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Historia de "La Sirenita" de Copenhague
. El rey de los
cuentos
Biografía - Conti González Báez -
Inmerso en el
fantástico mundo de los duendes, los elfos, las hadas y los príncipes
buenos, Andersen deslizó la contundencia de la miserias humanas, de la
fugacidad y de la muerte: la de la realidad, en suma
1203 - Dinamarca
inició a fines de 2003 los actos de homenaje a su escritor más universal,
Hans Christian Andersen, con la publicación de la primera edición de sus
obras completas después de 124 años.
Se trata de un adelanto del ambicioso programa que
rendirá tributo al inmortal autor de cuentos como "La Sirenita" y "El
Soldadito de Plomo" en 2005, coincidiendo con el bicentenario de su
nacimiento.
Traducido a 146 idiomas, Andersen es mundialmente famoso
por sus cuentos, pero tiene una menos conocida pero más amplia obra, que
comprende prácticamente todos los géneros literarios y que permite
caracterizarlo como mucho más que un simple escritor para niños.
Hans Christian Andersen ejerció una influencia notable
en la literatura universal y sigue haciéndolo, a pesar de las nefastas
adaptaciones en dibujos animados de la empresa Walt Disney, de los
editores de versiones "simplificadas" para chicos y demás bárbaros que
tergiversan el significado de sus cuentos.
Se puede decir que su famoso cuento "El Patito Feo" es
un trabajo autobiográfico. He aquí cómo surgió el bello cisne...
En una pobre aldea de pescadores junto a las grises
aguas del Báltico, hace casi 200 años, vivió un niño cuyos padres eran tan
pobres que lo alimentaban con historias fantásticas de hadas y brujas.
Ane Marie Andersdatten y Hans Andersen eran sumamente
pobres. Cuando se casaron carecían de muebles y tuvieron que construirlos
con sus propias manos, aprovechando la madera que caía en su poder. La
cama del matrimonio la hicieron con los restos de un ataúd. En esa cama
nació el 2 de abril de 1805 su hijo Hans Christian, en la ciudad de
Odense, Dinamarca.
El padre era zapatero, pero su cabeza estaba llena de
fantasías y sueños que no vería realizados nunca. Aunque no pudo estudiar,
siendo inteligente, aprendió todo lo que pudo de forma autodidacta.
Una vez el niño Hans Christian vio llorar a su padre.
Fue el día que un estudiante le encargó que le hiciera unas botas. Durante
su visita, el muchacho habló de libros, vanagloriándose de lo mucho que
había aprendido de ellos. Andersen vio cómo su padre volvía la cabeza y
murmuraba con un sollozo: "¡Así debía haber sido yo!"
La abuela paterna era alta, con ojos azules y finos
modales que no habían alterado la pobreza ni la mala vecindad en que
vivía. Siempre decía que provenía de una noble familia alemana. Ella
cuidaba el jardín del manicomio y siempre le llevaba brazadas de flores
recogidas de allí.
De su abuelo no supo hasta vio a un juglar miserable
perseguido por un grupo de niños que le tiraban piedras por las calles,
gritando y burlándose de él ruidosamente. El pequeño cayó enfermo al saber
que se trataba de su abuelo, que estaba loco. Tal vez esta fuera la causa
de que ni él ni su padre tuvieran amigos.
El joven zapatero era muy reservado y dio todo su amor y
tiempo libre a su hijo. A los siete años, lo llevó a un teatro en Odense,
visita que marcó el comienzo del desarrollo de la fantasía del niño. Hans
recibió muy poca educación, pero su padre cultivó su imaginación,
contándole historias fantásticas y enseñándole a crear su propio teatro de
títeres.
Le leía, sin demostrar cansancio, las comedias de
Holberg, el padre del teatro danés, las fábulas de La Fontaine y los
cuentos de "Las Mil y una Noches", lecturas que quedarían muy grabadas en
la mente infantil de Hans Christian y que más tarde serían fuente
inagotable para su profesión de escritor. Andersen decía que su padre sólo
sonreía cuando leía, pues ni su vida ni su trabajo le habían proporcionado
felicidad.
Pese a su pobreza, Andersen fue un niño mimado. Otra de
las habilidades del zapatero era la de construir juguetes para su hijo. En
el verano, el futuro cuentista y su padre marchaban los domingos al campo,
donde el niño jugaba mientras el zapatero se tumbaba en la hierba dando
rienda suelta a su fantasía. Su madre los acompañaba solo una vez al año,
durante el mes de mayo, único descanso que se tomaba de su trabajo
cotidiano; entonces se ponía un vestido de algodón y llevaba una cesta de
bocadillos y cerveza.
