Cuando los prisioneros de guerra españoles, que
Miranda enviaba regularmente a Puerto Cabello para mantenerlos
encerrados en la ciudadela, lograron atacar por sorpresa la guardia
y la dominaron, apoderándose de la ciudadela, Bolívar, aunque los
españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte
guarnición y de un gran arsenal, se embarcó precipitadamente por la
noche con ocho de sus oficiales, sin poner al tanto de lo ocurría ni
a sus propias tropas, arribó al amanecer a Guaira y se retiró a su
hacienda de San Mateo. Cuando la guarnición se enteró de la huida de
su comandante, abandonó en buen orden la plaza, a la que ocuparon
inmediato los españoles al mando de Monteverde. Este acontecimiento
inclinó la balanza a favor de España y forzó a Miranda a suscribir,
el 26 de julio de 1812, por encargo del congreso, el tratado de La
Victoria, que sometió nuevamente a Venezuela al dominio español. El
30 de julio llegó Miranda a La Guaira, con la intención embarcarse
en una nave inglesa. Mientras visitaba al coronel Manuel María
Casas, comandante de la plaza, se encontró con un grupo numeroso, en
el que se contaban don Miguel Peña y Simón Bolívar, que lo
convencieron de que se quedara, por lo menos una noche, en la
residencia de Casas. A las dos de la madrugada, encontrándose
Miranda profundamente dormido, Casas, Peña y Bolívar se introdujeron
en su habitación con cuatro soldados armados, se apoderaron
precavidamente de su espada y su pistola, lo despertaron y con
rudeza le ordenaron que se levantara y vistiera, tras lo cual lo
engrillaron y entregaron a Monteverde. El jefe español lo remitió a
Cádiz, donde Miranda, encadenado, murió después de varios años de
cautiverio. Ese acto, para cuya justificación se recurrió al
pretexto de que Miranda había traicionado a su país la capitulación
de La Victoria, valió a Bolívar el especial favor de Monteverde, a
tal punto que cuando el primero le solicitó su pasaporte, el jefe
español declaró: «Debe satisfacerse el pedido del coronel Bolívar,
como recompensa al servicio prestado al rey de España con la entrega
de Miranda».
Se autorizó así a Bolívar a que
se embarcara con destino a Curazao, donde permaneció seis semanas.
En compañía de su primo Ribas se trasladó luego a la pequeña
república de Cartagena. Ya antes de su arribo habían huido a
Cartagena gran cantidad de soldados, ex combatientes a las órdenes
del general Miranda. Ribas les propuso emprender una expedición
contra los españoles en Venezuela y reconocer a Bolívar como
comandante en jefe. La primera propuesta recibió una acogida
entusiasta; la segunda fue resistida, aunque finalmente accedieron,
a condición de que Ribas fuera el lugarteniente de Bolívar. Manuel
Rodríguez Torices, el presidente de la república de Cartagena,
agregó a los 300 soldados así reclutados para Bolívar otros 500
hombres al mando de su primo Manuel Castillo. La expedición partió a
comienzos de enero de 1813. Habiéndose producido rozamientos entre
Bolívar y Castillo respecto a quién tenía el mando supremo, el
segundo se retiró súbitamente con sus granaderos. Bolívar, por su
parte, propuso seguir el ejemplo de Castillo y regresar a Cartagena,
pero al final Ribas pudo persuadirlo de que al menos prosiguiera en
su ruta hasta Bogotá, en donde a la sazón tenía su sede el Congreso
de Nueva Granada. Fueron allí muy bien acogidos, se les apoyó de mil
maneras y el congreso los ascendió al rango de generales. Luego de
dividir su pequeño ejército en dos columnas, marcharon por distintos
caminos hacia Caracas. Cuanto más avanzaban, tanto más refuerzos
recibían; los crueles excesos de los españoles hacían las veces, en
todas partes, de reclutadores para el ejército independentista. La
capacidad de resistencia de los españoles estaba quebrantada, de un
lado porque las tres cuartas partes de su ejército se componían de
nativos, que en cada encuentro se pasaban al enemigo; del otro
debido a la cobardía de generales tales como Tízcar, Cajigal y
Fierro, que a la menor oportunidad abandonaban a sus propias tropas.
De tal suerte ocurrió que Santiago Mariño, un joven sin formación,
logró expulsar de las provincias de Cumaná y Barcelona a los
españoles, al mismo tiempo que Bolívar ganaba terreno en las
provincias occidentales. La única resistencia seria la opusieron los
españoles a la columna de Ribas, quien no obstante derrotó al
general Monteverde en Los Taguanes y lo obligó a encerrarse en
Puerto Cabello el resto de sus tropas.
Cuando el gobernador de Caracas, general Fierro,
tuvo noticias de que se acercaba Bolívar, le envió parlamentarios
para ofrecerle una capitulación, la que se firmó en La Victoria.
