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Yaser Arafat

Recursos disponibles: Español. English

  1. Creación de Al Fatah

  2. Hacia el liderazgo de la OLP

  3. El Septiembre Negro de 1970

  4. Años setenta: la vía terrorista y éxitos diplomáticos

  5. Años ochenta: la expulsión de Líbano, el estallido de la Intifada y el viraje posibilista

  6. Los acuerdos de Oslo de 1993 y el arranque de la autonomía palestina

  7. Primeros cuatro años del proceso de paz: hitos y retrocesos

  8. La cesura de 1997: aumentan los desencuentros con Israel

  9. Tenso compás de espera en 1998 y 1999

  10. El colapso de 2000: hacia la segunda intifada e imposición de los extremismos

  11. Violencia sin cuartel al socaire del terrorismo palestino y el contraterrorismo israelí

  12. 2001: Guerra asimétrica con el Gobierno de Ariel Sharon

  13. 2002: Destrucción de la infraestructura de la ANP y acorralamiento de Arafat

  14. 2003: Delegación parcial en un primer ministro por prescripción de la Hoja de Ruta

1. Creación de Al Fatah


Nació en El Cairo en el seno de una acomodada familia palestina de ilustre linaje, como el sexto de siete hermanos. Su madre, Hamida, fallecida cuando él tenía cuatro años, hacía remontar su ascendencia paterna a Fátima, hija del Profeta Mahoma, en tanto que su padre, `Abd ar-Raouf, provenía de una rica familia de mercaderes y terratenientes. El niño Arafat pasó su infancia en El Cairo, Jerusalén y Gaza, donde se educó en los preceptos coránicos y tomó parte en los movimientos de resistencia palestina contra la colonización judía, primero en los Hermanos Musulmanes y luego en el Partido Árabe de Palestina que dirigía Hadj Amin al-Husseini, gran muftí de Jerusalén.

Durante la primera guerra árabe-israelí (1948-1949) desempeñó tareas logísticas en las filas del Ejército egipcio. Con la derrota de los países árabes y el engrandecimiento territorial del joven Estado de Israel con la incorporación del Neguev, Galilea, Jerusalén occidental, Beersheva, Ramle, Lidda y otras áreas de la Palestina central, su familia se sumó al éxodo de refugiados palestinos que se desperdigaron por Líbano y Jordania, mientras que él se estableció en la capital egipcia. En 1950 cursó estudios de Ingeniería Civil en la Universidad cairota, donde se reveló como un dirigente nato. En 1952, año del golpe revolucionario que derrocó a la monarquía conservadora de Faruk I, Arafat se afilió a la Federación de Estudiantes Palestinos (FEP), cuya sección paramilitar lideró, y tras ser expulsado de la misma en 1953 fundó su propia organización, la Unión General de Estudiantes Palestinos (UGEP).

Con el permiso del coronel Nasser, que acababa de desembarazarse del ala moderada del mando revolucionario y asumido todo el poder de la República, Arafat creó células de fedayin (combatientes) y planificó ataques guerrilleros contra Israel desde el territorio de Gaza, incorporado a la administración egipcia en 1949 después de haber sido adjudicado por la ONU al nonato Estado árabe en el acuerdo de partición de 1947.

En julio de 1956 Arafat obtuvo el título de ingeniero y fundó la Unión de Graduados Palestinos (UGP), de la que se autodesignó presidente y que le serviría de cobertura para sus actividades políticas y guerrilleras. Económicamente, alcanzó una posición desahogada trabajando para una constructora egipcia. Al estallar la segunda guerra árabe-israelí en octubre de 1956 a raíz de la nacionalización por Nasser del canal de Suez, Arafat se enroló como voluntario en el cuerpo de ingenieros del Ejército egipcio con la misión de desactivar bombas, y, tras participar en los combates de Abukir y Port Said, recibió el grado de teniente.

En 1957 asistió como delegado palestino a una convención de estudiantes en Praga y pasó una temporada en la ciudad alemana de Stuttgart antes de afincarse en Kuwait. En el emirato del Golfo, que aún se hallaba bajo el protectorado británico, Arafat, simultáneamente a sus actividades profesionales como ingeniero y pequeño empresario de la construcción, reexaminó su estrategia de lucha contra Israel, convencido de que ésta habían de asumirla los propios palestinos, que no debían confiar excesivamente en la solidaridad de los estados árabes.

Consecuencia de estas conclusiones fue la creación en Kuwait en octubre de 1957, junto con sus colaboradores Jalil al-Wazir y Salah Jalaf, del movimiento Al Fatah, esto es, la Victoria o la Conquista a través de la Jihad, pero el término es también un acróstico invertido en árabe de la expresión Movimiento de Liberación Nacional Palestino. Los tres adoptaron nombres de guerra: Arafat, el de Abu Ammar (Padre Constructor); Wazir, que el 16 de abril de 1988 iba a ser asesinado por el Mossad israelí en el exilio tunecino, el de Abu Jihad (Padre de la Jijad); y Jalaf, igualmente muerto en Túnez el 14 de enero de 1991 en un atentado atribuido a la banda disidente palestina de Abu Nidal, el de Abu Iyad. Fatah celebró su congreso constitutivo en Kuwait en octubre de 1959 y ese mismo año Arafat viajó a Beirut para reunirse con su familia.
 


Yaser Arafat

2. Hacia el liderazgo de la OLP


En 1963 Fatah abrió en Argel su primera oficina en un país árabe; no en vano, el Gobierno de Ahmed Ben Bella fue el primero en reconocer la organización, que hasta entonces había sido tachada de subversiva en Jordania, Siria y el mismo Egipto nasserista. También en 1963 Arafat se trasladó de Kuwait a Siria, donde el triunfante régimen militar-baazista del general Muhammad Amin al-Hafiz le proporcionó de buena gana cobertura territorial para las incursiones contra Israel realizadas por el brazo militar de Fatah, Al Asifah (La Tormenta), la primera de las cuales se reconoció públicamente el 1 de enero de 1965.

En 1964 Arafat y Abu Jihad realizaron un decepcionante viaje a China en busca de asistencia (ni fueron recibidos por Mao Zedong y Zhou Enlai ni obtuvieron las armas y el dinero solicitados) y en 1966 sufrió un mes de encarcelamiento en Siria, donde se había producido un cambio de guardia en la jefatura del partido Baaz en un sentido más izquierdista y radical, acusado del asesinato de un agente sirio en un campamento de refugiados en Damasco.

En julio de 1968 Fatah y otras agrupaciones nacionalistas ingresaron en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que había sido establecida por el I Consejo Nacional Palestino (CNP), reunido en el Jerusalén árabe del 28 de mayo al 10 de junio de 1964, siendo Ahmad ash-Shuqeiri su primer presidente y el Gobierno egipcio el verdadero artífice de la iniciativa. La luz verde a la integración del partido de Arafat, y con un rol de vanguardia en la lucha de liberación, fue dada por el IV CNP, reunido en El Cairo del 10 al 17 de julio de 1968 para presentar la nueva Carta Nacional Palestina.

Nasser veía en la OLP más un instrumento al servicio de sus propias ambiciones de unir y liderar la nación árabe, y, precisamente, Arafat entraba en la OLP con el propósito de asumir su control y desasirla de la tutela egipcia. No escamoteó las críticas a sus dirigentes, acusándoles de haber desprestigiado el movimiento de liberación nacional palestino por, siguiendo las instrucciones de El Cairo, sustraerse de la guerra de los Seis Días de junio de 1967, que acarreó la ocupación militar israelí de Cisjordania, Jerusalén oriental y Gaza y generó una segunda ola de refugiados, alrededor de 325.000.

Mayoritariamente poblados por palestinos, la defensa de los tres territorios había correspondido a los ejércitos de los estados que los gobernaban, Jordania en los dos primeros casos y Egipto en el tercero, pero la ofensiva relámpago del formidable Ejército judío fue suficiente para barrer en pocos días las menos profesionalizadas y peor armadas fuerzas árabes: en el descalabro, Egipto perdió, además, todo el Sinaí, y Siria, los altos del Golán.

Así las cosas, Arafat consideró que había llegado la hora de sacudirse de la dependencia de Nasser y otros líderes de la Liga Árabe (LA) y emprender la lucha de liberación, en solitario si fuera necesario, contra Israel. Sin duda, en este análisis prevaleció la consideración de que la apabullante inferioridad militar de Fatah frente a Israel podía compensarse con la motivación del fedayín, su convicción de que luchaba justamente, para expulsar al odiado ocupante judío de una tierra que no le pertenecía y que había arrebatado ilegalmente.
 


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3. El Septiembre Negro de 1970
El prestigio combativo de Fatah y Arafat, famoso ya ante una opinión pública mundial que le veía como el más genuino resistente palestino, se cimentó en episodios como la batalla de Al Karameh, Jordania, el 21 de marzo de 1968, en la que aquel, al frente de 300 fedayines y con la oportuna ayuda de la artillería jordana (que impidió la aniquilación cierta de la columna palestina), resistió el ataque de una división blindada y la aviación israelíes.

