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Ingmar Bergman

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ENLACES RECOMENDADOS:

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. Biografía (Español)

Ingmar Bergman: Vida de un genio (Español)  - Woody Allen
 

¡La voz del genio! "Día tras día me llevaban o me arrastraban, gritando de angustia, al colegio. Vomitaba encima de cualquier cosa, desfallecía y perdía el sentido del equilibrio." Sobre su madre: "Intenté abrazarla y besarla, pero me apartó con una bofetada." Sobre su padre: "Las palizas brutales eran su argumento favorito." "Me pegó, y yo le devolví el golpe. Se tambaleó, y acabó sentado en el suelo." "Llevaron a mi padre al hospital, para operarle de un tumor maligno en el esófago. Mi madre quería que yo fuese a visitarle. Le contesté que no tenía tiempo ni ganas." Sobre su hermano: "Mi hermano tenía escarlatina... (naturalmente, yo esperaba que se muriera. La enfermedad era peligrosa en aquellos días)." "Cuando mi hermano abrió la puerta, le golpeé con la garrafa en la cabeza. La garrafa se hizo añicos y mi hermano se desplomó mientras la sangre manaba de la herida. Alrededor de un mes más tarde, me agredió sin previo aviso, y me saltó dos dientes. Respondí pegándole fuego a la cama mientras dormía." Sobre su hermana: "Mi hermano mayor y yo, normalmente enemigos mortales, hacíamos las paces y tramábamos planes para asesinar a ese diablillo repulsivo." Sobre él mismo: "Una o dos veces en mi vida he acariciado la idea de suicidarme."

Un entorno religioso: "La mayor parte de nuestra educación se basaba en conceptos tales como el pecado, la confesión, el castigo, el perdón y la gracia. Este hecho bien pudo contribuir a nuestra sorprendente aceptación del nazismo." Y finalmente, una evaluación de la vida: "Se nace sin objeto, se vive sin sentido... Y al morir, no queda nada."

Con esos antecedentes uno tiene que ser un genio. O eso, o hacer muecas en una celda cerrada a cal y canto y con paredes almohadillas con cargo al Estado. No me inspiraban motivos precisamente nobles cuando vi mi primera película de Ingmar Bergman. Los hechos fueron así: yo era un adolescente que vivía en Brooklyn, y corrió la voz de que iban a dar en un cine del barrio una película sueca, donde una muchacha se bañaba completamente desnuda. Raras veces he pasado la noche en la calle para ser el primero en la cola de una película, pero cuando Un verano con Mónica se estrenó en el cine Jewel, en Flatbush, un chico pelirrojo con gafas de negra montura fue visto atropellando a ciudadanos respetables en su afán por conseguir la butaca más selecta y discreta.

Yo no sabía quién era el director de la película, ni me importaba, ni tenía sensibilidad entonces para apreciar su fuerza: la ironía, las tensiones, el estilo expresionista alemán con su poética fotografía en blanco y negro y los toques eróticos sadomasoquistas. Yo salí pensando únicamente en el momento en que Harriet Andersson se quita la ropa, y aunque era mi primer contacto con un director que acabaría considerando con fervor como el mejor de todos, no lo comprendí entonces. Hasta que unos pocos años más tarde, en busca de algo más estimulante que una tarde de minigolf, la chica con que me había citado y yo fuimos paseando para ver una película titulada Noche de circo. Yo era un poco mayor y empezaba a sentir un más amplio interés por el cine, y la experiencia fue decididamente más profunda esta vez. El sentido alemán seguía siendo su influencia principal y había una paliza tremenda, sádica en el clímax; aunque el argumento no estaba del todo centrado, la película había sido dirigida con tan inmenso talento, que estuve en vilo en mi butaca hora y media, con los ojos como platos. Realmente, la secuencia en la que Frost, el payaso, va a buscar a su casquivana esposa, que chapotea desnuda en el agua para divertir a unos cuantos soldados, era tan magistral en su planificación, ritmo de montaje e inspirada evocación de la humillación y el dolor, que había que retroceder hasta Eisenstein para hallar una fuerza cinematográfica comparable. Esta vez, desde luego, anoté el nombre del director, que era sueco y que, como me pasaba siempre entonces, archivé y olvidé.

