|
. Avicena,
médico medieval
Avicena -
I. Lomba Fuentes - Filósofo musulmán, su nombre completo:
Abü ´Ali al-Husayn ´Abd Allah b. ´Ali b. Sina y, según la
pronunciación española
que se trasluce en las versiones latinas del s. XII, dio lugar a
Aven-Sena o Avicena.
Vida
N. en 980, en Afsana, villa
cercana a Bujara (Turquestán). Su padre, bien acomodado, pertenecía
a la administración pública. Desde niño manifestó sus
extraordinarias dotes intelectuales, que empleó en el estudio del
Corán, derecho, lógica, geometría, ciencias religiosas, astronomía,
filosofía y medicina. Debió mucho a la cultura griega, por medio de
Porfirio, Euclides, Ptolomeo, Galeno, Alejandro de Afrodisia y sobre
todo de Aristóteles. Leyó 40 veces su Metafísica y, según él
mismo confiesa, no logró penetrar en ella hasta que estudió los
comentarios de al-Farabi, hecho que constituyó para él una auténtica
revelación. Antes de los 20 años ya era un consumado experto en
medicina pudiendo curar así al sultán de Bujara, el cual,
agradecido, le abrió las puertas de su biblioteca para que pudiese
continuar sus estudios. Huérfano y heredero de la fortuna de su
familia a los 22 años, inició una vida política agitada y en muchos
momentos peligrosa. Fue favorito y visir del emir Mayd al-Dawla, a
cuya muerte cayó en prisión. Escapado de ésta se acogió al emir de
Ispahan (Isfahan), ´Ala' al-Dawla, que le nombró su ministro.
Padeció durante casi toda su vida de una grave disentería crónica;
esta enfermedad le trajo la muerte cuando viajaba con su emir de
Ispahan a Hamadan, en el año 1037. Su biografía la escribió un
íntimo amigo, al-Yuzayani, según el cual, A. compuso su inmensa
producción generalmente en las peores condiciones: en prisión,
durante las expediciones, por la noche cuando las tareas políticas
le dejaban lugar y sosiego. Lo que escribía, se discutía después con
sus discípulos. Su pensamiento constituye una de las piezas claves
de la historia de la Filosofía, no sólo respecto al mundo musulmán,
sino también en el Occidental, concretamente en la formación y
desarrollo de la Escolástica cristiana.
Obra
La lista más completa de la
producción de A. la da el P. Anawati, O.P., que incluye 276 títulos
(algunos de ellos de dudosa atribución), gran parte de los cuales
permanecen aún sin editar. Las obras más importantes son: Kitab
al-qanun fi-l-tibb (Libro del Canon de la Medicina) traducida en
la Edad Media al latín por Gerardo de Cremona, fue el libro de texto
de medicina en las Universidades, solamente superado en el
Renacimiento por Leonardo da Vinci y Paracelso; Kitab al-Sifa
(Libro de la curación), enorme enciclopedia del saber filosófico que
tuvo numerosas versiones totales o parciales al latín en la Edad
Media, p. ej., las de Domingo Gundisalvo, Miguel Escoto, Juan
Hispano, y que actualmente se está editando en árabe en El Cairo;
Kitab al-nayat (Libro de la salvación), que viene a ser un
compendio del anterior, traducido también en la Edad Media al latín
y modernamente editado en latín por N. Carame con el título de
Metaphysices compendium (Roma 1926); Kitab al-isarat wa-l-tanbihat
(Libro de los teoremas y de los avisos). última gran obra de A.,
traducida modernamente al francés por A. M. Goichon con el título de
Livre des directives et remarques (París 1951); Kitab al-insaf
(Libro del juicio imparcial), traducido parcialmente por G.
Vajda en Les notes d'Avicenne sur la Théologie d'Aristote
«Rev. Thomiste», LI, 1951, 349-406); finalmente citaremos la obra
perdida al-Hikmat al-masriqiyya (La ciencia oriental). en la
cual parece ser que exponía su propio pensamiento. al margen de los
comentarios que anteriormente había hecho sobre Aristóteles. De esta
obra solamente tenemos una parte titulada Mantiq al-masriqiyyin
(Lógica de los orientales) y tal vez una parte dedicada a la
mística y que se encuentra integrada en la obra Libro de los
teoremas y avisos. La filosofía oriental plantea
numerosos problemas. entre ellos el de conocer su pensamiento
definitivo y el de saber si A. tuvo una evolución orientalizante (y
en qué sentido) de su filosofía.