Rápidamente catapultado él al liderazgo palestino y convertido Fatah y sus formaciones satélite en el movimiento de resistencia mayoritario, en el curso del V CNP, reunido en El Cairo del 1 al 4 de febrero de 1969, Arafat fue elegido presidente del Comité Ejecutivo de la OLP (CEOLP) en sustitución de Yahya Hammuda, quien a su vez había sustituido al dimitido Shukeiri el 24 diciembre de 1967. Antes de terminar el año, Arafat asistió a sus primeras cumbres de los jefes de Estado árabes como cabeza de la delegación palestina.

 

La OLP intensificó sus operaciones de hostigamiento desde Jordania, su cuartel general a partir de 1967, y las nuevas bases en el Líbano, lo que provocaba represalias israelíes contra ambos países, dejando en situación comprometida a sus gobiernos. El jordano, en particular, estaba resuelto a someter a su autoridad a los combatientes palestinos; temeroso de las airadas respuestas de Israel y más inquieto aún por la consolidación dentro de sus fronteras de un protoestado palestino con fuerzas armadas, administración y liderazgo autónomos, el rey Hussein se aprestó a desarticular las estructuras de la OLP en el reino.

El 6 de septiembre de 1970, al cabo de varias semanas de combates y un precario alto el fuego, el secuestro de tres aviones de línea occidentales por elementos del izquierdista Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) y su desvío hasta el aeropuerto jordano de Zarqa, en pleno desierto, agotó la paciencia del Gobierno de Ammán, que liberó al pasaje en una operación militar.

De inmediato, los palestinos se lanzaron al asalto de cuarteles jordanos y nombraron a Arafat "general en jefe de las fuerzas de la revolución palestina". Fatah y el más radical FPLP unieron sus efectivos en la embestida contra el anfitrión a su pesar. Los combates entre los fedayines y el Ejército Real jordano, que no escatimó el empleo de artillería y otras armas pesadas, fueron extraordinariamente cruentos y provocaron miles de víctimas, fundamentalmente entre los combatientes y civiles palestinos.

La mediación de Nasser, alarmado ante esta verdadera guerra civil entre árabes, que para la OLP, de hecho, supuso el frente de lucha más mortífero hasta la ocupación israelí de Líbano en 1982, permitió que Arafat y Hussein firmaran un cese de hostilidades el 27 de septiembre. Este último y agotador activismo hizo sucumbir al rais egipcio, víctima de un fatal ataque al corazón tan sólo horas después de reunirse con dos líderes árabes que nunca le fueron acomodaticios. Empero, a comienzos de 1971 las luchas se reanudaron y no terminaron hasta que la OLP fue totalmente derrotada en julio. Humillado, Arafat, acusó al monarca hachemí de haber pactado con Israel y Estados Unidos la liquidación de la OLP en el reino a cambio de la devolución de Cisjordania.

En su continuo peregrinar, Arafat se trasladó con sus hombres a Líbano, república que mantenía un difícil equilibrio interconfesional; precisamente, los enfrentamientos surgidos entre palestinos y milicianos falangistas cristianos, que temían perder cotas de poder frente a la, por otro lado multiforme, comunidad árabe si se integraban en ella los extranjeros palestinos, iban a jugar un papel decisivo para el desencadenamiento de la guerra civil general en Líbano en abril de 1975.

4. Años setenta: la vía terrorista y éxitos diplomáticos
Desde su evicción de Jordania en 1970-1971, Fatah, que había sufrido grandes pérdidas en su capacidad militar, y los grupos más radicales minoritarios se decantaron por la acción terrorista con el propósito de propagar su causa por el mundo y arrancar del público internacional un estado de opinión sensible con los padecimientos del pueblo palestino. A tal fin, el movimiento de Arafat, que en conjunto disponía de unos 25.000 militantes, reestructuró sus fuerzas armadas en dos grupos: los fedayines propiamente dichos, varios miles de hombres encargados de la lucha de guerrillas en Palestina y encuadrados en Al Asifah, y la Organización Septiembre Negro (OSN), mandada por Abu Iyad y especializada en atentados y secuestros terroristas.

La víctima más notoria de la OSN no fue, empero, israelí, sino árabe: el primer ministro jordano, Wasfi at-Tall, que el 29 de noviembre de 1971 fue asesinado en El Cairo en venganza por los dramáticos sucesos de cuya denominación simbólica en el imaginario palestino tomó la banda su nombre. Para el mundo, la más espectacular y sangrienta acción de la OSN fue la toma por un comando en septiembre de 1972 de la villa olímpica de los Juegos de Munich, que terminó con la muerte de 11 atletas israelíes y cinco asaltantes palestinos.

El sangriento rosario de secuestros aéreos, asaltos a embajadas y atentados contra objetivos, preferentemente judíos, en diversos lugares de Oriente Próximo, África y Europa, tuvo consecuencias complejas. Por una parte, hizo que el ciudadano medio de Occidente identificara la lucha nacional palestina con el terrorismo puro y simple a cargo de organizaciones confusamente envueltas de fraseología marxista, algunas tan dudosamente palestinas como el misterioso y ultrarradical Ejército de la Estrella Roja, formado por japoneses y habitualmente reclutado por el FPLP para sus brutales golpes.

Por otra parte, al presentarse la OSN (y, por supuesto, las organizaciones radicales de izquierda verdaderamente autónomas) como una entidad ambiguamente desligada de Fatah, Arafat, nombrado por el VIII CNP, en febrero de 1971, jefe supremo del Mando General Unificado de las Fuerzas de la Revolución Palestina y por el XI CNP, en enero de 1973, jefe del Departamento Político de la OLP, que puso en sus manos la gestión de los asuntos internacionales de la organización, estuvo en condiciones de aunar apoyos y reconocimientos de gobiernos y organismos mundiales a su estructura político-militar, que luchaba honorablemente contra el enemigo sionista en la línea de los movimientos de liberación nacional.

En cualquier caso, eran unos años en que, con el mundo firmemente dividido en bloques y librándose aún varias luchas anticoloniales, la intolerancia o la unanimidad de criterio ante los fenómenos terroristas eran incomparablemente menores que los imperantes tres décadas después. Al tiempo que mantenía abiertas todas sus opciones de lucha armada, Arafat evolucionó sutilmente en el grado de exigencia de una patria palestina. En el manifiesto programático de Fatah de enero de 1968 y en el V CNP de febrero de 1969, había propuesto un Estado palestino "laico y democrático", con igualdad de derechos para judíos, musulmanes y cristianos, moderando su anterior promesa de "echar al mar" a los primeros.

En el XII CNP, reunido en El Cairo del 1 al 8 de junio de 1974, vino a admitir equívocamente la existencia del Estado de Israel en las fronteras de la partición de 1947, dentro de un programa de diez puntos que contemplaba crear una "autoridad nacional en cualquier parte de Palestina liberada o de la que Israel se retire", aunque sin renunciar al "objetivo estratégico" de fundar un "Estado palestino democrático" a través de una guerra panárabe de liberación.

La reacción del FPLP y otros grupos radicales palestinos ante esta revisión del maximalismo fue tachar a Arafat de "traidor", abandonar el CEOLP y formar un Frente de Rechazo Palestino. En el XIII CNP, reunido del 12 al 22 de marzo de 1977 en El Cairo, Arafat consiguió la aprobación de un plan de quince puntos que ya no otorgaba el monopolio territorial al futuro Estado de los palestinos, en un nuevo paso hacia la asunción, resignada pero realista, del hecho histórico del Estado de Israel.

Para entonces, el líder palestino había empezado a obtener también éxitos diplomáticos. La OLP fue reconocida en la VI Cumbre de la Liga Árabe, en Argel del 26 al 28 de noviembre de 1973, como la única representante del pueblo palestino, y en la VII Cumbre, la celebrada en Rabat del 26 al 29 de octubre de 1974, el rey Hussein aceptó el derecho del pueblo palestino a dotarse de un "poder nacional independiente, bajo la dirección de la OLP, su único representante legítimo". Ello supuso la retirada de su propuesta del 15 de marzo de 1972 sobre un "reino árabe panjordano", que habría integrado a Cisjordania como "provincia palestina autónoma", y de paso certificó, inopinadamente, el principio de reconciliación con Arafat.

A lo largo de 1974 la potestad de los palestinos para adquirir la autodeterminación y ser representados por la OLP fue asumida sucesivamente por la Organización para la Unidad Africana en junio, la UNESCO en octubre y, con especial significación, por la Asamblea General de las Naciones Unidas, que en su resolución 2535 del 9 de diciembre de 1969 ya había reafirmado los "derechos inalienables" del pueblo palestino. Semanas después de reponer, tras 22 años de omisión, la cuestión de Palestina en su agenda, el 14 de octubre de 1974 la Asamblea General de la ONU reunida en su XXIX sesión aprobó la resolución 3210, por la que reconocía a la OLP como representante legítima del pueblo palestino y le invitaba a participar en las deliberaciones sobre aquel punto.

El 13 de noviembre Arafat, en su consagración internacional, se dirigió al pleno de la Asamblea con su famosa alocución: "Vengo con el fusil del combatiente de la libertad en una mano y la rama de olivo en la otra. No dejen que la rama de olivo caiga de mi mano. Repito: no dejen que la rama de olivo caiga de mi mano". También, pidió que no se calificara de terrorista a aquellos que "luchan por la liberación de su tierra de los invasores y los colonialistas", un término oprobioso que, antes bien, relacionó con el sionismo.

