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Entrevista a Wystan H. Auden
Poeta, dramaturgo y crítico literario norteamericano,
considerado por muchos como el poeta más influyente de la literatura
inglesa desde T.S. Eliot.
Hijo del médico George Augustus y de
Constante Rosalie Bicknell, Wystan Hugh Auden nació en York,
Inglaterra, el 21 de febrero de 1907. Un año después su familia se
traslada a Birmingham, donde el padre ejercerá la medicina y dictará
clases de salud pública en la universidad. Auden en un principio se
interesó por la ciencia, pero pronto centró todo su entusiasmo en la
poesía
En Gresham's School, en Norfolk, cursa
sus estudios secundarios, especializándose en biología.
En 1925 ingresó en el Christ Church
College de Oxford, en el curso de filología ingles donde se convirtió
en la pieza central de un grupo de intelectuales entre los que
figuraban Stephen Spender, Christopher Isherwood, Cecil Day Lewis y
Louis MacNeice. Antes de decidir sus estudios superiores, antes
incluso de descubrir su vocación poética, Auden quería ser geólogo o
ingeniero de minas
Después de concluir sus estudios, en
1928, fue maestro de escuela en Escocia e Inglaterra por espacio de
cinco años.
En la década que va desde su egreso de
Oxford hasta su partida a los Estados Unidos, Auden pasará una
temporada en Berlín (1928-1929), donde recibirá la influencia de la
poesía alemana y el teatro de Brecht; será maestro en Helensburgh
(Escocia), y luego en Colwall; viajará a Islandia, China y España. Son
años de gran producción, en los que además de poesía, escribe teatro
(en colaboración con Isherwood) y guiones para cine. Para entonces,
Auden ya era considerado el poeta inglés más importante de su
generación.
Durante la década de 1930, Auden formó
parte en Londres de un círculo de prometedores y jóvenes poetas
caracterizados por su marcada tendencia izquierdista.
Su libro Poemas (1930), con el
que consolidó su fama literaria, estaba basado en el hundimiento de la
sociedad capitalista inglesa, pero también mostraba una honda
preocupación por los problemas psicológicos.
A continuación escribió tres obras de
teatro en colaboración con Isherwood: El perro bajo la piel
(1935), El ascenso del F-6 (1936) y En la frontera
(1938).
En 1935, se casó con Erika Mann para
proporcionarle un pasaporte británico y ayudarla así a escapar de la
Alemania nazi. Su pareja de toda la vida fue sin embargo Chester
Kallman, a quien conoció en Estados Unidos.
En 1937, colaboró con los republicanos
en la Guerra Civil española, conduciendo una ambulancia. Ese mismo año
recibió la medalla de Oro del Rey a la poesía, máximo galardón en su
país.
En la Guerra civil española, Auden se
alistó como brigadista, ocupando un lugar como camillero en una unidad
sanitaria. De todos modos no es mucho lo que el gobierno republicano
dejaba hacer a los intelectuales, ya que consideraba que la sola
presencia de estos en territorio español, era la mejor forma de
publicitar la causa. Auden permaneció poco tiempo en España,
regresando a Inglaterra con cierta desilusión por lo visto y oído,
sobre todo en cuanto al trato recibido por los sacerdotes de parte del
bando de la República.
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La secuela artística de esta
experiencia es "Spain 1937". El poema fue publicado por Faber & Faber,
y las ganancias destinadas a la ayuda médica durante el conflicto. El
poema es mucho más que un llamado a la defensa de la causa de la
libertad en España. Es a la vez una compleja fábula moral que
trasciende el tema, donde el autor establece un diálogo posible entre
el pasado, el porvenir, y un presente dominado por la urgencia, la
necesidad de tomar una decisión que podría en cierta forma, determinar
el curso de la Historia.
Tras viajar a Islandia y China -en
compañía de MacNeice e Isherwood respectivamente- escribió
Carta desde Islandia (1937) y Viaje a una guerra (1939).
El 18 de enero de 1939 Auden e
Isherwood se embarcaron rumbo a los Estados Unidos a bordo del
trasatlántico francés "Champlain". A poco de llegar, la muerte del
gran poeta irlandés W.B. Yeats, va a dar motivo a uno de los poemas
más famosos de Auden. "En memoria de W.B. Yeats" Auden posteriormente
adoptó la nacionalidad estadounidense.
