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Constituyen una suerte de trilogía La conquista del Perú por los
peruanos, Pueblo por pueblo y El mestizaje de la
economía, obras en las que apelaba al rescate de los valores y
las formas de organización social del antiguo imperio inca,
observado desde una perspectiva idealizada, al reencuentro de los
modernos peruanos con las señas de identidad más propiamente
nacionales depositadas en el espacio físico andino (un
desconocimiento que tradicionalmente se ha reprochado a los blancos
pitucos que conforman las clases dirigentes de la costa), y a
diseñar un plan de acción económico que no se ciñera exclusivamente
a la racionalidad liberal y que tuviera en cuenta las
especificidades de la realidad peruana, por lo que concedía la
máxima importancia a la planificación y la cooperación popular.
Amigo de formular consignas aleccionadoras, la expresión "El Perú
como doctrina" vino a sintetizar todo este elaborado pensamiento
político.
Belaúnde era, por otra parte, un hombre con un concepto de la
caballerosidad y el honor de regusto decimonónico, que concedía una
importancia extremada a las formas. Una manifestación muy aparatosa
de este talante fuera de moda sucedió en enero de 1957, cuando llegó
a retar en duelo al diputado pradista Eduardo Watson Cisneros
después de que éste se negara a retractarse de una réplica a una
carta pública en la que el dirigente opositor había puesto en tela
de juicio la gestión gubernamental; para pasmo general, retador y
retado acudieron a batirse a sable en el campo de aviación de
Collique (otras fuentes hablan de una azotea de la Universidad de
Ingeniería) y, según testimonios de la época, se infligieron algunos
cortes superficiales antes de darse por mutuamente reparados.
En mayo de 1959 Belaúnde fue arrestado cuando se disponía a
inaugurar la convención anual del partido en Arequipa que el
Gobierno no había autorizado. Internado en el penal de la isla de El
Frontón, frente a la costa limeña, a los doce días fue puesto en
libertad no sin antes intentar la fuga por mar a nado, lo que puso
en cuestión el celo de unos carceleros que simpatizaban con él y
volvió a mostrar el arrojo y la sangre fría del político en
situaciones de alto riesgo. El Gobierno de Prado tuvo también que
parar el juicio criminal que le promovió ante la presión de la
calle, en un momento de fuerte malestar social por la crisis
económica.
3. Primera presidencia (1963-1968)
Todo estaba servido para el triunfo de Belaúnde en las elecciones
generales del 10 de junio de 1962, pero, con el 32,9% de los
sufragios, Haya de la Torre le adelantó por menos de un punto
porcentual y 14.000 votos, mientras que a AP se le adjudicaron 78
escaños en la Cámara de Diputados. Se elevaron imputaciones de
fraude, Belaúnde propuso formar una comisión cívica y el Ejército,
donde las actitudes contra el APRA seguían muy fuertes, fue mas allá
y exigió la suspensión de los comicios.
Ante la negativa de Prado, el 18 de julio los militares encabezados
por el general Ricardo Pérez Godoy dieron un golpe de Estado y
formaron una Junta Militar, la cual, empero, no mostró intención de
quedarse en el poder más allá de lo necesario hasta la celebración
de nuevos comicios. Cuando Pérez Godoy dio muestras de aferrarse al
sillón presidencial, sus propios compañeros de junta le sustituyeron
por el general Nicolás Lindley López.
La segunda tentativa electoral se celebró el 9 de junio de 1963 y
esta vez Belaúnde, aliado con el Partido Demócrata Cristiano (PDC) y
apoyado por las Fuerzas Armadas, la Iglesia católica y los medios de
comunicación, se apuntó la victoria con el 39% de los votos,
derrotando a Haya de la Torre y al ex dictador Odría, esto es, los
mismos protagonistas de la liza de 1962. El 28 de julio Belaúnde
tomó posesión de su mandato de seis años resuelto a llevar a cabo un
programa de reformas profundas, que tenía para algunos un alcance
verdaderamente revolucionario en un país necesitado de grandes
transformaciones y para otros un matiz "incaísta", rivalizando con
el APRA en la atracción de la numerosa población indígena y mestiza.
