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Michelle Bachelet Jeria

121209 - Verónica Michelle Bachelet Jeria nació en Santiago de Chile, el 29 de septiembre de 1951. Es una médica pediatra y política chilena. Hasta el 2009 es la presidenta de Chile.
Hija de Alberto Bachelet, brigadier general de la Fuerza Aérea y miembro del gobierno de la Unidad Popular liderada por Salvador Allende, Michelle Bachelet estudió medicina en la Universidad de Chile, donde ingresó a las filas del Partido Socialista. Tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, su padre fue detenido por el Régimen Militar, falleciendo en prisión, y Michelle pasó a la clandestinidad. En 1975 fue detenida en Villa Grimaldi por los organismos represivos de la dictadura, antes de partir al exilio.

 

La Concertación, la coalición de centro-izquierda que gobierna Chile desde la restauración democrática en 1990, ha ganado la Presidencia de la República por cuarta vez consecutiva en el desenlace electoral del 15 de enero de 2006. Michelle Bachelet , dirigente del Partido Socialista y víctima preclara de la dictadura pinochetista, es una experta en atención sanitaria que inició su carrera política no hace más de una década y cuya candidatura presidencial se ahorró la elección primaria por lo elevado de su popularidad. El 11 de marzo sustituyó a Ricardo Lagos, compañero de partido y del que fue dos veces ministra, convirtiéndose en la primera mujer presidenta de Chile.
 

Orígenes familiares

La segunda hija del matrimonio formado en 1945 por el general de brigada de la Fuerza Aérea de Chile (FACH) Alberto Arturo Bachelet Martínez y la antropóloga y arqueóloga Ángela Jeria Gómez tiene por tatarabuelo paterno a un inmigrante francés, Joseph Bachelet Lapierre, un vinatero que en 1860 abandonó su pueblo en la Borgoña, Chassagne Montrachet, famoso hasta el día de hoy por la excelencia de sus caldos blancos, para emprender con su esposa parisina una nueva vida en el país austral, donde fue contratado como enólogo por los viñedos Subercaseaux.

El bisabuelo paterno, Germán Bachelet, nació en tierra chilena y a finales del siglo XIX se desposó con una joven de linaje franco-suizo; con su muerte en 1934, terminaron los vínculos de esta rama familiar con el negocio viticultor. De hecho, la presidenta electa de Chile, a la que sólo por el nombre y el aspecto físico bien cabría tomar por una ciudadana gala (en añadidura, habla el francés con fluidez, amén del inglés, el alemán y el portugués), podría tener un parentesco, muy lejano en cualquier caso, con Dennis Bachelet, uno de los más importantes y adinerados bodegueros de la Borgoña, y con otros paisanos de Chassagne Montrachet.

Por parte de la madre, destaca la figura del abuelo, Máximo Jeria Chacón, quien fuera la primera persona que obtuvo el título de ingeniero agrónomo en Chile. Con antepasados griegos y amigo íntimo del escritor Manuel Rojas, el abuelo materno de Bachelet fue comisionado por el Estado para introducir en el país modernas técnicas agrícolas aprendidas en Francia, y fundó varias escuelas de agronomía. Su condición de prohombre la atestiguan las dos calles de Santiago que portan su nombre.

La infancia de Bachelet discurrió en todos los lugares donde su padre estuvo destacado como oficial del aire. En Chile, vivió y recibió la educación básica en Quintero, Cerro Moreno, Antofagasta y San Bernardo. En 1962, durante la Administración presidencial de Jorge Alessandri Rodríguez, Alberto Bachelet fue destinado a la agregaduría militar de la Embajada chilena en Washington y, como en las ocasiones anteriores, se hizo acompañar de su esposa, el primogénito, Alberto, y la benjamina, quienes continuaron instruyéndose en Estados Unidos. En los dos años que pasó en la ciudad de Bethesda, en el estado de Maryland, la joven asistió a una escuela local y aprendió el idioma inglés. La educación secundaria la cursó en el Liceo de Niñas Nº 1 Javiera Carrera, centro público santiaguino en el que terminó el bachillerato en 1969, el año en que su hermano mayor, su cuñada y su sobrino recién nacido marcharon a Australia, donde Alberto pensaba abrirse un camino profesional en el ramo de la informática.

Aplicada y vivaracha, Bachelet destacó por su rendimiento académico y sus actividades escolares no lectivas en el deporte, la música y el teatro. Aunque barajó formarse como socióloga o economista, al final se decantó por la carrera médica. Su ingreso en 1970 en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, y con una nota excepcionalmente alta en el examen de selectividad, coincidió con la subida al poder del Gobierno de la Unidad Popular (UP) encabezado por Salvador Allende Gossens, líder del Partido Socialista de Chile (PSCh).

Si bien su padre, en tanto que militar profesional, no tenía nada ver con ningún partido político, la familia siempre había ofrecido un talante liberal, laico y progresista. En realidad, el general Bachelet estaba harto alejando del estereotipo del uniformado cuartelero, machista y obsesionado con el espíritu de cuerpo, ya que tenía una trayectoria de activismo comunitario en la sociedad civil y, como recuerda su viuda, cooperaba afanosamente en las tareas del hogar, algo insólito para los usos y costumbres de la época. Algunas fuentes informan que, incluso, era miembro de la masonería chilena, ámbito que probablemente facilitó su toma de contacto con el presidente Allende, masón reconocido. En cuanto a Ángela Jeria, constituía un ejemplo de mujer profesional emancipada de las servidumbres tradicionales.