En este país trabajó activamente como
poeta, crítico, conferenciante y editor.
Su Hombre doble (1941) y Por
la hora presente (1944) reflejan una creciente preocupación por
los temas religiosos.
La edad de la ansiedad
(1947), un largo poema dramático que comienza en un bar de Nueva York,
le hizo merecedor del Premio Pulitzer de Poesía en 1948.
A partir de 1948, Auden, que dos años
antes había adoptado la ciudadanía norteamericana, alternó su estancia
en Nueva York con viajes a Europa durante el verano, primero a Ischia,
y luego, a partir de 1958, Kirchstetten.
Las autoridades municipales de ese
pequeño pueblo de Austria, de apenas ochocientos habitantes,
decidieron en vida del poeta, poner su nombre a la calle donde estaba
su casa. Por otra parte, hacia la misma época le fue otorgada una
cátedra en Oxford, lo que lo obligaba a pasar algunos meses del año
allí.
Entre su vasta producción cabe
mencionar Poemas completos (1945), El escudo de Aquiles
(1955), Poemas extensos completos (1969) y varios libretos de
ópera escritos en colaboración con Kallman.
Entre 1956 y 1961 fue profesor de
poesía en Oxford, y en 1972 regresó a Christ Church como escritor
residente. Auden guarda cierto parecido como poeta con T. S. Eliot.
Al igual que éste, poseía un ingenio
frío e irónico, a pesar de que era profundamente religioso. Sin
embargo, se preocupó mucho más por los problemas sociales. Dotado de
una asombrosa capacidad de análisis psicológico, Auden poseía además
un exquisito talento lírico. Su influencia en las generaciones de
poetas posteriores ha sido inmensa. Muchos críticos lo consideran un
maestro de la poesía; su rigor intelectual y su conciencia social,
combinados con una fluida mezcla de estilos y una habilidad consumada,
lo convierten en parangón de la poesía moderna.
W.H. Auden murió en Viena el 29 de
septiembre de 1973
Entrevista
a Wystan H. Auden - Michael Newman
Wystan Hugh Auden (1907-1974), británico nacionalizado
estadounidense, es uno de los mayores poetas del siglo pasado en
lengua inglesa. Esta entrevista fue realizada pocos meses antes
de su muerte.
Estaba sentado bajo las luces blancas que despedía un portal,
tomando una gran taza de café solo de desayuno. Fumando un
cigarrillo detrás de otro, hacía el crucigrama de la página
diaria de reseñas del «New York Times» que por casualidad aquel
día publicaba, junto a su fotografía, un comentario sobre su
último volumen de poemas.
Cuando terminó el crucigrama dobló el periódico, echó un vistazo
a las esquelas y fue a tostar el pan. Sobre la pregunta de que
si había leído la reseña, Auden respondió: «No; naturalmente.
Está claro que este tipo de cosas no está hecho para que yo las
lea...».
Sus visiones singulares, sus prioridades y sus gustos estaban
fuertemente expresados en la decoración del apartamento de Nueva
York que habitaba durante el invierno. Las tres grandes
habitaciones principales de techo alto estaban pintadas en gris
oscuro, verde pálido y púrpura. De las paredes colgaban dibujos
de amigos -Elizabeth Bishop, E. M. Forter , Paul Valery, Chester
Kallman- enmarcados simplemente en oro. Había también una
acuarela original de Blake, El Acto de la creación, en el
comedor junto a muchos dibujos de desnudo masculino. En el suelo
del dormitorio yacía un retrato suyo sin marco y con la cara
frente a la pared.
