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Lermo Rafael Balbi / Anexo 01

El presente dossier está a cargo de Enry Milesi, educador, entrañable amigo y albacea literaria de Lermo Rafael Balbi. El correo del Sr Milesi es: enrymilesi@hotmail.com


140611 - Enry Milesi - Rafaela, Santa Fe, Argentina

 

Lermo Rafael Balbi incursionó en la narrativa breve. Publicó gran cantidad de relatos especialmente en el diario “El Litoral” de Santa Fe. Trama ingeniosa y cuidado lenguaje son las notas características de los mismos. En el cuento elegido se ponen en relieve lo señalado:

TOMA DE POSESIÓN

Para Jorge, que supo que este cuento iba a nacer. Con afecto. Lermo.

La pereza del verano y de la gente los había decidido a tomar posesión de una parte del parque como estaban haciendo los demás en los últimos días, desde el momento en que el calor y la lluvia ponían demasiado sofocante la ciudad.
-No les demos tiempo a que nos dejen sin nada de césped -dijo Violeta- a medida que crezca diciembre vendrán cada vez más. Cuando nos demos cuenta hasta este rincón de enfrente va a estar lleno.
Habían alquilado la casa a fines de la primavera después de buscar entre muchas que se ofrecían, solo por el espectáculo de los altos cipreses, las tipas, los robustos pinos y los aguaribayes que al caer la tarde hacían una sombra algo agriada y vetusta sobre el más glorioso de los espacios verdes de la ciudad. Tomaron posesión de él, en principio, la misma tarde en que acomodaron la cama, los libros, la vajilla de la cocina y la heladera en el antedespacho. Dejaron todo lo demás para otro momento porque ese atardecer de noviembre -el de su llegada al lugar- no podía dejarse pasar por alto. Esa fue la forma más pura, más grata, más secreta de tomar posesión del parque que entonces parecía solo haber sido descubierto por los pájaros, por los gatos y por los chicos enamorados. Nadie más lo frecuentaba a esa hora. Un poco más tarde, cuando era noche cerrada, llegaban los otros enamorados, pero esos tampoco incomodaban por que pertenecían a la noche, totalmente.
Pero como en esta ciudad el calor viene enseguida, antes de que el verano sea declarado por el almanaque, el parque fue descubierto por las autoridades municipales que lo remodelaron, por unos muchachos que inventaron una especie de bote de pedal para ir por el lago, por los exterminadores de mosquitos que fumigaron con algo que olía a orín de gato y por un número doble o triple de chicos enamorados que se encontraban después de las cuatrimestrales.
Alejo le dijo a Victoria que eso quedaría ahí nomás. Al empezar el verano y las vacaciones también empezaban en todas partes los festivales de folklore, las fiestas de la cerveza, los patios de chopp, los café concerts y que la gente era más proclive a los espectáculos humanos que a los espectáculos naturales.
-Es por esa necesidad de buscarse y repelerse por lo que van a esos lugares. Los parques no corren peligro -dijo.
Pero el parque corrió peligro. Enseguida que las autoridades municipales lo pusieron lindo con una fuente iluminada y canteros bien trazados, la gente decidió ponerlo feo con papeles, latas de picadillo, restos de fogatas y con cosas que hacen los niños. Pero no nos adelantemos a los hechos.
Alejo y Violeta a partir de los primeros estímulos que movieron a esos turistas dentro de su propia ciudad, diariamente, a una hora determinada del atardecer llevaban sus libros, se sentaban en el césped, leían un poco y miraban transformarse las luces del mundo hasta que algunos mosquitos inmunizados y las sombras espesas les hacían recordar que tenían techo y que había trabajo debajo de él. Todo se repetía al día siguiente.
No podía decirse que cada una de esas tardes debajo de los árboles, sobre el césped no tuviera su atractivo a pesar de que se repetían, pero encontraron un nuevo atractivo cuando Alejo dibujó a un miembro de una familia bastante numerosa, pero que, para hacer honor a la verdad, se mostraba disciplinada. Lo que dibujó Alejo fue una madre tierna en el acto de amamantar a un pequeño, de días tal vez, a quien no distinguía bien por la distancia. Los demás niños de la familia patearon una pelota, pidieron de comer, se golpearon, lloraron, recibieron los castigos impuestos, volvieron a llorar y se aburrieron hasta quedarse apagados. El dibujo de la madre amamantando a su pequeño, después, en la casa, adquirió otra magnitud: tal vez los trazos demasiado oscuros del carbón le agregaba a la serenidad total un dejo de cosa extraterrena.
-Puede ser debido a la luz con que se hizo -comentó Violeta-, ya estaba oscuro en el parque.
El dibujo les gustaba y no les gustaba. Alejo siguió trabajando en retratos de la gente que iba al parque. Poco a poco se decidió con los grupos. A éstos agregaba algunos detalles de lo que la gente desplegaba sobre el césped. Una de esas tardes encontró que los más atractivos después de un tiempo resultaron dos viejecitos que fueron bajados con cuidado de un automóvil y colocados sobre almohadones encima del césped. Ambos conservaron su posición de eternidad, parecían aburridos y como si no encontrasen de que charlar, repeliéndose en silencio, con demasiados años de matrimonio, tal vez. Miraban sacar del auto cajones de comida, revistas, sillas tijera, una mesita plegadiza, un barrilete que nadie remontó, vajilla, fuente con ensaladas y una radio portátil. La familia comió. Los niños se mezclaron con los de otros grupos y los abuelos recibían de tanto en tanto un vaso de naranjada que nunca alcanzaron a terminar. Mirando lo que sucedía a su alrededor quizás precipitaron la noche con lo cual Alejo debió cargar su dibujo en medio de una mayor oscuridad y Violeta pudo decir:
