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Hija de la
razón crítica
220299 -
Biografía - Simone Lucie-Ernestine-Marie-Bertran
de Beauvoir nació el 9 de enero de 1908 en París en una familia
acomodada,
perteneciente a la burguesía y de religión católica. Ingresó en la Sorbona
para estudiar filosofía en donde conoció a
Jean Paul Sartre, a quien se uniría en
una relación amorosa libre, moderna y a veces escandalosa. Desde
finales de los años veinte hasta los primeros de la década de los
cuarenta se dedicó a la enseñanza de la Filosofía.
Publicó la novela "La invitada" ("L'
invitee"), su ópera prima en 1943. Con esta novela conseguiría tal
éxito que no dudó en dejar la enseñanza para centrarse en la
literatura, al tiempo que fundó y colaboró con la revista intelectual
de izquierda "Le Temps modernes", que dirigía Sartre. En estos años
realizó viajes a Estados Unidos, China, recorrió Europa y llegó hasta
Cuba.
De ideología marcadamente feminista
y progresista, su literatura se engloba en el marco del
existencialismo, identificándose con los postulados de Sartre.
Fue una figura emblemática del
feminismo contemporáneo y activista del movimiento feminista francés
en la década de los 70. Una de las firmantes del famoso Manifiesto de
las 343, en el que mujeres famosas declaraban haber recurrido a un
aborto.
Las lectoras de América Latina
debieron esperar hasta 1954 para leer El segundo sexo. Fue cuando la
editorial Siglo XX de Argentina, editó la obra en español; esto
permitió que las lectoras españolas de la era franquista, la leyeran
clandestinamente. Tanto "El segundo sexo" como "Los mandarines" fueron
prohibidos por la iglesia católica de España.
Los títulos más importantes de su
obra son la citada "La invitada" (1943), "La sangre de los otros"
(1944) "Todos los hombres son mortales" (1947), "El segundo sexo"
(1949), su libro clave dentro de su reclamación feminista, "Los
mandarines" (1954), novela con la cual consiguió el Premio Goncourt, y
las autobiográficas "Memorias de una joven formal" (1958), "La
plenitud de la vida" (1960), y "La fuerza de las cosas" (1963). "Una
muerte muy dulce" (1964), basada en la muerte de su madre, y "La mujer
rota" (1967).
Recientemente se publicaron sus
cartas al escritor Nelson Algren (1999), con quien mantuvo una
relación desde 1947, año en que viajó a Estados Unidos en una gira de
conferencias, hasta 1964, y que completan junto con su Diario de
Estados Unidos y Los Mandarines una descripción de la relación de
Beauvoir-Sartre, y del ambiente intelectual de la época.
Falleció en París el 14 de abril de
1986
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Simone de Beauvoir |
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Simone de Beauvoir,
Hija de la Razón Crítica
-
Martha Robles
* Inestimable presencia en la Francia de la
Posguerra, El Segundo Sexo concentró lo mejor de su obra
* Le obsesionaba una Ética Humanista que
desarrollaba desde su elección existencialista y atea
Nunca fue tocada por el misterio. Intimidante,
exhibía lo grande y lo chico de su alma como un fogonazo. Se sabía
diferente. Lo exageraba alardeando, aunque de suyo tuviera un ímpetu
renovador inclinado a las grandes acciones. Castigaba la reflexión por
una fórmula deslumbrante. Tuvo una inteligencia rápida a la que no
preocupaba importunar o contradecirse. Era vertiginosa, directa,
impositiva y curiosa. Amaba los riesgos, especialmente los que
destacaban el papel del intelectual como un despertador de
conciencias. El dilema existencial fue preocupación compartida con su
compañero, el existencialista Jean Paul Sartre.
Sin embargo, sus obras tomaron otros caminos a
partir de premisas que ambos desprendían de la circunstancia. Simone
de Beauvoir prefería "pensar contra sí misma" a explorar, como él, el
infierno de "los otros". La tentación de filosofar la condujo al
compromiso político y éste recayó en su biografía como una espiral que
le permitió recorrer su feminidad inconforme. Así, con representar una
inestimable presencia crítica en la influyente Francia de la
posguerra, en El Segundo Sexo (1949) concentró lo mejor de su obra.
