan
aprisa que esa definición si bien abarca corto número de años son de
tal intensidad que equivalen a los largos períodos de otros tiempos en
los que para iniciarse, crecer, desarrollarse, decaer y morir una
escuela o un estado de espíritu, transcurrían varias vidas de hombres.
Nuestras horas valen por días, nuestros días por meses, nuestros meses
por años, nuestros años por décadas: el cubismo, movimiento de
trascendencia extrema que ha dejado marcada toda la producción
artística posterior a 1910 con un sello indeleble como la flor de lis
sobre el hombre de los condenados por la justicia del rey de Francia,
ha durado diez años. Sus creadores –un
Picasso, por ejemplo- marcan en
su vida mediada apenas cuatro, cinco etapas: período rosa, período
azul, cubismo, neo-clasicismo, última manera; y entre cada una las
diferencias son tan marcadas y tan hondas que el artista es otro.
Cinco años: una nueva alma: de nuestro yo antiguo quedan sólo
reminiscencias.
Espíritu nuevo, pues. Lo que durará, no lo sabemos: pero existe y
bajo su bandera se hace el arte de hoy: frente a frente,
correspondiéndose el uno al otro como los dos garfios del paréntesis,
cóncavo el uno y convexo el otro,
Picasso y Apollinaire, los dos
grandes innovadores, encierran todo el genio de un momento del mundo.
Entre las dos columnas, la multitud.
Ese espíritu nuevo se muestra hasta ahora, principalmente, en la
pintura y en la poesía. En un artículo póstumo, -verdadero testamento
literario- publicado en 1° de Diciembre por el Mercurio de Francia
Guillermo Apollinaire, inventor de la palabra -¡inventor de tantas
cosas!- lo define: "El espíritu nuevo que se anuncia, dice, pretende
heredar ante todo de los clásicos un sólido buen sentido, un espíritu
crítico seguro, vistas de conjunto sobre el universo y el alma humana,
y el sentido del deber que despoja los sentimientos y limita, o mejor,
sujeta, las manifestaciones. Pretende, además, heredar de los
románticos una curiosidad que le mueve a explorar todos los dominios
propios para proporcionar una materia literaria que permita exaltar la
vida bajo cualquier forma que se presente. (Veáse pues que no es algo
esporádico, arbitrario, nacido porque sí y sin ligas con lo pasado: es
el mismo arte, el mismo aliento vital, que continúa, adaptándose a la
sensibilidad de los hombres de hoy.) Explorar la verdad lo mismo en el
dominio étnico, por ejemplo, que en el de la imaginación, he ahí las
principales características de este espíritu nuevo.
Los poetas deben hacer el aprendizaje de esta libertad de
inimaginable opulencia. En el dominio de la inspiración, su libertad
no puede ser menor que la de un diario que trata en una sola hoja las
materias más diversas, y recorre los países más lejanos. Se pregunta
uno por qué el poeta no tendría una libertad por lo menos igual, y
estaría obligado, en una época de teléfono, de telegrafía sin hilos y
de aviación, a mayor circunspección respecto a los espacios.
La Libertad y el orden que se confunden en el espíritu nuevo son
su característica y su fuerza, dice Apollinaire. Él reclamaba la
libertad de expresión, la única capaz de determinar nuevos
descubrimientos en el pensamiento y en el lirismo. Según eso, dice
André Billy, puede definirse el "espíritu nuevo" como el espíritu de
razón o espíritu clásico, aliado al espíritu de libertad o espíritu
romántico, y al espíritu de verdad o científico, para la conquista del
mundo.
Todos los iniciadores de un movimiento artístico, dice un crítico,
se equivocan sobre el alcance estético de su obra: no creamos que los
jóvenes poetas de 1820, al comenzar el romanticismo, hayan visto
claramente la reforma que preparaban. Se sufre una corriente que los
arrastra, más bien que no se la analiza.