El 22 de noviembre siguiente, mediante las resoluciones 3236 y 3237, la Asamblea respectivamente reconoció los derechos del pueblo palestino a la autodeterminación, a la independencia y la soberanía nacionales, y al retorno de su población refugiada, y admitió a la OLP con el estatus de observador permanente. Como miembro de pleno derecho, la OLP fue admitida en la Organización de la Conferencia Islámica el 22 de febrero de 1974, en el Movimiento de países No Alineados el 17 de agosto de 1976 y en la propia LA en septiembre de 1976.

Por su parte, Arafat comenzó a ser recibido por los líderes europeos: por el papa Pablo VI en 1974 en el Vaticano, por el canciller austríaco Bruno Kreisky, en la reunión de la Internacional Socialista en Viena el 7 de julio de 1979, o por el presidente del Gobierno español Adolfo Suárez, en la primera invitación oficial a una capital occidental, en Madrid el 13 de septiembre de 1979. El 17 de febrero de 1979 viajó también a Teherán, donde un triunfante ayatollah Jomeini le comunicó ruptura por la Revolución iraní de cualquier lazo con Israel y el apoyo total a la causa palestina. Hacia mediados de 1976, la OLP había sido reconocida ya por un centenar de países, obligando a Fatah a desvincularse de las actuaciones terroristas más denigradas por la opinión pública internacional.

5. Años ochenta: la expulsión de Líbano, el estallido de la Intifada y el viraje posibilista
En la década de los ochenta Arafat volvió a pasar por traces muy apurados y escapó literalmente de la liquidación, gracias, al decir de sus seguidores, a su proverbial baraka o socorro de Dios. Por dos veces, el 30 de agosto de 1982 en un Beirut devastado por los bombardeos y el 20 de diciembre 1983 en Trípoli, se salvó, con la cobertura de sendas operaciones multinacionales de evacuación, del cerco de sus enemigos, el Ejército israelí en el primer caso y el Ejército sirio y la disidencia palestina radical en el segundo.

Paradójicamente, dos estados que eran enemigos inveterados por una vez coincidían en algo (y aún se sospechó algún tipo de colaboración tácita más allá de la concurrencia estratégica): acabar de una vez por todas con Arafat y su organización, que amenazaban sus respectivas concepciones del estado de cosas regional, la seguridad interna en el caso de Tel Aviv y la hegemonía política en el caso de Damasco. Israel lanzó el 6 de junio de 1982 la Operación Paz en Galilea, la invasión a gran escala de Líbano, para destruir los campamentos de fedayines establecidos en diversos puntos del país así como el cuartel general de la OLP en Beirut, de donde partían las instrucciones y los hombres para las incursiones por mar o terrestres a través de Galilea contra el Estado judío.

El Gobierno de Damasco, por su parte, no podía tolerar una fuerza armada, de tamaño considerable y hostil a todo intento de ser controlada, que estorbara a sus aspiraciones hegemónicas sobre Líbano. Así, la masiva intervención militar de Siria en dicho país en abril de 1976 salvó, de hecho, al bando cristiano falangista de ser avasallado por la OLP y las organizaciones musulmanes de izquierda locales. Desde que se hiciera con el poder en 1970, el dictador baazista Hafez al-Assad no cejó en su intento de reducir, si no de eliminar, a Arafat y su gente, que dieron rienda suelta a su irritación en los tumultuosos XIV y XV CNP, celebrados en Damasco en enero de 1979 y abril de 1981, respectivamente.

El 17 de septiembre de 1983, luego de ser expulsado de Damasco el 24 de junio, Arafat se reunió con sus hombres en Trípoli, al norte de Beirut, para apoyarles en los combates que les enfrentaban con la disidencia palestina prosiria en el cercano valle de la Bekaa. En la ciudad costera, Arafat y 4.000 de sus partidarios quedaron cercados por el Ejército sirio, hasta su evacuación el 20 de diciembre por una flota franco-griega hacia Túnez, Argelia, Yemen del Norte y Sudán.

Éste fue el abandono definitivo de Líbano por Arafat. Asentado junto con su estado mayor en Túnez mientras las fuerzas de Fatah se reorganizaban en Yemen del Norte bajo la protección del presidente amigo Ali Abdullah Saleh, Arafat procedió a recomponer la destrozada OLP. En el XVII CNP, celebrado en Ammán del 22 al 29 de noviembre de 1984, la OLP rechazó su dimisión teatral, en lo que entonces se consideró la resurrección política del debilitado líder.

En estos años en los que parecía inminente el aplastamiento de su movimiento por el bando sirio, Arafat se acercó al presidente egipcio Hosni Mubarak y al rey Hussein, los principales dirigentes árabes moderados, en busca de apoyos. La reunión del CNP en Ammán puso fin a 13 años de ostracismo palestino en Jordania y a la enemistad con el monarca hachemí. Luego, con su visita a Mubarak en El Cairo el 7 de noviembre de 1985, Arafat rompió el boicot árabe a Egipto, vigente desde que el asesinado presidente Anwar as-Sadat acordara la paz con Israel en 1978, la misma paz que él había condenado con toda vehemencia como un acto unilateral y traidor.

Signo de la evolución de Arafat hacia el posibilismo, el 11 de febrero de 1985 la OLP aceptó en principio las resoluciones de Naciones Unidas sobre el problema de Oriente Próximo y él acordó en Ammán con Hussein un acuerdo para una confederación jordano-palestina, que no hablaba de un Estado palestino independiente, sino de un "gobierno palestino asociado", en una reedición de la rechazada propuesta de 1972.

Sin embargo, en un nuevo enfriamiento de relaciones típico en esta región tan volátil y como colofón de una serie de acontecimientos que a finales de 1985 escalaron la tensión en Oriente Próximo (el ataque aéreo israelí contra la sede de la OLP en Túnez el 1 de octubre, el secuestro del buque Achille Lauro por el disidente Frente de Liberación de Palestina de Abu Abbas una semana después, los brutales atentados de Abu Nidal en Roma y Viena en diciembre), el rey denunció el acuerdo de Ammán el 19 de febrero de 1986 y culpó a Arafat de su fracaso. En julio el Gobierno jordano clausuró 25 oficinas de la OLP en el país y un año después la parte palestina dio también carpetazo al proyecto en el XVIII CNP, reunido en Argel del 20 al 25 de abril de 1987.

Desde 1983 el presidente Assad, en sañuda persecución, venía revolviendo en contra de la mayoría fiel a Arafat y de los drusos libaneses de Walid Jumblatt a sus protegidos en el país de los cedros, los shiíes de Amal, liderados por Nabih Berri, y a algunos de los grupos radicales de izquierda palestinos y disidentes de Fatah, que el 25 de marzo de 1985 crearon un Frente de Salvación Nacional Palestino. Tras cuatro años de enfrentamientos fratricidas, boicots y numerosas escisiones, en el XVIII CNP de abril de 1987 Arafat restableció las relaciones con los querellantes y las luchas cesaron. El 11 de septiembre siguiente Amal hizo a su vez la paz con Fatah y el 24 de abril de 1988 Arafat dirimió en Damasco sus diferencias con Assad.

El estallido el 9 de diciembre de 1987 de la rebelión popular en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza, la intifada, que sobrepasó la autoridad de la OLP, indujo al líder palestino a dar un salto histórico, el cual fue facilitado por la decisión del rey Hussein, el 31 de julio de 1988, de romper todos los lazos legales y administrativos de Jordania con Cisjordania, cuya jurisdicción cedió a la OLP. Así, el 15 de noviembre de 1988 el XIX CNP proclamó en Argel el Estado de Palestina (una entidad fantasmal, por otro lado, al carecer de fronteras y gobierno, si bien en los meses siguientes fue reconocido por 90 estados) y aceptó las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas 181 del 29 de noviembre de 1947, 242 del 22 de noviembre de 1967 y 338 del 22 de octubre de 1973, lo que llevaba implícito el reconocimiento del Estado de Israel.

El 13 de diciembre Arafat acudió a la ONU en su sede de Ginebra y no en la central de Nueva York, ya que el Gobierno de Estados Unidos le negó el visado de entrada en el país, para confirmar ante el mundo estas decisiones y para certificar la "denuncia" del terrorismo como instrumento de acción política. En la ciudad suiza se abstuvo de portar su pistolera vacía, que sí había exhibido en su comparecencia de 1974, como gesto simbólico del alejamiento del militarismo. Dos días después, la Asamblea General de Nueva York aprobó la sustitución del término OLP por el de palestinos en todos sus documentos e instó a la convocatoria de una conferencia de paz internacional para Oriente Próximo.

El 1 de abril de 1989 Arafat fue proclamado en Túnez "presidente del Estado Árabe de Palestina" por el Consejo Central de la OLP reunido en sesión extraordinaria. Poco después comenzaron los primeros encuentros entre representantes de la OLP y el Gobierno de Estados Unidos, pero este diálogo oficial quedó suspendido el 20 de junio de 1990 al no condenar expresamente Arafat un atentado del FPLP contra Israel.