Pensamiento
Divide las ciencias en teóricas
(Filosofía primera o Ciencia divina, Matemáticas y Física) y prácticas
(Ética, Económica y Política). A la cabeza de todas está la Filosofía
primera en la que se unen Metafísica y Teología, teniendo como tema base
el ser. Al concepto de ser podemos llegar por una especie de abstracción
de las cosas sensibles, de corte aristotélico; por análisis del concepto
de ser y de unidad, al estilo de Plotino y, finalmente. por intuición.
Esta intuición se representa en su caso extremo por la imagen del
hombre volante, preludio del cogito cartesiano: un hombre
sostenido en el aire, sin ningún contacto con el mundo exterior (ni
siquiera de nuestro propio cuerpo) afirmará sin duda alguna que existe:
habrá intuido su propio ser.
Ahora bien,
reflexionando sobre nuestro ser y el de las cosas que nos rodean vemos
que ninguno de ellos tiene en sí la razón de su existencia: toda esencia
es por sí sola, meramente posible: necesita que alguien le dé la
existencia; y ese alguien, para no caer en una serie infinita de causas,
tendrá que ser por esencia existente: su esencia se identificará con su
existencia necesariamente. Con esto llegamos a la división fundamental
del ser en A.: Ser Necesario por sí y ser posible por sí.
Ahora bien, este último, al darle aquélla existencia, se convierte en
ser necesario por otro. Con esta distinción quedan perfectamente
separados Dios y las creaturas: la materia prima aristotélica o las
ideas platónicas, resultaban ser increadas, eternas y, por tanto fuera
del ámbito creador de Dios. Con esta precisión aviceniana: todo lo que
no es Dios, es ser posible por sí que recibe la existencia de Él,
convirtiéndose entonces en necesario por otro, pero nunca en
necesario por Sí (Dios).
De esta
distinción entre esencia y existencia dedujeron Maimónides, Averroes y
S. Tomás la famosa distinción real entre ambas, mientras que Duns
Scoto sacó la identidad real entre esencia y existencia. Nos atenemos a
la interpretación de M. Cruz Hernández, E. Gilson y el P. Manuel Alonso,
S.I., para quienes A. no da pie claramente a extraer de sus textos la
distinción real. A. se limita a afirmar que la existencia es algo
extrínseco a la esencia posible por sí, pero una vez convertida
en algo real, en necesario por otro, la esencia puede estar
identificada con la existencia. lo cual no quiere decir, ni mucho menos
(sino lo contrario) que sea exigida por la esencia. Si A. habla de que
la existencia es un «accidente» de la esencia, ello sólo quiere decir
que se trata de un accidente predicable, un concomitante (no un
constitutivo) de la esencia. pero no de un accidente predicamental
distinto del sujeto en que se apoya (y en esta confusión tal vez estuvo
la interpretación tomista). En cualquier caso, fue A. quien más notoria
y definitivamente influyó en el debatido y radical problema de la
distinción entre ambos extremos, en la Edad Media y Escolástica.
Hemos
llegado, pues, al concepto de Dios, que por ser Necesario por Sí,
es uno, simple y único. S. Tomás vio en A. esbozada su tercera vía para
probar la existencia de Dios por medio de la contingencia; pero aunque
A. hable de este método, lo relega al ámbito del vulgo, de los que no
tienen mayor instrucción, además de latir dentro de él, la prueba
metafísica, la más cara a A., que se basa en la misma noción de Ser
Necesario por Sí en la que la no-existencia resulta absurda y
contradictoria.
La esencia
de tal Dios, simple, es impenetrable, una y autodeterminante; cualquier
atributo (aun positivo) que le apliquemos tendrá sentido negativo: si es
Uno queremos decir que carece de partes; si decimos que es Perfecto,
aludimos a su carencia de cualquier cosa que le pueda faltar, etc. Este
Dios es además Creador: su acto de crear es idéntico a su acto de
conocer su propia esencia, lo cual implica que la creación es eterna.
