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Sherwood Anderson
Sherwood Anderson (Nació en Cadmen, Ohio, el 13 de septiembre de
1876. Murió en Colón, Panamá, el 8 de marzo de 1941). Narrador y
escritor estadounidense, maestro de la técnica del relato corto,
y uno de los primeros en abordar los problemas generados por la
industrialización.
Novelista norteamericano, contemporáneo de la «generación perdida».
Por educación y temperamento era el escritor más capacitado para
describir la podredumbre con que las fábricas y la vigorosa
industria
estaban llenando la tierra. Nació el 13 de septiembre de 1876, en Camden (Ohio),
de una familia adinerada. Anderson no comprende muy bien el deseo de
éxitos en los negocios que produce frecuentemente una posición alta
como la suya. Propenso a la depresión nerviosa, abandona, después de
una crisis, familia y prósperos negocios. Su misteriosa huida, en
estado amnésico, de la compañía «Rooffix» es el shock traumático que
le decide a seguir el camino literario. Se establece en Chicago y a
los 40 años da a conocer su primera novela. M. en Colón (Panamá), el
8 de marzo de 1941.
Toda su producción toma como punto de partida la propia experiencia.
Sus tres primeras novelas son: Windy Marpherson's son (El hijo de
Windy McPherson), 1916; Marching men (Hombres en marcha), 1916, y
Poor White (Pobre blanco), 1920. En ésta dramatiza las consecuencias
de la industrialización. Es la historia de un joven torpe y
solitario, de genio inventiva, que hace experimentos con maquinaria
agrícola. Al final de la narración es un hombre rico, que sigue
solitario. A Story-Teller's Life (Vida de un narrador de cuentos),
1924, y Tar, A Mídivest Childhood (Tar, una infancia en el Medio
Oeste), 1926, son autobiográficas. Su primer éxito es Winesburg,
Ohio (1919), serie de narraciones de mérito desigual, sobre una
pequeña ciudad que A. conoció en su niñez. Sus
mejores cuentos están
recogidos en The triumph of ilie egg (El triunfo del huevo), 1921;
cabe destacar The egg (El huevo) y I want to know why (Quiero saber
por qué).
Anderson reflexiona sobre la esterilidad de la melancolía y el
abatimiento, y parece agarrarse a la alegría sensual que ofrece la
vida. Su punto débil quizá sea la incapacidad de desarrollar hasta
el final el tema principal de su inspiración. Sus personajes, en
constante incertidumbre, producen al lector confusión y vacío.
Confusión que parece provenir del mismo autor. Trató de hacer de la
novela un sustituto de la religión y hasta de la propia vida. Es
patente en su obra el influjo de Carl Sandburg (18781967), que le
animó a escribir sus primeras novelas, y de Gertrude Stein
(1874-1946), a quien conoció en París en 1921. Se inspira en aquél
para narrar con fluidez la vida del Medio Oeste americano. De Stein
obtiene la técnica y el estilo. Su respeto a ambos le salvará más de
una vez de caer en la incoherencia a que muchas veces le conducen
sus temas.
Sherwood Anderson -
Ricardo Gullón
Partiendo de cierta confesión del escritor, expuesta al final de
su vida -«yo sé que soy una figura menor»-, Irving Howe ha
intentado en el último número de «Kenyon Review» (Primavera,
1951) situar en su verdadero puesto a Sherwood Anderson. No hay
modestia en la declaración citada -cree el crítico-, sino
orgullo, puesto que reconociéndose figura menor, el autor de
Pobre blanco pensaba que su obra era intrínsecamente valiosa y
podía entrar en fraternal relación con la de los ingenios
mayores. Desgraciadantente, dice Howe, la cultura americana no
es lo bastante densa y orgánica como para aceptar y asimilar la
visión del mundo de un artista menor. Anderson, sobrevalorado al
principio, fue víctima del extraño complejo padecido por ciertos
núcleos que en Estados Unidos se afanan en la incesante búsqueda
de novedades y necesitan cada día héroes distintos. Hay algo de
verdad en la opinión de Ernest Hemingway cuando considera el
ámbito de lo literario como la escena de un combate boxístico.
En una cultura sin sentimiento de la continuidad, el público
tiene la impresión de que los valores emergentes vencen y
aniquilan a los hasta entonces en vigencia, y, por lo tanto,
presiona a los escritores para que renazcan. «El comenzar de
nuevo, olvidados culpas, errores o fracasos, es el típico sueño
de los americanos, pueblo convencido de su indestructible
inocencia o al menos de la eterna posibilidad de una redención
sin pena.» El nuevo comienzo es notorio en la vida de Anderson,
y por él se explica el defectuoso logro de alguna de sus obras.
Contestando a una encuesta, en 1939, confesó: «Invierto poco
tiempo en pensar en el pasado o en el futuro. Mi apasionado
deseo es vivir en el AHORA. No es la mía una inteligencia
crítica». Para Anderson, aclara Howe, «escribir era, por lo
menos, tanto un medio de forjarse una personalidad, como una
disciplina de la imaginación». Su obra es valiosa y será
duradera en cuanto registra la transformación del país en el
momento de pasar de la sociedad agraria a la industrial, sus
faltas no pueden desconocerse -concluye el comentarista-, y si
casi siembre era «limitado en sensibilidad moral y perspectiva
social, en algunos momentos acertó a hablar -y tal es la clave
de su significación- con la voz del amor».
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