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Henri Bergson

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Bergson el filósofo del tiempo - Sobre el irracionalismo en H Bergson - Freud Vida y Obra - Aristóteles Vida y obra - Textos sobre Filosofía

Filósofo vitalista y espiritualista francés. Nació en París, de madre inglesa y padre exiliado polaco de origen judío. Cuando era joven demostró aptitudes tanto para las disciplinas humanísticas como para las científicas (ganó varios concursos de matemáticas), pero decidió estudiar filosofía en la École Normale Supérieure, con E. Boutroux y L. Ollé-Laprune. Ejerció como profesor de enseñanza secundaria en varios Liceos: en Angers, en el Liceo Blaise Pascal de Clermont-Ferrand y en París. Los años de estancia en Clermont-Ferrand fueron definitivos para la maduración de sus tesis y para la continuación de la recepción de la influencia tanto del empirismo inglés (especialmente de Hume) y del evolucionismo de H. Spencer, como del espiritualismo francés de Maine de Biran, J. Lachelier y Ravaison (a quien más tarde Bergson sustituyó como miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas con el discurso La vida y la obra de Ravaison). También, durante los años de estancia en Clermont-Ferrand, Bergson empezó a manifestar su interés -aunque siempre muy cauto-, por los fenómenos parapsicológicos (posteriormente fue miembro del Instituto General Psicológico de París y Presidente de la British Society for Psychical Research de Londres).

En 1889, año en que abandonó Clermont-Ferrand para instalarse en París (donde fue profesor en los liceos Louis le Grand y Henri IV), obtuvo el doctorado en filosofía con sus dos tesis: Quid Aristoteles de loco senserit, (tesis en latín) y especialmente con el Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, obra que causó gran impacto, y que se publicó el mismo año 1889. Tras la publicación de su segunda gran obra, Materia y memoria, en 1896, y La risa, en 1900, obtuvo una cátedra en el Collège de France, donde sus conferencias alcanzaron gran fama. En 1907 publica su tercera gran obra: La evolución creadora. En 1914 fue aceptado como miembro de la Academia francesa y en 1928 recibió el premio Nobel de literatura. Durante la primera guerra mundial, y en los años posteriores, obtuvo varios encargos diplomáticos, y viajó por varios países dando conferencias filosóficas (Londres, Nueva York, Madrid...). Su última obra, Las dos fuentes de la moral y de la religión, apareció en 1932. Murió en París, al año siguiente a la ocupación de los nazis. Pese a haberse acercado muchísimo al catolicismo en los últimos años de su vida, quiso morir como judío, como dijo en su testamento, para participar de la suerte de los que habían de ser perseguidos.

La filosofía de Henri Bergson

La filosofía bergsoniana se inscribe en el contexto de la crítica al positivismo, a la psicología asociacionista y al neokantismo, y aparece como continuadora de un cierto espiritualismo, pero destaca especialmente su enfoque vitalista y su interés por el evolucionismo. Tuvo también muchas conexiones con el pragmatismo, especialmente con el de su amigo William James (muy influenciado por Bergson, especialmente en su concepción del stream of thought) y con la concepción utilitarista de la ciencia. No obstante, no puede hablarse propiamente de discípulos de Bergson, quizás con la excepción de Edouard Le Roy, que continuó su línea de pensamiento en el Collège de France.

El bergsonismo, que llegó a ser una moda intelectual, influyó también sobre Maritain, sobre algunas corrientes fenomenológicas (sobre Scheler especialmente), sobre el existencialismo y sobre varias corrientes estéticas (sobre Proust, pariente de Bergson, y sobre Antonio Machado, por ejemplo). La discusión entre Bergson y Einstein a raíz de la publicación de Duración y simultaneidad (1922), ejerció una fuerte influencia sobre A. N. Whitehead y sobre H. Poincaré.

