|
 |
Mientras tanto, el reinado de Domiciano decaía, presa del
terror, y acabó con el asesinato, que contó con
la aprobación generalizada, del emperador en el año 96. A pesar de la
nostalgia de historiadores como Tácito, estaba claro que no había vuelta
atrás hacia el antiguo gobierno republicano, que había mostrado su
ineptitud durante la desintegración del estado romano en los disturbios
y guerras civiles que se padecieron durante casi un siglo antes de que
el gobierno de Octavio Augusto restaurase la paz y el bienestar. El
Senado eligió a un anciano honorable, Nerva, quien, debido a su frágil
salud, no iba a vivir mucho más.
(Antinoo, en la foto de la derecha)
Adoptó a Trajano, entonces gobernador
de la provincia romana de Germania. El padre de Adriano ya había
fallecido cuando su hijo tenía diez años de edad, con lo que Trajano se
convirtió en uno de sus tutores. El niño fue enviado a Roma para
completar su educación y fue probablemente durante los cinco años de su
estancia en Roma cuando desarrolló esa pasión, que le acompañaría
durante toda la vida, por el idioma y la cultura griegas, que le llevó a
afirmar convencido que "lo que se dice mejor se dice en griego". A pesar
de su interés por aprender, Adriano no era exactamente un amigo de los
libros. Se interesó seriamente por la música, la poesía, la pintura, la
escultura y la arquitectura, artes todas que ejerció. Estudió filología
y matemáticas, pero también era dado a todo tipo de ejercicios al aire
libre, por ejemplo natación, gimnasia y caza e, incluso como emperador,
marchó a pie y en armadura con sus tropas.
Tras un intervalo de dos años en su ciudad natal, Adriano, que tenía
entonces diecisiete años, volvió a Roma y, justo al alcanzar la mayoría
de edad, obtuvo una plaza como juez en una corte de casación, a pesar de
su notoria juventud, incluso para aquella época.
Afortunadamente, contó con un excelente tutor en la persona del
excelente jurista Neratio Prisco, quien sería con posterioridad su
principal asesor de las importantes reformas legislativas aprobadas
durante el reinado de Adriano. La tradición romana no distinguía
claramente entre el servicio en los ejércitos y la función pública y,
tras sólo dos años, este juez tan joven pasó al ejército como tribuno,
probablemente por voluntad propia. Prestó servicio en dos legiones en
los cursos medio y bajo del Danubio, la frontera oriental del Imperio en
Europa. Tras la adopción de Trajano por el emperador Nerva, la Quinta
legión envió a Adriano a felicitar a su tío. Trajano se hallaba a la
sazón en Colonia, junto al Rin y, por casualidad, Adriano, aún de viaje,
supo de la muerte de Nerva. Ganó al correo oficial y consiguió así ser
él quien dio la noticia a Trajano.
A Trajano le caía en gracia su joven sobrino, aunque nunca estuvieron
muy cerca el uno del otro, debido a sus diferencias de carácter. Trajano
era una persona recta, sencilla y tranquila, sensible y de instinto
astuto, franca y comedida. Como no tenía aficiones intelectuales dignas
de mención, personificaba muchas de las mejores cualidades de la
naturaleza romana tradicional, pero también, en buena medida, su
ranciedad. Adriano, por su parte, tenía una mente abierta, inquieta,
melancólica e impulsiva a pesar de su autocontrol, sensible y exigente.
|
 |
Pero la vida regada generosamente con
alcohol y con bromas tontas que Trajano tanto apreciaba, no era del
agrado de Adriano quien tuvo, sin embargo, la inteligencia de unirse a
la misma y tener, en conjunto, una buena relación con su tío. Luchó en
sus guerras pero entre una y otra se le confió la confección de los
discursos del emperador al senado. Se le contemplaba como sucesor,
aunque no había confirmación oficial. La esposa de Trajano, Plotina, una
mujer cultivada, pronto allanaría el camino de Adriano, conviniendo su
matrimonio con otra pariente de Trajano, una joven llamada Sabina. No
obstante, a la pareja no le fue bien y su mutua indiferencia degeneró
incluso en abierta antipatía, aunque mantuvieron en cierta medida las
apariencias, sin llegar a divorciarse. A Sabina, que declaraba con
orgullo no haber tenido jamás hijos de su "monstruoso" marido, se le
permitió no obstante acompañarle ocasionalmente en sus viajes.