El lúgubre salón que daba sobre la fachada, con grandes pilas de
libros, estaba a oscuras, excepto cuando hacía una excursión a
las cajas de manuscritos para consultar el Oxford English
Dictionary. La cocina de Auden era larga y estrecha, con muchas
ollas y sartenes colgadas. Prefería ese tipo de glotonerías como
la lengua, los callos, los sesos y las salchichas polacas, y
consideraba que comer filetes era de orden inferior (es
terriblemente no chic). Bebía Martini con Smirnoff, vino tinto y
coñac, evitaba la marihuana y confesaba haber probado, bajo
control médico, el LSD. «No he sentido mucho, pero tengo la
impresión precisa de que los pájaros estaban tratando de
comunicarse conmigo». Su conversación era humorística,
ceremoniosa e inteligente. Una especie de cotilleo humanista
global, sin interés por las maquinaciones de la ambición ni por
la poesía creta, y con la absoluta exclusión de cualquier
influencia electrónica. Como había dicho una vez: «Acabo de
regresar de Canadá, donde he tenido una pelea con
Marshall Mc Luhan. Yo
he ganado».
-¿Por qué ha insistido tanto en que esta conversación se
celebre sin magnetófono?
-Porque si hay alguna cosa que valga la pena retener, el
periodista debe ser capaz de recordarlo.
Truman Capote contaba
la historia del entrevistador al que se le había roto el
cassette en medio de la charla. Truman esperó mientras el otro
trataba en vano de arreglarlo. Finalmente le preguntó si podía
continuar. El periodista contestó que no se tomara la molestia.
¡No estaba acostumbrado a escuchar lo que decían sus personajes!
-Creía que la objeción residía en el instrumento en sí. Usted
ha escrito un poema que condena la máquina fotográfica como una
máquina infernal.
-Sí, produce dolor. Normalmente, cuando uno va por la calle y se
encuentra a alguien que sufre, trata de ayudarlo, o bien mira
hacia otra parte. Con la fotografía no existe la decisión
humana. No se está allí, uno no puede volverse hacia otra parte.
Simplemente se queda mirando con la boca abierta. Es una forma
de «voyeurismo». Creo que los primeros planos son inciviles.
-¿ Existía alguna cosa en particular a la que tuviera miedo
de niño... la oscuridad, las arañas o cosas de este tipo?
-No, no era muy miedoso. Las arañas me asustaban. Es una fobia
personal que dura toda la vida. Arañas y pulpos. Pero nunca he
tenido miedo de la oscuridad.
-¿Era un niño parlanchín? Recuerdo que en alguna parte ha
descrito el carácter autista de su mundo privado.
-Sí, era locuaz. Naturalmente había cosas en mi mundo privado
que no podía compartir con los demás. Pero siempre he tenido un
pequeño número de buenos amigos.
Los inicios
-¿Cuándo empezó a escribir poesía?
-Creo que mi caso particular es un tanto extraño. Tenía que ser
ingeniero de minas o geólogo. Entre los siete y los doce años
pasé muchas horas construyendo un mundo propio, altamente
elaborado y basado sobre todo en el paisaje calcáreo de la
cuenca minera y en una industria: la extracción del plomo. Creía
que en esta actividad debía concederme ciertas reglas. Podía
escoger entre dos máquinas necesarias para realizar este
trabajo, pero tenían que ser verdaderas máquinas que encontrara
en los catálogos. Podía decidir entre dos formas de secar una
mina pero no me concedía la posibilidad de usar medios mágicos.
Después llegó un día que, cuando lo recuerdo ahora, me parece
muy importante. Estaba proyectando mi idea de refinería; la idea
platónica de aquello que hubiera debido ser. Había dos ti- pos
de maquinaria para la separación de la turba, uno me parecía más
hermoso que el otro, pero lo consideraba más eficiente. Me
encontré frente a algo que sólo puedo llamar una elección moral.
Era mi deber escoger el segundo, el más eficiente. Más tarde me
he dado cuenta de que en la construcción de este mundo habitado
sólo por mí ya estaba empezando a aprender cómo se escribe la
poesía. Después, la decisión final que en su momento me pareció
fortuita, tuvo lugar en 1922, en marzo, cuando caminaba campo a
través con un compañero de escuela que después fue pintor.
«¿Nunca escribes poesía?», y yo dije: «No», nunca había pensado
hacerlo. «¿Por qué no lo haces?» y en aquel momento decidí que
aquello era justamente lo que tenía que hacer. Mirando atrás me
doy cuenta de que el terreno ya estaba preparado.
-¿ Cree que sus lecturas tuvieron influencia en su decisión?
-Bien, hasta aquel momento la única poesía que había leído eran
algunos libros como los Cautionary Tales de Belloc,
Struwwelpeter de Hoffman y Ruthless Rhymes For Heartless Homes.