Aseguraba que cedía en lo menor a cambio de una
sinceridad total en su experiencia amorosa. De ella desprendía
hipótesis, aciertos o aportaciones relacionados con su pregón
libertario. De hecho, al establecer una liga aparentemente sin
condiciones, ambos supieron que no les quedaba sino aceptar o ser
cómplices de sus respectivas infidelidades: Apuesta que no les evitó
el sufrimiento ni los condujo a testimoniar supuestas ventajas de "los
caminos de la libertad". Aún así, ella se empeñó con mayor interés en
probar que el matrimonio era una institución burguesa, obscena, dañina
y lastimosa para hombres y mujeres, especialmente para mujeres. A la
voz de que sólo el respeto fincado en el reconocimiento del otro salva
lo perdurable de dos que se juntan, sin casarse ni vivir bajo el mismo
techo, permanecieron uno al lado del otro desde sus días estudiantiles
hasta la muerte de Sartre, el martes 15 de abril de 1979. Tuvieron
periodos de distanciamiento y otros, los más, de una comunión tan
ceñida que sus obras espejeaban la intensidad complementaria de que
eran capaces como pareja pensante. Inclusive durante años se les
consideró ejemplo a la vanguardia de intimidad deseable entre dos
escritores. Simone lo lloró como viuda. A partir de entonces, confinó
su senectud al silencio, como si la desaparición de su dialogante y
fuente de inspiración hubiera apagado su natural incisivo.
En abril de 1978, en el filme Simone de Beauvoir por
ella misma, confesó a Claude Lanzmann que deseaba ser conocida entre
quienes jamás la hubieran leído. Agregó que un vanidoso deseo de
veracidad la incitaba a crear un testimonio perdurable de su
naturaleza poco apacible, mezcla de angustia y gusto por la vida. Si
bien su talante le permitió destacar en la corriente existencialista,
también encendió su afán de notoriedad al publicar en demasía sus
juegos amorosos. En ese sentido, ella y Jean Paul consiguieron
mantener un liderazgo de años en la imaginación de las nuevas
generaciones; empero, al tiempo se cuestionó si aquella aventura era
en realidad tolerable o tan libre como anunciaban. Es probable que
transitaran del enamoramiento a la amistad amorosa; y, de ésta, a la
solidaridad compasiva que permi d aceptar y comprender al otro sin
enjuiciarlo ni condenarlo. Sobre la duda permaneció la influencia, y
nadie podría negar que tan peculiar pareja al menos contribuyó a
exhibir la hipocresía de las mentalidades en boga.
Abusaba de la palabra en detrimento de sus ideas. A
su pesar caminaba a la sombra de Sartre, aun cuando abominaba de él o
barruntaba alcances trascendentales por su emancipación literaria. "El
mayor logro de mi vida es Sartre" dijo no obstante, al reconocer que
por él había descubierto que no estaría sola frente al porvenir.
Afirmación que, leída en su exacta hondura al paso de sus memorias,
revela el significado trascendental de su sinceridad. En más de una
ocasión, a lo largo de las décadas, su vínculo se antojaría una obra
ensayada para los demás. Ambos defendían con demasiado ahínco esa idea
de pareja que perdura sobre accidentes y aun por encima de pequeñeces
que traslucen menosprecios machistas tan ofensivos como el que
profiriera Sartre, creyendo que la elogiaba: "Lo maravilloso de Simone
-declaró- es que tiene la inteligencia de un hombre y la sensibilidad
de una mujer". Así era "El Castor", como gustara llamarla el filósofo,
aunque aún en nuestros días los hombres no se acostumbren al
raciocinio femenino ni haya quien no repita el prejuicio de que, ante
una poderosa capacidad de discernimiento, seguramente se oculta cierta
virtud viril, que por cierto tampoco es frecuente en la generalidad
masculina porque la razón educada, a fin de cuentas, es atributo
individual, sin distingo de sexo.
En su conmovedora despedida, La Ceremonia del Adiós
(1981), Simone de Beauvoir, se retiró para siempre de la literatura
con estas palabras, dirigidas al amado: "He aquí el primero de mis
libros -sin duda el único- que usted no habrá leído antes de ser
impreso (entre ellos siempre se hablaron de usted, forma que
enfatizaba su cordialidad amistosa). Le está completamente consagrado,
pero no le atañe ...] Cuando éramos jóvenes y al término de una
discusión apasionada uno de los dos triunfaba con brillantez, le decía
al otro: "lo tengo en la cajita!". Usted está ahora en la cajita; no
saldrá de ella y no me reuniré con usted: Aunque me entierren a su
lado, de sus cenizas a mis restos no habrá ningún pasadizo".
Ciertamente, no se tendió ningún pasadizo entre sus restos; sin
embargo, la memoria logró lo que la materia y la muerte impidieron:
Permanecer unidos en el balance inquietante de una época que reveló la
vida como inadmisible y penosa contingencia.