Pero Fierro, invadido por un pánico repentino y sin aguardar el
regreso de sus propios emisarios, huyó secretamente por la noche y
dejó a más de 1.500 españoles librados a la merced del enemigo. A
Bolívar se le tributó entonces una entrada apoteótica. De pie, en un
carro de triunfo, al que arrastraban doce damiselas vestidas de
blanco y ataviadas con los colores nacionales, elegidas todas ellas
entre las mejores familias caraqueñas, Bolívar, la cabeza
descubierta y agitando un bastoncillo en la mano, fue llevado en una
media hora desde la entrada la ciudad hasta su residencia. Se
proclamó «Dictador y Libertador de las Provincias Occidentales de
Venezuela» -Mariño había adoptado el título de «Dictador de las
Provincias Orientales»-, creó la «Orden del Libertador», formó un
cuerpo de tropas escogidas a las que denominó guardia de corps y se
rodeó de la pompa propia de una corte. Pero, como la mayoría de sus
compatriotas, era incapaz de todo esfuerzo de largo aliento y su
dictadura degeneró pronto en una anarquía militar, en la cual
asuntos más importantes quedaban en manos de favoritos que
arruinaban las finanzas públicas y luego recurrían a medios odiosos
para reorganizarlas. De este modo el novel entusiasmo popular se
transformó en descontento, y las dispersas fuerzas del enemigo
dispusieron de tiempo para rehacerse. Mientras que a comienzos de
agosto de 1813 Monteverde estaba encerrado en la fortaleza de Puerto
Cabello y al ejército español sólo le quedaba una angosta faja de
tierra en el noroeste de Venezuela, apenas tres meses después el
Libertador había perdido su prestigio y Caracas se hallaba amenazada
por la súbita aparición en sus cercanías de los españoles
victoriosos, al mando de Boves. Para fortalecer su poder tambaleante
Bolívar reunió, el 1de enero de 1814, una junta constituida por los
vecinos caraqueños más influyentes y les manifestó que no deseaba
soportar más tiempo el fardo de la dictadura. Hurtado de Mendoza,
por su parte, fundamentó en un prolongado discurso «la necesidad de
que el poder supremo se mantuviese en las manos del general Bolívar
hasta que el Congreso de Nueva Granada pudiera reunirse y Venezuela
unificarse bajo un solo gobierno». Se aprobó esta propuesta y, de
tal modo, la dictadura recibió una sanción legal.
Durante algún tiempo se prosiguió la guerra contra
los españoles, bajo la forma de escaramuzas, sin que ninguno de los
contrincantes obtuviera ventajas decisivas. En junio de 1814 Boves,
tras concentrar sus tropas, marchó de Calabozo hasta La Puerta,
donde los dos dictadores, Bolívar y Mariño, habían combinado sus
fuerzas. Boves las encontró allí y ordenó a sus unidades que las
atacaran sin dilación. Tras una breve resistencia, Bolívar huyó a
Caracas, mientras que Mariño se escabullía hacia Cumaná. Puerto
Cabello y Valencia cayeron en las manos de Boves, que destacó dos
columnas (una de ellas al mando del coronel González) rumbo a
Caracas, por distintas rutas. Ribas intentó en vano contener el
avance de González. Luego de la rendición de Caracas a este jefe,
Bolívar evacuó a La Guaira, ordenó a los barcos surtos en el puerto
que zarparan para Cumaná y se retiró con el resto de sus tropas
hacia Barcelona. Tras la derrota que Boves infligió a los
insurrectos en Aragüita, el 8 de agosto de 1814, Bolívar abandonó
furtivamente a sus tropas, esa misma noche, para dirigirse
apresuradamente y por atajos hacia Cumaná, donde pese a las airadas
protestas de Ribas se embarcó de inmediato en el «Bianchi», junto
con Mariño y otros oficiales. Si Ribas, Páez y los demás generales
hubieran seguido a los dictadores en su fuga, todo se habría
perdido. Tratados como desertores a su arribo a Juan Griego, isla
Margarita, por el general Arismendi, quien les exigió que partieran,
levaron anclas nuevamente hacia Carúpano, donde, habiéndolos
recibido de manera análoga el coronel Bermúdez, se hicieron a la mar
rumbo a Cartagena. Allí a fin de cohonestar su huida, publicaron una
memoria de justificación, henchida de frases altisonantes.
Habiéndose sumado Bolívar a una conspiración para
derrocar al gobierno de Cartagena, tuvo que abandonar esa pequeña
república y seguir viaje hacia Tunja, donde estaba reunido el
Congreso de la República Federal de Nueva Granada. La provincia de
Cundinamarca, en ese entonces, estaba a la cabeza de las provincias
independientes que se negaban a suscribir el acuerdo federal
neogranadino, mientras que Quito, Pasto, Santa Marta y otras
provincias todavía se hallaban en manos de los españoles. Bolívar,
que llegó el 22 de noviembre de 1814 a Tunja, designado por el
congreso comandante en jefe de las fuerzas armadas federales y
recibió la doble misión de obligar al presidente de la provincia de
Cundinamarca a reconociera la autoridad del congreso y de marchar
luego sobre Santa Marta, el único puerto de mar fortificado
granadino aún en manos de los españoles. No presentó dificultades el
cumplimiento del primer cometido, puesto que Bogotá, la capital de
la provincia desafecta, carecía de fortificaciones. Aunque la ciudad
había capitulado, Bolívar permitió a sus soldados que durante 48
horas la saquearan. En Santa Marta el general español Montalvo,
disponía tan sólo de una débil guarnición de 200 hombres y de una
plaza fuerte en pésimas condiciones defensivas, tenía apalabrado ya
un barco francés para asegurar su propia huida; los vecinos, por su
parte, enviaron un mensaje a Bolívar participándole que, no bien
apareciera, abrirían las puertas de la ciudad y expulsarían a la
guarnición. Pero en vez de marchar contra los españoles de Santa
Marta, tal como se lo había ordenado el congreso, Bolívar se dejó
arrastrar por su encono contra Castillo, el comandante de Cartagena,
y actuando por su propia cuenta condujo sus tropas contra esta
última ciudad, parte integral de la República Federal. Rechazado,
acampó en Popa, un cerro situado aproximadamente a tiro de cañón de
Cartagena. Por toda batería emplazó un pequeño cañón, contra una
fortaleza artillada con unas 80 piezas. Pasó luego del asedio al
bloqueo, que duró hasta comienzos de mayo, sin más resultado que la
disminución de sus efectivos, por deserción o enfermedad, de 2.400 a
700 hombres. En el ínterin una gran expedición española comandada
por el general Morillo y procedente de Cádiz había arribado a la
isla Margarita, el 25 de marzo de 1815. Morillo destacó de inmediato
poderosos refuerzos a Santa Marta y poco después sus fuerzas se
adueñaron de Cartagena. Previamente, empero, el 10 de mayo 1815,
Bolívar se había embarcado con una docena de oficiales en un
bergantín artillado, de bandera británica, rumbo a Jamaica. Una vez
llegado a este punto de refugio publicó una nueva proclama, en la
que se presentaba como la víctima de alguna facción o enemigo
secreto y defendía su fuga ante los españoles como si se tratara una
renuncia al mando, efectuada en aras de la paz pública.
