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Fulgencio Batista

- English Biography

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Batista: ¿un muerto que vale la pena revivir?
. El sargento llamado Batista y sus sórdidos escribas
. Fulgencio Batista: de sargento a dictador

 
271208 - Granma - Fulgencio Batista. Político, militar y dictador cubano. Nació el 16 de enero de 1901 en Banes, en un modesto bohío de la campiña oriental de Cuba. Siendo muy joven realiza labores campesinas, y de ese trabajo ingresa como fogonero en los ferrocarriles. De los ferrocarriles se alista en el Ejercito, y en base a sus estudios pasa de soldado a cabo, y de ahí a sargento taquígrafo del Estado Mayor. Esforzándose por ascender en la vida militar, estudió inglés, física gramática, etc.

Al caer el presidente Machado (agosto 1933), debido a una sublevación de oficiales del Ejército, llegó al poder Carlos Manuel Céspedes (Carlos Manuel de Céspedes era el hijo del Padre de la Patria), y Batista que tenía el grado de sargento, convocó a los sargentos, a los cabos y la tropa, deponiendo mediante un golpe de estado al presidente Céspedes. Fue ascendido a coronel y se hizo con el poder. Fue nombrado jefe del Estado Mayor.

Tomó posesión de la más alta magistratura cubana, en el año 1940 tras unas elecciones muy discutidas. Su mejor aliado siempre fue el gobierno estadounidense, al que permitió el uso de sus bases militares durante la Segunda Guerra Mundial.

En 1944, se exilió voluntariamente, cediendo su puesto a Grau San Martín. Volvió a Cuba en 1948 y el 10 de marzo de 1952, a escaso cuatro meses de las elecciones presidenciales, Batista alegando una serie de razones, que no se justificaban en modo alguno, valiéndose de su liderazgo dentro de las Fuerzas Armadas, y algunos sectores políticos del país, rompe el ritmo constitucional dando un cruento golpe de estado, que le convirtió en presidente.

Al declararse Batista presidente, comienzan los asesinatos políticos, disolvió el Congreso, suspendió la Constitución de 1940, ilegalizó todas las formaciones políticas, y otros desmanes, enlutando a muchas familias cubanas y situándolo como uno de los peores gobernantes de la casi naciente República de Cuba.

En 1954 el dictador Batista convoca a elecciones, las cuales gana ampliamente por medio del fraude electoral, al igual que las de 1958, donde llevaba de presidente a Andrés Rivero Agüero, quien no pudo tomar posesión del cargo ante el triunfo de Fidel Castro en enero de 1959.

Fidel Castro al frente del grupo político "Movimiento 26 de julio", desembarcó en Cuba desde México donde estaba exiliado después del ataque al Cuartel Moncada, y de ahí se intrincó en la Sierra Maestra para combatir el régimen de entonces que ensangrentaba a Cuba.

La noche de fin de año de 1958, con la población en contra y el avance del Ejército Rebelde liderado por Fidel Castro, Batista huyó del país. Se estableció primero en la República Dominicana, luego en Madeira y por último en Guadalmina, cerca de Marbella (España), donde murió. Falleció el 6 de agosto de 1973.

¿Qué fue la dictadura de Fulgencio Batista?

La mafia terrorista y batistiana de Miami quiere trocar la historia. Convertir a los asesinos en buenas gentes. Pasar la página, como si la tragedia, el dolor, el luto, la Isla ensangrentada por aquellos bárbaros, pudiera borrarse de un plumazo. ¿Qué fue Batista para Cuba? La centenaria revista Bohemia circuló en aquellos primeros días de enero de 1959 con tres ediciones de La Libertad. De la segunda edición, reproducimos este Editorial que lo explica todo

AHORA que la dictadura ha sido abatida y están en fuga, en la cárcel o muertos sus máximos responsables, desfilan como imágenes de pesadilla los hechos vandálicos perpetrados por aquella pandilla de facinerosos que en una madrugada aciaga se habían adueñado por la fuerza del poder. Consterna ver hasta qué punto esa gente vulneraba los más elementales principios de la convivencia humana.

Nada sagrado hubo para aquella satrapía grotesca a la vez que trágica. La vida dejó de tener valor tanto en lo físico como en lo moral; la libertad fue sistemáticamente violada; la dignidad de la persona escarnecida. El déspota y su camarilla actuaban como si la República fuese un feudo y ellos los señores de horca y cuchillo que tenían bajo su bota al pueblo.