Ane Marie era lavandera, muy trabajadora, y cooperaba
con sus ingresos al mantenimiento del hogar. Tenía el orgullo de que sus
sábanas y cortinas de muselina estuvieran blancas como la nieve y se
preocupó por inculcar en su hijo esos hábitos de limpieza. Lo vestía con
trajes viejos de su marido, que ella misma cortaba y cosía.
Pese a ser una campesina supersticiosa y casi
analfabeta, la madre de Andersen le legó dos dones preciosos: la relación
con el antiguo folklore de su región natal y una firme convicción en el
talento de su hijo, creencia que mantuvo aún cuando todo parecía indicar
lo contrario.
Ane Marie siempre tuvo buenas relaciones con sus vecinos
y, a pesar de su pobreza, procuraba que en los días de fiesta no faltaran
en su mesa las comidas tradicionales, como las gachas de arroz, el pato
asado y el pastel de manzana en Navidad.
Algunas veces contaba a su hijo que, de pequeña, la
mandaban a pedir limosna en las calles de Odense y sentía tanta vergüenza
que pasaba toda el día acurrucada bajo un puente, llorando, no
atreviéndose a volver a su casa, a pesar del frío, sin una moneda. Este
relato quedó grabado en el corazón de Hans Christian, que años más tarde
retrató a la niña en su célebre cuento "La Niña de los Fósforos".
El hogar de los Andersen era tan pequeño que apenas
podían moverse, pero Ane Marie supo hacerlo cómodo y agradable, llenándolo
con su amor, lo que siempre fue recordado por su hijo. La única habitación
estaba ocupada por el banco de zapatero, la cama matrimonial y una cuna
plegable, donde dormía el pequeño Hans. Las paredes estaban llenas de
cuadros y sobre el banco de trabajo de su padre había un estante con
libros y canciones.
En la cocinita de la casa había una repisa donde se
alineaban los platos de estaño. Ahí estaban los paisajes pintados que
aparecen en su cuento "Ole Cierraojos", ese individuo que lleva el sueño a
los niños arrojándoles leche azucarada en los ojos.
Había una escalerilla que conducía a la buhardilla y en
el tejado estaba "el huerto" de su madre: un cajón de madera plantado con
perejil, cebollas y una mata de guisantes. Este huerto aparece en "La
Reina de las Nieves".
Decíamos al principio que "El Patito Feo" es el trabajo
más autobiográfico de Andersen, quien sin dudas era feo, de una fealdad
casi grotesca. Al igual que el patito, soportó muchas burlas, pero
finalmente se convirtió en un hermoso cisne.
Poco apreciado por los demás niños, Hans tuvo una
infancia solitaria. De chico, tenía una apariencia bastante rara. Más alto
que lo común, desgarbado, de prominente nariz y de movimientos torpes, era
además sumamente afeminado. Mientras los otros chicos jugaban afuera, él
prefería quedarse en casa cosiendo ropa para muñecas y ensayando con su
teatro de títeres. Su madre alentó esa obsesión por el arte e hizo todo lo
que pudo por brindarle los rudimentos de una educación.
El aspecto de Andersen impactaba por su evidente
"diferencia" con los demás niños y, en algunos casos, esto despertaba
reacciones violentas. Tal fue el caso de su maestro, quien lo golpeaba.
Sin embargo, su mamá, quien evidentemente aceptaba la diferencia, buscó la
alternativa de encontrar otro ámbito educativo para su talentoso hijo y
decidió inscribirlo en una escuela judía de Odense, una decisión
increíblemente lúcida para alguien de su época y su clase.
Su padre fue llamado a servir como soldado en las
guerras de Napoleón y regresó enfermo. Murió cuando Hans Christian tenía
11 años, por lo que el niño tuvo que empezar a trabajar para ayudar a su
madre, quien encontró consuelo en el alcohol.
Cuando entró a trabajar en una fábrica textil, le pedían
que cantara para los demás trabajadores. Sus compañeros especulaban con la
idea de que en realidad podría ser una chica y lo desvistieron para
averiguarlo. Una tentativa posterior en una empresa tabacalera dio lugar a
nuevas humillaciones.
Ninguna burla hizo tambalear la convicción de Andersen
de que a él le esperaba un destino extraordinario. Cuando su madre volvió
a casarse con otro zapatero, pese al dolor que le causaba el recuerdo de
su padre, las cosas mejoraron para ambos.
Hans Christian utilizó lo que se convirtió en una
hermosa voz de soprano para abrirse paso en las casas de los ricos de la
ciudad, lo que le permitió conocer al Coronel Guldberg, quien consiguió el
permiso para que el niño cantara ante el Príncipe Christian, heredero del
trono de Dinamarca.
El pequeño tenía grandes ilusiones, soñaba con estudiar
canto bajo la protección del Príncipe, pero éste le ofreció patrocinarlo
para que aprendiera un oficio útil, empezando como aprendiz de sastre.
