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10 - A la edad de 13 años, con el estallido de la primera guerra árabe-israelí, se trasladó con su familia desde su población natal de Safad, en el nordeste de Galilea, entre la frontera de Líbano y el lago Tiberíades, que había sido adjudicada al Estado judío en el plan de partición de Palestina aprobado por la ONU en 1947, hasta la vecina Siria, donde se establecieron en calidad de refugiados junto como otros miles de palestinos.

El muchacho creció y se educó en este país de acogida, ejerció de maestro de escuela primaria y luego obtuvo una diplomatura en Derecho por la Universidad de Damasco. Ya en los años setenta amplió con una beca su formación en la URSS, en la Escuela de Estudios Orientales de la Universidad Estatal de Moscú, por la que en 1984 obtuvo el doctorado con una controvertida tesis que exploraba los supuestos contactos secretos entre el movimiento sionista y la Alemania nazi.

A finales de los años cincuenta se trasladó a Qatar, monarquía del golfo Pérsico que entonces estaba bajo tutela británica, y se empleó como responsable de personal en el servicio civil qatarí. Allí colaboró en la organización de grupos del exilio palestinos y entró en contacto con Al Fatah, partido nacionalista palestino constituido en 1959 por Yasser Arafat, Jalil al-Wazir y Salah Jalaf con un programa de lucha armada revolucionaria contra el Estado de Israel, cuyo derecho a existir se negaba.

El ingreso de Abbas en Al Fatah se produjo en 1965, al poco de emprender sus acciones guerrilleras antiisraelíes el brazo armado del partido, y, tal como habían hecho los tres dirigentes citados, adoptó un nom de guerre compuesto con la partícula abu, que significa padre de, aunque fuera de este significado político la fórmula es un sobrenombre tradicional árabe que toman los cabezas de familia cuando tienen a su primer hijo varón. En su caso, el alias fue Abu Mazen, ya que el primogénito de sus tres vástagos, nacido en 1960, se llamaba Mazen Abbas (el cual, dicho sea de paso, iba a fallecer prematuramente de un ataque al corazón en Qatar en junio de 2002).

Como les sucedió a Jalil al-Wazir y Salah Jalaf, conocidos mundialmente por sus sobrenombres de Abu Jihad y Abu Iyad, en el futuro, Abbas iba a aparecer registrado en las crónicas palestinas mayormente como Abu Mazen, y en la actualidad los medios de comunicación internacionales siguen llamándole preferentemente así. En 1968 Abbas secundó a Arafat en la integración de Fatah en la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), la entidad que fungía como un gobierno palestino en el exilio, y aunque formó parte del primer Comité Central del partido y se integró en el Consejo Nacional Palestino (CNP) en su cuarto período de sesiones en el mismo 1968, tardó unos años en destacarse en el liderazgo palestino, que desde 1967 tenía sus reales instalados en Jordania.

Hombre más de trabajo interno, dedicado a labores organizativas, proselitistas y de tesorería del partido, Abbas fue uno de los dirigentes de inobjetable competencia eclipsados por las jefaturas militares de Arafat y sus lugartenientes Abu Jihad y Abu Iyad, responsables de las partidas de fedayin que hacían incursiones guerrilleras en Israel desde los países árabes vecinos y, ya en años setenta, de operaciones terroristas contra intereses israelíes en diversos lugares del mundo, siendo la más conocida el asalto a la villa olímpica donde se alojaban los atletas israelíes en los Juegos de Munich de 1972. Por ejemplo, se hace constar que a mediados de la década, cuando la OLP y Arafat tenían su cuartel general en Beirut, Abbas residía en Damasco.

El no estar involucrado en la primera línea de lucha de la causa palestina sino en su retaguardia privó, ciertamente, a Abbas de la popularidad de la que gozaban líderes tan carismáticos como los antes citados, pero seguramente le excusó también de ser un blanco prioritario tanto de la guerra sucia y el contraterrorismo israelí, que liquidó a Abu Jihad en abril de 1988, como de las insidias fratricidas de las agrupaciones palestinas extremistas, que en la década de los ochenta intentaron destruir a Fatah y que en enero de 1991 mataron a su vez a Abu Iyad, por citar sólo las víctimas más perínclitas de ambas violencias (Arafat sobrevivió a los dos frentes de enemistad).