Durante dos años inacabables la censura impidió que se proclamasen urbi et orbi aquellos horrores. Había que leer las hojas clandestinas de la Revolución o escuchar las transmisiones de la Radio Rebelde, que llegaron a ser el evangelio cotidiano de la ciudadanía, para estar al tanto de los bárbaros métodos de represión puestos en práctica por el batistato con objeto de sostenerse a todo trance en el poder. Ahora las pruebas y los testimonios durante ese tiempo acumulados están a la vista de todos. Porque es inútil tratar de encubrir el crimen. Las heridas de los mártires son como voces que denuncian aquella salvajada y claman justicia. Ahí están los muertos enterrados sin identificación y cuyos restos aparecen ahora revueltos con la tierra en fosas improvisadas; ahí están los torturados que muestran en sus cuerpos las huellas del suplicio a que fueron sometidos; ahí están los vejados y apaleados por la policía política del tirano; ahí están los que tuvieron que desterrarse para no morir en las garras de los esbirros; ahí están los despojados, los humillados, los vilipendiados, los perseguidos en ellos y en sus familias porque osaban desear para su Patria una vida libre, justa y decorosa. Mientras el dictador y su clan saqueaban el tesoro y se repartían la Isla como una heredad propia, los matarifes a su servicio se dedicaban, con refinamiento, con sevicia, a torturar y a matar. Era la más perfecta combinación de robo y asesinato que ha conocido la República.

Es increíble que la bestia humana pueda llegar a esos extremos de crueldad. Ni el lobo ni el chacal muestran tanta fiereza como el hombre cuando a este lo ciegan la ambición y la codicia. Tal fue el caso de Batista. Había tomado el poder el 10 de marzo de 1952 por asalto, con el único y exclusivo propósito de entrar a saco en la hacienda pública, de amasar millones a través de los más turbios negocios, aunque ello implicase matar a miles de cubanos, arruinar a la nación y sembrar el caos. Pocas veces en la historia se ha dado un caso tan notorio de insolencia y maldad.

La literatura de la Segunda Guerra Mundial está llena de páginas espeluznantes. Se narran en ellas las atrocidades cometidas por los cuerpos de represión de Hitler. Los campos de concentración con sus cámaras de tormento, con sus experimentos infrahumanos, han quedado para siempre grabados en la conciencia de la humanidad como una demostración de lo que es capaz de hacer un vesánico para satisfacer sus ansias delirantes de dominación mundial.

Pues bien, los cubanos no tenemos por qué asombrarnos, de Dachau y de Lídice. También aquí se padecieron esos horrores. También aquí hubo asesinatos en masa, delaciones, torturas, persecuciones sistemáticas, vejamen a la dignidad humana. Y es que formas de gobierno análogas engendran métodos semejantes. En Cuba había implantado Batista un régimen totalitario a imagen y semejanza del hitleriano. Yuguló la voluntad popular, hizo trizas la Constitución, convirtió al Poder Legislativo y al Poder Judicial en instrumentos dóciles de su gobierno, burló al pueblo en dos simulacros de elecciones y se rió grotescamente de todos los esfuerzos que cubanos de buena voluntad hicieron reiteradas veces para hallarle un desenlace sin sangre al drama nacional. No se puede subyugar a un pueblo que ama la libertad como no sea sembrándolo de cadáveres. Batista no vaciló en hacerlo. La vida de sus compatriotas no valía nada en comparación con su empecinada voluntad de poder. Se propuso exprimir la República, sacarle todo su rendimiento en provecho propio y no titubeó ante nada con tal de realizar sus designios. Jamás se había adueñado de la gobernación del país un momento de menos escrúpulos ni de mayor crueldad.

Durante siete años ha padecido Cuba este azote. Las imágenes de ese septenio desfilan como una pesadilla ante nuestros ojos. Todo eso es verdad, aunque parezca mentira. Todo eso ha pasado en una tierra que tiene justa fama de risueña, de civilizada, de amable. Los cubanos llegamos a perder hasta nuestro tradicional buen humor, ya no era necesario que los comités de Resistencia Cívica aconsejasen al pueblo que se abstuviese de toda diversión mientras la juventud se inmolaba en la manigua.

El pueblo espontáneamente se retraía porque experimentaba muy en lo hondo el luto de tantos hogares, porque la angustia de la Patria era su propia angustia. Las tiranías prolongadas modifican la faz de las naciones; lo que no pueden modificar, lo que permanece intacto a despecho de todas las represiones deformadoras, es el heroísmo que vibra en la entraña del pueblo. Con él no contó Batista. Fue ese heroísmo, personificado en la Sierra Maestra y en las montañas del Escambray, el que salvó a Cuba.