Hasta fines de los cincuenta, cuando llevé a la que era mi mujer entonces a ver una película muy comentada y con el título no muy prometedor de Wild Strawberries (Fresas silvestres) no comenzó lo que se convertiría en una adicción de por vida a las películas de Ingmar Bergman. Todavía me acuerdo que la vi con la boca seca y el corazón latiendo con fuerza desde la primera y misteriosa secuencia inicial del sueño hasta el sereno primer plano final. ¿Quién podría olvidar tales imágenes? El reloj sin agujas. El carruaje tirado por un caballo que se atasca. El sol cegador y el rostro del viejo arrastrado al ataúd por su propio cadáver. Evidentemente, había ahí un maestro con un estilo inspirado y personal; un artista de profunda inquietud e intelecto, cuyas películas se revelarían a la altura de la gran literatura europea. Poco después vi El mago, una audaz dramatización en blanco y negro de ciertas ideas de Kierkegaard presentadas como un cuento de ocultismo, potenciadas por una cámara hipnótica, original, cuyo estilo hallaría su crescendo años más tarde en la onírica Gritos y susurros. La referencia a Kierkegaard no acarrea que la película sea árida o didáctica en exceso. Tengan la plena seguridad, por favor, de que El mago, como la mayoría de las películas de Bergman, posee un brillante sentido del espectáculo.

Porque, además de todo eso –y quizá lo más importante– Bergman sabe entretener, es un gran narrador de historias que jamás pierde de vista un hecho: sean cuales fueren las ideas que desea comunicar, las películas tienen que emocionar al público. Su teatralidad es realmente inspirada, e imaginativo su empleo de la iluminación gótica, pasada de moda, y las elegantes composiciones. El exagerado surrealismo de sueño y símbolos, el montaje inicial de Persona, la cena de La hora del lobo, y en La pasión de Ana, el descaro de parar a intervalos el absorbente relato, para que los actores expliquen al público lo que intentan expresar, constituyen momentos de gran espectáculo.

El séptimo sello fue siempre mi película favorita, y me acuerdo de cuando la vi, con no mucho público, en el viejo cine New Yorker. ¿Quién podría imaginar que un tema semejante pudiese proporcionar una tan agradable experiencia? Si tuviese que explicar el argumento, para convencer a un amigo de que la viese conmigo, ¿qué podría yo decir? "Bueno, transcurre en una Suecia medieval azotada por la peste y explora los límites de la fe y de la razón a partir de conceptos filosóficos daneses y hasta cierto punto alemanes." Eso no guarda gran relación con lo que se entiende por pasar un rato divertido, pero está todo contado con imaginación, suspenso y olfato tan pasmosos, que uno se queda clavado como un niño oyendo un desgarrador cuento de hadas. La negra silueta de la Muerte aparece de pronto en una playa, y el Caballero de la Razón la desafía a una partida de ajedrez, intentando ganar tiempo y descubrir algún sentido en la vida. La fábula arranca y se despliega con siniestra inevitabilidad. ¡Y las imágenes, una vez más, quitan el aliento! Los flagelantes, la quema de la bruja (digna de Carl Dreyer), y el final, con la Muerte que conduce el baile de los condenados al infierno, en uno de los planos más memorables de todos los tiempos.


Liv Ullman e Ingmar Bergman


Bergman es prolífico, y las películas que siguieron a sus primeras obras han sido ricas y variadas, según sus obsesiones se desplazaron del silencio de Dios a las torturadas relaciones de almas llenas de angustia que tratan de comprender sus sentimientos. (En realidad, las películas descritas no son exactamente sus primeras, sino obras medias, porque había dirigido algunas películas, desconocidas hasta que su estilo y reputación fueron generalmente reconocidos. Estas primeras películas son muy buenas, pero sorprendentemente convencionales, sabiendo adónde irían a parar.) En los cincuenta había asimilado sus influencias, al tiempo que su genio se afirmaba. Los alemanes todavía le impresionaban. Yo veo a Fritz Lang en su obra, y a Carl Dreyer, el danés. Y también a Chéjov, Strindberg y Kafka. Yo divido sus películas entre las que son sencillamente soberbias (Detrás de un vidrio oscuro, Luz de invierno, El silencio, La fuente de la doncella, La pasión de Ana, por citar algunas) y las obras maestras verdaderamente notables (Persona, Gritos y susurros y Escenas de la vida conyugal), junto con otras que había visto antes. Hay también películas atípicas como Vergüenza y Fanny y Alexander, que proporcionan sus propios placeres particulares, e incluso algún traspié ocasional como El huevo de la serpiente o Cara a cara.