Sin embargo, la voluntad del chico era superior y, en
contra de las recomendaciones maternas y del príncipe, decidió abandonar
su aldea. A los catorce años, habiendo ahorrado la pequeña suma de 13
rixdales, convenció a su madre de que le permitiera probar suerte en la
gran ciudad de Copenhague, donde no conocía a nadie. La madre, después de
consultarlo con una adivina, aceptó apoyar a su hijo.
Él quería hacer algo en teatro, no importaba qué. Su
primera y absurda idea fue ser bailarín. En un intento de concretar tal
ilusión, se presentó en la casa de Madame Schall, la primera bailarina de
Copenhague. Improvisó tanto el texto como la música y, para poder
interpretar mejor la escena de danza con la pandereta, dejo los zapatos en
un rincón y bailó en medias, tropezándose sin gracia alguna. Madame Schall
pensó que estaba loco y lo hizo echar de la casa, aunque dándole una cena
que el muchacho no quiso probar.
Hans Christian Andersen fue declamador, titiritero,
bailarín y finalmente consiguió una beca en la Escuela Real de Coro. Sin
embargo, su hermosa voz cambió cuando dejó de ser niño y nuevamente se
encontró sólo y sin oficio.
Bajo condiciones de extrema pobreza, intentó ser
aceptado en el Teatro Real como cantante, bailarín o actor, sin éxito.
Un día, una de sus protectoras hizo una referencia
casual al muchacho en términos de poeta. Fue un momento fundamental, ya
que Hans se sintió profundamente conmovido y supo que, a partir de ese
momento, su mente estaría llena de literatura y poesía.
Como último recurso desesperado, Hans Christian Andersen
entregó un par de obras al Teatro Real, que fueron rechazadas. En ese
momento de su vida, como un hada protectora, apareció Jonás Collin, uno de
los directores del Teatro y destacado funcionario a cargo de un fondo del
Rey Federico VI de apoyo económico para artistas, quien detrás de la
miseria de Hans advirtió un gran talento literario.
Todo estaba muy bien, pero él carecía casi por completo
de educación. Collin decidió que Andersen debía dejar de experimentar y
ponerse a estudiar. Con todos los gastos pagados, lo envió a la ciudad de
Slagelse a adquirir una tardía pero necesaria educación.
Hans tenía en ese entonces diecisiete años. Era muy alto
y flaco. Tuvo que incorporarse a una clase de chicos de once años, que se
burlaban de él. Era demasiado soñador y distraído para ser un estudiante
brillante, pero se aferró a los estudios.
El joven se nutrió, sobre todo, de los autores
germánicos como Goethe, Schiller o Hoffmann y de los ingleses William
Shakespeare y Walter Scott, siendo estos últimos sus favoritos. De hecho,
firmó su primera obra, "Intentos Juveniles", bajo el seudónimo de William
Christian Walter: William por Shakespeare, Christian por él mismo y Walter
por Scott.
Para su mala fortuna, el joven tuvo en su propio
maestro, un tal Simón Meisling, a su peor enemigo. El mezquino profesor lo
obligaba a estudiar álgebra, gramática griega y hebrea para distraerlo de
su tarea creativa y siempre le reprochaba el ser un mal estudiante.
Cuando Jonás Collin, el benefactor de Hans Christian, se
enteró del mal trato que recibía, lo llevó a Copenhague y lo instaló en su
casa, casi como a un hijo. La familia Collin sería para el escritor, el
resto de su vida, su única compañía y apoyo. Además de vigilar sus
estudios, Collin se encargó a partir de entonces de su economía, que más
tarde sería traspasada a su hijo Edvard. Andersen devolvería a la familia
Collin todas las atenciones recibidas
La experiencia de su problemática relación con Masling
lo inspiró para escribir su conocido poema "El Niño Moribundo", que fue
publicado en una importante revista literaria de Copenhague.
Andersen fue entrenado en forma privada para su examen
universitario y a los 23 años se inscribió en la Universidad de Copenhague
para estudiar Filología y Filosofía, iniciando por fin sus estudios
literarios.
Hans Christian Andersen comenzó a ganarse la vida como
escritor publicando poesía y obras de teatro, pero su primer éxito fue la
narración en prosa "Un Paseo desde el Canal de Holmen a la Punta Este de
la Isla de Amage", cuando tenía 24 años.
Poco después, emprendió numerosos viajes por Europa,
siendo el primero de ellos a Alemania, tierra de sus antepasados, donde se
relacionó con importantes intelectuales de Berlín. Sus experiencias le
inspiraron poesías, novelas y numerosas crónicas de sus viajes.
