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Bertold Brecht |
09
- El
nombre original de este gran dramaturgo alemán era Eugen Berthold
Friedrich Brecht, que nació en el seno de una familia
burguesa
de Augsburgo, ciudad de Baviera, en 1898. Su padre, católico, era un
acomodado gerente de una pequeña fábrica de papel, y su madre,
protestante, era una hija de un funcionario.
El joven Brecht era un rebelde que jugaba al
ajedrez y tocaba el laúd. Se sentía atraído por lo distinto, lo
extravagante, y se empeña en vivir al margen de las normas de su
tiempo, de su recato y su sentido de disciplina. Desde muy joven
demostró que estaba lleno de ideas para construir una sociedad
distinta, mejor.
En la escuela destacó por su precocidad
intelectual. En 1917 inició la carrera de Medicina en la universidad
de Munich. Después de hacer el servicio militar como médico, volvió
a sus estudios, pero los abandonó en 1921.
Comenzó a escribir poesía desde muy joven, y
publicó sus primeros poemas sobre prostitutas y vagabundos en 1914.
También escribía cuentos, y canciones que entonaba él mismo
acompañándose con la guitarra.
Baal
En 1918, con sólo veinte años, escribió su primera
obra teatral, Baal, una obra de gran fuerza poética, cuyo
personaje principal es un poeta y asesino bisexual. Representada en
1923, esta obra se convirtió en un gran éxito. En ella Brecht se
propuso parodiar un drama expresionista de Hans Johst, El
solitario. Evoca la decadencia de un poeta, exalta un heroísmo
fundado en la voluntad de poder. Brecht retoma los temas y el
ambiente en escenas breves, contrastantes, donde se descubre la
influencia del Woyzeck de Büchner.
La violencia y el cinismo de Baal descubren un
deseo de intercambio intenso, constante, con el mundo. Deseo
negativo, pervertido si se quiere. Baal desea una fusión con las
fuerzas elementales, un retorno a la vida vegetativa que se traduce
en toda una simbología de la descomposición. Este lirismo
nauseabundo va acompañado, sin embargo, de una serie de imágenes
frescas; los ríos donde Baal no cesa de sumergirse, las nubes, los
prados y los vientos. Aunque se trate de una descomposición, de un
escurrirse sin esfuerzo, Brecht manifiesta siempre la misma
nostalgia del sueño inconsciente. Esta identificación del árbol con
la tierra, con el viento que le ayudará a mejor morir, la persigue
Baal a través de todas las formas de la embriaguez: la del vino, de
la cópula, del matar. Bebe para protestar, para exaltarse, para
ahogar su conciencia, la gran envenenadora. En cuanto a sus
desenfrenos sexuales, no tienen más que un fin: dejar al hombre al
desnudo, privarlo de todos sus ornamentos, de sus coartadas, de sus
justificaciones: ¡la bestia a la luz del sol! Baal está en celo.
Baal desea una hembra, no importa cuál, con tal que tenga el
aspecto de hembra. Mas si él busca siempre un rostro, siempre
el mismo, es precisamente en la ausencia de todo rostro. Baal
destruye a sus víctimas, aniquila en ellas lo que tienen de
irreemplazable:
— Sofía: ¿Sabes siquiera cómo me llamo? Me llamo
Sofía Barger.
— Baal: Debes olvidarlo. (La abraza) Ahora perteneces al viento.
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Bertold Brecht |
Al proceder así, Baal se niega esa comunicación que
busca desesperadamente, comunicación que no se puede establecer sino
en el dominio del lenguaje, que aquí se ha rechazado. No hay
intercambio humano entre animales. No hay sino destrucción, y los
amores de Baal terminan en destrucción.
Se
diría que Brecht presiente confusamente que ese rechazo heroico de
toda sociedad está condenado a un callejón sin salida. El fin de
Baal es de una amarga ironía. Muere solo, llamando en vano esa
presencia humana que tan orgullosamente había rechazado:
Baal: Afuera debe ser de día. Quiero salir. (Grita) No soy una rata.
Quiero
salir. ¡Llegar hasta la puerta!