Esto nos conforta en medio del desolado panorama que el despotismo ha dejado como toda herencia a las nuevas generaciones. El heroísmo y el espíritu de sacrificio demostrados en la lucha tienen que prolongarse y perseverar en la paz. Como muy bien ha dicho Fidel Castro, es ahora cuando empieza la etapa más difícil de la Revolución, la etapa constructiva. Porque la Revolución no es algarada ni mucho menos anarquía. La revolución es un orden nuevo, un orden más justo, más humano, más digno, que todos estamos en la obligación de propiciar y mantener. Si queremos emular a los héroes de la guerra y hacernos dignos de los mártires que dieron su vida por la libertad, estamos en el deber imperioso de colaborar a la obra de la reconstrucción nacional sin esperar recompensa alguna, como un compromiso sagrado para con la Patria.

El pasado ha quedado atrás con todo su horror. Frente a él no cabe hablar de venganza, pero sí de justicia. Hay que hacer un escarmiento para que ese pasado no vuelva, para que esas estampas de crimen y latrocinio no empañen nuevamente nuestra historia. Esa es una tarea que la Revolución está llevando a cabo y a la cual deberá dar término cuanto antes con espíritu justiciero, serena y elevadamente. Y cuando ese capítulo se cierre, a emprender todos la obra ingente de levantar otra vez la Patria sobre las ruinas del despotismo y de crear en el país un ambiente tal de democracia, de libertad y de justicia que jamás pueda germinar en el suelo generoso de la República la mala semilla sembrada a voleo por Batista y sus congéneres.

Fulgencio Batista
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Primero de enero de 1959: 400 cómplices de Batista huyeron a EE.UU.



Algunos datos de la Cuba que dejó el tirano Fulgencio Batista

En 1958, el 8% de los propietarios poseían más del 70% de las tierras, incluidos los latifundistas yankis.

Al triunfar, la Revolución encontró una deuda exterior ascendente a 788 millones de dólares. Una balanza comercial desfavorable con Estados Unidos que alcanzaba a 603,4 millones de dólares.

Esta crisis permanente de la economía cubana se reflejaba en los 549 000 desocupados de una fuerza de trabajo calculada en dos millones 204 mil. Las cifras de desocupados son mayores si se contabilizan los desocupados transitoriamente, así como aquellos que desempeñaban trabajos ocasionales a destajo, como es el caso de cerca de 700 000 trabajadores eventuales azucareros que pasaban hambre y miseria durante el terrible "tiempo muerto", al trabajar escasamente tres meses durante la zafra azucarera.

En 1958, la población cubana ascendía a 6 millones 547 mil habitantes. El gasto público de la seguridad social de ese año fue de 114,7 millones (hoy, con las últimas decisiones, es de más de 4 500 millones).

En 1958 prestaban servicios en la Salud Pública 8 209 trabajadores (ahora pasan de 500 000) y el gasto público, por concepto de Salud Pública, era de 22,7 millones de pesos (hoy, ese es el gasto de un municipio promedio). Un solo indicador: la tasa de mortalidad infantil era superior a 60 niños muertos por cada 1 000 nacidos vivos (ahora con casi el doble de población es de 5,3). La expectativa de vida no pasaba de 55 años (ahora, es de 77 en los hombres y 78 años en las mujeres).

En 1958, había dos millones de analfabetos y semianalfabetos, un tercio de los pobladores de entonces. La población mayor de 15 años tenía un nivel educacional promedio inferior a 3 grados. Solo el 15% de los jóvenes entre 15 y 19 años recibían algún tipo de educación. Más de 600 000 niños estaban sin escuelas. El gasto público por concepto de Educación era de 77 millones de pesos (eso es lo que gasta hoy un municipio promedio).

Batista: ¿un muerto que vale la pena revivir? - Foros Cubarte - Humberto Fabián Suárez (IP registrada) - 121008

Solo la obcecada virulencia anticubana de una minoría del exilio cubano en Miami y sus plumíferos de turno –bien pagados por cierto- puede pretender y soñar con vestir de mártir a un dictadorzuelo, de los muchos que por esos años y décadas posteriores sometieron a nuestros países a crueldades inimaginables y los sumieron en la más grande debacle social y económica al amparo de las sucesivas administraciones norteamericanas que apoyaron, financiaron y estimularon sus más estrafalarias egolatrías

Trujillo, Somoza, Stroessner, Batista, Pérez Jiménez, Videla, Pinochet y otros tantos, son ejemplares de las misma fauna que infectó nuestro Continente y cuyos legados históricos cuajados de sangre, pesan en los expedientes de los gobiernos norteamericanos, supuestos adalides de los derechos humanos, la democracia, el antiterrorismo y feroces fiscales de quienes rompen la cadena de dependencia a sus dictados.