Precisamente, Abbas reemplazó a Abu Jihad al frente de la oficina de Territorios Ocupados y desde la misma trabajó positivamente para el mantenimiento del contacto entre la estructura de la OLP en el exilio, los representantes de los más de tres millones de refugiados palestinos que vivían en la diáspora y el millón y medio largo de palestinos de Cisjordania y Gaza.

Dirigente pragmático y remiso a incurrir en los excesos retóricos y belicistas caros al liderazgo palestino, Abbas fue uno de los pioneros en la extensión de puentes de diálogo con Israel a mediados de los años setenta, cuando la OLP empezó a asumir que un Estado propio en Palestina no podía sino convivir con el Estado judío. Donde Abbas sí expresó una posición dura fue en el doloroso tema de los refugiados, condición que padecían la gran mayoría de los palestinos tras las sucesivas guerras árabes-israelíes, cuyo retorno a su legítimo hogar consideraba indispensable antes de abordar un hipotético modus vivendi con los israelíes.

Otra muy controvertida postura, que atenta contra la verdad histórica aunque no ha comprometido su imagen de moderado, se desprende de una serie de declaraciones en los años noventa en las que expresaba su convicción de que el nazismo no exterminó a millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, sino "sólo a unos pocos cientos de miles".

Siempre por canales discretos, sus interlocutores israelíes fueron miembros de movimientos pacifistas y de partidos de izquierda que sostenían la necesidad de arreglar la cuestión de los palestinos, cuyos derechos nacionales les parecían inobjetables, por la vía negociada, lo que tendría que pasar necesariamente por la devolución de los territorios árabes ocupados en la guerra de los Seis Días, en 1967. En 1980 Abbas fue elegido miembro del Comité Ejecutivo de la OLP (CEOLP) y en 1984, ya desde el nuevo cuartel general en Túnez, se hizo cargo de su Departamento de Relaciones Nacionales (es decir, Árabes) e Internacionales, oficina en la que consolidó su perfil de diplomático.
 

Los esfuerzos de Abbas empezaron a dar frutos, y a resultar decisivos para las aspiraciones nacionales palestinas, después de la proclamación en noviembre de 1988 por el XIX CNP reunido en Argel del Estado de Palestina, con aceptación de las resoluciones 181, 242 y 338 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo que llevaba implícito el reconocimiento del Estado de Israel. En 1989, mientras la intifada o levantamiento popular palestino seguía su violento curso en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza, emprendió conversaciones secretas con oficiales israelíes bajo auspicio holandés, y posteriormente coordinó entre bambalinas todo el trabajo diplomático que desembocó en la histórica Conferencia de Madrid del 30 de octubre al 1 de noviembre de 1991, la cual puso en marcha el proceso de paz en Oriente Próximo.

En tanto que cabeza de delegación en las conversaciones secretas palestino-israelíes en Oslo, a las que se tuvo de recurrir por atascarse las negociaciones oficiales y por regir, hasta enero de 1993, una prohibición legal israelí de todo contacto directo y público entre ciudadanos de este país y palestinos, Abbas está considerado el verdadero arquitecto por la parte palestina del denominado proceso de Oslo. El 30 de agosto de 1993 saltó la noticia de que las dos partes habían ultimado en la capital noruega una Declaración de Principios sobre los Acuerdos del Autogobierno Interino. El documento, equivalente de hecho a un tratado de paz, contenía el mutuo reconocimiento de la OLP y el Estado de Israel y contemplaba la institución de un poder palestino autónomo y provisional, de cinco años de duración, en los territorios ocupados de Gaza y Jericó.

Abbas, en calidad de portavoz del Departamento de Asuntos Exteriores de la OLP, y Shimon Peres, ministro de Exteriores israelí, fueron los encargados de firmar la Declaración en Washington el 13 de septiembre de 1993, si bien el protagonismo del evento recayó en Arafat y el primer ministro Yitzhak Rabin, quienes simbolizaron la superación de cinco décadas de hostilidades mediante un dramático apretón de manos con el presidente Bill Clinton como maestro de ceremonia.