Sí,
salir, franquear el abismo que separa al joven burgués Brecht de una
sociedad caótica. Abandonado a su
soledad y a su fragilidad, el hombre brechtiano experimenta un
sentimiento de profunda inseguridad. Hace lo contrario de lo que
desearía hacer. Sus actos se convierten en sus enemigos, se vuelven
contra él. Se ve dotado de energías destructoras (vivir, es un poco
morir) y lo más íntimo de sí mismo le permanece extraño. Como
Mazeppa, cuya carrera desenfrenada ha descrito Brecht en una de sus
primeras baladas, está atado al caballo de sus instintos y acechado
por los buitres.
Vivir, se pregunta el joven Brecht, ¿no será
aprender a no sufrir, a dejarse hundir? Y de súbito, este llamado,
todavía tan tímido y vago, de un mundo donde, al fin, se viviría
mejor.
Se notará que Brecht renuncia desde el principio
-y esto es lo que lo separa de los expresionistas- a toda disculpa
metafísica. Su esperanza se funda en la desesperación. Enclaustra al
hombre en este mundo, lo abandona a sus semejantes. A esto se añade
una intuición espontáneamente dialéctica, que ayunta la podredumbre
con la existencia y se empeña en convertir la destrucción en energía
productiva. Esta intuición es una piedad sin trascendencia, estoica,
objetiva. La incertidumbre del joven Brecht se refleja en las
relaciones contradictorias que le unen a su héroe. No escribe Baal
para proponernos un ideal de vida, sino para llevar hasta el absurdo
una experiencia. Y si se siente fascinado, hasta cierto punto por la
vitalidad insolente de su personaje, es siempre con cierta reserva.
Veinte años más tarde volveremos a encontrar a Baal bajo la piel de
Puntila, el terrateniente también él ebrio, seductor y marrullero.
Pero ahora Brecht lo denuncia como una calamidad social. Ya no se
dejará engañar por su peligrosa exaltación, ni por sus simulacros de
autodestrucción, que se vuelven al fin contra aquellos que el
destino (o más bien la economía) abandona a su suerte. La crítica
-fundada en la experiencia diaria de la clase obrera- será puesta en
boca del chofer Matti. Pero, por ahora, Brecht tiene todavía una
imagen totalmente romántica del pueblo. Sus obreros son
reclutados entre el lumpenproletariado. Baal busca por instinto su
alianza o por lo menos su aprobación. Pero aunque admiran su
inteligencia, su valor, desearían verlos aplicados a algo útil. En
Baal se deja entrever el problema de una alianza, dotado
curiosamente de significado religioso, las intenciones del pastor
coincidiendo con la de los estibadores.
En Baal se aprecia ya un esbozo de crítica social,
aunque equívoca, abstracta, puramente instintiva. Mis
conocimientos políticos -dirá Brecht en 1939- eran entonces
vergonzosamente limitados; tenía, sin embargo, conciencia de las
grandes diferencias que separan a los hombres en su vida social, y
no creía que fuese mi deber resolver formalmente las discrepancias y
los antagonismos que yo sentía profundamente.
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Bertold Brecht |
Tambores en la noche
Luego, entre 1918 y 1920 escribió una pieza
sobre el revolucionario antiesclavista, Espartaco, que
después sería retitulada Tambores en la noche, influida por
la revolución en Alemania. Ataca, pues, una situación real,
histórica. Los antecedentes se encuentran en la rendición de los
soldados insurrectos, síntoma -según
Rosa Luxemburgo-
de la inmadurez general de la revolución alemana. Brecht mismo,
que fue miembro del consejo revolucionario de Ausburgo, sufrió la
amarga experiencia de este desastre.
El argumento de la obra se centra en un soldado,
Andrés Kragler, a quien se tenía por muerto pero que regresa a
Berlín después de un largo cautiverio. Su novia está comprometida
con otro, un obrero que ha sabido aprovecharse de la guerra. Los
padres de Ana, que no quieren saber nada del Kragler, precipitan la
boda. Durante el banquete, que la revolución perturba, Ana siente de
nuevo crecer su amor por Kragler y mientras ella corre en su busca,
éste se ha mezclado con un grupo de obreros en una taberna. Ha
bebido y presa de una súbita exaltación los arrastra hacia el barrio
donde ha estallado la revuelta. En ese momento encuentra a Ana, y
tras una dramática, discusión, traiciona la causa: ¿Irá mi carne
a pudrirse a las cloacas para que vuestras ideas vayan al cielo?