Ciertamente, Belaúnde supo cortejar al Perú profundo con
innumerables visitas a núcleos rurales a lo largo y ancho del país,
a lomos de caballería o a pie.
Sin embargo, las dificultades no se hicieron esperar. Los intentos
de expropiar los latifundios tropezaron con la resistencia de los
grandes terratenientes y del propio campesinado indio, que se
organizó en milicias armadas. En el Congreso, AP carecía de mayoría,
aun con el apoyo del Partido Popular Cristiano (PPC, escisión del
PDC en 1966) que lideraba el alcalde de Lima Luis Bedoya Reyes, y
sus proyectos de ley relacionados con la reforma agraria o con la
colonización del alto Amazonas tropezaron con la pinza conformada
por el APRA -derechizado a ojos vista hasta el punto de hacerle el
juego a la oligarquía- y la Unión Nacional Odriísta dirigida por el
ex dictador.
Belaúnde no respondió con belicosidad a este verdadero boicot
antirreformista y, con más aplomo que vacilaciones, se resignó a
desenvolverse en el estrecho cauce que le quedaba con pulcritud
democrática, probablemente, no llegando a considerar nunca una
salida autoritaria, tentación tantas veces realizada antes y después
de él por gobernantes de todo el subcontinente.
A falta de concreciones en unos capítulos esenciales para romper las
viejas estructuras semifeudales del campo peruano, Belaúnde se
concentró en las obras públicas como la apertura de carreteras, en
la construcción de viviendas y en el desarrollo de la tímida
capacidad industrial del país. Para 1968 existían en el Perú
profundos malestar y desencanto. Belaúnde fue acusado por sus
detractores de falta de liderazgo político, de inconsistencia en la
gestión de la economía -devaluaciones monetarias inclusive- en una
coyuntura de absoluta atonía, de inacción ante las imputaciones de
implicación en negocios de contrabando contra miembros de su
gabinete, y, sobre todo, de conducir una política petrolera lesiva
para los intereses del Perú.
Particular polémica nacional suscitó la firma el 13 de agosto de
1968 con la International Petroleum Company (IPC), la empresa
estadounidense que explotaba desde hacía décadas los yacimientos
norteños de La Brea-Pariñas, de un acuerdo por el que el Estado
peruano renunciaba a cobrar los impuestos que la IPC le adeudaba a
cambio de la transmisión a la Empresa Petrolera Fiscal peruana (EPF)
de la titularidad de los pozos; entretanto, la IPC seguiría
encargándose de extraer y comercializar el petróleo.
El presidente presentó el acuerdo como un hito que zanjaba la larga
disputa sobre los títulos de propiedad y que reintegraba a la
soberanía nacional el suelo y el subsuelo de La Brea y Pariñas. Por
contra, las Fuerzas Armadas encontraron en la transacción la excusa
para derrocar a Belaúnde en un golpe de Estado incruento el 3 de
octubre de 1968, aunque el motivo último de la tercera injerencia
castrense en veinte años pareció ser la perspectiva de una victoria
del APRA en las elecciones generales de 1969. El edecán de Belaúnde,
general Juan Velasco Alvarado, formó una Junta Revolucionaria y
arrestó inmediatamente al mandatario, que fue metido en un avión
rumbo a Argentina. Poco después, Belaúnde estableció en Estados
Unidos un exilio que se antojaba indefinido, ya que esta vez los
militares habían usurpado el poder con la intención de quedarse y
para ejecutar su propio programa político, definido como
nacionalista, socialista, revolucionario y popular.