Mi poema preferido decía así: «Into the drinking well/ The
plumber built her/ Aunt Maria fell;/ We must buy a filter».
Naturalmente leía muchas cosas de geología y sobre la extracción
del plomo. Uno era A Visit lo Alston Moore de Sopwith,
Underground Lile era otro. Leía todos los libros de Beatrix
Potter y también de Lewis Carroll. Me gustaba La reina de nieve
de Andersen y también Las Minas del Rey Salomón de Haggard.
Comencé a leer relatos policiales con Sherlock Holmes
-¿A Cristopher Isherwood lo conoció en la escuela?
-Sí, cuando nos conocimos yo tenía ocho años y él diez. Ibamos
juntos al colegio, el St. Edmund's School de Hindhead, en Surrey.
Siempre recuerdo lo que le oí decir en cierta ocasión. Caminaba
con Mr. Isherwood durante un paseo dominical por Surrey y
Cristopher dijo: «Creo que Dios debía estar cansado cuando creó
esta región». Aquella era la primera vez que oía un comentario
que me pareció gracioso.
Los buenos maestros
-¿Tuvo buenos maestros?
-Excepto en matemáticas, tuve la suerte de tener unos profesores
excelentes, sobre todo en ciencias. Cuando fui al examen oral,
Julian Huxley me enseñó un hueso y me pidió que le dijera qué
era: «La pelvis de un pájaro», dije, y daba la casualidad de que
era la respuesta justa. El me respondió: «Algunos han dicho que
era el cráneo de un reptil extinguido».
-¿Alguna vez le ha enseñado a escribir a alguien?
-No, nunca. Si tuviera que enseñar poesía, cosa que gracias a
Dios no hago, me concentraría en la prosodia, la retórica, la
filología y en aprender poemas de memoria. Puedo estar
completamente equivocado pero no veo qué se puede aprender a
excepción de algunas técnicas; qué es un soneto, o algo de
prosodia. Si existiera una academia poética, las materias
tendrían que ser totalmente diferentes: historia natural,
historia, teología, otras cosas. Cuando he estado en los
colleges he insistido en dar cursos académicos normales sobre el
siglo XVIII o sobre el Romanticismo. Pero a los artistas les
convendría no tener nada que ver con la literatura
contemporánea. Si tienen puestos académicos tienen que hacer
trabajo académico y cuanto más lejos estén del tipo de cosas
concernientes a aquello que escriben, mejor. Tendrían que
enseñar el siglo XVIII, algo que no interfiera con su trabajo y
que, sin embargo, les dé para vivir. Enseñar «escritura
creativa» creo que es peligroso. La única posibilidad que puedo
concebir es un sistema de aprendizaje como el del Renacimiento
en el que si un poeta estaba muy ocupado cogía algunos
estudiantes para que le acabasen los poemas. Entonces se
enseñaba «verdaderamente» y, naturalmente, había
responsabilidad, dado que los resultados aparecían bajo la firma
del poeta.
-He notado que en sus primeros trabajos se observa cierta
dureza contra Inglaterra. Da la sensación de que esta en guerra
con su país y esto no se da en los poemas que ha escrito aquí en
los Estados Unidos: parece más en su casa.
-Sí, es cierto. Estoy convencido de que en parte es una cuestión
de edad. Todos cambiamos. Es terriblemente importante para un
escritor tener la propia edad, no ser más joven o más viejo de
lo que realmente es. Se puede uno preguntar: ¿qué tendré que
escribir a los sesenta y cuatro años?, pero nunca lo que debiera
haber escrito en 1940. Creo que es siempre un problema.
-¿Existe alguna edad en que el escritor esté en el máximo de
sus fuerzas?
-Algunos poetas como Wordsworth se agotan bastante temprano.
Otros como Yeats han hecho su mejor trabajo a una edad avanzada.
Nada es calculable. Envejecer trae problemas pero se tienen que
aceptar sin escándalo.
-¿Qué le ha hecho elegir EEUU como su país?
-Bien, el problema con Inglaterra es la vida cultural; era
absolutamente gris y sospecho que todavía lo sea. En cierto modo
es la dificultad que se encuentra en cierto tipo de vida
familiar. Yo amo muchísimo a mi familia pero no quiero vivir
junto a ella.