Pero hasta en los experimentos menos afortunados de Bergman hay instantes memorables. Ejemplos: el sonido de una sierra fuera de la ventana durante una escena íntima entre los amantes adúlteros en El toque, y el momento en que Ingrid Bergman enseña a su patética hija cómo debe interpretarse al piano cierto preludio en Sonata de otoño. Sus fracasos son con frecuencia más interesantes que los logros de otros. Y pienso ahora en De la vida de las marionetas y Después del ensayo.

Una digresión sobre el estilo. El ámbito predominante en las películas acostumbraba a ser el mundo físico, externo. Sin duda, así ha sido durante años. Ahí están las películas cómicas y los westerns, y las películas de guerra, y las de persecución, y las películas de gángsteres, y las películas musicales, para atestiguarlo. Pero, al afirmarse la revolución freudiana, sin embargo, el ámbito más fascinante del cine derivó hacia lo interior, y las películas se encontraron con un problema. La psique no es visible. ¿Y qué hay que hacer cuando las batallas más interesantes se libran en el corazón y en la mente? Bergman desarrolló un estilo para abordar el interior del hombre, y es el único director que ha explorado los campos de batalla del alma hasta el último confín. Impunemente, ha escrutado con su cámara los rostros hasta perder la conciencia del tiempo, mientras sus actores y actrices lidiaban con su propia angustia. Y veías grandes interpretaciones en tremendos primeros planos que duraban mucho más tiempo del que los libros de texto consideran conveniente para el arte del cine. Los rostros lo son todo para Bergman. Primeros planos. Más primeros planos. Extremados primeros planos. Creó sueños y fantasías, para combinarlos con tanta delicadeza con la realidad, que gradualmente un cierto sentido de la interioridad humana salió a la superficie. Y empleó enormes silencios con increíble eficacia. El territorio de las películas de Bergman es diferente del de sus contemporáneos. Hace juego con las playas desoladas de la isla rocosa donde habita. Ha encontrado un medio para mostrar el paisaje del alma. (Ha dicho que ve el alma como una membrana, una membrana roja, y así la mostró en Gritos y susurros.) Al rechazar la norma de acción convencional establecida en el cine, ha permitido que en el interior de los personajes bramen guerras tan agudamente visuales como los movimientos de un ejército. Vean Persona.

Por si esto fuera poco, damas y caballeros, Bergman es un director barato. Es rápido, sus películas cuestan poco, y su minúscula banda de colaboradores es capaz de completar una verdadera obra de arte en la mitad del tiempo y por una décima parte del dinero que muchos dilapidarían en un suntuoso desperdicio de celuloide. Y, además, escribe los guiones él solito. ¿Qué más se puede pedir? Significado, profundidad, estilo, imágenes, belleza visual, tensión, instinto narrativo, rapidez, economía, fecundidad, innovación, una dirección de actores sin par. A todo eso me refiero cuando digo que es el mejor. Tal vez otros directores le superan en áreas aisladas, pero nadie es un artista tan competo como él.

De acuerdo, volvamos a Linterna mágica, su libro. Habla mucho de problemas del estómago. Pero es interesante. Es informal, anecdótico. No es cronológico, como se supone que debería ser la historia de la vida de uno. No se monta una saga acerca de cómo empezó y, poco a poco, dominó el teatro y el cine de Suecia. La narración da saltos, hacia delante y hacia atrás, aparentemente a capricho de la inspiración del autor. Contiene extrañas anécdotas y sentimientos tristes. Una extraña anécdota: de niño se quedó encerrado en un depósito de cadáveres, donde le fascinó el cuerpo desnudo de una muchacha. Un sentimiento triste: "Mi mujer y yo vivimos muy próximos. Uno de los dos piensa, y el otro responde, o al revés. No sé cómo definir nuestra afinidad. Pero un problema es insoluble. Algún día un golpe caerá para separarnos. Y ningún dios afable nos convertirá en árboles que den sombra a la granja." Omite cosas que uno creía que iba a considerar. Sus películas, por ejemplo. Bueno, tal vez no las omita exactamente, pero dice mucho menos de lo que cabía esperar, considerando que ha hecho más de cuarenta. Tampoco se habla mucho de sus esposas en este libro. Las ha tenido en abundancia. (Y montones de hijos también, aunque apenas se les mencione.) Entre ellas está Liv Ullmann, que vivió años a su lado, fue la madre de unos de sus hijos, y una gran estrella en sus películas. Tampoco se dice mucho sobre los actores y las actrices de sus películas.

