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Biografías / Biographies
Guillaume Apollinaire (Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky)

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. La leyenda de Guillaume Apollinaire
. El espíritu nuevo "esprit nouveau" de G Apollinaire
. Cubismo literario

José María González de Mendoza - Sin incurrir en hipérbole es dable afirmar -a reserva de demostrarlo en otra oportunidad con la extensión necesaria- que la mayor parte  de cuanto caracteriza a la poesía de  expresión moderna procede, por abolengo más o menos directo, del impulso iniciado por Guillaume Apollinaire. Descubrió algo más grande que un simple "estremecimiento nuevo":  un nuevo mundo de poesía. Dio el tono a su época, lo  mismo que en las letras hispánicas lo diera Rubén Darío a la primera década del siglo.
 
    Se le ha  presentado como un peligroso iconoclasta. Mas a ese respecto él mismo  expuso su credo en una carta de julio de 1918 a su amigo el novelista Andrés Billy: "Dios me es testigo, dice, de que solamente he querido añadir nuevos dominios a las artes y a las letras en general, sin desconocer en modo alguno los méritos de las verdaderas obras maestras del pasado o del presente".  Cuando no tuviera otra por la belleza de su obra, por la auténtica poesía que ella encierra, esa ampliación del campo de las artes y de las letras sería su gloria. En su libro Apollinaire vivo, Billy asienta esta verdad que nadie ha rebatido porque nadie podría rebatirla sin errar: "Revivificó la poesía moderna empapándola en las fuentes primitivas del lirismo. Ejerció sobre las artes tal influencia que, después de su desaparición... la pintura busca en vano el sentido de su propia dirección". Apolllinaire reformó la poesía y la pintura. otras cosas hubiera reformado, sin duda,  de no haber muerto poco después de cumplidos los 38 años.
 
    Cierta noche, al mediar la segunda semana de noviembre de 1918, encontré en  la Y.M.C.A., donde ambos habitábamos, al director del Boletín Financiero y Minero de México, quien solía firmar en su diario artículos sobre asuntos bursátiles con el seudónimo de Kostro, apócope de su apellido. Se llamaba Alberto  Kostrowitzky. Como vistiera de luto me interese por su duelo, y me respondió: -He  recibido la noticia de la muerte de mi hermano. Era uno de los más grandes poetas de Francia...
 
    Confesaré que a mis palabras de condolencia siguió el pensamiento de que el dolor alteraba en mi amigo el sentido crítico:  los grandes poetas de Francia eran entonces Claudel, Paul Fort, la condesa de Noailles, Guillaume Apollinaire... Sobre todo, en mis preferencias, Guillaume Apollinaire,  de quien sabía copia de versos. Como en otras cosas literarias, en eso José Juan tablada hubo de enseñarme: Guillaume Apollianire se llamaba, en efecto Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky.
 
    Su acta de nacimiento sólo indica el apellido de su madre, de nacionalidad rusa, cuya familia era  oriunda del castillo de Wawel, en Cracovia, la vieja ciudad de la Polonia austriaca. El abuelo del poeta fue un general polaco; ese abolengo explica quizás el entusiasmo de niño por el juguete nuevo que mostró al estallar la guerra.
 
    Apollinaire nació en Roma el 26 de agosto de 1880 y fue bautizado en la basílica de San Pedro. Algunos años después Mme. de Kostrowitzky se trasladó a Mónaco,  y más tarde a Cannes y a Niza, en donde  sus dos hijos estudiaron en el liceo o escuela preparatoria. En Mónaco, Apollinaire  fue alumno interno en el  colegio de San Carlos, dirigido por religiosos, donde hizo su primera comunión y recibió la confirmación. En el admirable poema de singular potencia, Zona, de Alcoholes, recuerda esa época de su vida:

Muy piadoso vestido de blanco y azul
nada amaba tanto como las pompas de la iglesia
y salía de dormitorio a escondidas para rezar en la capilla.


"No era, dice el poeta Paul Dermée  en un penetrante estudio, el sentimiento cristiano el que le turbaba en ese momento, sino la emoción eminentemente lírica que la fábula hace nacer en todas las lamas  estremecidas". Sea como fuere, esos detalles tienen importancia en la biografía de Apollinaire:  insistía particularmente sobre ellos para defenderse de las insinuaciones que le achacaban ascendencia judía, alegado también contra ese cargo las medallas y escapularios que llevaba al cuello. A tal punto le irritaba, que envió a sus padrinos -el novelista Jerónimo Tharaud y el pintor Claudio Chéreau- al director de la revista Ahora, Mr. Fabian Lloyd, un inglés que escribía con el seudónimo de Arthur Cravan, a causa de haberle tratado éste  de "judío" en un artículo  sobre la Exposición de Pintores Independientes.  El duelo no se efectuó porque  el asunto arreglóse a satisfacción del poeta mediante un acta que redactaron los padrinos. Apollinaire refiere el caso en la revista Mercurio de Francia del  16 de marzo de 1914, en la sección La vida anecdótica que redactaba desde 1913.

     Tal susceptibilidad -que en nuestra libre América puede parecer extraña- se explica cuando se recuerda que en varios países de Europa  son aún  más o menos mal vistos, no tanto por razones religiosas, como pudiera creerse, cuanto por desviado sentimiento patriótico y por la antipatía que les ha valido el ejercicio, durante la Edad Media y el Renacimiento, del agio y la usura en vastas proporciones. En Francia, además, subsistían aún  en tiempos de Apollinaire los últimos rencores del  antisemitismo que despertó el Proceso Dreyfus a fines del siglo  precedente.
 
    De su educación religiosa conservó el poeta un fondo de misticismo, y quizás pueda verse en ella  el origen del "gusto  por la batalla teológica" que inspira algunos de los originalísimos cuentos del Heresiarca y Cía.
 
    Apollinaire escribió sus primeros versos a los trece años. Comenzó firmándolos con el seudónimo de Guillermo Macabro, pero poco después adoptó el que había de inmortalizar. Sin embargo, hay  poemas suyos firmados por Wilhelm Kostrowitzky.  Marca la obra de sus comienzos la influencia de Rimbaud, "de quien, dice el poeta Luis Thomas,  guardará siempre el ardor e ímpetu de la imagen".
 
    Apollinaire empezó su juventud viajando. No es posible seguirle en sus peregrinaciones, mal conocidas. Llegó a París en 1898 y ganó difícilmente su pan durante varios años. Una estancia en Loyd la empleó en "inmensas lecturas". En 1902 estuvo en Bohemia,  como revela en la primera línea de su cuento El  pasante de Praga, con que comienza el libro antes citado. Ese viaje,  que le llevó además por Walonia, Renania y Baviera -en donde fue durante algún tiempo modesto preceptor- le inspiró parte de los mencionados cuentos. Pretendía haber viajado a pie y sin dinero, y contaba que en Praga durante dos días no comió más que un quesito camembert.
 
    Para quienes personalmente no le conocimos -y la buscamos, por tanto, a través de su obra  con simpatía que el misterio sazona con un grano de especia- forzoso es acudir a los que de él han contado sus amigos,  y pizcar aquí y allá un detalle típico, una confidencia reveladora, una anécdota significativa, para intentar revivir la imagen  del gran encantador que fuera Apollinaire. Sus amigos insisten, sobre todo,  en su particular don de simpatía. ¡Grande debió ser para dejar en torno a su  memoria tanto fervor ! Es siempre muy difícil  precisar en qué consiste esa misteriosa atracción que ejercen ciertos caracteres. De Apollinaire trata de explicarlo el crítico Marcelo Hiver. "Primeramente, dice,  un aire grande, calmoso, seguro de sí mismo,  un acento particular, una sonrisa de indefinible  gracia y un no sé qué  distante a pesar  de la cortesía;  después, su arte de las conversaciones estimulantes, inquietantes, la atrayente frialdad de su espíritu ágil y variado, sus  dotes de extraordinario equilibrista intelectual, y quizás algo, en fin,  del famoso "encanto eslavo". El poeta Juan  Royére completa la explicación: "Había  conservado todo el frescor, el entusiasmo y la potencia de la  infancia adorable:  algo había en él un poco librado al azar y desordenado. la influencia de la  herencia materna es evidente en su gusto por lo raro;  de ella tenía sin duda el lado "niño" de su carácter; ella explica sus aficiones por lo exótico, sea la "invención" de la escultura negra,  sea la fervorosa defensa del cubismo, su gula de prior de novela picaresca, su amor por el atrezzo romántico de la noche, sus predilecciones literarias: declaraba siempre no haber leído a los autores modernos, pero devoraba los innumerables volúmenes del folletinesco Fantomas y no acababa nunca ni de explicar sus aventuras ni de elogiar la obra.