El talento más destacado de Trajano era como estratega, y también lo era
su romanticismo. Puede haber habido motivos económicos y de seguridad
para la primera guerra de su reinado, la conquista del reino de los
Dacios, un estado belicoso situado en la actual Rumanía. Pero fue poco
más que un capricho que Trajano, de sesenta años de edad, montase una
expedición que resultaba una copia de la campaña organizada por
Alejandro Magno contra el reino de los Partos, los poderosos vecinos
orientales de los romanos en Mesopotamia y Persia.
(Adriano, en la foto de la derecha)
Tras un comienzo
afortunado, resultó evidente que no era posible mantener esas nuevas
provincias bajo soberanía romana. Además, en todo el Oriente empezaron a
estallar revueltas y la lealtad de algunos generales romanos del
occidente del imperio empezó a resultar cuestionable. Trajano salió
hacia Roma pero murió en una ciudad portuaria de Asia Menor. Se puso en
duda la autenticidad de su testamento a favor de Adriano pero, en su
calidad de gobernador de Siria, Adriano tenía el mando sobre la mayor
parte del ejército romano que se había destacado allí y sus enemigos
decidieron no oponérsele a la vista de la situación. Pudo así
concentrarse en firmar un tratado de paz con los Partos y pacificar las
provincias orientales, lo que le llevó cerca de un año, tras lo que
marchó a Roma.
Mientras, el antiguo tutor de Adriano, Atiano, a la sazón prefecto de la
guardia, había descubierto una conspiración de cuatro ex-ministros y
generales de Trajano, todos ellos senadores. Fueron hechos presos y
ejecutados bastante precipitadamente, un acto arbitrario que, aunque
aceptado a trancas y barrancas por el Senado, contó con la censura de
muchos senadores y causó mucho temor también en el pueblo. Así, Adriano
tuvo a su llegada a Roma un frío recibimiento y hubo de hacer todo lo
posible por tranquilizar al Senado, cesó a Atiano con honores y prometió
que respetaría la legalidad. Además, perdonó todas las deudas de los
ciudadanos al Estado. Decretó también que la fortuna de las personas
ejecutadas ya no pasaría a engrosar la del emperador sino que recaería
en la hacienda pública, puesto que la antigua costumbre había servido
como pretexto para robos de emperadores avariciosos como Tiberio y
Nerón. Adriano incluso aumentó una especie de ayuda a la infancia que
había promulgado Nerva, que era gestionada por una fundación creada por
él mismo.
Como Adriano preveía dejar la capital y realizar largos viajes, tuvo que
establecer una administración digna de confianza que pudiese seguir
funcionando en su ausencia. Hasta entonces, no se había organizado de
modo sistemático una administración civil sino que se había funcionado a
base de improvisaciones y ello gracias a esclavos libertos de la
cancillería imperial, que solían abusar de su poder y realizar prácticas
corruptas. Adriano los despidió y creó una función pública de los
ciudadanos, no sólo de Roma e Italia sino de todas las provincias del
imperio, con una jerarquía estructurada y responsables que cobraban un
sueldo desde el primer momento.
|
 |
Otra reforma notoria fue la de la
justicia, que había sido bastante errática e incierta hasta la fecha,
porque los supremos magistrados y los gobernadores de las provincias
gozaban de libertad para aprobar nuevas leyes cuando declaraban qué
principios legales iban a ser la base de su acción al principio de sus
mandatos anuales. Adrián creó su Consejo Privado y le encomendó la
codificación de las leyes y, tras una década de trabajo, el conjunto del
corpus legislativo estaba disponible en forma escrita, quedando el
derecho de introducir nuevas leyes o enmendarlas restringido al Senado y
al emperador.
En cuanto al ejército, aunque Adriano no tenía planes de hacer guerras,
sabía perfectamente que el imperio dependía de su capacidad de dar una
respuesta rápida y que un largo periodo de inactividad podría debilitar
esa capacidad. Adriano adoptó varias medidas muy severas para conjurar
este riesgo, tales como un entrenamiento duro y sistemático,
restricciones de permisos o la destrucción de los "poblados de placer"
situados cerca de las guarniciones. Pero como también subió los sueldos
hasta niveles relativamente altos, se granjeó ampliamente el favor de
los veteranos y se preocupó mucho del bienestar de sus tropas, de
quienes intentaba saber de primera mano tanto como le fuese posible.