Apollinaire creó la estética nueva del salto lírico; rica en
maravillosos secretos: a cada salto, batir su propio record y pasar por
sobre el mayor número de ideas intermedias posible: en la cadena sólo
nos importan el eslabón que la comienza y el que la acaba. Y si no
somos capaces de saltar tan lejos como el poeta, no importa: nos deja,
entre su punto de partida y su punto de llegada, vagar bastante para
que a nuestro sabor reconstruyamos los puntos de apoyo que nos sean
necesarios: help yourself. Sírvase a su gusto. ¡Tanto peor para
él, si el lector necesita que le den el alimento ya masticado, como
algunos animales hacen con sus pequeñuelos! Un gran poeta francés
define la prosa como el arte de decir las cosas, y la poesía, como el
arte de sugerirlas. Pero contra la sugerencia limitada, canalizada,
estrecha, de la poesía antigua, Apollinaire -y con él quienes le
siguen- no pone límites a la sugerencia, la deja enteramente libre, y
aumenta sus posibilidades sin límites.
Hoy no le torcemos ya el cuello al cisne de plumaje engañoso. Es
antieconómico. Lo pintarrajeamos como un navío camuflé durante la
guerra, lo anunciamos a golpes de manifiesto -bombo y platillos- y
cobramos cincuenta centavos por mostrar el ave rara, primera de una
especie desconocida. El mérito es igual: el último plesiosaurio o el
primer cisne multicolor.
Todo el esfuerzo de la civilización tiende a limitar; todo el de
la cultura, a definir. Paralelamente, el creador artístico limita; el
crítico, define. Limitar, porque en el número infinito de las
posibilidades, el creador el creador artístico marca la suya, la
arranca a la ganga informe, la precisa y la circunscribe con hiletes
de cuero de buey como el héroe mítico a la ciudad codiciada, o con la
punta de la pluma, émula de la espada de Pizarro dividiendo el mundo
en dos partes: lo posible y lo imposible, y eligiendo ésta última.
Definir, porque entre la obra forzosamente contradictoria e
inextricable, serpentea continuo, claro y seguro un espíritu -tal un
arroyuelo entre los matorrales de un bosque- y el cr´tico ahonda,
busca, y muestra en fin, definiéndolo, ese espíritu.
Ya no se canta a la Mujer. Ahora se cantan otras cosas. Jean
Cocteau, el ángel; Reverdy, la visión espectroscópica de las cosas,
bajo el barniz de lo cotidiano; Cendrars, la red que trazan sobre el
mundo sus pies viajeros; Morando, el cosmoplitismo sensual y
hedonista; Jules Romains, el alma colectiva de la muchedumbre. Así los
demás. A Rimbaud debemos todo eso. ¡Loado sea! Él alzó una columna de
humo durante el día, de fuego en las noches, y nos guió -nuevo Moisés-
hacia lo inexplorado de la poesía. Él nos dijo: -Lisardo, en el mundo
hay más, como la voz irónica en la tragicomedia del duque de Rivas. Él
representó el más vivo y perfecto ejemplo de esa ansia de fuga de lo
cotidiano, eterno en los poetas, pero orientado, desde él, hacia
nuevas direcciones, lo que se ha llamado feliz y piadosamente "rimbaldismo".
La mujer, en todo ello, queda siendo un pretexto, un incidente, la más
agradable de las ocupaciones. Pero aquella exasperación, aquel culto,
aquel darse todo en el poema para que la gatita de color de rosa
hiciera una pelota con el papel y jugara, ha desaparecido. Oímos,
claro, la queja de amor todavía: el radio aún no electrocuta a todos
los ruiseñores. Pero pasamos de largo. Aplaudimos quizás -resabio de
mala educación- cuando la queja es bella, pero pensamos: -¡Pompier,
bah!... El personaje más incomprensible de toda la literatura, para
nuestra sensibilidad, es Romeo. Hemos enterrado definitivamente a la
Edad Media y a sus caballerías. Y no soportamos los versos con zancos
de admiraciones. Id, románticos adolescentes, id con sonetos de amor a
la Venus moderna, perfecta ya como Apolo... La deportista elástica y
lisa soplará el humo de su abdulá sobre su martini, y reirá: -¡Vamos,
muchacho, no seas aván-guerra!...