Pero hay que
precisar algún concepto: la creación no es un efecto físico de la
esencia y del conocimiento de Dios, ni algo involuntario; es un
concomitante necesario a la esencia de Dios (no algo esencial a Él)
consistente en conocer su esencia, o sea su Voluntad Pura. Por otra
parte, aunque para hablar de creación emplee términos como «flujo» o
«emanación», no quiere ello decir que haya en A. rastro de panteísmo,
porque al ser la creación un concomitante (y no un constitutivo) de la
esencia de Dios cae dentro del ámbito de lo posible por sí y
necesario por otro y, por tanto, dentro de lo creado. Partiendo del
principio plotiniano de que de lo uno sólo sale lo uno, Dios, al conocer
su propia esencia, produce la primera inteligencia, una numéricamente
pero compuesta en su esencia (compuesta de esencia posible por sí
y es necesaria por otro). Esta inteligencia, inmaterial, con su
conocimiento produce tres seres: al conocer a Dios, engendra la segunda
inteligencia; al conocer su propia esencia posible, el cuerpo de la
primera esfera; al conocer su propia esencia necesaria por otro, el alma
de la primera esfera. Este proceso, tomado de al-Farabi, se prolonga a
través de 10 esferas (las de los astros), la última de las cuales es el
entendimiento agente que no engendra ningún cuerpo, sino que rige
nuestro mundo sublunar con dos funciones principales: a) dar
formas a la materia para hacer los cuerpos; b) dar las formas
inteligibles a nuestro entendimiento para que podamos conocer.
Hay dos
tipos de almas: la sensitiva y vegetativa y la angélica y divina; el
alma humana participa de ambas, estando unida instrumentalmente al
cuerpo (no sustancialmente) al modo platónico y dando a éste la vida,
haciéndole pasar de la potencia al acto y perfeccionándole por medio del
principio racional. El alma, así unida al cuerpo, mantiene sin embargo
su independencia, puesto que después de la muerte pervive
individualmente y con sus propias operaciones y, además, durante el
periodo de unión con la materia puede realizar con ayuda del
entendimiento agente, determinadas operaciones (conocer el ser, la
necesidad, Dios, a sí misma, etc.) sin intervención del cuerpo. Ahora
bien, el entendimiento humano, estando siempre en potencia, necesita del
entendimiento agente para que pueda pasar a acto. Así, distingue:
1. Entendimiento material: Desnudo
de formas y en potencia de recibirlas: el entendimiento agente puede
dárnoslas directamente o a través de las sensaciones, previo un
proceso de abstracción; en este segundo caso, la abstracción
consiste en un proceso de des materialización realizado por los
sentidos sobre cuyo producto vuelca el entendimiento agente los
inteligibles.
2. El entendimiento así preparado y
cercano al acto, es el entendimiento en hábito.
3. Una vez que pasa a acto de
conocer, tenemos el entendimiento en acto.
4. Cuando se crea, por repetición
de actos, un hábito o facilidad en comunicarse con los inteligibles
y con el entendimiento agente, tenemos el entendimiento adquirido,
grado sumo del conocer que desemboca en la profecía.
El hombre, como todos los seres, tiende
a la perfección moviéndose hacia los seres o inteligencias que están
sobre él y, en definitiva, hasta Dios; por ello, tenderá a los
inteligibles ya las inteligencias superiores. Enemigo de esta perfección
es la materia, origen del mal, a la cual hay que superar con la libre
voluntad guiada por el conocimiento racional. Según el alma haya vivido
rectamente o no en esta vida, tendrá el premio en la otra, de ver al Ser
Necesario o de no verlo.
Influjo,
Hacia 1150 empiezan a difundirse las traducciones al latín de A.; con
ello, se empieza a conocer a Aristóteles (del que casi solamente se
tenía una parte de la Lógica).Por otra parte, sedujo a los
pensadores musulmanes y cristianos al ver que se hablaba de ángeles,
iluminación, creación, etc., en términos y conceptos filosóficos
peripatéticos. Éste será el conocimiento que se tenga de Aristóteles,
hasta que en 1250 surja Aristóteles mismo y su nuevo comentador Averroes.
De momento, A. domina el pensamiento del s. XII y parte del XIII con
pro- fundas repercusiones en la filosofía posterior. Las condenas de
1210 y 1215 demuestran la amplia difusión de su pensamiento.
Pasan a la
Escolástica tesis de A. como: las pruebas de la existencia de Dios, la
noción de participación, el hilemorfismo universal y la pluralidad de
formas sustanciales, la distinción de esencia y existencia, el principio
de individuación, la formación de los conceptos y la iluminación del
entendimiento agente, etc. Sus huellas son profundas en los maestros de
París (p. ej., Guillermo de Auvernia), en los de Oxford (Roberto
Grosseteste), en la Escuela Franciscana (Alejandro de Hales, S.
Buenaventura, Duns Scoto, etc.), en la dominicana (S. Alberto, S. Tomás,
etc.). Particularmente influyó en el agustinismo de modo que Gilson
habla de «Agustinismo avicenizante».