Contaba pues con una gran popularidad en el ejército y gozaba de su
lealtad.
Adriano concebía su cargo como emperador en términos quasi-castrenses,
como primer servidor del Estado, una actitud que derivaba de la
filosofía estoica y que halló su expresión clásica en las reflexiones
del nieto adoptivo de Adriano, Marco Aurelio. El propio Adriano había
correspondido y probablemente visitado al filósofo Epícteto (aprox.
50-138), ex-esclavo que enseñaba un estoicismo sumamente austero.
|
 |
No obstante, Adriano era de un
temperamento a la vez demasiado emocional y demasiado estético para
quedar satisfecho simplemente con la moralidad estoica que además no
ofrecía nada que satisficiese sus necesidades espirituales. Otras
escuelas filosóficas, como la fundada por Platón, eran menos rígidas
pero estaban menos difundidas. La situación religiosa de la época estaba
caracterizada por un fervor decreciente hacia los dioses tradicionales
paganos grecorromanos, bien definidos, que no conseguían aportar
suficiente tranquilidad ni en la vida terrenal ni con vistas a la vida
eterna.
(Antinoo, en la foto de la derecha)
Durante un siglo, los variopintos cultos egipcios y orientales,
como los de Cibeles, Mitra, Isis y Osiris, habían causado sensación en
Roma, fascinando tanto a los incautos como a las mentes más cultivadas.
También Adriano experimentó un gran interés por estos cultos, aunque sin
renegar de la más sobria religión tradicional de los romanos, tanto por
respeto a sus predecesores como por razones de Estado. Igual de poco
dogmática que cualquier otro politeísmo, la religión romana no exigía
exclusividad y permitía una tolerancia desconocida en las posteriores
épocas cristianas. Incluso las dos religiones asiáticas cuyo
intransigente monoteísmo no permitía la integración en el mundo romano,
el judaísmo y su escisión, el cristianismo, sólo fueron perseguidas por
su carácter excluyente.
En la época de Adriano, el cristianismo era aún una religión
notoriamente minoritaria que gozó de las políticas tolerantes de
Trajano, que prosiguieron, como puede apreciarse en esta carta de
Adriano a un gobernador en el Asia Menor: "Ni se molestará a los
inocentes ni se permitirá a quienes informen con calumnias que puedan
enriquecerse. Si nuestros súbditos en las provincias tienen pruebas que
sustenten sus actuaciones contra los cristianos que resulten suficientes
para ser llevadas ante un tribunal, no me opondré a que así sea. Pero
tampoco permitiré que se actúe en base a acusaciones sin fundamento.
Porque es mucho más justo que vos, si alguien desea formular una queja
contra los cristianos, investiguéis de qué se les acusa. Y si se prueba
que estas personas hacen algo ilegal, deberéis castigarlos según sea el
delito; pero, por Hércules, deberéis igualmente administrar un severo
castigo, conforme al atroz comportamiento de quien formule acusaciones
contra los cristianos con el único fin de calumniarlos."
La situación de los judíos era otra. Durante el siglo II a. C., Roma
apoyó, probablemente de modo interesado, la exitosa revuelta judía
contra el rey griego de Siria. Pero desde la primera conquista de
Jerusalén por Pompeyo (63 a. C.), el pueblo judío había sido parte del
Imperio Romano, pero jamás lo aceptó.
|
 |
Desde la época de Alejandro Magno, los
griegos habían venido asentándose y fundando ciudades en todo el Oriente
Próximo. A pesar de que la cultura helenística era una mezcla integrada
por elementos griegos y orientales, el antagonismo entre los pueblos
griegos y orientales jamás pudo ser superado. Los judíos eran los menos
proclives a adoptar el estilo de vida helenístico a pesar de que incluso
ellos adoptaron la koiné, el idioma griego hablado en todo el
Mediterráneo Oriental, no sólo en Alejandría, donde se tradujo al griego
el Antiguo Testamento de la Biblia al griego ya en el s. III a. C.