Con la intuición de los elegidos mediante los cuales la verdad se filtra hasta el hombre, Apollinaire  descubrió el secreto del "paréntesis":  la creación de estados nuevos del espíritu.  "¡Ah, que la vida es cotidiana!" suspiraba Laforgue. ¡Cómo la vida es lenta y cómo la esperanza es violenta !" repite en eco Apollinaire, treinta años después. Su estética,  su filosofía, es romper lo cotidiano, acoger con alborozo todos los cambios que nos brinde la vida y,  por supuesto, provocarlos. Que sean más o menos buenos, es secundario:  serán nuevos y ese es su aliciente. Observemos que es sólo la novedad lo que alimenta y sostiene a ese arte encantador: la Moda. Y, sin disculparlo,  acabamos por comprender al griego que se irritó por oír apodar constantemente "el justo" a Arístides.  Nada más exasperante que la perpetua repetición.  Nada más insufrible que  lo monótono.  por eso, estar siempre en perenne partida, remozarse el alma cada día, gustar y entender la lección del humo y de la nube, es ser poeta. Poeta es quien, aunque no escriba poemas, crea paréntesis de irrealidad, de "suprarrealidad" en lo cotidiano. Claro es que sin adyuvante: volver el alcohol o las drogas trampolín para saltar de lo real al mundo de la fantasía,  es hacer trampa y,  mucho más grave,  nivelarse a la plebe y a los candidatos a las colonias penales. Y creer que así se pueda ser un gran poeta es un engaño, que el genio puede acaso vencer  pero donde el sólo talento parece más o menos pronto. ¡Deplorable ejemplo de Verlaine, que volvió  poco menos que peleles sin voluntad  y esterilizó a tantos poetas  posmodernistas!
 
    Apollinaire creaba, pues, espontáneamente, amplios paréntesis de "suprarealidad" en su vida, paréntesis a los que Billy ha llamado "el estado de espíritu apolinario". Son, dice "una burla sin hiel expresada con grandilocuencia en un estado de libre exaltación espiritual, una embriaguez lírica,  un acorde sutil e ingenuo con todas las cosas, una comunión fraternal y alegre con el universo. Apollinaire  amaba así, añade, la alegría, y su espectáculo no le bastaba; siempre se esforzaba por tomar parte en ella; amaba el sol, el ruido, las risas, las palabras vulgares y sabrosas del pueblo, y la charla con los obreros.” Y otro amigo, el poeta Fernando Fleuret: "en los cafetines singulares que conocía, ilustrados por la calidad de tal licor o por recuerdos literarios -aquí,  Moreas le había hablado de su padre y de su casita de Grecia rodeada de olivos;  allá, se embriagó Verlaine; en aquel rincón el autor de Ubu rey, Alfredo Jarry,  había vertido el tintero en su ajenjo-, se interesaba por las conversaciones de los bebedores en el mostrador, acabando por imaginar acerca de ellos fantásticas aventuras policíacas". Las chispas de su risa doraron el fondo de su vida, diríamos con un verso suyo.
 
    Como en su obra, puso a puñados  en ella el don de su hada madrina: la fantasía. La biografía de Apollinaire es una larga anécdota. ¡Bienaventurados los artistas que tienen leyenda, porque de ellos será el reino de la gloria! Un gajo de laurel ciñe ya la frente estrellada del poeta de Alcoholes por encima de su "aparato telefónico" de trepanado. Y ante esa imagen sentimos la envidiosa y sonriente simpatía que inspiran quienes supieron abandonar el polvoso y trillado camino  e ir, ligeros y alegres, a campo traviesa.
 
    En rigor, nadie conoció completamente a  Guillaume Apollinaire, "porque ante todo,  dice Fleuret, trataba de seducir, y para agradar mejor se identificaba con su interlocutor. Encontrábamos un poco de nuestros pensamientos en los suyos y, a veces, de nuestras cartas en sus artículos".  Y Andrés Salmón -el eminente poeta y crítico de arte, íntimo amigo suyo desde que se encontraran en el otoño de 1903 en un cafetín del Boul’ Mich’-, pintando en su estudio La vida de Apollinaire el aprendizaje del poeta como maestro de escuela, dice: "Ya desde entonces gustaba Apollinaire de cierto misterio".  ¡Ese misterio sin el cual no hay poesía! Erudito profundo -en libros raro, aunque ignoraba la obra de indiscutibles glorias-,  acaso haya querido dejar  a las curiosidades de  los eruditos futuros, temas  para las fiebres reposadas  de la busca y para las voluptuosidades  tranquilas del descubrimiento bibliográfico. No se le conocerá bien, en efecto,  hasta que sus comentaristas y biógrafos descubran y expliquen lo que él se divertía en enmarañar. Todavía tarda ese momento: sus amigos, perplejos y mal acostumbrados a su desaparición, cuentan sólo anécdotas y recuerdos.  Nos lo describen físicamente:  "Era  floreciente en carne  como en espíritu:  robusto de tronco, pequeño de piernas, parecía mayor de lo que realmente era. Tenía la cabeza piriforme, como el  rey Luís Felipe,  y no le gustaba que se lo dijeran. Gran comedor, gran bebedor, gran fumador de pipa, gran andarín, capaz de borrar los estragos de una noche de frasca  con un cuarto de hora de sueño en una silla: ese era el hombre físico. La seducción que emanaba de su persona (y que perdura en sus poemas, que gustan o se desdeñan "porque sí",  que es como se ama o se odia más profundamente)  se mezclaba a una autoridad riente y bufona;  ponía pompa en sus solemnes truismos. Poseía un  gran poder de entusiasmo y una  gran facultad de ternura. Otros nos cuentan detalles pintorescos de su vida, en los que el hombre se revela más completamente que en cien líneas descriptivas. "Tenía, dice Billy, la manía de fijar valor mercantil  a todas las bellas puertas de las viejas mansiones burguesas o nobles". En nuestro México ¿ en qué cifras no hubiera valuado,  perito mercantil de nuevo género, las tallas admirables que nos legó el Virreinato Billy  refiere  también que no abría sus cartas hasta dos o tres meses de recibidas; y recordamos al  queirociano Jacinto,  cuya correspondencia desdeñada barría cual hojas marchitas,  melancólicamente, el negro Grillo.

   A principios del siglo vivía Apollinaire en la casa materna, en el Vesinet, un pueblo de villas y jardines,  suspirada Meca de empleados, a 10 kilómetros de París. Cansado del ambiente y de perder invariablemente el  último tren nocturno,  acabó por instalarse en París,  a poca distancia de donde más tarde había de albergarse el teatro del Gran Guiñol. En el Vesinet conoció a los pintores Wlaminck y Andrés Derain, que formaban la naciente "Escuela de Chauteau", pueblo inmediato. "De una serie de conversaciones nocturnas entre vecinos -dice Salmón- nació en el la ambición de consagrarse  a la defensa de la pintura moderna".

    Dando curso al anhelo de todos los jóvenes, que es tener "su revista" en donde exponer su estética personal, fundó con su amigo Toussaint-Luca, compañero de Liceo en Niza, El  festín de Esopo, que alcanzó nueve sumarios, contados desde octubre de 1906. Por ese tiempo Apollinaire se ganaba la vida como empleado en un Banco, dedicaba diez horas diarias a las delicias de la contabilidad. Esto bastaba para que sus amigos le considerarán "financiero" y le consultarán operaciones de bolsa o de banca. "Financiero" lo fue más o menos toda su vida, como redactor del diario bursátil La información y, antes,  de un periódico que con el título de La guía del rentista fundó  el Banco donde trabajaba. Se complacía en pretenderse competente en esas materias, aunque en realidad, revela Salmón, su saber en ellas era nulo. A título de "financiero", sin embargo, entrevistó al Gran Tesorero del Sultán de Marrueos durante el viaje de dicho funcionario a París, en la época de la ocupación del Imperio por Francia.

   Por ese tiempo también, con el seudónimo de Políglota -cuenta Billy en su libro, del cual he tomado buena parte de estas notas biográficas- colaboraba en La democracia social, en la sección Francia juzgada en el extranjero. El seudónimo era apenas exagerado, aunque Apollinaire no conocía bien sino el francés y el italiano, la lengua de su infancia: en su cuento El judío latino, obra maestra de humorismo, refiere cómo le despertó el campanillazo matinal de su visitante y como se levantó "jurando en latín, en francés, en alemán, en italiano, en provenzal y en walón".

   Desaparecido El festín de Esopo, hizo La revista Inmoralista, que se llamó Las letras modernas en su segundo número, del cual no pasó. Ahí publicó Max Jacob sus primeros poemas.

    Como es natural, Apollinaire colaboró además en diversas revistas y diarios. Fue Secretario de Redacción de Verso y Prosa, y con el seudónimo de Luisa Lalanne  firmó poemas y artículos de crítica en Los márgenes.