Con sugerir el dolor padecido al sellar una vida en
común, también en la despedida repite Simone la costumbre de valerse
de Sartre -así lo llamó en privado o en público- para encarecer su
importancia en cada acto, suceso, carta, entrevista o examen de la
situación en la que ambos resultaban involucrados. Todo en ella
coincide en el anhelo de mitificar, mitificándose, al "intelectual":
Una especie nueva, hija de la razón crítica, obligada a imponer una
moral directriz contra o frente al poder y dispuesta a apoyar causas
sociales, comprometiendo elposo de su razón de manera activa y
directa. Consciente de que tenía que sortear además su realidad
femenina, de suyo agregó al término una connotación de arrojo muy
próxima a la imprudencia. Escribió más de una vez, por ejemplo, que el
espinoso asunto de la violación era discutible, porque se necesitaban
más de dos hombres para someter a una mujer. Luego rectificó, igual
que en otros temas de carácter ideológico o político; pero jamás
superó esa índole abrupta que, leída inclusive en nuestros días,
estuvo más próxima al desasosiego que al apetito de sinceridad que
enarbolaba como divisa de superioridad.
Sartre consideró al intelectual "un técnico del
saber práctico" y que, según interpretaciones de Simone, "desgarraba
la contradicción entre la universalidad del saber y lo particular de
la clase dominante cuyo producto era". De ahí que, convencida ella
misma de que el nuevo intelectual no podía ni debía sustraerse del
sentido popular del pensamiento, cifrara su concepto de universalidad
en la toma de posición de lo que reiteradamente situaba en una postura
"comprometida".
Por la vastedad de sus miras, Simone creó una imagen
diversa, múltiple y cambiante que no han conseguido superar otras
escritoras contemporáneas: Viajó, enseñó, experimentó, discutió,
escribió y comenzó a publicar a los treinta y seis años de edad,
participó en las actividades políticas más connotadas de la izquierda
y mantuvo un ojo siempre en alerta frente a los cambios. Miembro del
Congreso del Movimiento de la Paz, viajó a Helsinki y, de su
multicitada visita a la China de Mao Tse Tung extrajo su novela Los Mandarines,
galardonada con el Premio Goncourt, en 1954. A pesar de su éxito al
novelar sus ideas, prefirió la fidelidad al ensayo: Ahí se encontraba
en libertad para conciliar a la memorista con la denunciante
implacable que no despreciaba la imaginación para avivar su búsqueda
de verdad, siempre indivisa del sentido de sinceridad que reconoció
como guía de conducta. La obsesionaban las imágenes del destino, la
ambigüedad y una ética humanista que desarrollaba a sus anchas desde
su elección existencialista y atea.
La dosis de artificio con que impostaba su
protagonismo en aquella cultura francesa que oscilaba entre las
fronteras de la intransigencia ideológica, del idealismo redentor y la
literatura de compromiso, le resultaría contraproducente, tanto en sus
alegatos feministas posteriores al notable y original ensayo en dos
tomos, El Segundo Sexo, como en la consolidación de una imagen
personal menos novelesca frente a las generaciones prorrevolucionarias
que consagraban en la pareja Sartre-Beauvoir el primer logro
intelectual compartido de los tiempos modernos.
Su problema era la tentación del exceso, nunca la
cortedad; de ahí que, en décadas atribuladas por veredictos
sentenciosos, proliferación de dictaduras, rigores colonialistas y
sistemas autoritarios que abarcaban tareas del pensamiento, Simone
encontrara correspondencia con su deseo de cambiarlo todo y cambiarlo
bien, en especial en lo relacionado al hallazgo teórico sobre la
servidumbre femenina, cuyo brote liberador coincidía con destellos
revolucionarios que, en apariencia, anticipaban un cambio esperanzador
en el mundo.
Es indudable que el ámbito académico e intelectual
del medio siglo vivía en alerta a los juicios de estos protagonistas
de un existencialismo que, de acuerdo a presiones marxistas, se
inclinaba con avidez al lenguaje de lo que bien se definiría, como los
títulos arrasadores de Simone, La Fuerza de las Cosas (1963) o Para
una Moral de la Ambigüedad (1947). Prefirió ubicarse del lado
anticolonialista y discrepante antes que ceder, en la confusión
empeorada por la posguerra mundial, a la corriente representada por un
antifascismo que pronto mudaría en comunismo pro soviético, de una
parte, y de otra en antiimperialismo, asignado a la expansión
territorial de Estados Unidos en particular, y capitalista en general,
por férreos seguidores de la
URSS.