Polemizando con el trasfondo filosófico dominante en su época, Bergson elabora su idea fundamental, la de la duración: no solamente el hombre se percibe a sí mismo como duración (durée réelle, idea fundamental que desarrolla en Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia y en Materia y memoria 1896), sino que también la realidad entera es duración y élan vital (idea que desarrolla en La evolución creadora). De esta manera, la noción de duración es el núcleo de la filosofía bergsoniana, y corrobora lo que el mismo Bergson afirmaba sobre todos los grandes filósofos, a saber, que cada uno de ellos sólo ha tenido una gran idea que ha ido desarrollando en su obra (ver texto 1 , texto 2 , texto 3 , texto 4 y texto 5 ).

Por una parte, la concepción general acerca de los estados de conciencia que nos proporciona la psicología al uso (Bergson se enfrenta con las concepciones de Weber, Fechner y la psicología de inspiración positivista) está falseada por una errónea concepción del tiempo, según la cual nos percibimos como una conciencia en la que se agrupan percepciones, recuerdos, vivencias, etc., como un espacio íntimo accesible a cada cual. Pero el modelo de explicación de esta psicología, así como del positivismo en general, está basado en el modelo de las ciencias físicas y matemáticas que, a su vez, se basan en una concepción del tiempo que desprovee a este de su auténtica cualidad. El tiempo de las matemáticas, que es el tiempo introducido en las ecuaciones de la mecánica, no es el tiempo real, sino una mera abstracción fruto de una previa espacialización: una mera sucesión de instantes estáticos, indiferentes a las diferencias cualitativas y recíprocamente externos. Dicha concepción espacializada del tiempo (a la que Bergson contrapone la duración real) es la que está en la base de las nociones de intensidad que los psicólogos quieren cuantificar (se puede cuantificar un estímulo, pero no una sensación, según Bergson), y surge de la mera abstracción matemática y de la simplificación efectuada por el entendimiento, que es víctima de la tendencia esclerotizadora de un lenguaje, que sólo es capaz de articularse a partir de unidades discretas que tienden a la espacialización. En las ecuaciones de la física, el parámetro t, que representa al tiempo, es reversible, pero en la vida real de la conciencia domina la irreversibilidad. La realidad, tal como nos la muestra la auténtica experiencia (los datos inmediatos de la conciencia) es, en cambio, que el conocimiento de nuestra conciencia tiene características no espaciales. Los contenidos de nuestra conciencia -sensaciones, sentimientos, pasiones, esfuerzos- se captan de un modo peculiar: aparentemente están como yuxtapuestos y diferenciados, cada uno con su singularidad y, mediante la inteligencia, los pensamos como dispuestos espacialmente; se trata de una penetración de lo exterior en el interior, de lo que es espacio-temporal en lo que es internamente vivido. Pero, en lo profundo de la conciencia, en el yo interior, los estados de conciencia se funden y organizan en una unidad que no es espacial, sino que posee las características de la duración. La aparente yuxtaposición y diferenciación de los estados de conciencia, tal como los describe la psicología asociacionista, por ejemplo, es fruto de una distorsión operada por influjo del lenguaje y de la inteligencia, que están orientados a la acción y deforman la realidad espacializándola y anquilosándola en unidades discretas y estáticas. Esta tesis de la irreductibilidad de lo superior, es decir, la conciencia, a lo inferior, es decir, la sensación corporal; o lo que es lo mismo, la irreductibilidad del espíritu a materia, es la que emparenta a Bergson con las tesis espiritualistas.