   En febrero de 1908 apareció en la revista La falange su célebre poema en prosa Onirocrítica -óneros, ensueño-, primer germen de la escuela "suprarrealista" creada por Andrés Bretón  y sus amigos dieciséis años después, la cual,  por otra parte, tomó su nombre de un concepto expresado en el prefacio de Las ubres de Tiresias. En carta dirigida a Dermée en marzo de 1917, tres meses antes de  la pieza, decía Apollinaire: "Creo, en efecto, que es mejor adoptar surréalisme que surnaturalisme, que yo había empleado primeramente. Surréalisme no existe aún en los diccionarios, y será más cómodo que manejarlo que surnaturalisme, ya utilizado por los Srs. Filósofos".
 
    Por razones de espacio, forzoso es preservar para otro artículo el estudio de la obra de Apollinaire y limitarse aquí a la simple mención de sus libros. En 1909 edita a 106 ejemplares el primero de ellos, la novela El encantador putrefacto, con grabados en madera de Andrés Derain. La compuso a los dieciocho años. El encantador es Merlín, sepultado en la selva de Broselandia en Bretaña. En ese mismo año aparece el folleto, bajo el título de La poesía simbolista, junto con las de Pablo Napoleón Roinard y Víctor Emilio Michelet, su conferencia sustentada en abril de 1908 en Las tardes de los poetas, organizadas por la 24ª. Exposición de los Artistas Independientes; se anunció la conferencia con el título general de Los tiempos heroicos y el particular de La falange nueva.

   En 1910 publica los magníficos y originalísimos cuentos del Heresiarca y Cía. , escritos en 1899 a esa fecha; el cuarto de ellos da titulo al volumen,  y la expresión "y Cía." marca a los demás. La obra fue una revelación y estuvo a punto de ganarle el Premio  Goncourt de ese año, que le fue negado por la propaganda de extravagancia hecha en  torno al poeta por cierta prensa. En su dedicatoria al joven dramaturga Tadeo Natansón llama a sus cuentos "filtros de Fantasio": drogas excitantes de la imaginación.

   También en 1910 publica un tomito : El teatro italiano, hora de encargo que pasó inadvertida que no recoge en la lista de sus libros.

   En ese año Apollinaire trasladó sus penates a Auteuil, no lejos de la casa donde vivió Balzac. "Desde su ventana -cuenta Fleuret- veíanse grandes llamas sombrías temblar en la cima de chimeneas fabriles; Apollinaire gustaba de convencerse de aquellos cirios gigantes ardían en su honor; otras veces veía en ellos la imagen de su gloria futura". En verdad, pocos horizontes mejores para la contemplación del poeta: la chimenea, rígida, perfecta y refractaria; y sobre ella el penacho de humo, elemental, libre y caprichoso, de día; la llama sombría, en la noche, cual ante los  israelitas en el Éxodo. Asida la fantasía a la crin envenenada del humo es posible escapar de lo real, como el príncipe de Las mil y una noches en el caballo de Ébano. Y luego, la lección de admirable indisciplina: la volutas oscuras suben, domesticadas por la voluntad humana; pero de pronto se escapa el rebelde gesto y se tienden a su sabor, deshechas y sin trabas, yendo a donde las lleva el capricho de su cómplice el viento...

    En el primero de los diez artículos del Paseante de las dos orillas, libro publicado poco tiempo antes de su muerte, describe sus recuerdos de Auteui: la pintoresca rue  Berta, por donde escapó Balzac en 1848 cuando trataban de aprehenderlo por deudas; el antiguo palacete de la desventurada Princesa de Lamballe, después asilo de locos y hoy garaje y otros curiosos detalles del barrio.

   Su vida en esos años no era fácil. Mucho días hubo de contentarse con una sola comida compartida las más veces con un amigo, compuesta de carne de res fiambre, que recogía en la casa materna, y de un poco de fruta. Fleuret cuenta que algunos de esos "banquetes", como se asombra Apollinaire de que su invitado tuviese aun hambre, fruncía las cejas y le daba parsimoniosamente -porque era muy económico- una tablilla de chocolate. Estos detalles son tanto más pintorescos cuanto que el poeta ardía en fervor por las cosas culinarias. "Su competencia en ellas, dice Billy, era por lo menos igual a la que tenía como crítico de arte. Era erudito en todas las cocinas del mundo y ponía en primer lugar a la italiana y después a la francesa. Cuando se mezclaba en la condimentación, su fantasía le llevaba a espolvorear rapé sobre los guisos: -Es, decía la receta usada por el cocinero del Jockey Club para darle gusto de venado a la carne de ternera..."

   En esos años difíciles   y encantadores estudiaba en la Reserva de la Biblioteca Nacional los libros eróticos guardados -supervivencia de prejuicios de otros siglos en el París republicano y ateo- en un estante de hierro denominado El infierno. Apollinaire preparó varias "ediciones de librería" que publicó la Biblioteca de los curiosos, con prefacio y notas,  y traducciones en algunos casos, de la obra erótica del Marqués de Sade -que no era marqués sino conde-, Baffo, Andrea de Nerciat, John Cleland, Pierre Corneille Blessebois y otros, así como,  en colaboración con Fleuret y Luis Perceau, el catálogo comentado y metódico de los libros del Infierno, publicado en 1912. Algunos de esos  trabajos de encargo son excelentes por la erudición que en ellos campea y el sentido crítico que los anima, en particular  Las más bellas páginas del Aretino, obra editada por el  Mercurio de Francia.

   Como labor análoga cabe citar aquí su prefacio a Las flores del mal, publicadas por La edición , del que  no sin motivo estaba satisfecho.

   Apollinaire escribió a su vez  cuatro libros -uno de ello inédito aún- que aunque vendidos so capa y sin nombre de autor no son, en rigor, más desenvueltos que otros legados por el amable siglo XVIII, los cuales, sin estar precisamente en todas las manos, sí son accesibles a la erudita curiosidad de letrados y bibliófilos. En ellos la fantasía burlona, la lírica delicadeza del poeta, salven la indecencia volviéndola jocunda. No ha de extrañar esto: "era, dice Dermée, de naturaleza sanamente paganamente". En La obra libertina de los poetas del  siglo XIX, publicada por La edición, Apollinaire insertó medianos y alegres versos bajo los seudónimos de Germain Amplecas y del muy Rebelesiano de El abad de Thelème. Sin embargo, ninguna de sus obras de esa índole figura en la lista que da en  El paseante de las dos orillas, que,  con sus libros póstumos más adelante citados, debe tenerse  por la expresión de lo que el poeta consideraba como su obra artística, distinta de esas humoradas y de la "chamba". Faltan igualmente en la lista El fin de Babilonia (1913)  y Los tres  don Juan (1914), obras de serie publicadas con su nombre pero que fueron escritas por su amigo  y compañero de  colegio  René Dupuy,  en literatura René Dalize;  están llenas de alusiones caricaturescas,  herméticas para los no iniciados, que les hacían morir de risa cuando en algún cafetín de la pintoresca encrucijada de Buci, en el Barrio Latino, leían al amanecer, entre el humo de las pipas, el último capítulo redactado.

   En el año de 1910 Apollinaire reemplazó a Andrés Salmón  como crítico de arte en  El  intransigente,   el gran diario de la tarde, y publicó, entre otras pintorescas  crónicas, sus impresiones de “inundado”. En L’Intran -abreviatura popular- comenzó su campaña de  propagandista lírico y convincente del cubismo y de los pintores modernos, que, más  aún que su obra literaria,  había de hacer su nombre conocido Urbi et orbi y ganarle odios acérrimos, como el que relata Billy: Apollinaire fue encarcelado el 7 de septiembre de 1911;  se le acusaba de haber robado... ¡De haber robado La Gioconda  en el Museo de Louvre! Mientras escribía su Balada de la cárcel de Reading, que intituló Apollinaire  en la Salud -la cárcel de París-,  sus amigos reunieron firmas para protestar contra tan absurdo cargo, y habiéndose dirigido a M. Franz Jourdain, presidente de la Sociedad del Salón de Otoño, éste contestó: -¿Mi firma para que suelten a Apollinaire? Jamás. Si fuera para que lo ahorquen, con mucho gusto.

   De su estancia de seis días en la  cárcel -el tiempo que fue "necesario" para que le interrogara el Juez de Instrucción y,  convencido del deplorable error de la policía, le pusiera inmediatamente en libertad- Apollinaire guardó una larga impresión de terror, que sus amigos se esforzaron por disipar. “Esa aventura, dice Billy, le hizo entrar en la notoriedad  por la puerta del infierno".