Entretanto, proseguía la intifada. La OLP se afanó en controlar una expresión auténtica de la confrontación con Israel por población civil que sufría su ocupación y en el verano de 1988 constituyó el Mando Unificado Nacional para que sirviera de puente entre la dirección política del exterior y la generación más joven del interior. Este Mando, de carácter nacionalista y laico al estar copado por Fatah, el FPLP y el Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP), se disputó el apoyo de las figuras populares de la intifada con el Movimiento de Resistencia Islámico, creado por los Hermanos Musulmanes justo al iniciarse la revuelta y más conocido por su acrónimo en árabe, Hamas (Celo).

6. Los acuerdos de Oslo de 1993 y el arranque de la autonomía palestina
Arafat tenía propuestas propias para negociar con Israel, pero tres factores, más o menos accidentales, cercenaron dramáticamente su margen de maniobra. En primer lugar, el estallido de la crisis y luego de la guerra del Golfo, entre agosto de 1990 y febrero de 1991, a raíz de la invasión irakí de Kuwait, en las que Arafat apostó erróneamente por el dictador Saddam Hussein, un financiador interesado de la lucha palestina, haciéndole perder puntos ante Occidente y, de paso, la vital ayuda financiera de las monarquías conservadoras del golfo Pérsico.

En segundo lugar, la desintegración en los últimos meses de 1991 de la URSS, que había sido el tradicional valedor de las causas árabe y palestina y el necesario contrapeso a la indisoluble alianza de Israel y Estados Unidos. Y tercero, el auge de los movimientos islámicos integristas, dispuestos a relanzar la vía del terrorismo, ahora de características urbanas, focalizado en los territorios ocupados y el Estado de Israel y a cargo de militantes suicidas altamente fanatizados, medio al que la OLP había renunciado y que las organizaciones radicales de izquierda tampoco estaban ya en condiciones de proseguir por su marginación del escenario político.

El XX CNP, el 28 de septiembre de 1991, y el CEOLP, el 3 de octubre siguiente, aceptaron la participación en la Conferencia de Paz para Oriente Próximo, de acuerdo con la condición impuesta por Israel de que el equipo negociador palestino no incluyera a miembros de la OLP y estuviera integrado en la delegación jordana. Arafat no asistió a la histórica Cumbre de Madrid del 30 de octubre al 1 de noviembre de 1991, que puso en marcha el proceso. Durante todo 1992 y la primera mitad de 1993 tuvieron lugar las negociaciones bilaterales y multilaterales en sucesivas rondas, que sin embargo no experimentaron avances tangibles.

En un suceso aparte, que reforzó su aureola de afortunado, el 8 de abril de 1992 Arafat sobrevivió con heridas leves a un aterrizaje de emergencia realizado en medio de una tormenta de arena en el desierto libio, cerca de Kufra. Los tres tripulantes del avión -un Antonov 26 de fabricación soviética, regalo del Gobierno argelino-, gracias a cuya pericia Arafat pudo salvar la vida, resultaron muertos al chocar el aparato contra las dunas antes de detenerse.

Ante el curso infructuoso de las negociaciones oficiales hubo que recurrirse, desde el 20 de enero de 1993 en Oslo, a la negociación secreta, que por la parte palestina estuvo conducida por Mahmoud Abbas, más conocido como Abu Mazen, el pragmático responsable de relaciones exteriores de la OLP y uno de los más estrechos colaboradores de Arafat desde los años sesenta, y por Ahmad Qureia, alias Abu Ala, el jefe del aparato financiero de la OLP. Los buenos oficios de las diplomacias noruega y estadounidense rompieron el bloqueo y, junto con la buena voluntad de las partes, se produjeron logros inopinados que fueron anunciados al mundo el 30 de agosto de 1993.

Arafat, el 9 de septiembre, y el primer ministro israelí Yitzhak Rabin, líder del Partido Laborista y ex jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI), al día siguiente, suscribieron un documento de reconocimiento recíproco. El 13 de septiembre ambos se reunieron en Washington para la firma de la histórica Declaración de Principios sobre los Acuerdos del Autogobierno Interino, equivalente de hecho a un acuerdo de paz, que establecía la institución de un poder palestino autónomo en los territorios ocupados de Gaza y Jericó. Transcurridos cinco años desde el comienzo de su aplicación, esta autoridad provisional debería dar paso a un "estatus permanente", lo que para la OLP sólo podía significar un Estado soberano.

En la ceremonia, sellada con un dramático apretón de manos por los que habían sido enemigos mortales durante tantos años, Arafat aprovechó para encontrarse con el presidente Bill Clinton, en su primera recepción por un mandatario de Estados Unidos, y para volver al día siguiente, tras 19 años de ausencia, a la Asamblea General de la ONU en Nueva York. Entre el 10 y el 12 de octubre el Consejo Central de la OLP, reunido en Túnez, deliberó sobre lo firmado en Washington y resolvió autorizar a Arafat y el CEOLP la puesta en marcha de las instituciones nacionales del ente autonómico.

7. Primeros cuatro años del proceso de paz: hitos y retrocesos
La trayectoria de Arafat desde la cumbre de Washington de 1993 conoció momentos de triunfo, pero también numerosos y amargos sinsabores, que no fueron sino los del mismo proceso de paz, mucho más tortuoso de lo que sus protagonistas hubieran llegado a suponer en los momentos de euforia. Así, si el 9 de febrero de 1994 subscribió en El Cairo con el ministro de Exteriores israelí Shimon Peres un acuerdo de seguridad, catorce días después un enajenado judío provocó una matanza de palestinos en Hebrón, primero de los muchos reveses que, entre avance y avance, dislocaron con efectividad creciente el calendario previsto en Washington.

El 1 de julio de 1994, luego de firmar con Rabin en El Cairo, el 4 de mayo, el Acuerdo Gaza-Jericó (I) sobre el inicio de la autonomía, de entrar, el 10 de mayo, los primeros policías palestinos en la banda de Gaza, y de transferir, el 13 de mayo, el Ejército israelí a la OLP el control sobre la ciudad de Jericó, Arafat entró triunfalmente en Gaza, poniendo fin a un exilio de Palestina que había durado desde su infancia.

El 5 de julio de 1994 prestaron juramento Arafat y el resto de miembros de la Autoridad Ejecutiva del Consejo o Gobierno, pudiendo la Autoridad Nacional Palestina (ANP) iniciar su andadura. Aquel año concluyó con una última satisfacción para Arafat: la concesión del Premio Nobel de la Paz, el 14 de octubre, que compartió con Rabin y con el tercer gran hacedor del proceso, Peres. También ese año recibió en España el Premio Príncipe de Asturias a la Cooperación Internacional.

Con retraso pero conforme al acuerdo interino del 28 de septiembre anterior, denominado de Taba u Oslo II, suscrito por Arafat y Rabin en Washington, el 24 de octubre de 1995 comenzó la extensión de la autonomía palestina al resto de núcleos urbanos de Cisjordania: Jenín, Belén, Ramallah, Nablus, Tulkarem, Qalqilya y Hebrón, ciudad esta última que el 15 de enero de 1997 iba a ser objeto de un protocolo especial en atención a la importante colonia judía que albergaba.

El Acuerdo de Taba definió tres zonas diferenciadas: la zona A, que otorgaba a la ANP plenos poderes sobre la administración civil y la seguridad interior, comprendía la mayoría de la franja de Gaza y las ocho ciudades cisjordanas más territorios aledaños, lo que suponía, de todas maneras, sólo el 4% de Cisjordania; la zona B, que abarcaba casi todos los restantes núcleos de población urbanos y rurales cisjordanos, es decir, el 23% del territorio, sobre la que la ANP sólo iba a ejercer la administración civil; y una zona C, calificada de "interés estratégico" para la seguridad de Israel, que de momento seguiría manteniendo sobre ella el control exclusivo en todas las áreas, y que consistía en el 73% de Cisjordania y algunos puntos de Gaza, reuniendo a las zonas despobladas y los asentamientos de colonos judíos.

Los brutales atentados suicidas de Hamas y la Jihad Islámica en territorio israelí (22 civiles asesinados el 19 de octubre de 1994 en Tel Aviv; 21 en Netanya el 22 de enero de 1995; 8 el Kfar Darom, Gaza, el 9 de abril de 1995; 28 en Jerusalén y Ashkelón el 25 de febrero de 1996; 19 en Jerusalén el 3 de marzo de 1996 y 20 más al día siguiente en Tel Aviv, por citar sólo los ataques más mortíferos), así como el magnicidio de Rabin a manos de un fanático judío el 4 de noviembre de 1995, pueden identificarse hoy, con la debida perspectiva, entre las provocaciones extremistas de ambos lados que imprimieron una deriva aciaga a un proceso que, no obstante desarrollarse a trancas y barrancas, apuntaba a un desenlace exitoso.

En efecto, los atentados indiscriminados crearon en la alarmada sociedad israelí un estado de opinión del que sacaron partido las fuerzas derechistas y religiosas más intransigentes con las concesiones territoriales a los palestinos, mientras que la muerte de Rabin privó a la ANP, y en particular a Arafat, de su interlocutor en la parte contraria más razonable, convencido de lo insoslayable de la paz y respetado entre su gente.