Bajo la influencia de unos progenitores no conservadores y profundamente humanistas, y de la efervescencia política que vivían la Universidad y el conjunto del país, que, con la UP al timón, se encaminaba hacia el experimento allendista de un socialismo de acentos marxistas pero sin salirse de los cauces parlamentarios y democráticos, Bachelet, que en aquellos años lucía una larga melena morena y vestía al estilo hippy, ingresó en las juventudes del PSCh y se convirtió en una activa militante de la UP. Dentro de la Juventud Socialista trabó amistad con Carlos Enrique Lorca Tobar, un compañero de la Facultad de Medicina que fue elegido presidente de la organización y luego diputado nacional. Más tarde, en 1974, inició una relación sentimental con el militante Jaime Eugenio López Arellano, que llegó a secretario nacional de la JS y a encargado del área de internacional del partido.

En 1972, en medio de una gravísima crisis política y económica que tenía a Allende cogido entre las cuerdas, con los partidos de derecha, que ostentaban la mayoría en el Congreso, presionándole para que detuviera el programa de nacionalizaciones y la extrema izquierda de su propio campo azuzándole para que la “vía chilena al socialismo” tomara la senda antiburguesa y revolucionaria, el general Bachelet fue nombrado por Allende secretario de la Dirección Nacional de Abastecimiento y Comercialización (DINAC), un cargo de gran responsabilidad en una etapa angustiosa por la penuria de alimentos y demás productos básicos. Posteriormente asumió también la Dirección de Contabilidad de la FACH.
 


Michelle Bachelet Jeria

Víctima de la dictadura militar

El golpe de Estado perpetrado a sangre y fuego por las Fuerzas Armadas y liderado por el nuevo comandante en jefe del Ejército de Tierra, general Augusto Pinochet Ugarte, el 11 de septiembre de 1973 cayó sobre la vida de los Bachelet como una noche mortal. La hija asistió en directo, desde la azotea de la Facultad de Medicina, al bombardeo aéreo del Palacio de la Moneda, donde Allende perdió la vida.

El padre, firmemente asentado en la tradición del oficial legalista respetuoso con el orden constitucional, una condición que encarnaron igualmente los predecesores de Pinochet en la comandancia del Ejército, los generales René Schneider Chereau (víctima en 1970 de una conspiración de ultraderecha) y Carlos Prats González (quien dentro de unos meses iba a ser asesinado también por orden de los golpistas en su exilio argentino), rehusó colaborar con la Junta militar presidida por Pinochet; esta negativa, unida a sus credenciales demócratas y de colaborador de Allende, selló su destino.

Detenido ya la misma mañana del golpe en su oficina en el Ministerio de Defensa, dejado en libertad al final de la jornada y vuelto a arrestar el 14 de septiembre, Bachelet padre fue confinado en la Academia de Guerra Aérea, donde sus propios subalternos, a los que no podía ver el rostro por hallarse encapuchado, le infligieron brutales vejaciones, inclusive palizas y la introducción de objetos punzantes bajo las uñas.

En octubre, en unas condiciones físicas deplorables, quedó bajo arresto domiciliario y tuvo una última ocasión de estar con su esposa y su hija. El 18 de diciembre fue detenido de nuevo y recluido en la Cárcel Pública de Santiago, donde compartió destino con varias decenas de oficiales y suboficiales de la FACH. A todos ellos les abrieron un consejo de guerra por “traición a la patria”. Las torturas se sucedieron hasta que el 12 de marzo de 1974, el general, que padecía de isquemia, falleció de un infarto de miocardio sin haber recibido en todo este tiempo el tratamiento que su dolencia precisaba. Tenía 51 años.

Semejante tragedia no interrumpió, al menos al principio y de manera voluntaria, el compromiso de Bachelet con las aulas y con el PSCh, pese a que esta labor política hubo de desarrollarla en la clandestinidad, apoyando a la dirección interna de un partido diezmado por la represión. Incluidas en las listas negras de la dictadura, Ángela Jeria, que canalizaba su activismo en el terreno de los Derechos Humanos, ahora mismo conculcados masivamente en Chile, y su hija quedaron en una situación muy precaria. La arbitrariedad de la Junta se abatió sobre ellas el 10 de enero de 1975, cuando dos agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), la feroz policía política del régimen castrense, irrumpieron en su apartamento santiaguino y se las llevaron con los ojos vendados a la Villa Grimaldi, una vasta propiedad residencial habilitada por la agencia como centro de interrogatorio y torturas.

En este siniestro lugar, donde sucedían cosas como violaciones en masa de prisioneras, Michelle y su madre pasaron un calvario de interrogatorios, condiciones degradantes y maltratos físicos y psicológicos que ella, según ha comentado en entrevistas, no describe categóricamente como torturas, en el sentido habitual de la palabra, porque sus captores no les aplicaron electricidad y otros tormentos atroces que caracterizaban el modo de operar de la DINA, aunque sí reconoce haber recibido algunas torturas de un grado no extremo que prefiere no detallar, aduciendo que tras el choque traumático se le bloquearon muchos recuerdos. Transcurridos unos días, las dos mujeres fueron transferidas de Villa Grimaldi al centro de detención de Cuatro Álamos, donde permanecieron hasta principios de febrero.

