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. E Cioran: El arte de la conversación

11 - Nicolae Popescu - "Emil Cioran y la tentación de la utopía "

Incluso cuando se intenta un proceso contra los muertos es con el fin de poderlos matar por segunda vez. Desde hace poco más o menos 70 años Europa vive bajo un régimen de proceso. Entre los grandes artistas del siglo, ¡cuántos acusados!(1).

Es con estas palabras tomadas de su más reciente libro que Milan Kundera deplora el aislamiento al que ha estado sometida una parte, nada despreciable, de grandes obras de este siglo. Parecería que en nuestros días hay más interés por el grado de escándalo que se pueda producir una obra de arte que por su valor o capacidad de enseñanza. Citando a la par a Maiakovski y Gottfried Benn, Heidegeer y Sarte, Pound y Aragon, entre otras víctimas de este gran malentendido, Kundera vuelve el proceso contra sí mismo, acusando a la acusación misma y desarmando el espíritu del proceso que es el espíritu del tiempo presente, el espíritu de la actualidad vacía de valores en nombre del cual uno puede permitirse, en primer lugar, intentar un proceso. Lo que es refrendado por este espíritu es el olvido de todo lo que no sea crimen(2), de tal suerte que el crimen, percibido o real, se vuelve más importante que la obra y termina por obstaculizar su marca indeleble. Toda referencia futura a cualquier autor debe necesariamente pasar por la referencia al crimen, real o imaginario. La consecuencia inexorable de la primacía de esta persecución al hombre conduce finalmente a la censura del libro. La referencia incesante al crimen, percibido o real, verdadero o imaginario, equivale, en última instancia, a una orden expresa de no leer a tal o cual autor, considerado en lo sucesivo sospechoso y deshonrado para la eternidad. La obra de Cioran que no es aún, y afortunadamente, conocida y citada, fue interrumpida recientemente por la muerte, pero ya ha entrado en el mundo que Kundera llama con pena el régimen del proceso.

(Ver:
Pequeño ensayo sobre Emil Cioran: Un fragmento de lucidez)

La carrera y la vida del escritor y ensayista francés de origen rumano Emil Cioran son, según su propia confesión, un infierno en el que cada instante es un milagro (3). Esta formulación irónica, exaltada y paradójica no es más sorprendente que otras habituales en su obra. Ella constituye, de hecho, la marca más íntima. Sin forzar la impronta, podríamos aprehender en el seno de esta obra tan llena de paradojas el corazón mismo de su contradicción e incluso su intimidad desarticulada, como la signatura de nuevas confesiones de un hijo de un siglo extremadamente accidentado. Si a la manera de sus compatriotas, Eugene Ionesco y Mircea Eliade, la obra francesa de Cioran es más familiar, su producción rumana anterior y las circunstancias que la rodearon, en cambio, lo es mucho menos. No sería inútil, por las necesidades últimas de nuestra discusión, poner en evidencia los principales hitos y azares diversos de los primeros años de la vida de este escritor.