   La prisión de Apollinaire ha dado lugar a torcidas interpretaciones cuando no a fábulas que  mancillan  injustamente su memoria. Así, en un artículo publicado en La Prensa de San Antonio, Texas, el 4 de diciembre de 1928, y reproducido el mismo día por La Opinión de Los Ángeles, California, don Victoriano Salado Álvarez,  aunque tan sabedor de todo, incurrió, entre errores de  menor cuantía, en el de afirmar que,  a consecuencia  de la trepanación, Apollinaire "dio en la cleptomanía. El tribunal del Sena, agregaba, lo condenó por la sustracción de unas estatuillas griegas del Louvre, y según parece su muerte se debió a las contrariedades que le acarreo la sentencia". Rectificando ése y los demás  errores -debidos, según aclaró el articulista, a la defectuosa información que encontró en algún periódico de Barcelona-  le escribí una larga carta, que, aunque privada, él me hizo el honor de publicar en los citados diarios.

   Conviene aclarar eso de las estatuillas y de la prisión de Apollinaire. Cuando La Giocanda fue robada, el 21 de agosto de 1911, la incapacidad de la policía -recordemos que hasta dos años después no se recuperó el cuadro ni se aprehendió al ladrón, el italiano Feruggia,  obrero de las reparaciones que se hacían en el edificio del Museo- determinó acres comentarios de  la prensa y, lo que es mucho peor en París, donde el ridículo mata:  satíricas cancioncillas de  los coplistas de Montmartre.  En la incertidumbre, se recordó que recientemente Marinetti había  proclamado la necesidad de destruir los museos y las obras de arte antiguas. Y por si acaso el robo obedecía a tales propósitos, se aprehendió al jefe del movimiento artístico francés de vanguardia... Mediaba además otra circunstancia. Por bondad, por humanidad, de las que desbordaba, Apollinaire aceptaba "amigos" con excesiva facilidad, y algunas de esas "amistades" no dejaban de ser peligrosas.  Así, había albergado en su casa a un tal Géry-Piéret, belga, vagamente literato, que  le parecía muy pintoresco y le sirvió de modelo para el pícaro "barón" Ignacio de Ormessan, héroe de media docena de cuentos en El  heresiarca y Cía.  En marzo de 1907, Piéret, que el poeta empleaba como secretario y  que, en realidad, era sólo parásito de su generosidad, robó en el Museo de Louvre dos estatuillas fenicias. Aunque Apollinaire le aconsejó que las devolviera, Piéret  vendió una a cierto pintor amigo de aquél. Asqueado por esas acciones despidió al "secretario", que se embarcó para América.  En abril de 1911 regresó Piéret,  en tal  miseria que el poeta tuvo  piedad de él y  volvió a utilizarlo como "secretario":  copiaba sus manuscritos y desempeñaba algunos quehaceres domésticos. Pero averiguó que el belga planeaba robar a un vecino y, considerándolo incorregible, lo despidió de nuevo, la víspera precisamente del robo de La Gioconda. Ocho días después volvió Piéret a implorar caridad, con tales protestas de arrepentimiento, que Apollinaire le dio hospitalidad por tercera vez, durante una semana, y acabó por despacharlo a Marsella,  pagándole el viaje y regalándole 150 francos de viáticos.  Esas peligrosas relaciones contribuyeron también a que,  al ser robada La Gioconda la policía sospechara de Apollinaire. No volvió éste a saber del belga, quien,  al parecer, diez años más tarde era en Egipto algo así como Sumo Pontífice de una sociedad secreta fundada por él,  mezcla de Masonería y Ejército de Salvación ¡Una nueva aventura digna del "barón" de Ormessan¡

   En 1912 Apollinaire abandonó Auteuil, adonde -cuenta en El paseante de las dos orillas- debía volver en 1916 para ser trepanado en el hospital establecido en la Villa Molière, y se instalaba con sus cuadros cubistas, los encantadores lienzos del pintor aduanero Henri Rousseau, sus fetiches oceánicos y africanos, sus innumerables curiosidades y su gata Pipa, en el  elevado departamento del Bulevar San Germán en el que había de morir.

   Sus estudios sobre la batalla cubista aparecieron ese mismo año reunidos en un volumen con el título de Meditaciones estéticas, reimpreso más tarde con el de Los pintores cubistas. Son páginas de  gran perspicacia y de agudo sentido crítico.

   Preciso es convenir que no era todo oro puro lo que defendía.  “Su generosidad y el gusto de la novedad -dice el pintor y escritor Jacques Emile Blanche- le inclinaban a la indulgencia hacia todo espíritu joven  cuyas buscas y tendencias se emparentaban con las suyas. Por cortesía y camaradería colocaba casi en la misma fila a chicos y grandes. "Cuando se sostiene un movimiento revolucionario en arte, decía sería comprometer su desarrollo al disociar los diversos elementos en nombre del gusto. Mi deber es exaltarlos a todos sin distinción:  la posteridad sabrá reconocerlos". Delante de ciertos cuadros de sus defendidos, refiere Billy,  estallaba en risa, pero rehusaba siempre conceder que no se recomendaban por ninguna cualidad propiamente artística. Y todo el mundo conoce su salida famosa frente a un cuadro sin importancia: -¡Quien sabe! Quizás sea más bello que un Cézanne!..."

   En febrero del mismo año aparece el primer número de Las veladas de París, en el cual publica, con puntuación,  un soneto de forma clásica,  puntuación y forma que después había de desdeñar.  La revista fue fundada por Andrés Billy, René Dupuy, Andrés Tudesq - escritor que viajó por México durante la lucha revolucionaria, la cual le inspiró La hacienda incendiada- y Andrés Salmón, junto con Apollinaire, en el Café de Flora, donde el cenobita Remy de Gourmont reposaba cada tarde su tortura de desfigurado. Las veladas de París,  que Apollinaire  compró en doscientos francos a Billy  después del segundo número y que dirigió con Juan Cerusse, fueron "su revista". Duraron hasta el número 23, fechado el 15 de abril de 1914, y se extinguieron apaciblemente, "como si hubieran presentido que las nuevas veladas de París que preparaba la guerra,  habrían de ser de dolor y de angustia".
 
    En 1913 aparece uno de los dos libros capitales de Apollinaire:  Alcoholes, que reúne los poemas escritos desde sus 18 años hasta esa fecha, en que tiene 33. De ese libro, Roch Grey ha escrito este juicio,  que es el de todos:  "es el libro de versos más importante que haya aparecido después del de Rimbaud". Las críticas más severas y los elogios más entusiastas acogieron a  Alcoholes. Como quiera que abarca quince años, dista mucho de ser uniforme,  salvo la especie de “marca de fábrica" que pone a todos los poemas la falta de puntuación, abolida por el poeta al corregir las pruebas de imprenta. No era esto invención suya, pero sí  él era el primero  en erigirlo en sistema.

   También en 1913 publica La antitradición futurista, "manifiesto-síntesis",  14º del Movimiento Futurista iniciado en febrero de 1909 por Marinetti. En 1914 edita El Bestiario o Cortejo de Orfeo, poemas epigramáticos, un poco a la manera del hai-kai, con bellos grabados en madera de Raúl Dufy.
 
   Como para  Huysmans  la ley de separación entre la Iglesia y el Estado, que, según Remy de Gourmont, le permitió cortar a lo Alejandro Magno una situación insoluble al final del libro El oblato, la guerra fue para Apollinaire una salida:  un mundo nuevo se le abría cuando ya había exprimido el jugo del viejo mundo. Se dio a él como al encanto de otra  juventud;  en la guerra, más que en ningún otro aspecto de la vida del hombre, se agazapa lo inesperado:  toda ella es una perenne sorpresa. Su origen extranjero eximía a Apollinaire del servicio militar, pero se naturalizó francés y, como por su edad pertenecía a la clase de auxiliares, para poder presentar servicio activo se  alistó como voluntario. "Al no querer considerar nada como pernicioso, estaba comprometido,  por decirlo así, a considerar  sin amargura el espectáculo de la guerra",  dice Bretón. Billy agrega:  "La guerra le divertía prodigiosamente. Todas sus cartas reflejan el buen humor, la alegría del niño a quien llevan al circo". Thomas explica así ese estado de espíritu,   que para el hombre "a ras de tierra" aparece desconcertante cuando no monstruoso: "Esa  ligera simiente de extravagancia que germina en la materia  sublimada de los poetas, le había hecho encontrar,  al fin, un dominio igual a sus imaginaciones.  Apollinaire vivió ese ensueño prodigioso, chespiriano, lírico y bufón a la vez, que sólo los poetas saben descubrir en la guerra". Y no se crea que la actitud de Apollinaire obedeciera a falta de experiencia:  en 1915 escribía desde el frente Fleuret: "esta vida es fantástica y todo esto es mucho más extraordinario de lo que yo hubiera creído,  sobre todo las trincheras y las primeras impresiones del primer obús cerca de uno. ¡Eso vale la pena de vivirse!" En julio del mismo año, en otra carta agregaba: "la guerra es, decididamente, muy hermosa,  y a pesar de todos los riesgos que corro, del cansancio, de la falta absoluta de agua y, en suma, de todo,  en modo alguno estoy descontento de haber venido". Y después de herido y trepanado, seis meses antes de morir, publicó en el Mercurio  una nota sobre ciertos poemas en prosa aparecidos bajo el seudónimo de  Bertie Angle, expresándose en estos términos  significativos: "Este álbum forma parte del corto número de  obras en donde la guerra no está considerada desde el punto de vista de una impecable tristeza. Se trata, sin embargo,  de un testigo. Me place esta pequeña élite de quienes han estado en la guerra y que han podido verla sin malhumor". ¿La "guerra florida"?... No:  la guerra en encajes, como en el siglo XVIII; o mejor dicho, los aspectos accesorios,  pintorescos, de la guerra: no el infierno del bombardeo y del ataque, de los gases asfixiantes y de los lanzallamas, sino la guerra en su aspecto de gran removedora de hombres. ¡Qué más! Recién trepanado, Appollinaire recibía a sus amigos en el hospital y les mostraba su casco agujereado y el ejemplar de la revista manchado con su sangre;  y al hacerlo, reía...