Su puesta en libertad fue gracias a la gestión providencial del general Osvaldo Croquevielle Cardemil, que era familia política directa al tratarse del marido de Alicia Bachelet, la hermana del fallecido Alberto Bachelet. El cuñado y tío de las liberadas, antiguo director de la Aeronáutica Civil, había sido dado de baja de las FACH el mismo día del golpe de Estado, y aunque no formaba parte del núcleo del poder militar, conservaba un importante ascendiente en el alto mando. Croquevielle fue avisado de la suerte que estaban corriendo sus familiares por su sobrino Alberto, quien a su vez recibió la noticia en Australia de su esposa Patricia Espinosa, que se encontraba en Santiago junto con sus dos hijos en el momento de la detención. Según parece, la exigencia de Croquevielle fue atendida por el comandante en jefe de la FACH, general Gustavo Leigh Guzmán, uno de los cuatro integrantes de la Junta de Gobierno, y el ministro del Interior, general César Benavides Escobar.

Salvadas de lo peor y aprovechando la puerta abierta que les dejaba la Junta, madre e hija se apresuraron a tomar un avión que les llevó a Sidney, donde se reunieron con Alberto, al que no veían desde hacía años. Atrás quedaban muchos compañeros de la JS y el partido que terminaron siendo asesinados por la dictadura. Así les sucedió a Lorca Tobar y a López Arellano: en el plazo de unos meses, los dos fueron detenidos y hechos desaparecer por la DINA.

Exilio en Alemania Oriental e inicio de la profesión médica en Chile

En mayo de 1975 Bachelet marchó a la República Democrática de Alemania (RDA), cuyo régimen comunista brindaba asilo y protección a miles de refugiados políticos de ideas izquierdistas de toda Latinoamérica. Su madre le siguió un mes después, aunque no se fue a vivir con ella en Leipzig, sino que se instaló en Potsdam. En el país europeo oriental la joven aprendió el alemán en el Instituto Herder de Leipzig, retomó los estudios de medicina en la Universidad Humboldt de Berlín y cultivó los contactos con otros miembros de la comunidad de exiliados chilenos, muchos de los cuales pertenecían al PSCh.

Uno de ellos era Jorge Leopoldo Dávalos Cartes, un estudiante de arquitectura también veinteañero, unos años mayor que ella. Dávalos era miembro del Comité Central del PSCh y se ubicaba en la facción que encabezaba el antiguo responsable de la diplomacia chilena con Allende, Clodomiro Almeyda Medina. Entre sus cometidos estaba supervisar los interrogatorios que el personal del PSCh realizaba a exiliados recién llegados a la RDA para cerciorarse de que no eran infiltrados de los servicios de inteligencia de la dictadura.

Bachelet y Dávalos se conocieron en 1976 en Potsdam gracias a que les presentó la madre de ella, surgiendo el idilio. Unos meses atrás, Michelle había visto por última vez a su anterior novio, Jaime López Arellano, en el curso de un viaje que éste estaba realizando en la RDA y la URSS para recabar recursos para la lucha clandestina. López era entonces secretario general del PSCh en el interior, y en diciembre de 1975, tras su vuelta a Chile, la DINA lo aprehendió, lo encerró en Villa Grimaldi y lo hizo desaparecer. En diciembre de 1977 Bachelet y Dávalos contrajeron matrimonio civil en la ciudad brandenburguesa y al cabo de unos meses nacía su primer hijo, Sebastián.

En febrero de 1979, tras recibir la autorización correspondiente a instancias del general Fernando Matthei Aubel, sucesor de Leigh como representante de la FACH en la Junta de Gobierno y buen conocedor de la familia de su antiguo compañero de armas –cuya integridad, ni él ni Leigh pudieron o quisieron salvar- las Bachelet retornaron a Chile. Allí les esperaba una vida incierta, ya que si el régimen militar parecía dispuesto a no atosigarlas, tal tolerancia estaría condicionada a que se abstuvieran de realizar actividades oposicionistas o resistentes. Ni Bachelet ni su esposo tenían trabajo, y ella se encontró con que su antigua universidad no le convalidaba los dos cursos de medicina, el cuarto y el quinto, que había realizado en Berlín, así que tuvo que repetir el segundo ciclo en la facultad santiaguina.

En 1982, por fin, obtuvo la licenciatura que la acreditaba como médico cirujano pediatra con mención en epidemiología, pero los obstáculos al rehacer vital no desaparecieron. Su solicitud al sistema público de salud para ejercer de médica de cabecera en barriadas populares fue rechazada, según ella por razones políticas, pero a cambio consiguió del Colegio Médico de Chile una beca formativa que le permitió, en el lapso de cuatro años, especializarse en pediatría y salud pública con adscripción al personal del Hospital Dr. Roberto del Río, un centro capitalino que brindaba tratamientos específicos e integrales a la infancia.

En 1984 nació su segundo hijo, una niña, Francisca, pero el matrimonio con Dávalos, que había abierto su propio estudio de arquitectura, arrastraba problemas y en 1985 los cónyuges resolvieron separarse jurídicamente. Entre tanto, su hermano Alberto se instaló con su familia en Estados Unidos, en San Francisco, donde la compañía de computación para la que trabajaba había abierto una delegación. En 2001 iba a fallecer por causas naturales en la ciudad californiana a los 54 años.

Entregada a su profesión de pediatra, Bachelet se mantuvo alejada del activismo político, al menos en su faceta visible de resistencia a la dictadura, y a cambio desarrolló una labor de atención a las víctimas de la represión. Fue en el seno de la Fundación para la Protección a la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia (PIDEE), una ONG dedicada a ayudar a niños de padres represaliados, algunos de los cuales, extraoficialmente, eran huérfanos, ya que los progenitores desaparecidos, en realidad, estaban muertos. En la PIDEE Bachelet entró de la mano de María Eugenia Rojas, hija del escritor Manuel Rojas y esposa del dirigente comunista y académico Juan Fernando Ortiz Letelier –otro ilustre preso de los calabozos de la DINA, desaparecido en 1976-, quien era amiga de su madre desde la infancia.