Tras los acuerdos de Oslo, Abbas fue nombrado jefe del Departamento de Negociaciones de la OLP y como tal lideró las negociaciones que produjeron resultados en los meses siguientes, fundamentalmente el Acuerdo Gaza-Jericó (I), firmado por Arafat y Rabin en El Cairo el 4 de mayo de 1994, que inicializó la autonomía, y el Acuerdo interino de Taba, también llamado de Oslo II, adoptado en dicho balneario egipcio el 24 de septiembre de 1995 y firmado en Washington cuatro días después, que extendió la autonomía al resto de núcleos urbanos de Cisjordania y que definió tres zonas en el conjunto del territorio con distintos niveles de autogobierno y control palestinos. Abbas rehusó ocupar un puesto ministerial en la Autoridad Ejecutiva del Consejo, o Gobierno, de la flamante Autoridad Nacional Palestina (ANP), que inició su andadura en Jericó el 5 de julio de 1994, y hasta julio de 1995 no retornó a Palestina tras 47 años en el exilio, fijando su residencia en Gaza y luego en Ramallah.

 

Ese año hizo capítulo de su reciente experiencia de alto negociador de la paz y la autonomía en el libro Through Secret Channels: The Road to Oslo. Aún en 1995, elaboró con Yossi Beilin, dirigente del laborismo israelí y uno de los negociadores clave del proceso de Oslo, un polémico borrador confidencial cuya existencia no fue reconocida por sus artífices hasta un lustro después, el cual debía haber servido de marco para la conclusión de las negociaciones sobre la dotación de un Estado palestino con capitalidad en Jerusalén (el plan proponía la división de la ciudad y su gestión compartida por israelíes y palestinos, mientras que los Santos Lugares pasarían a tener un estatus especial).

Luego de dirigir la Comisión Electoral Central que organizó los primeros comicios al Consejo Nacional (Legislativo) y a la Presidencia de la Autoridad Ejecutiva del Consejo, el 19 y el 20 de enero, en las que obtuvo el acta de representante por Qalqilya, Abbas fue elegido el 23 de mayo de 1996 secretario general del CEOLP y de hecho quedó confirmado como número dos de la organización y delfín oficioso de Arafat.

El 5 de mayo siguiente encabezó la parte palestina en la primera sesión, en Taba, de las negociaciones sobre la tercera fase del proceso de paz, las que debían decidir el “estatus permanente”, esto es, todo lo relacionado con la personalidad jurídica definitiva de la entidad palestina, el estatuto territorial de Jerusalén oriental, la definición de las fronteras externas, la seguridad bilateral, las relaciones de cooperación y la situación de los refugiados palestinos en el exterior y de los colonos judíos en el interior. Pero todo el proceso empezó a malograrse por la actitud obstruccionista, si no de abierto boicot, del nuevo gobierno derechista en Israel de Binyamin Netanyahu a los Acuerdos de Oslo II, por el deterioro de la seguridad y las condiciones de vida en los territorios palestinos autónomos y ocupados, y por las asechanzas terroristas de las organizaciones islamistas palestinas, que asesinaron a muchas decenas de civiles en brutales atentados indiscriminados.

Sin ostentar puesto alguno en el organigrama del autogobierno, Abbas fungía de hecho como el ministro de Exteriores de la ANP y su cercanía e influencia sobre Arafat eran sobradamente reconocidos. Esta posición política descollante, más su identificación como el gran organizador del aparato de Fatah/OLP, a su vez renuente a introducir reformas internas en una organización fogueada en las luchas de resistencia y habituada a trabajar en una atmósfera de autoritarismo y falta de transparencia en la toma de decisiones, no libraron a Abbas de verse salpicado por los escándalos de 1997 y 1998, cuando destacadas personalidades de la resistencia civil en los territorios y miembros de la Autoridad Ejecutiva dimitieron luego de denunciar la corrupción, la incuria financiera y el favoritismo que emanaban del entorno de Arafat. Por otro lado, su imagen de burócrata distante, de intelectual con gustos literarios y de interlocutor posibilista bien valorado por los israelíes, impedía que Abbas fuera un líder especialmente popular en la calle.

Los sucesivos incumplimientos por los gobiernos israelíes de Netanyahu y el laborista Ehud Barak de las previsiones contenidas en los acuerdos ya firmados y de los nuevos memorandos y acuerdos destinados a implementar los anteriores, y la prosecución de la colonización judía de Cisjordania, junto con la incapacidad de Arafat de poner orden y concierto en sus filas, terminaron por envenenar el ambiente, hasta producirse el estallido del 29 de septiembre de 2000, cuando la población civil palestina chocó con las fuerzas de seguridad israelíes en la disputada Explanada de las Mezquitas, en la Ciudad Antigua de Jerusalén oriental, y dio comienzo la segunda intifada.

