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Se trata, con palabras de Edgar Piel, de un "purgatorio místico". La
novela de Canetti es una parábola visionaria y extremadamente
elocuente del delirio autodestructivo que orienta en nuestro siglo la
razón occidental, de acuerdo con la expresión de Claudio Magris.
Canetti se designa a sí mismo como "guardián de la transformación" a
la que se siente obligado, frente a las fijaciones (Fixierungen)
unilaterales y a las rígidas formas de un pensamiento ideológico, para
mantenerse despierto en una representación literaria y vital de la
variabilidad de las costumbres y posibilidades humanas. De este modo,
el creador debe buscar una nueva dimensión de la existencia humana
tanto en la tradición literaria como en el mito.
Canetti se toma el mundo y a sí mismo muy en serio. Vivir en el mundo
es, para él, una actividad que exige respeto y una responsabilidad
suma. "La literatura puede ser lo que uno quiere que sea, pero hay una
cosa que, al igual que la humanidad cuando cree en ella, no es: una
cosa muerta", afirmó, porque la considera al mismo tiempo misión y
responsabilidad. Fueron las palabras, hay que recordar, las que
llevaron en gran medida a la Segunda Guerra Mundial, en virtud de las
situaciones y pasiones que supieron provocar. Canetti siempre fue
consciente del papel de las palabras como suscitadoras de la realidad.
Esa responsabilidad, que exige del portador y creador de las palabras
y que constituye como tal al escritor, al poeta, es lo que establece
las distancias respecto al mero esteticismo o a la postura de quien
registra lo que ocurre en torno como si fuera un protocolo notarial. Y
esto, de acuerdo con Canetti, solo puede lograrse en una proximidad
absoluta respecto a la realidad, con todos sus acuerdos y
contradicciones. Solo en la total vivificación del hombre, enseña el
autor de La boda (Die Hochzeit, 1932), puede superarse la muerte o,
por lo menos, las configuraciones de un pensamiento disfrazado de
adicción a la muerte.
La advertencia y destrucción de lo malo, de lo inhumano, del
egocentrismo extremo, puede surgir, contrario sensu, de su despiadada
exhibición. Lo chocante y lo terrible servirán así de prevención
terapéutica. En la novela citada, tanto Therese, Benedikt Pfaff, un
sádico absoluto, y Siegfried Fischerle, un rufián jorobado que alberga
la pretensión de convertirse en campeón mundial de ajedrez, conforman
un trío grotesco, lleno de intenciones y conductas perversas. Pero lo
trágico se ofrece en la novela de la mano de lo cruelmente cómico o
francamente grotesco. Para Kien existen sólo los libros. Los seres
humanos son terra incógnita o unos entes desdeñables y, debido a su
índole, las acciones de los personajes estarán signadas por la
desmesura. Por otra parte, el habla jamás se les convierte en
comunicación, que es lo que Canetti denomina con fórmula maestra "la
máscara acústica" de cada individuo.
Los límites dentro de los cuales uno se encuentra encerrado llevan el
signo de una fatalidad siniestra. Las desdichas de Kien, expulsado de
su hogar, están narradas en un tono seco y despojado, lacónico y
desprovisto de afecto, debajo del cual fluye una terrible ironía. El
incendio de su biblioteca, al final, que también concluye con esta
caricatura de erudito, se le aparece en su locura envuelto en un
mítico incendio del universo. Claudio Magris llama a esto "tragedia de
la individualidad".
Canetti es también autor de un ensayo fundamental que le llevó
larguísimos años de investigación: Masa y poder (Masse und Macht,
1960), que acumula incontables datos provenientes de la antropología,
la etnografía, la sociología y la historia de la cultura. En este
gigantesco intento el autor se vuelca a explicar el diálogo entablado
entre la masa informe y maleable y quienes detentan el poder. Tres
dramas de su autoría exponen la decadencia de la sociedad austriaca en
el período de entre guerras. El problema de la muerte, a la que se
opondrá con vehemencia durante toda su vida, se plantea en el drama
Los emplazados (Die Befristeten, 1956).
Mientras permaneció en Viena, hasta la Anschluss (la anexión de
Austria al Tercer Reich) en 1938, cuando se vio obligado, para salvar
su vida, a huir y trasladarse a Londres, Canetti llevó una vida
intelectual muy activa. Sus interlocutores se llamaban Karl Kraus,
Robert Musil, Hermann Broch y, entre los ya muertos,
Franz Kafka, a
quien dedicó un ensayo decisivo (El otro proceso de Kafka, 1969).
Sería asimismo injusto dejar de mencionar a Stendhal, quien, de
acuerdo con la confesión del propio Canetti, contribuyó a moldear su
propio estilo ascético, del que dan testimonio las escrupulosas
páginas de su autobiografía (La lengua absuelta, 1977; La antorcha al
oído, 1980; El juego de ojos, 1985) y sus apuntes y aforismos,
ejemplos de una inteligencia penetrante y altamente original (La
provincia del hombre, 1973; El suplicio de las moscas, 1992. Todo
esto lo ha convertido, sin lugar a discusión, en uno de los paradigmas
de la prosa literaria del siglo XX, una de cuyas cumbres es Auto de
fe.
Afirmado su prestigio, Canetti obtuvo las más altas distinciones,
tanto en el ámbito de lengua alemana como fuera de él. Todo ello
culminó en el premio Nobel que le fue otorgado merecidamente en 1981.
La muerte, su obsesión, a la que tanto combatió en sus escritos y a la
que llegó a calificar como una "mistificación", lo sorprendió en
Inglaterra, su patria de elección, el 14 de agosto de 1994.
Inédito
En el centenario de Canetti, acaba de publicarse en español su libro
Fiesta bajo las bombas, crónica de los años ingleses del escritor a
partir de 1939. Es uno de los últimos escritos inéditos de Canetti que
podrán leerse hasta la apertura de su archivo, que se realizará sólo
en 2024 por voluntad expresa del autor. Como la de Kafka, la escritura
de Elias Canetti es una vasta metáfora acerca de la condición humana,
sin el formidable aparato de enigmas propio del autor de La colonia
penitenciaria. |