No sorprende que ahora, a 50 años del triunfo de nuestra Revolución, se embarquen en una empresa destinada a vestir de oropeles y afeites, el sucio rastro de un personaje siniestro y de triste recordación.

Coincido con los criterios vertidos por Félix Jorge y Taladrid, pero quisiera detenerme en la entrevista a Papo Batista, realizada por Ichikawua, cuyos conocimientos filosóficos parecen condenados al fracaso de antemano, de seguir en la búsqueda de las esencias que justifiquen su traición..

En la citada entrevista, Papo afirma que más allá de todas sus contribuciones, su padre Fulgencio Batista consideraba su gran logro el proceso que llevó a la redacción y aprobación de la Constitución del 40.

Una nueva mentira de las muchas que dijo el malhadado personaje que pretendió erigirse en protagonista de un proceso donde intervinieron numerosos factores y en el que resultó decisiva la movilización popular y la presión que ejerció el movimiento de obreros, campesinos, mujeres e intelectuales progresistas durante dos años bajo la consigna “Por una constituyente libre y soberana” que unió, por encima de diferencias circunstanciales, a amplias capas de nuestro pueblo que querían sancionar en nuestra ley de leyes, las conquistas arrancadas en cuatro años de duro y difícil proceso de reorganización después de la sangrienta derrota de la huelga general de marzo de 1935.

Esto en el plano interno, conjugado con el fracaso del llamado Plan Trienal impulsado por Batista con amplio tufo fascista, estimulado por los que en Cuba apreciaban en el régimen nazi una oportunidad de mantener a raya a las fuerzas progresistas, satisfacer los intereses de los hacendados azucareros, casatenientes y la gran burguesía importadora de origen español agrupada en la Lonja de Comercio, cuyo vocero era el Diario de la Marina –el mismo que saludó la muerte de Martí y Maceo a finales del siglo XIX- y su director José I. Rivero, Pepín, galardonado con la Cruz de Hierro por Hitler así como en defensa de los intereses de las grandes compañías norteamericanas.

Tres factores externos interactuaron en esta coyuntura histórica: la política del New Deal de Roosevelt y su no mal disimulada oposición al fascismo o a aquellos que manifestaban su admiración por él, la lucha antifascista en España que tuvo en Cuba mayoritario apoyo – recordemos que el cubano fue el mayor contingente de internacionalistas que combatió al lado de la República, las enormes campañas de recogida de fondos en apoyo a su causa y la Casa en Sitges, Barcelona para dar educación y cobija a niños huérfanos españoles- y el enorme entusiasmo que despertó el proceso nacionalista de Lázaro Cárdenas en México.

Todos estos elementos obligaron a Batista a retroceder, aprobar una amplia amnistía para los presos políticos y sociales que en miles inundaban las cárceles de la dictadura, legalizar los partidos políticos, incluyendo el Partido Comunista, convocar a elecciones para Constituyente en 1939 y permitir la formación de sindicatos y gremios que en un rápido e inteligente proceso de unidad dieron oportunidad para la creación de Federaciones obreras ramales y regionales que concluyeron con la fundación de la CTC en 1939, con una dirección representativa de las tendencias predominantes, entonces, en la clase obrera cubana.

En las elecciones a Constituyente y ante la incredulidad de muchos, los comunistas eligieron 6 representantes, a pesar de sus escasos recursos, experiencia y el predominante prejuicio enraizado en las masas como resultado de bien pagadas campañas mediáticas y la prédica de la Iglesia Católica.

¿Fue el progresista articulado de la Constitución del 40, obra de esta minúscula fracción?. Sería iluso afirmarlo, aunque no cabe dudas que jugaron un papel decisivo en las intensas y extensas discusiones de los constituyentes. Quien revise los enormes libracos que guardan, punto por punto, cada uno de los pronunciamientos de los participantes, podrá asombrase de la dinámica impuesta por los comunistas a las discusiones ante el furibundo anticomunismo y antisovietismo de los delegados del autenticismo de los partidarios de Grau, las sucias maniobras dilatorias de éste como Presidente del cónclave en su primera etapa y “las increíbles” posiciones asumidas por machadistas devenidos batistianos como Orestes Ferrara, José Manuel Cortina, Hornedo y otros.

Pero y he aquí el valor de la actuación de la fracción comunista. En las discusiones preliminares se impusieron su criterios de que las discusiones tenían que ser públicas, con acceso del pueblo a las tribunas y radiadas a todo el país.