-¿Ve alguna transformación entre la lengua que empleaba
Inglaterra y la que emplea que está en América?
-No. Obviamente, alguna menudencia, sobre todo escribiendo en
prosa. Hay algunas rima que no podrían ser aceptadas en
Inglaterra. Aquí se puede hacer clerk con work, cosa que no
puede en Inglaterra. Pero son pocas cosas; decir twenty of en
vez de twenty to o aside from en vez de apart from.
-¿Desde cuándo vive la ¿Dónde vivía antes de conseguir este
apartamento?
-Vivo aquí desde el 52. Vi América en el 39. He vivido en
Brooklyn Heights. Luego di clases en Ann Arbor, y posteriormente
en Swarthmore. Tuve una casa en el ejército con el U.S.
Strategic Bombing Survey. Al ejército no le gustaban en absoluto
nuestros informes porque sentían que, a pesar de todos nuestros
bombardeos sobre Alemania, su producción de armas no disminuyó
hasta que perdieron la guerra. Lo mismo Vietnam del Norte. Los
bombardeos no valen para nada. Pero sabe cómo es la gente del
ejército. No les gusta oír cosas que contradigan lo que piensan.
Políticos y escritores
-¿Ha tenido muchos contacto con hombres de la política y de
gobierno?
-He tenido poquísimos con tactos con este tipo de gente. Conocí
a estudiantes cuando estaba en Oxford que luego lo han sido -Hugh
Gaitskell, Crossman y alguno más-. Creo que nos arregla. Creo
que nos arreglaríamos bastante bien sin los políticos. Nuestros
líderes deberían ser elegidos por sorteo. La gente podría votar
según su conciencia y las computadoras ocuparse de lo demás.
-¿Qué piensa de los escritores como líderes? Yeats, por
ejemplo, tenía cierto interés?
-¡Y era terrible! Raramente los escritores son buenos líderes.
Son empleados de sí mismos y tienen escasos contactos con sus
clientes. Para un escritor es fácil no ser realista. No he
perdido mi interés por la política, pero he llegado a darme
cuenta de que en casos de injusticia social o política solamente
funcionan dos cosas: la acción política y los reportajes
periodísticos creíbles acerca de los hechos. Las artes no pueden
hacer nada. La historia política y social de Europa sería la
misma, aunque Dante, Shakespeare, Michelangelo, Mozart, etc. no
hubieran vivido. Un poeta en cuanto tal tiene un solo deber
político: dar un ejemplo con su escritura del uso correcto de su
lengua materna, continuamente corrompida. Cuando las palabras
pierden su significado, se impone la fuerza física. Es cierto
que un poeta si lo desea puede escribir lo que llaman poesía
engagée pero tiene ante todo que darse cuenta de que es él mismo
el que obtendrá el beneficio. Aumentará su reputación entre
aquellos que piensan como él.
-El actual deterioro y corrupción del lenguaje, la
imprecisión del pensamiento y demás, ¿le da miedo o es solamente
una fase de decadencia?
-Me aterroriza. Busco con mi ejemplo personal combatirla. Repito
que el papel del poeta es mantener la sacralidad del lenguaje.
-¿Piensa que el presente de nuestra civilización será visto
en el futuro, si es que existe un futuro, como una decadencia de
anteguerra?
-No, creo que no tiene nada que ver con otra guerra. Pero en el
pasado la gente sabía lo que querían decir las palabras,
independientemente de la amplitud de su vocabulario. Ahora la
gente oye y repite un vocabulario radiotelevisivo, un treinta
por ciento mas amplio que el que conoce por su significado. El
uso de palabras más ultrajantes de las que haya tenido
experiencia fue en una ocasión que me invitaron al programa
televisivo de David Suskind. Durante el intermedio debía hacer
la publicidad de una sociedad de inversión y anunció que
aquellos señores estaban «obsesionados por la integridad». ¡No
podía creer lo que estaba oyendo!
-Usted ha dicho que el arte malo es malo de forma muy
contemporánea.