Todavía hay quienes no son así: convenido; quienes se retrasaron
al nacer, ocupados en el trasmundo incierto de la pre-vida, como
muchachas que tardan en vestirse. Hay en nosotros, los hombres de
ahora, un sentimiento de gratitud hacia los hombres de ayer, que así
nos limpiaron el camino. Nuestra admiración por la generación de 1905,
aquí o allá, se basa en eso, mucho. ¡De la que nos hemos librado!: los
versitos eróticos, las sensiblerías romantizantes, los claros de luna:
todo nos lo mataron antes, esos hombres a los que hoy llamamos
"maestros".
El
cubismo literario -
Henri Frick
Nace del cubismo pictórico, y así se llama
por simple fraternidad de los artistas de uno y otro bando; y también
porque hay muchos puntos de semejanza en sus doctrinas de abstracción
o evasión artística. Apollinaire, Cendrars, Max Jacobs, corifeos de la
pintura cubista, fueron hermanos en inquietudes artísticas de Picasso,
Juan Gris y Delauny. Esto explica en parte, que la poesía cubista,
abandonando los elementos musicales tan caros al simbolismo, se haga
poesía puramente visual.
En el poema cubista, no es la realidad externa la que se plasma, sino
su poliédrica y acelerada proyección en nuestro espíritu, con todas
las predilecciones y deformaciones que le impone la originalidad de
nuestro modo de captarla. La imagen cubista no es simple como la de
una flor en un espejo, sino intrincada y polifásica como un mosaico.
El poema cubista es una yuxtaposición instantánea de imágenes
autónomas, desligadas. Se recrea en lo visual y desprecia lo auditivo.
No hay anécdota, ni argumento, ni historia.
Cada verso o doble verso es una célula independiente, pero confederada
con las otras para dar un poema que tiene por centro unificador al
poeta mismo.
El poema cubista atrae a un solo plano, simultáneamente, los elementos
de la realidad que la imaginación, como un imán central, congrega en
un punto de convergencia, que es la mente del poeta. Pero su enfoque,
las fracciones de realidad que la inspiran, no están en el pasado,
sino en el presente, en la vida y no en el sueño; en la vida moderna
con su afiebrada velocidad y dinamismo.
En general se alude, a un importante sector de la poesía francesa,
cuyo punto inicial podría situarse en 1896 y que hacia 1917, confluye
con el Dadaísmo. La amistad, a menudo íntima, y la mutua colaboración
entre los pintores de este movimiento (Picasso - Bracque ) y los
poetas a que se extiende esta denominación, a la vez que un ideal
estético común, son razones más que suficientes para justificarla.
La figura principal de este movimiento es sin duda el poeta Guillaume
Apollinaire, quien en 1913 junto con su libro "Alcoles", publicó un
importante manifiesto donde se encuentran las siguientes
exhortaciones: "Palabras en libertad"; "invención de palabras";
"destrucción"; "supresión del color poético, de la copia en arte, de
la sintaxis, de la puntuación, de la armonía tipográfica, de los
tiempos y personas de los verbos, de la forma teatral, del sublime
artista, del verso y de la estrofa, de la intriga en los relatos, de
la tristeza".
Al lado de Apollinaire podemos citar a Max Jacob; Jean Cocteau y
Pierre Reverdy, quien funda en 1917 la revista Nord-Sud, que disputará
luego la paternidad del Creacionismo al poeta chileno disputará
Vicente Huidobro, y que será, junto a Apollinaire, uno de los poetas
más admirados por la nueva generación en la que se encontraban los
futuros surrealistas: André Breton y Paul Eluard.
|