Durante los meses que duró la discusión del extenso articulado de la Constitución, la movilización popular no decayó, exigiendo la sanción de demandas sentidas y necesarias para el bienestar de las amplias masas. Cada rincón del país se convirtió en pequeñas micro convenciones donde se discutían los detalles de los últimos debates. La comunicación a través de los medios de difusión –radio, periódicos y revistas obreras y de otro corte- unido a la agitación de las masas, la caricatura política y otros soportes de comunicación crearon un ambiente que impusieron en los constituyentistas posiciones muy alejadas de sus intereses de clase. Claro, la convocatoria a elecciones generales en 1940 constituyó un elemento no despreciable en esta coyuntura donde todos los representantes de la politiquería de turno no querían perder su tajada en el pastel de la Cámara de Representantes y el Senado y los abultados emolumentos de sus curules.

Batista, por tanto, no puede abrogarse resultados que no le corresponden. La historia, ¡Oh, viejo topo¡, como dijo Marx, impone sus verdades ante los intentos desesperados de un sector del exilio cubano de Miami que sueña con revivir un pasado a su forma y manera, sin titubear un segundo en convertir al mismo diablo en patrón de los cubanos y desplazar a la venerada Caridad del Cobre. Plumas mercenarias no faltan y por ese camino beatificarán en cualquier momento a siniestros personajes como Ventura, Faget, Mujal y otros con quienes convivieron durante años, aún cuando muchos de los que residen en esta ciudad floridana tengan en su propia familia cercana a victimas de las atrocidades de estos sicarios del “buenazo” de Batista.

Lógicamente, tras un robo, un asesinato o una intención, siempre hay un móvil en buena técnica policial. Los ilusos sueños de hacerse con sus propiedades gracias a la generosidad de la ley Helms-Burton mueven el pensamiento y la acción de los que a sabiendas mienten con el mayor descaro, amparados en el poderío de sus medios y el desconocimiento de varias generaciones de cubanos que no vivieron o se les negó el derecho de estudiar la verdad histórica.

Agradecemos a los promotores de este Foro la oportunidad de expresar nuestras consideraciones y es una muestra de lo mucho que nos queda por hacer a historiadores y comunicadores sociales en este y otros asuntos que se convierten en campañas contra Cuba, Revolución y la propia Nación cubana.

Hace varios años, un grupo de comunicadores sociales concebimos un proyecto similar que con el nombre de Senderos nos abriera caminos para exponer experiencias, intercambiar opiniones y buscar alternativas en defensa de la identidad nacional a través de la red de redes, de manera tal que nuestra verdad se abriera paso ante el empuje avasallador de la cultura banalizada que nos quieren imponer y las numerosas campañas que contra nuestro país, pretenden desvirtuar nuestro proyecto social.

Hoy nos reafirmamos en nuestro propósito y si un día limitaciones tecnológicas y de recursos nos hicieron esperar coyunturas mas favorables, creo que la hora ha llegado de hacer realidad aquello que pareció a muchos una utopía.

Gracias una vez más, por esta oportunidad. El debate queda abierto en los Senderos de nuestras raíces históricas e identitarias.

MsC. Humberto Fabián Suárez

El sargento llamado Batista y sus sórdidos escribas - Foros Cubarte - Félix Julio Alfonso López. (IP registrada) - 081008

A 35 años de su muerte oscura y olvidada, en la España franquista, Fulgencio Batista, ex sargento taquígrafo, golpista consuetudinario y dictador funesto, parece haber vuelto a “resucitar” en la pluma y los discursos de algunos escribas trasnochados. Durante mucho tiempo fue de mal gusto, en una parte del exilio contrarrevolucionario, declararse partidario de Batista o de su depuesto régimen. Estaba tan deslegitimado y degradado el personaje y su ejecutoria, que pocos invocaban su nombre como sinónimo del ancien régime que pretendían-y todavía pretenden- instaurar en Cuba. Para muchos exiliados, la Cuba Post-Castro debía regresar a un arcádico período anterior al 10 de marzo de 1952, que Batista se encargó de destrozar con su aventura en Columbia. Tras su caída innoble, hasta el mismo gobierno estadounidense de Eisenhower, y sus sucesores, prefirieron distanciarse del siniestro tirano que ellos habían fabricado, cuando necesitaron un “hombre fuerte” y a la vez dócil en la dramática coyuntura de la Revolución de los años 30. (1)