En adelante señoreó una cadena de desastres: colapso del proceso de paz; bárbara ofensiva terrorista de organizaciones palestinas (inclusive las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, emanadas de Fatah) contra ciudades israelíes y colonias judías; terrorismo de Estado judío con la práctica de asesinatos selectivos de personalidades palestinas involucradas en la violencia a modo de represalia por los atentados; destrucción sistemática por el Ejército israelí de medios e infraestructuras de la ANP al socaire del combate antiterrorista; invasiones de las ciudades cisjordanas, bombardeos contra los campos de refugiados y, en definitiva, una espiral de violencia y desafíos a la comunidad internacional que alcanzó su paroxismo en marzo y abril de 2002 con el acorralamiento de Arafat en su cuartel de Ramallah por los tanques israelíes y la masacre de un número incierto pero elevado de palestinos en Jenín.

En los meses siguientes se acentuó la pugna en el seno del Consejo de la ANP entre la vieja guardia continuista leal a Arafat y los sectores que demandaban nuevas elecciones legislativas y la puesta en marcha de una serie de reformas políticas de calado en la administración y el Gobierno. El debate se agudizó cuando desde fuera Estados Unidos vino a respaldar el argumento del nuevo primer ministro israelí, Ariel Sharon, de que la ANP era responsable del terrorismo antiisraelí, y la Unión Europea (UE), aun condenando el belicismo destructor de Sharon, convino en que sin profundas transformaciones en la cúpula del poder palestino no podría empezar a considerarse la resurrección del diálogo político y el proceso de paz.

El futuro de Arafat al frente del movimiento palestino se tornó más incierto luego de que el presidente estadounidense George W. Bush, el 24 de junio de 2002, condicionara el futuro Estado palestino al apartamiento de Arafat de las estructuras de mando militar y político palestinos. La UE rechazó que Arafat fuera un interlocutor prescindible, pero, como los países árabes moderados, fue receptiva a la idea de relegarle a una presidencia simbólica de la ANP y de concentrar el poder ejecutivo real en un primer ministro, cargo que debería crearse ex profeso.

Las instancias internacionales implicadas en la cuestión de Palestina insistían en la necesidad de separar las organizaciones políticas y las instituciones autonómicas provisionales, y de crear un gobierno más eficiente a través de la desconcentración y el equilibrio de poderes, una serie de aspectos fundamentales en cualquier Estado o protoestado digno de llamarse constitucional y democrático. La cuestión se convirtió en un envite formal a la ANP con la divulgación del denominado Mapa de Ruta, también llamado Hoja de Ruta, un plan de tres etapas para el establecimiento de un Estado palestino a finales de 2005 sobre la base del principio de paz por territorios.

La fase primera del plan elaborado y divulgado el 17 de septiembre de 2002 por el Cuarteto, esto es, Estados Unidos, la UE, Rusia y la ONU, incidía en la superación de la situación de violencia y en la reordenación de las instituciones de la ANP, lo que pasaba por la dotación de un marco constitucional, con imperio de la ley y sistema de democracia parlamentaria, y solicitaba la celebración de elecciones y la creación de la figura del primer ministro dotado de amplias atribuciones; en una segunda fase, entre junio y diciembre de 2003, habría de convocarse una conferencia internacional de paz para Oriente Próximo (a la que serían invitados sirios y libaneses, instados igualmente a alcanzar sus respectivos tratados de paz con Israel) y crearse un "Estado palestino independiente con fronteras provisionales y atributos de soberanía"; en la tercera fase, desde principios de 2004, una segunda conferencia internacional de paz abriría un proceso de consolidación de lo logrado y de negociaciones palestino-israelíes sobre el "estatus permanente", ambigua expresión que, como en el fenecido proceso de Oslo de 1993-2000, era el cajón de sastre retardatario de todo lo verdaderamente sustancial en el inacabable conflicto de Palestina.

Todo esto, además, sobre el papel, puesto que de entrada el Gobierno de Sharon planteó tantas y tan radicales enmiendas a la Hoja de Ruta que, en la práctica, lo refutaba. Más aún, los últimos meses de 2002 y el arranque de 2003 conocieron la continuación inmisericorde del terrorismo palestino y los desmanes militares israelíes. En septiembre de 2002 Arafat fue sometido a otro asedio destructor en Ramallah y entonces dio la sensación de que los israelíes pretendían, si no matarle, al menos obligarle a rendirse y a exiliarse.