¿Y qué hay entonces? Pues hay muchas revelaciones apasionantes, pero sobre su infancia en la mayor parte. Y sobre su trabajo en el teatro. Detalle interesante, dibuja cada escena antes de ensayarla. Y hay un relato emocionante de cómo dirigía a Anders Ek, un actor en varias de sus películas, enfermo de leucemia y que utilizaba su miedo a la muerte próxima para interpretar un personaje de Strindberg. Bergman adora el teatro. Es su verdadera familia. De hecho, la cálida, entrañable familia de Fanny y Alexander nunca existió en la realidad, es un símbolo del teatro. (Eso no está en el libro. Pero lo sé.) Bergman habla también de sus enfermedades: "He padecido varias dolencias indefinibles, y no puedo decir a ciencia cierta si deseaba sobrevivir o no." Y sobre sus funciones corporales: "En todos los teatros donde he trabajado un cierto tiempo, he tenido siempre mi propio retrete."

Su crisis mayor también está aquí, el escándalo de los impuestos. Uno se queda hipnotizado leyendo su recuento. En 1976, Bergman fue groseramente sacado de un ensayo y llevado a la jefatura de policía para declarar sobre el dinero que debía al gobierno, porque su declaración era incorrecta. Eso es algo que puede pasar cuando uno recurre a un gestor, presume que él lo llevará todo estupenda y abiertamente, y descubre luego que, confiadamente, ha firmado papeles sin entenderlos, o siquiera leerlos. La cuestión está en que Bergman era inocente de la acusación de fraude premeditado, pero la hacienda sueca no evitó que las autoridades le trataran de forma desabrida y cerril. El resultado fue una depresión nerviosa, una hospitalización, y un exilio autoimpuesto en Alemania, entre sentimientos de rabia y profunda humillación.

En fin, la imagen que uno saca es la de una personalidad altamente emotiva, no fácilmente adaptable a la vida en este mundo frío y cruel, pero muy profesional y productiva, y desde luego un genio del arte dramático. A juzgar por la traducción, Bergman escribe muy bien y, con frecuencia, sus descripciones prenden y emocionan. Yo devoré cada página, pero no se me puede hacer demasiado caso, porque siento el mayor interés hacia este artista particular. Se me hace difícil creer que ha cumplido ya los setenta años. En su libro recuerda que, cuando tenía diez años, le regalaron una linterna mágica, que proyectaba sombras en la pared. Eso despertó en él una pasión amorosa por el cine, conmovedora en la intensidad de su sentimiento. Ahora que su fama es mundial y ya no hace más películas, escribe lo siguiente: "La butaca es cómoda, la habitación acogedora, se hace la oscuridad y las primeras imágenes tiemblan en la pantalla blanca. Todo está en calma, el proyector susurra débilmente en la insonorizada sala de proyección. Las sombras se mueven, vuelven sus rostros hacia mí, quieren que preste atención a sus destinos. Han pasado sesenta años, pero la emoción sigue siendo la misma."

Biografía: Ingmar Bergman - Manuel Villega López

Director. Nació el 14 de julio de 1918 en Uppsala, Suecia. (Murió en Faro, isla del mar Báltico a los 89 años, el 30 de Julio del 2007). Es el segundo hijo de un pastor protestante que llegará al alto puesto de capellán de la familia real sueca. En su casa se vive en un clima espiritual de obra de Ibsen, de Strindberg, expresión de una situación real del carácter nórdico. Los padres, distanciados, ajenos, cada uno encerrado en sí y en su mundo propio, inabordable para todos; el padre en la iglesia, la madre en las ocupaciones domésticas. Un ambiente rígido y puritano donde se consideraba escandaloso el juego de los padres con los hijos. Y al mismo tiempo, de gran amplitud liberal: cuando el hijo se separa de la fe y las creencias de su padre, éste le deja que busque por sí su camino de salvación, sin intervenir jamás. Duplicidad de la vida sueca, característica y definidora.