El Rey Federico VI le concedió una beca de estudios para
viajar por Francia e Italia, país donde recibió la noticia de la muerte de
su madre. La novela "El improvisador", cuya acción transcurre en Italia,
marcó el comienzo de su fama, que desde entonces fue en aumento.
Esto le permitió disfrutar de una beca literaria
concedida por el Rey, la cual le dio la tranquilidad económica que
necesitaba para seguir escribiendo. Pasó varios años experimentando,
tratando de hallar su propia voz.
A los 29 años empezó a dedicar atención a los cuentos de
hadas y a volcarse al folklore que había oído en su infancia. Al año
siguiente se publicó su primer volumen de cuentos de hadas, que incluía
"La Princesa y el Guisante", "El Yesquero" y "Nicolasón y Nicolasillo".
Las historias se basaban en cuentos populares, pero
Andersen era consciente de que era pionero de un nuevo género.
Liviano, coloquial, simple, su estilo chocaba con las
normas de la época y estaba muy lejos del lenguaje florido y el contenido
didáctico de lo que se escribía para niños. La prosa de Andersen destilaba
humor y los cuentos estaban construidos con una pureza formal que
resultaba completamente nueva a sus lectores. Pronto apareció un segundo
volumen que comprendía, entre otros, "Pulgarcita".
Andersen consiguió alcanzar en su obra un perfecto
equilibrio entre el mundo de la realidad y el de la fantasía. En ellos
expresaba sentimientos e ideas de gran profundidad, a pesar de que se
pensara que estaban lejos de la comprensión de los niños.
El francés Xavier Marmier jugó un papel decisivo en la
expansión del nombre de Hans Christian Andersen. El crítico visitó
Dinamarca, conoció al escritory publicó un artículo biográfico en la
"Revista de París", junto con una traducción del poema "El Niño
Moribundo", lo que contribuyó a establecerlo como una figura destacada de
la literatura en Europa. En 1837 fue traducido al alemán y un año más
tarde al ruso.
A pesar de su fama en el exterior, Andersen nunca
impresionó mucho al público que él en verdad quería conquistar: la
intelectualidad conformista e insular de Copenhague que personificaba la
familia Collin, en especial Edvard, el hijo de Jonás Collin, por el que
estuvo obsesionado toda la vida y quien, estirado y definitivamente
heterosexual, no estaba en condiciones de corresponderle.
Andersen se enamoró varias veces, tanto de hombres como
de mujeres, entre ellas, de la otra superestrella escandinava del momento,
la cantante sueca Jenny Lind, pero pasó la vida en soledad.
A pesar de su fama, el escritor tenía una necesidad
constante de reconocimiento y elogio. Buscaba la admiración como un adicto
que necesitara su dosis de droga.
Su carrera llegó a su apogeo en 1837, cuando publicó el
tercer volumen de cuentos, que contenía "La Sirenita" y "El Traje Nuevo
del Emperador", una verdadera obra maestra cuyo título se convirtió en
sinónimo de la vanidad humana.
Al año siguiente se publicó "El Soldadito de Plomo", una
metáfora de la fidelidad al amor y la vocación que causó profunda
impresión en el escritor Thomas Mann. Era el primer cuento absolutamente
original de Andersen, que no tenía raíces folklóricas. En 1844 publicó "El
Patito Feo", "El Ruiseñor", "La Reina de las Nieves" y "El Abeto".
Andersen pasó varios años de su vida viajando por
Europa, Asia y Africa, los últimos años acompañado de algunos jóvenes de
la familia Collin, cuya casa llegó a considerar como propia, a pesar de
muchas tensiones en la relación entre el niño emprendedor del proletariado
y los fríos y presumidos Collin.
En 1840 consiguió reunir los medios necesarios y partió
hacia su viaje más largo, que lo llevaría a Alemania, Austria, Italia,
Malta, Grecia, Turquía y a lo largo del río Danubio que recorre las
ciudades de Budapest, Bratislava, Viena y Praga, regresando a través de
Alemania. El fruto de éste viaje fue el espléndido libro de viajes
titulado "El bazar de un poeta".
Después de viajar por España y Portugal, publicó las
crónicas de esos recorridos con los títulos "En España" y "Una visita a
Portugal".
Andersen nunca logró conquistar la admiración de Edvard
Collin y los suyos, pero trató de consolarse con la amistad de muchos
otros ricos y poderosos. Pronto empezó a bailar infatigablemente en las
cortes europeas, lo que recuerda a uno de sus personajes, Karen y sus
zapatillas rojas. Con la realeza era dócil y sumiso, algo que apreciaban
los duques y príncipes que lo invitaban.
Fue huésped del Rey Maximiliano II de Alemania, a quien
llamaba amistosamente "el Rey Max" y de la Reina Victoria de Inglaterra,
además de ser recibido por sus propios soberanos.