BIBL.: B. CARRA DE V AUX, Avicenne, París 1900;
A. M. GOI- CHON, lntroduction a Avicenne, París 1934; ÍD,
Lexique de la langue philosophique d'lbn Sina, París 1939; ÍD, La
philosophie d' Avicenne et son influence en Europe médiévale, París
1944 ; M. CRUZ HERNÁNDEZ, La Metafísica de Avicena, Granada 1949
; ÍD, Algunos aspectos de la existencia de Dios en la filosofía de
Avicena, "AI-Andalus" 12 (1947) 97-112; ÍD, La noción de ser en
Avicena, "Pensamiento" 15 (1959) 83-98; A. M. GOICHON, La
distinction de l'essence et de l'existence d'apres lbn Sina, París
1937; L. GARDET, La pensée religieuse d'Avicenne, París 1951; M.
ALONSO, S. J., La 'al-anniyya' y el 'al-wullud' de Avicena en el
problema de esencia y existencia, "Pensamiento" 14 (1958) 311- 346;
16 (1959) 375-400; M. WULF, L'augustinisme avicennisant, Revue
néoscolastique de philosophien 33 (1931) 11-39.
Cortesía de Editorial Rialp. Gran
Enciclopedia Rialp, 1991
Avicena, médico medieval - Joaquín Ocampo
RESUMEN
En este trabajo se hace
una reseña de la vida y obra del médico árabe medioeval Avicena, uno de
los más importantes de su cultura y época. Previa justificación del
artículo, se hace referencia al contexto, el hombre y su obra, seguida
de un comentario.
Palabras clave:
Avicena; Historia de la Medicina Medieval; Ciencia, Historia; Medicina
Arábica.
AVICENA : Arabian
Physician of Middle Ages.
SUMMARY
Avicena, a physician
and philosopher of the Middle Ages, is considered one of the most
important thinkers of Arabian medicine. After a paper justification, the
author appoints the context, life and work of Avicena. Later he appoints
a commentary on particular.
Key words: Avicena,
History of Medicine, Medieval; Science, History; Medicine, Arabic.
Introducción
En ocasiones la
investigación biomédica o médico-clínica limita que el investigador vaya
más allá de la información que fundamente su estudio, pruebe sus
hipótesis o estructure sus conclusiones. No permite hacer un alto y
reflexionar acerca de la forma cómo el hombre se ha explicado su
entorno.
A pesar de uno mismo,
la investigación absorbe de tal manera la atención que con frecuencia se
pasa por alto que los conocimientos que hoy se desea ampliar y
profundizar no surgieron de la nada, sino que constituyen el resultado
de la evolución del pensamiento, desde que se manifestó como una
característica específicamente humana
(1).
La medicina, por
ejemplo, no siempre tuvo un carácter científico, y no por ello careció
de nociones y estrategias para tratar a los enfermos, logrando
beneficios incuestionables que permitieron la supervivencia de la
humanidad durante miles de años antes de la aparición de la práctica
médica científica (1).
¿Cómo fue esto posible?
La historia de la ciencia, de la filosofía y de la medicina, da la
respuesta de diversas formas.
Una de ellas es el
conocimiento de la vida y aportaciones de aquellos que sin tener la
aureola de la santidad o el heroísmo, trataron a los enfermos a través
de la cosmovisión propia de su época, herencia ancestral asimilada y
transformada que fructificó en diversas concepciones sobre el fenómeno
salud-enfermedad y en nuevos enfoques para el diagnóstico y el
tratamiento de los pacientes (1).
Esos médicos a la par
que procuraban la salud de los enfermos, reflexionaban sobre sus éxitos
y fracasos, asentando sus ideas y experiencias en obras ya clásicas,
afortunadamente conservadas en el idioma original o en traducciones, en
muchas bibliotecas del mundo.
Como es de suponer,
este tipo de información amplía la visión y la cultura del investigador.
El estudio de la vida y obra de los médicos antiguos no tiene
obviamente el propósito de poner en práctica procedimientos y métodos ya
superados en su mayoría, o rendir culto a su personalidad
(1).
La meta es enriquecer, a través de nuestra reflexión, la dimensión
humanística que subyace en toda investigación de la realidad, porque en
el grado en que se conoce y se analiza cada aportación del pasado, se
valora y ubica cada logro del presente como parte de una secuencia
interminable de ideas y explicaciones que ha sido el sustento de la
práctica médica científica y no científica
(1).
