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0305 -
Silvina Friera - Su estilo, sus enfoques e intuiciones
transformaron radicalmente la mirada de sus lectores.
Sus
textos –de gestación y digestión lenta– descifraron la complejidad
de vivir en sociedades que dicen mucho de sí mismas a través de la
multiplicidad de signos que emiten. Su pensamiento nunca dejó de ser
luminoso, aun cuando su trabajo lingüístico y el vocabulario al que
apelaba –un pastiche de latinismos y neologismos– contribuyeron a
veces a ocultarlo un poco. Pero más allá de lo críptico que por
momentos pudiera resultar, la originalidad de Roland Barthes residía
en su capacidad de incorporar, con absoluta libertad y avidez, los
soportes teóricos que frecuentaba –desde
Brecht a
Sartre; de
Saussure, pasando por Bajtín, a Jakobson– sometiéndolos a su propio
procedimiento, a su sistema crítico. ¿Cuál es el rastro dejado por
Barthes a 25 años de su muerte? A la hora del balance, se podría
pensar su obra como la travesía de una escritura. Barthes fue ante
todo un escritor que introdujo la literatura en las ciencias
humanas, que aportó mucho a la semiología, al análisis de los
textos, a la lingüística y a la sociología.
Nació el 12 de noviembre de 1915, no conoció a su padre, un marino
caído en combate durante la Primera Guerra Mundial. La angustia de
la madre –que trabajaba haciendo encuadernaciones– por pagar el
alquiler era el primer acto de un drama que se abatía sobre esa
familia burguesa empobrecida. Más allá de las privaciones, Barthes
era un alumno ejemplar, pero la tuberculosis interrumpió sus
estudios en el liceo Louis-le Grand. Se refugió en la música (el
piano), en la escritura y en la lectura de Michelet, el único autor
que leyó íntegramente, cuando él se complacía en saltear los textos,
en recoger algunas ideas o fragmentos. A partir de esta metodología
nació el sistema barthesiano del fichaje, su pasión por la
clasificación. Escribía fichas sobre temas posibles y las combinaba
de diferentes maneras, hasta que apareciera una estructura, una
temática.
Incendiado por
Sartre
A fines de la década del 40, cuando Barthes comenzaba a introducirse
en la vida intelectual parisiense, las nuevas publicaciones se
multiplicaban, Combat, L’Arche, Les temps modernes, Les lettres
françaises, y el debate político y filosófico pivoteaba en torno del
existencialismo y las tesis de Sartre referentes al compromiso del
escritor. Apasionado por esa atmósfera efervescente, Barthes se
propuso combinar estos dos enfoques desde la literatura:
“comprometer” la escritura y justificar a Sartre desde un punto de
vista marxista. “Después de la guerra, la vanguardia era Sartre. El
encuentro con Sartre fue muy importante para mí –confesó–. Siempre
me sentí no fascinado, la palabra es absurda, sino modificado,
entusiasmado, casi incendiado por su escritura de ensayista.”
Mezclando un registro erudito y vulgar, hablando de manera
científica sin dejar de ser accesible al gran público, ponía a
prueba el experimento de un estilo, el estilo que posteriormente
utilizó en las Mitologías. En 1954 asistió a la representación de
Madre coraje, que ofreció el Berliner Ensemble en el Festival
Internacional de París. Y la afinidad con el teatro de Brecht fue
una revelación. Encontró en el dramaturgo alemán a un marxista “que
ha reflexionado sobre los efectos del signo”. Pero pronto empezó a
vislumbrar otras cuestiones desde la lectura de Saussure. Gestó la
célebre fórmula barthesiana según la cual, contrariamente a lo que
sostenía Saussure –para quien la lingüística era subsidiaria de la
semiología–, la semiología es una parte de la lingüística.
En 1960 Barthes fue nombrado jefe de trabajos de la VI sección de la
Escuela Práctica de Altos Estudios, en ciencias económicas y
sociales, y dos años después asumió como director de estudios de
Sociología de los signos, de los símbolos y las representaciones.