Desde la perspectiva reduccionista, se tiende a percibir los estados de conciencia como si guardasen entre sí una cierta distinción a semejanza de las cosas que requieren espacio para diferenciarse (aunque en la conciencia no hay espacio). De ahí que dichos estados de conciencia sean considerados desde la perspectiva de la multiplicidad numérica. En cambio, desde la perspectiva de los datos inmediatos de la conciencia, se pierde esta multiplicidad numérica y sólo queda una multiplicidad cualitativa que el hombre percibe en una sucesión continua que enlaza el presente con el pasado, y en la que no se descomponen las vivencias, sino que se armonizan entre sí, como sucede, dice Bergson, con las notas de una melodía: es la duración, que es a la vez el tiempo real de la conciencia, tal como lo experimentamos profundamente por medio de la intuición, y diferente del tiempo espacializado de las ciencias físicas. Esta insistencia bergsoniana en distinguir entre dos tipos de multiplicidad (una multiplicidad cuantitativa y espacializante y una multiplicidad cualitativa), le conduce a efectuar un análisis de la noción de número (ver texto ) y es la que está en la base de la concepción de la diferencia en el pensamiento de Gilles Deleuze. La superación del estrecho punto de vista del mecanicismo y del positivismo implica también pensar dos clases distintas de orden para superar los falsos problemas engendrados por la espacialización de la conciencia (ver texto ). Aquella misma tendencia espacializadora del entendimiento inscrita en el lenguaje, y que está en la base de los modelos de explicación de las ciencias, engendra los dualismos materia-espíritu, determinismo-libertad, ser-nada, etc., que desde aquel punto de vista aparecen como irresolubles. Es especialmente conocido el análisis que efectúa Bergson del falso problema (y su disolución) que enfrenta las nociones de ser y nada (ver texto 1 y texto 2 ).

Si en La evolución creadora Bergson disuelve el pseudoproblema de la contraposición entre ser y nada, en Los datos inmediatos de la conciencia utiliza la idea de duración para resolver otro de estos problemas: el de la libertad. En esta obra muestra que la negación de la libertad, es decir, el determinismo, es fruto de aquella concepción asociacionista de la conciencia que ha combatido. Desde el punto de vista asociacionista se tiende a pensar que son los odios, simpatías, etc., los que nos impulsan a actuar, como si estos estados de conciencia existiesen en nuestro interior e interactuasen entre sí de forma mecanicista. Pero, según Bergson, el origen de nuestras acciones es el yo profundo, interior, el sujeto de la duración, donde no hay diferenciación de motivos, sentimientos, decisiones, sino que cada uno de ellos, dice, retomando una frase de Platón, representa al alma entera, y decir que el alma se determina por cualquiera de estos sentimientos es, pues, lo mismo que reconocer que se determina por sí misma.

Heráclito

En Materia y memoria aborda la relación mente-cuerpo. Bergson sustenta que la memoria recoge y conserva todos los aspectos de la existencia, y que es el cuerpo, y especialmente el cerebro, el medio que permite recobrar los datos mnémicos haciendo aflorar recuerdos de forma concomitante a percepciones, o de forma más libre en los sueños. En cualquier caso, la concepción de la memoria en Bergson es radicalmente nueva: según él no vamos del presente al pasado; de la percepción al recuerdo, sino del pasado al presente, del recuerdo a la percepción (ver texto ). El cerebro no es, pues, el órgano del pensamiento y de la memoria o su depositario, sino solamente un instrumento que permite traducir los recuerdos en movimientos, y enlazar lo psíquico con lo corporal. Mientras la dimensión psíquica es propiamente la totalidad de lo vivido, pura espontaneidad y creatividad, el cuerpo se centra en lo presente y está orientado hacia la acción.

La «evolución creadora»

En la Evolución creadora Bergson extiende la noción de duración que ha elaborado en sus dos grandes obras anteriores. Ahora la duración no constituye solamente el ser de la conciencia; la realidad exterior también es duración, siempre cambiante. Esta extensión y generalización de la duración, surgida del análisis de la propia conciencia, la efectúa Bergson sobre las bases del evolucionismo de Spencer, elaborando un evolucionismo cosmológico.

Al igual que la conciencia, que es una creación continua de sí misma (tesis en la que Bergson recibe el influjo del empirismo británico), también la existencia en general consiste en un proceso de autocreación indefinida. Y de la misma manera que la psicología positivista y mecanicista fragmenta la conciencia real en unidades discretas y yuxtapuestas en el espacio, la ciencia también espacializa la realidad y la fragmenta en cosas yuxtapuestas espacialmente distintas para estudiar susrasgos comunes, dentro de una visión mecanicista. El conocimiento de la realidad se obtiene, por consiguiente, con la ciencia y con la filosofía: la ciencia alcanza sólo el aspecto material del mundo, según el cual las cosas se disponen en el espacio, recurriendo a los métodos analíticos y espacializadores de la inteligencia; mientras que la filosofía capta el espíritu, la realidad en cuanto es conciencia, duración, recurriendo a la intuición que define como «la simpatía por la cual nos trasladamos a lo interior de un objeto para coincidir con lo que tiene de único y por consiguiente de inexpresable». (Ver texto 1 , texto 2 y texto 3 ).