La experta en atención de niños se hizo cargo del área médica de la PIDEE en 1986, el año en que Pinochet fue objeto de un atentado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), grupo armado de extrema izquierda que creía factible acabar con el régimen con los mismos métodos terroristas que éste venía aplicando contra los que consideraba enemigos. Justo entonces, Bachelet mantenía una relación amorosa con el portavoz de la banda subversiva, Álex Vojkovic Trier, ingeniero de profesión y miembro del Partido Comunista (PCCh). Este vínculo sentimental, terminado en 1987, iba a ser sacado a colación con ánimo incriminatorio por detractores políticos de la entonces ministra en 2003, obligándola a aclarar que en aquella época ella no tenía la menor relación con las actividades del FPMR –aunque sí participó en algunas reuniones de sus miembros- y que nunca, ni antes ni después, había apoyado los instrumentos violentos en la lucha política.

Bachelet fue testigo más que actuante de los grandes procesos políticos que desembocaron en las históricas elecciones democráticas del 14 de diciembre de 1989, las cuales fueron ganadas por la Concertación de Partidos por la Democracia (CPPD), nucleada en torno al PSCh y su otrora acerbo adversario, el Partido Demócrata Cristiano (PDC). Dentro del PSCh era una militante de base y no estuvo involucrada en la reyerta que enfrentó a las alas socialistas capitaneadas por el ex canciller Almeyda y el ex secretario general Carlos Altamirano Orrego (ésta última, más fiel al socialismo marxista, no socialdemócrata, del PSCh original). Días después de las elecciones nacionales, los socialistas chilenos enterraron una década de divisiones orgánicas en el XXIV Congreso del partido, justamente llamado de la reunificación.
 


Michelle Bachelet Jeria

Salto a la política gubernamental con el Partido Socialista

Tras la asunción el 11 de marzo de 1990 del primer Gobierno de la CPPD bajo la presidencia del democristiano Patricio Aylwin Azócar, Bachelet fue reclutada como epidemióloga por el Servicio de Salud Metropolitano Occidente, que cubre la mitad oeste de Santiago y la Región Metropolitana, donde volcó su experiencia y conocimientos en la mejora de la red de hospitales y consultorios, dejada languidecer por unos gobiernos pinochetistas que aplicaron políticas neoliberales centradas en el saneamiento macroeconómico. Luego, ejerció en la Comisión Nacional del Sida (CONASIDA) y brindó consultoría a la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Agencia Alemana de Cooperación Técnica (GTZ), una empresa de cooperación internacional privada que tenía contrato permanente con el Gobierno de la República Federal de Alemania.

Mientras trabajaba para CONASIDA, Bachelet se emparejó con Aníbal Hernán Henríquez Marich, un médico especializado en enfermedades del sistema respiratorio que atendía a pacientes con sida en el Hospital San Juan de Dios y que, a diferencia de las anteriores parejas de ella, tenía ideas de derecha y simpatizaba con Pinochet (dicho sea de paso, el general continuó proyectando una sombra amenazadora sobre la verde democracia chilena desde su puesto de comandante en jefe del Ejército, que detentó hasta 1998, cuando se convirtió en senador vitalicio y empezó a tener problemas con la justicia, aunque el paquete de cortapisas legales al sistema democrático y la soberanía civil, impuesto por la Constitución de 1980, prolongó su vigencia unos años más).

Bachelet no contrajo segundas nupcias con Henríquez, de entrada porque su vínculo matrimonial con Jorge Dávalos no estaba anulado, pero tuvo una hija de él, Sofía, nacida en 1992. A mediados de la década, estos dos facultativos con tantas afinidades profesionales como diferencias ideológicas, terminaron su relación sentimental. En 1994, con la instalación del nuevo Ejecutivo de la CPPD presidido por el democristiano Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Bachelet fue contratada por el Ministerio de Salud como asesora en temas de atención primaria y en gestión de servicios de salud.

Su perfil, hasta ahora fundamentalmente técnico y profesional, circunscrito a la salud pública, se politizó de lleno al tiempo que abarcó los asuntos de seguridad y de defensa en 1996, y por triplicado: primero, al ser elegida miembro del Comité Central del PSCh en su XXV Congreso, celebrado en Santiago del 3 al 5 de mayo; segundo, en octubre, al candidatear, aunque con fracaso total, a un puesto de concejal de Las Condes, una comuna santiaguina de clase alta (en aquella ocasión, la lista de la CPPD fue vapuleada, con el 78% de los votos, por la que encabezaba el alcalde reeleccionista y futuro candidato presidencial de la derecha próxima a Pinochet, Joaquín José Lavín Infante); y tercero, al cursar un diploma de Estudios Políticos y Estratégicos impartido por la Academia Nacional de Asuntos Políticos y Estratégicos (ANEPE), donde tuvo como profesores a dos antiguos miembros del gabinete militar de Pinochet.

En su biografía oficial contada en primera persona, Bachelet explica que su interés por un campo tan alejado de su experiencia profesional y que, a priori, podría resultarle antipático por todo lo que los militares le habían hecho pasar, nació de la convicción de que, pese a lo avanzado en la consolidación de la democracia, “persistían dificultades para la plena normalización de las relaciones entre el mundo civil y el militar”. En el curso de la ANEPE tuvo un rendimiento tan destacado, obteniendo mayor puntuación que sus doce compañeros de aula –la mitad uniformados y la otra mitad civiles, todos funcionarios públicos- que se hizo merecedora de una Beca de Honor Presidente de la República, para realizar en 1997 y parte de 1998 el selectivo curso superior de Defensa Continental en el Colegio Interamericano de Defensa (IADC), sito en Fort Lesley J. McNair, en Washington D. C., dentro de un grupo de militares y civiles destacados por los distintos países miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA).