Emil Cioran nace en 1911 en Transilvania. Este territorio se encuentra entonces bajo la ocupación y tutela del imperio austro-húngaro. No es sino hasta 1918, al final del primer conflicto mundial, y de hecho la entrada de Rumania a la guerra al lado de los aliados en 1916, a pesar de su monarquía de origen alemán, que Rumania reúne a la nación rumana. Esta reunificación será ratificada en 1920 por el tratado de Trianon. Es para todo fin práctico en un país extranjero que Cioran pasa los primeros años de formación de su vida en un exilio interior magnificado por las disensiones sociales, nacionales, lingüísticas y religiosas que históricamente han marcado las poblaciones transilvanas de orígenes étnicos diversos. En su Carta a un amigo lejano de 1957 dirigida al filósofo Constantin Noica, Cioran evoca el temor que le inspiraba de niño la figura autoritaria del gendarme húngaro. La familia de Cioran habría de padecer además una deportación y la residencia fue asignada en la parte occidental de Hungria, durante el período de la primera guerra mundial. Podríamos afirmar que estas primeras experiencias tuvieron un efecto decisivo en la gestación de un espíritu como el de Cioran. Pero al contrario de una actitud vengativa o reivindicadora -Cioran es de aquellos que afirman que no se puede reivindicar sino a quienes no han sufrido- se trata más bien de un desarraigo, de una repugnancia por la historia y sus vicisitudes, de una oposición y negativa a someterse, a integrarse, con lo que Cioran responde a la marcha anónima del tiempo presente. Considerado siempre como un antipatriota feroz, menospreciando todo sentimentalismo nacional, Cioran muy pronto ha hecho en su juventud la experiencia del desapego, la experiencia del vacío propio de los preceptos de las religiones orientales por las cuales siempre se sintió atraído. Sin embargo, jamás hay algo de unilateral en él. El gusto por el budismo es por definición atemperado precisamente por la imposibilidad de ser budista. En efecto, todo parece estar movido en Cioran por un principio cuasi-físico de acción-reacción, por un principio de contradicción. La experiencia de la intolerancia lo induce a retirarse del mundo, y esta acedía antigua lo conduce simétricamente a la lectura de la Gaceta de los debates parlamentarios.

(Ver:
El pensamiento filosófico de Habermas)

En la época de sus estudios del liceo y universitarios y refugiándose en la meditación de los filósofos canónicos, los pensadores privados, los moralistas, los místicos orientales y occidentales y de los padres de la iglesia, Cioran resueltamente decide dar la espalda a los fenómenos políticos y sociales de su tiempo. Aunque de ellos estaba perfectamente informado, los asuntos de este mundo lo dejaban indiferente; creía que era más apropiado profundizar en los conflictos de su yo que confrontaba con las proposiciones abstractas de los sistemas filosóficos, los refinamientos teológicos y el éter de la metafísica. Más próximo a un Chateaubriand, a un Barrès, aún al joven Gide; ciertamente más próximo a un Nietzsche o a un Kieekegard que a un Marruas y menos a un Drumont, Cioran es una suma de actitudes, un temperamento, el problema de un individualismo, de un espíritu solitario confrontado con un siglo (con todos los siglos) frente al cual se sentirá constantemente como un exiliado, un extranjero, un apátrida.

Considerando siempre como un antipatriota feroz, menospreciando todo sentimentalismo nacional, Cioran muy pronto ha hecho en su juventud la experiencia del desapego.

En 1932, Cioran obtiene su licenciatura en filosofía y letras en la Universidad de Bucarest redactando una tesis sobre el intuicionismo bergsoniano. Es en el transcurso de los cuatro años que ha durado esta licenciatura en el que se desenvuelve el gusto de Cioran por la literatura francesa. A la lectura de Montaigne sucede la de los moralistas La Rochefoucauld, La Bruyère y Chamfort, y luego la de los moralistas Saint Simon y Chateaubriand. Imposible no notar, a pesar del aspecto disparatado de este grupo, la medida común que los une. Ellos comparten un pesimismo fundador del pensamiento y un modo de formulación muy cuidadoso, que va desde un estilo muy fracturado a uno muy amplio. Es, pues, justificable inscribir a Cioran en el seno de esta familia literaria, crítica en la consideración de lo cotidiano y que toma partido frente a la categoría de lo eterno, para quien la escritura ha constituido un refugio, una manera de deformar el presente y las contradicciones de la actualidad contemporánea.