   Una excepción, sin embargo, en su peculiar punto de vista: en carta de abril de 1915 al escritor Farnando Divoire, le dice:  "lo único que me ha dado escalofrío fue,  yendo solo (llevaba órdenes de un punto a otro) por un camino, un aeroplano Taube, que me  parecía estaba precisamente encima de mí y que lanzó una bomba que oí estallar. Eso, es desagradable"... Pero tres o cuatro líneas después, agrega: "oigo con placer el cañoneo y,  como todo el mundo, corro a buscar las espoletas de los obuses que estallan, para hacer anillos, cuando son de aluminio.  Como verás no nos aburrimos demasiado".

   ¿Inconsciencia? Sería absurdo suponerlo:  optimismo, que le hacía ver   solamente lo amable o lo pintoresco de todas las cosas.  Ni aún la chata vida de guarnición logró disgustarle.  Como él mismo dice a Andrés Dupont en una de sus divertidas cartas en malos versos  en las que el buen humor lo salva todo,  "amó tanto a las artes que se hizo artillero:  el arte del cañón es,  como el de la poesía, el arte del bien medir y con la astronomía puede comparársele". Era -para quienes gusten de precisiones- segundo cañonero conductor en el 38º regimiento de artillería de campaña, batería 70,  con  guarnición en Nimes. Un ex compañero le pinta mal jinete,  con terrores cómicos cuando su enorme yegua normanda galopaba, cliente asiduo de la cantina, rica en cosas comestibles, y escribiendo, en los momentos libres, versos que interrumpía la llegada de algún sargento, casta impermeable, como es notorio, a tales manifestaciones artísticas.

   Un corto permiso que obtuvo lo pasó en Argelia, en Orán, de donde volvió con un cargamento de anécdotas, algunas de las cuales insertó más tarde -junto con páginas publicadas en La vida anecdótica del Mercurio de Francia  y un largo fragmento de novela inconclusa sobre los mormones-  en su novela La mujer sentada. Este libro, lo mismo que sus piezas Casanova y Colores del tiempo - poema dramático publicado en 1920 en la Nueva Revista Francesa-,  quedó inédito al morir el poeta; no fue impreso hasta  1920. Otros dos libros de Apollinaire fueron editados con el carácter de póstumos: en 1928, Anecdóticas, reunión en volumen de la mayor parte de las notas de su sección en el Mercurio;  y, con anterioridad, en 1925, Il y a ..., que cabe traducir por Hace... Reúne principalmente este libro los primeros ensayos del poeta, de muy clásica forma. Si Apollinaire, en efecto, innovó, no fue por impotencia para expresarse:  poeta nato, hubiera podido, de haberle buscado,  labrarse un renombre  envidiable sin salirse de las reglas académicas. Pero, como dice alguno de sus críticos, "su naturaleza intuitiva y  primitiva  se rebelaba contra el conjunto de  convenciones y prejuicios particulares a las civilizaciones envejecidas, que era lo que él entendía por << buen gusto >>;  en esa rebeldía consistía su genio".

   De cómo soportaba Apollinaire las penalidades del estado militar, da idea este párrafo de  un carta escrita después de una ruda marcha de seis horas con su batería, que le lastimó las rodillas:  "tantos hombres mueren en estos momentos, que es un verdadero placer sangrar solamente". Su regimiento estuvo a punto de ser enviado a los  Dardanelos, y el poeta, soñando ya con la entrada a Constantinopla, imaginaba cuentos: la resurrección del sacerdote enmurado por los turcos en Santa Sofía mientras celebraba la misa,  surgiendo de la pared y acabando el Santo Sacrificio ante los nuevos cruzados... Y en una carta a Billy le decía:

                                         Yo espero a los otomanos
                                         A menos que me agarre el frente sur
                                         Novela extraordinaria
                                                     Qué suerte

   Su tardanza en Nimes se debió a que hacía estudios para suboficial de artillería;  fue nombrado sargento brigadier y posteriormente promovido a sargento mayor;  en abril de 1915  fue enviado a las segundas líneas de trincheras,  pero como se enmohecía en la inacción, permutó con otro suboficial y pasó a la infantería,   en donde los ascensos eran más rápidos por ser los riesgos  mayores.

   A mediados de 1915 editó a veinticinco ejemplares, tirados en prensa de policopiar y vendidos a veinte francos a beneficio de los heridos de la guerra, sus poemas patrióticos y guerreros, Caja de armones -los carros donde se transportan los proyectiles del cañón-, después insertos en Caligramas.

   El 17 de marzo de 1916, en una trinchera cerca de Verdún,  mientras leía el Mercurio, un fragmento de obús le hirió en el cráneo, perforando el casco de acero. Él ha contado que  nada sintió e iba a reanudar la lectura cuando su sangre comenzó a gotear por la revista. La herida  había interesado seriamente la bóveda craneana, y la trepanación fue necesaria. "En su convalecencia, Apollinaire era ya otro, dice Billy: de hombre abierto, entusiasta, alegre y pueril, la guerra había hecho un ser irascible, reconcentrado, desconfiado. Grande y macizo como era, la inacción del hospital la había vuelto enorme". El, más conocido de los retratos que le hizo  Picasso  es de esa época y le muestra en uniforme ya de subteniente -de la 6ª compañía del 96º regimiento de infantería- vendada la cabeza, crecida la barba y prendida al pecho la Cruz de  Guerra. Para no ser enviado nuevamente a Nimes,  obtuvo un empleo en la  Censura Militar de París, quedando encargado especialmente de leer las pequeñas revistas. A la vez traducía los periódicos ingleses en el diario París-Mediodía y colaboraba en el Boletín  de Informaciones  Coloniales. Apollinaire  funcionario no es menos sorprendente que Apollinaire artillero; Carlos Regismanset, colega suyo, cuenta que le intimidó, al comenzar, lo "oficial" de la oficina.

   En 1916, el poeta asesinado publica El poeta asesinado, con cubierta de Capiello y un retrato por Andrés Rouveyre. Es una corta novela seguida de quince cuentos, de la misma vena de los de La Heresiarca y Cía.,  todo ello escrito entre 1910 y 1915. La guerra retrasó dos años la publicación del libro, que al estallar aquélla estaba en cajas. Después de trepanado, Apollinaire le agregó un cuento final: Caso del sargento enmascarado,es decir, el poeta resucitado, muy diferente en concepción y estilo a los precedentes, indicio de lo que hubiera sido su nueva manera.

   Una traducción castellana de R. Cansinos-Assens, con prólogo de Ramón Gómez de la Serna, fue editada en 1924 por la Biblioteca Nueva, de Madrid. A lo que parece, el feraz panegirista del Café de Pombo utilizó para documentarse el libro de Billy, el prefacio de Royere a la edición de Il y a ..., y los números especiales dedicados a Apollinaire en 1924 por las revistas El espíritu nuevo e Imágenes de París (dos, esta última). Sea por premura en la documentación,  sea por insuficiente  conocimiento del francés, el prologuista incurre en errores,  el más chistoso de los cuales es el que vuelve rusa -russe- a Mme. Apollinaire, que es bien francesa pero que es rousse, pelirroja.

   Acuciado por lo difícil de la vida, Apollinaire trabaja mucho de 1916 a 1918, como si presintiera que ya le quedaba poco tiempo para acabar su obra. En 1917 aparece,  editado a 215 ejemplares, Vitam Impendere Amori, poemas, con dibujos de Andrés Rouveyre, y se estrena, el 24 de junio, Las ubres de Tiresias -el célebre adivino de la Tebas griega- "drama" en verso, en dos actos y un prólogo, con música de  Germana Albert-Birot; impresa en 1918 con siete dibujos de  Sergio Férat, esa apología de la fecundidad, primera manifestación del suprarrealismo, provocó un verdadero escándalo.
 