Aunque Roma no impidió la diáspora judía a lo largo y ancho del imperio
(llegó incluso a conceder determinados derechos religiosos) los romanos
tuvieron menos tacto en lo relativo a Judea. Frecuentes disturbios
llevaron a la primera revuelta, en el año 66, que acabó con la caída de
Jerusalén en el año 70. La ciudad era aún en buena medida un montón de
ruinas cuando, sesenta años más tarde, vino Adriano, una situación que
no podía sino disgustar al gran restaurador que había en él.
Desgraciadamente, su decisión de construir una nueva ciudad sobre los
restos de la vieja, a la que llamó Aelia Capitolina, rematada por un
templo a Júpiter en lugar del antiguo templo dedicado a Jehová, resultó
ser un error fatal. Tenía la intención de integrar a los testarudos
judíos en la colectividad romana de cultura helenística que era el
sostén de su visión del mundo pero infravaloró la testarudez de los
judíos. Muchos de los judíos parcialmente asimilados que vivían en las
ciudades helenísticas como Alejandría habían renunciado a la
circuncisión ritual, una costumbre despreciada y considerada
especialmente bárbara por los griegos. Para entonces, Adriano la había
prohibido como una forma de mutilación y, según parece, ese edicto fue
el motivo que acabó de propiciar una revuelta en Judea, que estalló en
131. La guerra posterior fue aún peor que la que siguió a la primera
revuelta y acabó con la expulsión de todos los judíos sobrevivientes de
su tierra. Se habían despachado tropas romanas de varias provincias a
Judea y las pérdidas eran tan elevadas que el propio Adriano, que había
ido también, omitió en su discurso al Senado tras la conquista de
Jerusalén en 134 la fórmula tradicional: "Si ustedes y sus hijos están
bien, eso está bien; yo y el ejército estamos bien".
La verdad es que Adriano no estaba bien. Había actuado sin piedad cuando
el imperio estaba en peligro, pero la paz con la que deseaba que su
nombre fuese recordado estaba hecha trizas. Aquejado por varias
dolencias graves, volvió a una capital que realmente nunca le había
gustado, donde fue recibido con una indiferencia sólo comparable a la
suya propia. Su aparente respeto por el Senado no conseguía ocultar el
hecho de que era el emperador únicamente quien tomaba todas las
decisiones políticas importantes. Además, las familias romanas urbanas
más antiguas, que ya habían desconfiado desde el principio de un
extraño, le reprochaban su preferencia por las provincias. Además,
Adriano había perseguido todos los casos de corrupción y desvío de
fondos que había encontrado durante sus viajes. Como esta forma de
corrupción era una fuente de ingresos prácticamente habitual para los
magistrados mientras estaban destinados en provincias, se granjeó así la
antipatía de toda esa casta. Adriano había luchado, y en cierta medida
lo había conseguido, por hacer de Roma un lugar menos insalubre de lo
que resultaba para la inmensa mayoría de sus habitantes que no era
ricos. Pero todos dieron por sentado que sólo cumplió su deber, con lo
que no se granjeó el agradecimiento por la mejora de sus condiciones de
vida. Es más, por mucho que se preocupase por el bienestar del pueblo,
Adriano nunca había sido muy dado al populismo, así que tampoco era
popular.
El vasto proyecto de la "Villa" de Tibur (hoy Tívoli) aún no estaba
concluido, pero Adriano debió de parar los trabajos, porque prefirió
pasar el tiempo que le quedaba en los tranquilos alrededores del lugar,
dejándolo como estaba. Incluso así, sigue siendo hoy en día uno de los
monumentos más originales de la historia del arte y de la arquitectura,
que dejó huella en artistas, arquitectos y diseñadores paisajísticos
desde el s. XV hasta nuestros días. El edificio más privado era un
pabellón en una isla artificial rodeada por una zanja entre una arcada
circular y una muralla, accesible sólo por un puente levadizo. Era el
retiro favorito de Adriano, donde podía pasar largas horas leyendo,
escribiendo o simplemente soñando. Desgraciadamente se ha perdido la
autobiografía que escribió allí.