Con todo, entonces Estados Unidos e Israel no tenían ambages en incluir a Arafat en el frente antiterrorista, y el presidente palestino fue uno de los mandatarios que participaron en la cumbre especial sobre la cuestión que se celebró en Sharm el-Sheikh, Egipto, el 13 de marzo de 1996. Luego, el 5 de mayo, arrancaron en Taba las negociaciones sobre la tercera fase del proceso de paz, esto es, sobre el estatus jurídico final de los territorios palestinos y todas las cuestiones pendientes: Jerusalén, refugiados, seguridad bilateral, asentamientos judíos, fronteras y relaciones de cooperación.

El 29 de junio de 1996 se produjo la victoria electoral del Likud, partido que defendía la reanudación de las construcciones de colonias judías en los territorios ocupados, abundando en los quebraderos de cabeza de Arafat, que desde su propio lado venía siendo criticado por dirigentes independientes por gobernar con autoritarismo y arbitrariedad, tolerar la corrupción de miembros de su Ejecutivo y no actuar tampoco contra las violaciones de los Derechos Humanos cometidas por la Policía autonómica. Desde la parte israelí, el nuevo primer ministro Binyamin Netanyahu le acusó de no hacer lo suficiente para impedir las acciones terroristas, muchas de las cuales -no todas- se fraguaban en territorio de la ANP.

El 19 y 20 de enero de 1996 tuvieron lugar las primeras elecciones al Consejo Nacional o Legislativo y a la Presidencia de la Autoridad Ejecutiva. Fatah se hizo con 55 de los 88 escaños y Arafat batió a la única candidata, testimonial, de la oposición, Samiha Jalil, con el 88,1% de los votos, reflejando a las claras la inexistencia de cualquier reto serio a su abrumador liderazgo. Arafat fue investido el 12 de febrero y el Consejo fue inaugurado el 7 de marzo. El 10 de mayo siguiente, el rais palestino formó su segundo gabinete.

Aunque el 24 de abril de 1996 el XXI CNP, reunido en Gaza, eliminó por fin de la Carta Nacional de 1968 las referencias a la destrucción de Israel y a la lucha armada de los palestinos, el precario proceso de paz sufrió un rudo golpe del 25 al 27 de septiembre de ese mismo año con los combates en Gaza y diversos puntos de Cisjordania entre la Policía de la ANP y civiles palestinos por un lado, lanzados a protestar por la apertura, justo por debajo de la Explanada de las Mezquitas, de un túnel subterráneo para conectar los dos sectores de Jerusalén, y las FDI por el otro, que causaron respectivamente 57 y 15 muertos.

Ya antes de este sangriento episodio, la situación en los territorios autónomos y ocupados era alarmante. El 4 de septiembre de 1996 Arafat y Netanyahu sostuvieron su primer encuentro en el puesto fronterizo de Erez, en Gaza, para intentar apaciguar las tensiones, pero en su relación personal se percibió una hostilidad apenas disimulada, nada que ver con el vínculo, estrictamente cortés en las formas aunque relajado y constructivo en el fondo, que Arafat consiguió establecer con Rabin. Una nueva reunión el 1 y 2 de octubre en Washington patrocinada por Clinton y en la que terció el rey Hussein, tampoco arrojó resultados tangibles.

El 8 de octubre de 1996 el presidente israelí Ezer Weizman, como Rabin y Netanyahu otro ex militar fogueado en las luchas con árabes y palestinos, recibió en Cesárea a Arafat en la primera visita de éste a territorio israelí, si se descuenta la que realizó con carácter privado a la viuda de Rabin el 9 de noviembre de 1995 en Tel Aviv. Por otro lado, del 21 al 23 de junio de 1996 asistió en El Cairo a la cumbre extraordinaria de líderes árabes convocada por Mubarak para analizar la situación en la región, cita que aprovechó para sostener sus primeros encuentros desde hacía tres años con Assad, al que semanas después visitó en Damasco, y el libio Muammar al-Gaddafi.

8. La cesura de 1997: aumentan los desencuentros con Israel
El comienzo de la construcción, en abierto desafío a la ANP y la comunidad internacional, el 18 de marzo de 1997 del barrio judío de Har Homa, en Jabal Abu Ghaneim, al este de Jerusalén, y la ola de violencia que provocó, la dimisión del Ejecutivo ante las graves acusaciones de corrupción y el terrible atentado islamista contra un mercado en Jerusalén (15 muertos) el 30 de julio siguiente, emplazaron a Arafat en una de las etapas más complicadas de su azarosa trayectoria desde el reconocimiento internacional de 1974.

El aprieto era, sin embargo, de índole política, pues en esta ocasión no se trataba de la supervivencia física (antes bien, más preocupaba su renqueante salud), sino de salvar el proceso de paz, dado por moribundo en numerosas ocasiones a partir de entonces o, peor aún, por fenecido y a la espera de una incierta vivificación.

En una atmósfera de pesimismo y él mismo proclive a las depresiones, Arafat realizó diversos encuentros con los líderes implicados en el proceso de paz en otros tantos intentos de sacarlo de su estado comatoso: con Mubarak y Hussein en El Cairo el 9 de septiembre; con Netanyahu en Erez el 15 de enero para la firma del Protocolo de Hebrón, en Davos el 2 de febrero y de nuevo en Erez el 8 de octubre, cita que al menos tuvo la virtud de reanudar el diálogo al nivel más elemental, en torno a los aspectos de seguridad; ya en 1998, el 22 de enero se reunió con Clinton en Washington y el 5 de julio de nuevo con los dirigentes egipcio y jordano en El Cairo.

Un esfuerzo mediador del primer ministro británico, Tony Blair, en representación de la Unión Europea (UE), y de la secretaria de Estado de Estados Unidos, Madeleine Albright, fracasó en Londres el 4 y el 5 de mayo de 1998, ocasión en la que Arafat y Netanyahu, éste firme en su posición intransigente, ni siquiera se reunieron personalmente.

En todo este tiempo, el caballo de batalla era el porcentaje de territorio cisjordano que Israel debía entregar a la ANP en cumplimiento con las previsiones de los acuerdos suscritos. Arafat, basándose en la letra de los mismos, exigía el 30% de territorio, pero en abril de 1998, de mala gana aunque sabedor de que era lo único a lo que podía aspirar dadas las circunstancias, rebajó su pretensión al 13%, que era la cifra contemplada por la última iniciativa de Estados Unidos. El 24 de junio encajó un nuevo revés para su legitimidad en el campo palestino con la dimisión en bloque del Ejecutivo, manchado por las fundadas sospechas de corrupción que recaían en algunos de sus miembros.

Estas acusaciones se vieron reforzadas cuando el 6 de agosto de 1998 dimitieron prestigiosos miembros del Consejo, como la independiente Hanan Ashrawi, que tacharon de "cosmética" la remodelación efectuada en la víspera. Éstas y otras voces de diferentes tendencias dentro del movimiento palestino coincidieron en acusar directamente a Arafat de gobernar autocráticamente, de despilfarrar las ingentes ayudas económicas, en especial, las incluidas en la cooperación de la UE (con la que la ANP inició el 24 de febrero de 1997 un diálogo político regular y un Acuerdo de Asociación euromediterráneo provisional por un periodo de cinco años), de promover el nepotismo y el favoritismo y de consentir la corrupción administrativa y aún el crimen organizado, generando amplios interrogantes sobre la viabilidad de un autogobierno que aspiraba a la soberanía estatal.

Amnistía Internacional, por su parte, denunció en 2000 que las cárceles palestinas retenían a no menos de 600 presos políticos, y que periodistas y opositores eran sometidos a detenciones arbitrarias y a malos tratos por la Policía

Ahora bien, el 7 de julio de 1998 Arafat se apuntó un éxito diplomático en la ONU, indicatorio de que casi todos los países centraban las culpas en Israel por el virtual fracaso del proceso de paz y de que el concepto de Estado palestino se abría paso en la comunidad internacional, cuando la Asamblea General aprobó por mayoría aplastante una resolución que otorgaba a la delegación palestina los derechos de intervención y réplica en los debates concernientes a Oriente Próximo. A falta de los derechos de voto y elegibilidad para determinados cargos, la delegación palestina reforzó su estatus de observador con prerrogativas propias de las delegaciones estatales.

9. Tenso compás de espera en 1998 y 1999
A finales de julio de 1998 Arafat sufrió otra contrariedad cuando Washington, cansado de la obstinación del Gobierno israelí, anunció su renuncia a seguir enviando representantes a la región, en aparente desentendimiento del proceso. No obstante, el 28 de septiembre 1998 Clinton volvió a reunir a Arafat y Netanyahu en Washington y el 7 de octubre Albright hizo lo propio en Erez.

Por fin, el 15 de octubre comenzaron en el complejo de Wye Plantation unas negociaciones a puerta cerrada entre los tres estadistas, que el día 23, tras fatigosas sesiones, culminaron con la firma de los acuerdos de retrocesión, que definitivamente afectaban al 13% del territorio cisjordano y daban satisfacción a las interpretaciones y exigencias israelíes. Un 3% adicional del territorio sería declarado "reserva natural", sobre el que la ANP solo tendría competencias administrativas, reservándose Israel la vigilancia de la seguridad.

