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Biografías Adolfo Bioy Casares |
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06 - Adolfo Bioy Casares
nació en Buenos Aires en 1914 y desde sus primeros años alternó la
vida de campo con la de ciudad. Hijo de
EL ESCRITOR Y SU POÉTICA Si algo caracteriza a Bioy son las reflexiones sobre su propia práctica de la literatura y sobre las convenciones de sus modelos más admirados. A veces anunciados explícitamente a través de notas críticas, prólogos y reportajes, o principalmente representadas en el espacio de sus ficciones, puesto que todo texto es de una u otra manera espejo de su propia normatividad estética. Entre los primeros, además del ya mencionado prólogo a la Antología de la literatura fantástica, Bioy realiza con Silvina Ocampo y Borges otras selecciones sobre textos fantásticos, policiales o gauchescos y escribe notas preliminares a las reediciones de algunos autores clásicos. Puede mencionarse entre otros trabajos a Los mejores cuentos policiales (1943); Cuentos breves y extraordinarios (1955) y "Prosa y verso de Francisco Quevedo"; Los orilleros y El paraíso de los creyentes (1955). Por eso no es casual que muchas veces Bioy Casares, refiriéndose a algunas de sus ficciones, destaque que la anécdota se le ocurrió en determinada circunstancia o simplemente "le fue sugerida" por alguna de sus amistades literarias. También se ha dado el caso de que alguna de las historias de sus novelas haya sido divulgada mucho antes de que el texto se escribiera, como por ejemplo "el argumento" de El sueño de los héroes que, según O. Kovacci, Bioy Casares habría contado a Carlos Mastronardi unos diez años antes de la aparición de la novela. Otro aspecto que en este escritor aparece estrechamente ligado a los núcleos semánticos de su obra narrativa es la preocupación por la temporalidad y la inmortalidad. La obra literaria o el arte en general, desde su perspectiva, pueden ser una manera de acceder a la perpetuidad: "el libro es siempre la posteridad del escritor -dice en el prólogo a una edición La Celestina-. Perderse y perdurar en la obra, declarar, con su propio destino, todo lo que hay de triste, de bello, de terriblemente justo. En el interior de sus ficciones estos aspectos de su poética que venimos señalando pueden observarse en algunas constantes como la preponderancia entre sus personajes de escritores o poetas. Así sucede en "El perjurio de la nieve", "Homenaje a Francisco Almeyra", "El otro laberinto", "De los reyes futuros", "En memoria de Paulina", o La invención de Morel. No es en realidad casual que la estructura del relato de enigma sea la que le permite desarrollar una sólida línea argumental y hacer del acto mismo de narrar una aventura del conocimiento, del deseo de develar lo enigmático, lo misterioso, y es aquí donde la presencia de lo fantástico cobra también una significativa dimensión. |
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(Silvina Ocampo y Adolfo
Bioy Casares, en la foto de la derecha) Un tratamiento similar en cuanto a los aspectos del relato puede señalarse en los cuentos "El perjurio de la nieve" y "La trama celeste". La multiplicidad de puntos de vista en la escritura de Bioy se conecta sin duda con la estructura de la novela de enigma y con la incidencia de lo fantástico; pues, como en los relatos policiales clásicos, en sus ficciones se narran dos historias: la de los sucesos enigmáticos o extraordinarios que conforman la anécdota y la historia de su investigación. El empleo del lenguaje coloquial y el manejo irónico de ciertos mitos porteños y nacionalistas abren otra perspectiva de su narrativa y en este relato adquiere un sesgo original si se tiene en cuenta que se publica poco antes de la llamada revolución del 55. En el Diario de la guerra del cerdo, fantasía y
realidad se compenetran en un Buenos Aires que se circunscribe a las
calles de un Palermo, de conventillos, petit hoteles y
almacenes-bar. La violencia inexplicable ejercida por las
generaciones jóvenes contra inofensivos ancianos o hacia quienes se
encuentran en la antesala de la vejez, no solo es el nudo
conflictivo de su historia sino una sutil alegoría de un mundo
crispado en sus tensiones sociales y tradicionales escalas de
valores. Aunque más humanista que escéptico, Bioy opone a las
situaciones límites la posibilidad del amor como aparece planteado
en el desenlace de esta novela. Muchos cuentos suyos narran
historias de amor, aunque en un registro de refinado e ingenioso
humorismo. El héroe de las mujeres, su último libro de cuentos
publicado en 1978, reitera con su conocida capacidad narrativa
algunos de esas constantes temáticas de carácter fantástico y
sentimental. "El otro laberinto", casi una nouvelle, en su
exploración del tiempo y el espacio -esa posibilidad de la ausencia
del transcurso: la eternidad y lo simultáneo- roza también lo
sentimental; en cuanto a la complejidad de las visiones y a su
construcción narrativa, en el mismo registro de los mejores cuentos
de esta época como "La trama celeste" y "El perjurio de la nieve". En Historia prodigiosa (1961) encontramos una
dimensión satírica, desbordante y fluida, respecto a las
supersticiones y a las convenciones de las creencias en milagros y
herejías, en mitos y leyendas. Lo sobrenatural, lo fantástico se
amalgama aquí con un tono incisivamente burlesco. En "La sierva
ajena" la ironía que se alterna con los juegos paródicos hace
recordar los mejores momentos de Seis problemas para Isidro Parodi,