El aspecto ontológico de la duración (también la realidad es duración, tiempo verdadero -no espacializado- que se manifiesta como «evolución creadora»), se manifiesta especialmente en los procesos evolutivos de los seres vivos, que son expresión de un élan vital, impulso creador. En la realidad no hay cosas, sino acciones, y todo se debe a la acción del impulso vital, que es la actualización de lo virtual (opuesto a lo meramente posible: ver texto1 y texto 2 ), y que engendra la imprevisible novedad. En este sentido, y en tanto que todo es duración, invención, impulso, energía creadora, todo es conciencia. Todas las características del ser vivo son también características de la conciencia: «continuidad en el cambio, conservación del pasado en el presente, verdadera duración» (ver texto ). En contra del evolucionismo de Darwin, al que todavía considera una explicación mecanicista de la vida, y en contra también de las tesis finalistas (ver texto ), Bergson sustenta la «evolución creadora» como explicación de los procesos evolutivos. Para ilustrar esta hipótesis estudia la formación evolutiva de diversos órganos, en especial dedica su atención a los procesos de formación del ojo en los moluscos y en los vertebrados. La semejanza que muestran («complejidad de estructura y simplicidad del funcionamiento»), siendo fruto de líneas evolutivas tan divergentes, no se explica recurriendo a un evolucionismo darwinista, pero en cambio puede explicarla la hipótesis de un impulso vital común. La evolución de las especies es fruto del impulso vital originario, mientras que la materia es el impulso vital degradado, su reflujo o aspecto reactivo ante el impulso creador activo que debe vencer su inercia.

Además, en la evolución se manifiestan dos grandes líneas filéticas distintas: la que origina el triunfo del instinto -en los insectos, por ejemplo-, y la que genera el triunfo de la inteligencia, capaz de fabricar instrumentos artificiales y dominar la tierra. El hombre ha desarrollado al máximo la inteligencia y nuestra especie se ha constituido como homo faber, pero esta misma inteligencia, orientada a la acción y a la supervivencia, entendida como dominación de la tierra, crea sus propias barreras a otro estadio superior, el de la intuición. La inteligencia permite la formación de conceptos, crea esquemas y categorías vacías, y engendra el lenguaje. Procediendo de una necesidad de adaptación a la vida y de solución de problemas prácticos, la inteligencia está todavía demasiado atada a sus grandes logros: la abstracción, la técnica y la ciencia. Pero la ciencia no es realmente cognoscitiva, sino práctica y utilitaria. Bergson defiende una concepción del conocimiento científico que, por una parte, le acerca a las tesis de los defensores del pragmatismo, como su íntimo amigo William James y, por otra parte, se asemeja a la mantenida por los filósofos vitalistas, como Nietzsche, por ejemplo.

La ciencia fracciona lo real en unidades discretas y la convierte en estática. Como el cine, cuya sensación de movimiento es la irreal yuxtaposición de fotogramas estáticos. Esta estatificación de lo real permite su cómodo etiquetado lingüístico en conceptos también estáticos y fácilmente cuantificables. No obstante, si la inteligencia, surgida como superación del instinto en una etapa de la evolución biológica, es capaz de mantener su vinculación con la conciencia pero, a la vez, recuperar lo instintivo, entonces surge la intuición, que permite un conocimiento más profundo que el suministrado por la inteligencia, y que hace posible la superación de las barreras interpuestas por un lenguaje incapaz de fundirse con lo real.