Entre un sinnúmero de
médicos del medioevo, forma parte de la memoria histórica el célebre
médico árabe Abu Ali al-Hussein ibn Abdallah ibn Sina, más conocido como
Avicena cuya obra médica fue difundida durante más de ochocientos años
en muchas escuelas del mundo.
La educación médica
española, por ejemplo, se inició en la Universidad de Salamanca el año
de 1252. En ella se estableció la enseñanza de la obra médica de
Avicena, porque se consideraba que era más consistente que la de Galeno
(2).
Esta universidad sirvió de modelo para la formación de los médicos en
las colonias españolas.
En 1551, Carlos V fundó
la Universidad de San Marcos de Lima, Perú, y la Real y Pontificia
Universidad de México (2).
La primera continua como la actual Universidad Nacional Mayor de San
Marcos de la República del Perú, y la segunda es el más antiguo
antecedente de la Universidad Nacional Autónoma de México.
El contexto
El pensamiento del
pueblo árabe se enriqueció e integró al saber universal a partir de la
expansión del Islam en el siglo VII de nuestra era. Un mercader llamado
Mahoma (570-630 d. C.) fundó la religión islámica (Islam
significa "sumisión a Alá"). Según sus prédicas, había sido
escogido por Alá (Dios), para difundir su palabra al pueblo árabe y al
mundo. Estas ideas religiosas quedaron contenidas en el texto sagrado
-aún vigente- de los musulmanes o islámicos (los sometidos), llamado
Corán (3,4).
A la muerte de Mahoma,
los adeptos a la nueva religión organizaron la llamada "guerra santa" (Jihad),
que tuvo como principal objetivo divulgar el Islam a todo el mundo
conocido en esa época. De esta manera, dominaron todo el territorio que
hoy corresponde a los países de Arabia, Siria, Irán, Irak, el norte del
Magreb (Túnez, Marruecos y Argelia), así como el sur de España y toda el
Asia central hasta el río Indo
(3,4).
Su sólido gobierno y su
fuerte convicción religiosa lograron esta expansión, que se caracterizó
por una actitud moderada hacia los pueblos conquistados y su tolerancia
con las múltiples corrientes dentro de sus comunidades, abriendo el
camino hacia la integración de pueblos y culturas. Así, el Islam empezó
a modificar la antigua estructura social de Asia occidental y Egipto, y
en las antiguas culturas de tradición griega y persa fueron
incorporándose elementos árabes
(4).
A su vez, los árabes
quedaron asombrados con la forma de pensar y ver el mundo de los pueblos
sometidos. La asimilación de estas nuevas concepciones posibilitó la
introducción del sistema y el método en el pensamiento árabe, gracias a
su marcado interés por traducir los textos grecolatinos antiguos sobre
diversas áreas como astronomía, matemáticas, teología, derecho,
filosofía y medicina (3).
Con relación al
médico-filósofo Avicena, a este contexto histórico-social debe agregarse
el que existía particularmente en Persia (Irán), de donde era
originario, y que se vio ampliamente influido por la tradición griega y
árabe antes que él naciera. En el siglo V de nuestra era ocurrió que una
secta de cristianos heréticos conocida como nestorianos, fue desterrada
de diversas ciudades por el cuestionamiento que hacía al cristianismo,
siendo aceptada finalmente en la ciudad persa de Gundishapur
(5,6).
Esta secta tenía
amplios conocimientos de los textos neoplatónicos, aristotélicos y de la
medicina hipocrático-galénica. En esta ciudad establecieron un centro
para la enseñanza de la medicina que inició una tradición en la antigua
Persia y que fue enriquecida con la fundación, en el siglo VII, de una
academia hipocrática en esa ciudad
(5).
Cabe recordar, por otra
parte, que la Persia del siglo X, en que nace Avicena, se caracterizó
por un fenómeno nacional al que se ha denominado Renacimiento persa y
que consistió básicamente en la acción de algunas dinastías locales que
revivieron el sentimiento y la cultura, contribuyendo a una
independencia cultural de Persia con respecto al resto del mundo árabe,
sin apartarse totalmente del contexto islámico.
Algunos gobernantes de
estas dinastías determinaron muchos acontecimientos en la vida social y
política de Avicena, sobre todo Alá el Dawleh quien fue protector de
intelectuales así como de teólogos y juristas. Por otra parte, la
efervescencia intelectual árabe que durante mucho tiempo tuvo como
centro a Bagdad, se desplazó durante el siglo X hacia Persia y otras
zonas orientales, debido a que en aquella ciudad había disminuido el
interés por lo extranjero y, por lo tanto, por el pensamiento
grecolatino (7).