El padre, vicario de la parroquia de Hedwige-Eleonora, en Estocolmo, debía ir con frecuencia a ejercer su ministerio en las aldeas de los alrededores. Durante la primavera y verano nórdicos, breves y fulgurantes, el niño le acompañaba, corriendo en bicicleta por los campos, donde el padre le enseña las flores, los pájaros, los insectos... Luego, en las rurales iglesias góticas, mientras el padre predicaba, el niño se entretiene en contemplar los relieves y pinturas medievales, en techos y paredes. Todo el infinito orbe fantástico de la imaginería gótica, hecha de símbolos y misterios. También la Muerte, en sus mil formas y tareas, para acabar con los humanos. La fragancia y el poder de la Naturaleza --más intensa cuanto más corto era su renacer-- se mezclaban en la imaginación del niño con las quimeras y monstruos medievales, tocados de eternidad, en igual nivel de fantasía y realidad. La actuación paterna en los templos, nacimientos, bodas, funerales... pone al niño en contacto habitual con los valores fundamentales de la existencia: Dios, la vida, la muerte, el dolor, el amor... Todo ello dejará una huella imborrable en su espíritu, personalidad y vida.

 


Beng Ekerot (La Muerte) y Max Von Sydow (El caballero)
En una escena de "El séptimo sello"

 

En el interminable invierno, su juego favorito es una linterna mágica primero, con su "olor a metal caliente". Luego un pequeño proyector, con una sola película de tres metros, color marrón, donde una muchachita dormía en un prado florido, se despertaba, desperezaba, se volvía para dejar ver el rostro, y se iba por la derecha. Bergman conserva vivos estos recuerdos, dignos de una novela de Proust. Y aquella magia de lo mecánico, repetida sin cesar, hasta la obsesión, le impresionaba tanto como los campos en primavera o los relieves góticos. El ambiente de la casa le oprime y perturba hasta la neurosis: de niño padece dolores de estómago y ataques de tartamudez. En cuanto pueda se independizará de aquella vida familiar y hasta muy hombre no se aproximará a sus padres.

Desde los trece años estudia el bachillerato en una escuela privada de Estocolmo; luego, en la Universidad, se licencia en Letras e Historia del Arte. Su pasión es el teatro y allí dirige funciones de estudiantes. La guerra mundial ha estallado y en 1940 los alemanes invaden Dinamarca y Noruega. Suecia, neutral, se encuentra aislada, sitiada por todas partes; se crea en el país una psicosis colectiva de angustia que artísticamente desemboca en las corrientes existencialistas. Hay una epidemia de suicidios, entre ellos el del dramaturgo Hjalmar Söderberg, que influye fuertemente en Bergman; como en Antonioni, el suicidio es la única salida de muchos de sus personajes. Rompe con su familia y se refugia en el barrio bohemio y de artistas de Estocolmo, Gamla Stan, donde vive como puede. Y en ese año 1940 obtiene un puesto de ayudante de dirección en el Teatro de la Ópera Real de Estocolmo. Ha encontrado el camino.

Su carrera teatral es tan importante como la cinematográfica, pero limitada a su país, sin la universalidad del cinema: director escénico del Teatro Municipal de Helsinborg (1944-45); igual puesto en el Teatro Municipal de Malmoe (1946-48), uno de los mejores de Europa; de Göteborg (1948-49); del "Intima" de Estocolmo (1950-52); Malmoe (1953-58), y director del Teatro Real de Estocolmo desde 1959. Su obra en el teatro refuerza la cinematográfica y, en parte, la nutre; pero sus éxitos cinematográficos impulsan también su carrera teatral. A veces dice que si tuviera que elegir se quedaría con el teatro; pero comprende que su verdadero medio de expresión artística, completo y definitivo, es el cinema.