En Las dos fuentes de la moral y la religión, Bergson aplica también la teoría del impulso vital creador a la esfera de la moral y la religión. La organización social humana es también fruto de la evolución. A diferencia de la organización social de muchos insectos u otros animales sociales, la sociedad humana no está totalmente determinada por el instinto, sino que depende de la libre elección. En esta libre elección surgen la religión y la moral como guías para la acción. En las sociedades primarias, la fuerza dominante es la de una religión dominadora que impone a los individuos férreas constricciones para garantizar la adquisición de hábitos morales fundamentales. Pero el desarrollo del cristianismo y de la ciencia permiten la creación de sociedades más abiertas y no violentas, aunque la industrialización también engendra una sociedad orientada hacia la satisfacción de meras necesidades materiales que engendra guerras e injusticias. Todo este proceso mana de dos fuentes: la sociedad y el impulso amoroso. La primera, como hemos dicho, da origen a la «moral cerrada», la que impone el grupo social humano (presión social); es la moral que se manifiesta en las obligaciones y costumbres sociales y en las religiones constrictivas. En cambio, la «moral abierta» es la que se origina en la libertad y el amor, en el impulso amoroso (élan d'amour); es propia de la humanidad en general, no de un determinado grupo humano, y se manifiesta en aquellos valores humanos que han ensalzado los sabios de Grecia, los profetas bíblicos y las grandes figuras de las religiones. En el hombre coexisten las dos morales porque el individuo ha de participar de la moral del grupo, pero necesita también la moral superior de la libertad y el amor. De la misma manera, también se dan dos clases de religión: la estática y la dinámica. La primera es una religión inferior, llena de mitos y fábulas, proviene de la función fabuladora que el hombre desarrolla en su evolución con una finalidad de supervivencia y para hallar la tranquilidad ante el miedo y los peligros que la inteligencia, orientada a la supervivencia de la especie, le pone de manifiesto. Es una religión estática, inferior, natural. La segunda es la religión superior, que prescinde de los mitos y los cultos repetitivos y vacíos. Es una religión dinámica que coincide con el impulso vital creador y se manifiesta en el misticismo que asegura la seguridad y la serenidad del hombre de una manera superior: llegando a la unión con Dios. La plena realización de este ideal expresado en el misticismo constituiría un verdadero nuevo salto evolutivo

Henri Bergson, el filósofo del tiempo

Una elección decisiva

Henri Bergson, el filósofo de la intuición, nació el 12 de octubre de 1859 en París, de padres anglo judíos. En 1868 ingresó al Lycée Fontane (después Lycée Condorcet), donde fue un alumno brillante que reveló iguales y extraordinarias disposiciones para las ciencias y las letras. Durante largo tiempo vaciló entre ambas. Finalmente optó por estas últimas, con gran escándalo de su profesor de matemáticas, Desbrodes, quien estimó que este ramo había perdido a un futuro gran matemático. Antes de abandonar el liceo, obtuvo un premio por haber resuelto un problema de álgebra con una prueba escrita que fue publicada en los Anales de Matemáticas.

Terminados sus estudios secundarios, Bergson ingresó a la Ecole Normale de Pans, de la que salió con el diploma de Profesor suplente de Filosofía, ocupando el segundo lugar en una promoción cuyo primer puesto fue para Lesbezeilles y el tercero para Jean Jaurés, el futuro líder socialista francés.

El profesor de filosofía, el conferencista, el escritor

El primer nombramiento que obtuvo Bergson fue el de profesor de filosofía en Angers (1881), donde sirvió dos años, y pasó a continuación a ocupar un puesto similar en el de Clermont-Ferrand, que dirigía el padre de Paul Bourget, desde 1883 hasta 1888. La vieja ciudad de Clermont con su quietud y plácido ambiente era propicia al estudio. El joven filósofo se hizo pronto famoso por sus conferencias. El 21 de febrero de 1884 dictó una sobre "La Risa", que causó sensación y cuyas ideas fueron desarrolladas y maduradas dieciséis años después en el libro que tuvo este mismo título. Desde 1888 hasta 1889, fue profesor del Collége Rodin. En este último año obtuvo su doctorado con su obra "Essais sur les Données Inmediates de la Conscience" (Ensayo sobre los Datos Inmediatos de la Conciencia. En ella trató de establecer valores permanentes allí, donde las ilusiones necesarias de la mente sitúan las apariencias de espacio, para retroceder desde aquí hacia una solución original del problema de la voluntad, que constituía en aquel entonces la principal preocupación de la filosofía francesa.