Un día de 1844 escribió: "Hace veinticinco años llegué
con mi atadito de ropa a Copenhague, un muchacho desconocido y pobre, y
hoy tomé chocolate con la Reina".
Andersen conoció a grandes artistas de su época, como
los compositores Felix Mendelssohn-Bartholdy, Franz Liszt y Richard Wagner,
así como a los escritores Víctor Hugo y Charles Dickens, gran admirador de
su trabajo, con quien se hospedó un mes durante un viaje a Inglaterra.
Durante treinta años, cada Navidad saldría publicado un
libro de cuentos de Hans Christian Andersen, traducidos de inmediato al
inglés, francés, alemán, español e italiano, entre otros idiomas.
A los 53 años, el escritor inició la costumbre de leer
sus cuentos en voz alta. En los años siguientes, leyó con frecuencia para
públicos de entre 600 y 900 personas.
Cuando cumplió 62 años, se hizo una gran celebración y
lo declararon ciudadano ilustre de su ciudad natal, Odense. El Rey de
Dinamarca le concedió el título de Consejero del Estado.
Cuando Hans Christian Andersen alcanzó mayor renombre,
ya sus viejos amigos no vivían. Él no tenía familia y sufría crisis de
soledad. En ese momento se inició su amistad con dos familias judías de
Copenhague: los Henriks y los Melchior.
Se trataba de ricos comerciantes, que ocupaban grandes
mansiones y llevaban una activa vida social. En sus hogares alojaban a las
más grandes figuras del arte y Andersen se contaba entre los huéspedes
preferidos.
Martín y Teresa Henriks tenían cinco hijos; Moritz y
Dorotea Melchior, ocho. Andersen solía entretenerse haciendo fantasiosos
recortes de papel para esos niños. Se mostraba particularmente hábil en
recortar complicadas figuritas, sin necesidad de dibujarlas primero,
agregando al lado de cada figura un breve verso. Los niños Henriks y
Melchior lo esperaban impacientes, se sentaban a su lado y aguardaban a
que sacara del bolsillo la gran tijera, con la que los divertía largo
rato.
En las reuniones musicales y literarias que organizaban
las dos familias, también ocupaba Andersen el centro de la atención. Él
entretenía a los invitados, influía en la vida cultural de sus distintos
círculos y permitía que ambas familias alcanzaran una posición a la que
sólo unos pocos judíos en Dinamarca podían aspirar.
El escritor comía en casa de los Henriks los días
domingo y los jueves por la noche en casa de los Melchior. Más tarde
empezó a prolongar su estancia, quedándose varias semanas, en especial
junto a los Melchior. Con ellos se sentía como de la familia, puesto que
lo querían y se preocupaban por él.
Cuando Andersen enfermó de cáncer del hígado, Dorotea
Melchior lo llevó a su casa. Le compró un tradicional arbolito, para
levantar su ánimo en la que sería la última Navidad de su vida. También lo
sacaba a pasear en carruaje por las calles de la ciudad. Tuvo para él un
trato abnegado y no permitió que muriera en un hospital.
Hans Christian Andersen falleció el 4 de agosto de 1875,
después de una larga enfermedad, en el hogar de los Melchior, en
Copenhague.
Cuando murió, los contemporáneos de Andersen
comprendieron que había muerto un gran artista. A su entierro asistieron
miembros de la realeza. Su heredero universal, Edvard Collin, y su esposa
habían dispuesto que se les enterrara a su lado, último deseo del
escritor, que se cumplió cuando éstos murieron, años después. Sin embargo,
familiares del matrimonio exhumaron más tarde los restos de los Collin y
los trasladaron a la tumba familiar, en otro cementerio. Hans Christian
Andersen se quedó tan solo en la muerte como lo había estado en la vida.
Los cuentos de Andersen han sido adaptados a obras de
teatro, ballets, películas, dibujos animados, juegos en CD y obras de
pintura y escultura.
Actualmente y coincidiendo con su nacimiento, el 2 de
abril de cada año se celebra el Día del Libro Infantil y Juvenil.
Cada dos años, se entrega el Premio Andersen. Un
escritor y un ilustrador reciben una medalla y un diploma que los
acreditan como los autores de un libro o una trayectoria destacable dentro
de la literatura para niños y jóvenes.
El lugar más visitado de Dinamarca es la mundialmente
famosa estatua de "La Sirenita" en Copenhague, visitada por decenas de
miles de turistas cada año y que por cierto recientemente fue puesta
nuevamente en su lugar después de que unos vándalos la arrojaron al mar
utilizando explosivos.
Odense se ha convertido en una ciudad que vive por y
para su personaje más insigne y existe una ruta oficial que recorre los
museos y el parque que lleva su nombre, presidido por una estatua del
escritor.