Abbas se mantuvo en un discreto segundo plano en todo este período de inercia bélica y ausencia de negociaciones formales. Trascendió que en enero de 2003, antes de las elecciones generales israelíes del día 28 y con la aprobación de Arafat, sostuvo un encuentro secreto con Sharon en Jerusalén en el que se abordó la extensión del futuro Estado palestino provisional. Se trataba de un encuentro de características similares al realizado hacía justamente un año. Ahora, Abbas entendía que dicha entidad no podía ser viable con menos del 65% de la superficie de Cisjordania y sin una red de carreteras uniendo las numerosas manchas de leopardo en que en realidad iba a consistir, además de demandar una fórmula de cogobierno jordano-palestino para Jerusalén oriental. Sharon habló de otorgar el 53% de territorio cisjordano y de un lento proceso de repliegue militar de las áreas ocupadas a lo largo de una década; en cuanto a Jerusalén, el líder israelí zanjó que no era objeto de negociación.

Abbas empezó a aparecer en las quinielas del posible sucesor de Arafat junto con veteranos de relieve como Ahmad Qureia, más conocido como Abu Ala, presidente del Consejo Legislativo y en excelentes relaciones con Abbas. Al mismo tiempo, Abbas pidió a todas las fracciones palestinas, incluidos los movimientos islamistas radicales Hamas y Jihad Islámica, que "desmilitarizaran" la intifada y que la revuelta popular se desarrollara por cauces no violentos. Por lo que respecta a Arafat, empezó por negarse a someterse a este esquema de desprendimiento de poderes y de relegación del liderazgo palestino.

Sometido a fortísimas presiones internas y externas, el veterano dirigente dio su brazo a torcer en marzo de 2003, luego de constituir con dificultades el nuevo gabinete y de desconvocar las elecciones legislativas que tocaban celebrar en enero, alegando los obstáculos infranqueables de las ocupaciones y los ataques israelíes. El 6 de ese mes, tal como se esperaba, el presidente palestino propuso al CEOLP la candidatura de Abbas para el puesto de primer ministro de la ANP y el interesado expresó su conformidad de principio, pero se reservó emitir una aceptación definitiva hasta conocer su elenco de competencias respaldadas por ley. Inmediatamente después, el Consejo Central de la OLP, el cuerpo legislativo de la organización, dio luz verde a la reforma de la Ley Fundamental palestina para crear la figura del primer ministro con poder ejecutivo y a que fuera Abbas el primer ocupante de ese puesto, tal que el 8 de marzo Arafat designó a su viejo colaborador.

Quedaba por conocer el rango de atribuciones del primer ministro, cuya sanción legal correspondía al Consejo Legislativo de la ANP, si bien la decisión política concernía a los protagonistas de esta trascendental e histórica mudanza en la jefatura palestina, y todo indicaba que, tras varios días de negociaciones, Arafat y Abbas ya habían pactado lo esencial del reparto de funciones. El 10 de marzo el Consejo Legislativo, reunido en Ramallah -aunque algunos de sus miembros participaron desde Gaza- aprobó por 64 votos a favor, 3 en contra y 4 abstenciones la enmienda de la Ley Fundamental de la ANP sobre la introducción del cargo de primer ministro y su rango de atribuciones.

Éstas consistieron en plenos poderes en la política interior, con control exclusivo sobre los ámbitos del gobierno y la administración civiles, la seguridad interior y el orden público, amén de la potestad de nombrar y destituir a los ministros. Arafat se aseguró el mando supremo de las fuerzas no policiales implicadas en la salvaguardia de la "seguridad nacional" (léase, las fuerzas armadas directamente relacionadas con la intifada) en tanto que cabeza del "liderazgo palestino", y la última palabra en la política exterior de la ANP, inclusive en un eventual proceso de diálogo y negociaciones con Israel. Puesto que es la OLP y no la ANP la responsable de las negociaciones de paz, Arafat y Abbas, este último como jefe del Departamento específico de la OLP, continuaban dirigiendo esta área al margen de las transformaciones en el sistema del autogobierno. Claro que esta reserva del ascendiente de Arafat en dos áreas clave provocó algunas decepciones en Estados Unidos e Israel.

