|
En Momostenango, un puñado de cabañas perdidas entre el verde
milenario de la selva, en la Guatemala maya, nació Humberto Ak'bal.
Su padre se empeñó en que fuera a la escuela: estaba obsesionado con
que aprendiera a escribir para que no se burlaran de él. «A quien no
sabe escribir su nombre -le decía- no le tienen por hombre, sino por
bestia de carga».
Humberto Ak'abal dejó la escuela a los doce años. Con un hatillo en el
que había dos camisas y dos pantalones se dirigió a la capital, donde
su padre le había encontrado ya un señor al que servir. Del sucio
tumulto urbano, tan diferente de las soledades de su infancia, sólo
una cosa le asombró: la vitrina llena de libros de La Cadena de Oro.
Frente a aquellos volúmenes, abarquillados por el sol, se pasaba los
ratos libres. Había una portada que le atraía especialmente: en ella
un rostro se desmoronaba o se pudría. ¿Qué contará ese libro?
Llegó a soñar con él. Llegó a fantasear una historia de locos, muertos
y brujos. Un día se atrevió a entrar y preguntar el precio: «Dos
quetzales con cincuenta centavos», le dijo el librero.
Trabajó duro, trabajó durante meses y meses, dejó de comer, llegó a
sisar a su amo, para poder reunir esa cantidad. Aquel libro fue su
primer amor: se titulaba El retrato de Dorian Gray.
Con ese único libro regresó a Momostenango, Totonicapán, cuando
comenzó la guerra civil; cuando comenzó la bulla, como decían en su
pueblo
La familia de Humberto Ak'abal se ganaba la vida haciendo
tejidos de lana de oveja que luego iban a vender a la capital. Era
Humberto quien los llevaba. Comienza el viaje al amanecer. Con una
antorcha hecha de resina de pino, su madre le alumbra. Cargado el
aparatoso bulto sobre la espalda, tenía que cruzar un tronco de árbol
sobre un abismo. Su madre le miraba cruzar desde la orilla conteniendo
la respiración. Un paso en falso le habría llevado al fondo del
barranco. Luego aún tenía que caminar un buen trecho hasta la parada
del desvencijado autobús.
Su cojera congénita salvó a Humberto Ak'abal de ser reclutado por los
militares; no le salvó de humillaciones. Si le salvó aquel primer
libro que tanto miedo le daba, el del rostro desmoronándose: le
descubrió la magia de las palabras, que pueden ser testimonio,
revelación y conjuro
De Humberto Ak'abal, poeta maya, se acaba de editar en Carmona, al
cuidado de Francisco José Cruz, Todo tiene habla, unos poemas que nos
devuelven al primer día de la creación. Algunos son pura onomatopeya,
la banda sonora del paraíso:
«Klis, klis, klis... / Ch'ok, ch'ok, ch'ok...», comienza «Canto de
pájaros»
En otro poema, la luna «busca algún agujero / en las casas de adobes,
/ entra / y se sienta en el suelo». Abrimos este libro, y a nuestro
lado se sienta la luna de Li Po y Borges, la luna del Popol Vuh y la
que dibujan los niños. Arde una hoguera. Música de agua, música de la
tierra. Todo tiene habla: susurra, canta, cuenta. Y nosotros
escuchamos -tzin tzilintziín, tzin tzilintzín- con los ojos muy
abiertos. |
|