En el barrio en el que nació Hans Christian Andersen, de
calles empedradas y casitas de colores, está la casa de su infancia, que
muestra cómo fue la vida del niño y su familia.
En otra casa-museo se exponen documentos del escritor,
diferentes ediciones de sus obras y sus 156 cuentos, con sus
correspondientes traducciones a varias lenguas. También se exponen otros
objetos curiosos: informes escolares, manuscritos, el título de la
Universidad de Copenhague, recuerdos de sus viajes y una cuerda que
Andersen siempre llevaba consigo, por si se incendiaba su habitación en
los hoteles donde se hospedaba.
En la Casa Cultural del Niño Fyrtojet, el yesquero, un
actor caracterizado como el mismísimo Andersen y varios niños interpretan
las historias del genial escritor. Los niños pueden jugar a maquillarse,
vestirse y actuar como personajes de cuentos de hadas o pintar y leer los
cuentos.
Los daneses están ya preparando para 2005 los festejos
del bicentenario de su nacimiento, para recordar y honrar en el mundo
entero a su más famoso escritor.
Para celebrar tan gozoso aniversario, el heredero de la
corona danesa, Federico, ha nombrado al futbolista brasileño Edson Arantes
do Nascimento "Pelé" embajador del gran escritor. También participarán
otras personalidades como la gran actriz estadounidense Susan Sarandon y
el músico francés Jean Michel Jarré.
Hans Christian Andersen jamás tuvo un hogar en
Dinamarca, porque prefirió vivir viajando. Aún hoy, no necesita patria,
porque siempre estará en la de todos, en la más preciada: la infancia.
0305
-
El patito feo soy yo
-
Silvina Friera
“El patito feo soy
yo”, podría haber dicho Hans Christian Andersen, anticipándose a
Flaubert y la famosa frase con la que “inauguró” la novela
moderna: “Madame Bovary soy yo”.
El escritor danés, que más de una vez aclaró que sus cuentos eran autorretratos en
los que se podían rastrear las huellas de su vida, fue un adelantado
del cuento moderno, una figura incómoda en el universo en el que le
tocó vivir: ya sea en Odense, en donde nació hace doscientos años, o
en Copenhague, “la gran ciudad” a la que llegó a los catorce años con
la esperanza de ser bailarín. Y si él mismo confesaba que “el humor
era la sal de sus cuentos”, hay una anécdota jugosa y desopilante que
solía contar sobre ese intento frustrado de incursionar en el mundo de
la danza. “Improvisé, tanto el texto como la música. Y para poder
interpretar mejor la escena de danza con la pandereta, dejé los
zapatos en un rincón y bailé en medias”, recordaba Andersen, que se
había presentado nada menos que en la casa de Mme. Schall, la primera
bailarina de Copenhague. Ella pensó que ese joven de una fealdad casi
grotesca, más alto de lo común y más flaco de lo normal, un tanto
torpe, pero con una voz hermosa, aunque sumamente afeminada, estaba
loco, y lo hizo echar de su casa.
Copenhague era esa gran ciudad en la que el joven recién llegado
buscaba la redención de la pobreza que había padecido su familia. Su
padre, que murió cuando Andersen tenía once años, fue un zapatero
inteligente y autodidacta que le leía a su hijo las comedias de
Holberg, el padre del teatro danés; las fábulas de Fontaine y los
cuentos de Las mil y una noches; él lo llevó por primera vez a un
teatro de Odense y le enseñó a Andersen a crear su propio teatro de
títeres. Su madre, una campesina analfabeta y supersticiosa, le
transmitió las viejas costumbres populares sobre el antiguo folklore
de su región natal, las cuales fueron un colorido estímulo para la
imaginación del escritor danés. Andersen
había fracasado como bailarín y cantante –aunque ingresó en la Escuela
Real de coro, su voz pronto cambió y nuevamente se encontró solo y sin
oficio–, tuvo su hada protectora en Jonás Collin, uno de los
directores del teatro real y destacado funcionario a cargo de un fondo
del rey Federico VI de apoyo económico para artistas. Collin advirtió
que detrás de las limitaciones económicas de Andersen había un gran
talento literario y decidió pagarle los estudios. El joven Hans tenía
por entonces 17 años y tuvo que incorporarse a una clase de chicos de
once años que se burlaban de él. Pero más allá de la crueldad de sus
pares, que no podían ver al hermoso cisne danés, agazapado detrás de
una anatomía y unas facciones fuera de lo convencional, el joven se
aferraría a los estudios para emprender vuelo, surcando los cielos del
planeta y de la infancia.