Durante su estada de ocho meses en Kingston, los
generales que había dejado en Venezuela y el general Arismendi en la
isla Margarita presentaron una tenaz resistencia las armas
españolas. Pero después que Ribas, a quién Bolívar debía su
renombre, cayera fusilado por los españoles tras la toma de Maturín,
ocupó su lugar un hombre de condiciones militares aun más
relevantes. No pudiendo desempeñar, por su calidad de extranjero, un
papel autónomo en la revolución sudamericana, este hombre decidió
entrar al servicio de Bolívar. Se trataba de Luis Brión. Para
prestar auxilios a los revolucionarios se había hecho a la mar en
Londres, rumbo a Cartagena, con una corbeta de 24 cañones, equipada
en gran parte a sus propias expensas y cargada con 14.000 fusiles y
una gran cantidad de otros pertrechos. Habiendo llegado demasiado
tarde y no pudiendo ser útil a los rebeldes, puso proa hacia Cayos,
en Haití, adonde muchos emigrados patriotas habían huido tras la
capitulación de Cartagena. Entretanto Bolívar se había trasladado
también a Puerto Príncipe donde, a cambio de su promesa de liberar a
los esclavos, el presidente haitiano Petión le ofreció un cuantioso
apoyo material para una nueva expedición contra los españoles de
Venezuela. En Los Cayos se encontró con Brión y los otros emigrados
y en una junta general se propuso a sí mismo como jefe de la nueva
expedición, bajo la condición de que, hasta la convocatoria de un
congreso general, él reuniría en sus manos los poderes civil y
militar. Habiendo aceptado la mayoría esa condición, los
expedicionarios se hicieron a la mar el 16 de abril de 1816 con
Bolívar como comandante y Brión en calidad de almirante. En
Margarita, Bolívar logró ganar para su causa a Arismendi, el
comandante de la isla, quien había rechazado a los españoles a tal
punto que a éstos sólo les restaba un único punto de apoyo, Pampatar.
Con la formal promesa de Bolívar de convocar un congreso nacional en
Venezuela no bien se hubiera hecho dueño del país, Arismendi hizo
reunir una junta en la catedral de Villa del Norte y proclamó
públicamente a Bolívar jefe supremo de las repúblicas de Venezuela y
Nueva Granada. El 31 de mayo de 1816 desembarcó Bolívar en Carúpano,
pero no se atrevió a impedir que Mariño y Piar se apartaran de él y
efectuaran, por su propia cuenta, una campaña contra Cumaná.
Debilitado por esta separación y siguiendo los consejos de Brión se
hizo a la vela rumbo a Ocumare [de la Costa], adonde arribó el 3 de
julio de 1816 con 13 barcos, de los cuales sólo 7 estaban
artillados. Su ejército se componía tan sólo de 650 hombres, que
aumentaron a 800 por el reclutamiento de negros, cuya liberación
había proclamado. En Ocumare difundió un nuevo manifiesto, en el que
prometía «exterminar a los tiranos» y «convocar al pueblo para que
designe sus diputados al congreso. Al avanzar en dirección a
Valencia, se topó, no lejos de Ocumare, con el general español
Morales, a la cabeza de unos 200 soldados y 100 milicianos. Cuando
los cazadores de Morales dispersaron la vanguardia de Bolívar, éste,
según un testigo ocular, perdió «toda presencia de ánimo y sin
pronunciar palabra, en un santiamén volvió grupas y huyó a rienda
suelta hacia Ocumare, atravesó el pueblo a toda carrera, llegó a la
bahía cercana, saltó del caballo, se introdujo en un bote y subió a
bordo del « Diana», dando orden a toda la escuadra de que lo
siguiera a la pequeña isla de Bonaire y dejando a todos sus
compañeros privados del menor auxilio». Los reproches y
exhortaciones de Brión lo indujeron a reunirse a los demás jefes en
la costa de Cumaná; no obstante, como lo recibieron in amistosamente
y Piar lo amenazó con someterlo a un consejo de guerra por deserción
y cobardía, sin tardanza volvió a partir rumbo a Los Cayos. Tras
meses y meses de esfuerzos, Brión logró finalmente persuadir a la
mayoría de los jefes militares venezolanos -que sentían la necesidad
de que hubiera un centro, aunque simplemente fuese nominal- de que
llamaran una vez más a Bolívar como comandante en jefe, bajo la
condición expresa de que convocaría al congreso y no se inmiscuiría
en la administración civil. El 31 de diciembre de 1816 Bolívar
arribó a Barcelona con las armas, municiones y pertrechos
proporcionados por Pétion. El 2 de enero de 1817 se le sumó
Arismendi, y el día 4 Bolívar proclamó la ley marcial y anunció que
todos los poderes estaban en sus manos. Pero 5 días después
Arismendi sufrió un descalabro en una emboscada que le tendieran los
españoles, y el dictador huyó a Barcelona. Las tropas se
concentraron nuevamente en esa localidad, adonde Brion le envió
tanto armas como nuevos refuerzos, de tal suerte que pronto Bolívar
dispuso de una nueva fuerza de 1.100 hombres. El 5 de abril los
españoles tomaron la ciudad de Barcelona, y las tropas de los
patriotas se replegaron hacia la Casa de la Misericordia, un
edificio sito en las afueras. Por orden de Bolívar se cavaron
algunas trincheras, pero de manera inapropiada para defender contra
un ataque serio una guarnición de 1.000 hombres. Bolívar abandonó la
posición en la noche del 5 de abril, tras comunicar al coronel
Freites, en quien delegó el mando, que buscaría tropas de refresco y
volvería a la brevedad. Freites rechazó un ofrecimiento de
capitulación, confiado en la promesa, y después del asalto fue
degollado por los españoles, al igual que toda la guarnición.