Durante doce años Belaúnde ejerció la docencia en las universidades
de Harvard, Columbia, John Hopkins y George Washington, casa de
estudios que en 1979 le concedió un doctorado honoris causa, uno más
entre los laureles académicos recibidos de diversas universidades de
Estados Unidos y Europa. Durante este forzada expatriación, el ex
presidente siguió muy atento a las vicisitudes políticas peruanas y
realizó tres visitas breves a su país por razones familiares; en
diciembre de 1970 lo hizo para asistir al entierro de su madre, en
enero de 1972 con motivo del grave estado de salud de su padre y en
abril siguiente para asistir a su funeral.

4. Segunda presidencia (1980-1985)
En agosto de 1975 Velasco Alvarado fue removido de la Presidencia
por sus compañeros y tomó el mando el general Francisco Morales
Bermúdez, quien sin dar carpetazo total al programa revolucionario
de Gobierno sí imprimió un viraje a la moderación ideológica. En
julio de 1977 Morales anunció un cronograma para la devolución del
poder a un gobierno civil electo en 1980 y Belaúnde decidió retornar
al Perú para pilotar el partido en la etapa política que se abría y,
eventualmente, participar en las convocatorias electorales.
Escéptico aún sobre los propósitos del Gobierno militar, prefirió
boicotear las elecciones del 18 de junio de 1978 a una Asamblea
Constituyente, facilitando la mayoría del APRA y convirtiendo al PPC
en la primera fuerza representativa del centro-derecha peruano.
Pero, una vez comprobado que los militares deseaban, efectivamente,
dejar el Gobierno siempre que las autoridades civiles salvaguardaran
su inmunidad contra eventuales acciones penales, el veterano
dirigente se sumó a la transición.
No obstante su automarginación de la consulta de 1978, AP cosechó
una rotunda victoria en las elecciones generales del 18 de mayo de
1980; en las presidenciales, Belaúnde recibió el 44,9% de los votos,
casi el doble que los obtenidos por el aprista Armando Villanueva
del Campo y cinco veces más que Bedoya Reyes; en las legislativas,
la alianza de AP, PPC y PDC se aseguró en ambas cámaras del Congreso
-y AP por sí sola en el caso de la Cámara de Diputados al poseer 98
de los 180 puestos- la mayoría absoluta. A los ojos de una parte
significativa de los peruanos, la figura patriarcal de Belaúnde
encarnaba el retorno a las instituciones democráticas y la civilidad
al cabo de la decepcionante experiencia del velasquismo, que se
empantanó en el autoritarismo, la corrupción y una retórica
revolucionaria sin realizaciones de progreso material.
El 28 de julio Belaúnde, a la edad de 77 años, tomó posesión de la
Presidencia con un mandato quinquenal en una ceremonia de la que se
ausentó el general Morales, lo que vino a simbolizar, más que una
transferencia de poder, la restitución del cargo del que el anciano
estadista había sido despojado 12 años atrás. Sus primeras
disposiciones, el mismo día 28, fueron ratificar la Constitución
promulgada el 12 de julio del año anterior y firmar la amnistía
política y administrativa para los jefes militares aprobada por el
Congreso en la misma sesión de investidura.
En su segunda administración Belaúnde asumió con cautela la gestión
de la pesada herencia del régimen militar, que había dejado sumido
al país en un formidable marasmo económico, si no en la ruina.
Prodigando elogios a los uniformados por su retorno voluntario a los
cuarteles y ratificándose en la decisión de no revisar su actuación
en el Gobierno, Belaúnde se abstuvo de lanzar la desregulación y la
desestatalización generales de la economía nacional más allá de
algunas privatizaciones en los sectores bancario, minero y
petrolero, e iniciativas parciales para atraer las inversiones
foráneas y abrirse a los flujos internacionales del libre mercado en
régimen de competencia. Sin duda, Belaúnde temía que las reformas de
carácter traumático levantaran tensiones y antagonismos sociales
capaces de arruinar la aún frágil democracia peruana, una contención
que fue muy criticada por la derecha liberal.