Pero, ¿estáis borrachos? Yo soy un cerdo y este cerdo se va a su
casa.
Pero más que al proletariado, Brecht fustiga a la
burguesía que, a despecho de su patriotismo, no es capaz de elevarse
por encima de su estrechez de miras, de sus intereses inmediatos.
Ella misma se condena. Ni siquiera se da cuenta de los peligros que
la amenazan. Su idealismo es mortal. Los padres de Ana tienen la
manía de invocar al cielo pero, en función de las circunstancias,
reniegan de él con la misma facilidad. El señor Balicke, cuando
habla de la muerte adopta un lenguaje brutal de técnico o de hombre
de negocios. Lo cual no le impide deplorar la ausencia de ideal en
las masas: Y lo peor, os lo puedo asegurar, son los soldados del
frente. Aventureros depravados, harapientos, que han perdido el
gusto por el trabajo y para quienes nada hay sagrado. El
idealismo burgués es bueno para los demás. Un arma para los
poderosos, un veneno para los débiles. Es una palabra devaluada que
no sirve más que para ocultar la brutalidad de un sistema donde son
objeto de escarnio los sentimientos más profundos, los más
auténticos.
El cinismo del padre de Ana se encuentra
plenamente justificado. Cuando pregunta a Kragler si dispone de los
medios necesarios para mantener a su hija, no hace sino interpretar
las razones que el corazón ignora pues la moral del sistema está
fundada precisamente sobre esta cuestión de los medios. Es culpable
cualquiera que no tiene dinero. Como en Baal, Becht reduce al hombre
a sus necesidades que, por elementales que parezcan, tienen un
significado moral. De su satisfacción depende el futuro humano y su
alcance sobrepasa el dominio limitado de la vida privada. Un
personaje de la obra afirma: Esto es lo humano. Esto nos
concierne a todos. ¡Es necesario, por tanto, que recupere a su
mujer! Por su parte, Ana repite: Yo tenía miedo. Debí
esperarte a pesar de mi miedo, pero soy mala. Deja mi mano, todo en
mí es malvado.
Las necesidades son humanas pero el capitalismo es
inhumano ya que impide la satisfacción de estas justas necesidades.
Vemos esbozarse el tema del no-quiero-pero-debo. A la traición de
Ana corresponde la de Kragler, proletario honrado, débil, manejado
por otros más astutos que él; pero no llegaríamos hasta afirmar que
es un juguete ciego e inconsciente del destino. Ya no le está
permitida la inocencia de Woyzzeck, lleva consigo la veleidad de una
visión clara, el barrunto de una conciencia de clase. Sin embargo,
será suficiente que se le presente una solución inmediata, ilusoria,
retardadora, para que se refugie en ella. No le quedará más disculpa
a su cobardía que la culpa de los demás. Acabará, incluso, por
esgrimir los argumentos de su peor enemigo, el padre burgués de Ana:
Desgarran los periódicos en las acequias, colman de insultos a
las ametralladoras, se disparan a las orejas y creen construir un
mundo nuevo. Estas opiniones traducen una desconfianza hacia el
romanticismo revolucionario.
Al final de su obra Brecht sacude al auditorio:
Todo esto no es más que puro teatro. Simples tablas y una luna
de cartón. Pero los mataderos que se encuentran detrás, ésos sí que
son reales. La moralidad de la obra suplanta al teatro
tradicional, que pretende ser imparcial. Sólo más tarde esta
imparcialidad será puesta en tela de juicio por Brecht. Tendrá,
ciertamente, que educarse políticamente. Pero, por ahora, está
decepcionado, confundido por el fracaso o más bien por la
corrupción, de la revolución. Como su héroe, se refugia (por algún
tiempo) en la esfera de los intereses privados.
Estas dos obras juveniles, junto con La
vida de Eduardo II de Inglaterra (1924), marcan ya distancias
con las dos corrientes de vanguardia en aquella época: el simbolismo
y el expresionismo. El centro de su escritura es la dimensión
concreta de la realidad. Buscando, como tantos de sus
contemporáneos, la abstracción por la abstracción, sin tomar en
cuenta las contradicciones reales de su tiempo, el joven Brecht se
encierra en un círculo vicioso, choca con la contradicción
fundamental del capitalismo: al promover una producción de carácter
cada vez más colectivo, no hace sino acrecentar el aislamiento de
los individuos. El intercambio de mercancías no es ya el signo, el
vehículo de un intercambio humano. El hombre, en una palabra, se
enajena, se pierde en los objetos que conquista. El reencuentro es
imposible, fuera de la matanza o de la sexualidad.