En este clima
intelectual y social se desarrolla Avicena, uno de los médicos más
importantes del mundo árabe medioeval.
El hombre
Se sabe de la vida de
este personaje, gracias a la autobiografía que se enriqueció con los
testimonios escritos de su amigo y discípulo Al-Juzjani.
Conforme a esta
información, Avicena nació en agosto del año 980 d. C. en la villa persa
de Kharmaitan o bien en Afsina, ambas cercanas a la importante ciudad de
Bukhara.
Era hijo del gobernador
de su pueblo natal y desde pequeño dio muestras de su gran talento. A
los diez años ya conocía el Corán, que además de su contenido religioso,
menciona algunas reglas para una vida higiénica e indicaciones
dietéticas. A Mahoma, fundador del Islam, se le atribuyen frases como:
"si un enfermo pide una cosa hay que dársela"; "sólo hay dos ciencias,
la teología para la salvación del alma y la medicina para la salvación
del cuerpo".
El primer contacto de
Avicena con el saber occidental fue la lectura de las obras de Porfirio,
uno de los más importantes filósofos neoplatónicos (el neoplatonismo
plantea la existencia de la inmortalidad del alma y la creencia de que
uno es el mundo de las ideas y otro el mundo de los objetos). También
influyeron de manera importante Euclides, el célebre geómetra, y Claudio
Ptolomeo, astrónomo y geógrafo que afirmaba que la Tierra era el centro
del universo. A los diecinueve años leyó muchas obras de medicina, área
que siempre se le facilitó.
Estudió también el
pensamiento aristotélico, base de todo el pensamiento occidental de
nuestro tiempo, influyendo notablemente en su obra. Sirvió como
consejero y médico de varios gobernantes persas, lo cual le dio acceso a
numerosos textos de medicina y filosofía griega y latina traducidas al
árabe, existentes en sus bibliotecas
(7).
Era hombre de buena
presencia y en cuanto a sus hábitos, era muy activo, se dice que además
de su inquietud intelectual, era afecto al buen vino y a las relaciones
sexuales frecuentes y, aunque en sus textos recomienda la moderación
para llevar una vida sana y duradera, se menciona que en una ocasión se
le hizo un comentario acerca de sus pasiones excesivas, a lo que
respondió diciendo que prefería vivir intensamente pocos años, que
llevar una vida aburrida por mucho tiempo
(7).
Dado que hablaba el
persa, su conocimiento del árabe no era profundo. Al respecto, en una
ocasión manifestó su punto de vista sobre un problema lingüístico
difícil. Uno de los eruditos allí presente, lo criticó diciendo que a
pesar de ser un sabio y un filósofo, no conocía el árabe como para
acaparar la atención de la concurrencia. Este comentario lastimó el amor
propio de Avicena pero lo estimuló a profundizar sobre literatura y
gramática árabe (7).
A los tres años de
aquel suceso, escribió un volumen con poemas y ensayos tratando de
imitar el estilo de algunos poetas y literatos árabes famosos. Mostró el
volumen a quien le había hecho aquella crítica, instándolo a que
manifestara quién era el autor, a lo que el sabio respondió que
seguramente correspondía a una de las glorias de la literatura árabe.
Esta respuesta causó una gran satisfacción a Avicena y mucha gracia a
los allí presentes.
Avicena nunca salió de
Persia aunque constantemente cambiaba de residencia, lo cual ha sido
motivo de intriga para sus biógrafos puesto que en su autobiografía no
da las razones de ello, quizá de una manera intencional. En Gurgan,
abrió una escuela pública donde comenzó la redacción de su texto más
famoso, el Canon de Medicina. Ahí también escribió una obra de Lógica.
En el ultimo viaje que
hizo en su vida, acompañando a su mecenas el gobernante Alá el Dawleh ya
mencionado, sufrió un cólico severo. Por la necesidad de una rápida
curación, se administró varias dosis de los medicamentos que existía
para el caso. Siguió atendiéndose él mismo, pero cada vez que alcanzaba
alguna mejoría volvía a recaer debido a que continuaba con sus excesos
habituales.
Llegó a tal estado de
gravedad que, según se dice, afirmó: "el administrador que me
administraba, es incapaz de administrarme, así que no tiene sentido
curar mi enfermedad". Esta expresión, señala su acuerdo con el viejo
precepto hipocrático de no intervenir más al enfermo cuando ya no exista
la posibilidad de su recuperación. Así, afirma en una de sus obras que
el cuerpo del hombre debe llegar al fin natural de la vida, es decir, la
muerte natural.