Nada más regresar, Arafat ordenó la inmediata aplicación de los Acuerdos de Wye en lo que obligaba a la ANP, esto es, la detención de elementos sospechosos de atentar contra Israel. Se trataba de demostrar a Estados Unidos su voluntad cumplidora, aun al precio de enemistarse todavía más con Hamas y con los sectores radicalizados de Fatah. El Gobierno israelí empezó a aplicar los acuerdos el 20 de noviembre con el repliegue militar, pero en enero de 1999 lo suspendió.

Otro de los puntos establecía el desbloqueo de la apertura del aeropuerto de Gaza y el 24 de noviembre éste fue inaugurado en un ambiente de euforia por Arafat, quien lo presentó como el último hito antes de la proclamación del Estado palestino. Tal cosa prometió que tendría lugar, pese a las advertencias israelíes, el 4 de mayo de 1999, justo la fecha en que vencía el Acuerdo Gaza-Jericó (I) y, por tanto, el cronograma estipulado en Oslo.

El 14 de diciembre de 1998 Arafat tributó en Gaza un recibimiento triunfal a Clinton, en su primera visita oficial a la ANP, que aquel se apresuró en interpretar como la aceptación tácita por Estados Unidos de la pretensión palestina de estatalidad. En un golpe de efecto propagandístico, los miembros del CNP, en respuesta a la petición de Arafat y ante un Clinton muy complacido, expresaron en pie su voto favorable a la remoción de las cláusulas de la Carta Nacional referentes a la destrucción del Estado de Israel, pese a que este paso ya lo habían adoptado dos años atrás. En realidad, revistió más importancia la votación del CEOLP en tal sentido, efectuada, por amplia mayoría, cuatro días atrás.

El 8 de febrero de 1999 un entristecido Arafat acudió a Ammán a los funerales del rey Hussein, otro gran superviviente de la región, que una vez pretendió aplastarlo pero que terminó convirtiéndose en confidente y compañero de fatigas, en un proceso de paz con Israel paralelo que para Jordania culminó sin novedad el 27 de noviembre de 1994 con el establecimiento de relaciones diplomáticas. Cuatro días después de las exequias de Hussein y probablemente con el objeto de conferir mayores posibilidades a su proyecto nacional, Arafat sacó a colación la vieja idea, recurrente en las últimas décadas, de un Estado confederal jordano-palestino.

En cualquier caso, a finales de abril recibió una misiva de Clinton pidiéndole que postergara la proclamación del Estado palestino el 4 de mayo a cambio del compromiso estadounidense de apoyar a la ANP en el afán por "determinar su porvenir como pueblo libre sobre su propio territorio". El 28 de abril, el CEOLP, con la aceptación de Hamas, aceptó aplazar la proclamación del Estado hasta después de las elecciones legislativas del 17 de mayo en Israel, a fin de no perjudicar las posibilidades de los laboristas y su nuevo líder, Ehud Barak, de quien se esperaba más ductilidad que Netanyahu y que retomara el ímpetu cercenado de Rabin.

Como parte de este renacido clima de entendimiento en el dividido campo palestino, y a fin de aunar fuerzas ante la inminencia de un acuerdo final con Israel, en agosto de 1999 Arafat se reunió, por primera vez en 23 años, con Nayef Hawathme, líder del FDLP, que, junto con el FPLP de Georges Habache y otras ocho organizaciones radicales opuestas al proceso de paz, había suscrito en 1993 en Damasco una Alianza de Fuerzas Palestinas de oposición a la Autoridad Autónoma. Precisamente, Arafat asistió el 13 de junio de 2000 al entierro en Damasco de Hafez al-Assad, que nunca quiso dar validez a los acuerdos que desembocaron en la ANP, ni tampoco, pese a apartar los viejos resentimientos, terminó de amistar con su presidente.

Arafat sostuvo su primer encuentro con Barak en Erez el 11 de julio de 1999, cinco días después de convertirse en el primer ministro de Israel. La segunda reunión tuvo lugar en Rabat el 25 de julio con motivo del funeral por el rey Hasan II de Marruecos, otro viejo amigo de la causa palestina, y la tercera dos días más tarde, otra vez en Erez. Tan apresurada reanudación de los contactos al más alto nivel, que menudearon en los meses siguientes, despertó un sentimiento general de optimismo y, en cualquier caso, restauró buena parte de la confianza entre las partes, perdida desde el asesinato de Rabin.

El 4 de septiembre de 1999 ambos líderes firmaron en Sharm el-Sheikh un memorándum (Wye II) sobre los calendarios de aplicación de los acuerdos de Wye, en suspenso desde hacía nueve meses, documento que según Barak constituía una versión "ampliada y corregida" de aquellos. Israel se comprometía a culminar la retrocesión administrativa (que no evacuación militar, de momento) del 13% del territorio cisjordano en enero de 2000, con lo que para esa fecha la ANP pasaría a controlar, con distintos grados de soberanía, el 41% de Cisjordania, aunque la soberanía en todas las áreas se iba a reducir al 17%. Barak aceptó también liberar a unos 350 presos palestinos, sobre los 2.000 recluidos en las cárceles israelíes. A cambio, Arafat se comprometió a no declarar el Estado palestino con carácter inmediato.

Nuevos signos alentadores para Arafat fueron el inicio de la construcción del puerto de Gaza (1 de octubre), la apertura de un corredor que, a través de la red de carreteras israelí, iba a permitir la comunicación entre Gaza y Cisjordania (5 de octubre) y el paso de los primeros palestinos por esta vía, si bien bajo estrictas condiciones (25 de octubre). El 8 de noviembre, con tres años y medio de retraso, comenzaron en Ramallah las conversaciones sobre el estatuto definitivo de los territorios autónomos y ocupados, y sobre todas aquellas cuestiones excluidas en el período interino.

10. El colapso de 2000: hacia la segunda intifada e imposición de los extremismos
El 15 de febrero de 2000 Arafat fue recibido en audiencia por el papa Juan Pablo II para la firma de un histórico acuerdo entre la Santa Sede y la ANP. A modo de un concordato, Arafat se aseguró el reconocimiento por el Vaticano de un futuro Estado palestino con capital en Jerusalén oriental.

Al pronunciarse en favor de un estatuto especial, internacionalmente avalado (extraoficialmente, de sugirió declararla "ciudad de Dios", entre otras fórmulas imaginativas para dar satisfacción a todas las partes), el Vaticano rechazaba la división de la ciudad y se aseguraba el reconocimiento de la Iglesia Católica como sujeto jurídico en la administración de los Santos Lugares cristianos, los cuales el Papa visitó en su gira regional del 21 al 26 de marzo.

Observadores exteriores y los actores del malhadado proceso de paz estaban advirtiendo que, en última instancia, el arreglo final pasaba inexcusablemente por la solución del agudísimo problema de Jerusalén oriental, que tras la ocupación militar en junio de 1967 fue inmediatamente integrado y el 30 de julio de 1980 formalmente anexionado y declarado, junto con el sector occidental, capital unificada del Estado de Israel. Estas medidas unilaterales fueron condenadas en su momento por la ONU y ningún país del mundo, ni siquiera Estados Unidos, las ha reconocido desde entonces.

El meollo de la discordia era la Ciudad Antigua, que alberga los Santos Lugares de las tres grandes religiones monoteístas, y, con mayor precisión todavía, el kilómetro cuadrado escaso, encajado entre el Barrio Musulmán al norte y el Barrio Judío al sur, que conforman lo que los musulmanes llaman la Explanada de las Mezquitas (la de Omar o de la Roca, y la de Al Aqsa) y los judíos el Monte del Templo, cuyo lienzo exterior corresponde al Muro de las Lamentaciones, vestigio de la cimentación del templo erigido por el rey Salomón en el siglo X a. C.

Para los musulmanes, la Mezquita de Omar es especialmente sagrada porque desde el domo de la Roca -que la tradición hace coincidir también con la plataforma pétrea sobre la que Abraham se dispuso a sacrificar a Isaac por mandato de Dios- ascendió Mahoma en su viaje místico a los cielos. Los judíos reverencian el Muro de las Lamentaciones como único resto del templo salomónico, aunque para los judíos ortodoxos el Monte del Templo es además el lugar donde tendrá lugar la Redención cuando llegue el Mesías. En resumidas cuentas, esencias religiosas e históricas de primer orden manan del mismo y exiguo recinto, el más disputado del planeta.

Clinton, que deseaba coronar su presidencia con un acuerdo de paz final, llevó a Arafat y a Barak al complejo residencial de Camp David el 11 de julio de 2000 en un intento de repetir, mediante maratonianas jornadas de negociación cerradas a la prensa, la fórmula aplicada con éxito por Jimmy Carter con Sadat y Menahem Begin en 1978. El 25 de julio los negociadores se marcharon sin conseguir acercar las posturas en una serie de cuestiones que ambos consideraban irrenunciables, sellando el fracaso de la enésima "última oportunidad" para la paz.

Frustrado y temeroso de las consecuencias de un nuevo retorno a casa con las manos vacías, toda vez que consideraba a Estados Unidos decidido a pergeñar un borrador de paz favorable a las tesis israelíes, Arafat protagonizó una exhaustiva gira por Europa y Oriente Próximo para explicar su postura: los refugiados de todas las guerras habidas desde 1948 tenían que regresar, Jerusalén oriental debía ser la capital del futuro Estado y éste, de no satisfacer Israel sus demandas, sería proclamado unilateralmente el 13 de septiembre.