De vuelta a Chile en 1998, su recién adquirida especialización le permitió incorporarse al Ministerio de Defensa en calidad de asesora. Ese mismo año fue reelegida en el Comité Central de los socialistas chilenos y entró a formar parte de la Comisión Política del partido. En mayo de 1999 trabajó en el equipo electoral del precandidato del PSCh en la campaña de las primarias de la CPPD para la definición del candidato presidencial, Ricardo Lagos Escobar, ministro de Educación con Aylwin y de Obras Públicas con Frei, quien ganó la partida al democristiano Andrés Rafael Zaldívar Larraín y que en diciembre siguiente hizo lo propio en las urnas nacionales frente al derechista Joaquín Lavín, de la Unión por Chile.

Lagos venía tomando buena nota de las aptitudes mostradas por Bachelet en el último lustro como servidora pública, tal que el 11 de marzo de 2000, con la toma de posesión del tercer ejecutivo consecutivo de la CPPD, la médica estrenó una cartera ministerial que le venía como anillo al dedo, la de Salud. Para mejor dedicarse a su nuevo menester gubernamental, Bachelet abandonó la Comisión Política del PSCh.

Bachelet se puso manos a la obra para cumplir con el primer objetivo, asaz complicado, que le había encomendado Lagos: terminar en el plazo de tres meses con las listas de espera de pacientes que aguardaban a ser atendidos en los consultorios de la saturada red pública. A finales de julio, suscitando reacciones escépticas en usuarios y médicos, la ministra anunció que las colas se habían reducido ya en un 90%. Pese a la descongestión cierta de numerosos centros, gracias a la asignación telefónica centralizada de las consultas y la extensión de los horarios de atención prioritaria, la evidencia de que la meta de reducir a cero las colas en tan exiguo plazo no había sido alcanzada le impelió a presentar su cargo a disposición del presidente, quien por el contrario la confirmó en el mismo.

El segundo desafío que Bachelet afrontó en los dos años que fungió al frente del Ministerio, sentar las bases de una reforma estructural del sistema de salud que trajera el verdadero acceso universal e igualitario de todos los chilenos a la sanidad pública, produjo unos resultados satisfactorios, con la definición de los Objetivos Sanitarios para el año 2010, el desarrollo de nuevos programas de tratamiento de enfermedades, la extensión de la cobertura del seguro médico y, con la participación de todos los colectivos afectados, la elaboración del proyecto de Ley de la Reforma, Derechos y Deberes de las Personas en Salud.

Otra decisión importante del Ministerio fue la de facilitar gratuitamente a mujeres víctimas de abusos sexuales la píldora anticonceptiva poscoital, la popularmente llamada “píldora del día después”, que desató una cascada de protestas en medios políticos conservadores y de la Iglesia católica, para quienes se trataba de un método abortivo encubierto, y que en agosto de 2001 motivó una sentencia de la Corte Suprema prohibiendo la venta del fármaco.

En la remodelación ministerial del 7 de enero de 2002 Lagos dio a Bachelet la oportunidad de ejercitar, al más alto nivel, el perfil adicional que se había labrado en la década anterior, el de experta en cuestiones militares. Sustituyendo al democristiano Mario Fernández Baeza, que pasó a encargarse de la Secretaría General de la Presidencia, el nombramiento de Bachelet como ministra de Defensa causó sensación no sólo por tratarse de la primera mujer que asumía la cartera en Chile –y en toda Sudamérica- y en el primer titular socialista desde la época de Allende; también, por ser hija de quien era y por haber padecido en sus carnes las atrocidades infligidas por la misma institución sobre la que ahora adquiría potestad.

La simbología del reencuentro entre verdugos y víctimas en la democracia civil y de la superación de los rencores sin venganza pero con un sentido de la justicia y la reparación históricas, en un momento en que el anciano Pinochet tenía que aducir una supuesta demencia senil para evitar ser enjuiciado por crímenes cometidos bajo su gobierno, estaba ahí y Bachelet no defraudó las expectativas. Su gestión, que encontró la colaboración plena de las jerarquías de las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros, se dirigió a modernizar los distintos cuerpos castrenses y a adecuarlos a las nuevas necesidades estratégicas y de seguridad, con mención destacada de la participación en operaciones multinacionales de paz en el exterior, y registró varias iniciativas que apuntaron al avance de la reconciliación en el contexto arriba citado.

Así, la coincidencia del trigésimo aniversario del golpe de Estado favoreció gestos como la organización por el Ministerio y el Alto Mando de la Armada de una visita de antiguos presos políticos a la Isla Dawson, allí donde habían estado confinados, la reparación moral del Ejército al general Prats y, de más valor emocional para ella y su familia, la rehabilitación también por la FACH del honor del general Bachelet, en una ceremonia de homenaje a todos los procesados en el consejo de guerra de 1973 que tuvo lugar en la base aérea de Quintero en diciembre de 2003. El año anterior, su enérgica imagen de ministra encaramada en la torreta de un vehículo anfibio, con capote y gorra militares e impartiendo órdenes a los soldados durante las labores de socorro a los damnificados por las inundaciones de Huechuraba, en la Región Metropolitana, resultó tan chocante como positiva en términos de valoración ciudadana.