    En mayo de 1918 el poeta se casa y,  pocos meses antes de morir, publica sus Caligramas, poemas escritos en 1913 a  1916, con su retrato por Picasso. Es, con Alcoholes, su obra principal. Aunque ya a los catorce años Apollinare había compuesto un caligrama, éstos proceden realmente de las Mezcolanzas de Tabourot des Accords, curiosa colección de equívocos, acrósticos, adivinanzas, etc., que su autor describe como "versos para cosquillearse y hacerse reír uno mismo y en seguida a los demás". Las dos ediciones de este libro, de 1582 y 1662, y la de Touches -cuyo título no traduzco para no elegir arbitrariamente entre los diversos significados de esa palabra-, de 1585, fueron estudiadas por Apollinaire en la Biblioteca Nacional. Completando ese germen, los largos ocios del cuartel y del hospital le hicieron dedicarse al dibujo y la pintura;  de ahí nacieron los caligramas, "obra de un poeta-pintor,  en que la tipografía aspira a la forma plástica -a menudo con muy sugerentes escorzos- para completar la idea poética, sobre la cual, a su vez, obra asimismo".

   En 1918 aparecen también la segunda edición del Bestiario y su último libro: El paseante de las dos orillas, edición de La sirena, colección de diez crónicas sobre recuerdos personales y curiosos aspectos de París, la mayoría publicados en la sección La vida anecdótica del Mercurio de Francia.

   Una parálisis progresiva que se le presentó en el brazo y pierna izquierdos hizo precisa una segunda trepanación. Pero su robusta constitución estaba minada por  la herida. Al comenzar noviembre de 1918  cayó enfermo de la terrible epidemia  de gripe perniciosa con que el Destino castigó al mundo por su locura homicida . Debilitado por ambas infecciones, su corazón no pudo resistir la infección. Y cuando en el Bulevars San Germán pasaban los manifestantes  en el júbilo del armisticio inmediato, gritando "¡Muera Guillermo!" -el Kaiser-, moría Guillermo, el admirable poeta, después de ocho días solamente de enfermedad. En cierto modo, se realizó así la predicción de su amigo Billy, que en  1915 le escribía:  "aunque la guerra deba durar aún sesenta años, tú no serás matado sino hasta los últimos instantes".

   Cabe aquí citar una anécdota. El poeta Blas Cendrars  conoce viejos remedios terapéuticos,  entre los cuales cierto "aceite de Harlem" con el que durante la epidemia,  salvó a 72 de sus amigos: dos más,  que rehusaron tomarlo, murieron; Apollinaire fue uno de ellos. Sin embargo, había escrito en La vida anecdótica una nota sobre ese remedio, pero no pudo decidirse a beberlo, "lo que prueba, dice Cedrars citado por Bretón, que era solamente un curioso y no experimentador".
 
    El gran misterio que arrebató al poeta parece haber tendido sobre su familia una mano avarienta:  en mayo de 1919 moría Mme. de Kostrowitzky; y en México, un mes después, el tifo mataba a Alberto.  Pero sobre la tumba de Apollinaire, en el cementerio de Pere Lachaise, cerca de la de Óscar Wilde, crecía la gloria. El había dicho:

                 lego al porvenir  la historia de Guillaume Apollinaire,
                que en la guerra estuvo y supo estar doquier.

Y saliendo de las páginas del Mercurio, en donde, días después de la muerte de l poeta apareció el artículo capitalísimo que  fue su testamento artístico,  "el espíritu nuevo" echaba a volar sobre el mundo...

    En el cuadro de honor de los escritores muertos por Francia en la guerra de 1914-1918, erigido en el Panteón - el suntuoso edificio en cuyo frontón letras de bronce proclaman: " A los grandes hombres la patria agradecida" - figura el nombre de Guillaume Apollinaire. Francia ha hecho suyo, así,  al poeta extranjero que le dio su genio y su sangre. Repitiendo el caso de José María Heredia, del griego Juan Moreas, y de la condesa de Noailles, rumana, el cosmopolita Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky, nacido en Roma, educado en Mónaco, de madre rusa por nacionalidad, de ascendencia polaca, fue uno de los más altos poetas franceses de su época. Un caso más que demuestra la escasa influencia de la patria de origen: expresó su genio  en francés y es Francia quien se enorgullece de él.

Bibliografía de Guillaume Apollinare

L’ encahnteur pourrisant, con grabados en madera de Andrés Derain; Kahnveiler, 1909; n.r.f.,  1921 – Lo poésie symboliste, en colaboración con P.N. Roinard y V. E. Michelet; L’Edition, 1909. – L’ hérésiarque et Cie., Stock, 1910; Delamain, 1922. – Le Bestiaire uo Cortege d’Orphée, con grabados en madera  de Raoul Dufy; Delaplanche, 1911;  La sirene, 1918. – Les peintres cubistes, Figuiere, 1912. – Alcools (1898-1913),  con un retrato por  Picasso; Mercure de France, 1913;  n. r. f.,  1920. – Case d’ armons (recogido en calligrammes), Aux Armées de la Republique, 1915. – Le poete assassiné, con un retrato por Andrés Rouveyre; L’ Edition, 1916. – Vitam impendere Amori, con dibujos de Andrés Rouveyre; Mercure de France, 1917. – Les mamelles de Tirésias; música de Germaine Albert-Birot;  dibujos de Serge Férat; Sic, 1918.  –Calligrammes (1913 – 1916); con un retrato por Picasso; Mercure de France, 1918; n. r. f., 1928. – Le  flaneur des deux rives, La Sirene, 1918. – OBRAS PÓSTUMAS: La femme assise, n. r. f., 1920. – Il y a ..., Messein, 1925. – Anecdotiques, 1928.

La leyenda de Guillaume Apollinaire

El 9 de noviembre de 1918 murió en París el creador del movimiento moderno, que descubrió algo más grande que un simple "estremecimiento nuevo": un nuevo mundo de poesía.

    Cuanto hoy brilla en la poesía moderna procede de Apollinaire. Fue inútil que los dadaístas atacaran su memoria en 1920- lo cual es una manera de reconocer su soberanía- acusándole de haber imitado a Max Jacob, el católico poeta de "Laboratorio Central" declaró públicamente que sus versos eran posteriores a los de su amigo. Y la influencia de éste perdura hasta el neo dadaísmo actual de los supra-realistas, quienes de él, además tomaron el nombre.

    Guillaume Apollinaire no tiene historia: tiene historietas. He aquí varias. Una vez, debiendo dar una conferencia sobre pintura, prefirió irse en automóvil a Chartres, para burlarse del "respetable" público. En una comida sirvió a sus invitados peras con mostaza y lechuga aderezada con agua de Colonia. Hizo con el pintor cubista Picabía un viaje improvisado a Inglaterra, asegurándose que hablaba admirablemente el inglés; pero cuando Picabía quiso desayunar en el barco, Apollinaire no pudo hacerse entender del camarero, y confesó a su amigo que no hablaba sino el "irlandés antiguo". Cierto día trenzo listones de seda azul en sus zapatos y trató de pasearse así por París, para lanzar una nueva moda. Inventó un sistema desconcertante y sencillo para hacer entrar grandes muebles por una puerta demasiado pequeña: meterlos a pedazos. Una noche, vistiéndose aprisa para ir a una cena, no pudo sacar su corbata de esmoquin de la botella donde la guardó, para no extraviarla, y se hizo pintar con tinta china en la camisa un lacito que le dejó encantado. Mil anécdotas más ¡tantas que desbordan de los libros y llegan a los corazones!

    En sus treinta y ocho años de vida mortal -durante los cuales creó rápidamente su vida inmortal- hubo aquí y allá un viaje, un amorío, una aventura colindante con la novela. Sobre esa realidad, en suma curiosa y no excepcional, se va formando, como la bruma sobre los prados en los atardeceres del otoño, una leyenda: encontró en Praga al Judío Errante, con el cual visitó la Ciudad y buscó -lo mismo que nuestro poeta- a una gitana a quien brindar diez kreutzers por un beso; era llamado, de tiempo en tiempo, por el Vaticano en consulta ecuménica; descubrió en un trapero parisiense a un descendiente del emperador romano Pertinax; y una tarde, en el puente de Grenelle, frente al mismo atónito del poeta Fernando Fleuret, se elevó en un carro de fuego como el profeta Elías, precedido por "pihies" de la China "que no tienen más que un ala y vuelvan por parejas", desaparecieron confundiéndose con la pompa crepuscular... Eso puede haberlo inventado Fleuret, poeta al fin, o puede haber sido cierto, al gusto del lector: Apollinaire estudió los libros escondidos en el "Infierno" de la Biblioteca Nacional de París, y sabía sin duda ese secreto y otros muchos más.