Permaneció dieciocho años desempeñando esas funciones hasta su
elección en el Colegio de Francia. La aparición de Sobre Racine
(1963), libro que escribió por encargo sobre un autor que no le
gustaba en absoluto, agitó el ambiente académico. Eligió como objeto
crítico a un escritor canonizado por la literatura francesa, pero
además denunció el tono neutro y a-personal con el que la crítica
académica revestía sus juicios disciplinados. Raymond Picard,
profesor de la Sorbona, frente a este ataque que propiciaba el
desmantelamiento del aparato de transmisión y legitimación de la
cultura francesa, lo acusó de impostor.
Las estructuras no salen a las calles
El Mayo Francés instaló nuevamente en la vida de Barthes la
incomodidad de la diferencia. En ese escenario de barricadas en el
barrio Latino, él era sapo de otro pozo. En ese enfrentamiento
simbólico entre el orden burgués y los estudiantes, el profesor se
sintió rechazado por los estudiantes, a quienes él había sostenido
casi instintivamente. No participó de ninguna manifestación pública
de apoyo. En ese clima de ebullición, el estructuralismo estaba en
el banquillo de los acusados. Una anécdota ilustra el clima de
época. En la asamblea general del departamento de filosofía de la
Sorbona se había votado una moción: “Es evidente que las estructuras
no salen a las calles”. Maliciosamente esta fórmula fue atribuida a
Barthes, que ese día estaba ausente. Al día siguiente, en el primer
piso de la universidad se había colocado un letrero con esta frase:
“Barthes dice: Las estructuras no salen a la calle. Nosotros
decimos: Barthes tampoco”.
1970 fue un año clave por la publicación de El imperio de los signos
y S/Z. En el primero, escrito por el impacto que le generó un viaje
a Japón, incorporó el deseo como dimensión esencial de la escritura;
en el segundo, influido por Julia Kristeva, tomó el concepto de
intertexualidad. Las críticas hasta entonces procedían de la crítica
literaria tradicional. En cambio, en la década del 70, las
impugnaciones a Barthes surgieron de su propia familia, de la
lingüística estructural –especialmente de los funcionalistas–, de la
que él se consideraba miembro desde hacía diez años. Barthes era
considerado un intruso: demasiado literario para los lingüistas;
demasiado lingüista para los críticos literarios.
Cuando en 1973 publicó El placer del texto (“el pequeño Kamasutra de
Roland Barthes”, según el diario Le Monde), el escritor completó su
“manifiesto” del deseo, aceptó abiertamente su hedonismo:
auscultaba, entonces, los vínculos entre el placer, el goce y el
deseo y la ambigüedad de las relaciones entre el texto y el cuerpo.
“El acto de escribir puede asumir diferentes máscaras, diferentes
valores. Hay momentos en que uno escribe porque piensa participar en
un combate; así ocurrió en los comienzos de mi carrera... Y luego
poco a poco se discierne la verdad, una verdad más desnuda, si puedo
decirlo así, es decir, uno escribe en el fondo porque le gusta
hacerlo, porque escribir da placer.”
El ingreso al Colegio de Francia en 1977 representó para Barthes un
desquite. Ese mismo año, con la publicación de Fragmentos de un
discurso amoroso, suerte de retrato estructural del enamorado que
pronto se convirtió en un best seller, Barthes obtuvo una notoriedad
inesperada. El “último” Barthes, según Alain Robbe-Grillet, estaba
“obsesionado con la idea de que no era más que un impostor, de que
había hablado de todo, tanto de marxismo como de lingüística, sin
haber sabido nada realmente”. El 25 de febrero de 1980, después de
un almuerzo con François Mitterrand, fue atropellado por una
camioneta. Tenía 64 años y murió un mes después, el 26 de marzo. Si
Barthes fue un impostor es porque detrás de las máscaras que fue
adoptando, él era un auténtico escritor, una anguila que se
deslizaba, se bifurcaba y retorcía en las aguas de la literatura. |
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