Piar, un hombre de color, originario de Curazao,
concibió y puso en práctica la conquista de la Guayana, a cuyo
efecto el almirante Brión lo apoyó con sus cañoneras. El 20 de
julio, ya liberado de los españoles todo el territorio, Piar, Brión,
Zea, Mariño, Arismendi y otros convocaron en Angostura un congreso
de las provincias y pusieron al frente del Ejecutivo un triunvirato;
Brión, que detestaba a Piar y se interesaba profundamente por
Bolívar, ya que en el éxito del mismo había puesto en juego su gran
fortuna personal, logró que se designase al último como miembro del
triunvirato, pese a que no se hallaba presente. Al enterarse de ello
Bolívar, abandonó su refugio y se presentó en Angostura, donde,
alentado por Brión, disolvió el congreso y el triunvirato y los
remplazó por un «Consejo Supremo de la Nación», del que se nombró
jefe, mientras que Brión y Francisco Antonio Zea quedaron al frente,
el primero de la sección militar y el segundo de la sección
política. Sin embargo Piar, el conquistador de Guayana, que otrora
había amenazado con someter a Bolívar ante un consejo de guerra por
deserción, no escatimaba sarcasmos contra el «Napoleón de las
retiradas», y Bolívar aprobó por ello un plan para eliminarlo. Bajo
las falsas imputaciones de haber conspirado contra los blancos,
atentado contra la vida de Bolívar y aspirado al poder supremo, Piar
fue llevado ante un consejo de guerra presidido por Brión y,
condenado a muerte, se le fusiló el 16 de octubre de 1817. Su muerte
llenó a Mariño de pavor. Plenamente consciente de su propia
insignificancia al hallarse privado del concurso de Piar, Mariño, en
una carta abyectísima, calumnió públicamente a su amigo victimado,
se dolió de su propia rivalidad con el Libertador y apeló a la
inagotable magnanimidad de Bolívar.
La conquista de la Guayana por Piar había dado un
vuelco total a la situación, en favor de los patriotas, pues esta
provincia sola les proporcionaba más recursos que las otras siete
provincias venezolanas juntas. De ahí que todo el mundo confiara en
que la nueva campaña anunciada por Bolívar en una flamante proclama
conduciría a la expulsión definitiva de los españoles. Ese primer
boletín, según el cual unas pequeñas partidas españolas que
forrajeaban al retirarse de Calabozo eran «ejércitos que huían ante
nuestras tropas victoriosas», no tenía por objetivo disipar tales
esperanzas. Para hacer frente a 4.000 españoles, que Morillo aún no
había podido concentrar, disponía Bolívar de más de 9.000 hombres,
bien armados y equipados, abundantemente provistos con todo lo
necesario para la guerra. No obstante, a fines de mayo de 1818
Bolívar había perdido unas doce batallas y todas las provincias
situadas al norte del Orinoco. Como dispersaba sus fuerzas,
numéricamente superiores, éstas siempre eran batidas por separado.
Bolívar dejó la dirección de la guerra en manos de Páez y sus demás
subordinados y se retiró a Angostura. A una defección seguía la
otra, y todo parecía encaminarse a un descalabro total. En ese
momento extremadamente crítico, una conjunción de sucesos
afortunados modificó nuevamente el curso de las cosas. En Angostura
Bolívar encontró a Santander, natural de Nueva Granada, quien le
solicitó elementos para una invasión a ese territorio, ya que la
población local estaba pronta para alzarse en masa contra los
españoles. Bolívar satisfizo hasta cierto punto esa petición. En el
ínterin, llegó de Inglaterra una fuerte ayuda bajo la forma de
hombres, buques y municiones, y oficiales ingleses, franceses,
alemanes y polacos afluyeron de todas partes a Angostura.
Finalmente, el doctor [Juan] Germán Roscio, consternado por la
estrella declinante de la revolución sudamericana, hizo su entrada
en escena, logró el valimiento de Bolívar y lo indujo a convocar,
para el 15 de febrero de 1819, un congreso nacional, cuya sola
mención demostró ser suficientemente poderosa para poner en pie un
nuevo ejército de aproximadamente 14.000 hombres, con lo cual
Bolívar pudo pasar nuevamente a la ofensiva.
Los oficiales extranjeros le aconsejaron diera a
entender que proyectaba un ataque contra Caracas para liberar a
Venezuela del yugo español, induciendo así a Morillo a retirar sus
fuerzas de Nueva Granada y concentrarlas para la defensa de aquel
país, tras lo cual Bolívar debía volverse súbitamente hacia el
oeste, unirse a las guerrillas de Santander y marchar sobre Bogotá.
Para ejecutar ese plan, Bolívar salió el 24 de febrero de 1819 de
Angostura, después de designar a Zea presidente del congreso y
vicepresidente de la república durante su ausencia. Gracias a las
maniobras de Páez, los revolucionarios batieron a Morillo y La Torre
en Achaguas, y los habrían aniquilado completamente si Bolívar
hubiese sumado sus tropas a las de Páez y Mariño. De todos modos,
las victorias de Páez dieron por resultado la ocupación de la
provincia de Barinas, quedando expedita así la ruta hacia Nueva
Granada. Como aquí todo estaba preparado por Santander, las tropas
extranjeras, compuestas fundamentalmente por ingleses, decidieron el
destino de Nueva Granada merced a las victorias sucesivas alcanzadas
el 1 y 23 de julio y el 7 de agosto en la provincia de Tunja. El 12
de agosto Bolívar entró triunfalmente a Bogotá, mientras que los
españoles, contra los cuales se habían sublevado todas las
provincias de Nueva Granada, se atrincheraban en la ciudad
fortificada de Mompós.