Es en 1932, año final de sus estudios y debiendo elegir un tema de tesis cuando Cioran vacila entre un trabajo sobre Simmel y uno sobre Bergson. Como hemos precisado anteriormente, Cioran elige a éste último. No podía permanecer insensible frente al filósofo que había rehabilitado en un francés de extrema claridad y desprovisto de jerga, la experiencia directa, la intuición, las sensaciones y la duración en contra de las abstracciones conceptuales del espíritu destacando la autofagia filosófica. Es de 1932 que data también la ruptura de Cioran con la filosofía al menos en su acepción sistémica y académica. En efecto, en el curso de este año, su lectura de Sein und Zeit de Heidegger suscita una revelación y le ocasiona una ruptura drástica que uno se vería tentado a aproximar a la célebre Nuit de Gênes de Paul Valery. Cioran vislumbra y desenmascara de forma irreversible la ilusión, el fantasma de la realidad, la grandiosa mistificación que hasta entonces habían representado para él el lenguaje y los conceptos filosóficos. He aquí la retractación que de ellos hace el autor en su Breviario de Podredumbre: he abandonado la filosofía en el momento en que me fue imposible descubrir en Kant alguna debilidad humana, algún acento de verdadera tristeza; en Kant y en todos los filósofos. Frente a la música, la mística y la poesía, la actividad filosófica destaca un disminuido vigor y una profundidad sospechosa que no tiene prestigio más que para los tímidos y los tibios (4). Es, pues, bajo la fascinación y la influencia del concepto y del vocablo filosófico que él había sacrificado sus facultades y el conocimiento efectivo de lo real. Las ideas de Valery tomadas de la Introducción al método de Leonardo, -y deplorando el abuso del lenguaje del que son culpables los filósofos-, hicieron eco en los gustos de Cioran. El despertar y el rechazo fueron, por decir lo menos, brutales y no hicieron más que acrecentar la inclinación de Cioran por los moralistas clásicos y pensadores de temperamento como Kierkegaard, Schopenhauer y sobre todo Nietzsche.

 

Entre 1934 y 1940, Cioran publica cinco libros en rumano. Ellos son, en su conjunto, de inspiración nietzscheana, fragmentarios, de un alto grado de abstracción, doblegándose bajo el peso de un exceso lexical, pero también, paradójicamente, muy personales, poseyendo una vena casi autobiográfica. Es que su autor aprehendiendo la lección de los moralistas franceses y los pensadores alemanes, y a través de sus obsesiones y sus penas, no hace más que hablar de sí mismo. En la cimas de la desesperación, es publicado en 1934; en 1936 son publicados conjuntamente El libro de las quimeras y La transfiguración de Rumania; De lágrimas y de Santos es editado en 1937; finalmente aparece El crepúsculo del pensamiento. A partir de 1937 Cioran se instala en París de forma definitiva gracias a una beca otorgada por el Instituto Francés de Bucarest. Todos estos libros están actualmente disponibles en traducción francesa, salvo La Transfiguración que Cioran siempre se opuso a traducir y por el cual el escándalo llega.

Es, pues, en 1936 y después de dos años pasados en Berlin y en Munich como becado de la fundación Humboldt cuando Cioran publica esta extraña Transfiguración de Rumania, ensayo constituido por siete capítulos que tratan del destino problemático de las culturas minoritarias y más precisamente balcánicas. Allí ataca brutalmente la irrealización, el letargo secular de la cultura rumana. Deplorando la insignificancia de las naciones y los pueblos sin pasado ni futuro, en la periferia de las grandes corrientes de la civilización, al margen de las grandes culturas históricas, Cioran dirige una requisitoria sin piedad en contra de los servilismos y constantes menores de la historia rumana (mundo de la oralidad, folclor, cultura campesina transecular, etc). Entre una compasión resentida y paradójica y un odio virulento hacia los fracasos de su país, Cioran le propone una transfiguración, una metamorfosis delirante, a imagen de las pasiones y contradicciones fanatizadas que lo habitan. Es necesario notar, desde el principio y en el título mismo de la obra, la injerencia religiosa y mística que remite, sin duda, a la transfiguración testamentaria de Cristo en el monte Thabor y a su aparición gloriosa y divina frente a los apóstoles Pedro, Juan y Jacobo. El tono está dado. El ensayo de Cioran es paradójicamente a la vez lírico y analítico; no es un programa político. A medio camino entre una divagación mesiánica y condenada de hecho, por su misma exageración, a no realizarse -Cioran sueña con una Rumania que comparta el destino histórico de Francia y la población de China- y una deconstrucción de un rigor extremo del ethos cultural balcánico, este ensayo híbrido, que navega entre el diagnóstico y el sueño, marca curiosamente el debate de la crisis de identidad del nacionalismo rumano que apasiona a la joven generación de entreguerras. Algunas aclaraciones se imponen. Esto libro es la excepción en la producción rumana de Cioran. Las otras cuatro obras se caracterizan tanto por su factura aforística o fragmentaria, por una forma que desalienta la argumentación continua, como por su contenido personal, preocupado por los problemas perennes tales como la muerte, el suicidio, la vida de los santos, la caída, la imposible redención del ser humano que relevan claramente temáticas ahistóricas -si es que lo son-. La Transfiguración representa, pues, una incursión en el saber histórico, político y social, de hecho inhatibual, contrario a las preocupaciones intelectuales corrientes del joven Cioran. Durante más de medio siglo este libro fue censurado, olvidado, y de acceso extremadamente limitado.