Desde 1889 hasta 1897, Bergson enseñó, en el liceo Henri IV, y publicó, en el entretanto, "Matiére et Mémoire" (Materia y Memoria, 1896. La Escuela Normal Superior solicitó luego sus servicios hasta el año 1900, en que publicó "Le Riré.

Después de su matrimonio con Mlle. Neuberger, prima de Marcel Proust, Bergson fue profesor de filosofía en el Collége de France desde 1900 hasta 1921. Durante este período (1907) apareció su obra de mayor trascendencia: "Levolútion Créátrice" (La Evolución Creadora. A partir de ese libro, todo el París elegante afluyó a sus conferencias, en tal forma que algunos lo llamaron irónicamente "filósofo para las damas".

Sus clases, dictadas en la Sala N., 8, que llegó a ser célebre, tuvieron una popularidad que no habían alcanzado jamás, ni las de Michelet ni las de Renan ni siquiera las de Romáin Rolland. Era tal la expectación creada ante cada una de sus clases que un día Chuquet, el profesor de historia, cuyo curso comenzaba una hora antes que el de Bergson, exclamó: "Señoras y caballeros: antes de ir a escuchar a Monsieur Bergson os ruego que tengáis la paciencia de soportarme a mí en silencio".

Bergson dictaba sus clases con una voz pequeña y suave que se tornaba ligeramente temblorosa en los pasajes sutiles. Como decía una de sus admiradoras, "se sentía vibrar las almas".

Acerca de la duración y el movimiento

A diferencia de Hegel, Schopenhauer y Spencer, Bergson no fue el creador de un sistema filosófico concebido como conjunto en su juventud y desarrollado más tarde en la vida. Hay, no obstante, en su filosofía una idea que se destaca y que, según se cuenta, fue concebida por él durante una caminata por Clermont-Ferrand cuando tenía 25 años de edad. Desde Platón, la filosofía había consistido en eliminar la duración, en contemplar el tiempo como una ilusión, y Bergson se preguntó si, por él contrario, el ser finito del que los filósofos tenían conocimiento por la reflexión, no sería el Tiempo mismo, no sería algo imperecedero. El substituyó, por consiguiente, la frase de Descartes "Yo soy una cosa que piensa" por la frase "Yo soy una cosa que dura" y el "sub specie ternitatis" de Spinoza, por la "sub specie durationis". Reemplazando en esta forma los valores estéticos por valores de moción y cambio, operó una verdadera revolución en el campo de la filosofía. Toda su obra esta relacionada con la duración y el movimiento. Bergson no procede por especulación general. Según él, la filosofía como ciencia sólo puede progresar descartando las teorías generales y los sistemas universales y dedicando la atención a los problemas particulares. En cuanto a su método, mientras la mayor parte de los filósofos idealistas contemporáneos trataban de conciliar la filosofía con la ciencia, Bergson substituyó el método propiamente científico por un método nuevo fundado en la intuición. El parte de esta idea esencial: que si queremos representarnos la verdadera naturaleza de la vida, debemos aplicar a este objeto, sobre él cual el conocimiento intelectual no puede tener ninguna captación, otra forma de conocimiento, no analítico, sino directo, inmediato, el cual tiene su principio en el instinto, razón por la cuál muchos han creído ver en el bergsonismo una apoteosis de la intuición y de los valores místicos.