Ni ella ni Sartre tuvieron que esperar el término de
la Guerra Fría para darse cuenta del cúmulo de atrocidades que ambos
sistemas entrañaban, aunque sus simpatías, no siempre acertadas ni
desprovistas de rectificaciones debido al prejuicio ideológico,
tendieran siempre a la izquierda. Durante los años setenta se hicieron
casi cotidianas sus intervenciones públicas en apoyo de los pueblos
subyugados. Viajaron en 1974 a Portugal, un año después de ocurrida
"la revolución de los claveles". En la revista Libération, en Le Monde
o en Le Nouvel Observateur aparecieron entrevistas, declaraciones y
escritos divulgados en casi todas las lenguas por Occidente,
concentrados especialmente en los juicios de Sartre sobre la guerra de
Angola, la intervención francesa en Vietnam, el modelo de autogestión
yugoslava de Tito, las relaciones de la Beauvoir con el feminismo, los
conflictos entre Palestina e Israel y cuanto cupiera en la célebre
afirmación sartreana: "Las luchas con que me identifico son luchas
mundiales".
Como no lo hiciera escritora alguna en el mundo,
Simone echó a grupa de la filosofía sus embates políticos y, a caballo
de su ateísmo, confirmado desde los 14 años de edad, una pasión
creadora que la acompañó hasta su muerte. A propósito de la
autodisciplina que la afamaba, dijo a Madeleine Gobeil, para The Paris
Review, que siempre estaba apurada por empezar, aunque en general le
disgustaba empezar el día. "Primero tomo el té y después, más o menos
a las diez de la mañana, me pongo en actividad y trabajo hasta la una.
Después veo a mis amigos y más tarde, a las cinco, vuelvo al trabajo y
sigo hasta las nueve de la noche. No tengo problemas para retomar el
hilo a la tarde. Cuando usted se vaya, leeré el periódico o tal vez
saldré de compras. Casi siempre trabajar me resulta un placer (...)
Veo a Sartre todas las noches, y con frecuencia a la hora del
almuerzo. Generalmente trabajo en su casa durante la tarde".
Emprendió con bríos inusuales un radicalismo
demoledor de lo inaceptable; empero, con sus Memorias de una Joven
Formal, ensayo autobiográfico de 1958, y tras 23 libros publicados;
después de abordar temas como la vejez y la muerte desde perspectivas
tan dolorosas como la aceptación del deterioro físico y las luchas
personales contra el propio pasado, y luego de incontables batallas
contestatarias para crear, modestamente, el desorden que acaso
reordenaría algunas vidas o sistemas sociales, confesó su desaliento
ante la derrota: "Todo lo que hay es una inmensa desesperación que se
expresa a través de ciertas formas de terrorismo. Quizá no es el
momento de construir (...) No veo una esperanza positiva ni un
porvenir radiante... Aun después de la derrota del capitalismo,
estaremos todavía lejos de destruir las actitudes patriarcales". Esto
y más dijo con tristeza a sus 76 años de edad cuando, a iniciativa del
gobierno de Francois Mitterrand, en 1984, presidió una comisión
oficial para incrementar expresiones culturales de la mujer, de las
que se volvió símbolo y precursora del siglo XX.
Escribir y vivir fue una y la misma cosa. Escribir
ensayos, novelas y memorias para vivir; y vivir para escribir en
cualquier lugar, de cualquier manera, a condición de poner más de ella
misma y de su experiencia, como oportunamente le recomendara Sartre,
que de las cosas que suponía importantes por el hecho de ocupar la
atención política de sus contemporáneos. La Invitada (1943) fue su
primera obra novelada de gran aliento, lo que probó que la exactitud
del pensamiento podría ser su preocupación, nunca el instrumento
sostenido para desarrollar su talento. Previa a la escritura de El Ser
y la Nada, es casi obvio que sus ideas sobre las relaciones humanas
fueron el surtidor fundamental en la obra considerada como la más
importante de su compañero. En esas páginas, ella narró sus amoríos
triangulados y por demás extraños con Sartre y Olga Kosakiewics.
Primera de otras experiencias similares, ésta marcó el estilo de una
peculiar tendencia a entremezclarse con figuras cercanas a uno o la
otra. Estudiante de Simone, Nathalie Sorokine se consideró entre las
de mayor influencia al lado del filósofo, mientras que Jacques-Laurent
Bost completabauacon Simone, un cuarteto que, lejos de consolidarse
como experiencia recomendable, ofrecía fisuras de fragilidad
sospechosa e inevitablemente relacionadas con sus quehaceres.
Tolerantes en apariencia, nunca se supo hasta dónde quedaban afectados
por estos amantes en tránsito que, en cierta forma, se exponían a
modelos de supeditación, no obstante avaladas por su voluntad
libertaria.
Muy joven aún, desde los quince de su edad, tuvo
cosas qué decir. Por su importancia formativa, reconoció que fue larga
la tentación de incurrir en imitaciones de sus lecturas adolescentes.