No obstante haber salido mejor parado de lo previsto en la transacción, ya que el sistema de Gobierno que se configuraba era de tipo mixto, con áreas decisivas en manos del presidente, y él no iba a quedar como una figura simbólica o decorativa en la ANP (además de que sus jefaturas sobre la OLP y Fatah ni siquiera se ponían en tela de juicio), Arafat presentó varias impugnaciones al instrumento legal reclamando su derecho a suspender al primer ministro, vetar a cada uno de los miembros del Gabinete, establecer el orden del día del Consejo de Ministros y, en definitiva, seguir controlando al Ejecutivo palestino.

La mayoría de los diputados, por 49 votos contra 22, rechazó el día 17 todas estas pretensiones a excepción de la primera. Ventilada esta última porfía, el 19 de marzo Arafat nombró oficialmente a Abbas y éste, luego de expresar su conformidad con la reforma legal que le atañía, entró inmediatamente en funciones. Abbas había alcanzado la jefatura del Gobierno de la ANP entre duros forcejeos y con una misión tan prioritaria como complicada, por no decir cuasi imposible: convencer a los grupos radicales, sin obligarles por la fuerza (fuerza que, de todas formas, no obstante el elenco nominal de atribuciones, no poseía), para que renunciaran a lo que ellos llamaban "legítimos actos de resistencia contra el ocupante" y que para el resto del mundo era terrorismo puro y duro.

Entonces, nadie quería dejarse vencer por el pesimismo más negro, y en las semanas siguientes se prefirió no reconocer que el Gobierno de Abbas comenzaba con el estrechísimo margen de maniobra que le dejaban tres hipotecas fundamentales: las maniobras y regateos de Arafat, que no se resistía a perder peso en las decisiones de la Autoridad Ejecutiva de la ANP; la impunidad con que siguieron perpetrando sus atentados las milicias de Hamas, la Jihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa; y la actitud despreciativa del Gobierno Sharon, que no cesó de alimentar tampoco la espiral de ataques, represalias y contrarrepresalias, y que reactivó su política de asesinatos selectivos.

El 29 de abril, después de que Abbas y Arafat solventaran su enésima pugna en un sentido favorable al primero, gracias a las presiones de fuera sobre el segundo, por el control de la cartera clave de Interior, que asumió personalmente Abbas mientras que su favorito, Mohammad Dahlan, era nombrado ministro delegado para la Seguridad, el Consejo Legislativo confirmó el gabinete por 51 votos a favor, 18 en contra y tres abstenciones. En el discurso de investidura de su gobierno en Ramallah, Abbas declaró que no había una "solución militar al conflicto palestino" y expresó su compromiso de terminar con el "caos armado", luchando contra el terrorismo, controlando a las milicias y confiscando las armas ilegales.

Ésta era la señal que la impaciente comunidad internacional estaba esperando, así que el 30 de abril el Cuarteto presentó oficialmente el plan de la Hoja de Ruta a Sharon y Abbas. El 17 de mayo, después de que el Ejército israelí asesinara a 14 palestinos en una operación antiterrorista contra Hamas en Gaza (1 de mayo) y de que, a pesar de lo prometido por el Gobierno al secretario de Estado de Estados Unidos, Colin Powell, no había aflojado la tenaza militar sobre la franja, Abbas y Sharon sostuvieron su primera entrevista oficial en Jerusalén, el encuentro de más alto nivel entre responsables de las dos partes desde el estallido de la intifada hacía 32 meses y que, a pesar de que no produjo absolutamente nada, fue saludada como la "reanudación del diálogo palestino-israelí". En las 48 horas siguientes, las organizaciones extremistas palestinas estuvieron muy ocupadas en reventar cualquier posibilidad de distensión cometiendo cuatro atentados suicidas que costaron la vida a siete israelíes.

El 29 de mayo los dos dirigentes se encontraron de nuevo en Jerusalén occidental y esta vez sí asomaron resultados concretos en forma de medidas de distensión prometidas por Sharon, fundamentalmente reducciones de presencia militar en Cisjordania y Gaza y la excarcelación de un centenar de presos palestinos. El 3 de junio el primer ministro palestino fue invitado a una minicumbre árabe en el balneario egipcio de Sharm el-Sheikh en la que participaron el presidente del país anfitrión, Hosni Mubarak, el rey de Jordania, Abdallah II, el príncipe heredero saudí, Abdullah Al Sa'ud, y el rey de Bahrein, Hamad ibn `Isa Al Khalifah, los cuales, ante Bush, se comprometieron a combatir el terrorismo y a apoyar la Hoja de Ruta como fórmula idónea para poner fin al conflicto entre israelíes y palestinos.