Luego de dejar en funciones al congreso granadino
y al general Santander como comandante en jefe Bolívar marchó hacia
Pamplona, donde pasó más de dos meses en festejos y saraos. El 3 de
noviembre llego a Mantecal, Venezuela, punto que había fijado a los
jefes patriotas para que se le reunieran con sus tropas Con un
tesoro de unos 2.000.000 de dólares, obtenidos de los habitantes de
Nueva Granada mediante contribuciones forzosas, y disponiendo de una
fuerza de aproximadamente 9.000 hombres, un tercio de los cuales
eran ingleses, irlandeses, hanoverianos y otros extranjeros bien
disciplinados, Bolívar debía hacer frente a un enemigo privado de
toda clase de recursos, cuyos efectivos se reducían a 4.500 hombres,
las dos terceras partes de los cuales, además, eran nativos y mal
podían, por ende, inspirar confianza a los españoles. Habiéndose
retirado Morillo de San Fernando de Apure en dirección a San Carlos,
Bolívar lo persiguió hasta Calabozo, de modo que ambos estados
mayores, enemigos se encontraban apenas a dos días de marcha el uno
del otro. Si Bolívar hubiese avanzado con resolución, sus solas
tropas europeas habrían bastado para aniquilar a los españoles. Pero
prefirió prolongar la guerra cinco años más.
En octubre de 1819 el congreso de Angostura había
forzado a renunciar a Zea, designado por Bolívar, y elegido en su
lugar a Arismendi. No bien recibió esta noticia, Bolívar marchó con
su legión extranjera sobre Angostura, tomó desprevenido a Arismendi,
cuya fuerza se reducía a 600 nativos, lo deportó a la isla Margarita
e invistió nuevamente a Zea en su cargo y dignidades. El doctor
Roscio, que había fascinado a Bolívar con las perspectivas de un
poder central, lo persuadió de que proclamara a Nueva Granada y
Venezuela como «República de Colombia», promulgase una constitución
para el nuevo estado -redactada por Roscio- y permitiera la
instalación de un congreso común para ambos países. El 20 de enero
de 1820 Bolívar se encontraba de regreso en San Fernando de Apure.
El súbito retiro de su legión extranjera, más temida por los
españoles que un número diez veces mayor de colombianos, brindó a
Morillo una nueva oportunidad de concentrar refuerzos. Por otra
parte, la noticia de que una poderosa expedición a las órdenes de
O'Donnell estaba a punto de partir de la Península, levantó los
decaídos ánimos del partido español. A pesar de que disponía de
fuerzas holgadamente superiores, Bolívar se las arregló para no
conseguir nada durante la campaña de 1820. Entretanto llegó de
Europa la noticia de que la revolución en la isla de León había
puesto violento fin a la programada expedición de O'Donnell. En
Nueva Granada, 15 de las 22 provincias se habían adherido al
gobierno de Colombia, y a los españoles sólo les restaban la
fortaleza de Cartagena y el istmo de Panamá. En Venezuela, 6 de las
8 provincias se sometieron a las leyes colombianas. Tal era el
estado de cosas cuando Bolívar se dejó seducir por Morillo y entró
con él en tratativas que tuvieron por resultado, el 25 de noviembre
de 1820, la concertación del convenio de Trujillo, por el que se
establecía una tregua de seis meses. En el acuerdo de armisticio no
figuraba una sola mención siquiera a la Republica de Colombia, pese
a que el congreso había prohibido, a texto expreso, la conclusión de
ningún acuerdo con el jefe español si éste no reconocía previamente
la independencia de la república.
El 17 de diciembre, Morillo, ansioso de desempeñar
un papel en España, se embarcó en Puerto Cabello y delegó el mando
supremo en Miguel de Latorre; el 10 de marzo de 1821 Bolívar
escribió a Latorre participándole que las hostilidades se
reiniciarían al término de un plazo de 30 días. Los españoles
ocupaban una sólida posición en Carabobo, una aldea situada
aproximadamente a mitad de camino entre San Carlos y Valencia; pero
en vez de reunir allí todas sus fuerzas, Latorre sólo había
concentrado su primera división, 2.500 infantes y unos 1.500
jinetes, mientras que Bolívar disponía aproximadamente de 6.000
infantes, entre ellos la legión británica, integrada por 1.100
hombres, y 3.000 llaneros a caballo bajo el mando de Páez. La
posición del enemigo le pareció tan imponente a Bolívar, que propuso
a su consejo de guerra la concertación de una nueva tregua, idea
que, sin embargo, rechazaron sus subalternos. A la cabeza de una
columna constituida fundamentalmente por la legión británica, Páez,
siguiendo un atajo, envolvió el ala derecha del enemigo; ante la
airosa ejecución de esa maniobra, Latorre fue el primero de los
españoles en huir a rienda suelta, no deteniéndose hasta llegar a
Puerto Cabello, donde se encerró con el resto de sus tropas. Un
rápido avance del ejército victorioso hubiera producido,
inevitablemente, la rendición de Puerto Cabello, pero Bolívar perdió
su tiempo haciéndose homenajear en Valencia y Caracas. El 21 de
setiembre de 1821 la gran fortaleza de Cartagena capituló ante
Santander. Los últimos hechos de armas en Venezuela -el combate
naval de Maracaibo en agosto de 1823 y la forzada rendición de
Puerto Cabello en julio de 1824- fueron ambos la obra de Padilla. La
revolución en la isla de León, que volvió imposible la partida de la
expedición de O'Donnell, y el concurso de la legión británica,
habían volcado, evidentemente, la situación a favor de los
colombianos.