|
 |
El año de la muerte de Antinoo, 130,
parece marcar el principio de la decadencia de Adriano. El joven griego
le había acompañado durante su época más activa y enérgica, desde que se
conocieron en Bitinia en 124, cuando éste tenía 13 ó 14 años de edad,
hasta su misteriosa muerte en el Nilo. Aún no se ha dilucidado si se
trató de accidente, de asesinato o de suicidio. Puede ser que el
supersticioso joven hubiese deseado ofrecer su vida por la salud de
Adriano, pero no es menos cierto que ésta es solo una posibilidad. En el
lugar del fatal acontecimiento, Adriano fundó una ciudad de colonos
griegos, Antinopolis. Sus impresionantes ruinas eran aún visitadas por
los viajeros europeos a principios del x. XIX, pero han desaparecido
completamente desde entonces. No está claro si los restos de Antinoo se
enterraron allí o cerca de Roma, al pie de donde hoy en día hay un
obelisco y donde quizás hubiese entonces únicamente un cenotafio. El
culto de Antinoo no se solía aceptar en las regiones occidentales del
imperio, latinas, pero en Egipto se le identificaba con Osiris. En su
memoria, se construyeron templos y celebraron juegos también en varias
ciudades griegas.
A pesar de sus enfermedades, que se iban agravando, Adriano consiguió
gobernar eficazmente también en sus últimos años. Fundó en Roma una
especie de Universidad, el Ateneo. Pero ya no era sino una sombra de
quien había sido, y tuvo que pensar en ir designando a un sucesor.
Aparentemente su cuñado Serviano, de 90 años, pero que se agarraba
tenazmente a la vida, esperaba ser el heredero del imperio.
|
 |
Pero Serviano fue acusado de conspiración y ejecutado
junto con su
nieto. Tras ello, Adriano adoptó a Lucio Cejonio Cómodo, a quién llamó
Elio Vero, un hombre muy prometedor. Algunas malas lenguas dijeron que
debía el honor a los favores que concedió a Adriano, que no hubiese
podido justificar si no su preferencia por él. Lo cierto es que no
resulta totalmente improbable que Vero fuese hijo suyo, pero son sólo
sospechas. No obstante, Vero falleció de tuberculosis el día de año
nuevo de 138, lo que fue otro duro golpe para Adriano. Pero tuvo más
suerte con su nueva elección, Antonino, que contaba con 51 años de edad,
una persona totalmente honorable, benigna y de temperamento racional.
(Antinoo, en la foto de la derecha)
Carecía de la brillantez intelectual y la versatilidad de Adriano, pero
también de su inconsistencia y nerviosismo. Antonino Pío sería emperador
23 años, durante los que jamás abandonó la península itálica. Adriano
había echado la vista aún más lejos y hecho que Antonino adoptase a su
sobrino de 16 años Marco Anio Vero, que sería posteriormente el
emperador Marco Aurelio, también un filosofo estoico famoso por sus
"Meditaciones". La "Era Antonina" fue sinónimo de paz y prosperidad.
Pero en ese momento, parecía que la maldición lanzada por Serviano sobre
su cuñado, que Adriano llegaría a desear morir pero no lo conseguiría,
se había vuelto cierta. Condenó a un esclavo a matarlo con una espada,
pero el esclavo huyó aterrorizado; conminó a un médico a que le
envenenase, pero éste se suicidó. Finalmente Adriano intentó
acuchillarse hasta morir, pero fue reducido por sus propios guardias.
Deploró entonces tener poder sobre la vida de otros pero no sobre la
propia. Antonino, alarmado, le exhortó a que se resignase a su destino,
puesto que de dar muerte él mismo a Adriano, no sería sino un criminal
parricida. Mientras tanto, el verano había empezado y el opresivo calor
había vuelto intolerable la estancia en Tibur. Adriano fue a Baiae, un
poblado costero del Golfo de Nápoles, donde murió el 10 de julio de 138.
Apenas unos días antes había escrito allí estas líneas en latín:
Animula vagula blandula
hospes comesque corporis
quae nunc abibis in loca
pallidula rigida nudula
nec ut soles dabis iocos
Alma, vagabunda y cariñosa,
Huésped y compañera del cuerpo,
¿Dónde vivirás?
En lugares lívidos, severos y desnudos
y jamás volverás a animarme como solías
|