Ahora bien, Belaúnde sí revirtió, y también en las primeras horas de
su presidencia, uno de los más importantes aspectos colectivistas
del velasquismo con la devolución a sus propietarios de las
cabeceras de prensa que en 1974 fueron expropiadas y entregadas a
organizaciones sociales; esta gestión popular de los medios
escritos, teóricamente, debió haber favorecido el pluralismo
informativo y la democratización en la selección de las noticias,
pero en realidad generó una prensa subjetiva al servicio del régimen
militar; con todo, colectivos indigenistas y de la izquierda lo
consideraban una importante conquista social, así que protestaron
enérgicamente por el decreto de Belaúnde.
El disgusto en la calle se incrementó cuando el Gobierno, para hacer
frente a una deuda exterior de 10.000 millones de dólares, un
déficit presupuestario equivalente al 9% del PIB y una inflación del
70%, se decantó por una política de subidas salariales moderadas y
alzas en los precios de los alimentos básicos y los combustibles
hasta cuatro veces superiores. Ya en enero de 1981 el Gobierno
encajó su primera huelga general por la eliminación de subsidios al
consumo, a lo que Belaúnde respondió con una llamada al diálogo
directo con los partidos políticos y los actores sociales.
Al agravamiento de la situación social y económica, cuya
manifestación palmaria era, no ya la conflictividad obrera, sino el
éxodo de pobladores de la sierra hacia las ciudades de la costa en
busca de trabajo y mejores condiciones de vida, coadyuvó el
resurgimiento, con fuerza inusitada, de la subversión guerrillera
del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) y, sobre todo, del
siniestro Sendero Luminoso, liderado por el profesor universitario
Abimael Guzmán.
Lanzados a la lucha armada en Ayacucho justo cuando el país
recobraba la democracia, los senderistas surgieron en 1971 como una
escisión ultrarradical del Partido Comunista Peruano ("el PCP por el
Sendero Luminoso de José Carlos Mariátegui", siendo éste un conocido
intelectual comunista que propugnó la revolución social del
campesinado peruano y al que los prochinos del PCP tomaron por su
mentor doctrinal), les guiaban el modelo maoísta chino y el de los
jmeres rojos camboyanos y, como ellos, pretendían la toma violenta
del poder mediante la guerra popular revolucionaria, desde el campo
a las ciudades.
Mixtura de guerrilla y banda terrorista, Sendero Luminoso se lanzó a
un combate frontal contra el Estado peruano que por momentos tomó la
traza de una agresión indiscriminada al conjunto de la sociedad,
causando miles de muertos y gravísimos quebrantos a las
infraestructuras productivas y de comunicaciones. La Guardia
Republicana se vio desbordada por la guerrilla y a finales de 1982
Belaúnde, a su pesar, tuvo que involucrar al Ejército en las labores
de contrainsurgencia.
1983 fue un año especialmente difícil, por el agravamiento de la
crisis económica, la escalada terrorista de Sendero Luminoso, la
multiplicación de los asesinatos políticos y, finalmente, las
calamidades naturales. En junio Belaúnde declaró el estado de
emergencia, lo que llevaba implícito la suspensión de garantías
constitucionales, y también solicitó al Congreso el restablecimiento
de la pena de muerte para los reos por delitos de terrorismo. Todo
esto produjo más inquietud por cómo las fuerzas de seguridad del
Estado estaban desarrollando las operaciones contrainsurgentes y
contraterroristas, multiplicándose las denuncias de conculcaciones
masivas de los Derechos Humanos de población civil cogida entre dos
fuegos.