En el cine entra por gestión del productor Carl-Anders Dymling, que estaba dando gran impulso a la Svenskfilm, sucesora de la vieja Svenska, unida al antiguo y glorioso cinema sueco mudo. Ve una de las representaciones estudiantiles, insiste en que Bergman le haga un guión, se lo da a dirigir a Sjöberg, el entonces máximo realizador del país: Tortura (1944), de raíz autobiográfica donde hoy se ve el influjo de Bergman. Y al año siguiente, a los veintisiete años, dirige su primer film, Crisis, que --como los cinco que le siguen-- obtiene escaso éxito. Pero Dymling comprende que un cinema sueco, aislado y lejano, sólo podrá imponerse, dentro y fuera de la nación, con obras de calidad, diferentes y genuinas. Sostiene a Bergman y lo seguirá apoyando siempre. La sed (1949), su séptimo film, es un gran éxito en Suecia, que asegura su carrera cinematográfica en el país. Fuera, Bergman es desconocido o pasa inadvertido. Se presenta en el Festival de Cannes en 1947, con Buque para la India; en el de Venecia, 1952, con Juegos de verano, más escasas presentaciones comerciales por el mundo. Y en 1956 triunfa estruendosamente en Cannes con Sonrisas de una noche de verano, que hace el número dieciséis de sus films. Estruendosamente, porque "la moda Bergman" se extiende por el mundo, influye en cineastas insospechados y produce una inmensa literatura de toda tendencia. La polémica es el clima de los films de Bergman, allí donde se presentan, porque no pueden encasillarse en ninguna escuela segura, en esta época de clasificaciones, enrolamientos y convencionalismos ideológicos. El "caso Bergman" constituye el permanente asombro del cine actual durante años.

Su ocupación habitual es el teatro, pero realiza una o dos películas por año. Al llegar la primavera suele meterse en un sanatorio para cuidarse una úlcera de estómago, real o imaginaria, y piensa sus argumentos, como expresión y liberación de lo que le atormenta. Trabaja con el anticuado material de los estudios S.F., con poca película, y actúa con rapidez, seguridad y un método riguroso de trabajo; también es riguroso, duro, con sus colaboradores y sus actores, que forman un equipo habitual en su obra. Se entrega por completo a su labor con fervor de poseso: "Cuando filmo estoy enfermo". No hace más películas que las que cree debe hacer --salvo una de compromiso, de la que está arrepentido--; en la crisis de 1951 prefirió hacer films publicitarios --como honesto y franco arte utilitario-- a películas comerciales falseadoras. "No tengo más lealtad que con la película en la que estoy trabajando."

(Ingmar Bergman y el fotógrafo Sven Nykvist, a la derecha)

Es un neurótico, lleno de obsesiones despierto y de pesadillas de noche. Se siente a veces como "un hombre detrás del cual no hay nadie". Sus amores son difíciles y complicados, a la vez que fundamentales o pasajeros. Casado, divorciado, vuelto a casar varias veces, ha tenido tres o cuatro amores conocidos más, terminados en amistades lejanas. Con el amor y la mujer, las preocupaciones metafísicas constituyen el eje de su vida, y sobre sus ideas y creencias religiosas se ha escrito y polemizado tanto como sobre su arte. Es un intelectual, un filósofo de formación teológica, doblado de existencialismo, que se expresa en sus películas. A la vez que los terribles, oscuros, descarnados, violentos y melodramáticos problemas humanos hacen de sus films una prueba y manifestación del espíritu angustiado y atormentado de los años en que vive.

Bergman es un hombre de la Edad Media que hace cine; exactamente un hombre venido del siglo XIV que se expresa con el arte por excelencia del XX. Porque Suecia --como los demás países escandinavos-- tiene una doble faz que condiciona su existencia y su arte. Un país que vive las más avanzadas libertades del mundo, desde las políticas o personales hasta las que proporciona el confort y el alto nivel de vida. Pero a la vez, sobre un inevitable y hondísimo espíritu medieval que subsiste en el norte europeo, adonde no llegaron apenas, ni a tiempo, las nuevas luces del Renacimiento. Como en España, por otras razones y con otros resultados. Es el espíritu gótico, introspectivo, subjetivo, dominado por el mundo interior con el expresionismo como arte; frente al espíritu latino, claro, racionalista, abierto al mundo exterior, cuyo arte es el realismo. Una clave para la mecánica del alma nórdica, de su arte y, por lo tanto, de la obra de Bergman.