Sin embargo, en los últimos tiempos la figura de quien ordenó disparar al pueblo durante el entierro de las cenizas de Mella, en septiembre de 1933; contribuyó decididamente al derrocamiento del gobierno de Grau en enero de 1934; reprimió a sangre y fuego la huelga general de marzo de 1935, y ordenó el asesinato de Antonio Guiteras y Carlos Aponte ese mismo año, ha vuelto a ser “revalorizada” por ciertos “imparciales” biógrafos, y su trayectoria política, despojada del halo de violencia y corrupción que siempre lo acompañó. Así, nos encontramos con una historia de su vida narrada por el cronista cubano americano Frank Argote Freyre titulada Fulgencio Batista: From revolutionary to strongman, publicada en 2006, cuya sibilina conclusión es que “Su mente era muy sutil, entendía el poder y los mecanismos para manejarlo. Se convirtió en un hombre fuerte dentro de un gobierno débil”.(2) Un año después, aparece en España, con premio incluido, una novela con el título infame de Murciélagos en un burdel, cuyo autor no vacila en afirmar que su intención era “ver a Batista de carne y hueso. Ver cómo se enamora de su mujer después de atropellarla mientras ella paseaba, cómo sufre por las consecuencias para su familia al producirse al ataque al Palacio Presidencial. . .".

En la misma cuerda de “novelar” su biografía, se sabe que trabaja la escritora Zoe Valdés, para quien la figura de Batista “comienza a engrandecerse (…), hizo mucho bien a su país por un lado, y vivió un exilio digno, hasta su muerte”.(3)Exilio, dicho sea de paso, que atravesó “dignamente” por la República Dominicana de Trujillo ─quien le había suministrado pertrechos bélicos y se los cobró con métodos gansteriles─, el Portugal de Salazar y la España de Franco, en sincera demostración de sus verdaderas afinidades políticas. No debemos olvidar tampoco que otro espécimen del bestiario político latinoamericano, Anastasio Somoza, fue quien envió las últimas armas (90 ametralladoras, 16,000 proyectiles de cañón de 37mm, un millón de balas calibre 30 y bombas de napalm de 500 y 100 libras) con que Batista trató de detener inútilmente el avance de las columnas rebeldes sobre el occidente de Cuba.

Semejantes testimonios de amnesia histórica, por supuesto que no son ingenuos. En vísperas de cumplirse el medio siglo de su despavorida fuga, en la madrugada del 1 de enero de 1959, derrotado por una Revolución popular impetuosa, la intelligentsia contrarrevolucionaria, huérfana de símbolos, trata de “reivindicar” a uno de los más pavorosos sujetos de la historia de América Latina. Esta estrategia de propaganda revisionista y falaz, quizás tenga relación con el hecho de que algunos miembros del clan Batista han logrado trepar en la política de La Florida(4), y los antiguos dignatarios del régimen y sus herederos esperan con las fauces abiertas porque les devuelvan las propiedades nacionalizadas, según se lee en la Ley Helms Burton. Y en esto si son fieles legatarios de su antiguo jefe. Porque en Batista se dan cita no solo el hombre frío y calculador en política, siempre del lado de los poderosos, sino también una persona corrupta, despiadada y ávida de riquezas. Su descomunal ambición es uno de los aspectos más relevantes de su personalidad, si bien ha sido un tanto oscurecida por su crueldad sin límites y la barbarie desplegada contra sus opositores. En un acucioso libro, el historiador Guillermo Jiménez ha puesto en evidencia que la de Batista y sus testaferros era una de las mayores fortunas de Cuba, lograda en sus once años de “hombre fuerte” (1933-1944) y acrecentada en sus últimos siete años de feroz dictadura (1952-1958). Con un salario de 12 500 pesos y una fortuna calculada en más de 300 millones de pesos, el Fulgencio Batista de los años 50 distaba mucho del sargento pobre, mestizo e hijo natural de dos décadas atrás.

Ahora era un gran hacendado azucarero, dueño de los centrales Washington, Andorra y Constancia. Además, trató de apoderarse de la Compañía Azucarera Atlántica del Golfo, el mayor monopolio azucarero norteamericano en la Isla y de la Compañía Cubana de Teléfonos. En el ramo bancario era uno de los principales accionistas del Banco Hispano Cubano, con activos valorados en 8 millones de pesos. Le pertenecían diversos bienes inmuebles en el balneario de Varadero, donde era propietario del reparto Kawama, así como múltiples edificios y extensos terrenos en Miramar, Nuevo Vedado, Puentes Grandes y Ampliación de Almendares en la capital, y otros terrenos y fincas en Pinar del Río, Santa Clara, Camagüey y Holguín.

Controlaba también numeroso órganos de prensa escrita y radiodifusión, entre ellos los periódicos Alerta y Pueblo, la revista Gente, las radioemisoras RHC Cadena Azul Radio Siboney, S. A., Circuito Nacional Cubano, Cadena Oriental de Radio, Unión Radio y el Canal 12 de TV en colores, así como de la Compañía Editorial Mediodía, S. A. y la Compañía de Inversiones Radiales S. A. Era asimismo propietario único de Cuba Aeropostal, socio mayoritario de Aerovías Q, y el principal entre los socios privados de Cubana de Aviación. Entre otras posesiones, pertenecían a Batista el motel Oasis (Varadero) y el hotel Colony, en Isla de Pinos. La urbanizadora Centro Turístico de Barlovento (Marina Hemingway). La Compañía Territorial Playa Francés. La Compañía de Fomento y Turismo de Trinidad S. A., la Gerona Beach Territorial y la Compañía Hotelera Antillana. Uno de sus más escandalosos negocios fue la adquisición de la Compañía de Parquímetros Cubanos, S. A., una importadora de parquímetros en la capital.