-Sí. Naturalmente, uno se puede equivocar sobre aquello que es
bueno o malo. El gusto y criterio pueden diferir. Pero es
necesario ser fiel a uno mismo y tener confianza en el propio
gusto. Por ejemplo, yo puedo disfrutar de una buena película
lacrimosa en la que, por ejemplo, una vieja madre ha sido
enviada al asilo: aunque sepa que es horrorosa, seguiré
derramando lágrimas. No creo que un buen trabajo haga siempre
llorar. Housman decía que con la buena poesía tenía una curiosa
sensación física; yo no la he sentido nunca. Si se ve el Rey
Lear no se llora. No se está obligado.
-Usted ha dicho que la historia de su patrón, San Wystan, es
más bien hamletiana. ¿Es usted un poeta hamletiano?
-No, no podría serlo. En lo que a mí concierne, la mayor
influencia de
Shakespeare ha sido el
uso de un vasto vocabulario. Una cosa que hace al inglés tan
maravilloso para la poesía es su gran amplitud de gamas y el
hecho de que no es una lengua flexiva. Los verbos se pueden
transformar en nombres y al contrario, como hacía
Shakespeare. Esto no se
puede hacer con lenguas flexivas como el alemán, el francés o el
italiano.
-En los inicios de los años treinta escribía para un público
que quería provocar y concienciar.
-No; yo trato de mostrar las cosas y espero que alguien lo lea.
Alguien pregunta: ¿para quién escribe?, y yo respondo: ¿Usted me
lee? Si dice que sí yo le digo: ¿Le gusta?; si responde que no,
yo le replico: Entonces no escribo para usted.
Verso y disciplina
-¿Entonces piensa en un público concreto cuando escribe
poesía?
-Es imposible decirlo. Si se tiene alguien en la mente... la
mayoría probablemente estén muertos. Uno se pregunta si lo
aprobarían o no y después incluso si alguien te leerá después de
haber muerto.
-Usted ha sido siempre un formalista. Los poetas actuales
parecen preferir el verso libre. ¿Cree que esto último libera de
la disciplina?
-Aquí, desafortunadamente, ocurre muy a menudo. Pero desde un
punto de vista estrictamente hedonista no logro comprender cómo
se puede obtener placer en escribir sin ninguna forma. Si se
juega, se tiene necesidad de reglas; de otro modo no existe el
gusto. La poesía más desenfrenada tiene que tener una sólida
base en el sentido común y esto creo que es la ventaja del verso
formal. Además de las ventajas correctivas, el verso formal
libera de las cadenas del propio yo. Aquí me gusta citar a
Valery, que decía que uno es poeta si su imaginación es
estimulada por las dificultades inherentes a su arte y no si la
imaginación está por ello ofuscada. Pienso que poquísimos pueden
tratar el verso libre, es preciso un oído infalible como D. H.
Lawrence para determinar dónde acaba el verso.
-¿Hay poetas que haya leído que le parecieran espíritus
afines? Pienso en Campion con el que comparte esa gran
fascinación por la métrica.
-Tengo varios favoritos y Campion es uno de ellos. También
George Herbert y William Barnes; todos tienen en común, en
efecto, cierto gusto por la métrica. Estos serían los poetas que
me hubiera gustado tener como amigos. A Dante no me hubiera
gustado conocerlo personalmente. Era una terrible «prima donna».
-¿Puede decir algo sobre la génesis de la poesía? ¿Qué es lo
que acude primero?
-Cuando llega el momento siempre tengo dos cosas
en la cabeza: un tema que me interesa y un problema de forma
verbal, metro, dicción, etc. El tema busca la forma adecuada: la
forma busca el tema apropiado. Cuando los dos se encuentran
estoy preparado para empezar a escribir.
-¿Empieza sus poemas por el principio?
-Normalmente, como es natural, se empieza por el
principio y se trabaja hasta alcanzar el final. A veces, sin
embargo, se empieza con un verso en la cabeza, tal vez el
último.
Se comienza, creo, con cierta idea sobre la organización
temática aunque normalmente, se cambia durante el proceso de
escritura.
-¿Utiliza algún estimulante para la inspiración?
-Nunca escribo cuando estoy borracho. ¿Por qué se debe tener
necesidad de estimulantes? La Musa es una noble doncella a la
que no le gusta ser cortejada de un modo brutal o grosero. Y
tampoco tiene vocación de esclavo; en cualquier otro caso,
miente.