En 1984 la recesión económica pudo ser superada por una fluctuación
positiva en los mercados internacionales de minerales que Perú
exportaba, pero la situación financiera y monetaria siguió sin tocar
fondo. En abril se produjo una crisis de Gobierno con la dimisión
del primer ministro Fernando Schwalb López y la retirada del PPC de
la coalición como protesta por la reluctancia de Belaúnde a, tal
como demandaba el FMI para refinanciar la deuda exterior peruana,
extremar la austeridad presupuestaria, ya que ello habría
imposibilitado la ejecución de determinadas obras de desarrollo
vial, hidroenergético y urbanístico que el presidente consideraba
imprescindibles para apaciguar las tensiones sociales. Entretanto,
la violencia, subversiva y antisubversiva, alcanzaba niveles
alarmantes.
No obstante tanta crispación Belaúnde conservó unas formas
flemáticas y mayestáticas que reflejaban ecuanimidad y reflexión
pausada, una medición de las palabras y los ademanes que le
endilgaron el epíteto de Señor del gesto y algún comentario
irónico sobre si no sería, más bien, "el presidente de Suiza". Como
en su primer período presidencial, evitó las salidas
anticonstitucionales y aseguró el funcionamiento del proceso
democrático con la celebración puntual de elecciones municipales,
ausentes durante la dictadura militar. Ya en la primera
convocatoria, el 23 de noviembre de 1980, AP cayó al 35% de los
sufragios, y en la segunda, el 13 de noviembre de 1983, el partido
del presidente sufrió una derrota total, perdiendo las alcaldías de
todas las capitales departamentales, incluido el baluarte de
Arequipa.
A comienzos de 1985 Sendero seguía golpeando casi a placer y la
situación social y económica era deplorable, con el dólar cotizando
a 12.000 soles, la inflación en torno al 230%, la deuda externa
rebasando los 14.000 millones de dólares y el desempleo afectando a
casi una tercera parte de la población activa. El Estado era
insolvente ante sus deudores y el Gobierno incurrió de hecho en la
suspensión de pagos, si bien no llegó a declarar la moratoria de la
deuda.
Así que no constituyó ninguna sorpresa el hundimiento de AP en las
elecciones generales del 14 de abril de 1985; en las presidenciales,
el candidato oficialista, Javier Alva Orlandini, viejo colaborador
de Belaúnde, no pasó del 7% de los votos y fue vapuleado por el
joven aspirante aprista
Alan García Pérez,
por Alfonso Barrantes Lingán, de Izquierda Unida (IU), y por el
mismo Bedoya Reyes, mientras que en la Cámara de Diputados la
representación acciopopulista se recortó hasta los diez
legisladores. Belaúnde transmitió la banda presidencial a García el
28 de julio y fue automáticamente investido senador vitalicio en
calidad de ex presidente constitucional.
5. Presencia prolongada en la política nacional
En los años siguientes, no menos pródigos en agitaciones y
sobresaltos, el anciano estadista continuó influyendo en el
desarrollo político. El 12 de febrero de 1988 se unió al Movimiento
Libertad promovido por el prestigioso literato Mario Vargas Llosa,
el PPC y el Grupo Solidaridad y Democracia en el denominado Frente
Democrático (FREDEMO), alianza concebida como instrumento de
oposición al Gobierno del APRA y plataforma de la aspiración
presidencial de Vargas Llosa en las elecciones del 8 de abril de
1990, una apuesta personal de Belaúnde que contrarió a algunos
dirigentes de AP por propugnar Vargas Llosa la terapia de choque
económica a la usanza neoliberal. El novelista fue el candidato más
votado en la primera vuelta, pero en la segunda, el 10 de junio, fue
barrido por el ingeniero independiente Alberto Fujimori. En las
elecciones al Congreso, AP registró una importante recuperación y
aumentó sus diputados a 26.
Belaúnde adoptó una actitud moderadamente crítica al nuevo Gobierno
de Fujimori, si bien la endureció a raíz de su autogolpe de abril de
1992, en que suspendió la Constitución, disolvió el Congreso y se
arrogó plenos poderes. Reproduciendo la estrategia de 1978-1980
cuando el régimen militar, Belaúnde decidió el boicot de AP a las
elecciones del 22 de noviembre de 1992 al Congreso Constituyente
Democrático convocado por Fujimori, pero lo levantó en las
elecciones generales del 9 de abril de 1995.