La campaña para recabar apoyos acabó con discretos resultados. Países hermanados como Egipto y Jordania, y otros nada sospechosos de simpatías proisraelíes como Rusia y China, le aconsejaron prudencia en sus actuaciones, si bien en la reunión del Comité Al Qods (la designación árabe de Jerusalén), presidido por el joven rey de Marruecos Mohammed VI, se rechazó sin ambages la pretensión israelí de convertir la ciudad en "capital eterna e indivisible" de su Estado.

El 10 de septiembre el CEOLP se plegó a Arafat, consciente de lo precario de su posición, y aplazó sin fecha la proclamación del Estado palestino. Esto facilitó otra reunión con Barak, que había advertido de las consecuencias de aquella acción, en Kojav Air, cerca de Tel Aviv, el 25 de septiembre. Entonces, el proceso de paz estaba absolutamente paralizado, sin perspectivas de reanimación, mientras que en los territorios ocupados reinaba una engañosa calma, expectante y extremadamente tensa.

11. Violencia sin cuartel al socaire del terrorismo palestino y el contraterrorismo israelí
Todo saltó por los aires el 28 de septiembre de 2000 cuando Ariel Sharon, líder provisional del Likud, ex ministro de Defensa y veterano halcón en las luchas con los palestinos, se paseó por la Explanada de las Mezquitas rodeado de agentes de seguridad. La población civil palestina consideró esta visita una provocación y la convirtió en la espita de una cólera contenida por la actitud retardataria israelí en el proceso de paz y por lo deplorable de sus condiciones de vida, triplemente golpeadas por la gravísima crisis económica en la ANP, la represión militar israelí y los abusos de su propia Policía autónoma palestina.

Los cinco muertos habidos en la Explanada el 29 de septiembre, cuando unos abucheos y apedreamientos a judíos orantes terminaron con la intervención del Ejército y la disolución de la muchedumbre a tiro limpio, marcaron el primer acto de una revuelta general palestina, una segunda intifada que se extendió a toda la ANP y al resto de la Cisjordania ocupada.

El empleo por Israel de armamento pesado, misiles y aviación, la participación abierta o encubierta de las fuerzas de seguridad de la ANP y la movilización de las numerosas milicias y bandas armadas palestinas, convergieron en los días y semanas siguientes en una situación de guerrilla urbana, con su típica secuencia de paroxismos de violencia, treguas volátiles y provocaciones mutuas, siempre planteadas como actos legítimos de "resistencia" (los palestinos) o "defensa frente al terrorismo" (los israelíes).

Arafat, como Barak, alternó caóticamente las advertencias incendiarias y las propuestas conciliadoras, trasluciendo su falta de estrategia y lo limitado de su margen de maniobra, actuando a remolque de la escalada de represalias y contrarrepresalias. Para buena parte de la opinión pública israelí, él era el responsable de la ola de violencia por no poner coto, y aún autorizar (según se deducía de la excarcelación de activistas juramentados en la lucha sin cuartel contra Israel), las asechanzas terroristas de Hamas y otras organizaciones radicales, además de que las propias fuerzas de Fatah alentaron a la venganza por las agresiones de las FDI.

Para Arafat, el Gobierno de Barak era el culpable de todo, por haber dejado pudrir la situación con su intransigencia negociadora, por no renegar de la política de colonización de Cisjordania y por lanzarse a la liquidación de altos oficiales en los organismos de fuerza palestinos, con lo que se negó a firmar ningún documento vinculante que se le presentara hasta que se constituyera una comisión internacional que investigase los desencadenantes de la presente crisis. El Gobierno israelí no estaba por esa labor, si bien tenía su propia teoría sobre lo sucedido: Arafat y Fatah habían planeado la rebelión con antelación y la pusieron en marcha con motivo del episodio de Sharon, justo cuando Barak lanzaba, por primera vez, la idea de un Estado palestino con capital en Jerusalén oriental.

En octubre, los encuentros bilaterales (en París, el 4) y multilaterales (en Sharm el-Sheikh, el 16 y el 17) fracasaron estrepitosamente, no ya en el intento de concertar un principio de acuerdo de paz, sino en traer, más allá de unos días de calma por la aplicación de medidas de confianza, un alto el fuego medianamente duradero. El 30 de noviembre Arafat, en una decisión que luego le iba a ser muy recriminada dentro y fuera de Israel, rechazó una oferta de Barak, cuyo Gobierno había hecho aguas y agotaba su último intento de llegar a un compromiso antes de dimitir, sobre la concesión de un 10% adicional de Cisjordania y, por primera vez de una manera oficial, el reconocimiento del Estado palestino.

A cambio, la ANP debía renunciar durante "uno, dos o tres años" al acuerdo de paz definitivo, incluidas las cuestiones de Jerusalén, los refugiados y las colonias judías. Para Barak, de lo que se trataba era de desactivar la intifada, retroceder a la situación anterior al 28 de septiembre para, a partir de ahí, empezar a negociar. Para Arafat, que parecía no poder -o no querer, según Israel, más no pocas voces en Estados Unidos- controlar a su gente, ya no había tiempo para otra cosa que no fuera rematar, con un año de retraso ya por las pertinaces reluctancias israelíes, los acuerdos de 1993.

La actividad diplomática fue frenética entre finales de diciembre de 2000 y principios de enero de 2001, esto es, en las semanas anteriores a la toma de posesión presidencial en Washington de George W. Bush, prolongada luego con contactos ministeriales en Taba. La victoria del candidato republicano fue bien acogida por Arafat, quien recordaba cómo su padre había amenazado en 1991 a Israel con cortarle la ayuda económica si no acudía a la Cumbre de Madrid. Precisamente, en vísperas de su despedida, Clinton presionó duramente a la ANP para que aceptara un plan de paz que no respondía ya al espíritu de Madrid (esto es, a las resoluciones 242 y 338) al descartar el retorno de los refugiados de 1967.

La espiral de violencia, con más de 400 muertos (la gran mayoría palestinos) hasta comienzos de febrero, adquirió un pronóstico más sombrío si cabe cuando Sharon, adversario de cualquier cesión a los palestinos y que había llamado a Arafat "asesino" y "mentiroso", ganó las elecciones a primer ministro en Israel y el 7 de marzo formó un gobierno de unidad nacional con los laboristas y buena parte de los partidos religiosos ortodoxos y ultranacionalistas de derecha.

Arafat, si bien había advertido contra el "desastre" que supondría la llegada al poder de Sharon (siendo ministro de Defensa, dirigió las operaciones contra la OLP en Líbano en 1982, y su responsabilidad indirecta en la matanza por cristianos falangistas libaneses de cientos de refugiados en los campos de Sabra y Chatila le había convertido en el enemigo más ominoso de los palestinos), se declaró abierto a hablar con él. Éste diálogo, de producirse, no se sabía a qué podía conducir, toda vez que Arafat se negó a ordenar el fin de la intifada mientras durase la ocupación israelí, y que Sharon lo condicionó precisamente al cese de la violencia palestina al tiempo que se declaraba desligado de todos los acuerdos de extensión de la ANP firmados por Barak.

12. 2001: Guerra asimétrica con el Gobierno de Ariel Sharon
En todo el año 2001 prevalecieron en el drama de Palestina el lenguaje de las armas, la cerrazón política y los intentos, siempre fructuosos, de sabotear cualquier posibilidad de entendimiento, situando a la ya de por sí larga y dolorosa ocupación israelí en unos niveles de opresión insoportables para la población civil palestina, que sólo podían generar desesperación, ansias de venganza y fanatismo homicida. La sociedad israelí también padeció los estragos de la violencia, en este caso el terrorismo palestino, que daba pábulo a justificaciones ultranacionalistas, militaristas y hasta racistas, poniendo en peligro los mismos principios democráticos y laicos del Estado judío.

Tal como había advertido Arafat, el primer ministro Sharon, que en muchos momentos pareció dejarse llevar exclusivamente por su aversión inveterada al dirigente palestino, se atrincheró en la intransigencia, llegando a renegar de todos los compromisos adquiridos por Israel desde los primeros acuerdos de Oslo y a ofrecer la alternativa de un nebuloso marco de paz de nuevo cuño, en el que la ANP podría acceder a la estatalidad siempre que se desmilitarizada y renunciara a nuevas adquisiciones territoriales, al retorno de los refugiados, a la evacuación de las colonias judías y, por supuesto, a la capitalidad en Jerusalén oriental.

Arafat había rechazado antes la incomparablemente más sustanciosa oferta de Barak, así que las dudosas declaraciones de Sharon ni las tomó en consideración. Los canales de comunicación con Israel fueron cerrándose y el presidente palestino se embarcó en una inconsistente dinámica de resistencia armada que, por primera vez desde el arranque del fenecido proceso de Madrid y Oslo, restauró la retórica antiisraelí de los años sesenta y setenta. Abiertamente, asumió el derecho de la población palestina a alzarse contra el ocupante y amenazó con llevar la intifada "hasta las mezquitas de Jerusalén".