En resumen, Batista llegó a ser propietario o poseía acciones en 9 centrales, un banco, tres aerolíneas, una papelera, una empresa contratista, una transportista por carretera, una productora de gas, dos moteles, cinco emisoras de radio, una televisora, varios periódicos y revistas, una fábrica de materiales de construcción, una naviera, un centro turístico y numerosas propiedades inmuebles urbanas y rurales.(5) Su nepotismo lo llevó además a favorecer a sus hermanos y familiares con importantes cargos públicos, gobernadores, representantes a la Cámara, senadores y alcaldes. Asimismo, trató de involucrarse socialmente con la aristocracia criolla, y mantuvo estrechos vínculos con la mafia estadounidense afincada en Cuba.

Mientras Batista y su banda de matones se enriquecía, al decir de la revista Bohemia de enero de 1959: “Era la más perfecta combinación de robo y asesinato que ha conocido la República”, la Cuba de los 50 era un país donde el 8% de los propietarios poseían más del 70% de las tierras; había más de medio millón de desempleados cifra mucho mayor en época de tiempo muerto y el gasto público en seguridad social apenas rebasaba los 114 millones de pesos. La tasa de mortalidad infantil era superior a 60 por cada 1 000 nacidos vivos y la expectativa de vida no pasaba de 55 años. Además, había dos millones de analfabetos y semianalfabetos un tercio de los habitantes en 1958, más de 600 000 niños estaban sin escuelas y el egreso por concepto de educación era de 77 millones de pesos.

Esta era la Cuba de Fulgencio Batista, con su corolario de represión y muerte, y no la burda quimera que pretenden inventar hoy sus sórdidos amanuenses.

Notas:

1- En fecha reciente han visto la luz algunas cartas cruzadas entre Batista y el ex embajador norteamericano Arthur Gardner en los años 60, así como con otros políticos del partido republicano, que demuestran la contribución de Batista a la campaña presidencial de Nixon a cambio de que lo dejaran regresar a su mansión de Daytona Beach. Su opinión era que la entrada a territorio de los Estados Unidos era algo que merecía “por vía de una cortés y justa atención. Fui siempre, sin ser incondicional, un leal amigo de U.S.A. y un fervoroso admirador de su pueblo''. Ivette Leyva, “Batista trató inútilmente de entrar a Estados Unidos”, El Nuevo Herald, 11 de mayo de 2008. (Edición digital)

2- El libro se puede comprar por Internet en el sitio de Amazon.ca, donde ha sido rebajado de 31.68 dólares canadienses a 19.96, en espera de aumentar sus ventas

3- Ivette Leyva, “Despierta singular interés la figura de Batista”, El Nuevo Herald, 23 de mayo de 2008. (edición digital)

4- En julio del 2002, el gobernador Jeb Bush nominó a Raúl García Cantero Batista, nieto de Batista, para el puesto de Juez de la Corte Suprema de la Florida.

5- Guillermo Jiménez, Los propietarios de Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2006, pp.64-74.

Fulgencio Batista: de sargento a dictador - Foros Cubarte - Evelio Telleria Alfaro

Estados Unidos lo consideró su “hombre fuerte” en materia de traiciones y dictaduras
Se adjudicó la supremacía de un movimiento organizado por clases y soldados

El 4 de septiembre de 1933 Fulgencio Batista hizo su debut en el escenario político de Cuba. Hábil, taimado y henchido de ambiciones personales se adjudicó la supremacía de un movimiento organizado por clases y soldados con el apoyo de estudiantes universitarios para derrocar al régimen de turno.

El país vivía momentos de efervescencia revolucionaria y crisis nacional. Habían transcurrido tres semanas de la caída del dictador Gerardo Machado Morales (1925-1933) como colofón de una huelga general. Huyó raudo hacia Nassau y dejó tras si caos y desorden que recayeron sobre los hombros del gobernante provisional Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, un nimio subordinado del defenestrado mandatario e hijo menor del Padre de la Patria.

La asonada castrense tuvo su vórtice en el descontento que por varios años acumulaban los escalones de menor rango en las instituciones armadas, una tropa con escasa cultura, casi iletrada, que se sentía preterida al ver esfumarse las esperanzas de mejoras para sus condiciones materiales y de vida.