-Están en estado de sabiduría, ya no les penetra nada de las porquerías que suceden a su alrededor, pero tampoco dejan salir nada. Tu dibujo, si lo mirás bien, parece algo de Goya.
Alejo dijo que sí y que por no ser un buen dibujante le sucedía repetir en sus trabajos detalles que había visto antes en otros cuadros.
Pero por lo que más se fueron enriqueciendo sus bocetos fue por la maravilla de detalles que le iba suministrando día a día la gente que había tomado posesión del parque. Los primeros, es decir los pioneros en ese turismo interno, habían llegado tímidamente trayendo cuando mucho un termos para unos mates y alguna cosa inocente para masticar. Pero a medida que los días pasaban alguien traía una comodidad nueva o desplegaba una increíble novedad creada para el confort en los camping.
Alejo y Violeta señalaron en un gran dibujo, uno hecho por allá en los primeros días de enero, cuando todo el mundo había recibido los regalos de fin de año, artefactos como estos: colchonetas inflables, licuadoras de pila, carpas indias, televisores portátiles, faroles de gas, equipos para asar, la mas extraña variedad de parrillas y churrasqueras, botes para hielo, columpios, mesas que al abrirse suministraban banquillos de aluminio para cuatro personas, palanganas de plástico, bacinillas solferinas, máquinas de tejer y alguna que otra artimaña mecánica de oscuro uso que no se preocuparon en precisar.
Algún tiempo después, el parque poseído de esa forma les retaceó todo encanto. La gente comenzó a repetirse; todos los días sucedía alguna historia o algún hecho que ellos habían visto ya antes: chicos que se lastimaban y a los que había que llevar con urgencia al puesto sanitario, altercados con guardas municipales que de tanto en tanto eran advertidos anónimamente del estado calamitoso en que quedaba el parque con papeles, restos de comida, envases, botellas y huesos; también se repetían las búsquedas de chicos perdidos, de perros que mordían y los despropósitos de los autos que no arrancaban en el momento de partir y las maldiciones que en definitiva los hacían arrancar.
Por otro lado, Alejo y Violeta que habían decidido juntarse con sus amigos cerca del mar para pasar lo que quedaba del verano, sumaron su interés en la preparación del viaje. Sin embargo, la tarde antes de la partida el parque todavía vacío tenía una gloria tan especial de luces verdes, murmullos, olor de hierba y entramado de follajes que los distendió en el nerviosismo de las valijas y les puso el deseo de volver a su pedazo de césped para celebrar una despedida en él. Tal vez volverían allá por el otoño. Imaginaron una cena de ocasión.
-Pondremos la vajilla de porcelana que heredó tu madre -dijo Alejo.
-En los baúles tenemos mantelería que trajo tu abuela de Lieja- dijo Violeta.
-Y los candelabros de acero que fabricó Gaspoz en Valencia.
-En ellos, las velas que conseguimos en Volturno, y también los cálices de plata para el vino...
-Y ese vino Perlado Aosta que nos queda de la boda.
Llevaron la mesa, el mantel, la canasta con comida y la canasta con la vajilla. Encendieron las velas. Al lado en otra mesa más pequeña tenían el balde con hielo y el vino al alcance de la mano, destapado una hora antes, por supuesto, y en el soporte de hierro tuvieron cuidado de poner el tocadiscos para acompañarse con la Fantasía para un Gentilhombre de Rodrigo, que les gustaba mucho. Se sentaron a la mesa cuando apenas empezaba a oscurecer y brindaron el primer trago a la posesión del parque. Desde mañana sería totalmente de los otros. Era una forma de despedirse, sin tristeza, seguro, pero con algún resabio incierto. Alejo le tomó una mano a Violeta sobre el fino encaje del mantel y quedaron como una pareja tonta. Se descalzaron para sentir la frescura del césped y aumentaron todavía un poquito más el volumen del tocadiscos y comentaron alguna intrascendencia:
-En estos momentos a tus espaldas una madre coloca a su nietita sobre una bacinilla verde limón -dijo Alejo.
-Y a tus espaldas una abuela que teje trata de rescatar su ovillo de lana que fue a parar en una ensaladera con mayonesa, pero la lana es amarilla...
Cuando bastante líricos a causa de las dos botellas conque fueron brindando sucesivamente por el señor que asaba y limpiaba su cuchillo en el pantalón; por el chiquito que dormía desnudo en un canasto tapado con mosquitero y por el ovillo sucio de mayonesa de la abuela que tejía, decidieron levantar la mesa y entrar todo en la casa, les costó bastante atravesar la rueda de gente que se había ido formando alrededor y los miraba desde un rato. Alguien dijo que cuando se trata de escándalos en la vía pública quien debe intervenir es la policía.
Y eso fue motivo para que un grupo al dispersarse entrara a discutir si realmente el camino que había tomado la juventud de hoy no se debía a ciertos espectáculos que daban los mayores.

Santa Fe, 13 de mayo de 1971

Publicado en “El Litoral” de Santa Fe

Lermo Rafael Balbi / Anexo 01

 

 

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