Finalmente, el llamado
"príncipe de los médicos" murió en la ciudad de Hamadhan, donde fue
sepultado, a mediados del año 1037 d. C. a los cincuenta y siete años de
edad y en plena madurez de sus facultades intelectuales
(7).
La obra
Avicena tuvo cierto
gusto por la poesía y la música, de las que dejó algunos escritos. Sus
vastos conocimientos en diversas disciplinas lo llevaron a escribir
innumerables obras. Al-Mahdavi cita que escribió ciento cuarenta y dos
títulos, entre ellos una enciclopedia que incluye astronomía,
matemáticas, filosofía, etc., pero la obra que le dio renombre universal
fue el Canon de Medicina, que como ya se mencionó, sirvió de texto en
muchas escuelas de oriente y occidente durante varios siglos
(8,9).
El Canon es una obra
que contiene todo el saber médico de su tiempo, incluyendo las tesis
hipocrático-galénicas, junto con las observaciones y experiencias del
propio Avicena y de otros médicos árabes. El Canon utiliza un sistema de
clasificación que revela el interés del autor por presentar una obra
fácil de asimilar.
Está constituido por
cinco libros. En el primero, se hace una descripción general del cuerpo
humano, sus temperamentos y facultades, causas y complicaciones de las
enfermedades más comunes, higiene general, y el tema de la "necesidad de
la muerte".
El segundo Libro, es
una revisión de la Materia médica de Dioscórides, un médico griego cuya
obra fue, durante quince siglos, la autoridad máxima en botánica
aplicada a la medicina.
El tercer Libro
contiene diferentes enfermedades regionales y el cuarto, enfermedades
que afectan a todo el organismo.
El quinto es una
farmacopea muy completa que se refiere a la administración y composición
de medicamentos, incluyendo muchos tratamientos originales de la
medicina islámica que, según algunos autores, perduró en Europa hasta
principios del siglo XIX.
Para Avicena la
medicina es una teoría y una práctica donde ambas están en perfecto
equilibrio. En el Canon, se desarrolla una cirugía paralela a una
medicina sistemática. Establece que los desequilibrios humorales en los
ventrículos causan enfermedad mental, que varía según su localización e
intensidad. Hay trastornos parciales de la imaginación y la memoria, así
como trastornos generales como la imbecilidad y la manía, las cuales
tienen una génesis somática. Afirma que los problemas médicos son
problemas de la ciencia natural ya que el objeto material de la medicina
es el cuerpo humano y como sujeto formal la salud.
Dice que los procesos
fisiológicos influyen en los procesos patológicos, por lo que no se
puede establecer un límite claro entre lo normal y lo patológico, entre
la salud y la enfermedad. Para demostrar su tesis, desarrolla el ejemplo
de las repercusiones en el organismo de la actividad sexual nula o
excesiva.
El médico, señala
Avicena, "no es el que da la salud al enfermo, sino que solamente
dispone, dejando actuar por sí solas a las materias y los órganos".
Aconsejaba beber aguas minerales y que se hicieran observaciones en
animales para un mejor entendimiento de los fenómenos. Parece haberse
dado cuenta de las propiedades antisépticas del alcohol, porque
recomienda que las heridas primero se laven con vino
(5,6,7).
En el área de la
química, quizá su mayor aportación fue desacreditar a la alquimia,
práctica con cierto arraigo en el mundo islámico. Al respecto, señala
que "Su posibilidad no es para mí evidente. La encuentro remota porque
no hay una manera de separar una combinación de otra... cuando la
diferencia es desconocida. Y si una cosa es desconocida, ¿cómo puede ser
posible tratar de producirla o destruirla?"
Para el manejo
quirúrgico del cáncer, Avicena recomienda combatirlo en sus primeras
etapas y extirpar todos los tejidos enfermos, como única esperanza de
cura. También escribió el "Poema didáctico" que contiene mil trescientos
trece versos que facilitaban el aprendizaje de la medicina. Así, el
alumno podía aprender por un lado la teoría médica y, por otro, la
práctica con el escalpelo, el medicamento o el consejo dietético.