Esta atomización de la sociedad provoca en el
joven Brecht un reflejo de inquina contra cualquiera que se acomoda
a ella. Éste es el aspecto positivo de su rebelión anarquizante. Sus
héroes, sabiéndose cogidos dentro del engranaje, vendidos como una
mercancía, se lanzan a una protesta absoluta contra toda forma de
sociabilidad. A una necesidad absoluta oponen una libertad absoluta.
Este nihilismo puede convertirse fácilmente en quietismo resignado.
Por aquella época la agitación revolucionaria
bávara de 1918, llevó a Brecht a ingresar en 1919 en el partido
social-democrata independiente. Más adelante, hacia 1927, comenzó a
estudiar El Capital de Marx y en 1929 ingresó en el Partido
Comunista.
En 1924 abandona Augsburgo y se traslada a Munich;
de ahí se trasladaría posteriormente a Berlín, la capital, en la que
reinaba una vida cultural efervescente. Allí conoce al poeta
expresionista Arnolt Bronnen y funda con él una productora. Por ella
está dispuesto incluso a cambiar la escritura de su nombre. La
empresa común se llamaría Arnolt y Bertolt.
Entre 1929 y 1934 escribió una serie de obras
entre las que se destacan: Línea de conducta, Acuerdo
y tal vez el más importante y bello de los trabajos de esta época:
La excepción y la regla (1930), obra de profundo alcance
humano.
Hasta 1933, Brecht trabajó en Berlín como autor y
director de teatro. Pero en aquel año, Hitler se hace con el poder.
Sus dramas son prohibidos, los libros quemados, las funciones
interrumpidas por la policía y se le retira su ciudadanía alemana.
La represión le empuja al exilio, primeramente a Austria, Dinamarca
y Suiza y depués a Estados Unidos.
Allí intentó escribir para la industria de
Hollywood, pero sus guiones no fueron admitidos por las grandes
productoras cinematográficas.
Vuelve a ser perseguido, aún en Estados Unidos,
donde fue acusado en 1947 de actividades antiamericanas y
tuvo que escapar otra vez a Suiza, sin esperar el estreno de su
drama Vida de Galileo Galilei en Nueva York.
En el exilio el teatro épico de Brecht alcanza su
plena madurez con sus cuatro grandes dramas escritos entre 1937 y
1944.
La vida de Galileo Galilei
recrea muy libremente la biografía del científico, describiendo la
auto-condenación del personaje para dar encima de su teoría
heliocéntrica delante de la Inquisición.
Madre Coraje y sus hijos,
escrita en 1939, es una tentativa de demostrar que los empresarios
pequeños codiciosos no vacilan en promover devastadoras guerras para
ganar dinero.
El hombre bueno de Sezuan
(1938-40) examina el dilema de cómo ser virtuoso y sobrevivir al
mismo tiempo en un mundo capitalista.
En El círculo caucásico de tiza narra la
historia de una pugna por la posesión de un niño entre una madre de
la alta sociedad que le abandona, y una criada que se ocupa de él.
Más adelante, en 1948, escribió El Señor
Puntilla y su servidor Matti, un drama popular sobre un
granjero finlandés que oscila entre la sobriedad grosera y el buen
humor borracho.
Tras la guerra pasó un año viviendo en Zurich y
después de 15 años de exilio volvió a Alemania en 1948, instalándose
en Berlín oriental. Entonces comenzó a trabajar en el Antígona de
Sófocles, versión de Friedrich Hölderin, y en otra orbra importante,
el Pequeño Organum para el teatro.
En Berlín fundó su propia compañía de teatro, el
Berliner Ensamble que, con un grupo de actores de alta categoría,
llegaría a hacerse famoso.
Son años de escenificaciones y publicaciones
espectaculares.
Su obra mundialmente conocida es la pieza de
teatro Ópera de los tres centavos, una obra disparatada,
que trata de prostitutas, vividores, mendigos y delincuentes.
En Brecht 1955 recibió el premio Stalin de la paz.