que escribe con Borges. Pero aquí se parodia una poética
intimista y melancólica que bien podría identificarse con la llamada
generación del cuarenta. Asimismo, el espacio elegido es Buenos
Aires: la acción se desarrolla en zonas del Once, el Tigre, el Bajo,
la calle Corrientes, Santa Fe. También el amor, la pasión, se
desenvuelve en situaciones satíricas. Esta línea paródica recorre
casi toda la obra cuentística de Bioy Casares y tiene textos muy
significativos. La misma visión frente al peronismo asoma en otros
textos en referencias breves pero directas respecto a las
circunstancias históricas. Bioy según Borges Jorge Luis Borges
tuvo una oportunidad de expresar en público lo que sentía por su
amigo y admirado escritor. Y no la desaprovechó. El viernes 13 de
junio de 1975, la Sociedad Argentina de Escritores (Sade) le
concedió el Gran Premio de Honor 1975 a Adolfo Bioy Casares -
Nota del 1 del 4
de 1996 - Jorge
Luis Borges Buenos Aires cuenta con un curioso habitante que, ciertamente, no es longevo, ya que su máximo plazo de vida será tal vez de cinco o seis horas, nada más. Ese personaje aparece y desaparece. Se llama, diversamente, Bustos Domecq o Suárez Lynch, viejos nombres de Córdoba, de Buenos Aires y de Holanda. Este personaje sólo existe cuando estamos juntos Bioy Casares y yo. Ese personaje nos impone su estética, nos hace escribir cuentos y crónicas que no nos gustan pero cuyo dictado debemos obedecer. Ese personaje nació en una casa de avenida Quintana, una mañana. Escribió el cuento Las doce figuras del mundo, desde entonces ha seguido escribiendo, de tarde en tarde. Desde luego, podrán decir que yo soy una de las dos hipóstasis de ese personaje. Bioy Casares es la otra y -lo sospecho - la más importante, ya que cuando encuentro algún acierto en los libros que hemos escrito juntos, recuerdo que ese acierto se debe a Bioy, a quien quiero tanto que considero, paradójicamente (paradoja quiere decir lo que es cierto, pero que no parece cierto), como un hermano mayor. Siempre que dos escritores colaboran, siempre que son amigos se supone que es el mayor el que ejerce influencia sobre el menor. Pero sé que en nuestro caso no es así. Sé que le debo mucho a mi joven maestro -podría ser mi hijo- Adolfo Bioy Casares. Él me ha enseñado muchas cosas. No directamente, porque nada se enseña directamente, sino por medio del ejemplo, cortésmente, disimulando. Yo, por ejemplo, tiendo al énfasis, a lo sentencioso, a cifrar todo en una sentencia, en una palabra. Él me ha enseñado que más eficaz es diluir un poco las cosas, que el escritor más eficaz es aquel que no parece serlo, aquel que incluso puede parecer un poco torpe. Voy a invocar el gran ejemplo de Cervantes, cuando dice: "Alonso Quijano dio el espíritu, quiero decir que se murió". Eso, para un académico sería una torpeza; pero no lo es, ya que vemos ahí la emoción que sintió Cervantes al despedirse de su viejo amigo, de nuestro viejo amigo Alonso Quijano; y la torpeza de la frase corresponde a un balbuceo que nació de la emoción. ¿Qué diré de la obra de Bioy Casares? Hay tantos libros... Yo, si tuviera que elegir -felizmente no tengo que elegir- elegiría dos: El sueño de los héroes y el Diario de la guerra del cerdo; dos libros sobre nuestra orilla, las orillas de Buenos Aires. Uno transcurre en Saavedra, el otro en un conventillo de Barrio Norte. Las orillas están vistas con escepticismo, desde luego, pero con un escepticismo bondadoso también. El autor se burla de los héroes y se burla de sí mismo. Ya que yo tengo el privilegio de ser amigo personal de Bioy Casares, quiero hablar de sus principales, esenciales pasiones. Una es, desde luego, el ejercicio de las letras. El oficio de escritor es un oficio continuo, ya que no tiene, digamos, entreactos; ya que estamos continuamente pensando en la palabra justa, soñando personajes imaginarios. Vivimos en un oficio que no tiene un horario. El horario es la vida del escritor. Y Bioy Casares se ha dedicado a ese oficio plenamente. Quiero decir que ha leído, que ha escrito, que ha roto, que ha corregido y que, finalmente, con bastante desgano, ha publicado. Ha publicado, como decía Alfonso Reyes, para no pasarse la vida corrigiendo. Por eso publicamos los escritores, para cambiar de tema, para pasar a otra cosa. Pero los libros de Bioy Casares, ciertamente, no pasarán. Sé, además, que Bioy Casares ejerce o es arrebatado por esa pasión argentina que es la amistad. Conmigo ha sido de una nobleza ejemplar, me ha ayudado muchísimas veces, en general sin decírmelo, de un modo indirecto. Bioy Casares es uno de los máximos escritores argentinos. Esto es un lugar común, pero los lugares comunes suelen ser verdades evidentes y por eso conviene repetirlos. Al pensar en la obra de Bioy Casares pienso no sólo en lo que él nos ha dado ya, sino en sus libros futuros, en lo que sin duda está imaginando ahora, mientras nosotros estamos reunidos aquí honrándolo. Él está lejos de lo que nosotros hablamos, él está en otros sueños, en otras invenciones tan prodigiosas como aquella de Morel, que yo prologué hace tantos años y que mi hermana Norah ilustró. Y ahora, ya que he declarado que a pesar de ser una hipóstasis de Suárez Lynch, no puedo agradecer este premio porque no soy -desgraciadamente para mí Bioy Casares, quiero afirmar lo que todos ustedes, sin duda, piensan conmigo. Que no se habrá otorgado nunca un premio más justo que éste, que ahora otorga la Sade. Muchas gracias. |
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