El camino a la Presidencia de Chile

Al despuntar 2004, la ministra de Defensa era la dirigente política más popular del país después del presidente Lagos y su nombre corría en boca de todos como probable precandidata de la Concertación Democrática. Los sondeos aseguraban que era la única figura de la coalición gobernante con claras posibilidades de imponerse en las urnas a Lavín, el potente jefe de la Unión Demócrata Independiente (UDI) y desde 2000 alcalde de Santiago. El 1 de octubre de 2004, en lo que ella ha dado entender fue una especie de sacrificio personal, ya que no tenía ambiciones de ese calibre pero tampoco quería ser insensible a la ola de simpatía y apoyos que levantaba por doquier, Bachelet quedó exonerada de su puesto en el Gabinete para participar en la campaña de la Concertación en las elecciones municipales, que ganó holgadamente el oficialismo, y, sobre todo, para preparar su precandidatura presidencial.

Para la proclamación del aspirante presidencial de la Concertación se prefiguraba una liza con la democristiana María Soledad Alvear Valenzuela, una abogada con amplia experiencia gubernamental que en los cuatro últimos años se había sentado al lado de Bachelet en el Consejo de Ministros como titular de Relaciones Exteriores. De hecho, las dos mujeres salieron del Gobierno el mismo día, siendo sucedida la socialista por Jaime Ravinet de la Fuente y la democristiana por Ignacio Walker Prieto, ambos del PDC. Bachelet tuvo un protagonismo estelar en el XXVII Congreso del PSCh, discurrido en Santiago del 28 al 30 de enero de 2005, que confirmó su precandidatura y eligió como nuevo presidente orgánico al senador Ricardo Núñez Muñoz, quien ya ostentara en puesto a principios de la década anterior. Bachelet se convirtió en la precandidata conjunta del PSCh, su formación hermana en el seno de la Concertación, el Partido por la Democracia (PPD), y el Partido Radical Social Demócrata (PRSD).

No obstante tratarse de una política de muy alto perfil, con una sólida reputación de servidora competente y ser más conocida a nivel internacional, Alvear, quien a su vez ganó al senador Adolfo Zaldívar Larraín (hermano de Andrés Zaldívar) en la primaria interna del PDC, no consiguió superar a Bachelet en los sondeos de opinión en ningún momento. Los partidos de la Concertación querían cerciorarse de que la persona que nominaran tuviera las máximas posibilidades de vencer a Lavín, entonces el candidato unitario de la derecha, y ante sí tenían tres métodos para definirlo: una designación acordada de puertas adentro por las cúpulas partidarias, como con Aylwin en 1989; una elección primaria limitada a los afiliados de la Concertación, como con Frei en 1993; o una primaria abierta a todos los electores chilenos, como con Lagos en 1999. Esta secuencia definía una línea de progresión democrática de la Concertación en el proceso de generación de sus candidatos presidenciales.

Los cuatro integrantes de la Concertación, esto es, el PSCh, el PDC, el PPD y PRSD, cuyos presidentes respectivos eran Núñez Muñoz, Adolfo Zaldívar, Víctor Barrueto y José Antonio Gómez, acordaron acudir a unas primarias abiertas que serían dirimidas el 31 de julio de 2005. Pero en mayo, la irrupción de la candidatura presidencial de Sebastián Piñera Echenique, magnate empresarial y dirigente del partido conservador Renovación Nacional (RN, que había avanzado más que la UDI en la remoción de la identificación con el pasado pinochetista, a estas alturas una alforja objetiva) trastocó aquellos planes, ya que la división del voto de la Alianza por Chile (la anterior Unión por Chile) convertía en urgente la selección del candidato del oficialismo y, al mismo tiempo, sepultaba las esperanzas de Alvear de recortar la distancia que la separaba de Bachelet. Así, el 24 de mayo, la precandidata democristiana renunció a su postulación y llamó a cerrar filas tras la socialista, que se convirtió automáticamente en la candidata concertadora sin necesidad de primarias. El 20 de agosto el Consejo General del PSCh la proclamó oficialmente candidata presidencial.

Impulsada por el carisma que alimentaban su discurso suave y convincente, su imagen de política comprometida, transparente y empática con la gente, que se identificaba bien con los problemas específicos de las mujeres y los más jóvenes, y su sonrisa espontánea, quien se presentaba como una “humanista laica” y concentraba “todos los pecados capitales en Chile” por ser “mujer, socialista, separada y agnóstica” (rapto de ironía en torno a sus señas de identidad con el que invitaba a votar por ella para romper con los estereotipos de Chile, nada exagerados, como país machista, conservador y clerical), emprendió la campaña de las presidenciales del 11 de diciembre de 2005 sacando el máximo provecho de esas sus dotes personales, del paradigma de su amarga pero superada peripecia vital y de un manifiesto electoral donde los principios declarativos y las grandes perspectivas nacionales se imponían sobre las políticas concretas y las habituales retahílas de dígitos de necesario cumplimiento.

En el preámbulo de su Programa de Gobierno, elaborado a partir de las contribuciones hechas por los llamados Diálogos Ciudadanos, los grupos de trabajo de las precandidaturas de la Concertación y las comisiones técnicas de los partidos integrantes, Bachelet apelaba directamente a los sentimientos y a la identificación con su candidatura con afirmaciones como éstas: “Yo no fui criada para el poder ni nunca hice nada para obtenerlo. No pertenezco a la élite tradicional. Mi apellido no es de los apellidos fundadores de Chile”. Y: “La política entró en mi vida destrozando lo que más amaba. Porque fui víctima del odio, he consagrado mi vida a revertir su garra y convertirlo en comprensión, tolerancia y -por qué no decirlo- en amor”.