Sin embargo, en 1990, algunos meses después de la insurrección de diciembre de 1989, Cioran autoriza la reedición rumana de la Transfiguración. Un capítulo, el cuarto, intitulado Colectivismo nacional es suprimido y algunos retoques puntuales oxigenan los otros capítulos. Cioran agrega a esta edición una advertencia liminar. He escrito estas divagaciones entre 1935 y 1936 a la edad de 24 años, con pasión y orgullo. De todo lo que he publicado en rumano y en francés este texto es quizá el más apasionado y, al mismo tiempo, el más extraño a mí. No me encuentro en él a pesar de que la presencia de mi histeria de entonces me parece evi dente. He creído mi deber suprimir algunas páginas pretensiosas y estúpidas. Esta edición es definitiva. Nadie tiene el derecho a modificarla". Cioran, París 22 de febrero de 1990(5).

La muerte de Cioran el 20 de junio de 1995 en París, que sobreviene después de una larga enfermedad que no solamente lo había paralizado sino que lo había dejado afásico, es el punto de partida de una serie de publicaciones periodísticas que tenían por meta sacar a la luz el pasado xenófobo y antisemita(6) del autor. Así es como se expresa el crítico Edgar Reichmann en un artículo titulado Los extravíos y remordimientos de un intelectual publicado en la página necrológica de El mundo el 22 de junio de 1995. El 28 de julio del mismo año, El Mundo vuelve a la carga con un Debate (Cioran) donde se encuentran tres artículos: uno, firmado por el historiador de origen húngaro Françoise Fejtö quien da testimonio de la amistad que lo unía a Cioran; el segundo artículo de E. Reichmann atempera un poco su primera posición; y el tercero, de la pluma de un joven universitario francés Pierre-Yves Boissau. Es este artículo, La transfiguración del pasado, el que abarca los dos anteriores y da el tono al debate. Boissau intenta demostrar que el conjunto de la obra francesa no sería más que un palimpsesto, una tentativa amplia de camuflaje de su obra primera rumana y constituiría la continuación de una mala fe lancinante(7). El título mismo del artículo de Boissau remite evidentemente al ensayo de Cioran, La Transfiguración de Rumania.

Los descubrimientos de Boissau y los reproches dirigidos a Cioran son de tres órdenes. En primer lugar, el haber disimulado la parte de su pasado que constituye la escritura y publicación de la Transfiguración. En segundo lugar, el haber cohonestado con la organización nacional rumana más representativa de entreguerras, el movimmiento legionario, igualmente conocido bajo el nombre de Legión del Arcangel Miguel o Guardia de Hierro. Y, finalmente, el no haberse retractado de su pasado, de haberlo incluso continuado en términos encubiertos y haberlo propagado a través de sus aforismos y ensayos franceses en los que consignaría opiniones sectarias e ideas racistas.