Ahora bien, en lo que algunos observadores calificaron de falta de realismo político y de proceder suicida, Arafat pareció no ser muy consciente de que la comunidad internacional se mostraba incapaz de reaccionar consecuentemente ante los padecimientos de su pueblo, que la nueva administración Bush, en su papel de mediador desidioso y errático, tendía invariablemente a asumir las posturas israelíes, que los gobiernos árabes, presos de sus contradicciones y la inercia expectante, no estaban tampoco en condiciones de prestar un auxilio como bloque, y que, en definitiva, la ANP estaba sola ante la poderosa maquinaria bélica israelí.

A lo largo de los meses quedó medianamente claro que la estrategia del Gobierno Sharon, obligado por la opinión pública a responder adecuadamente a la oleada de ataques terroristas contra las ciudades israelíes, se dirigía a desarticular la intifada y a hundir las estructuras políticas medradas desde la inauguración de la ANP, convenciendo a los palestinos de que todo acto de hostilidad contra Israel era inútil y conduciéndoles a una capitulación en las condiciones del vencedor: un Estado superreducido en Gaza y algunas ciudades de Cisjordania, privado de fuerzas armadas, del control de las fronteras y sobre el agua, económicamente subordinado y moteado de un sinfín de zonas de seguridad, áreas cerradas, asentamientos judíos y discontinuidades en las comunicaciones terrestres.

Al amparo de la respuesta a las agresiones terroristas, que la comunidad internacional aceptaba como legítima de todo Estado, las FDI intensificaron el acoso contra los centros del poder de la ANP y sus infraestructuras de comunicaciones, así como los métodos de castigo colectivo como la demolición de viviendas de particulares acusados de pertenecer o albergar a militantes buscados por terrorismo, la destrucción de instalaciones agrícolas, el cegado de canalizaciones de agua o el desarraigo de árboles. Estas actuaciones expeditivas podían ir precedidas de mandatos administrativas para expropiar terrenos a sus legítimos propietarios árabes a fin de levantar asentamientos de colonos o ampliar barrios urbanos.

Incluso en los primeros meses de 2001, con lo peor aún por venir, los analistas de una u otra simpatía coincidían en señalar el estado agonizante de la "entelequia palestina", estrangulada económicamente, acosada militarmente y situada en un callejón sin salida, con catastróficos efectos para la población que administraba.

Si era evidente que el ya septuagenario Arafat estaba desbordado por una dinámica de violencia que se alimentaba a sí misma y no atendía a razones, se discrepaba sobre hasta que punto esa situación se debía a la impotencia fáctica para impedir los atentados terroristas, a la ineptitud para ejercer un liderazgo político -y militar llegado el caso- con consignas y estrategia sólidas y coherentes, o a la falta de voluntad para pararles los pies a unas organizaciones extremistas resueltas a expulsar a las FDI de los territorios ocupados sin reparar en los terribles (si no suicidas, y no meramente en los términos de la vida de los fanáticos que se inmolaban) costes humanos y políticos. Mes a mes, la escalada ganaba en audacia y violencia desde las dos partes, en una continua creación de precedentes.

El 28 de marzo, helicópteros israelíes bombardearon sin avisar posiciones de la Fuerza 17, la guardia personal del Arafat, en Gaza y Ramallah; al día siguiente, la propia vivienda de Arafat en Gaza fue atacada como advertencia por su declaración sobre que la intifada solo se detendría en Jerusalén; el 9 de agosto, tras varios ataques aéreos contra cuarteles policiales y edificios oficiales y breves ocupaciones terrestres con carácter punitivo, en violación de los acuerdos de Oslo, en Gaza, Ramallah o Nablus, un hombre-bomba asesinó a 15 personas en una pizzería en Jerusalén; al día siguiente, las FDI adoptaron una represalia de alto contenido político: la ocupación de la sede de la ANP y la OLP en Jerusalén Oriental, la Orient House.

La segunda quincena de agosto y la primera de septiembre fueron especialmente convulsas y conocieron: las ocupaciones temporales de Jenín y Hebrón; el primer ataque palestino, a cargo de un comando del FDLP, contra una base israelí, en Gaza, acción en la que resultaron muertos tres soldados; los nuevos ataques de cazabombarderos F-15 y F-16 y helicópteros Apache contra diversos edificios de la ANP en Cisjordania; el asesinato (27 de agosto) con un misil del secretario general del FPLP, Abu Ali Mustafa, la víctima más notoria de la política israelí de "liquidaciones" de dirigentes de organizaciones palestinas implicadas en la violencia; y, como colofón, las mayores operaciones terrestres de las FDI hasta la fecha, las incursiones contra Jenín y Jericó (del 11 al 13 de septiembre) y contra Gaza y Ramallah (15 y 16 de septiembre), las dos sedes del Ejecutivo autonómico.

Los atentados del 11 de septiembre contra Estados Unidos cometidos por la organización Al Qaeda que dirigía el islamista saudí Osama bin Laden, tuvieron consecuencias funestas para la ANP, pues desde entonces la comunidad internacional se movilizó contra el terrorismo como nunca antes lo había hecho y el Gobierno Sharon no desaprovechó la oportunidad de rentabilizar la consternación internacional por aquellos hechos y presentar a Arafat como el "Osama bin Laden de Israel" y el "cabeza de una coalición de terroristas", permitiéndose, con la actitud condescendiente, si no amparadora, de la administración Bush, multiplicar sus operaciones de destrucción al socaire de la lucha antiterrorista global.

En todo este tiempo, las solicitudes de convocatorias urgentes del Consejo de Seguridad de la ONU para proteger a los palestinos y enviar una fuerza internacional de observadores a los territorios, sólo consiguieron declaraciones formales de condena a la violencia ejercida por ambas partes.

Particularmente patético resultó contemplar a Arafat donando sangre a las víctimas del World Trade Center de Nueva York en una suerte de desagravio simbólico por las demoledoras imágenes televisivas de una población palestina festejando en las calles los atentados contra Estados Unidos. Arafat se desmarcó del vínculo que bin Laden trazó entre su declaración de guerra contra la "alianza cruzado-sionista" y la solidaridad con la causa palestina, y comunicó a Bush su disposición a unirse a la coalición internacional contra el terrorismo que éste estaba levantando.

Las presiones de Estados Unidos y la UE permitieron que Arafat y Sharon declararan un alto el fuego el 18 de septiembre, y el 26 septiembre Arafat y Peres, ministro de Exteriores en el Gobierno de unidad nacional encabezado por el Likud, se reunieron en Gaza para intentar consolidar la tregua como antesala del levantamiento del asedio a las ciudades palestinas y el arresto por la ANP de responsables de atentados. Pero el día 27, las FDI, aduciendo un ataque de Hamas sin víctimas mortales contra sus posiciones, arremetieron contra el campo de refugiados de Rafah, en Gaza, provocado 12 muertos y reactivando la situación de guerra fluctuante. Los islamistas reanudaron a su vez la ofensiva terrorista contra las ciudades israelíes. En estas circunstancias dramáticas discurrió el primer aniversario de la nueva intifada.

Hasta diciembre, la sangría inacabable en Palestina e Israel registró como más graves sucesos la incursión terrestre contra Hebrón, el asesinato por el FPLP de Rehavam Zeevi, ministro israelí de Turismo y líder del partido ultraderechista Unión Nacional (17 de octubre), y la gran operación de castigo de las FDI por aquel magnicidio (18 a 28 de octubre), con la ocupación temporal de Belén, Ramallah, Jenín, Tulkarem y Qalqilya con el objeto, según el Gobierno de Tel Aviv, de capturar o eliminar a los asesinos de Zeevi.

Arafat no dejó de atender los ultimatos de Sharon para que detuviera a militantes incluidos en las listas negras de los servicios de inteligencia israelíes y proscribiera las organizaciones radicales, pero tales iniciativas nunca tuvieron crédito a los ojos del primer ministro y el presidente palestino no apaciguó sus iras. En octubre, las redadas de miembros del FPLP y el anuncio de la ilegalización de los brazos armados de todas las facciones activas en la Intifada tropezaron con una viva resistencia popular y, lo que era más significativo, fueron contestadas desde el propio Fatah.

Y es que las milicias de Hamas, Ezzedine Al Qasam, y de la Jihad Islámica, Al Qods, que no tuvieron ningún problema para urdir sus ataques terroristas en la clandestinidad dentro de la ANP, se les unieron las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa reclutadas en las filas de Fatah para la comisión coordinada de ataques tanto de tipo partisano como terrorista suicida. Hasta la milicia popular del partido de Arafat, el Tanzim, arengó al combate activo contra el ocupante israelí.

Esta imparable atomización, de tintes anárquicos, en el bando palestino contribuyó a descalificar a Arafat ante el Gobierno de Estados Unidos, siempre presto a exigirle responsabilidades por lo que a él concernía mientras que con Sharon la tolerancia era máxima. El 10 de noviembre Bush fue más explícito que nunca en un presidente de Estados Unidos y habló ante la Asamblea General de la ONU del futuro Estado palestino, pero rehusó encontrarse con Arafat en el foro para evitar que un apretón de manos inédito distrajera la atención sobre el contenido principal del discurso, que era la advertencia de no bajar la guardia en la lucha antiterrorista. Semanas atrás, Arafat había escuchado en Londres de Blair la defensa de un Estado palestino viable

El jueves 11 de Noviembre del 2004 Yasser Arafat muere en un hospital militar francés - CIDOB
 


 

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