Al año siguiente, el 14 de agosto, contrajo una inflamación del
pulmón y murió de una trombosis coronaria en Berlín del este.
Su estilo y su lenguaje continúan ejerciendo
influencia hasta hoy día en el teatro moderno. Los teatros de todo
el mundo serían inimaginables sin sus obras.
Brecht escribió y adaptó numerosos textos en prosa
y en verso y más de 40 piezas de teatro, además de un sinnúmero de
escritos sobre el teatro, anotaciones sobre sus obras, indicaciones
para los actores y esbozos de formas teatrales.
También publicó una serie de importantes ensayos
referidos a la función del teatro, entre los que se destacan
Popularidad y realismo (1938), Observación del arte y arte
de la observación (1939).
En estos libros teóricos considera que el arte
debe actuar sobre todos los hombres, independientemente de su edad,
educación y condición; oponiéndose a las obras de arte que
necesitaran ser explicadas para ser entendidas. Pero también
consideraba que la auténtica popularidad no es aquella que banaliza
al arte mismo; sino aquel que se democratiza y esto era hacer de un
pequeño círculo de entendidos, un gran círculo de entendidos.
Popularidad y experimentalismo no son, para Brecht, nociones que se
excluyan mutuamente, como tampoco serían poesía e ideología.
Todas las obras de Brecht están absolutamente
ligadas a razones políticas e históricas y tienen un sobresaliente
desarrollo estético. En realidad, en Brecht se encuentran siempre
unidos el fondo y la forma, la estética y los ideales.
Desde sus comienzos se caracterizó por una radical
oposición a la forma de vida y a la visión del mundo de la burguesía
y, naturalmente al teatro burgués, sosteniendo que sólo estaba
destinado a entretener al espectador sin ejercer sobre él la menor
influencia. Brecht, desarrolló una nueva forma de teatro que se
prestaba a representar la realidad de los tiempos modernos, y se
encargó de llevar a escena todas las fuerzas que condicionan la vida
humana.
Además de conmover los sentimientos, obligaba al
público a pensar; en las representaciones teatrales nada se daba por
sentado y obligaba al espectador a sacar sus propias conclusiones.
Hasta el fin de su vida sostuvo la tesis de que el teatro podía
contribuir a modificar el mundo.
Para ello fue creando una nueva idea del arte como
comprensión total y activa de la historia: no contemplación lírica
de las cosas y tampoco replegamiento sutil sobre la subjetividad,
sino elecciones humanas y morales, verificación de los valores
tradicionales y elaboración de una nueva presencia de la poesía en
la sociedad.
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Bertold Brecht |
Su llamado teatro épico, narrativo, continua
apuntando en las escenificaciones de hoy a provocar la conciencia
crítica de espectadores y actores. Hay que desmenuzar el texto, no
sentirlo, examinarlo desde lejos, tomar distancia del propio yo.
Nada de sentimentalismos que provoquen lágrimas en el escenario.
Brecht hizo gala de antisentimentalismo, así como
de su condolencia para los pobres y su sufrimiento, al tiempo que
atacaba la falsa respetabilidad de los burgueses.
El famoso efecto de distanciamiento creado por
Brecht es un arma contra el romanticismo y el sentimentalismo. La
crítica social, la compasión con los seres humanos y el consiguiente
cambio de la sociedad debían desempeñar el papel esencial. Así, las
canciones interrumpen los parlamentos, el telón priva al escenario
de la magia teatral, y un cartel plantea la exigencia.
Los actores de Brecht son sus alumnos: los deja
actuar en el escenario y de ese modo edifican la pieza, mientras que
el director la destruye. La genialiad y la ingenuidad mantienen un
equilibrio. Esta combinación es el secreto del éxito de Brecht.
Brecht figura entre los autores más importante del
siglo XX. Es el prototipo de intelectual revolucionario que ha
tratado descifrar la realidad a través del arte.
Lo
cierto es que su obra teatral y sus numerosos escritos teóricos han
ejercido enorme influencia sobre los escritores contemporáneos a él.
Hoy el enorme talento literario de Brecht se mantiene intacto, no se
pierde a pesar de las modas transitorias y vacías porque, como decía
en una de sus poesías:
Las nuevas épocas no comienzan de pronto.
Mi abuelo vivía ya en la época nueva.
Mi nieto vivirá todavía en la antigua.
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