En cuanto al contenido programático, Bachelet, en síntesis, propugnaba, después de quince años de gobiernos concertadores, una continuidad con perfeccionamiento, que consolidara los logros alcanzados e hilvanara los flecos pendientes. Esto significaba que el magnífico legado de la Administración de Lagos en el terreno macroeconómico –los datos de 2004 cabían ser calificados de fastos, con un índice de crecimiento del 6,1%, la inflación constreñida al 1,1% (aunque la tendencia ahora era alcista), un excedente comercial acumulado de 9.000 millones de dólares, un saldo positivo en la cuenta corriente equivalente al 2% del PIB y, tras un lustro de déficits, un superávit fiscal del 2,2%- debía ser preservado para garantizar el crecimiento, la estabilidad financiera y la creación de empleo, andando la tasa de paro en torno al 8%. El futuro Gobierno de la Concertación seguiría “caminando con seguridad por la senda del desarrollo económico, basado en la seriedad y el equilibrio presupuestario, sin por eso dejar de ayudar a los que quedan rezagados y nos necesitan”.

La candidata instaba a no acomodarse a bicocas coyunturales como el alto precio internacional del cobre, factor clave, junto con los recientes avances en la red de tratados de libre comercio suscritos con países y organizaciones de todo el mundo (los últimos, con Estados Unidos, la Asociación Europea de Libre Comercio, Corea del Sur, Nueva Zelanda, Singapur, Brunei y China, que se sumaban a los de Canadá, México, la Unión Europea y Centroamérica), del boom de las exportaciones nacionales, y a concebir el desarrollo del futuro sobre las bases de un comercio exterior diversificado, las industrias de valor añadido, la inversión en I+D y la formación de recursos humanos.

A la vez, se imponía dar un “salto de gigante” en la protección social, mejorando las pensiones, el seguro de desempleo y la atención sanitaria pública. Era necesario continuar achicando las bolsas de pobreza, lacra que en 1990 aquejaba al 38% de la población frente al 19% ahora, y propiciar un reparto más equitativo de la renta nacional para corregir las flagrantes desigualdades socioeconómicas (de hecho, ahora, las diferencias entre los que tenían más y los que menos eran más marcadas que en tiempos de Pinochet). Para Bachelet, “desigualdad” era sinónimo de “inseguridad”, y al Estado le correspondía brindar protección social para vencer esa inseguridad. Puesto que se pretendía gastar más en lo social, la presión fiscal, a pesar del superávit, tendría que mantenerse en su actual nivel, aunque, eso sí, redoblando la lucha contra la evasión y el fraude.

Otro capítulo importante del Programa trataba de la “calidad de la democracia” chilena. Tras la remoción, reforma constitucional mediante, de los últimos “resabios institucionales del período dictatorial” y los “enclaves autoritarios” -con la abolición de los senadores designados, que agotaban su última legislatura, la restitución al jefe del Estado de la facultad de nombrar a los comandantes en jefe y la transformación del Consejo de Seguridad Nacional (Cosena) en un órgano asesor de la Presidencia-, era la hora de aplicar una “nueva agenda de reformas democráticas”, como el reconocimiento constitucional de los pueblos indígenas como etnias constitutivas de la nación, la ampliación de los espacios de participación y decisión ciudadanas (lo que incluía introducir la iniciativa popular de ley para los ámbitos de competencia no exclusiva del presidente de la República), la abolición del sistema electoral binominal (que favorece a los partidos de la oposición de derecha), la rendición de cuentas de las autoridades ante los ciudadanos, la descentralización de la administración del Estado y la potenciación de los municipios, en aras de la eficiencia, la transparencia y la probidad en el ejercicio de la cosa pública.

Las reivindicaciones de las mujeres chilenas tenían en Bachelet una firme portaestandarte. Destacando siempre su condición femenina (“que una mujer sea presidenta no debe ser visto como una rareza, sino como un augurio”), la candidata del Gobierno se comprometía a trabajar por la equiparación de los derechos de género y a promover decididamente las medida de acción afirmativa o de discriminación positiva de la mujer a la hora de cubrir las plantillas de cargos públicos y de representación popular.

En cuanto a la política exterior, el mensaje era nítido: pragmatismo, multilateralismo y búsqueda de las buenas relaciones con todo el mundo, poniendo siempre un ojo comercial en la inserción en los mercados internacionales. A diferencia del Brasil de Luiz Inácio Lula da Silva, la Argentina de Néstor Kirchner y el Uruguay de Tabaré Vázquez, que completaban el grupo de gobiernos de centroizquierda e izquierda en el Cono Sur, que eran críticos con el proyecto, y, más todavía, de la Venezuela de Hugo Chávez y, dentro de poco, la Bolivia de Evo Morales, que lo impugnaban de cabo a rabo, Chile seguía confiando plenamente en el Acuerdo de Libre Comercio de Las Américas (ALCA) como instrumento positivo para su desarrollo económico, pero siempre que preservara la diversidad de los países miembros. La candidata opinaba que el MERCOSUR y el ALCA eran unas vías, no conflictivas entre sí, sino “complementarias”.

Cabía suponer por tanto que, con Bachelet en el poder, el país austral no sería un socio militante del comúnmente llamado “eje progresista sudamericano”, un alineamiento fáctico que defiende las dinámicas de integración autóctonas, más ambiciosas y atentas a las especificidades culturales regionales -frente a un proyecto pancontinental patrocinado por Estados Unidos y meramente librecambista como es el ALCA- y del que Lagos había tomado ciertas distancias, aunque las afinidades ideológicas y las simpatías personales por estadistas como Lula eran evidentes.