Sería útil ante todo precisar que a nuestro juicio, y habiendo recorrido el conjunto de la literatura crítica destinada a Cioran, este género de acusaciones no fueron hechas jamás en vida del autor, y que ningún crítico o lector de la obra francesa ha asimilado las sentencias y elegantes máximas, lapidarias, pesimistas, así como irónicas y marcadas por un profundo escepticismo de este moralista contemporáneo, a una forma de odio sea racial o nacional. Parece que estamos confrontados con un problema de óptica o perspectiva. M. Boissau elige leer el conjunto de la obra cioraniana a través de los excesos linguísticos y retóricos de un sólo libro. Incluso, admitiendo un procedimiento semejante y reductor, se trataría de determinar si el texto de la Transfiguración, ya que es el que se ha puesto en tela de juicio, constituye en efecto, a) la matriz de todos los libros escritos por Cioran, b) una derivación doctrinaria del movimiento legionario, y c) un programa político de naturaleza racista. El libro se presenta, tal como lo hemos dicho, en siete capítulos que, sin embargo, no obedecen a ningún orden estricto de composición. Las ideas se atropellan en desorden presas de una locura de la expresión. En efecto, el lector tiene la impresión que más que la expresión, es la expresividad la que es considerada. Si hay un tema de odio que surge de este magma linguístico es el del odio hacia sí mismo, hacia sus orígenes: hubiera querido ser ruso, español, canibal, todo, salvo esto que soy(8). Este odio hacia sí mismo, hacia su propia, rumanidad no se presenta, sin embargo, como una acusación a la existencia del otro, no procura jamás autovictimarse, y tampoco parte a la búsqueda tradicional y concomitante de un chivo expiatorio. Los únicos culpables en este libro son los rumanos mismos, los únicos responsables, según Cioran, de la marcha de su destino colectivo. La violencia del propósito emana del choque entre la visión imposible que mantiene Cioran del porvenir de su país, un porvenir fantasmagórico que forja de pedazos, y la realidad ese país con una historia encasillada en sí misma disponiendo de una lengua provincial, de nula circulación, nación portadora de una joven literatura desconocida y de una cultura popular confinada al espacio de sus fronteras, un país, en suma, atascado en un rincón de Europa, entre la Rusia estalinista y la Alemania de Hitler. Ahora bien, la fiebre de la escritura cioraniana es justamente exacerbada por esto que se le resiste, por la referencia de lo real precisamente. El autor se explica a sí mismo en un texto manuscrito redactado en francés e intitulado Mi país: en lugar de dirigir mis pensamientos a una apariencia más real, me detenía en mi país puesto que me parecía que él me ofrecía el pretexto de miles de tormentos y que mientras pensara en él tendría a mi disposición una mina de sufrimientos. Tenía a mi alcance un infierno inagotable en el que mi orgullo podía exasperarse a mis expensas. Y mi amor era un castigo que me infligía a mí mismo, y de un quijotismo feroz. Discutía interminablemente la suerte de un país sin suerte: me convertí, en el sentido estricto del término, en un profeta en el desierto(9). Es bajo esta forma de masoquismo intelectual, consecuencia de una crítica sin piedad y sin objeto a un país natal en el que las realidades históricas no podían ser otras que las que eran, que Cioran piensa más extensamente sobre sí mismo, sobre su estado de espíritu que sobre sus opciones políticas o las de Rumania. El texto de la Transfiguración está plagado de perlas como estas:

No puedo amar más que a una Rumania delirante; todo lo que no es profecía en Rumania es un atentado en su contra; mientras que un pueblo no haya dirigido una guerra de agresión no puede existir en tanto que factor histórico; si se eliminara el ejército en la historia el devenir universal se asemejaría a una lección de pedagogía; en no importa qué revolución la idea socialista es obligatoria; Rumania es en verdad geografía pero no es historia; y, finalmente: no podemos convertirnos en la primera fuerza de los Balcanes más que liquidando todo lo que es balcánico en nosotros(10)

El libro se presenta, tal como hemos dicho, en siete capítulos que, sin embargo, no obedecen a ningún orden estricto de composición. Las ideas se atropellan en desorden presas de una locura de la expresión.