Al día siguiente, 4 de junio, Abbas celebró una cumbre tripartita con Bush y Sharon en Aqaba, Jordania, y allí los dos primeros ministros realizaron compromisos específicos: el palestino, a luchar de manera efectiva, "empleando todos nuestros esfuerzos", contra el terrorismo practicado por los radicales, y el israelí, a desmantelar asentamientos de colonos en Cisjordania, a liberar prisioneros y a aliviar el cerco de las ciudades de la ANP.

De vuelta a casa, Hamas, la Jihad Islámica y las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa acusaron a Abbas de claudicar ante los israelíes, por asumir implícitamente su tesis de que toda resistencia armada no era sino terrorismo y por ofrecer el final de la intifada sin denunciar los padecimientos del pueblo palestino ni sus reivindicaciones principales, a saber, el retorno de los refugiados y la capitalidad del futuro Estado en Jerusalén oriental, así como la situación de encierro en que se encontraba Arafat en Ramallah. Por todo ello, resolvieron ignorar las órdenes de Abbas y proseguir con sus acciones armadas.

De nuevo, y no sería la última vez, Abbas vio cómo aquellos que tenían las armas en ambos lados le segaban la hierba a sus pies, y en los días siguientes, siempre con la justificación de la venganza por la afrenta previa, prolongando la macabra cadena de réplicas y contrarréplicas en cuyo origen estaría una hipotética provocación inicial que no se sabía quién la había hecho y cuándo, la violencia con regusto a boicot a cualquier salida negociada campó por sus respetos, empujando al atribulado primer ministro a lanzar una urgente y patética petición de ayuda al Cuarteto y a Estados Unidos en particular: el 8 de junio, un comando conjunto atacó el puesto fronterizo de Erez en Gaza y mató a cuatro soldados y a un colono israelíes; el 10 de junio, helicópteros israelíes intentaron matar en Gaza al principal dirigente político y portavoz de Hamas, Abdelaziz Rantisi, conocido por su línea dura, quien salvó la vida con heridas, pero no así dos peatones; el 11 de junio, un suicida palestino se hizo volar en un autobús en Jerusalén, asesinando a 16 ciudadanos israelíes, y, como reacción fulminante, helicópteros israelíes dispararon sus misiles en Gaza con el resultado de dos jefes de Hamas y cinco civiles muertos.

Cuando el espasmo de violencia remitió, Abbas consiguió reanudar sus mesas de diálogo, con el Gobierno israelí por un lado y con Hamas y sus aliados por el otro, para intentar aplicar la Hoja de Ruta. El alto el fuego de los radicales era una condición sine qua non, y aquí la perseverancia de primer ministro tuvo un fruto no por precario menos meritorio, ya que el 27 de junio los tres grupos radicales palestinos anunciaron una tregua de tres meses, efectiva desde el 29 de junio y susceptible de ser renovada si Israel ofrecía una serie de contrapartidas: el final de los asesinatos selectivos; el repliegue de sus tropas a las líneas previas al comienzo de la intifada el 29 de septiembre de 2000; liberaciones sustanciales de presos -muchos de los cuales se encontraban recluidos, sin cargos ni sentencias judiciales, en campos de internamiento en el Neguev- y en particular de una serie de dirigentes; y, el levantamiento efectivo de los asedios y el toque de queda decretados sobre la población palestina.

El primer alto el fuego en 33 meses de intifada favoreció una tímida retirada militar judía de algunos puntos de la ANP y estimuló los contactos con Israel, pero incluso antes de llegar a su ecuador ya empezó a tambalearse, poniendo a Abbas, viva estampa de la impotencia, contra las cuerdas. El 8 de julio el primer ministro anunció la dimisión como miembro del Comité Central de Fatah y amenazó con hacer lo mismo en el Gobierno si continuaba recibiendo críticas desde su partido, donde se le acusaba de hacer reiteradas concesiones a los israelíes sin recibir a cambio nada asible. La resignación no le fue aceptada y días después acordó con Arafat una componenda para cerrar la crisis interna.