Si como estudiante en La Sorbonne, donde conoció a Sartre, supo
imponer su talento, al batallar con ideas no desdeñó el impacto
causado por su reputación de inteligencia superior y comprometida.
Como si fuera un presagio, se establecieron sus posiciones respectivas
al obtener, en 1929, el grado en filosofía: Sartre el primer lugar;
Simone, el segundo. En esa especie de simbiosis de la razón no
consigue ocultarse la tremenda fuerza intelectual y persuasiva de
ella: Un verdadero motor de discernimiento. Inclusive algunos
estudiosos la consideran autora de las ideas fundamentales del
existencialismo francés, incluido el de Sartre.
Hizo de su "desesperación absoluta" su único sostén,
como escribiera citando a Lagneau en Memorias de una Joven Formal, al
menos de manera literaria, para rellenar su ausencia de Dios y el
sentido de su vida. Celosa vigilante de la soledad, le aterraba el
aislamiento. Para combatirlo enarboló un feminismo profundamente
intelectual sobre las bases de su necesidad de bastarse a sí misma.
Apoyó el aborto, lo practicó y lo discutió públicamente desde la
perspectiva inevitable de su mayor premisa: Cada conciencia que logra
su libertad equivale a una superación perpetua de sí misma hacia otras
libertades. Lejos de quedarse en lo anecdótico, en La sangre de los
Otros (1944) explora su persistente preocupación por el tiempo y la
muerte, así como el caos provocado por la Segunda Guerra Mundial. Ahí
afirma algo que sería impacte te: "Es fácil pagar con la sangre de los
otros..." En uno de sus capítulos destaca la discusión sobre el aborto
de una pareja en términos de lealtad, amistad y amor. Maestra de
mujeres, percibió desigualdades de clase y abismos que separaban los
roles masculino y femenino en las sociedades ricas y pobres,
tercermundistas y avanzadas. En común tienen sus personajes femeninos
una confusión provocada por falsas nociones que los iguala ante una
misma amenaza por la locura: "Muchísimas mujeres modernas sonlasí
-afirmó-. Las mujeres están obligadas a representar lo que no son, a
representar, por ejemplo, el papel de grandes cortesanas, a falsear su
personalidad. Están al borde de la neurosis. Siento enorme simpatía
por esa clase de mujeres. Me interesan mucho más que la madre y ama de
casa equilibrada. Por supuesto, hay mujeres que me interesan todavía
más, las que son tanto sinceras como independientes, las que trabajan
y crean".
Nunca la abandonó el interés por desentrañar el
complejo universo social que existe bajo la sujeción sexual y, para
completar su repudio a la doble servidumbre de una mujer en un medio
colonizado y atroz, no sólo apoyó a los rebeldes argelinos, sino que
publicó, con Giséle Halimi, en 1962, Djamila Boupacha, estudió crítico
que estremecería la conciencia mundial.
El hervidero externo alimentaba el furor de buscar
libertades, ya que el sosiego le estaba proscrito. Eran los días del
ascenso fascista en Italia, los del predominio de lo irracional sobre
las tentativas liberadoras de la comunidad pensante. Sartre, a quien
le atribuyeron un egoísmo monumental, padecía entonces una aguda y
prolongada depresión que calificaría, posteriormente, como "la más
trascendente de las soledades": La sinrazón de la libertad
existencial. Viajaba por Europa, generalmente acompañado por "El
Castor", acarreando esa melancolía que, en 1938, se convertiría en La
Náusea, un monumento a la nada que algunos consideraron el más radical
monumento a la fatalidad del ser. Tiempo, el más intenso, del
nacional-socialismo, de la xenofobia hitleriana y de la propaganda
nazi organizada para la violencia. Las universidades alemanas, en
plena persecución racial e ideológica, padecían un agudo retroceso al
exiliar a sus mejores hombres, liberales o judíos. Las dos corrientes
convertidas en punta de lanza de una nueva crítica humana, individual
la una, y de aspiraciones universales la otra, abrieron un gran
paréntesis entre las premisas apenas esbozadas por Sartre y el
existencialismo y, por otra parte, las postuladas por la Escuela de
Francfurt, desde una visión totalizadora de la conciencia y la
sociedad.
Joven aún, más aguerrida que nunca, Simone era como
un río caudaloso en busca de cauce. "Ponerse en situación" era
consigna. Nada mejor que la circunstancia europea para deslindar el
compromiso que congregara una posición política y sus preocupaciones
filosóficas: El ser, la crítica y la libertad, especialmente ante la
inminencia del acoso. Durante la Pascua de 1932, Simone de Beauvoir
arrastra a Sartre a Bretaña, animada por su inagotable curiosidad. El
aprovechó su estancia para orinar sobre la tumba de Chatobriand y
descubrir la existencia literaria de Kafka. Los presagios del absurdo
anticipado por el genio de Praga coincidían con la tormenta que caería
sobre Europa. La pareja francesa vivía etapas de inusual turbulencia.