El Congreso de Colombia inauguró sus sesiones en
enero de 1821 en Cúcuta; el 30 de agosto promulgó la nueva
constitución y, habiendo amenazado Bolívar una vez más con
renunciar, prorrogó los plenos poderes del Libertador. Una vez que
éste hubo firmado la nueva carta constitucional, el congreso lo
autorizó a emprender la campaña de Quito (1822), adonde se habían
retirado los españoles tras ser desalojados del istmo de Panamá por
un levantamiento general de la población. Esta campaña, que finalizó
con la incorporación de Quito, Pasto y Guayaquil a Colombia, se
efectuó bajo la dirección nominal de Bolívar y el general Sucre,
pero los pocos éxitos alcanzados por el cuerpo de ejército se
debieron íntegramente a los oficiales británicos, y en particular al
coronel Sands. Durante las campañas contra los españoles en el Bajo
y el Alto Perú -1823-1824- Bolívar ya no consideró necesario
representar el papel de comandante en jefe, sino que delegó en el
general Sucre la conducción de la cosa militar y restringió sus
actividades a las entradas triunfales, los manifiestos y la
proclamación de constituciones. Mediante su guardia de corps
colombiana manipuló las decisiones del Congreso de Lima, que el 10
de febrero de 1823 le encomendó la dictadura; gracias a un nuevo
simulacro de renuncia, Bolívar se aseguró la reelección como
presidente de Colombia. Mientras tanto su posición se había
fortalecido, en parte con el reconocimiento oficial del nuevo estado
por Inglaterra, en parte por la conquista de las provincias alto
peruanas por Sucre, quién unificó a las últimas en una república
independiente, la de Bolivia. En este país, sometido a las bayonetas
de Sucre, Bolívar dio curso libre a sus tendencias al despotismo y
proclamó el Código Boliviano, remedo del Code Napoleón. Proyectaba
trasplantar ese código de Bolivia al Perú, y de éste a Colombia, y
mantener a raya a los dos primeros estados por medio de tropas
colombianas, y al último mediante la legión extranjera y soldados
peruanos. Valiéndose de la violencia, pero también de la intriga, de
hecho logró imponer, aunque tan sólo por unas pocas semanas, su
código al Perú. Como presidente y libertador de Colombia, protector
y dictador del Perú y padrino de Bolivia, había alcanzado la cúspide
de su gloria. Pero en Colombia había surgido un serio antagonismo
entre los centralistas, o bolivistas, y los federalistas,
denominación esta última bajo la cual los enemigos de la anarquía
militar se habían asociado a los rivales militares de Bolívar.
Cuando el Congreso dé Colombia, a instancias de Bolívar, formuló una
acusación contra Páez, vicepresidente de Venezuela, el último
respondió con una revuelta abierta, la que contaba secretamente con
el apoyo y aliento del propio Bolívar; éste, en efecto, necesitaba
sublevaciones como pretexto para abolir la constitución y
reimplantar la dictadura. A su regreso del Perú, Bolívar trajo
además de su guardia de corps 1.800 soldados peruanos, presuntamente
para combatir a los federalistas alzados. Pero al encontrarse con
Páez en Puerto Cabello no sólo lo confirmó como máxima autoridad en
Venezuela, no sólo proclamó la amnistía para los rebeldes, sino que
tomó partido abiertamente por ellos y vituperó a los defensores de
la constitución; el decreto del 23 de noviembre de 1826, promulgado
en Bogotá, le concedió poderes dictatoriales.
En el año 1826, cuando su poder comenzaba a
declinar, logro reunir un congreso en Panamá, con el objeto aparente
de aprobar un nuevo código democrático internacional. Llegaron
plenipotenciarios de Colombia, Brasil, La Plata, Bolivia, México,
Guatemala, etc. La intención real de Bolívar era unificar a toda
América del Sur en una república federal, cuyo dictador quería ser
él mismo. Mientras daba así amplio vuelo a sus sueños de ligar medio
mundo a su nombre, el poder efectivo se le escurría rápidamente de
las manos. Las tropas colombianas destacadas en el Perú, al tener
noticia de los preparativos que efectuaba Bolívar para introducir el
Código Boliviano, desencadenaron una violenta insurrección. Los
peruanos eligieron al general Lamar presidente de su república,
ayudaron a los bolivianos a expulsar del país las tropas colombianas
y emprendieron incluso una victoriosa guerra contra Colombia,
finalizada por un tratado que redujo a este país a sus límites
primitivos, estableció la igualdad de ambos países y separó las
deudas públicas de uno y otro. La Convención de Ocaña, convocada por
Bolívar para reformar la constitución de modo que su poder no
encontrara trabas, se inauguró el 2 de marzo de 1828 con la lectura
de un mensaje cuidadosamente redactado, en el que se realzaba la
necesidad de otorgar nuevos poderes al ejecutivo. Habiéndose
evidenciado, sin embargo, que el proyecto de reforma constitucional
diferiría esencialmente del previsto en un principio, los amigos de
Bolívar abandonaron la convención dejándola sin quórum, con lo cual
las actividades de la asamblea tocaron a su fin. Bolívar, desde una
casa de campo situada a algunas millas de Ocaña, publicó un nuevo
manifiesto en el que pretendía estar irritado con los pasos dados
por sus partidarios, pero al mismo tiempo atacaba al congreso,
exhortaba a las provincias a que adoptaran medidas extraordinarias y
se declaraba dispuesto a tomar sobre sí la carga del poder si ésta
recaía en sus hombros. Bajo la presión de sus bayonetas, cabildos
abiertos reunidos en Caracas, Cartagena y Bogotá, adonde se había
trasladado Bolívar, lo invistieron nuevamente con los poderes
dictatoriales. Una intentona de asesinarlo en su propio dormitorio
en Bogotá, de la cual se salvó sólo porque saltó de un balcón en
plena noche y permaneció agazapado bajo un puente, le permitió
ejercer durante algún tiempo una especie de terror militar. Bolívar,
sin embargo, se guardó de poner la mano sobre Santander, pese a que
éste había participado en la conjura, mientras que hizo matar al
general Padilla, cuya culpabilidad no había sido demostrada en
absoluto, pero que por ser hombre de color no podía ofrecer
resistencia alguna.