    A su leyenda él añadía materiales, como el alquimista; disparatadas substancias al conocimiento que en la retorta se trocará en piedra filosofal. Por ejemplo: se complacía en hacerse pasar por hijo de un prelado romano -y Picasso lo caricaturizó con la mitra paterna en la cabeza-, o bien imaginaba amores con la primer linda pasante a la que seguía a través de París, atado a su nuca por langorosas miradas, describiéndola después a sus amigos como acróbata, princesa, o recamarera.

    Nadie como Apollinaire ha sabido encontrar lo inesperado en los "fait-divers" -los sucesos cotidianos que narran los diarios en tres líneas-, la suma de poesía que encierra la vida anecdótica, que es la vida simplemente: vivir sin anécdotas es vegetar. Estaba, dice Carlos Regismanset, profundamente convencido del interés puramente anecdótico de la existencia. Ha sido probablemente el hombre que conoció más historietas sobre todas las personas notorias de su tiempo, y en ocasiones las inventaba poniendo en ellas una seriedad inmensa y una gruesa bufonería.

    La creación incesante de estados nuevos del espíritu; total solución de continuidad, renovación absoluta entre cada minuto siguiente; pasar de uno a otro no como quien se arrastra, ni siquiera como quien vuela, sino como quien salta. Él rompía lo cotidiano, acogía con alborozo los minúsculos cambios que nos brinda la vida de todos los días, y los provocaba. Cultivaba el incidente como una flor vulgar de rendimiento, a ciento por uno, ha dicho un crítico. Que el incidente sea bueno, es secundario, lo que importa es que sea nuevo; ese es su aliciente y su belleza. Estar siempre en perenne partida, remozarse el alma cada día como quien da cuerda al reloj, gustar y entender la lección del humo y de la nube, es ser poeta. Poeta es quien crea, de adentro para afuera, paréntesis de irrealidad, de "suprarrealidad" en lo cotidiano. Lo ideal sería destruirlo, pero todos los ideales son inaccesibles.

    Un soldado belga, que fuera su secretario años atrás, le vio aparecer en la trinchera donde estaba d centinela. Y un amigo, que ignoraba su fulminante enfermedad, escribía una tarde cerca de la ventana cuando un cuervo vino a posarse en el barandal y, después de mirarle fijamente, continuó su vuelo hacia el barrio en donde moría el poeta. Posibles humoradas de su espíritu. En verdad, pocos horizontes mejores para la contemplación de un poeta: la chimenea, obra del hombre, rígida, perfecta y refractaria; y sobre ella el penacho de humo libre y caprichoso durante el día, la llama en la noche, como ante los israelitas durante el Éxodo. Asidos a la crin desmelenada es posible escapar de lo real como el príncipe de las Mil y una noches en el caballo de ébano. Y luego, la elección admirable: la línea oscura sube, domesticada por la voluntad humana, pero de pronto se deshace en un rebelde gesto y se escapa donde la llave el capricho de su cómplice el viento.
 
Apollinaire en México

    Particularmente hablaba de sus viajes a ciudades donde no estuvo jamás. Así, en algunos de sus poemas, sobre todo en la admirable Carta-Océano donde pinta la subida al cerro de Chapultepec, da la impresión concreta de haber vivido en México. En una sección del "Mercure de France" bien definida por su título de La vida anecdótica, publicó frecuentes anécdotas de la vida mexicana. Una de ellas, titulada El bardo maderista Jesús Urueta, describe el imaginario arresto del orador el 18 de febrero de 1913 a bordo del tren de Veracruz, en l a estación de Apizaco. Urueta, dice, iba vestido de mujer con rara elegancia y llevaba en la mano -"detalle singular y bien preciso"- el tomo primero de las Poesías de Plácido, edición de Roe Lockwood & Son, de Nueva York. Otra anécdota, con el título de Franceses en México, cuenta las disposiciones tomadas por la colonia con los grupos inglés y alemán, en caso de una crisis de xenofobia, era su hermano Alberto -muerto de tifo pocos meses después que él, quien en cartas desde México le proporcionaba información sobre nuestro país, completada por su intuición de poeta, por sus lecturas, y principalmente, por sus charlas con el inefable "viejo ángel", el aduanero Enrique Rousseau, pintor y violinista. Rousseau, uno de los más desconcertantes milagros de la época, hombre del siglo XIII nacido en el XX por error, fue en su juventud soldado en el cuerpo expedicionario francés con Forey. De ese viaje quedó deslumbrado para siempre; la visión de las selvas tropicales, del cielo y del sol mexicanos, perduró en sus ojos y en su alma. De lo que Rousseau habló de México con Apollinaire dan fe cuadros del pintor y los versos del poeta. Fue para ambos el maravilloso país de todas las posibilidades.

    La Guerra fue para Apollinaire mas que ningún otro aspecto de la vida humana, lo inesperado: Toda ella es de una perenne sorpresa, una anécdota constante. Un mundo nuevo se le abría cuando ya había exprimido el jugo del viejo mundo. Se dio a él como al encanto de otra juventud.

    La Guerra selló el pacto entre Francia y el poeta, haciendo de Apollinaire, voluntario extranjero, un soldado francés y poniendo en su frente la estrella roja de la gloria.

El espíritu nuevo "esprit nouveau" de Guillaume Apollinaire

Existe un estado particular de conciencia en nuestro tiempo, consecuencia directa del dinamismo y la vibración en que vivimos, hijo de la velocidad, hasta ahora la única conquista positiva de la Humanidad. Bueno o malo, aplaudido o atacado, ese estado de conciencia existe de modo tan evidente que es innecesario hacerlo notar: todos estamos convencidos de que hoy una parte de los artistas y de los creadores de belleza piensan y producen fuera del estado de conciencia que produjo la obra clásica. A ese estado, en lo que se relaciona con la obra de arte, la denominó Guillaume Apollinaire "esprit nouveau", espíritu nuevo.

     La definición es sólo relativamente feliz. Nuevo con relación al espíritu clásico. ¿será nuevo para las generaciones futuras? Seguramente no. Ciertos historiadores subdividen la historia en sus últimos períodos en moderna, que llega hasta la revolución francesa y contemporánea, que alcanza desde esa época hasta nosotros. Es evidente que a los historiadores de mil años más tarde esa división no satisfará, puesto que contemporáneo se llama lo que sucede en el tiempo en que se escribe la crónica de los sucesos de que se habla, y para esos hombres del futuro, nuestra edad contemporánea será tan antigua como es para nosotros el reino de Carlomagno. Así con el espíritu nuevo. Pero provisionalmente basta. Además, vivimos tan aprisa que esa definición si bien abarca corto número de años son de tal intensidad que equivalen a los largos períodos de otros tiempos en los que para iniciarse, crecer, desarrollarse, decaer y morir una escuela o un estado de espíritu, transcurrían varias vidas de hombres. Nuestras horas valen por días, nuestros días por meses, nuestros meses por años, nuestros años por décadas: el cubismo, movimiento de trascendencia extrema que ha dejado marcada toda la producción artística posterior a 1910 con un sello indeleble como la flor de lis sobre el hombre de los condenados por la justicia del rey de Francia, ha durado diez años. Sus creadores –un Picasso, por ejemplo- marcan en su vida mediada apenas cuatro, cinco etapas: período rosa, período azul, cubismo, neo-clasicismo, última manera; y entre cada una las diferencias son tan marcadas y tan hondas que el artista es otro. Cinco años: una nueva alma: de nuestro yo antiguo quedan sólo reminiscencias.
 
    Espíritu nuevo, pues. Lo que durará, no lo sabemos: pero existe y bajo su bandera se hace el arte de hoy: frente a frente, correspondiéndose el uno al otro como los dos garfios del paréntesis, cóncavo el uno y convexo el otro, Picasso y Apollinaire, los dos grandes innovadores, encierran todo el genio de un momento del mundo. Entre las dos columnas, la multitud.
 
    Ese espíritu nuevo se muestra hasta ahora, principalmente, en la pintura y en la poesía. En un artículo póstumo, -verdadero testamento literario- publicado en 1° de Diciembre por el Mercurio de Francia Guillermo Apollinaire, inventor de la palabra -¡inventor de tantas cosas!- lo define: "El espíritu nuevo que se anuncia, dice, pretende heredar ante todo de los clásicos un sólido buen sentido, un espíritu crítico seguro, vistas de conjunto sobre el universo y el alma humana, y el sentido del deber que despoja los sentimientos y limita, o mejor, sujeta, las manifestaciones. Pretende, además, heredar de los románticos una curiosidad que le mueve a explorar todos los dominios propios para proporcionar una materia literaria que permita exaltar la vida bajo cualquier forma que se presente. (Veáse pues que no es algo esporádico, arbitrario, nacido porque sí y sin ligas con lo pasado: es el mismo arte, el mismo aliento vital, que continúa, adaptándose a la sensibilidad de los hombres de hoy.) Explorar la verdad lo mismo en el dominio étnico, por ejemplo, que en el de la imaginación, he ahí las principales características de este espíritu nuevo.
 