Es el tiempo en que Sartre padeció las memorables alucinaciones de una
razón acosada. Sus figuraciones de escarabajos y langostas quedaron
fundidos a razonamientos sobre la condición del hombre condenado a una
irremediable soledad.
El pánico que invade a los franceses en marzo de
1935, coincide con la mayor crisis de Sartre, agudizada por su afán de
experimentar alcances en las anomalías de la percepción. Simone,
después de telefonearle al hospital Saint-Anne, donde le habían
aplicado inyecciones de mezcalina, afirmó no sin preocupación: "Sartre
me dijo con una voz confusa que mi llamada le arrancaba de un combate
contra unos pulpos, en que ciertamente no hubiera llevado la mejor
parte... No había tenido alucinaciones; pero los objetos que percibía
se deformaban de una manera espantosa: Había visto paraguas, buitres,
zapatos, esqueletos, rostros monstruosos; y por los lados, por detrás,
se removían cangrejos, pulpos, cosas gesticulantes..."
Durante el clímax del nacional socialismo, los
principales colaboradores de la Escuela de Francfurt -Theodor Adorno,
Horkheimer, Marcuse, Fromm, Bloch y Kofker entre otros- fueron
obligados a interrumpir sus tareas en torno de un renovador
pensamiento marxista y crítico. La diáspora se hizo imparable. El
fascismo, especialmente salvaje y anticultural, se ensañó contra
académicos, escritores y artistas. Era la hora del asalto a la razón
definida por Luckacs, el momento de la mayor crisis padecida por
intelectuales europeos y la oportunidad para despertar una conciencia
de libertad que especialmente Sartre y Simone derivarían hacia una
reflexión de la muerte, desde su original imagen del infierno
compartido con "los otros": La muerte es el fracaso de la vida.
Con el triunfo de los aliados, dos sentimientos
dominaron el ánimo: Angustia y afán de liberación. El primero, por la
proximidad de la muerte y los efectos fascistas que Simone no tardaría
en incorporar en el tratamiento de sus temas. El segundo, sobre todo
en Francia, por los cinco años de ocupación alemana. Una ideología
rígida, vinculada a la fuerza militar, les provocaba repudio a
cualquier acto de tiranía, a lo que se llamó "libertad de espíritu".
Una actitud que habría de configurarse en sustento crítico de un
renovado debate en favor de la dignidad humana. En medio de tan
tremenda agitación, la Beauvoir deslindó las claves de su estética y
su filosofía para recogerlas después en su Etica de la Ambigüedad:
"Para que el artista tenga un mundo que expresar primero debe situarse
en el mundo. Debe experimentarse como opresor u oprimido, resignado o
rebelde, un hombre entre los hombres".
Solidaridad, fraternidad, independencia y
comunicación fueron propósitos de "unidad sagrada" entre escritores
que, desde París, recobraban un vital optimismo por cuanto
consideraban "actitudes comprometidas": En lo individual, consciencia
de sí, de la finitud existencial y la libertad limitada del "ser en
situación": Elementos del lenguaje existencialista encabezados por
Sartre y aplicados por Simone a lo largo de su obra. En lo social,
repudio a las guerras, a las torturas y a posiciones totalitarias de
partidos o sistemas políticos.
Años después -aún entre coetáneos- en definitiva se
divulgaría ese lenguaje, con todo su vocabulario, como seña de
identidad y punto de referencia crítico. Cúspide de unasoxpresión que
congregó la mayor popularidad sartreana y el principio del fin de su
condición de símbolo, 1968 fue, para la pareja, la mayor evidencia del
cambio generacional, a pesar de que unas 50 mil personas se unieron al
cortejo fúnebre del filósofo, principalmente jóvenes, y con todo y que
a diario aparecen flores frescas sobre su tumba. Su influencia, sin
embargo, sería tan poderosa que, desde su referencia, cualquier
discrepante se sumó a la categoría de "intelectual" y otros se
denominarían "escritores comprometidos", en función de la
discrepancia, especialmente frente a las dictaduras, a la intolerancia
y a la violación de derechos: Precisamente los móviles que, con el
colonialismo cifrado en Argel, llevarían a Simone de Beauvoir a
escribir El Segundo Sexo.