Hombre de nuestro siglo, siente su angustia, sus dudas, sus terrores y amenazas, de época de transición aguda. Pero tiene predilección por su semejante el siglo XIV, el de la gran transición por la catástrofe general: "Entonces --dice Bergman-- el hombre vivía bajo el terror de la peste, como ahora bajo el de la bomba atómica". Y en la agobiante ansiedad de la duda y de la busca de una explicación, de una justificación, motivo acuciante de la vida y la obra del realizador. De un naturalismo violento hasta el melodrama, tantas veces realista, de la más pura raíz moderna, lo expresa por medio de símbolos y alegorías, lenguaje medieval por excelencia: el manantial que brota bajo la cabeza de la muerta, en El manantial de la doncella, film de época, o la mujer de negro que entrega su regalo brillante en La prisión, film actual; toda su obra está llena de símbolos, apenas descifrables por completo, como todo símbolo. Su estilo es así expresionista, bajo fórmulas realistas extremas, hasta la máxima crudeza y la violencia terrible. Su humorismo bufonesco, grotesco y macabro, es expresionista neto, sin fronteras claras entre lo cómico y lo trágico. Conoce algo el cinema francés de la época naturalista, del realismo poético de los años treinta. Pero desconoce casi por completo, y no debe nada, al neorrealismo o las "nuevas olas", ha declarado siempre. En cambio, reconoce a Buñuel, igualmente enfrentado al misterio.

Su escuela es la de su país y su cine sueco mudo. La belleza plástica, el viento poético y los dramas tensos, sobrenaturales, medievales, que el viejo y grande cine sueco llevó por el mundo en los años veinte --con su pléyade de directores, actores y técnicos--, es lo que este solitario del cinema ha traído al actual, porque es la tradición de su país, lógicamente evolucionada, vuelta a crear por su enorme personalidad de gran maestro del cinema. Principalmente --dice-- la de Sjöström, el viejo gran director y actor, que interpreta para él hasta su muerte. Y el genial Dreyer está de manifiesto en la obra de Bergman, quizá más que ningún otro realizador nórdico. Un estilo denso, recargado, al gusto pictórico y literario germánicos y eslavos a la vez. Cielos que ocupan la mayoría de la pantalla o interiores angostos, cerrados, con claroscuros, luces de relieve, contraluces, siluetas... El primer plano insistente como una persecución, o las figuras diminutas, lejanas en siluetas infantiles de sombras chinescas, sobre el lomo de horizontes remotos... Una gran delectación por la composición plástica y un ritmo profundo, venidos de la esencia misma del tema y su acción, sin otras preocupaciones. Bergman no tiene en cuenta para nada las tendencias actuales ni pasadas del cine; narra y pinta como lo necesita o cree, sin más exigencias que la de su fuerte personalidad. Sus films son un prodigio de realización, de una maestría maravillosa, según esa tradición nórdica a la que se debe. Cree que sólo su país puede nutrir y hacer fecundo su arte, y se niega a trabajar en ningún otro, a pesar de las continuas y atractivas ofertas que se le hacen.

Los temas y grandes valores centrales de su obra cabalgan sobre la misma doble vertiente de lo actual-medieval. El centro de su concepción es la vida como dolor y expiación, como infierno en la tierra y unos hombres en busca de una redención; pensamiento dilecto de la Edad Media, abocado a todos los misticismos. Bergman halla esa fuga en el erotismo y la mujer, vista como fuente de culpabilidad y de salvación a la vez; un erotismo desesperado es el motivo reiterado de la mayor parte de sus films. Cuando ese resorte de salvación falla --y en él falla siempre--, no queda más que la soledad eterna, la fuga o, sobre todo, el suicidio. La soledad humana y la comunicación con Dios y los demás hombres, con el más allá y el más acá, es su gran problema metafísico. El ser humano y su alma como atracción suprema, y en especial su rostro, como ventana de ese espíritu incomunicable, encerrado en sí mismo, irremisible prisionero. Entonces, son las monstruosidades, desde los crímenes al suicidio, de las violaciones, del lesbianismo a las alucinaciones, recuerdos torturantes, persecuciones despiadadas y sórdidas... que agobian a sus personajes.