    Los poetas deben hacer el aprendizaje de esta libertad de inimaginable opulencia. En el dominio de la inspiración, su libertad no puede ser menor que la de un diario que trata en una sola hoja las materias más diversas, y recorre los países más lejanos. Se pregunta uno por qué el poeta no tendría una libertad por lo menos igual, y estaría obligado, en una época de teléfono, de telegrafía sin hilos y de aviación, a mayor circunspección respecto a los espacios.
 
    La Libertad y el orden que se confunden en el espíritu nuevo son su característica y su fuerza, dice Apollinaire. Él reclamaba la libertad de expresión, la única capaz de determinar nuevos descubrimientos en el pensamiento y en el lirismo. Según eso, dice André Billy, puede definirse el "espíritu nuevo" como el espíritu de razón o espíritu clásico, aliado al espíritu de libertad o espíritu romántico, y al espíritu de verdad o científico, para la conquista del mundo.
 
    Todos los iniciadores de un movimiento artístico, dice un crítico, se equivocan sobre el alcance estético de su obra: no creamos que los jóvenes poetas de 1820, al comenzar el romanticismo, hayan visto claramente la reforma que preparaban. Se sufre una corriente que los arrastra, más bien que no se la analiza.
 
    Apollinaire creó la estética nueva del salto lírico; rica en maravillosos secretos: a cada salto, batir su propio record y pasar por sobre el mayor número de ideas intermedias posible: en la cadena sólo nos importan el eslabón que la comienza y el que la acaba. Y si no somos capaces de saltar tan lejos como el poeta, no importa: nos deja, entre su punto de partida y su punto de llegada, vagar bastante para que a nuestro sabor reconstruyamos los puntos de apoyo que nos sean necesarios: help yourself. Sírvase a su gusto. ¡Tanto peor para él, si el lector necesita que le den el alimento ya masticado, como algunos animales hacen con sus pequeñuelos! Un gran poeta francés define la prosa como el arte de decir las cosas, y la poesía, como el arte de sugerirlas. Pero contra la sugerencia limitada, canalizada, estrecha, de la poesía antigua, Apollinaire -y con él quienes le siguen- no pone límites a la sugerencia, la deja enteramente libre, y aumenta sus posibilidades sin límites.
 
    Hoy no le torcemos ya el cuello al cisne de plumaje engañoso. Es antieconómico. Lo pintarrajeamos como un navío camuflé durante la guerra, lo anunciamos a golpes de manifiesto -bombo y platillos- y cobramos cincuenta centavos por mostrar el ave rara, primera de una especie desconocida. El mérito es igual: el último plesiosaurio o el primer cisne multicolor.
 
    Todo el esfuerzo de la civilización tiende a limitar; todo el de la cultura, a definir. Paralelamente, el creador artístico limita; el crítico, define. Limitar, porque en el número infinito de las posibilidades, el creador el creador artístico marca la suya, la arranca a la ganga informe, la precisa y la circunscribe con hiletes de cuero de buey como el héroe mítico a la ciudad codiciada, o con la punta de la pluma, émula de la espada de Pizarro dividiendo el mundo en dos partes: lo posible y lo imposible, y eligiendo ésta última. Definir, porque entre la obra forzosamente contradictoria e inextricable, serpentea continuo, claro y seguro un espíritu -tal un arroyuelo entre los matorrales de un bosque- y el cr´tico ahonda, busca, y muestra en fin, definiéndolo, ese espíritu.
 
    Ya no se canta a la Mujer. Ahora se cantan otras cosas. Jean Cocteau, el ángel; Reverdy, la visión espectroscópica de las cosas, bajo el barniz de lo cotidiano; Cendrars, la red que trazan sobre el mundo sus pies viajeros; Morando, el cosmoplitismo sensual y hedonista; Jules Romains, el alma colectiva de la muchedumbre. Así los demás. A Rimbaud debemos todo eso. ¡Loado sea! Él alzó una columna de humo durante el día, de fuego en las noches, y nos guió -nuevo Moisés- hacia lo inexplorado de la poesía. Él nos dijo: -Lisardo, en el mundo hay más, como la voz irónica en la tragicomedia del duque de Rivas. Él representó el más vivo y perfecto ejemplo de esa ansia de fuga de lo cotidiano, eterno en los poetas, pero orientado, desde él, hacia nuevas direcciones, lo que se ha llamado feliz y piadosamente "rimbaldismo". La mujer, en todo ello, queda siendo un pretexto, un incidente, la más agradable de las ocupaciones. Pero aquella exasperación, aquel culto, aquel darse todo en el poema para que la gatita de color de rosa hiciera una pelota con el papel y jugara, ha desaparecido. Oímos, claro, la queja de amor todavía: el radio aún no electrocuta a todos los ruiseñores. Pero pasamos de largo. Aplaudimos quizás -resabio de mala educación- cuando la queja es bella, pero pensamos: -¡Pompier, bah!... El personaje más incomprensible de toda la literatura, para nuestra sensibilidad, es Romeo. Hemos enterrado definitivamente a la Edad Media y a sus caballerías. Y no soportamos los versos con zancos de admiraciones. Id, románticos adolescentes, id con sonetos de amor a la Venus moderna, perfecta ya como Apolo... La deportista elástica y lisa soplará el humo de su abdulá sobre su martini, y reirá: -¡Vamos, muchacho, no seas aván-guerra!...
 
   Todavía hay quienes no son así: convenido; quienes se retrasaron al nacer, ocupados en el trasmundo incierto de la pre-vida, como muchachas que tardan en vestirse. Hay en nosotros, los hombres de ahora, un sentimiento de gratitud hacia los hombres de ayer, que así nos limpiaron el camino. Nuestra admiración por la generación de 1905, aquí o allá, se basa en eso, mucho. ¡De la que nos hemos librado!: los versitos eróticos, las sensiblerías romantizantes, los claros de luna: todo nos lo mataron antes, esos hombres a los que hoy llamamos "maestros".

El cubismo literario -
Henri Frick

Nace del cubismo pictórico, y así se llama por simple fraternidad de los artistas de uno y otro bando; y también porque hay muchos puntos de semejanza en sus doctrinas de abstracción o evasión artística. Apollinaire, Cendrars, Max Jacobs, corifeos de la pintura cubista, fueron hermanos en inquietudes artísticas de Picasso, Juan Gris y Delauny. Esto explica en parte, que la poesía cubista, abandonando los elementos musicales tan caros al simbolismo, se haga poesía puramente visual.

En el poema cubista, no es la realidad externa la que se plasma, sino su poliédrica y acelerada proyección en nuestro espíritu, con todas las predilecciones y deformaciones que le impone la originalidad de nuestro modo de captarla. La imagen cubista no es simple como la de una flor en un espejo, sino intrincada y polifásica como un mosaico.

El poema cubista es una yuxtaposición instantánea de imágenes autónomas, desligadas. Se recrea en lo visual y desprecia lo auditivo. No hay anécdota, ni argumento, ni historia.
Cada verso o doble verso es una célula independiente, pero confederada con las otras para dar un poema que tiene por centro unificador al poeta mismo.

El poema cubista atrae a un solo plano, simultáneamente, los elementos de la realidad que la imaginación, como un imán central, congrega en un punto de convergencia, que es la mente del poeta. Pero su enfoque, las fracciones de realidad que la inspiran, no están en el pasado, sino en el presente, en la vida y no en el sueño; en la vida moderna con su afiebrada velocidad y dinamismo.

En general se alude, a un importante sector de la poesía francesa, cuyo punto inicial podría situarse en 1896 y que hacia 1917, confluye con el Dadaísmo. La amistad, a menudo íntima, y la mutua colaboración entre los pintores de este movimiento (Picasso - Bracque ) y los poetas a que se extiende esta denominación, a la vez que un ideal estético común, son razones más que suficientes para justificarla.

La figura principal de este movimiento es sin duda el poeta Guillaume Apollinaire, quien en 1913 junto con su libro "Alcoles", publicó un importante manifiesto donde se encuentran las siguientes exhortaciones: "Palabras en libertad"; "invención de palabras"; "destrucción"; "supresión del color poético, de la copia en arte, de la sintaxis, de la puntuación, de la armonía tipográfica, de los tiempos y personas de los verbos, de la forma teatral, del sublime artista, del verso y de la estrofa, de la intriga en los relatos, de la tristeza".

Al lado de Apollinaire podemos citar a Max Jacob; Jean Cocteau y Pierre Reverdy, quien funda en 1917 la revista Nord-Sud, que disputará luego la paternidad del Creacionismo al poeta chileno disputará Vicente Huidobro, y que será, junto a Apollinaire, uno de los poetas más admirados por la nueva generación en la que se encontraban los futuros surrealistas: André Breton y Paul Eluard.

 


 

 

 

 

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