A pesar de su origen y situaciones precisos, el
término "comprometido" ha variado desde entonces con la circunstancia
nacional; pero, también, por las transformaciones de la literatura, de
la política y la sociedad: Algunos autores soabienen que no hay más
compromiso que el de la creación en sí, al margen de los
acontecimientos políticos. Otros, más actuales y ajenos a la
turbulencia política, insisten en la sola virtud del lenguaje, en
cierto fervor por la voz, la propia, cuyo universo principia y
concluye en una suerte de inventiva intimista. En todo caso, para
aclarar u oponerse, persiste la sombra de estos dos seres infatigables
en su tarea de concientizar a favor de una vida más digna.
El legado de la posguerra francesa, del que no puede
sustraerse la importante presencia de Simone, continúa distinguiendo a
las unívocas "actitudes de compromiso". Es decir, las de la
inteligencia crítica al servicio de la fraternidad solidaria, apoyada
en los imperativos éticos del humanismo. Con la aparición de la
revista Les Temps Modernes, octubre de 1945, Sartre y Beauvoir
compartieron esa disposición a la libertad de juicio y al
enjuiciamiento con escritores con quienes poco o nada podrían
identificarse. A pesar de sus diferencias, la colaboración parecía
animada por una acción fraternal y relaciones que, lejos de pretender
el convencimiento directo, se apoyaban en la defensa de los oprimidos
de Argelia, contra la invasión de Vietnam, al denunciar el proceso
Slansky o los campos de concentración soviéticos. Francia era el
centro de sus juicios más radicales, aunque nunca su sola
preocupación. Merleau-Ponty y Sartre escribirían una página memorable
que pasaría a la historia como una de las críticas más valientes y
anticipadas de la realidad soviética.
La historia política de la posguerra y sus
implicaciones filosóficas están ceñidas tanto al destino literario
como a la biografía íntima de ésta, una de las parejas más
controvertidas de nuestra época. Aunque mucho se ha insistido sobre
las peculiaridades de su ensayo amoroso, lo fundamental quedaría
sellado por el juicio y sus intervenciones en hechos significados de
la historia contemporánea. El afán de concordia rigió por igual su
defensa del feminismo que su oposición a cualquier forma de domimio
impune. Tal fue su manera de ser escritores, de publicarse; es decir,
"de ponerse totalmente en cuestión, de comprometerse en cuerpo y alma
en cada una de las manifestaciones de su pensamiento, así como en cada
uno de sus actos", según escribiera Francis Jeanson en Jean Paul
Sartre en su Vida.
De ambos y particularmente de Sartre procede la
aspiración de un "socialismo libertario" -sociedad sin poderes-basado
en su peculiar anarquía tramada de existencialismo ateo, tolerancia a
la disconformidad necesaria y enriquecido por el ejercicio de la
discusión, la libre crítica y la autonomía moral de cada uno. Era de
esperar que, con el gaullismo, acabaran estos estallidos de
solidaridad intelectual. Entonces los escritores ventilaron
discrepancias, luchas políticas y corrientes del pensamiento
disímiles. La violenta reacción que Sartre y Beauvoir manifestaran
contra su entorno burgués los aproximaba, sólo en parte, a la
izquierda europea, pero su liderazgo debía probarse en los cambios. A
pesar de sus simpatías por el marxismo, nunca sostuvieron posiciones
de abierta concordancia por considerarla contraria a sus principios de
libertad y autonomía. Esta actitud de independencia ideológica y
repudio a la burguesía fue enfatizada especialmente por Simone desde
su primera novela, La Invitada, y sostenida hasta las últimas
afirmaciones publicadas por Gallimard en La Ceremonia del Adiós.
La preocupación de Simone de Beauvoir quedó definida
en la búsqueda de libertad del Hombre y para el Hombre, que habrá de
enfrentarse a la fatalidad de una muerte sin Dios, sin demonio y sin
esperanzas redentoras. Tras escribir novelas y ensayos integrados a la
biografía personal y a la circunstancia francesa de la posguerra,
determinó intereses y acción política en dos obras características de
su polémica personalidad: Para una Moral de la Ambigüedad (1947),
alegato sobre la falsa imposición divina de valores creados por el
hombre y, la célebre obra de la incomodidad crítica, El Segundo Sexo
(1949), cuya denuncia sobre la deliberada subordinación que el hombre,
conductor de la sociedad, ha impuesto a la mujer con el señuelo de una
absurda superioridad sexual, provocó las más enconadas reacciones de
sus contemporáneos, inclusive la de Albert Camus. Hoy sabemos que este
documento fue decisivo para consolidar la lucha del feminismo europeo
y norteamericano y transformar viejos prejuicios e imperativos
religiosos sobre la condición social de las mujeres.