Bergman es el creador de un universo sin salidas, por donde marcha un hombre sin caminos; un Dios sin religión determinada; una ética sin moral; una vida sin sentido ni objeto; un amor sin comunicación ni felicidad; una felicidad sin permanencia posible, cuyo fugaz destello sólo brilla tras el dolor... Unos hombres que se debaten, obsesos y angustiados, en el callejón sin salida del mundo y de sí mismos.

Estos caracteres básicos de su obra, que son su idea capital, los mantendrá siempre. Pero los irá sometiendo a un doble proceso de ampliación y depuración que es la renovación de todo gran artista. Dos películas cruciales marcan una divisoria: Fresas salvajes es el resumen de su concepto de la vida, que viene a ser el de su obra hasta ahí, y El séptimo sello su concepto de la muerte, que es decir su enfrentamiento con el más allá, con el misterio de lo sobrenatural. Bergman habla de ellas como hechas con el espíritu de un pintor medieval, y es lícito así definirlas como el retablo de la vida y el de la muerte. El primero cierra una época y el segundo abre otra en su pensamiento y en su obra. Porque ésta es, ante todo, su expresión personal, y el mundo íntimo de Bergman es inacabable. Una misma idea no se agota en un solo film, sino que se prolonga indefinidamente, en grupos de películas, que son sus diversas facetas y variantes. Ello es fundamental para comprender cada uno, que por eso siempre resulta esotérico, en espera de su posterior aclaración.

Su obsesión metafísica se centra en "el silencio de Dios", que parece no responder a las desesperadas llamadas de los humanos. La raíz pagana del problema viene de las mitologías arcaicas, donde una gran deidad crea todas las cosas y luego se retira a su cielo, dejando a dioses menores la misión de tratar con los hombres. Con este tremendo problema, por otra parte bien actual, realiza su trilogía Como en un espejo, Los comulgantes y El silencio. La realidad humana y su mundo siguen teniendo las mismas características, pero situada ahora bajo el peso de ese interrogante indescifrable que las informa. Películas más sencillas de trazado y más audaces en sus métodos. Los comulgantes es un diálogo de rostros que en verdad es un monólogo de cada uno consigo mismo. Lo que aborda terminantemente en Persona, donde la enfermera dialoga incansablemente con la actriz enmudecida. El film entero es un monólogo, hasta confundirse los dos personajes. Quizás el silencio de Dios sólo encuentre respuesta en cada hombre, siempre solo. La película, llena de misterios, viene a completar la trilogía. Bergman indica su continuidad empezándola con imágenes de El silencio. Además inserta escenas de una filmación y de sí mismo, como separando la obra del público y dirigiéndola hacia él, hacia su secreta confesión. Insiste en ello en La hora del lobo. Y aparece el motivo de la isla, el tradicional refugio soñado por todos los fugitivos de todas las cosas.

El mismo Bergman se retira a esa isla, porque está horrorizado del mundo en que vive --declara-- y quiere hacer oír su clamor. Ya no es la vida personal y su drama sin soluciones, ya no es el gran problema sobrenatural del Dios que no responde, sino el mundo entero y las condiciones de nuestra época. Quizás ahí radique la causa. Este nuevo giro completo es La vergüenza, una de sus máximas películas. Que viene a continuarse en Una pasión, con referencias claras a la anterior: el sueño de la mujer, la misma isla, semejantes decorados... Pero, principalmente, porque es la prolongación del tema: la violencia extrema, enajenante, de la guerra y la persecución política ciega en aquélla, se transforma en la interiorización de la violencia y el sadismo en la vida cotidiana. Enormes temas de nuestro tiempo.

Bergman es, así, uno de los más grandes dramaturgos contemporáneos, un gran poeta trágico, cantor de esta época, sus hombres, sus problemas esenciales... en esa dimensión que sólo procura la visión del genio.


© 1973. Manuel Villegas López, en "Los grandes nombres del cine, vol. I ", Barcelona, Editorial Planeta, págs.74-80.

 

 

 

 

 

 

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