Cuando el sistemático maltrato que el joven recibía de su propio
maestro, un tal Simón Meisling, llegó a oídos de Collin, su benefactor
lo instaló en su casa, como si fuera un hijo más y lo preparó en forma
privada para el examen universitario. Finalmente, a los 23 años, Hans
se inscribió en la Universidad de Copenhague para estudiar Filología y
Filosofía. Andersen, que se nutrió de los escritores germánicos Goe-the
y Schiller, y de los ingleses como Shakespeare y Scott, firmó su
primera obra, Intentos juveniles, bajo el seudónimo de William
Christian Walter: William por Shakespeare, Christian por él mismo y
Walter por Scott. Empezó a publicar poesía y teatro para ganarse la
vida, pero dentro de todos los géneros que Andersen frecuentó, fueron
los cuentos que escribió –entre 156 y 168 según diversas fuentes– los
que le proporcionaron el reconocimiento mundial y lo convirtieron en
una celebridad: La sirenita, El soldadito de plomo, Los zapatos rojos,
Pulgarcito, El ruiseñor, El traje nuevo del emperador, La reina de las
nieves, El patito feo y La vendedora de fósforos, entre los más
conocidos. En 1835 apareció su primer volumen de cuentos de hadas,
Eventyr Fortatle for Born, Forste hefte, Cuentos de hadas para niños,
Volumen I, en donde su estilo –liviano, coloquial, simple– chocaba con
las normas de la época y estaba a años luz del lenguaje florido y el
contenido didáctico de lo que se escribía para niños. La prosa de
Andersen destilaba humor y los relatos estaban construidos con una
pureza formal que resultaba completamente nueva para sus lectores. Un
día de 1844 escribió: “Hace veinticinco llegué con mi atadito de ropa
a Copenhague, un muchacho desconocido y pobre, y hoy tomé chocolate
con la reina”. Y cuando cumplió 62 años, lo declararon ciudadano
ilustre de su ciudad natal, Odense, y el rey de Dinamarca le concedió
el título de Consejero del Estado.
Andersen elevó el cuento popular o de hadas a la categoría de
Literatura con mayúscula, introdujo el final triste (la muerte de la
heroína como en La pequeña vendedora de fósforos), hecho que hasta
entonces sólo se había permitido a Caperucita, y supo imprimir un
humor teñido de burla, tristeza y sentimentalismo, y hasta un sentido
trágico de la vida, en la mayoría de sus cuentos, traducidos a 80
idiomas. ¿Por qué las historias de Andersen son atemporales y
universales? ¿Por qué repetimos en distintas circunstancias “el
emperador va desnudo”, como ese niño al que no le importaba que lo
llamaran ignorante porque él decía lo que veía? Nadie había sido tan
consciente de que el estilo es lo único que sobrevive a un escritor:
él anticipó las ideas surrealistas y freudianas del inconsciente a
través de sus ficciones. Anticipó, también, el problema de la extrema
soledad del individuo que busca pertenecer, y acaso por eso sus
relatos hunden sus raíces en el presente, porque siempre habrá un
excluido, un patito feo rechazado por todos que sueña con ser un cisne
majestuoso, o un niño al que no le importan los falsos ropajes del
emperador y está ahí siempre dispuesto a gritar su verdad
El
rey de los cuentos -
Juan Sasturain
El de Hans Christian Andersen es un caso extraordinario. Cosa de cuento,
como no vaciló en definir –acaso irónicamente– su propia y mentirosa
autobiografía. Nacido pobre al borde de la marginalidad, prácticamente
analfabeto hasta los quince años y célibe hasta los setenta cuando
murió, era flaco, desgarbado, narigón y –se sentía– tan feo que sólo
accedió a aceptar su imagen ya de grande, cuando la incipiente
fotografía lo mostró aplomado, prócer, de vuelta. Quiso cantar y
bailar –le tiraban las tablas– y no pudo; las letras vinieron después.
Además, según el testimonio de sus contemporáneos, visto como
advenedizo e inclasificable, no fue de salida respetado en el gremio
intelectual –Kierkegaard lo detestaba– y el reconocimiento sólo le
llegó a partir de su éxito popular, sobre todo en Alemania, cuando
tras intentar otros géneros para el lector adulto y el público en
general la pegó con los cuentos para niños, a los treinta años. Y ahí
sí, no paró hasta la gloria: después de Hamlet, es el danés más
famoso. Y él no tuvo quién lo escribiera, se hizo solo.
Andersen parece haber sido un hombre complejo: “Asexuado, intemporal,
inocente y sabio, quisquilloso y vengativo fue, como todos los niños
del mundo, profunda, inmaculadamente egoísta” lo define, con precisión
de genuina admiradora, Ana María Matute. O sea: no es que le gustaran
los chicos, sino que era y fue siempre uno de ellos. Vanidoso, cholulo,
se jactaba de la proximidad de reyes y nobles, importunaba a Dickens,
cuidaba su fama. En fin, el piadoso y bonachón Andersen debe haber
sido, en muchos aspectos, realmente insoportable.