Un carácter polémico, vitalidad desbordada,
inteligencia crítica, aunque de tendencia reiterativa, hizo a Simone
el personaje femenino más controvertido y fascinante del medio siglo.
Su insistencia en recobrar la dignidad humana, y la de las mujeres en
particular, comenzó en plena Segunda Guerra Mundial; luego, amplió sus
perspectivas con la causa argelina y durante el desarrollo de los
movimientos populares más disímiles. Donde brotaba un acto de
humillación, de injusticia o totalitarismo, ella aparecía con un
ensayo, un artículo, una entrevista, un reportaje, un libro o una
denuncia. Se involucró en la red de Francis Jeanson, participó en el
Tribunal Russell, se indignó ante la llegada de los tanques soviéticos
a Budapest, en 1956; repudió la sinrazón de comunistas y burgueses:
Tuvo "vergüenza" por la guerra que Francia desatara en Vietnam; rompió
definitivamente con la URSS, a partir de la Primavera de Praga, en
1968, y no fueron leves sus críticas airadas a Estados Unidos.
Pocas mujeres, como ella, hicieron de su "actitud
comprometida" una razón de ser. De allí las controversias que
suscitaba y de allí, también, su consecuencia con la célebre consigna
sartreana del "hombre en situación"; es decir, en este caso, el que es
capaz y está en aptitud de diferir de las propias actitudes a partir
del análisis de las "condiciones particulares", de las "situaciones
concretas".
La celebridad de la Beauvoir no procede solamente
del contenido polémico de su obra. Al vincular pensamiento y acción
transformó su intimidad en suceso público: La singular relación con
Sartre durante 50 años significaba un ensayo de libertad, de igualdad
sexual, de fraternidad y de autonomía moral que contrastaba con el
tedioso convencionalismo de las parejas burguesas. Tal ejemplo daba al
traste con devastadores prejuicios amatorios y sexuales de los que,
tradicionalmente, se ha alimentado la relación subordinada. Acaso esta
realidad fuera más convincente por sus apariencias que las
conclusiones del Segundo Sexo. Sus lectores estaban en alerta a los
vaivenes de amasiatos peregrinos de la pareja, a las amisosdes de cada
uno, a las reacciones públicas entre ellos, a las líneas
autobiográficas y apasionadas de dos seres semejantes y aliados en lo
fundamental, pero disímiles al enfrentar y abordar un problema íntimo.
Sartre confesó su pasión por comprender a los
hombres. La Beauvoir, más desbordada, auscultaba las manifestaciones
de la opresión hasta que, a través del feminismo, ordenó ciertos
postulados sociales y características de sí misma que en cierta medida
la independizaban del pensamiento sartreano. Al definir una teoría del
rechazo a "subordinar los problemas femeninos a otros problemas tales
como la lucha de clases y la voluntad mayor, un problema mayor que no
debía ser subordinado a los otros", consolidó principios que sobre la
libertad, la igualdad y la fraternidad había apuntado desde sus
primeros escritos.
Mujer apasionada, singular y abrumadora. Su prosa
refleja la velocidad atropellada de respuestas orales. La síntesis no
fue, por cierto, una de sus virtudes. Su estilo representa uno de l.s
actos de mayor fidelidad a sí misma: Ondulante entre el acierto y la
abundancia verbal. De treguas esporádicas y pasajes tormentosos.
Sentencias oportunas y largas exploraciones, hasta toparse con el
hecho decisivo del cual pudiera reiniciar el ciclo de inquirirse a sí
misma, ahondar en la angustia y criticar, a fondo y sin reservas, la
conducta burguesa.
Nació en París, el 9 de enero de 1908, en una
familia católica y sensible al valor de la cultura. Seguramente en su
infancia escuchó noticias de las sufragistas inglesas y, común a su
generación, creció marcada por las guerras. Especuló sin pudor,
batalló con las palabras, alardeó, se lamentó por la atroz realidad
femenina y jamás sucumbió frente a la tentación de la indolencia o del
miedo a envejecer, que tan agudamente desentrañó en La Vejez (1970),
obra maestra que desenmascara la cruel marginación del anciano que
gasta sus años sorteando amenazas de soledad y miseria. "La desdicha
de los ancianos es un signo de fracaso de la civilización
contemporánea".
Y no se equivocó. Por eso prefirió ocultarse desde
la desaparición del compañero hasta su propia muerte, el 14 de abril
de 1986, a los 78 años de edad. Consecuente, digna y valiente, Simone
de Beauvoir permanecerá en la memoria de quienes creemos, no obstante
evidencias contrarias, que son posibles la igualdad, la fraternidad y
la libertad entre hombres y mujeres.
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