Es fácil reconocer en este florilegio todo lo que es terribilismo empujado al extremo de la expresión, rechazo del buen sentido, de la justa medida, herencia de los discursos ideológicos de los años 30, irrealidad y paso voluntario al irracionalismo. Reconocemos también allí el espíritu de la fórmula, la marca plástica, la formulación irónica que no está exenta de una cierta pose y que caracterizarán al moralista francés que él sería. Años más tarde, en un texto manuscrito que hemos mencionado, Cioran afirma que quien entre los 20 y los 30 años no se suscribe al fanatismo, al furor y a la demencia es un imbécil. No se es liberal más que por fatiga, demócrata por razón. El malestar es la conducta de los jóvenes (...). Cuando era joven, toda Europa creía en la juventud, toda Europa la empujaba a la política, a los asuntos del estado. Sume a esto que el joven es teórico, semifilósofo y que le es indispensable a toda costa un `ideal" disparatado. No se acomoda a una filosofía modesta: es fanático, cuenta con la insensatez y espera todo. Nosotros, los jóvenes de mi país, vivíamos lo insensato. Era nuestro pan cotidiano(11).

La insensatez de Cioran no es, sin embargo, la de todos. Más interesado por el entusiasmo, por la intensidad de una experiencia que por la experiencia misma, Cioran se encuentra, a la manera de su maestro de entonces, Nietzsche, literalizando la vida, sea ella política, pero no politizando su escritura. Todo el campo de la historia rumana parece abrirse ante él tanto como un pretexto para las lecturas como la ocasión para ejercer una alta forma de gimnasia mental.

Poco le importa el desarrollo efectivo de los acontecimientos. Es el acto de lectura y sobre todo de interpretación, de apropiación personal que prevalece sobre una visión ponderada y ordenada de las cosas. La historia, la sociedad, la política, he aquí tantos temas o actores que son convocados y que se inscriben en el texto no tanto de la vida misma sino del teatro de la vida. No es de ninguna manera, en tanto que problemáticas verdaderas y susceptibles de resolución que Cioran aborda estos temas, sino en una esencial teatralidad, por una puesta en escena, furiosa, apocalíptica de actores que él invita al seno de su propio texto. El texto de Cioran es el espejo de la vida considerada teatralmente como texto y nada más. En resumen, la vida para Cioran, como para Nietzsche, es, en definitiva, una subforma de la literatura. O se si prefiere, la literatura siempre y en todo tiempo precede y se impone a la vida. El exceso del que hace prueba es un exceso, en resumidas cuentas y en el sentido más fuerte del término, retórico, sin fundamentos reales, sin aplicaciones inmediatas o mediatas, en el que el mismo extremismo es la garantía patente de su inaplicabilidad. Hacer también de Cioran el cantor efectivo de una utopía nacionalista, sea ella la que sea, parece ser una lectura en contrasentido, teniendo en cuenta la poca estima en la cual él tenía toda experiencia colectiva y la más fuerte razón nacional. Un misántropo nacional es una contradicción en los términos, un oxymore que no ha tentado ni a Cioran. Nosotros queremos así sugerir que en el interior mismo de su libro, el más distante del autor, Cioran no ha podido desembarazarse de su yo, y no ha sabido producir tampoco un pensamiento integrado y programático que refrende lo real. Todo credo o manifiesto colectivo o nacional no se contamina generalmente con los valores individuales. Cioran era muy conciente de su individualidad, de su integridad de individuo como para creer en alguna utopía y para alistarse en no importa qué aventura colectiva. La forma y el contenido escandalosos, descentrados y caleidoscópicos de la Transfiguración de Rumania, son la imágen misma, la representación figurativa de la fidelidad de Cioran a sí mismo. Y, sobre todo, no olvidemos que es precisamente tras la publicación de este libro que Cioran deja definitivamente el territorio rumano. De una consecuencia sin falla, él ha dudado de todo y, en primer lugar, de sí mismo: había odiado a mi país, a todos los hombres y al universo: no me quedaba más que tomarla contra mí mismo: lo hice por enmascarar la desesperación(12). Apátrida y escéptico hasta el día de su muerte, a la menera de Leon Bloy sin credo ni certezas, Cioran no fue el hombre de nadie; en él, en sus quejas y en sus crisis, en su escritura, en la que la precisión constituye quizá la refutación última de la desesperación, reconocemos una herida y un sufrimiento humanos que son también los nuestros