Era común que la alta oficialidad utilizara a alistados como elementos de la servidumbre en sus propiedades, retrasarles el salario con frecuencia, además de discriminarlos. Como espada de Damócles gravitaba sobre ellos la amenaza de licenciamientos masivos, un rumor que formaba parte de las medidas para enfrentar la depresión económica en la Isla.

Las gotas del descontento colmaron la copa de la insubordinación. Amanecía el 4 de septiembre cuando, sin contratiempos, importantes unidades militares de La Habana fueron controladas por los conspiradores, a quienes se les sumaron de inmediato otros efectivos del Ejército, la Marina de Guerra y la Policía.

De inmediato los hechos transcurrieron vertiginosamente. El gobierno de Céspedes se desmoronó ipso facto y en su lugar quedó instaurada una junta denominada Pentarquía, sin el cargo de presidente, e integrada por miembros del Directorio Estudiantil Universitario y de otras organizaciones antimachadistas.

Casi una semana después, al quedar disuelta fue constituido un nuevo gabinete de composición heterogénea que trascendió a la historia como el Gobierno de los 100 días. Ramón Grau San Martín, un profesor de fisiología de actitud pusilánime ocupó la silla presidencial y desplazó del poder político a los oligarcas nacionales

Un ala derechista, otra reformista-demagógica y un núcleo revolucionario y antiimperialista liderado por Antonio Guiteras Holmes, caracterizaron al nuevo régimen no reconocido por Estados Unidos y amenazado por sus cañoneras frente a las costas de Cuba.

La hora de Batista

Aquel complot castrense trajo consigo la hora de Batista, sargento taquígrafo convertido a la sazón en “jefe de todas las fuerzas armadas de la República” y a quien le colocaron (¿o se colocó?) las insignias de coronel. Con éxito había alcanzado su primer paso.

Luego se hundiría en la traición. Acudió presuroso y en secreto a entrevistarse con Benjamín Sumner Wells, embajador del imperio en la Isla. No fue el único encuentro con ese funcionario yanqui ni con su sucesor Jefferson Caffery. Desde entonces conspiró para consolidar sus ambiciones. Como quien firma un pacto con el diablo, Washington lo consideró su “hombre fuerte” en materia de traiciones y dictaduras.

Los hechos han corroborado la vileza de Batista. Ordenó masacrar al pueblo de La Habana durante el frustrado entierro de las cenizas del líder comunista Julio Antonio Mella, en septiembre de 1933, fue figura determinante en el derrocamiento del gobierno de Grau mediante un cuartelazo en enero de 1934, contribuyó a ahogar en sangre la huelga general de marzo de 1935 y ordenó el asesinato del líder Antonio Guiteras ese mismo año.

Cuando el 10 de marzo de 1952 dio un golpe de Estado que pisoteó la Constitución de la República y eliminó la democracia representativa en el país, tuvo el beneplácito del vecino del norte acompañado de la asesoría militar de la poderosa nación.

Convertido en Mayor General por sus “servicios” a la patria, instauró uno de los regímenes dictatoriales más sangrientos de América Latina, al estilo de Somoza, en Nicaragua; Stroessner, en Paraguay o Pinochet en Chile, por citar algunos ejemplos.

En 1953, cuando el joven abogado Fidel Castro Ruz pronunció su histórico alegato La historia me absolverá, dijo: “lo que le importa a Batista no es proteger al ejército, sino que el ejército lo proteja a el.”
Por eso, en su orgía de sangre y horror a lo largo de casi siete años, estuvo rodeado y amparado por una jauría de connotados asesinos como Esteban Ventura, Pilar García, Conrado Carratalá y muchos otros ejecutores de crímenes y torturas.

Batista tuvo siempre un desmedido afán por hacerse rico. A cualquier precio. Si tenía que asesinar, robar, malversar o corromper, lo hacía sin miramientos.

Es sabido que cuando huyó precipitadamente hacia República Dominicana en la madrugada del Primero de enero de 1959, uno de sus cómplices llevaba en un maletín 3 millones de dólares en efectivo, cifra que no le alcanzó para tributarle al sátrapa Leónidas Trujillo el pago de diversas deudas, entre ellas, la compra de armas para combatir –infructuosamente- a las fuerzas guerrilleras en la Isla.
Ese fue el Batista que desafortunadamente irrumpió en la palestra pública hace 75 años. El mismo a quien hoy en Miami la mafia terrorista y devotos batistianos le rinden culto en los medios masivos de esa ciudad norteamericana y organizan celebraciones con el pretendido fin de cambiar la historia.

 


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