Brevemente esbozadas, las ideas fundamentales de la que es considerada su obra maestra, "La Evolución Creadora" (donde estudia todo el problema de la existencia) son las siguientes:

Rechazando el monismo tanto idealista como materialista, Bergson concibe el universo como algo que no es ni puramente materia ni puramente espíritu, sino un proceso eterno, un "devenir" que preserva el pasado y crea el futuro. El mundo para él no es fijo, sino que se mueve eternamente, evolucionando, adoptando la forma de un equilibrio eterno en el que "nada se crea, nada se aniquila". El Tiempo, tal como nosotros lo hemos concebido, es una mera ficción de nuestro espíritu que hemos extraído de la idea de yuxtaposición en el espacio. El Tiempo real es el Tiempo eternamente presente. Esté concepto soluciona las antinomias del instinto y de la inteligencia, de la materia y del espíritu, de la libertad y el determinismo. En vez de estar atado por los grillos de hierro de la necesidad, el universo se mueve siempre hacia adelante, evoluciona constantemente en una actividad libre y creadora.

Las dos fuentes de la moral y la religión

Pero la filosofía de Bergson carecía, para ser completa, de una Moral. En 1932, la proporcionó a sus discípulos con la publicación de su obra "Les deux sources de la Morale et de la Religion" (Las dos fuentes de la Moral y de la Religión), que aparece dividida en cuatro partes: la primera está consagrada a la Obligación Moral; la segunda, a la Religión estática; la tercera, a la Religión dinámica, y la cuarta, a la Mecánica y a la Mística. El libro termina con algunas observaciones en que el autor expresa sus puntos de vista sobre el porvenir de la Sociedad y sobre las cuestiones sociales que dominan nuestra época, como ser la Democracia, la Sociedad de las Naciones, el eugenismo, el industrialismo, etc. Oponiendo la Mecánica a la Mística, Bergson piensa que la era del maquinismo debe ceder ante un retorno a la vida simple que el propio progreso mecánico hará posible, a una vida mística cuya primera luz se vislumbra quizás en el umbral de esta "terra incognita" que la metafísica intenta hoy explorar.

Su legado

Una parte muy importante de la filosofía de Bergson se encuentra asimismo en sus trabajos menores, como ser "Le Rire"; en sus conferencias sobre "La Perception du Changement" (La percepción del cambio), "Le intuition philosophique" (La intuición filosófica), "La conscience et la vie" (La conciencia y la vida), "Lame et le corps" (El Alma y el Cuerpo, 1912). "La Philosophie de Claude Bernard", leída en el Collége de France; en su volumen titulado "Durée et simultaneité" (Duración y Simultaneidad, 1922), en que discute las teorías de Einstein, y en prefacios escritos a varios volúmenes de filosofía.

Sus obras han sido traducidas al alemán, inglés, italiano, ruso, húngaro, polaco, checoslovaco, entre otros. En español existen: "Materia y Memoria", "La Evolución Creadora", "La Risa", "Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia", "La Energía espiritual" y "El pensamiento y lo Movible", una versión española de "La Pensée et la Mouvant" (1935), en que Bergson recopiló sus últimos trabajos. Son artículos y conferencias precedidos de dos ensayos introductivos, uno sobre "el crecimiento de la verdad" y el otro sobre "posición de problemas" en que, sin descender a la polémica, Bergson trató de responder a las críticas que se alzaron contra su método.

El orgullo de la sangre.

En los últimos años de su vida, Bergson solía cambiar con frecuencia de residencia para huir de los visitantes que acudían de todas partes a turbar su soledad, y por esta razón se le había puesto el apodo de "el Judío Errante". Su último hogar fue una casa en el barrio de Passy, en París, donde vivía con su hija en un aislamiento total. Allí permaneció al estallar la Segunda Guerra Mundial, no obstante la advertencia de sus amigos de que se pusiera a salvo de la posible persecución "nazi". Orgulloso de su sangre judía, rehusó, en diciembre de 1940 y un mes antes de su muerte, el ofrecimiento del gobierno de Vichy de eximirlo de los decretos que exigían la renuncia de los judíos a todos los cargos prominentes. El 9 de diciembre entregó voluntariamente su cátedra honoraria en el College de France, aun cuando el gobierno le pidió que permaneciera, en mérito a "sus servicios artísticos y literarios a la nación". También rehusó ser eximido de firmar los registros públicos de los judíos. A los ochenta y un años, se levantó de su lecho de enfermo e hizo cola para firmar dichos registros. Y así murió en soledad, el 4 de enero de 1941.

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