Ahora bien: este hombre ambiguo resultó un escritor genial, de los
imposibles de dejar. Superadas las lecturas pobres hechas desde los
lugares comunes del buen sentido –la preservación de una supuesta
salud infantil, por ejemplo– o con las anteojeras psicoanalíticas o
socioideológicas puestas, Andersen se impone como un narrador notable,
absolutamente original en su desmesura. Basta compararlo con otros
grandes: el lejano y didáctico Perrault, tan francés, y los cuasi
contemporáneos y modélicos hermanos Grimm, que hicieron folklore
decantado maravillosamente. Frente a ellos, el incorrecto, desordenado
e incontinente sentimental Hans Christian Andersen tiene la convicción
y la llegada directa a los pibes –y a los grandes– de nuestro cercano
Roal Dahl, de un cine clásico de Hollywood sin happy end obligatorio.
Porque con cualquier base argumental, sea historia tradicional
recogida o invención propia, Andersen deja la impronta de su estilo
conversado, brillante, lleno de humor y acotaciones irónicas a veces
feroces que las traducciones chatas o las versiones tontamente
simplificadas dejan pasar. Hay que leerlo ahora, de grandes. Si
escribió más de 150 cuentos, tiene por lo menos veinte que son obras
maestras y una decena que se pueden comentar acá: la prodigiosa
invención y los personajes de La Reina de las Nieves, el consabido y
alevoso Patito feo, la sutilísima ironía de El traje nuevo del
Emperador y de El ruiseñor, esa brillante “chinoserie”, uno de sus
cuentos más perfectos; sus pavorosas historias de amor desgraciado: La
sirenita inmortal; El soldadito de plomo y su combustible bailarina y
–sobre todo– la escéptica parábola de Enamorados, crónica del
desencuentro sentimental entre el trompo y la presumida pelota. Para
final, dos de madurez cuya calculada crueldad nada tiene que ver con
los golpes bajos de La niña de los fósforos: el antológico La sombra,
digno de una pieza de Harold Pinter, y la patética parábola de El
abeto, hecho leña con la madera de sus sueños
Historia de "La Sirenita" de
Copenhague
Cuando vayan a Copenhague, capital y
puerto principal de Dinamarca, no deben dejar de ver la estatua de La
Sirenita de apenas 5’2” de tamaño. Es el símbolo más querido de la
capital danesa y la más visitada y retratada por todos los visitantes
nacionales y extranjeros.
Pesa 386 libras pero se ve más pequeña frente a la majestuosidad del
mar y los grandes barcos cargueros que entran y salen de la bahía,
donde está ubicada.
Esta pequeña estatua está inspirada en la famosa sirenita del cuento
de Hans Christian Andersen, escrito en 1837. El personaje, como se
sabe, renunció a la inmortalidad a cambio de tener dos piernas como
toda mujer para no perder el amor de su príncipe enamorado.
Y para perpetuar a este personaje de ficción de la literatura
infantil, llevada al cine recientemente, el magnate cervecero Carl
Jacobsen pagó de su bolsillo en 1913 al escultor Edgard Eriksen para
que hiciera la estatua.
Hay una historia curiosa en torno a la creación de dicha obra. Para
hacerla, el escultor Eriksen se inspiró en el rostro de la bailarina
danesa Ellen Price, figura destacada del Ballet Real. Pero como la
estatua debía aparecer desnuda para que luciera bien su extremidad
inferior en forma de cola de pescado, la bailarina se negó a posar
así. Eriksen convenció entonces a su propia esposa para que le
sirviera de modelo.
La estatua fue colocada sobre una base hecha de grandes piedras a la
orilla del mar en la bahía del puerto el 23 de agosto de 1913, y desde
entonces ha sido víctima de varios actos vandálicos no aclarados hasta
hoy y cuyo motivo se ignora.
El 23 de abril de 1963 fue cubierta de pintura roja; un año después
fue decapitada; el 15 de junio de 1976 fue cubierta de nuevo de
pintura roja; el 22 de julio de 1984 le fue arrancado el brazo
derecho; el cinco de agosto de 1991 intentaron cortarle de nuevo la
cabeza; el seis de enero de 1998 volvió a ser decapitada.
El último ataque que ha sufrido la pequeña estatua fue el 10 de
septiembre de 2002, cuando fue arrancada de su pedestal y arrojada al
agua. La Sirenita acaba de cumplir 90 años de haber sido expuesta por
primera vez. Por suerte, reconstruir los daños que le causan los
vándalos desconocidos es fácil porque está hecha de bronce y hay
moldes de todo su cuerpo
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