-Y muestra «lo absurdo con la cara de luna, aquel erudito
falsario», como dice en una de sus Bucólicas.
-Exactamente. La poesía no es expresión de sí. Cada uno de
nosotros tiene visiones únicas que espera comunicar. Esperamos
que leyendo alguien dirá: cierto, lo he sabido siempre, pero
nunca antes me había dado cuenta. En general sobre este punto
estoy de acuerdo con Chesterton cuando decía que el temperamento
artístico es una enfermedad que afecta a los dilettantes.
-Muchos poetas trabajan por la noche, tienen manías, hábitos
irregulares.
-Lo siento, querido amigo, pero no es necesario ser bohemien.
-¿Por qué no está de acuerdo con la reciente publicación de
las primeras pruebas de La tierra baldía, de Eliot?
-Porque ninguno de los versos que ha dejado fuera te hace
desear que lo haya mantenido. Creo que este tipo de cosas hace
pensar a los dilettantes: ¡Mira, lo podría haber hecho yo
también! Considero vergonzoso que la gente pase más tiempo sobre
una primera versión que sobre una poesía completa. Valerie Eliot
no deseaba tener que publicar las primeras pruebas, pero una vez
descubiertas sabía que al final serían dadas a conocer; así que
lo ha hecho él mismo para asegurarse que fuera de la mejor
manera posible.
-En su Commonplace Book Vd. ha escrito: «El comportamiento
funciona y también la tortura».
-Y efectivamente funciona. Pero estoy seguro que si me
dieran al profesor B. F. Skinner y me proporcionasen las
medicinas y material adecuado conseguiría hacerle resucitar en
una semana y ante el público el Credo Atanasiano. El problema
con los conductistas es que hacen todo para excluirse a sí
mismos de sus teorías. Si todas nuestras acciones son
comportamientos condicionados, sin duda lo son también nuestras
teorías.
-¿Pero es que no se puede ex traer alguna razón por saber que
un poeta comienza literalmente en la «sucia tienda de
chamarilero del corazón»?
-Puede ser que para él sea necesario comenzar desde este
punto, pero no hay razón para que los otros puedan verlo. Me
gusta citar a Valery, quién dice que, cuando la gente no sabe
hacer otra cosa, se quita los vestidos.
-¿ Ve alguna espiritualidad en todos aquellos «hippies» en St.
Mark's Place? Vive en medio de ellos desde hace algún tiempo.
-No conozco a ninguno, no le puedo decir. Lo que me gusta de
ellos es que han tratado de revivir el espíritu del Carnaval,
algo que ha estado vistosamente ausente de nuestra cultura. Pero
tengo el temor de que cuando renuncian totalmente al trabajo su
diversión se convierte en escuálida.
-Su nueva poesía Circe trata particularmente este tema: «No
brutaliza a sus víctimas -unas bestias podrán morder o huir-.
Los simplifica en flores, fatalistas sentados, que no se
preocupan de nada y se hablan sólo a sí mismos». Evidentemente
usted conoce esta generación más de cuanto admite.
-Tengo que decir que admiro a aquellos que no entran en la
competición, en la carrera de ratones, que renuncian al dinero
ya los bienes mundanos. Yo no sería capaz, soy con mucho
demasiado mundano.
Tendencias y gustos
-¿Tiene tarjetas de crédito?
-Una. No la uso si puedo prescindir de ella. La he utilizado una
sola vez en Israel para pagar la cuenta de un hotel. He crecido
en la tendencia de que no se puede comprar nada que no se pueda
pagar en metálico. La idea de la deuda me molesta. Supongo que
la economía caería si todos hubieran crecido como yo.
-¿Es un buen hombre de negocios? ¿Consigue hacer buenos
contratos?
-No, no me tomo ni siquiera el tiempo de pensarlo.
-Pero trata de obtener lo posible por SU poesía. El otro día
me ha sorprendido ver un poema suyo en «Poetry» que paga sólo
cincuenta centavos por verso.
-Obviamente cojo aquello que puedo, ¿quién no lo haría? Creo que
me han enviado su cheque el otro día y lo he gastado antes de
tenerlo.
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