Chile continuaría teniendo un enfoque ponderado y equilibrado, sin convertirlas en arietes geopolíticos, de las diversas iniciativas de desarme arancelario e integración comercial y económica en que venía participando, como el MERCOSUR, del que es socio comercial privilegiado, y la Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC), del que es miembro pleno. Bachelet hablaba de no descuidar la dimensión regional, latinoamericana, de la política exterior, de “gobernar la globalización” y de ceñir las relaciones internacionales a los valores democráticos, y apostaba por fortalecer el estatus de Chile como país puente entre Asia, las dos orillas de América y Europa.

Aunque encabezando siempre, y de manera holgada, la intención de voto que rastreaban los estudios demoscópicos, Bachelet llegó al cierre de campaña con una tendencia a la baja frente al ascenso del mejor situado de los dos candidatos de la derecha, Piñera, que amagaba con arrebatarle a Lavín el derecho a disputar la segunda vuelta. La posibilidad de proclamarse presidenta en la primera vuelta con más del 50% de los votos casi nunca resultó verosímil. El 11 de septiembre la socialista se puso en cabeza con el 45,9% de los votos, seguida de Piñera con el 25,4%, Lavín con el 23,2% y Tomás Hirsch Goldschmidt, de Juntos Podemos Más (JPM), alianza forjada por el PCCh y el Partido Humanista, con el 5,4%. A la segunda vuelta del 15 de enero de 2006 pasaron Bachelet, para la que pidió el voto el PCCh, y Piñera, siendo el triunfo de ella con el 53,5% de los sufragios.

En las legislativas, la Concertación, por primera vez desde la restauración de la democracia, ganó sendas mayorías absolutas en la Cámara de Diputados, con 65 escaños de 120 (de aquellos, 21 para el PPD, 20 para el PDC, 15 para el PSCh, 7 para el PRSD y 2 para no adscritos) y el Senado, con 11 de los 20 escaños sujetos a renovación, sobre los 38 de que constaba la nueva legislatura tras la extinción de los 10 senadores vitalicios y designados.

La exultante presidenta electa anunció la formación de un gobierno compuesto paritariamente por hombres y mujeres, y caracterizado por un estilo “ciudadano, cercano y participativo”, que se encargaría de establecer una “gran alianza entre política y sociedad” y de ejecutar un plan de 36 medidas de obligado cumplimiento en los 100 primeros días. Las tres primeras medidas iban a ser el reajuste de las pensiones más bajas, el acceso automático a las pensiones asistenciales y la gratuidad para los mayores de 60 años en los hospitales públicos. El presidente saliente Lagos, no menos contento con el resultado, subrayó que la victoria de Bachelet se había fundado “en su inteligencia, pero también en su historia de entrega personal”.

El 30 de enero, nada más ser proclamada formalmente presidenta electa por el Tribunal Calificador de Elecciones, Bachelet presentó la nómina ministerial. La composición del futuro Gabinete reflejaba un equilibrio entre la promesa de estricta igualdad en la representación de sexos y los compromisos de cuotas de los partidos de la Concertación. El PDC obtuvo siete carteras, entre ellas Relaciones Exteriores, para Alejandro Foxley Rioseco, e Interior, para Andrés Zaldívar, que veía premiado así su trabajo como responsable del comité de campaña de Bachelet en la segunda vuelta. El PSCh se quedó con cuatro puestos, el PPD con cinco y el PRSD con uno, amén de la inclusión de tres independientes. Entre las diez mujeres, destacaban las titularidades de Vivianne Blanlot Soza (PPD) en Defensa, Paulina Veloso Valenzuela (PSCh) en la Secretaría General de la Presidencia, Ingrid Antonijevic Hahn (PPD) en Economía y Fomento, y María Soledad Barría Iroume (PSCh) en Salud. Dos de los 22 puestos, Medio Ambiente y Seguridad Pública, de nueva creación, no fueron asignados todavía.

Todo quedaba a punto, por tanto, para que el 11 de marzo de 2006 Bachelet, con un mandato de cuatro años, tomara posesión como la primera presidenta de su país, la cuarta de Sudamérica y la séptima del continente contando Centroamérica y el Caribe, pero sus credenciales la convertían en un caso excepcional.

Así, de sus seis predecesoras, dos, la boliviana Lydia Gueiler (1979-1980) y la haitiana Ertha Pascal-Trouillot (1990-1991), ejercieron el puesto con carácter interino (en Ecuador, Rosalía Arteaga fue presidenta en funciones, que no titular, durante unos días en 1997). Otra, la argentina María Estela Martínez de Perón (1974-1976), llegó a la Presidencia del país vecino no por elección popular, sino como sustituta constitucional del presidente fallecido, a la sazón su marido Juan Domingo Perón. La nicaragüense Violeta Barrios de Chamorro (1990-1997), la guyanesa Janet Jagan (1997-1999) y la panameña Mireya Elisa Moscoso (1999-2004) sí fueron elegidas en las urnas, pero, como Isabel Perón, debieron, como poco, parte de sus carreras políticas a su condición de esposas, luego viudas, de políticos y estadistas renombrados, lo que no era el caso de la chilena, que ha llegado a donde ha llegado por méritos exclusivamente propios. Por lo demás, cuando inaugure su mandato, Bachelet regirá como la única jefa de Estado en América y engrosará la lista de presidentas en ejercicio en todo el mundo, junto con la irlandesa Mary McAleese, la letona Vaira Vike-Freiberga, la finlandesa Tarja Halonen, la filipina Gloria Macapagal Arroyo y la liberiana Ellen Johnson-Sirleaf.

(Última actualización: 20 febrero 2006)

Fuente
CIDOB

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