El Gobierno Sharon, donde las posturas extremistas de derecha ganaban terreno, hizo de la Hoja de Ruta una interpretación tan cicatera y reticente que lo desvirtuaba por completo, y en cuanto a los radicales palestinos, se aprestaron a golpear tan pronto como observaran una violación de sus condiciones por parte del enemigo. Unos y otros pusieron en peligro el alto el fuego y para comienzos de agosto volvió por sus fueros la dinámica implacable de las provocaciones, presentadas por cada parte como legítima lucha contra el terrorismo agazapado o como venganza por los ataques recibidos o legítima resistencia a la ocupación.

Israel, en particular, regresó sin rebozo a los asesinatos selectivos, no avanzó en la excarcelación de prisioneros palestinos más allá de unas pocas decenas, paralizó el levantamiento de los controles militares sobre las poblaciones de la ANP y continuó edificando el polémico muro de seguridad, vasta construcción comenzada el 16 de junio de 2002, con una longitud total prevista de 350 km, cuya primera fase discurría a lo largo del límite septentrional de Cisjordania, desde la ribera del Jordán hasta la ciudad de Qalqilya; concebida para taponar la entrada en Israel de los terroristas suicidas, la valla militarizada agravaba la inviabilidad económica y la desconexión de los territorios de la ANP, y al erigirse dentro de las fronteras internacionales de 1967, amparaba la anexión de hecho por Israel de porciones sustanciales de Cisjordania, de entrada todos los terrenos confiscados para las obras, presentándose ante la población palestina que ya la estaba padeciendo como un trazado unilateral de fronteras.

El 19 de agosto el alto el fuego recibió un golpe mortal con el brutal atentado suicida contra un autobús lleno de judíos ortodoxos cerca de Jerusalén, que dejó 22 muertos y más de cien heridos; dos días después, Israel rehusó dar tiempo a Abbas para demostrar su capacidad de arrestar a cabecillas de las organizaciones extremistas involucrados en los atentados y no se privó de matar al líder de Hamas en Gaza, Ismail Abu Shahab, a la sazón considerado uno de los mas moderados de la organización y abogado del alto el fuego ahora destruido.

En estas circunstancias, la suerte política de Abbas estaba echada. El 6 de septiembre, después de exigir en vano al Consejo Legislativo plenos poderes para unificar bajo su mando los diversos órganos de seguridad de la ANP y desmantelar las estructuras terroristas de las organizaciones extremistas, el primer ministro hizo realidad su enésima amenaza de dimitir, horas antes en que Israel intentara asesinar en Gaza al líder espiritual de Hamas, el jeque Ahmad Yassín. Terminada en un estrepitoso fracaso la fórmula de Abbas, en la OLP/Fatah no quedaba otra alternativa de peso más que Ahmad Qureia, que partía con el poso de legitimidad de poseer un mandato electivo y que parecía más acomodaticio a los designios de
Yasser Arafat.

Así, el 7 de septiembre el presidente palestino designó a Qureia primer ministro con el visto bueno del CEOLP y tres días después éste aceptó el cometido, pero puso como condición que el Cuarteto abandonara su diletantismo, tan inicuo para Abbas, y le diera garantías “prácticas, no retóricas” de que el proceso de paz era viable y de que Israel iba a adoptar una actitud constructiva. Al Gobierno Sharon, Qureia le demandó el final de la campaña de asesinatos de líderes radicales, el levantamiento del estado de sitio impuesto a las áreas autónomas y el relajo del confinamiento físico y el acoso mediático que sufría Arafat, todo a cambio de un “un verdadero acuerdo de alto el fuego”, en vez de la tregua unilateral tan laboriosamente arrancada por Abbas en junio, y la reactivación de la Hoja de Ruta.

Abbas se mantuvo en el puesto con carácter provisional hasta el 5 de octubre, cuando Arafat, obligado por el dramático deterioro de la situación (el Gobierno israelí había aprobado ya un plan para deportarlo fuera de Palestina y se reservaba el momento de ejecutarlo, e incluso algunos ministros estaban hablando de asesinarle), decretó el nombramiento y la toma de posesión automática de Qureia al frente de un gabinete de emergencia

Actualmente, Febrero del 2005, Abu Mazen fue elegido autoridad máxima de Palestina, en reemplazo del fallecido Yasser Arafat


 

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