En 1829, la encarnizada lucha de las facciones
desgarra baña la república y Bolívar, en un nuevo llamado a la
ciudadanía, la exhortó a expresar sin cortapisas sus deseos en lo
tocante a posibles modificaciones de la constitución. Como respuesta
a ese manifiesto, una asamblea de notables reunida en Caracas le
reprochó públicamente su ambiciones, puso al descubierto las
deficiencias de gobierno, proclamó la separación de Venezuela con
respecto a Colombia y colocó al frente de la primera al general
Páez. El Senado de Colombia respaldó a Bolívar, pero nuevas
insurrecciones estallaron en diversos lugares. Tras haber dimitido
por quinta vez, en enero de 1830 Bolívar aceptó de nuevo la
presidencia y abandonó a Bogotá para guerrear contra Páez en nombre
del congreso colombiano. A fines de marzo de 1830 avanzó a la cabeza
de 8.000 hombres, tomó Caracuta, que se había sublevado, y se
dirigió hacia la provincia de Maracaibo, donde Páez lo esperaba con
12.000 hombres en una fuerte posición. No bien Bolívar se enteró de
que Páez proyectaba combatir seriamente, flaqueó su valor. Por un
instante, incluso, pensó someterse a Páez y pronunciarse contra el
congreso. Pero decreció el ascendiente de sus partidarios en ese
cuerpo y Bolívar se vio obligado a presentar su dimisión ya que se
le dio a entender que esta vez tendría que atenerse a su palabra y
que, a condición de que se retirara al extranjero, se le concedería
una pensión anual. El 27 de abril de 1830, por consiguiente,
presentó su renuncia ante el congreso. Con la esperanza, sin
embargo, de recuperar el poder gracias a la influencia de sus
adeptos, y debido a que se había iniciado un movimiento de reacción
contra Joaquín. Mosquera, el nuevo presidente de Colombia, Bolívar
fue postergando su partida de Bogotá y se las ingenió para prolongar
su estada en San Pedro hasta fines de 1830, momento en que falleció
repentinamente.
Ducoudray-Holstein nos ha dejado de Bolívar el
siguiente retrato: «Simón Bolívar mide cinco pies y cuatro pulgadas
de estatura, su rostro es enjuto, de mejilla hundidas, y su tez
pardusca y lívida; los ojos, ni grandes ni pequeños, se hunden
profundamente en las órbitas; su cabello es ralo. El bigote le da un
aspecto sombrío y feroz, particularmente cuando se irrita. Todo su
cuerpo es flaco y descarnado. Su aspecto es el de un hombre de 65
años Al caminar agita incesantemente los brazos. No puede andar
mucho a pie y se fatiga pronto. Le agrada tenderse o sentarse en la
hamaca. Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces se
pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y
maldiciones contra cuantos le rodean. Le gusta proferir sarcasmos
contra los ausentes, no lee más que literatura francesa de carácter
liviano, es un jinete consumado y baila valses con pasión. Le agrada
oírse hablar, y pronunciar brindis le deleita. En la adversidad, y
cuando está privado de ayuda exterior, resulta completamente exento
de pasiones y arranques temperamentales. Entonces se vuelve
apacible, paciente, afable y hasta humilde. Oculta magistralmente
sus defectos bajo la urbanidad de un hombre educado en el llamado
beau monde, posee un talento casi asiático para el disimulo y conoce
mucho mejor a los hombres que la mayor parte de sus compatriotas.»
Por un decreto del Congreso de Nueva Granada los
restos mortales de Bolívar fueron trasladados en 1842 a Caracas,
donde se erigió un monumento a su memoria
Una visión de
Bolívar - Arturo Uslar-Pietri
El pueblo de Venezuela, como la mejor expresión de su
historia y de sus ideales, ofrenda la estatua de Simón Bolívar al
pueblo de los Estados Unidos de América para que quede en esta
ciudad de Washington, en la familia de las grandes sombras tutelares
de la democracia americana, como testimonio e inspiración para los
hombres que han de trabajar en la realización de un destino de
justicia, de fraternidad y de progreso para las Américas.
No voy a detenerme ante vosotros en el elogio de
Bolívar, que forma ya parte inseparable de lo más alto y puro del
patrimonio común de gloria del género humano. Fue un gran conductor
de pueblos, un heroico capitán de la guerra, un creador de rumbos,
un decidor y revelador de las hondas verdades yacentes bajo la
fluida realidad histórica, y un sentido, casi poético y casi
profético, de la condición de su América. Su obra de pensador
político no es menor que sus realizaciones de guerrero y estadista
por las que seis naciones le proclaman como su libertador. En los
cuarenta y siete años de su vida humana cupo más tarea creadora que
en las de los héroes clásicos, creó Estados pero también creó
filosofía política, dirigió batallas para derrotar ejércitos, pero
también supo concebir la estrategia para luchar contra las
imposiciones del pasado y ganarle un futuro mejor. Tanto como la más
brillante de sus campañas militares vale su discurso de Angostura
que todavía hoy, a ciento cuarenta años de distancia, es una de las
interpretaciones más penetrantes de la difícil y confusa realidad
histórica del mundo hispanoamericano. Si ese mismo mundo
hispanoamericano tuviera que escoger en su historia un solo
personero para representarlo en toda su amplitud, en toda su
complejidad, en toda su combativa variedad, no podría escoger, entre
sus grandes hombres, a otro más calificado que Bolívar.
Pero no es sólo, ni
principalmente, el pasado lo que venimos a rememorar aquí. Si esta
estatua no fuera sino pasado casi no valdría la pena haberla
erigido, pero ella es presente, este bronce está lleno de un
espíritu vivo, que es el de los pueblos de la América Latina a
quienes Simón Bolívar representó en presencia de los hombres y
representa, con innegable derecho, en presencia de la posteridad. En
este monumento está y estará presente el espíritu de una familia de
pueblos y su mensaje permanente al mundo de los hombres libres.
Llega en un buen momento esta
presencia. No hay acaso en la actualidad en el mundo un proceso más
dramático y esforzado que el que viven los veinte Estados de la
América Latina para alcanzar y afianzar no sólo la libertad
política, sino además para liberarse de las grandes desigualdades
sociales y económicas que vienen del pasado. Ese proceso puede
desembocar, en veces, en sangrientos conflictos y en anárquicas
explosiones, que serían mal interpretados si se viesen como la
manifestación de una especie de incapacidad para vivir en el orden,
cuando son, por el contrario, las manifestaciones de un organismo
social que busca un orden de justicia que no puede ser el impuesto
por el capricho de la fuerza y una estabilidad que no puede ser la
de la perpetuación de la miseria. Muchos de los aspectos de ese
proceso escapan de la esfera nacional para ingresar en la de las
relaciones interamericanas, donde la cooperación y la buena voluntad
de los países democráticos pueden hacer mucho para que esos ideales
de progreso y de equidad, que son la más irrenunciable expresión de
la conciencia continental, puedan alcanzarse con la ayuda de todos
para bien de todos.