NOTAS

(1) KUNDERA, M. Les Testaments Trahis, Paris, Gallimard, 1993, pp. 255-256.

(2) Ibid., p. 274.

(3) CIORAN, Emil. Le Mauvais Démiurge, Paris, Gallimard, 1969, p. 181.

(4) CIORAN, Emil, Précis de Décomposition, Paris, Gallimard, 1949, p. 71.

(5) CIORAN, Emil, Schimbarea la fata a Romaniei, Bucarest, Humanitas, 1990.

(6) REICHMANN, Edgar, Les Ègarements y les Remords d'un intellectuel in Le Monde, 22 juin
1995, p. 29.

(7) BOISSAU, Pierre-Ives, La Transfiguration du Passé in Le Monde, 28 juillet 1995, p. 12.

(8) CIORAN, Emil, Schimbarea la fata a Romaniei, Op. Cit.

(9) CIORAN, Emil, Mon Pays, manuscrit, non paginé.

(10) CIORAN, Emil, Schimbarea la fata a Romaniei, Op. Cit.

(11) CIORAN, Emil, Mon pays, manus. Cit.

(12) Ibid.

Traducción del Francés del texto de Nicolae Popescu: Emil Cioran et la tetation de l`utopie - María Liliana Herrera A

(Ver: Filosofía)


E Cioran: El arte de la conversación -
Rafael Rattia - garden@cantv.net

Hubo una época, puede decirse que en mi primera juventud, en que me declaré fervientemente cioraniano; al punto que me convertí en un "especialista" del suicidio y propagandista de la muerte voluntaria. Cioran, Nietzsche y Schopenhauer, significaron para mí tres ídolos de los cuales me ha costado inmensos sacrificios intelectuales desprenderme de la fuerza espiritual de sus ideas.

Ciertamente, cuando se es joven el ímpetu y la vehemencia lo gobiernan todo. Una especie de desesperado ardor rige nuestras concepciones y hábitos mentales más recónditos, secretos y las pulsiones psíquicas más íntimas se enseñorean de nuestra temperatura vital. Efectivamente, tal como afirmó Paul De Man, la crítica es una metáfora de la lectura y la lectura auténtica es una prodigio inagotable. Pues, leyendo las 20 fascinantes "CONVERSACIONES CON E.M. Cioran". Tusquets editores, Barcelona-España, 1996. 264 págs, se percibe estar en medio de una sabiduría culminante y, si pudiera decirse, definitiva. En esta veintena de confesiones espeluznantes y maravillosas, Monsieur Cioran expone con despellejada lucidez y descarnada ironía sus sempiternos gustos literarios y sus admirables fobias existenciales y meta filosóficas. Leer, en consecuencia, este estallido de destructividad en forma de libro es asistir estupefacto a la contemplación estética de los más conmovedores esplendores de una gloria del pensamiento aforístico y antisistemático y presenciar -simultáneamente- la abyección y la vileza más cruel de que es capaz la abominable especie humana a su triste paso por esta miserable carroña cósmica, para decirlo con términos acuñados por este doctor de la desesperación y el pesimismo. 

¿Un escritor que detesta escribir?. Ese es Emil Cioran; el meteco de la lengua francesa más ilustre que ha dado el espíritu galo durante la presente centuria. El apátrida más ocioso y abúlico de cuantos han pasado por la patria de Montaigne si es que puede decirse que un genuino pensador tiene patria.