Belaúnde declinó la invitación de su partido de ser candidato
presidencial y también se desvinculó de la coalición Unión por el
Perú (UPP) formada por personalidades de diverso signo para sostener
el envite presidencial del antiguo secretario general de la ONU,
Javier Pérez de Cuéllar. En estos comicios, que validaron a Fujimori
en el poder, AP cosechó los peores resultados de su historia, al
quedar su candidato Raúl Diez Canseco Terry, sobrino de Belaúnde, en
sexta posición con un minúsculo 1,6% de los votos y colocar en el
nuevo Congreso de la República sólo cuatro diputados,
correspondientes al 3,3% de los votos.
El 6 de junio de 1997 Belaúnde estableció el Bloque Parlamentario de
Oposición Democrática con la UPP, el APRA, el PPC, IU y el Frente
Independiente Moralizador (FIM), pero AP era ya una fuerza
absolutamente minoritaria en el renovado sistema de partidos peruano
y no jugaba más que un papel secundario en los tiras y aflojas entre
el fujimorismo y la oposición. El representante de la histórica
formación para las controvertidas elecciones de abril de 2000,
Víctor Andrés García Belaúnde, otro sobrino del ex presidente, quedó
en octavo lugar con un testimonial 0,4% de los votos, mientras que
la lista al Congreso recolectó el 2,5% de los votos, lo que dio
derecho a tres escaños.
Uno de estos diputados era el secretario general de AP, Valentín
Paniagua Corazao, que fue elegido presidente del Congreso el 16 de
noviembre de 2000 en un raro ejemplo de consenso entre partidarios y
opositores de Fujimori. Cuando éste, confrontado a una situación
insostenible de rechazo general abandonó el poder días después,
correspondió a Paniagua asumir la Presidencia con carácter interino,
hasta la celebración de las nuevas elecciones, lo que devolvió a AP,
si bien fugazmente y con carácter más formal que otra cosa, a la
dirección del Ejecutivo. En los comicios de abril de 2001, ganados
por Alejandro Toledo Manrique y su Perú Posible , AP no presentó
candidato a la Presidencia y sí concurrió a la votación del
Congreso, siendo, con el 4,2% de los sufragios, incapaz de
incrementar su trío de diputados.
En agosto del mismo año, Belaúnde, enfermo de cáncer de piel y con
problemas vasculares, cedió la jefatura política de AP a Paniagua.
El 1 de junio anterior había muerto de un cáncer de pulmón su esposa
y estrecha colaboradora, Violeta Correa, con la que se casó en 1970
siete años después de divorciarse de su primera cónyuge y madre de
sus tres hijos, Carola Aubry. El 24 de mayo de 2002 el estadista fue
ingresado en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásticas de
Lima al surgirle un derrame cerebral y el 4 de junio falleció a
causa de un paro cardíaco.
El presidente Toledo decretó tres días de duelo nacional y el
tributo de honras fúnebres, como si fuera jefe de Estado en activo,
a Belaúnde, que fue inhumado el día 6 en el cementerio Campo Fe de
Huachipa. Las principales personalidades de la política peruana
expresaron su pesar por el deceso y su respeto por la figura de
Belaúnde, al que calificaron de servidor público excepcionalmente
honesto, de estadista de principios y revestido de una "enorme
autoridad moral", de gran latinoamericanista y de "arquitecto" de la
democracia peruana, un coro de panegíricos que, de alguna manera
evocaba, la desazón instalada en la opinión pública por la aguda
crisis de credibilidad y de moralidad que padecían las instituciones
del Estado y el conjunto de la clase política.
Además de los libros arriba citados, Fernando Belaúnde publicó
Carretera Marginal de la Selva (1967) y la autobiografía
Autoconquista del Perú.
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