A plantear serenamente todas estas
cuestiones viene este delegado de bronce a este centro vital de la
política interamericana. Como lo hizo tantas veces en vida viene
hoy, en inmortalidad, a buscar y ofrecer cooperación, porque hoy,
más que nunca, es necesario que las Américas se entiendan de buena
fe y con mutuo respeto. Sobre bases de equidad y de respetuosa
cooperación entre libres e iguales hay todo un inmenso programa de
interamericanismo práctico por realizar. Ese es el camino que ya
hemos comenzado a andar y el único que conduce hacia la América que
necesitamos todos, unida por el afecto, la confianza y el recíproco
interés. Todo lo que recuerde las caducas e inaceptables fórmulas
del imperialismo no puede servir sino para sembrar desconfianza y
para alimentar la propaganda de los enemigos de los Estados Unidos.
No podemos aceptar complacidos una situación de dependencia
económica, en beneficio principal de una sola de las partes, pero en
cambio son y serán bienvenidas y fecundas todas las formas de
cooperación económica para el desarrollo de nuestros países que nos
pongan a trabajar juntos, como socios sinceros y honestos, en la
empresa bolivariana de hacer de la América toda la esperanza del
Universo.
Este es el espíritu que habla por
esta estatua, con amistad, afecto y esperanza hacia los Estados
Unidos. Viene Bolívar hoy al corazón de un pueblo al que siempre
supo admirar y amar, como modelo, porque reunía la mayor suma de
dicha social al poder que da el orden y al poder que da la libertad
y a la ciudad que se enorgullece con el nombre de Washington, el
héroe inmaculado a quien Bolívar profesaba tan honda veneración, que
llegó a llamarlo "el más santo de los hombres" porque era una fuente
inagotable de lecciones de moderación y de amor a la patria.
Viene al hogar amigo y fraternal
de los Estados Unidos, como un símbolo de la vieja e inquebrantable
amistad de Venezuela por este gran país y en una hora auspiciosa en
que Venezuela, su patria, reemprende el camino, nunca renunciado,
hacia la democracia.
La unión sincera de todos los
venezolanos demócratas, sin distinciones de banderías políticas,
hizo posible poner fin a la dictadura y restablecer las bases firmes
de una vida de derecho y de libertad. Esa misma unión hizo posible
la pronta realización de unas elecciones libres y limpias de las que
ha surgido el régimen constitucional que hoy preside a Venezuela,
con el acatamiento y la colaboración activa de todos los grandes
partidos políticos. Esa Venezuela de la concordia y de la unidad,
esa Venezuela que no quiere reincidir en los errores del pasado, esa
Venezuela que no quiere decidir su rumbo sino tan sólo por la vía de
la consulta electoral y por el voto de la mayoría, esa Venezuela que
se apresta a afrontar sus problemas, con la sincera cooperación de
todos sus hijos, para construir un porvenir mejor, es la que hoy
trae a Washington la imagen de Bolívar para dejarla como el más
obligante testimonio de lo más limpio y valedero de la unidad de los
venezolanos.
Entra Simón Bolívar a formar parte
de las grandes presencias inspiradoras que presiden la labor
ecuménica que tiene su asiento en esta ciudad, polo de un mundo. Y
está bien Simón Bolívar entre ellas, porque mucho todavía tiene que
decir y hacer junto con ellas, para que la humanidad confíe segura
en que "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no
desaparecerá de la tierra"
Arturo
Uslar Pietri - Apuntes biográficos
Arturo Uslar
Pietri (1906-2001), novelista
venezolano cuyo interés por su país queda claramente reflejado en su
obra narrativa y en su actividad política.
Doctor en Ciencias Políticas en 1929, fue
ministro de Educación (1939-1941); secretario de la Presidencia de
la República (1941-1943); ministro de Hacienda (1943); ministro de
Relaciones Interiores (1945). Fue además redactor de la Ley de
Educación de su país conocida como "Ley Uslar Pietri" (1940). Con el
derrocamiento del presidente Medina fue encarcelado y desterrado a
Estados Unidos. A su regreso a Venezuela, en 1958, de nuevo fue
detenido por el dictador Pérez Jiménez. En 1963 fue candidato a
presidente de la República. Era miembro numerario de diversas
Academias, como la de la Lengua, y obtuvo importantes galardones,
entre ellos, el Premio Nacional de su país en 1954 y el Príncipe de
Asturias de las Letras en 1990.
La novela histórica Las lanzas coloradas
(1931) representa a la perfección sus primeras obras. En ella, con
el fondo de la guerra de independencia de Venezuela, describe los
acontecimientos de ese periodo a través de las experiencias de un
propietario agrícola simpatizante de Simón Bolívar y de un capataz
que apoya la causa de los españoles. El rechazo del autor venezolano
a transmitir mensajes sencillos y a estructurar su obra con fines
didácticos, la hace especialmente poco convencional. Una novela
posterior, Un retrato en la geografía (1962), es un original retrato
de la sociedad venezolana que consigue transmitir al lector la
alienación humana a través de las impresiones que un prisionero
político recién liberado va haciendo del nuevo paisaje social que
encuentra a su salida de la cárcel. Publicó también una colección de
relatos breves, Treinta hombres y sus sombras, en 1949.
Uslar Pietri cultivó también el ensayo
literario, como Breve historia de la novela hispanoamericana (1955),
En busca del Nuevo Mundo (1968), Fachas, fechas y fichas (1985),
Godos, insurgentes y visionarios (1986), Los venezolanos y el
petróleo (1990), Golpe y estado en Venezuela (1992) y Del Cerro de
Plata a los caminos extraviados (1994), entre otros textos. En El
hombre que voy siendo, de 1986, recopiló gran parte de su obra
poética. Falleció en 2001 en su ciudad natal, Caracas.