Cioran muere en París, el 20 de Junio de 1995, a los 86 años, después de soportar un largo período de padecimiento del Alzheimer. Puede afirmarse que este magiar del pensamiento libérrimo nació con el estigma de la melancolía incrustada en su estructura genética. De todos los escritores que he conocido (y mire que no son pocos) es el único radicalmente triste (la anatomo-fisiología de sus ideas son esencialmente lúgubres); este dandy de la filosofía siempre me pareció un sepulturero de la civilización. No es para menos; fue hijo de una mujer (Elvieri Comaniciu) propensa a la depresión. Toda la vida de este escritor balcánico estuvo consagrada a "il dolce farniente"; no sin razón dijo en alguna oportunidad: "creo que sólo una puta sin cliente está menos activa que yo", refiriéndose a su eterna condición de ser larvario desprendido del árbol de la existencia común y corriente que unos y otros llevamos como "normal". 

En una entrevista casi olvidada que concediera el padre del psicoanálisis Sigmund Freud, éste afirmaba que los requisitos que debe reunir un ser humano para ser considerado más o menos "normal" son: ser capaz de amar y trabajar. Pues bien, Cioran volvió añicos esta consideración freudiana, porque a decir verdad nunca trabajó y, al parecer, me temo que nunca amó lo suficiente como para cesar de blasfemar al mundo y a la vida. Los peores dicterios e invectivas y anatemas contra la lógica de lo viviente los he leído en la obra de este especialista del vértigo, idólatra del tedio y la vacuidad. 

A tales efectos remito al lector a re-leer el nunca bien ponderado libro con el tanático título: Del inconveniente de haber nacido o Encuentros con el Suicidio contenido en el desgarrador grito bautizado con el nombre de El aciago demiurgo a fin de constatar la intuición anterior. 

La única tradición que se le aproxima al pensamiento de Cioran es la de Buda; aunque el maestro del aforismo contemporáneo reconoce una escisión antinómica entre su ansia de sabiduría y lo que podríamos denominar sus sentimientos. La razón, en él zapa la lógica del corazón. Pensar es comenzar a minar el sentimiento. En cierta ocasión, cuando el filósofo español Fernando Savater le pidió unas palabras para su tesis doctoral titulada Ensayo sobre Cioran el poeta de las ideas destructivas le remitió una carta a Savater diciéndole: "mejor hubiera rotulado su tesis con el título Del Anti-sistema". Tal era su pasión por el caos; su excentricidad logró alcanzar dimensiones verdaderamente exasperantes pese a su reticencia reiterada a recibir premios y condecoraciones. En las antípodas de su alucinada naturaleza temperamental, de su extraviada condición yoica, siempre deseó para sí la imperturbabilidad del mineral. Una vez, en medio de un arrebato de lucidez diabólica dijo: Quiero ser cardo o coliflor".

Pienso que esta expresión lo dice todo de un ser vivo y no admite ni siquiera un comentario.  

Este siglo exangüe y anodino, carente del sentido de la delicadeza e idólatra del kitsch y del mal gusto tuvo que soportar las imprecaciones de un espíritu que rayaba en locura, que no soportaba tanto exceso de razón. Cómo caracterizar a un pensador que se autodefinía como un "esteta de la desesperación" o un "cortesano del vacío" o como "un sepulturero con un barniz de metafísica", "un triste por decreto divino" "un mortinato de clarividencia". Cioran pudo prescindir de muchas cosas y hasta de seres muy cercanos pero de lo que no pudo desprenderse nunca fue de su profundo cinismo, de su biológica ironía. Su definición del hombre bien podría servir para retratarlo íntegramente: "somos espermatozoides portadores de la huella de asesinos virtuales". Diógenes el cínico, y Job significaron para él sus únicos "espejos" donde admitía mirarse como si de sus Maestros de sabiduría se tratara. El resto es "filosofía" para uso de porteros como le hubiera gustado decir a este heraldo de las ideas.


 

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