No menos interesantes
resultan las tesis de Avicena para la explicación causal de los fósiles
animales y vegetales. Decía que la materia es inmutable y eterna, por lo
mismo las especies ni nacen ni mueren, son inmutables. Los fósiles son
el resultado de una "fuerza plástica" que por medio de los efectos de la
"conglutinación y congelación" originan formas caprichosas semejantes a
plantas y animales. Llamaba conglutinación al proceso de transformación
de la arcilla fina de las riberas en piedra blanda y congelación a la
"solidificación del agua" en la formación de estalactitas y estalagmitas
en las cavernas (7).
En el terreno de la
filosofía, sobresale en su pensamiento la influencia del neoplatonismo y
del aristotelismo. Creía que la verdad de las cosas no era asequible al
hombre sólo con la razón, niega la resurrección corporal de los muertos
como establece el Corán. En sus concepciones metafísicas (más allá del
mundo físico), plantea que la existencia es sólo un accidente que se
agrega a la esencia, es decir, que lo que percibimos de un objeto es
algo secundario a lo que en realidad es
(8,9).
Habla del "ser
necesario" y del "ser posible". Al primero lo identifica con la
divinidad al considerar que puede existir por sí mismo y es necesario en
tanto que sólo él puede ser la causa de la existencia de los otros
seres, los seres posibles, quienes, por lo tanto, no poseen en sí mismos
la razón de su existir sino que la reciben del "ser necesario".
Un problema central de
la metaética de Avicena, lo constituye la existencia del mal en el
mundo, creado por el "ser necesario". Sin ser un moralista escribió una
obra de ética "La buena obra y el mal"
(7).
Su orientación no
difiere de la de Aristóteles; sin embargo, tuvo interés de abordar el
tema del mal. El mal tiene diversas formas -sostiene- es el resultado de
un acto que provoca dolor o defecto que proviene de la ignorancia o de
la deformación del cuerpo. También se deriva de aquello con que nos ha
dotado la naturaleza para lograr la perfección. Sin embargo dice que la
interacción entre el bien y el mal no es del todo inútil porque nos
puede ser provechosa. El bien y el mal son relativos porque cambian
según el punto de vista con que se les juzga.
Son interesantes sus
conceptos sobre la muerte. Sustenta que es la separación del alma de sus
relaciones con el cuerpo -difiriendo de Aristóteles y acercándose más al
neoplatonismo-, cree que el cuerpo es mortal pero el alma no.
Observa que es la
ignorancia lo que hace sentir temor por la muerte. No hay que condolerse
por ella, porque si los hombres fueran inmortales, no podrían caber en
el mundo. Por ello, según él, hay que considerar que la muerte es un
acto de sabiduría divina (8,9).
Para Avicena la Lógica
es un recurso para la inteligencia, que evita el error en lo que se
afirma y se cree, conduciendo a la certeza cuando se dan razones y
métodos para alcanzarla.
Comentario final
Las obras de Avicena
fueron traducidas del árabe por Domingo Gundisalvo en la ciudad de
Toledo, España, alrededor del año 1180 d. C., con excepción del Canon de
medicina que fue traducido por Gerardo de Cremona en ese mismo siglo.
Hay que señalar que
algunos estudiosos de Avicena, principalmente anglo-sajones, han
criticado su obra diciendo que el discurso del médico filósofo está
lleno de clasificaciones innecesarias. Dicen además que su status
de autoridad académica limitó el progreso de la educación y de la
práctica médica dentro del Islam durante mucho tiempo, de ahí que los
médicos tuvieran menos libertad para pensar e interpretar sus propias
observaciones, mutilando así su originalidad y creatividad
(10).
Más que calificar una
característica o consecuencia de la obra de un autor aisladamente, hay
que analizar en principio, el contexto en el que se dio, es decir, las
circunstancias espacio-temporales e históricas en que esa obra se
produjo.
Desde mi punto de
vista, coincidiría con Vasoli, en el sentido de aceptar que la obra de
Avicena constituye "la primera gran síntesis especulativa florecida en
el ámbito de la cultura clásica"
(9) y cuya influencia
contribuyó a la conservación y difusión de una buena parte del
pensamiento grecolatino, fundamentalmente en filosofía y medicina.
Por otra parte, la obra
de Avicena es un ejemplo de lo que fueron los médicos durante muchos
siglos después de surgida la medicina hipocrática hace dos mil
quinientos años, una amalgama entre el que cura las enfermedades
tratando de explicar los problemas de salud y el que reflexiona acerca
de su entorno natural y social, como ser pensante. En suma, el
médico-filósofo que nuestra sociedad actual debe rescatar y formar en
sus universidades.
Fuente: Departamento de
Historia y Filosofía de la Medicina.
Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México.
|